Suerte al zombi. 10. Daimón.

10. DAIMON

Luis se encontró con el viejo daimon en una de las cuadras cercanas al boliche. Éste estaba sentado en la vereda de un negocio, reclinado contra la persiana de hierro y tenía dos armas, una en cada mano, apoyadas en el piso, con los cañones apuntando directamente al cielo. Las manos del daimon eran grandes, con uñas que serían la envidia de algunas mujeres.

Levantó la cabeza y miró a Luis por unos segundos. Entonces las palabras fluyeron de su boca:

—¡Luis Marte necesita un arma!—Remarcaba cada una de las palabras con voz de falsete—. Debe cuidarse de los asesinos. Antes que me preguntés, te voy a decir que soy un daimon, viejo pero vivito y coleando. Y a continuación, paso a leerte lo que quiere decir—Metió la mano en su tapado, sacó un libro grueso y empezó a pasar las páginas—. Haber…, acá está…, esperá, eh… —Sus labios se abrieron para dejar pasar a una risa nerviosa—. Acá—Empezó a deslizar su dedo por una página amarilla—. ¡Sí!…—Se aclaró la garganta escupiendo al piso— “…todo lo que es daimónico es intermediario entre el dios y el mortal…, el daimon se ocupa de transmitir a los dioses todo lo que procede de los hombres y a los hombres lo que procede de los dioses”—Suspiró y deslizó su dedo hasta el pie de página—Acá dice que hasta el amor es un daimon…, ¿qué me contás, eh?… ¡Sí que somos famosos!—Guardó el libro en el traje.

—El problema es que no sé a que clase de dios vos servís…

El daimon soltó una risita histérica.

—Me cagaste, hermano: Yo tampoco lo sé, pero me estoy entrenando para descubrirlo y vos vas a ayudarme. En el libro dice que los daimones conducimos a las almas en su viaje al Hades y no dejamos que se pierdan. Por lo tanto, soy tu guía. Te debo advertir, también, que no soy ningún Hermes, eh. Muchos me han confundido.

Luis se quedó parado, escuchando las palabras del demacrado engendro. Miraba abajo, tratando de encontrar los ojos del daimon, pero éste miraba el piso y su larga cabellera negra y grasosa le impedía a Luis unir las facciones para hacerse un bosquejo de su aspecto.

El daimon tenía forma humana; despatarrado en la vereda, de cuerpo fláccido, cubría sus pies con unas alpargatas destrozadas y llevaba un viejo tapado marrón descolorido y agujereado, bajo el cual una camisa, que alguna vez había sido blanca, se abría para dejar salir a los hirsutos pelos que le crecían en el pecho. Su aspecto era el de un pordiosero, un vagabundo que se alimentaba de bolsas de basura.

Seguía lloviendo y el engendro abrió la boca, dejando que gotas de lluvia bañaran su garganta. Luis descubrió con fascinación que en lugar de ojos tenía dos ombligos, pequeños y hundidos, con pequeñas pestañas que se cerraban para protegerlos. Su cara era flaca y larga, como todo su cuerpo, con una pequeña boca que se movía rápidamente. Su nariz, casi imperceptible.

Mientras Luis seguía maravillado observando el aspecto del daimon, éste cerró la boca y movió su cara para mirarlo con sus dos ombligos. Habló mientras escupía el agua que había tragado.

—¡Luis Marte necesita una pistola!—Su voz más chillona aún—. Y yo tengo dos. Unas treinta y ocho común y corriente, pero funcionan.

Luis estaba pensando que aquel daimon tenía una manera de hablar parecida a la del abuelo de Los Simpsons, cuando el desgraciado levantó la pistola de su mano derecha, apuntó rápidamente y disparó. El joven vio como un gato que estaba durmiendo arriba de unas bolsas de basura, caía, se retorcía y quedaba en el piso en una caprichosa postura. Enseguida, el daimon levantó la otra pistola y se escuchó un nuevo disparo. Luis se dio vuelta para ver qué animal había tenido mala suerte en esa oportunidad, pero la bala debió de haberse perdido en la sabana gris.

