Suerte al zombi. 29. Carroñeros.

29. CARROÑEROS.

Los auriculares hicieron un chasquido y las primeras notas de una guitarra penetraron en lo que quedaba de Luis Marte. Aquella mañana el sol brillaba tenuemente, escondido la mayor parte del tiempo detrás de una nube.

Lo que sonaba era una vidala y la estación de radio del pueblo más cercano vació su cacofonía por los auriculares dando paso a un alegre locutor que publicitaba un almacén. Luis movió su cabeza y dejó caer los auriculares, que se posaron sobre sus hombros, junto a su mancillado cuello.

Hacia el atardecer del día anterior, el walkman había enmudecido. En el amanecer que siguió, algo había brillado en el piso; Luis se agachó y así fue como encontró dos pilas sulfatadas, de plástico derretido por el sol. Las puso en el walkman y los auriculares empezaron a zumbar como un mosquito.

La noche anterior, como en las otras, había caminado en la oscuridad. Sin el walkman el silencio lo había invadido y su ánimo trastabilló con trémulos mugidos que entenebrecieron su andar. En la oscuridad total, su alma había tiritado ante la idea de que el sol brillara repentinamente y se encontrara cara a cara con el inmenso bovino que mugía grave y parecía seguirlo de cerca. Había marchado por el costado del camino de tierra —aunque no estaba seguro—, esperando, en vano, que algún coche iluminara el sendero. Al amanecer, antes de encontrar las pilas, se había preguntado qué era lo que le dictaba la dirección en las noches; no entendía cómo no se había apartado de aquella ruta, ya que ni siquiera podía sentir si caminaba sobre girasoles o la tierra del camino, de día reconocía andar por ésta porque la veía delante y aquéllos los oteaba alejados a los costados. Temía verse sumergido súbitamente en los matorrales.

Ese temor, que le hacía mirar al piso, había contribuido al hallazgo de las pilas. Ahí se había preguntado qué clase de providencia era la que lo acompañaba, ya que no podía explicarse el hecho de que una par de pilas sulfatadas aún tuvieran energía. Se había dicho que lo de las pilas era sólo un hecho inexplicable en aquel mundo irracional que le fue revelado después de muerto y que siempre estuvo vedado por lo cotidiano cuando vivía.

Así que había deambulado por horas escuchando los ruidos de interferencia por los que se filtraban de vez en cuando los cantos de solitarios pájaros. Después de mucho tiempo sonó la vidala, seguida por la tanda comercial.

Luis vio que el sendero doblaba y trató de detenerse. Al hacerlo sintió que su cuerpo se lo impedía, ya que desde que se había despedido de sus dos amigos no había hecho otra cosa que avanzar con un paso enérgico y constante, aunque algo destartalado. Logró que sus articulaciones se mantuvieran estáticas y enfrentó el nuevo camino, insólita curva del que venía transitando, mientras recordaba todos los demás.

(Cientos de kilómetros, a través de interminables caminos habían serpenteado hacia el horizonte. Primero, transitadas calles fueron testigo del paso de Luis; luego, interminables rutas con sus kilómetros garabateados en oxidadas chapas observaron como el joven vestido con saco y pantalones negros se retiraba de lo urbano. Cuando el suelo que pisaba se había transformado, cambiando del gris sólido del cemento al olvidado ocre de los viejos caminos, pensó que no podía seguir caminando por mucho tiempo. La monotonía del trayecto le había hecho creer que caminaba sobre una inmensa y oscura serpiente que se deslizaba eternamente hacia el horizonte.)

Y allí, ante el nuevo camino, era consciente de su aspecto. Sabía que las suelas de sus zapatos se habían achicharrado bajo el ardiente sol del verano, mientras lo que quedaba de su piel estaba agrietado como la tierra reseca que pisaban sus recalcitrados pies. Intuía que sus facciones estaban tremendamente desfiguradas.

También se había dado cuenta que los rayos solares las habían disecado y éstas permanecían adheridas contra los huesos de su calavera. Era una trajeada momia perdida en la llanura de su propia maldición. Su piel había adoptado un color marrón claro, parecido al ocre del camino, que sustituía a la exótica mezcla entre celeste y violeta que la coloreaba hacía unos días. Sus ojos eran dos botones blancos.

Luis enfrentó la curva, y vio que el nuevo camino terminaba en un callejón sin salida; de lo que dedujo que los cientos de kilómetros del anterior habían sido transitados al cohete.

Al final de éste, una pequeña tranquera, de un gastado y resquebrajado blanco, se imponía. Dos perros le mostraron los dientes y ladraron salvajemente. ¡Otra vez ante un callejón sin salida!… La sensación de estar parado sobre una serpiente se diluyó y fue suplantada por una fuerte desesperación ante la inminencia de una decisión que podía cambiar su destino. ¡Destino! ¿Acaso tenía él algo que perder? ¿Debía volver sobre sus pasos y retroceder para pudrirse borrando sus propias huellas? ¿O sería mejor acostarse de espaldas sobre la tierra y ver como se mezclaba lentamente con el polvo? ¿Y que tal sabría a los perros?

