Suerte al zombi. 27. Atardecer.

Suerte al zombi. 27. Atardecer.

Los tres zombis estaban parados cerca de la puerta de La Esquina del Sol. Apoyados sobre el paredón.

Un nuevo atardecer se reflejaba en el horizonte de la transitada avenida. El sonido de la música enlatada dentro de aquel boliche repercutía hasta penetrar en las almas del trío.

Luis tenía mejor humor, a pesar de su aspecto exterior. En las muñecas, una zona cubierta por el sucio traje, el hueso blanco había ganado otra de sus guerras contra la piel. Su cuello parecía más largo y flaco y la nuez sobresalía de su garganta como un gancho. Sus ojos se conservaban aunque iris y pupila se habían convertido en una masa blancuzca amalgamada a la esclerótica, y todo el conjunto parecía querer dejar las cuencas. Sobre su frente tenía una mata de cabello negro, que cedía cada vez que Luis se lo tocaba. Bajo la ahora achatada nariz, los dientes afloraban gigantescos, como si tuviera una eterna sonrisa. La piel de la frente presentaba un suave color celeste y estaba muy pegada al hueso. Empezaba a ser un muerto vivo consumido, que contrastaba con los otros dos zombis que llevaban sólo algunos signos de descomposición (lividez, ojos hundidos, encías retraídas que hacían parecer que sus dientes habían crecido, uñas alargadas por la putrefacción de las yemas de los dedos), pero que todavía podían pasar como representantes de una decadente raza humana. Sin embargo, pensaba Luis mientras miraba a sus nuevos amigos, a pesar de que no había pasado mucho tiempo de sus muertes la descomposición era más rápida en ellos. Se dijo que esos chicos necesitarían mucha violencia y kilos de emociones fuertes para contener toda aquella naturaleza que trataba de adueñarse de sus cuerpos. Se dio cuenta de que, aunque sus amigos eran estúpidos y lentos, sedientos de sangre serían unos asesinos temibles y alocados.

Sabía que su aspecto era atemorizante, ya que las personas quitaban enseguida la mirada de él. Así era cómo, por la cruenta suma de la imagen y el olor del decadente trío, las personas se alejaban, llegando a caminar por la calle para evadir al grupo.

Luis se dijo que advertirían su verdad más allá de la muerte: algunos dirían que era un payaso que promocionaba algún macabro centro de juegos; otros, un simple muñeco de yeso. Efectivamente, muchos de los que pasaban creían que los tres personajes eran mascaritas de carnaval, perdidos de algún corso, que el dueño del local había puesto allí para promocionarse.

Una anciana que vestía un abrigo de pana, atuendo exagerado para la temperatura de aquel día, y pasaba hablando sola, se detuvo al ver a Chula. Éste estaba apoyado contra la pared de una manera muy extraña; al doblar las piernas, sus largos brazos colgaban mientras las manos pendían a escasos centímetros del piso. Chula era alto pero la postura lo dejaba a la altura de la anciana. Ésta se acercó un poco más y le preguntó:

—¿Necesita ayuda, muchacho?

Chula levantó la cabeza lentamente, con la expresión de quién acaba de chupar limón.

—¿Qué parece, vieja loca?

—Los tres la necesitan, ¡drogadictos!— contestó la vieja mirando a los otros dos.

Olga se despegó de la pared y se acercó a la anciana.

—Si éste fuera un día común le robaría señora, de verdad, pero cómo hoy me acabo de enterar de que estoy muerto voy a preguntarle si quiere que le ayude a cruzar… ¿Quiere que le ayude?—dijo y tendió su mano a la anciana. Los ojos de la mujer se abrieron aún más.

—Miren chicos… yo todavía puedo cuidarme sola, pero ustedes… —dio un largo suspiro—. ¡Qué Dios los ayude!

La vieja cruzó y desapareció, ante la indiferente mirada del grupo, en una de las tiendas de la otra vereda. Olga se acercó a Luis, cuya mirada seguía perdida.

—¡Vieja de mierda!…, estaba tratando de hacer las pases con Dios—dijo Olga mientras clavaba sus dos globos oculares en los de Luis.

Chula levantó sus largos brazos y llevó sus manos a la cabeza mientras estiraba las piernas y recuperaba su metro ochenta y ocho.

—¡Dios no existe, Olga! ¿Cuántas veces te lo dije?

Olga lo miró con una sombra de temor en sus ojos.

