Suerte al zombi. 14. El justiciero.

14. El justiciero.

Jorge bajó el peldaño y espió una vez más, asomando su cabeza fuera de la guarida donde estaba con sus amigos, en la entrada del edificio. Les contó a los demás lo que había visto. Los tres salieron corriendo y doblaron en la esquina, para tratar de que Chula y Olga los perdieran de vista.

Al doblar en aquella esquina, Jorge se fijó si tenían la suerte de que algún colectivo pasara en aquellas horas, pero la calle estaba vacía. Ni siquiera un taxi. Debían de ser las cuatro de la mañana y lo único que se veía en las calles de ese antiguo barrio céntrico eran gatos. Miró hacia la otra vereda, donde había una remisería. El viaje les saldría caro, se dijo Jorge, pero era la única forma de que aquella noche terminara. Los tres cruzaron corriendo, siempre con Jorge a la delantera y, gracias a que la puerta de la remisería estaba abierta, entraron.

La remisería tenía un antiguo mostrador, por lo que parecía que era un antiguo almacén reciclado. Jorge llamó, pero nadie salió. El lugar parecía estar vacío. Esperaron diez segundos y Jorge golpeó la madera del mostrador con el puño cerrado… Diez segundos más. Jorge miró a sus amigos y en silencio se dispuso a golpear nuevamente el mostrador cuando un hombre gordo, bajito y pelado, salió de una especie de biombo que separaba el negocio del interior de aquella casona. El hombre caminó hasta ellos tratando de meter su camisa dentro de sus holgados pantalones negros. Tenía la cara y la camisa tan sudada que parecía que le habían echado aceite. Sus regocijados ojos húmedos flotaban entre marcadas ojeras. La pelada brillaba y en ese reflejo, efecto de la lámpara que colgaba del techo, fue en el que se concentró Juan para no reír a carcajadas cuando el hombrecito les habló. Se acercó a ellos sonriendo:

 —Miren chicos, estoy yo sólo trabajando hoy… —Hizo una pausa, se llevó las  manos a su pelada y trató de secarse la transpiración—. Si quieren que los lleve van a tener que esperar a que cierre el negocio.

Las cortinas rosas del biombo se movieron y una pequeña mano femenina apareció ante la vista de todos. La joven salió ante la curiosa mirada de los tres amigos, acomodándose una remera ajustada. Después de ponerse la top, se calzó el zapato de taco que llevaba en la mano y se acomodó el que ya tenía puesto pisando en el piso varias veces.

Era una prostituta joven, casi adolescente, de no más de diecisiete años. Su pelo era castaño y sus facciones de gran belleza. Cuando terminó de arreglarse, levantó la vista, mostrando sus ojos azules. Al ver a los tres jóvenes, lanzó una risa inocente al aire y les dedicó una sonrisa. Se acercó al remisero, le sonrió y susurró algo al oído. Éste fue a la caja y sacó veinte pesos que le entregó a la chica, dándole una palmada en su pequeño y bien formado trasero, protegido tan sólo por una minifalda verde claro.

Por los nervios acumulados aquella noche o por otra razón, lo cierto era que Juan empezó a reír. Jorge lo siguió. ¡Así que por eso no aparecía el tipo! De repente, se sintió a salvo y una sensación grata lo colmó. Miró la cara de sus amigos; los ojos de Leonardo brillaban, Juan no paraba de ojear el culo de la chica con una sonrisa tonta.

La joven prostituta se dirigió a la puerta de calle. Por un momento todo lo que escucharon los tres chicos fue el ruido de los tacos de aquella chica golpeando el suelo de la remisería. A los jóvenes les pareció que el tiempo se detenía y los hechos se estiraban en cámara lenta; los pasos de la chica hasta la puerta, las sonrisas dibujadas en sus propias caras, la cara del remisero pelado que miraba cómo se movía el trasero de la chica mientras se alejaba. Vivieron aquel momento como ningún otro en su vida. Se sintieron jóvenes.

Eso era lo extraño; ellos eran jóvenes, casi adolescentes. Sin embargo, sentirse joven era distinto. Se miraron entre ellos y se entendieron  dejando atrás todo otro pensamiento que no sea: ¡Qué noche extraña!. Sus almas se conectaron. Estuvieron a punto de alcanzar el secreto de la inmortalidad, pero una mosca que zumbaba pegada a la lamparita que colgaba del techo los distrajo. El momento pasó y, sin embargo, parecía seguir estando ahí, tan al alcance de sus manos.

Leonardo miró al remisero, mientras la prostituta alcanzaba la puerta y preguntó:

—¿De dónde saca esas putas tan lindas?

