Suerte al zombi. 9. La abuela y los policías.

9. LA ABUELA Y LOS POLICÍAS.

La abuela de Luis dormía sentada, con su cabeza apoyada en el bastón. Sonó el timbre. Una. Dos. Tres veces. La abuela se despertó y sus ojos se humedecieron. Se levantó, aferrándose del bastón, y caminó lo más rápido que pudo hasta la puerta.

—¿Quién es?—preguntó.

—¡La policía, abuela! Queremos informarle sobre su nieto.

La abuela se acercó a la ventana, corrió las cortinas y observó a los dos uniformados que estaban parados en la puerta. Volvió y la abrió.

—Soy el sargento Gómez y él es el agente Toruego.

 —¿Mi nieto sigue muerto?

Gómez, morocho teñido de rubio, puso una comprensiva sonrisa y miró a Toruego.

 —Mire, señora—dijo Gómez—. Venimos a decirle la verdad. Su nieto ha sufrido lo que los expertos llaman un “despertar”. Es común cuando la bala no alcanza el corazón, sino que sólo lo roza. Este “despertar” dura una hora o dos, según los expertos. Y durante el mismo, el muerto tiende a correr y escapar de su propio ataúd. Es una reacción refleja, ya que el corazón quedó sensible por el rozamiento y puedeee… despertar.

La abuela de Luis miraba fijamente a Gómez y movía sus labios deletreando algunas de las palabras.

 —Después del mismo—continuó Gómez mientras Toruego asentía en todo momento— el muerto deja de caminar y vuelve a estar tan muerto como antes.

 —¿Entonces, mi nieto sigue muerto?

  Gómez miró a Toruego seriamente y los dos asintieron con la cabeza.

  —Repito… tan muerto como antes—dijo Gómez.

  La abuela negó con la cabeza y les cerró la puerta en la cara.

Gómez esperó un momento y golpeó la puerta. Nadie abrió. Le hizo señas a Toruego para que empezaran a caminar hacia el patrullero. Los dos bajaron los peldaños que llevaban a la casa de dos pisos. Toruego miró a Gómez.

 —¿Se habrá creído todo este cuento?

 —Si escuchó algo…, ¿en serio me preguntás si se lo creyó?

  Toruego estaba serio y al escuchar lo anterior ensanchó su boca en una sonrisa.

 —No, no… era una broma, quería saber lo que ibas a decir.

Llegaron al patrullero, abrieron las puertas y entraron. Gómez puso en marcha el auto.

 —A mí me preocupaba el tío, pero desapareció, se tomo un avión y se fue a alguna parte de Europa…. La gente se olvidó del pibe. Todo el mundo piensa que lo encontramos a la vuelta en un terreno baldío y que el velatorio siguió a puerta cerrada para poder seguir con la investigación sobre los tipos que dispararon.

—¿Cuánto habrá pagado Soruello para que callaran todo lo que pasó?—preguntó Toruego.

—Soruello le hace favores matando a boludos que dicen cosas sobre el comisario que no tienen que decir… y, además, escuché que repartió un millón de dólares entre el comisario y los de la oficina de al lado —contestó Gómez.

—Eso basta para cocer la boca a cualquiera.

Gómez rió mientras se ponía el cinturón de seguridad.

—Para la mía bastó y sobró… ¡bastó y sobró la puta madre!

—¿Y el pibe dónde esta?

—No sé, todavía me cuesta creer que se haya levantado después de los tiros que le dieron los de Soruello… a mí me dijo que el pibe era su asunto, que nos ocupemos de dejar “tranquilos” a la viejita y a los amigos, escuchaste bien; “tranquilos”, si empiezan a joder hay que dejarlos tiesos… ¡qué sutil que es el viejo, eh!…¿Y qué más había dicho?…Ah, que la prensa también iba a ser su asunto.

Sonó una voz dentro del auto llamando urgentemente a los policías. Gómez pisó el acelerador.

Mientras tanto, bastante lejos, en las calles del centro de  Buenos Aires, Luis Marte caminaba con la frente alta y su cara desfigurada. Los patovicas de “La Esquina del Sol” habían ayudado a destruir, junto con la putrefacción, sus facciones. Luis tenía el mentón hundido y flojo. Sus cejas habían casi desaparecido y una piel quebradiza como tierra seca las reemplazaba. El tono de su piel era una combinación entre blanco y violeta, dejando lugar en numerosos lugares para el rojo, cuyo dominio eran las mejillas y la frente; ambas zonas mancilladas por los pequeños mordiscos de los gusanos. Una mejilla estaba raspada y la otra colgaba mientras caminaba, bamboleándose al ritmo de sus pasos. Se llevó los dedos a la piel colgante y la volvió a colocar sobre su hueso, apretándola hasta que quedó prendida.

(Tres moscones revolotearon en torno a su cabeza; estos tres insectos, desde aquella caminata nocturna, jamás abandonaron a Luis. Incansables e insobornables —Luis los quiso engañar muchas veces acercándose a diferentes asquerosidades—, en adelante siempre acompañaron a nuestro muerto; supieron escapar de sus decrépitas manos e incluso llegaron a posarse en ellas. Luis siempre odió a los cargosos bichos. Es por eso que no serán nombrados nuevamente estos heroicos moscones; no sólo para no quitar mérito a nuestro protagonista, sino porque han sabido convertirse en ambulante epíteto de éste. Tratemos, junto con Luis, de olvidarlos.)

Luis caminaba decidido y bastante rápido. Sabía que tenía poco tiempo antes de que algún otro gusano lo encontrara y aunque no sabía en qué gastarlo tampoco quería desaprovecharlo.

por Adrián Gastón Fares

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