Suerte al zombi. 16. Algo mejor.

16. Algo mejor.

Garrafa había entrado en el almacén y ocupaba la mesa de siempre, cerca de la ventana. Desde allí, miraba la calle. Mantenía sus ojos entrecerrados, ya que el reflejo del sol en el cemento le molestaba.

El viejo Rulfo se acercó, más lento que nunca, y posó su mirada estéril en el gordo. Garrafa maldijo por dentro y trató de ignorarlo.

—¿Una cerveza, no?—Rulfo sonrió aireando sus tres dientes.

Garrafa trataba de verse despreocupado, pero la situación no se lo permitía. Se sentía nervioso como si presintiera algo. Miró a Rulfo y asintió.

—Y yo que pensaba que iríamos adelante con el cemento… —comentó tristemente el viejo mirando a través de la ventana—. Extraño barrer la tierra.

Rulfo se acercó a la heladera —regalo de una importante empresa de gaseosa—, extrajo una lata de cerveza norteamericana de nombre impronunciable para ellos y se la tendió a Garrafa. Garrafa la vació casi de un trago. Rulfo lo miraba del otro lado del mostrador.

—¡La próxima vez en vaso!—gruñó, clavando la vista en Rulfo.

 El viejo movió su boca, maldiciendo en silencio.

—¡Nunca me pagás, Garrafa!—Tosió, escupió  y continuó— Si me pagaras, te daría un vaso… Y también algo mejor.

Garrafa volvió a mirar hacia el cemento caliente, entornando aún más sus párpados.

—¿Mejor? Yo me merezco algo mejor—susurró.

—¡Enterrás dos fiambres por mes y después te rascas todo el año! Yo atiendo a los vivos no a los muertos, negro—gritaba Rulfo, mientras dejaba escapar gotas de saliva que se filtraban por sus arrugados y hundidos labios.

Garrafa se levantó, camino lentamente y salió a la calle sin darse vuelta para mirar a Rulfo. Cuando pasó por la ventana, las manos del viejo lo señalaron a través del vidrio. Su boca se abría y cerraba escupiendo maldiciones. Garrafa siguió caminando con la mirada fija en el pavimento.

Dos disparos resonaron en la húmeda tarde. Garrafa levantó la cabeza, caminó más rápido, luego trotó como pudo y dobló en la esquina.

En la mitad de la calle había un hombre abatido y cuatro personas lo rodeaban. Una de éstas era López, otra era una mujer en cuclillas, que no paraba de llorar, y los otros dos eran hombres de unos cuarenta años.

López miró a su amigo con cierta ironía. Garrafa le hizo la pregunta inevitable, mientras miraba a la mujer.

—El esposo de ella le disparó a éste— Hizo una pausa, como estaba medio borracho le costaba encontrar las palabras—. Tres tiros y se escapó—contestó finalmente López.

Garrafa miró al muerto, que tenía un agujero en la ceja, justo al lado del ojo, y otros dos en el pecho. Luego miró a la mujer.

 —¿Por qué llora ella entonces?

Los dos que estaban discutiendo dejaron de hacerlo y miraron a Garrafa. Uno era bajo y tenía una  barba puntiaguda. El maestro de la escuelita, recordó Garrafa. El otro era el mecánico al que había recurrido una vez, para arreglar el resorte de la tapa de un ataúd muy particular que no quería cerrarse. Éste señaló al muerto:

 —Llora porque éste tipo se la tiraba —Miró al maestro y asintió—. Yo lo veía entrar, como si nada, cuando el Pato salía a laburar. El cornudo del Pato lo esperó hoy y cuando éste le tocó la puerta, le apuntó con un arma y le disparó.

—Siguió disparando mientras este se arrastraba… —agregó el maestro mientras seguía con el dedo índice la sangre que había en el  cemento— Le dio una bala en el pecho y cuando este llegó acá— Miró al cadáver y se rascó la barba. “¡Qué tipo raro éste maestro barbudo!”, pensó Garrafa, “¡seguro que era maricón!”—. Le pegó un tiro en el ojo.