 —Sandra no es una puta, es un ángel—contestó el remisero.

En el fondo, todos ellos estaban dispuestos a creerlo. La siguieron con la vista hasta que bajó el escalón y siguió caminando, ya fuera del negocio, pegada a la vidriera de la remisería. Luego desapareció y todos volvieron a tierra.

El remisero agarró las llaves del negocio y los chicos empezaron a discutir sobre cómo había tocado el baterista de Los Misteriosos.

—Tenía la pierna dura como sorete de terraza. Creo que fue uno de los peores días de Darío—dijo Jorge.

 —Para mí estuvo bien… el problema es que lo dejó la novia.—opinó Leonardo.

 —¿Y eso qué tiene que ver?—preguntó Juan.

—¡¿Qué tiene que ver?!—Leonardo miró a Juan cómo si éste hubiera preguntado cuantos días tiene la semana—. Cuando lo emocional va mal, todo va mal. No podés llevar el ritmo… el pibe está destruido.

Siguieron hablando sobre Darío, el baterista de Los misteriosos, sin darse cuenta que Chula y Olga aparecían en escena caminando por el mismo lado por el que se había ido la prostituta. Olga estaba fumando un porro y Chula había guardado la navaja para comer un alfajor Guaymallen que había comprado en un quiosco de por ahí. Ambos estaban cansados y se habían olvidado ya del grupo de chicos. Olga se dio media vuelta y miró hacia atrás.

 —¡Qué puta ésa eh, Chula! Si tuviera unos pesos de más… ¡Qué buena que estaba!

Chula asintió con la cabeza y cuando iba a darle un nuevo mordiscón a su alfajor, miró hacia dentro de la remisería, donde divisó a los tres amigos.

Les sonrió a través del vidrio. Los tres jóvenes miraron atónitos. Olga también los había descubierto y trataba de saludarlos con una sonrisa burlona mientras les clavaba sus desorbitados ojos.

Al ver a Olga, reaccionaron y se dirigieron velozmente a la puerta. Chula iba a meterse en la remisería, cuando los otros alcanzaron la puerta y cerraron, dejando atrapada la mitad del cuerpo del joven dentro del negocio. Éste empujó, sus desesperados ojos azules fulminando los de Jorge. Olga ayudaba tratando de abrir la puerta y maldiciendo.

Dentro, los tres jóvenes empujaban tanto que a Chula le dolía el brazo y gritaba como un cerdo degollado. De repente, se escuchó un grito que se hundió en los oídos de los tres amigos. Sin dejar de empujar, Leonardo y Juan miraron sobre sus hombros.

El remisero estaba parado en la mitad de la remisería, apuntando a la puerta con un arma. Jorge no se percató de esto hasta que sintió algo frío que le tocaba la nuca. Al darse vuelta, mientras seguía empujando para que Chula no se metiera, vio como el pelado le apuntaba a la cara.

—¡Salgan ya todos de mi negocio!…O les pongo balas hasta en el culo.

Hablaba con tranquilidad, pensó Jorge mientras empujaba. Había tenido buen sexo esa noche y por eso controlaba sus nervios. Olga maldecía a Jorge, mientras Chula seguía gritando de dolor.

—Repito: ¡Salgan todos de acá!…—Una gran gota de sudor se deslizó por la llanura de su cien y cayó al piso—. …¡Ya!…¡Dejen la puerta!…¡Voy a contar hasta tres y los cago a tiros!

Jorge dejó que sus amigos siguieran empujando y se enfrentó a la cuarenta y cinco del remisero.

—¡Uno!,…¡y  voy para dooos!

—Escúcheme—Trató de explicarse Jorge—. Si salimos, estos dos drogados van a matarnos, ¡están locos!

 —¡Dos!… ¡y  voy para treees!

Atrás de Jorge, Leonardo y Juan seguían empujando la puerta. Chula había logrado meter un brazo y trataba de agarrar la cara de Juan mientras escupía a Leonardo. Éste miró atrás y dejó de empujar.

— ¡Y….!—apuró el remisero.

—¡No dispare!—dijo Jorge y tocó a su amigo—. ¡Dejá la puerta!

Juan dejó de empujar. La puerta se abrió y dio contra la vidriera con gran estruendo. Chula quedó libre y cayó al piso, desde donde puteó. Luego se levantó, sediento de venganza, con su cara hinchada y colorada.

Olga y Chula quedaron a la vista del remisero pelado, que los apuntaba. Chula tenía un hilo de saliva que recubría sus labios haciéndolos brillar. Habló escupiendo:

—¡Hola, Ruben!