—¿Y qué si existe? Nos puede mandar al infierno—. En su faz, una fatídica sonrisa brilló—. O por ahí, éste es el infierno; estar muerto y seguir consciente, pudriéndonos mientras los vivos pasan a nuestro lado. ¿No lo pensaste, Chula?—inquirió Olga y miró a Luis—. ¿No?

Un transeúnte tiró una colilla de cigarrillo que cayó cerca de la zapatilla de Olga. Otro que pasaba lo pisó. Olga se agachó maldiciendo, agarró la colilla y se la metió entre las comisuras de sus labios. Luego, volvió a su posición.

—Éste no es el infierno, amigos—dijo Luis, que se había puesto adelante de los dos chicos; sus ojos no reflejaban la emoción de su voz desarticulada.

—¿Cómo lo sabes, Luis?—preguntó Chula.

—Porque yo no hice nada malo cómo para estar ahí—sentenció Luis mientras sus ojos parecían estar a punto de separarse de sus cuencas, justo en el borde del precipicio.

Chula miró a Olga.

—Nosotros no fuimos tan malos tampoco…, ¿no Olga?

—¿Vos decís antes de estar muertos o después, Chula? Porque hay una gran diferencia.

Chula le pegó en la frente a su amigo.

—¡Antes boludo!

Olga se dirigió a Luis como si su asesino fuera un cura.

—Creo que no fuimos tan malos como para ganarnos el infierno.

Luis trató de enfocar la vista en su propia cara y vio la textura áspera de la piel que recubría la nariz, acompañada por la opacidad de las pútridas mejillas. Levantó la mirada.

—Entonces, ¿estamos de acuerdo en que éste no es el infierno?—preguntó con el tono de quien quiere concluir con un tema.

—Sí—contestó Chula.

—Estoy seguro—afirmó Olga y se llevó la mano al aro de River.

—¡¿Entonces qué somos?!, ¡¿Zombis?!—exclamó Luis enfrentando las pavorosas facciones de sus dos amigos— ¡¿Eso es todo?!

—Por ahí tenemos una misión en esta tierra—inquirió Olga.

—¿Te creés que esto es una película?—Luis estaba un poco convulsionado mientras hablaba, escupiendo las palabras de su boca como si fueran saliva infectada de gérmenes que le mordían su morada y rígida lengua—. Yo no tengo a ninguna chica enamorada a la que besar. Están ustedes.

—Vos te pusiste en ángel, de repente, así como si fuera fácil y trataste de empezar bien con tu papel cruzando a la vieja—disparó Chula mirando a Olga—. Pero mirate, alas no tenés.

—¿Qué pensas de nosotros, Chula?—preguntó Luis.

Chula rió dos veces, abrió su boca para decir algo, luego la cerró y la volvió abrir tratando de ocultar una sonrisa.

—Creo que muchos nos verían como el ejemplo de nuestra generación, Luis. Y saldría en las revistas de esa manera si conocieran nuestra historia. Algunos boludos la llamaron “Generación X”. Creo que no tendrían ningún problema en cambiarlo por “Generación Zombi”… ¿No?—Luis era todo ojos, casi en el sentido literal de la frase—. Escuché por ahí que no tenemos ideales. La gente dice que no somos como los de los sesenta o los setenta, no sé bien qué putas épocas eran, donde peleaban por una razón. Y los de los ochenta eran como los del siglo diecinueve; Nietzsche pensó en el eterno retorno en los ochenta de míl ochocientos, cien años pasan y acá nos vendieron La Historia sin Fin. Los de los setenta, bueno, ellos tenían enemigos. Odiaban a los tipos que había en el poder y peleaban por conseguir algo mejor. Ahora, nosotros tres estamos congelados acá, sabiendo perfectamente que no hay nada mejor que obtener en este mundo. Por otro lado, la ciencia nos mostró hasta donde puede llegar y tenemos ese instinto incorporado de no maravillarnos por nada. Los jóvenes de antes estaban en medio del camino del arco iris. Nosotros alcanzamos el final y ¿sabés lo que encontramos, Luis?— Chula rió nervioso—. Encontramos a una gran puta abierta de gambas. Esa es la realidad: el mundo es una gran puta abierta de gambas que nos coge a todos por igual ¡No,no,no,no,no!—remarcó Chula moviendo frenéticamente su largo dedo índice—. Nunca se enamora de uno en particular, sino que mete a todos entre sus piernas y simula que goza con nuestros gritos de victoria, cuando sabe exactamente donde estos terminan: un lugar muy parecido a éste, donde tres pibes muertos se miran estúpidamente unos a otros.

