Suerte al zombi. 34. Luis Marte.

34. LUIS MARTE.

Algo importante le ocurrió aquella tarde. Porque el 26 de febrero de 1998 fue la fecha en que Luis Marte murió. Murió sería una forma de decirlo. Otra forma sería decir que lo mataron.

Mientras se desperezaba en la cama, se preguntó cómo haría su abuela para organizarse con el dinero que sus padres tenían guardado. Su abuela se había mudado a la casa de dos plantas de la familia. Antes, Luis la veía todos los fines de semana cuando sus padres vivían. La apreciaba.

Era una anciana que se quedaba dormida sentada por las tardes en una silla de respaldo recto. Hasta que asesinaron a su hija, había sido alegre y siempre le repetía historias sobre su juventud que le había contado mil veces cuando era chico. Luis escuchaba estas historias atentamente, como si fuera la primera vez que las oía, atraído por el tono alegre con que le hablaba y las mímicas que hacía para contarlas.

Hacía una semana que habían matado a sus padres. Desde entonces, su abuela apenas sonreía y su espalda parecía más arqueada, como si una joroba de dolor la hubiera poseído.

Luis se preparó un café y pasó su vista rápidamente por la página de espectáculos del diario, dejándola reposar sobre el afiche de una nueva película. “El miércoles que viene me hago una escapada de la Facu y la veo”, pensó. Tenía dinero ahorrado pero lo mejor sería no gastar demasiado, ya que ahora estaba solo y no había nadie que lo malcriara. Su tío tenía que viajar a Miami dentro de dos días y estaba organizando todo lo de su padre. El domingo, Tío Rico, como lo llamaba su madre, se había peleado con su abuela y había dicho que no se quedaría ni un día más; corrió a su hotel y no había vuelto a llamar; tenía miedo.

A las nueve de la mañana, mientras tomaba el café con leche que se había preparado, Luis miró los clasificados del diario esperando encontrar algún aviso que pidiera estudiantes de abogacía. Ninguno interesante. Así que cadete parecía ser la única y tortuosa salida para seguir comprando El Cazador.

A las nueve y media su abuela se acercó a la mesa y le dijo que iba a hacer las compras. Luis la miró mientras caminaba lentamente apoyada en su bastón y sonrió con tristeza. ¿Cuánto tiempo de vida le quedaría? No mucho, y luego él quedaría solo, ya que con su tío nunca se había llevado bien. El tipo vivía bien; la guita que ganaba apostando en las carreras se la gastaba cuando se iba de putas por todo el mundo, el dinero que perdía lo recuperaba mágicamente.

Todo sonaba peligroso y su futuro era incierto. La vida se había convertido en una pesadilla desde el día en que sus padres habían salido por última vez. La desesperanza, la nublación del mañana, terminaba en opresión. Y encima las personas oprimían con sus estrategias de dominación, manipulación y control. Algunas de estas estrategias, que veía en gente cercana, eran sutiles. Pero ahí estaban. Bastaban para que ya no confiara en los vivos. Y también bastaban para hacer desaparecer sus erecciones matinales.

Había comprobado su teoría sobre los periodistas. Eran desalmados. En esos pocos días, aprendió a distinguir entre sí mismo y los demás. Ahora que sus padres no estaban, ya no entraban en la ecuación que le decía como resultado que era mejor etiquetar a los demás que sentirse culpable y ahondar en uno mismo. Primero era necesario saber quiénes eran los demás.

¿Quiénes eran las personas que se acercaban con sonrisas? ¿Quiénes eran los que se acercaban con supuestos cuidados? ¿Quiénes las mujeres del barrio que parecían sonreír mientras sentían la pena? ¿Quién eran los compañeros de su padre? ¿Quiénes eran las personas que opinaban sobre él? ¿Los que narraban la historia de su familia? ¿Qué decían las manos, los tonos de voz, las miradas de esas personas? ¿No era distinto a lo que sus bocas volcaban?

¿Quién era la pelirroja? Parecía ser una amante de su padre. ¿Cómo era posible que le devolviera a él lo que pertenecía a su padre? Un anillo labrado con serpientes.

Si Luis hubiera seguido con vida luego de ese día, habría entrado en una depresión severa, una tristeza profunda. La opresión borraría la seguridad que tenía, borraría el saber que los otros: no eran él. Una subjetividad, y por lo tanto seguridad, que le había costado mucho ganar se perdería de un día para el otro, cuando se ovillara en su cama al final del verano, y él ya estuviera entregado a aceptar cualquier cosa. Incluso les hubiera dado una entrevista a los de la revista.

Y esos, los periodistas, lo habían molestado a él y a su abuela desde la noche de la muerte de sus padres; en el velatorio; los días siguientes. La revista para la que trabajaba su padre envió un fotógrafo para ilustrar la nota sobre el hijo del periodista asesinado. Luis había visto a los reporteros acercarse el sábado por la mañana. Bajó todas las persianas de la casa e hizo caso omiso al timbre.