 —Arreglen sus asuntos afuera, Chula. No quiero problemas en el negocio.

 —No va a haber problemas, Ruben, ¿alguna vez nos metimos con usted?—Chula  movió su dedo índice en el aire—. ¡No! ¿Alguna vez nos metimos con sus putas?—. Chula miró a Olga que negaba con su cabeza y luego repitió— ¡Nooo!—Ahora miraba fijamente al remisero—. Usted es como nosotros, Ruben: ¡un gran pajero!—. Chula escupió la baba que le incomodaba. La saliva salió con una flema blanca que cayó en la zapatilla de Jorge, donde se quedó adherida.

 Jorge no vio la mancha blanca en su zapatilla ya que estaba pensando en como escapar. “¡Imposible!”, se dijo mientras observaba como negaba con la cabeza Olga.

 —¡Salgan!— Ruben apuntaba a la cabeza de Jorge mientras hablaba—. ¡Vamos!…

Chula y Olga se corrieron a un costado. Jorge fue el primero en salir. Olga empezó a reír con la súbita intensidad de un maníaco. Chula se metió un dedo en la nariz y extrajo una mucosidad verde que pegó en la frente de Jorge mientras éste salía. Jorge, que estaba verdaderamente asustado, lo aguantó callado.

—Traten de no ensuciar mi vereda, Chula—dijo Ruben y señaló la vereda contigua—. ¡Mátense al lado!

—Está bien, máquina—dijo Chula mientras posaba sus ojos en las figuras de los tres chicos que, en fila, habían salido del interior de la remisería.

Otra vez estaban enfrentados. Los tres vieron como la luz de los faroles se reflejaba en el filo de la navaja que Chula les enseñaba mientras Olga reía maliciosamente. Por encima de su risa, un sonido se escuchó.

Sonó a chapa. La habían golpeado fuerte. Todos torcieron sus cabezas y sólo uno acertó en la dirección.

En la vereda de enfrente había un puesto de diario cerrado. Jorge vio como una sombra salía de atrás de éste y se deslizaba lentamente hacia donde estaban ellos. No se podía ver claramente a quién pertenecía ya que en el lugar un gran árbol filtraba la luz  el alumbrado. No había duda de que era un ser humano él que la causaba, ya que podía verse la alargada sombra de dos piernas que se acercaban. Jorge miró a Chula, que parecía babear de satisfacción.  Al volver la vista la sombra se había hecho carne. Juan gritó.

Alguien estaba parado en la calle, mirando al remisero, que había empezado a cerrar su negocio. Del lado derecho de la puerta de la remisería formaban una fila los tres amigos; del lado izquierdo Chula y Olga los amenazaban. Juan había gritado porque el desconocido llevaba un arma con la que apuntaba a Ruben. Éste levantó la cuarenta y cinco.

Se escuchó un disparo y la cabeza de Ruben se echó para atrás desparramando en la vidriera buena parte de su contenido. Luego de tambalearse, todo su cuerpo se desplomó. Chula miró hacia donde venía el disparo y se encontró con el impresionante semblante del que había apretado el gatillo.

Éste parecía un justiciero, parado en el medio de la calle, con las piernas separadas. Vestía un saco negro y pantalones del mismo color. Chula le enseñó primero la navaja, luego sus dientes y se abalanzó contra el joven desfigurado.

El desconocido acercó su arma al pecho de Chula y disparó dos veces. Las balas traspasaron al joven y se perdieron dentro del local.

Olga le pegó una patada en el estómago al justiciero, mientras los tres chicos dejaban de mirar asombrados y empezaban a correr. El justiciero apenas trastabilló; avanzó, ofreció su cara y dejó que le pegara una y otra vez.

 —¡Sos más feo que un sorete!—gritó Olga mientras empezaba a darse vuelta para huir.

 —¡Date vuelta!—El desconocido hablaba guturalmente.

Olga se dio vuelta. Era imposible saber cuándo, pero había metido la mano en el bolsillo y recuperado un porro. Se plantó frente al justiciero y le dio una última pitada a aquel porro. El justiciero disparó una vez a la cabeza y observó como el porro iba cayendo. Un orificio empezó a chorrear sangre en la frente de Olga. El justiciero apretó nuevamente el gatillo pero la bala no salió. Apretó otra vez. Nada. Se le habían acabado. Olga se derrumbó.

Cuando el justiciero se dio vuelta, los otros jóvenes habían desaparecido. Corrían desesperadamente, cien metros más abajo, por el medio de la calle.

por Adrián Gastón Fares.

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