Al darse vuelta, el daimon se reía a carcajadas, dejando salir de su garganta un chirrido metálico.

—Perdoná—Se llevó una mano a la cara dejando el arma a un costado y se cubrió los dos ombligos con sus largos dedos. En una instante tapaba sus “ojos” y en otro separaba los dedos frenéticamente, espiando a Luis y soltando carcajadas— ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!…, perdoname, por favor. Esta noche estoy más estúpido que de costumbre. Puede ser que tu olor a mierda me embelezca. O que tu estado me impresiona. Por eso no soy amigo de la muerte. ¡Mirá lo que te hizo a vos!

Señaló a Luis con una de las armas y se levantó, agarrando la que había dejado en el piso. Era alto, muy alto, tenía piernas largas y, de pie, su cuerpo parecía un escarbadientes ataviado. Se acercó a Luis apuntándole a la cabeza con las dos armas.

—¿Vas a perdonarme lo de las rodillas o te disparo en la cabeza?—dijo irónicamente y acercó los cañones a los ojos de Luis— Puedo hacer que las mujeres digan que tenés dos luceros muy hermosos, que alumbran con todo su…—Se agachó como si se le hubiera ocurrido el mejor chiste del mundo y escupió una risa—. ¡Sangre! ¡Ji!, ¡Ji!, ¡Ji!

“Me tocó el daimon más estúpido del universo”, pensó un confundido Luis. El idiota apuntó nuevamente y le preguntó lo mismo… ¿Rodillas? Luis miró sus piernas y se desplomó. Tenía sangre en su pantalón negro y aunque no sentía ningún dolor, al verla cayó, dándose cuenta que el daimon, al disparar por segunda vez, le había dado en su rodilla izquierda.

Lo que le pareció gracioso a Luis y lo hizo sonreír, era que no se había caído hasta darse cuenta que estaba malherido. Esto y el hecho de que tres veces había dado su cara contra el pavimento desde que había dejado el velatorio. ¿Sería que la tierra lo reclamaba? Después de todo, él debía de estar bajo tierra hacía casi un día. Era una ley acatada por todo el mundo y él la había desobedecido.

El daimon reía sin parar. “Éste es un boludo”, pensó Luis mientras trataba sin éxito de levantarse.

—¿Me perdonás, asqueroso Luis?—Le volvió a poner las dos pistolas en los ojos, esta vez apretándolas contra las cuencas—. Decí que sí y seguirás así, decí que no y vas a ser un muerto ciego… y rengo.

Luis se vio a sí mismo personificando a una de las albóndigas vivientes que arrastraban las piernas en aquellas películas de George Romero. Esta visión fue la que lo hizo gritar:

—¡Te perdono!…Sí que te perdono demonio estúpido y logúrrr…

Iba a decir loco pero una de sus cuerdas vocales saltó, como cuando se corta la de una guitarra, y le salió ese extraño gruñido de su garganta. Luis cerró los ojos. Así que se le estaban pudriendo las cuerdas vocales; era algo en lo que no había pensado. Simplemente no se veía a sí mismo mudo. Ni ciego. Ni rengo.

En ese momento sintió cómo lo levantaban. El daimon lo agarró de las axilas y lo apoyó contra la persiana metálica de aquel negocio, sosteniéndolo con sus fuertes manos para que no cayera. Luego acercó su faz a la de Luis y le susurró:

—Te voy a recomponer la pierna porque fue mi culpa.

Se agachó, pasó su pistola a la mano derecha junto con la otra y metió la izquierda dentro del orificio que había en el pantalón de Luis, removiendo la carne. Cerró la herida dando vuelta a aquella carne como la abuelita de Luis a la masa cuando preparaba ravioles. Luego, acarició el orificio quemado en el pantalón y éste se cosió inmediatamente. Soltó a Luis. Éste se mantuvo parado por su cuenta.

—¡Ya está!—dijo el daimon, mientras limpiaba su mano ensangrentada en el mohoso saco, luego miró a Luis— ¿Somos amigos de vuelta?…Amigos son los amigos: ¿Te acordás de eso, Luis?. Carlín Calvo. Pablo Rago. ¿Y si jugamos a que yo soy Carlín y vos sos Pablito, amiguito?