Entonces dio unos pasos y, al mirar a su derecha, vio una  senda que discurría junto a la cerca de la estancia. Advirtió que había llegado al final de la larga perpendicular de la L por la que había transitado; ahora tendría que ir por la línea horizontal más corta. El nuevo camino era mucho más angosto que el anterior, tan estrecho que casi lo había pasado por alto. La tierra de esta nueva senda era más oscura, casi negra en algunas zonas. Estaba limitada: a la izquierda, por la trinchera que separaba a la propiedad privada del camino, detrás de la cuál sauces llorones derramaban sus follajes; a la derecha, por los mismos pastos altos y girasoles que lo habían acompañado en el último tramo del camino que iba a dejar atrás. Delante de Luis, a varios kilómetros, se podía divisar una conglomeración de casas y ranchos que relacionó con la publicidad del almacén, dándose cuenta que era la entrada de un pueblo. Comenzó a avanzar. Ya no se sentía aburrido. Había cierta opresión en el aire.

Los mosquitos cesaron y los auriculares, desde sus hombros, vomitaron una samba. Luis apagó el walkman, porque había otro sonido que le había resultado amenazador además del ladrido de los perros que, a pesar de estar cientos de metros atrás, seguían lacerando intermitentemente el suave murmullo que producían las hojas de los sauces. ¡Otra vez el inquietante sonido! Un aleteo distante, que se sumaba a otros.

Había escuchado un graznido muy cerca de su cabeza, justo en su nuca, y se preguntaba a qué se debería cuando al voltear divisó un pájaro negro que aterrizaba cerca de él y adelantaba el pescuezo. Luis siguió caminando y se había olvidado casi del animal, cuando algo negro se le cruzó delante, posándose por un instante en su hombro para seguir volando con un pedazo de algo rojizo en el pico.

Luis se dio cuenta que aquel pájaro le había arrancado un pedazo de la poca carne que le quedaba en el cuello justo cuando levantó su mano, acostumbrado a tener que hacer una visera para mirar el sol cuando vivía, y descubrió a otra ave prendida de la carne de su palma; cómo si él fuera una anciana de una alocada plaza en la que no sólo se ofrecían miguitas de pan, sino también el propio cuerpo a unas confianzudas palomas carnívoras.   Sacudió su mano y el pájaro zigzagueó en el aire. Apresuró el paso mientras se decía que aquellos animales eran carroñeros y, ahora que él estaba muerto, querían comerlo. “Qué aciago era su destino”, pensó, inspirado, mientras apuraba el paso.

Aquellos pájaros no eran muy diferentes a los gusanos que lo habían buscado, simplemente era la naturaleza reclamando lo que era suyo. Miró al cielo, que se había nublado repentinamente. Contó a diez de los pájaros, una bandada que formaba una desordenada V sobre su cabeza; aves hambrientas que alargaban los pescuezos y abrían los picos, mientras se separaban y graznaban dispuestas a arrojarse contra su cuerpo. “En una de esas son caranchos”, pensó Luis y, mientras seguía caminando, se le ocurrió que había una contienda de la que él era objeto.

La lucha era entre un dios enfermo y viejo, que lo había despertado de la muerte, y la naturaleza que quería que todo vuelva a ser como tenía que ser y, rebelde, mandaba a sus vástagos para que sus reglas volvieran a cumplirse. Luis se dio cuenta que, en la historia que había inventado, el dios loco iba perdiendo puntos, ya que no se le ocurría como podría evadir a estos pájaros para conservar la poca carne que le quedaba.

Los pájaros atacaron, lanzándose hacia él. Se aferraban con sus uñas de las costuras del saco y lo picoteaban y a los pantalones también hasta deshilacharlos. Algunos llegaban hasta la carne y lograban arrancar un pedazo. Luis trataba de ahuyentarlos con su huesuda mano.

A uno lo golpeó en la cabeza y el pájaro cayó a sus pies mientras largaba un lastimero graznido. Siguió caminando, ya que, si hubiera podido, no serviría de nada correr. Se sacó un pájaro del pecho; éste había logrado desgarrar la camisa blanca y había empezado a arrancar trozos de carne. Otro posó las patas en su frente y dirigió el pico hacia su mejilla. El ave logró sacar un pedazo de la piel seca y liberó más blanco. Luis lo aplastó contra su cara. El pájaro graznó y rápidamente voló dando tumbos.

Levantó la cabeza. Vio como los pájaros se alejaban por arriba de los sauces y cruzaban el camino hacia los girasoles. “Habrán encontrado otro cadáver, alguna vaca”, pensó Luis y siguió caminando, al mismo paso, pero agazapado como un animal a la defensiva.

Los daños a su carne eran muchos, pero no encontró el sentido de contarlos. Caminó mirando algunas veces con desconfianza hacia el cada vez más plomizo cielo, comprobando que no estuviera salpicado de agazapantes formas negras. Miraba también hacia los girasoles, para asegurarse de que ninguna comadreja o animal parecido lo atacara de manera desprevenida. Las trincheras quedaron atrás y, mientras la mañana seguía convirtiéndose en una oscura tarde, se adentró aún más en el camino ahora limitado tan sólo por pastos secos y algún que otro árbol.

El pueblo que parecía pequeño no lo era tanto y Luis se concentró en unas paredes de piedra gris que formaban un cuadrilátero en el medio del campo, paredes altas separadas dos kilómetros del pueblo por los terrenos verdes. El camino que transitaba se dividía en dos; uno llevaba al pueblo y el otro a las paredes grises. Cuando llegó a la bifurcación se decidió por el último, que lo dejaría después de una larga caminata, en un pueblo distinto, en una ciudad distinta; la ciudad de los muertos, su ciudad.

por Adrián Gastón Fares.

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