Suerte al zombi. 20. ¡Suerte al zombi!

20. ¡SUERTE AL ZOMBI!

Luis Marte caminaba con su frente alta desafiando al anaranjado cielo, mezclando reminiscencias de canciones en su mente. El asfalto iba a estar muy caliente aquel día, pensó mientras inventaba una nueva canción de extraña melodía. El sol imprimía una aureola a los edificios mientras ascendía para colocarse en su cenit.

De repente, se escuchó un chasquido en el aire y el portero eléctrico del edificio por el que pasaba Luis empezó a sonar. Era un chillido eléctrico constante. Miró al portero y  siguió caminando sin prestarle atención.

El portero eléctrico del edificio contiguo empezó a sonar en ese momento y a éste se unieron todos los demás de aquella zona del centro de Buenos Aires. A Luis le pareció que todos estos aparatos estaban siendo activados por una fuerza desconocida. El murmullo metálico llevaba la delantera, desplazando a los demás ruidos del amanecer urbano. Para Luis era el ruido del infierno, imprecación que atentaba contra el alma todavía contenida en su cuerpo. El joven muerto siguió caminando, lento pero decidido, con aquel aire de seguridad y firmeza que había estrenado en su gloriosa salida del baño de “La Esquina del Sol”.

Llegó a una esquina y la cruzó con aquél sonido amplificado persiguiéndolo de cerca. En la otra vereda, se agachó y ató los cordones de su zapato. Siguió caminando.

En la mitad de la cuadra, al pasar frente a un anciano que estaba parado en la puerta de un edificio, Luis miró al suelo y simuló una escupida cuya saliva nunca llegó a las húmedas baldosas; las glándulas salivales se habían secado junto con sus lagrimales la noche anterior. Luego ahuecó sus labios y fingió silbar. El murmullo metálico pareció ganar intensidad mientras Luis se decía que solamente él parecía escuchar el ruido —o el viejo lo escuchaba y se hacía el tonto como él.

El sonido era simplemente insoportable y  fluía por los oídos de Luis hasta su triste alma. El chillido metálico crecía en intensidad y todos los porteros eléctricos parecían ser los mensajeros de un solo y caprichoso grito:

¡ChhhhhhChhhhhhhhhhhhchhhhhhhhChhhhhhhhhchhhhhhhhChhhhhChhhhhh!

El ruido seguía a Luis en todas las calles por las que caminaba.

Se sorprendió al darse cuenta que no había caños de escape arremetiendo contra la capa de ozono. Los automotores simplemente parecían no existir a aquella hora de la mañana, lo que le pareció bastante extraño. ¿Sería domingo?, se preguntó. Y así siguió caminando, sin que los sonidos de los motores de los autos, que cualquier otro día hubieran explotado en el aire, aparecieran. Solamente el llamado de algo que iba a comunicarse por los porteros y que había reunido a todos éstos para un único y delirante fin. El objetivo no sería solamente hacer ruido, pensó; alguien o algo iba a hablar.

El sol iba situándose lentamente en la cúspide del cielo. Pocos seres humanos daban muestra de su existencia en aquel universo porteño; tan sólo el anciano y un joven cartero habían representado a la humanidad. En ese instante advirtió que una anciana, que plantaba flores en un cantero cerca de la vereda por la que él caminaba, lo observaba. Luis paró de caminar y se acercó a un frondoso arbusto que crecía frente a un edificio antiguo. Se bajó el cierre de sus pantalones y fingió orinar. Simplemente se mantuvo erguido un minuto, en una  posición de éxtasis, con su mano apretando lo que quedaba de su pene. No se animó a bajar la vista para mirarlo; la tenía clavada en el tronco de aquel arbusto. La vieja lo miraba atentamente y movía sus hundidos labios formulando una protesta interior contra toda la juventud moderna.