Luis reconoció que, aunque a veces ingenuo, el sermón que dio Chula lo había llegado a asombrar y que gran parte de lo que decía parecía verdad. Decidió intervenir para dar su modesta opinión, otra no tenía:

—No me veo como el ejemplo de nuestra generación, Chula. Pero es un buen argumento el tuyo.

Chula asintió con la cabeza.

—Creo que es una mierda tu punto de vista—dijo Olga y miró rápidamente hacia otro lado, como restándole importancia a la conversación.

Más tarde, Chula y Olga empezaron a tirarse puñetazos mientras se burlaban de los pocos jóvenes que salían de La Esquina del sol.

Mientras tanto, Luis había encontrado un envoltorio de chicle en el piso, que contenía el típico papelito con un chiste. Lo leyó mientras recordaba las veces que lo había hecho cuando era chico y sentía como alrededor de la garganta de su alma, se formaba un nudo fuerte que lo sofocaba. Dejó que el papel se deslizará de sus manos y lo siguió con la vista mientras daba vueltas en el aire y se metía bajo un auto estacionado. Luego levantó la vista y al mirar el cielo rojo, que se asomaba por arriba de los edificios, se dio cuenta que había encontrado una parte de la verdad. Había algo que tenía que hacer y aquel chiste le había dado la pauta a seguir. El chiste connotaba una parte tal vez nunca escrita sobre la verdadera naturaleza de la vida. Sintió como su alma daba vueltas en éxtasis y se percató de que el chiste había unido todos los otros pedazos de realidad de su vida y los había compuesto en uno solo. Había visto el rompecabezas completo por un minuto. Luego, los pedazos se separaron y parecieron volar junto con el chiste en el aire.

Se dijo que sí algún ser humano vivo encontraba aquel papelito y entendía lo que las pocas palabras ilustradas con feos dibujos querían decir, éste ser humano, poseería la clave de la inmortalidad. Pero la verdad estaba contenida en un tonto chiste de chicle y las personas mayores nunca leían estos papelitos, simplemente los tiraban. Algunos jóvenes los leían de paso cuando no tenían nada que hacer, pero nunca les prestaban atención. Por un lado, se sintió más tranquilo al pensar que ese secreto estaba en aquel momento bajo la carrocería de aquel auto, tal vez junto a sus neumáticos, y que pronto el viento lo llevaría a otro lugar.

Pensó en el viento. Pensó en el papelito. Pensó en Chula y en Olga que seguían riendo y tirándose golpes. Vio un cartel que reclamaba justicia para el asesinato de un joven periodista. Se acordó de otros titulares parecidos y recordó su propia muerte. Y se dio cuenta que él también era un chiste sagrado. Un chiste negro que también tenía que volar, escondiendo su secreto. Luis Marte se acercó a sus dos amigos, que seguían riendo cuando lo miraron.

—Yo los dejo, chicos—dijo.

Los dos torcieron sus cabezas.

—¿No te gusta estar con nosotros, cadáver?—preguntó Olga.

—No es eso. Sería un lió explicárselos; digamos que necesito paz. Un poco.

—¿Paz?—Chula volvía a escupir palabras, que salían con un poco de saliva casi seca y sangre—. ¿Ahora sos un zombi hippie?

Ni sombra de sonrisa apareció en la inmutable faz de Luis.

—¿Les explicó el daimon lo que necesitan para no ver como se pudren en este mundo?

—Violencia y muertes. Los tres lo podríamos hacer muy bien—insistió Olga.

Luis Marte frunció la piel que quedaba en su frente y habló:

—Estoy decidido a dejarme pudrir, Olga—dijo y su nuez de adán bajó y subió por instinto aunque ya no había saliva, luego continuó mientras dirigía su vista al automóvil estacionado—. No quiero perder el tiempo en eso. Escuchen: estaba mirando a la calle y tomé una decisión—Luis señaló la avenida sombreada por anaranjados edificios— Voy a caminar derecho hasta que me pudra totalmente. Y espero que todo termine ahí. No le voy a dar el gusto ni al demonio-daimon, ni a la fuerza loca que nos hizo volver; Dios o como quiera que se llame. Voy a seguir mi camino.

