Suerte al zombi. 22. Tártaro.

22. TÁRTARO

La luz que refulgía en la salida de aquel pasadizo era muy fuerte pero se mantenía perfectamente fuera del lugar, sin difundirse en la penumbra. Tuvo que arreglárselas para evadir a una docena de deshilachadas y podridas raíces que en algunos tramos le impedían el paso.

Luis se acordó de lo que contaban los que afirmaban haber vuelto de la muerte, y se desdijo de la conclusión que había obtenido a la entrada; ahora la luz era la epifanía de un poderoso dios que lo llamaba para insuflarle vida. Sin embargo, no tenía muchas esperanzas de que esto ocurriera.

Alcanzó el final del pasadizo. El rectángulo lumínico se agrandaba mientras Luis se acercaba. Cerró los ojos y lo traspasó.

Luis se detuvo en aquel lugar sin abrir los ojos, solamente escuchando el conocido sonido que penetraba su alma. Antes de levantar sus lívidos párpados supo en qué clase de infierno se encontraba y se dio cuenta que no habría final feliz para su historia.

Mientras mantenía sus párpados apretados y la oscuridad inundaba su alma, Luis escuchó una fuerte bocina de camión; luego una frenada, la llamada de un teléfono celular, otras bocinas de colectivos, gente que gritaba, una sirena de ambulancia, otra de policía y un evangelista que hablaba a los gritos sobre las bondades de su iglesia. Luego, algo lo empujó. Levantó sus párpados y dejó que sus indiferentes ojos muertos se bañaran de luz. Vio como el hombre que lo había empujado caminaba calle abajo y lo maldecía. Cientos de personas caminaban delante de él, apartando las miradas del tenebroso yuppie: trabajadores gemelos con teléfonos celulares pegados a sus orejas, tristes mujeres que esperaban en vano alguna mirada, camareros que llevaban bandejas con sándwichs y gaseosas, jóvenes que comían pequeños helados de chocolate y vainilla, un vagabundo que sonreía enigmáticamente, niños llorosos arañando los brazos de desentendidas madres; caras y más caras que se fundían en una sola, la que pasaba a cada instante, el cuerpo vomitado por la corriente. Una hermosa chica, cuya remera promocionaba una sala de cine, trató de darle un papel, que cayó al piso porque Luis escondió rápidamente su mano en el bolsillo del pantalón.

Miró atrás, pero la salida del túnel había desaparecido, suplantada por una casa de electrodomésticos. Vio su propia imagen asombrarse en un televisor gigante; estaba siendo filmado por una pequeña cámara que lo apuntaba desde arriba de un centro musical. Se volteó y comprobó que estaba parado cerca del cordón de la vereda, enfrentando una transitada avenida. Tenía como compañía a cientos de personas que miraban con apremio el semáforo.

El día era soleado y Luis levantó su mirada para encontrarse con el poderoso astro que iluminaba la tierra, pero en ese momento un sucio colectivo con el caño de escape destrozado pasó, dejando una desvergonzada nube de humo negro que ocultó bajo su manto a los que estaban por cruzar hacia una plaza. Luego, el semáforo cambió y  todos se lanzaron a la calle rozando a Luis, que quedó parado casi en el cordón de la vereda.

“¿Por qué no crucé?”

Se contestó a sí mismo, argumentando que no quería seguirle el ritmo a los lunáticos que todavía estaban con vida y trataban de apurarse para que no se les pasara sin haber metido unos cuántos goles. Él, cuando vivía, tampoco se había dado cuenta de que la muerte se parecía a un policía de tránsito; si andabas demasiado rápido simplemente te paraba y te hacía firmar una multa eterna. La diferencia era que la muerte no avisaba cuando iba a actuar, en cambio los canas le hacían una seña al desafortunado conductor, como en aquel momento a una respingada dama que conducía un auto último modelo.

Luis reflexionaba, cuando otra nube de humo, ésta perteneciente al caño de escape de un camión, lo rodeó. Luego escuchó unas maldiciones y las personas que estaban junto a él cruzaron. Entonces, miró hacia la plaza que había cruzando la calle y se concentró en el césped; la alfombra verde brillaba amenazante, era su enemigo, ya que se alimentaba del humus y él en aquel momento no debería ser más que una de aquellas sustancias nutrientes. Se consideró a sí mismo como una afrenta a la cadena alimenticia terrestre. Rebelde a la naturaleza, aunque no por su propia voluntad. La tierra, el suelo, los animales, los vegetales; murmuraban el nombre del odiado joven. Los humanos simplemente le deberían temer, pero sólo el reino vegetal y animal tendrían la intuición de odiarlo.

Al mirar alrededor vio como entre el cielo y la ciudad se interponía una opaca alfombra que hacía que no se apreciara nítidamente el celeste de arriba. “¡Éste sí que es verdadero!”, se dijo Luis. Y luego vio como las calles estaban repletas de pequeños papeles que se deslizaban por el piso junto con sus coloreados padres; latas de gaseosa que lanzaban reflejos fugaces a sus ojos vítreos.

Nunca había sido ecologista; pensaba que las personas dedicadas exclusivamente a la naturaleza no eran más que tontos y arrogantes jóvenes que lloraban ante un perro sarnoso y eran indiferentes frente a un niño hambriento. También estaban los que, desesperados por una candidatura, enarbolaban un verdoso eslogan. Aunque le gustaban las plantas y los árboles y si podía hacer algo en su favor, lo hacía.

Su padre solía decir que había que dejar al hombre destruir el mundo; sería la ruina de la humanidad y la salvación del universo.

Luis sospechaba que el hombre quería destruir el mundo para desaparecer. Estaba seguro de que los hombres eran un infierno en sí; corazones inundados de cientos de demonios, bípedos expulsados diariamente del paraíso, surcaban las calles buscando algo que nunca iban a encontrar. En el mundo las mejores intenciones se convertían en las peores; lo mismo le había ocurrido al laborioso viejo barbudo. Al infierno lo había creado Dios, después de verse reflejado en los ojos de Adán y Eva. Luis se dijo: “El peor infierno, el más ardiente de todos, soy (o era) yo. Por otro lado, si cada transeúnte tiene una idea propia del infierno, y éste no existe más que en nuestro pensamiento, hay tantos infiernos como personas. Por lo tanto, las ciudades son los peores infiernos; están transitadas por millones de ellos”.

Recordó que sus pensamientos habían sido avivados por el dilema con la naturaleza y, mientras observaba a los gases que flotaban en el aire, concluyó que la naturaleza estaría lejos de odiarlo. El planeta se quejaba por la misma razón que lo hacía él; tenía que ver con sus propios ojos cómo minuto tras minuto, hora tras hora, se iba pudriendo. Sonrió, mientras estaba en aquella esquina céntrica, y se dijo que la naturaleza sólo debía tenerle rencor porque había desobedecido una de sus supuestas reglas. ¡Luz verde!

Estaba divagando demasiado, se dijo Luis, y cruzó la calle con otros peatones.

por Adrián Gastón Fares.

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