La misma revista había empezado una investigación propia en la que volvían a nombrar al asesino de Closas. Por otro lado, la policía estaba totalmente perdida y las pistas que decía tener no eran claras y se referían a determinados empresarios de poca monta relacionados con el narcotráfico.

Luis volvió a leer el titular que decía: “Nueva pista en el asesino del periodista”. Buscó la página 34, donde leyó que alguien había llamado a una radio pidiendo dinero por un nombre implicado. No creyó en ningún momento los comentarios del comisario que decían “las investigaciones están dirigidas”

Ese último día, luego de cerrar la puerta de la calle con doble llave, empezó a caminar con sigilo. Llegó a la esquina y dobló, enfrentándose, como lo hacía casi todos los días, con las cinco cuadras que lo dejarían en la parada del colectivo. Al no haber encontrado un trabajo había decidido matar el tiempo haciendo el curso de verano en la Facultad para distraerse.

La mañana era soleada y las copas de los árboles apenas se movían, produciendo un tranquilizador siseo. Luis recordó los días del verano anterior en la costa, la playa, el mar oscuro.

El agua, el cielo y una chica irreal en bikini desaparecieron cuando sonó, potente junto a su oído, la bocina de un colectivo. Subío a la vereda. Miró al chofer que lo puteaba y siguió caminando.

Pensó en el profesor que le devolvería con indiferencia su trabajo, en la chica sin nombre que siempre le había gustado.

Antes de cruzar la última de las cinco cuadras, en el final de la cual estaba la parada de coletivos, había visto a un hombre vestido totalmente de blanco. El hombre de mediana edad tenía en las manos una correa de reluciente cuero negro que terminaba en un collar, del mismo material pero rojo, que rodeaba la cabeza de un perrito de pelaje blanco.

—¿Cómo anda Don Torso?

—Bien, bien—Escuchó Luis mientras caminaba y reía;  “¡¿Don Torso?”!—. El único problema es este perrito que me dejó la vieja al morirse.

Luis dejó al hombre de blanco atrás y llegó a la esquina.

Mientras esperaba el colectivo, pasó una chica vestida con remera y calzas amarillas que le entregó una tarjeta de colores llamativos. La tarjeta cayó de las manos del distraído Luis, que se agachó mientras la chica se alejaba. Al levantarla vio como dos enanos le sonreían desde el colorido papel, invitándolo a pasar una noche en un nuevo boliche con exóticas atracciones. “Enanos y extrañas criaturas”, decía del otro lado. Luis la dejo caer distraídamente en el bolsillo del jean.

Se apoyó contra el palo de luz que tenía el cartel con el signo del colectivo pegado y esperó con la mirada fija en el horizonte de cemento, ansioso de que el brillo amarillo de la chapa del ómnibus apareciera en la distancia. De repente, se desesperó.

Había olvidado el walkman y la perspectiva de una hora dentro del colectivo sin el reproductor de música era demasiado oscura… En ese momento fue cuando escuchó el ruido a sus espaldas.

El auto frenó bruscamente quemando las llantas, que dejaron marcas negras en el piso. Ésta vez era un Taunus rojo y Luis vio que la ventanilla del conductor estaba abierta.

Dentro había dos hombres encapuchados. Luis los miró e iba a echarse a correr cuando el que conducía le apuntó con un arma. Sólo pudo cerrar sus ojos.

No escuchó nada.

Sus ojos se abrieron al sentir que lo tiraban bruscamente hacia atrás.

Cayó al piso y se levantó sintiendo que su pecho le ardía. Sin suerte, intento respirar hondo. Trató de mirar al hombre que disparaba pero sólo volvió a ver el arma. Dio media vuelta al recibir el segundo impacto en el pecho.

En el suelo, se arrastró mientras su boca sangraba y trató de mirar al hombre del auto. No pudo. Veía todo nublado y el mundo daba vueltas. Escuchó un silbido y sintió otro pinchazo de dolor.

El mundo se borró.

TAUNUS ROJO

Aquel día un Taunus rojo cruzó la avenida de esa zona sur del Gran Buenos Aires a mucha velocidad. Adentro, Tomás hablaba mientras manejaba.

—¡La puta madre!…Si tienen que ser tres, tienen que ser tres… No podés olvidarte de un pibe, Leo.

La mirada de Tomás estaba nublada.

—Toto y el Cabezón fueron los que se olvidaron de buscar al pibe… están siempre en otra esos pajeros. ¿¡Qué querés?!

Tomás susurró:

—Hoy hace cinco años que nació.

—¿Quién?

—Mi pibe, che.

—Ah. ¡¿Y?!

—¿Tenía que ser hoy? ¿Justo hoy?

Leonardo lo miró con soberbia e indiferencia.

—Hoy no quería hacer esto. Pero hacen todo para el culo en este país… ¡La puta que te parió, Leo!

Tomás pisó más el acelerador.

por Adrián Gastón Fares.

 

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