—Respeto tu decisión, Luis—dijo Chula mientras tiraba su larga y sucia cabellera hacia atrás, como si fuera un reconocido músico glam, a pesar de que a él esa música no le había gustado nunca, la escuchaba sólo con auriculares— En una de esas debería seguirte. Pero quiero intentar matar antes y probar como es sentirse un monstruo; una leyenda.

—Ya matamos en la morgue—dijo sonriendo Olga—. Pero lo quiero volver a hacer. Voy a seguir al demonio, ahora que estoy en el infierno.

Luis estiró sus brazos y posó sus manos sobre los hombros de sus amigos.

—Yo fui el que los mató—les recordó y volvió a simular que tragaba saliva— Se me ocurrió algo para que se entretengan mientras tratan de ganarle a la muerte en la tierra. Creo que inclusive al daimon le va a gustar.

Luis los atrajo más contra su cuerpo; la idea de vengarse había renacido.

—Me acordé de mis asesinos; quiero que empiecen a practicar el crimen con ellos. Ustedes van a ser una especie de detectives—Sabía que sus amigos nunca iban a alcanzarlos y que esta orden moral era lo único que evitaría que cometieran peores crímenes; quién no había deseado ser un héroe de historieta con la obligación de luchar contra el mal.

—¡Detectives monstruosos!—exclamó Olga.

—¡Los detectives zombis!—gritó Chula.

—Cómo quieran llamarse… los encuentran y después: ¡Zas!—Luis zarandeaba a Olga mientras hablaba—. Los matan horriblemente; los hacen sufrir antes de morir, ¿entendieron?—Luis hablaba como si fuera un director técnico en el entrenamiento de su desafortunado equipo—. Quiero que practiquen con ellos, ya que va a ser su primera matanza—Los ojos de Luis habían recuperado algo de brillo—. El daimon me enseñó a disparar en la cabeza. Yo soy el daimon de ustedes y les digo: ¡Primero les arrancan los huevos y después se ocupan de la cabeza!

—¿Y si son mujeres?—preguntó Olga.

—No creo. Pero si son… no sé, les rompen la cabeza solamente… ¡¿Está claro!?

—Sí, Luis—chillaron las dos voces al unísono.

—Nunca usen armas de fuego, arréglense con sus manos y usen cuchillos.

—Ésa va a ser nuestra manera de matar, daimon Luis—dijeron las dos voces a coro.

—Hay otra cosa que quiero que se acuerden: encuentren al que mandó a matar al fotógrafo de la revista, ¿se acuerdan del caso?—Las voces afirmaron—. Quiero que torturen al autor intelectual y a los que lo llevaron a cabo ¡¿Está claro?!

—Sí—dijo Olga.

—Sí, Luis—dijo Chula.

—Den una vuelta por Catamarca, encuentren a todos los que mataron a esa chica y háganle lo suyo a esos hijos de puta. ¿Van a ir a Catamarca?

—Así es, Luis. Hasta Catamarca también—corearon las voces.

Luis apretó más los hombros de los otros dos zombis.

—Persigan al llamado loco de la ruta, a los que tuvieron que ver con la embajada, a los policías asesinos ¡Ataquen a la corrupción, muchachos!—Luis simuló suspirar—. Después pueden seguir con estafadores y políticos menores. Nunca se rindan en la búsqueda; ¡¿Está claro?!

—¡Sí!

Luis soltó a los dos zombis, que eran los únicos amigos que había hecho después de muerto, y bajó el tono de voz. Les dedicó unas últimas palabras.

—Ustedes me preguntaban por su misión en la tierra. Ahora tienen una. Adiós, muertos queridos.

—Nos vemos, cadáver—dijo Olga.

—Chau, Luis—se despidió Chula.

Luis se dio vuelta y empezó a caminar enfrentando el horizonte. Luego de un tiempo, desapareció de la vista de los dos muertos vivientes.

Chula miró a Olga y le dijo:

—Es mucho trabajo para dos muertos.

—Demasiado—contestó Olga.

Pronto, ellos también desaparecieron del lugar, justo cuando el motor del auto estacionado en la otra vereda rugía y arrancaba, dejando que el pestilente humo de su caño de escape viciara el aire de la ciudad. Cuando aceleró, un papelito salió de abajo de uno de los neumáticos y se remontó en el aire, donde se pegó a otros autos y siguió volando.

por Adrián Gastón Fares.

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