Luis maldijo al dios o, mejor dicho, demonio —sí es que había alguna diferencia entre los dos— que le había mandado aquel daimon. Se apartó de la silueta expectante y empezó a caminar. La pierna no le traía ningún problema. Habló casi para sí mismo, susurrando:

— ¿Cuál es el trato que vas a tener que hacer con mi alma para descubrir a tu dios?

El engendro le sonrió a Luis sarcásticamente.

—¿Trato?. Ninguno. Sólo voy a presentarte a algunos amigos—contestó.

El daimon estaba erguido con las dos pistolas colgando de sus manos. Luis lo enfrentaba. Hizo otra pregunta:

—¿Cuál es la razón de la vida?

—La muerte— contestó el daimon.

—Entonces… ¿por qué no estoy muerto totalmente?

—Porque la muerte no es la razón de tu vida. Y porque te rebelaste.

—¿A quién me rebele?—Luis había levantado un poco su tono de voz.

—Al culo de tu vieja, idiota—El daimon reía—. ¿Quién te creés que soy yo? ¿Un Yoda? No sé nada. Todo lo que te dije fueron inventos. Escuchame—Levantó su largo brazo derecho y le tendió el arma a Luis—. Sólo vine a darte esto.

Luis titubeó por un momento y luego agarró el arma. El daimon levantó su tapado y le hizo seña con el arma que todavía conservaba para que Luis guarde la suya. Éste así lo hizo. El cinturón la mantuvo entre el pantalón y la camisa blanca. Luego se acomodó el saco de vuelta.

—Te estás pudriendo, Luisito—dijo el daimon—. Voy a presentarte a un par de chicos que muy pronto van a estar tan podridos como vos. Ya vienen… —El daimon sonrió, mostrando sus dientes amarillos—. Te retuve este tiempo charlando y hablando pavadas tan sólo para que vieras a unos amigos y si querés seguirlos…

Luis escuchó el retumbe de frenéticas pisadas. Los ruidos estaban cerca. Debían ser tres o cuatro personas las que se acercaban a tropezones y corriendo. El daimon lo abofeteó para que Luis volviera a mirarlo y luego parpadeó, ocultando y mostrando nuevamente sus dos ombligos.

—Ahora usá el arma por primera vez conmigo, Luis. Dicen que traigo suerte.

Luis no dudó. Llevó su mano debajo del traje y agarró el arma atrapada en su cinturón. Se acercó dos pasos más al daimon y apuntó la treinta y ocho a la cabeza. El engendro mantuvo su arma apuntando al piso y Luis apretó tres veces el gatillo, dando de lleno en la cabeza del daimon mientras éste sonreía como un payaso de circo. Cuando la última bala penetró en el cráneo y éste se abrió dejando caer su contenido dentro de un negocio —los sesos atravesaron las persianas de hierro oxidado con forma de rombos— el daimon desapareció dejando su arma tirada en el lugar donde había estado parado.

Luis gatilló una vez más, pero el cargador estaba vacío. Los pasos se escuchaban ahora mucho más cerca y había también voces que gritaban exhaustas en la carrera. No había duda. Se acercaban hacia donde él estaba. Estarían a la vuelta de la esquina y aparecerían en ésta en cualquier momento. La lluvia cesó. Los pasos resonaron.

Luis tiró el arma usada. Se agachó y tomo el arma que había dejado el daimon en el suelo, cuando el grupo que venía corriendo alcanzaba la esquina.

Estaban desenfrenados. Eran tres jóvenes y corrían gritándose entre ellos y mirando para atrás. Sí, asustados y desesperados. Alguien o algo los corría. Luis agradeció al daimon que le hubiese dejado su pistola… —dio vuelta el cargador verificando el contenido— cargada. Y se sintió más vivo que nunca.

por Adrián Gastón Fares

Pd: (La ilustración es una que hice para otro daimon, está vez en un árbol, para uno de los poemas del joven pálido)

Anuncios

2 Replies to “Suerte al zombi. 10. Daimón.”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s