Suerte al zombi. 11. La cortó porque no le gustó.

11. LA CORTÓ PORQUE NO LE GUSTÓ.

 

López clavaba la pala en la tierra y la sacaba, arrancando nudosas raíces. Parecían pertenecer al olivo que crecía al costado de la parcela de tierra, donde estaba enterrando a la prostituta.

Garrafa dobló en un sendero del cementerio y caminó hasta el lugar con una pala, uniéndose a su amigo. Un atardecer violeta los bañaba convirtiéndolos en siluetas que se levantaban a contraluz en el horizonte, mientras la noche empezaba a dejar caer su negrura.

Garrafa dejó de cavar y observó el cuerpo de la prostituta, que yacía al lado del montículo de tierra.

—La destrozó a la Húngara. Mirá esos tajos— Clavó la pala en la tierra—. Me siento mal por esto, López.

López dejó de cavar y miró a Garrafa.

—El trabajo es muy bueno, Garrafón. Lo malo es que tengo ganas de matar al turro ese. Dicen que no sale nunca, siempre está encerrado en esa casa inmensa; los del bar la llaman “El Castillo”.

Garrafa tiró la pala y se sentó cerca del agujero. López lo miró. Hizo lo mismo, dejó caer la pala. Los dos miraban el cadáver que yacía del otro lado de la fosa.

 —Van dos veces que entierro a la Húngara y no me causa gracia, López. No me causó gracia ni la primera vez.

 —Era buena cogedora la perra.

 Garrafa rió:

—Me acuerdo que cuando tenía catorce años, el viejo me llevó a verla. Me agarró del bracito y me dijo; “Hoy vas a conocer lo que es una mujer”

Soltaron una risa tímida.

Garrafa se puso serio y le habló al sol caído mientras López se levantaba, agarraba la pala y continuaba cavando.

—Era una buena mujer… tenía hijos y los cuidaba con su trabajo. Si no, nunca hubiera permitido una puta en mi cementerio… —Miró a López—. ¿Era una buena mujer, no, López?

 —Sí, Garrafa—contestó López clavando la pala.

 —Entonces… ¿por qué se la entregamos a ese degenerado?

  —Porque nos paga bien por eso.

  Garrafa miró hacia las ramas del olivo, que se movían entre las crecientes sombras.

 —La cortó toda, López… Creo que fue mi último trabajo. Tengo el cementerio, ya es mucho.

  López dejó de excavar y miró a Garrafa con expresión seria por primera vez.

  —¿Sabés por qué la cortó, Garrafa?

—Porque es un enfermo.

  López negó con la cabeza.

 —No viejo. La cortó porque no le gustó. Cuando vos la fuiste a bajar del caballo, yo le dije que era una puta vieja y él me contestó que iba a jugar con ella porque las putas no le gustaban. “Es la última vez que me traen putas”, dijo.

Garrafa no dejaba de mirar al viejo olivo y sus inmensas facciones parecían reflejar una intensa emoción.

—Ese guacho merece morir, López.

—Si no pagara…

López escupió hacia un costado. Su amigo lo observó por el rabillo del ojo, con la vista todavía clavada en el árbol. Frunció el ceño.

—¿Sabés lo que me dijo el otro día cuando le lleve la morena?—dijo Garrafa mientras lentamente daba vuelta su cabeza para mirar a López, que negaba con la suya—. Me dijo que no quiere más viejas, quiere que le consigamos carne fresca. Cadáveres de pibas en lo posible.

López rió.

—¿De que te reís?

—Es lo mismo que me dijo ayer a mí; “No más mujeres viejas ni prostitutas”… ¿De dónde vamos a sacar pendejas?

Garrafa se levantó y caminó hasta el cadáver de la prostituta. Lo agarró de los pies y le hizo seña a López para que se ocupara de la cabeza. Éste se acercó y la levantó. Los dos se acercaron al agujero y dejaron caer el cuerpo. Luego, empezaron a tirar tierra. Garrafa lanzó la pala a un costado y se puso colorado de bronca.

—¡Escuchá, López!—. Levantó el puño y lo cerró a la altura de su cara, apretando hasta que sus nudillos quedaron blancos—. Mañana le decís a ese tipo que nos retiramos del negocio y si me llego a enterar que vos seguís con él… —Acercó aún más el puño a la cara de López—. Te estampo ésta hasta que tu cabeza se rompa. ¿Me entendiste?

 López bajo la cabeza. Luego la levantó.

 —¡Está bien!… Nos vamos a morir de hambre, Garrafa. Está bien.

Garrafa devolvió a su puño la circulación adecuada. Luego levantó la pala y los dos continuaron tirando tierra encima del cadáver.

por Adrián Gastón Fares.

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