Luis, en ese minuto, pensó que lo que había hecho era una burla a la tierra; una venganza contra aquel suelo que lo reclamaba, una irrespetuosa ofrenda al  dios demente que lo había despertado de la muerte, por cuya culpa estaba ahora caminando por aquellas extrañamente desoladas calles. Sin embargo, una gran porción de su alma reconoció que simulaba que orinaba, como antes salivado, para pretender que todavía vivía. Éstos pensamientos eran los que aportaban una nueva pena al acongojado espíritu de Luis.

Luego, se subió el cierre, tratando de no mirar hacia la tierra seca que rodeaba al árbol y siguió caminando con el mismo paso firme. Cuando pasó delante de la anciana, vio como ésta seguía murmurando y lo miraba con temor y repugnancia.

Cuando cruzaba una calle, el sonido metálico se apagó con un nuevo chasquido y reinó el silencio total por un segundo. Luego sonó una única voz. La voz del daimon parecía venir de todos lados, producida por todos los porteros y al mismo tiempo proveniente de uno solo:

 —¡Despedido el primer día de trabajo!…¡Ja!, ¡Ja!—dijo el daimon con voz de locutor, imitando a algún conductor conocido de televisión. Un coro de risas televisivas, de las que acompañan a los chistes de las comedias, esparció su falsa alegría.

Luis siguió caminando, tratando, en vano, de ignorar a la imponente voz del daimon.

—¡Dios maldiga al zombi!—Una amarga ironía tocaba ahora las cuerdas vocales del engendro; el coro rió con indiferencia—. Podías haber sido una leyenda—Ésta vez el coro se abstuvo. La voz eléctrica del daimon dejó de lado la ironía para expresarse francamente—. Pero elegiste pudrirte en la ciudad… —Un suspiro profundo y luego un solo grito—. ¡Suerte al zombi!…— Las risas televisivas sonaron más histéricas que nunca.

El silencio invadió a Luis. Caminó hasta llegar a la esquina mientras se daba cuenta que las calles se interrumpían allí; la que él transitaba desembocaba en un gigante edificio gris que impedía avanzar. Rápidamente miró hacia atrás, pero la calle por la que venía caminando había sido suplantada por otro edificio gris. Levantó la cabeza y se asombró ante el edificio más alto que había visto. No se veían puertas en la fachada. Tenía ventanas, pero debían empezar en el piso trescientos. El alma de Luis sintió escalofríos.  Delante de él, a su izquierda y a la derecha, descomunales edificios grises, todos sin ventanas ni puertas, le cerraban el paso. Armaban una habitación cuyas cuatro paredes estaban conformadas por las fachadas de los cuatro edificios gigantescos y el techo por el compacto celeste del cielo.

Bajó el cordón y se quedó parado en el medio del asfaltado cubículo. El silencio era inmejorable. Miró al frío cielo celeste. Se asemejaba a un cartón pintado, una escenografía barata cuya desenfadada artificialidad apisonaba aún más el alma de Luis. Todo le producía una insoportable sensación claustrofóbica. Bajó su cabeza, vencido, pero volvió a levantarla para desafiar el retazo de firmamento. Se le ocurrió que éste no debía estar muy arriba.

Estiró su huesudo índice para alcanzarlo y se dio cuenta que se había equivocado. El cielo volvió a estar tan alto como en el primer momento. Tenía su mirada clavada en aquel homogéneo firmamento celeste, cuando se percató de que algo insignificante caía en línea recta hacia su cabeza. Tratando de descubrir la naturaleza del ¿objeto?, ¿tal vez sustancia?, olvidó apartarse.

Una pequeña gota cayó en su maxilar inferior; el hueso conservaba todavía un poco de piel y el pastoso líquido se posó justo donde se unía con sus incisivos, que dominaban gran parte de la cara. Luis se llevó la falange del dedo índice al maxilar y recogió el líquido. La falange no estaba enteramente descubierta; todavía conservaba una parte de la yema que recubría la punta del dedo. Luis vio allí una manchita celeste.

¡Era pintura! El cielo estaba verdaderamente pintado. Se preguntó si no sería un muerto  viviente loco, cuando se dijo que el pintor era muy malo porque no había pintado ninguna nube.

