Suerte al zombi. 23. Florida-Plaza San Martín.

3. FLORIDA-PLAZA SAN MARTÍN

 

Caminó por la calle Florida. La peatonal estaba repleta de sonrientes peatones reunidos en torno a diferentes espectáculos; un tipo que pintaba con aerosoles lúgubres paisajes, una persona sin piernas que tocaba el saxo, una grácil estatua viviente que pestañeó y cambió de posición al entrever algunos rasgos del despechado joven.

Clavó la mirada al piso y siguió, y entró en un negocio donde logró robar unos anteojos negros que usó para disimular su estado. El trajeado personaje olía a cloaca centenaria, tenía la mejilla derecha pegada al hueso, los ojos hundidos y las encías retraídas de su maxilar superior dejaban transparentar a las raíces de sus dientes. Extrañamente, sus orejas eran las únicas que habían aguantado la descomposición. Los lóbulos estaban arrugados, pero completos. Su nariz empezaba a hundirse en la punta. La camisa seguía pegada a las costillas y se había convertido, casi secretamente bajo su traje, en lo que suplantaba a la piel.

Luis Marte caminaba mirando el suelo y hundía sus manos en los bolsillos del pantalón, lo que le daba cierto aire de tímida determinación.

Pasó cerca de una pareja que bailaba tango furiosamente, agasajados por satisfechos turistas. Más adelante, un hombre morocho y bigotudo le dio una tarjeta, invitándolo a pasar a un sauna. A Luis le hubiera gustado ceder a la tentación, pero se acordó quién era y en el estado en que estaba.

Debían ser cerca de las dos de la tarde y cómo no tenía hambre, por razones que eran obvias, se dijo que debía hacer algo para distraerse. De repente, necesitó algo estridente que llenara el silencio interior y, cómo el timbre de los sonidos de la calle no le agradaba, decidió buscar algo de música que penetrara en sus oídos. Con su aspecto de yuppie derrotado, se acercó a una tienda que vendía esas pequeñas radios amarillas y se robó una. Simplemente pasó al lado de una canasta que estaba llena de esos aparatos; se aseguró que nadie lo mirara, sacó su mano derecha y agarró su trofeo mientras con la otra abría el bolsillo derecho del pantalón y dejaba caer la radio dentro. Afortunadamente, el cartel que estaba pegado en la pared decía: “Con pilas incluidas”.

Luis pasó unas cuantas vidrieras y al llegar a la esquina sacó la radio y se acomodó los auriculares en las oreja. La prendió y la dejó en el bolsillo mientras dejaba que la música de la emisora sintonizada lo inundara. La cumbia, que a él nunca le había gustado, le llenó sus oídos. Luego, un viejo tema de Los Fabulosos Cadillacs lo alegró. Caminó con la cabeza baja, siempre mirando al suelo y sonriendo cuando alguna canción lo animaba. De vez en cuando, como al cruzar las calles, por alguna razón la frecuencia modulada no llegaba al receptor de la radio en su bolsillo y Luis disfrutaba de las interferencias que largaban los pequeños parlantes. En otra cuadra, los últimos escupieron a Los Auténticos Decadentes. Luego a Los Rodríguez.

A veces alzaba su vista para mirar a chicas, muchas de las cuáles pasaban de la mano de orgullosos jóvenes que las abrazaban como si fueran un trofeo digno de mostrar en público.

Luis las miraba a los ojos por un instante y luego bajaba la vista rápidamente para no perderse en fugaces infiernos celestes, azul-grisáceos, verdosos o negros, que horadaban su temple.

Terminó de recorrer la peatonal y cruzó hacia la plaza San Martín, ya que su instinto de muerto se lo dijo. Subió las escaleras de la plaza y miró a un viejo árbol, cuyas raíces, dos veces mayores que las del túnel, brotaban enredadas de la tierra. Secretamente, la ciudad le pertenecía a aquel árbol de incalculables años, se dijo Luis. Luego, caminó hasta la parte más alta de las pequeñas elevaciones que poseía la plaza, cerca de donde una bajada llevaba al monumento en honor de los caídos en las Islas Malvinas; algo lo hizo detenerse en aquel lugar.

Miró pendiente abajo, y no se sorprendió cuando vio a los dos jóvenes que salían de atrás del monumento.  Se llevó las manos a los anteojos negros y los dejó caer al suelo.

Al reconocer a Luis, un joven empujó al otro y así, entre maldiciones, subieron por la senda de tierra. Cruzaron las cadenas que separaban el césped del cemento donde estaba Luis y se detuvieron delante de éste acusándolo con sus desfiguradas caras. Luis dejó caer los auriculares sobre sus hombros y apagó la radio.

Justo cuando empezaba la tanda comercial.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

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