Suerte al zombi. 19. El mundo tendría que ser como este lugar.

Garrafa estaba con López, los dos sentados en la puerta del cementerio, sobre unos banquitos de madera. Estaban callados, escuchando cómo el viento hacía de las suyas al zambullirse entre las viejas lápidas. Garrafa tenía hinchadas sus mejillas y sus morados labios estaban más apretados que nunca. López se metía un yuyo en la boca y lo masticaba frenéticamente. El viento fuerte pronosticaba una tormenta y los pelos sucios de los hombres apenas llegaban a moverse.

De repente, el cielo se abrió, no para dejar paso a los dorados rayos de sol, sino para verter toda el agua contenida durante ese mes. La llovizna se convirtió rápidamente en un torrente violento que arremetía sobre la tierra. Sin embargo, Garrafa y López se quedaron quietos, recibiendo el agua que caía sobre ellos como si fuera una bendición. No dijeron ni una palabra y observaron como la tierra sanaba las heridas, ya que hacía un mes que no llovía tanto en Mundo Viejo y el suelo estaba seco y resquebrajado.

Garrafa siguió con las mejillas hinchadas y los labios fuertemente apretados y López no dejó de masticar el yuyo. La lluvia amainó de repente, como si alguien hubiera cerrado un poco el grifo, después de una hora. Garrafa miró a López y separó sus labios.

—No tengo un mango, López— Éste dejó caer el yuyo al suelo— Hace un mes que no enterramos a nadie… si no fuera por el Tano… ¡La puta madre!…, encima todavía me deben el trabajo que hice para la familia del dentista.

 —La gente parece que dejó de estirar la pata por acá—dijo López.

 —En todo el país muere mucha gente todos los días; hay más asesinos que pulgas. Acá, ni los viejos palman… —Garrafa asentía ante sus propias palabras— Creo que es un castigo de arriba, López.

 —¿Te parece?

—El otro día, antes de oír los disparos del loco ése, fui a tomar una cerveza al bar del Rulfo… ¡el muy hijo de puta me trató mal!…—Movió su cabeza negando tozudamente— ¡Muy mal!…Todo porque no tengo guita y no puedo pagar mis propios tragos… ¡qué culpa tengo yo de que no haya laburo acá!

—Un hombre que no puede pagar por una cerveza no tendría que vivir.

—La vida está siendo muy hija de puta conmigo últimamente… —Se dio vuelta y señaló con la mano el portal del cementerio— ¡El mundo tendría que ser como este lugar!

 López rió, amargamente.

—Muy aburrido—dijo y se levantó.

—¡Aburrido para vos!… ¿les preguntaste a los muertos si se aburren de mí cementerio!…, ¿viste a uno dejar mi cementerio porque se aburría?

 —Se está volviendo loco—murmuró para sí López.

De repente, un patrullero frenó a unos metros de donde estaban los sepultureros. En la frenada, el barro les salpicó un poco la cara. La puerta del conductor se abrió y un agente narigón bajó y se acercó a Garrafa.

—Señor González, va a tener que acompañarme a la comisaría.

Garrafa lo miró como si fuera el demonio.

 —Yo no hice ningún mal para tener que ir con usted.

 —Tengo una orden de arresto, señor González. Levántese, por favor.

 Garrafa se levantó y clavó sus ojos en los del agente.

 —¿Sabés que yo soy el que cuidó todos estos años a tu viejo?

Garrafa miró por unos segundos hacia el cementerio y luego volvió a posar sus ojos negros en los azules del policía. López lo miraba todo como si estuviera viendo una película porno en el pequeño cine de Mundo Viejo; una gran satisfacción encendía sus pupilas y arqueaba las comisuras de sus labios.

 —Está bien—dijo Garrafa y se dio vuelta—. Un santo debe tener sus sacrificios, sino no sería santo.

El oficial le puso las esposas y lo acompañó hasta la patrulla. Abrió la puerta trasera, esperó a que Garrafa se acomodara en el asiento y luego la cerró.

 —¡Oficial!—llamaba López sentado nuevamente en su banquito— ¡Oficial!…, venga.

 El policía se acercó a López.

 —¿Por qué arrestan al Garrafón?

 —La nueva viuda del pueblo lo denunció por intento de violación cuando su esposo se suicidó el otro día. La tipa no tuvo coraje para denunciarlo mientras quemaban al marido, pero después se decidió.

 —¿Tiene para mucho?

 —Depende… —contestó el oficial mientras se alejaba.

López se quedó sentado mirando como el policía subía al patrullero. El auto arrancó, y se llevó a Garrafa.

por Adrián Gastón Fares.

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