 —¿Llamaron a la policía?—preguntó Garrafa.

 —No—contestó el mecánico— ¡Fulci es un tránsfuga!  El Pato es mi amigo. Si no hubiera estado yo acá ella estaría muerta… ¡Le disparó también! Y le erró, el boludo… Ahí nos vio y corrió hasta la esquina, dobló, y habrá seguido corriendo el Pato porque nosotros nos quedamos viendo si ella estaba lastimada. ¡Está loco! Y guarda que puede volver, eh… Es el Pato.

López asentía con la cabeza y empezó a alejarse del cadáver, indeciso, como si tuviera ganas de irse y le diera vergüenza decirlo. Garrafa se disponía a acompañar a su amigo, cuando se escuchó un disparo y el maestro cayó al piso y empezó a gritar.

Todos miraron hacia la esquina, donde un tipo, el Pato, con una pistola les apuntaba. La mujer se levantó y chillando se metió dentro de la casa, cerrando la puerta a su paso.

Garrafa, López y el mecánico miraron al maestro barbudo que estaba en el piso agarrándose la rodilla y lamentándose. El mecánico corrió y golpeó con furia a la puerta.

—¡Pato a mí no!— gritó el mecánico.

—¡Hijo de puta!—gritaba el maestro— ¡Llamen al hospital que me desangro!

El Pato levantó su arma y disparó nuevamente. El disparo dio en el tronco de uno de los árboles de aquella cuadra, detrás del cual estaba escondido López. Garrafa corrió hacia la puerta de la casa. De un solo golpe la derribó.

La sala de estar era pequeña y Garrafa no tardó en escuchar el suspiro entrecortado. La mujer estaba escondida debajo el sillón, donde seguía llorando y se tapaba la cara con las manos.

Resonó otro disparo, esta vez cerca.

Garrafa levantó el sillón y se tiró al lado de la mujer. Se acomodó tratando que su cuerpo no sostuviera el sillón en el aire. En el momento en que el Pato se disponía a traspasar el umbral de la puerta, Garrafa le susurró a la mujer que se callara. Ésta siguió gritando y le dio a Garrafa un puntapié en los testículos. El hombre aguantó el dolor, abrazó con sus carnosos brazos a la mujer y le tapó la boca con su sudada mano.

El Pato entró y caminó hasta el dormitorio. Al rato, apareció gritando el nombre de la esposa. Miró hacia el sillón y se encaminó hacia allí balbuciendo frases ininteligibles. Se sentó y miró el techo de la habitación.

Garrafa apretó su mano con más fuerza contra la boca de la mujer. El Pato levantó el arma y la dirigió a su boca.

La pared blanca se oscureció mientras resonaba el disparo en las cuatro habitaciones de la casa.

Garrafa se asustó y soltó a la mujer, que le arañó la cara. Trató de agarrarla de la cintura y ella de darle de lleno en los genitales. Entonces la atrajo hacia sí y le metió la mano en la entrepierna. La mujer le dio un golpe en el mentón. Garrafa se excitó.  Empezó a fregarse contra ella.

La mujer lo golpeaba y escupía mientras Garrafa se restregaba contra ella. Ante otro rodillazo en el estómago, Garrafa le dio un puñetazo en la cara. La mujer se desmayó.

Garrafa corrió las piernas del Pato y se arrastró afuera del sillón. Caminó hasta la puerta y salió a la calle.

El sol le volvió a hacer entrecerrar los párpados junto con los gritos del maestro postrado, que seguía agarrándose la pierna. Garrafa miró hacia otro lado.

Ya tenía a dos para enterrar, pero si este también se moría, pensó, sería uno más. Así podría conseguir algo mejor.

López había desaparecido. Garrafa dobló en la esquina. Enfiló hacia el camino que llevaba al cementerio.

Se sintió más relajado al pisar el primer tramo que la Municipalidad de Mundo Viejo no había aún asfaltado.

por Adrián Gastón Fares.

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