La sensación de claustrofobia se incrementó y Luis buscó una salida. Miró nuevamente los edificios. Ni siquiera una claraboya por la que se pudiera pasar. Se detuvo en un detalle que imperaba en las uniones de los cuatro emporios. Las moles grises estaban separadas por unos centímetros en las uniones, formando angostos túneles al final de los cuales refulgían pequeñas luces blancas. Luis caminó hasta la vereda, subió el cordón y examinó de cerca una de las entradas; era tan estrecha que apenas permitía el paso de un humano. ¿Llevarían todas al mismo lugar? Era probable que no. Se dijo que era la única manera de salir de allí y se decidió por la entrada que tenía delante. Metió su cabeza y después todo su cuerpo.

El túnel tenía paredes compuestas por una mezcla de arcilla, humus y cientos de lombrices que, enterradas sus mitades en la tierra, ondulaban frenéticamente la porción libre de sus cuerpos. Luis descubrió, con intolerable aprensión, que sus serpenteos eran espasmódicos; aquellos gusanos estaban atrapados allí y se retorcían ante el insignificante fulgor del final del túnel. Seguramente, la sensibilidad de aquellos bichos era mucho mayor que la de los humanos. ¿Y cuántas veces más que la de un muerto?

Aquella pregunta, aún cuando su respuesta fue oportunamente evadida por Luis, despertó muchas otras. Sin atreverse avanzar —¿acaso no es el temor la base del pensamiento?— se preguntó por las formas del lugar que lo había atrapado.

Parecía ser que el túnel constituía la bisectriz del ángulo recto formado por las paredes laterales de los edificios; éstas concurrían en un vértice: la abertura por la que él había entrado. De lo anterior dedujo que el espacio existente entre las paredes laterales de los edificios y el túnel estaría relleno por la mezcla terrosa que conformaba las paredes del último. Al mirar hacia arriba, apenas percibió un tenue centelleo celeste, suspiro de luz, que le recordó que en inenarrables alturas había un cielo, éste tal vez real. Luego, ante la presión de otra pregunta, elevó su imaginación: el conjunto, visto desde arriba, formaba una cruz latina, cuyo centro era el cubículo donde él había sido atrapado; las uniones de los edificios eran las salidas, una de éstas la que él se iba a disponer a transitar, que llevaban hacia la luz, cuyo conmovedor significado comenzó a prever.

Entonces, lo perturbó el recuerdo de lo que una encrucijada significaba para un alma y la ulterior deducción de que su cautiverio allí remarcaba lo irrevocable de su muerte. Se dijo que la encrucijada de cielo pintado no era más que un agravio de la ciudad contra su espíritu, una advertencia de que ya no debía andar por aquellas calles. Luego se desdijo: la encrucijada era la abstracción de todas las calles que conformaban nuestra ciudad; consistía en un aislamiento pedagógico construido para prepararlo ante la inminencia de su verdadera muerte —la separación de cuerpo y alma—. De lo que obtuvo dos conclusiones: una obvia, el que lo había despertado lo esperaba del otro lado de la luz; la otra vital, la encrucijada había atrapado su alma, que aún perseveraba en seguir unida al cuerpo, y el túnel era el tránsito a la vida eterna. Miró hacia la beatífica luz y sonrió.

Empezó a caminar rápidamente por el angosto túnel, clavando su vista en el resplandor blanco que brillaba en la salida. “Sólo faltarán unos metros”, pensó mientras tropezaba con una raíz; más adelante percibió las caprichosas formas de las demás. El suelo se veía repleto de petrificados tentáculos, que el muerto viviente comparaba con los de los iracundos moluscos que asediaban la imaginación de antiguos navegantes. Su alma se mareó. Creyó caminar por una infectada garganta; él era un germen más, otra agitada lombriz dispuesta a ser escupida.

Las raíces debían pertenecer a un árbol de unos trescientos años. No pudo evitar preguntarse dónde crecería aquel árbol.

Siguió caminando hacia la luz.

por Adrián Gastón Fares.

 

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