Suerte al zombi. 7. Pasame un trago.

7. PASAME UN TRAGO

El atardecer dejó paso a la noche en el viejo pueblo. López seguía tirado. Hacía una hora que el viento soplaba fuerte y las motas de polvo que daban contra su cara terminaron por despertarlo. Despegó su sangrienta cara del suelo y se levantó tambaleando. Luego se encaminó hacia “El despacho”.

Garrafa estaba sentado en el medio del cuartucho, con una botella de vino tinto en su mano derecha. Sentía el viento cálido del campo que entraba por la pequeña ventana.

Escuchó los pasos. Eran lentos y la persona que se acercaba parecía arrastrar las piernas. Se acordó de López, que no se había levantado desde que lo había dejado. “¡Qué se joda!”, pensó.

López apareció en el umbral de la puerta, su sombra proyectada en el suelo hacia el interior del cuartucho. Garrafa levantó la cabeza y miró a su amigo.

 —Entrá y cerrá la puerta—ordenó.

 López lo miró con odio, entró y se sentó en una banqueta.

 —Me sangra… —Tragó saliva—… me sangra mucho lo que me hiciste.

Garrafa llevó la botella a su boca.

 —A mí me sigue doliendo lo que me dijiste… —Se pasó la mano por la boca, limpiándose el líquido que había quedado en sus labios—. Con el cementerio no se jode.

López se levantó y se dirigió hacia una puerta que había en un costado. Garrafa siguió tomando mientras se escuchaba correr agua. López volvió con la cabeza mojada y pasándose papel higiénico por la frente.

 —Pasame un trago—dijo y se sentó.

Garrafa le pasó la botella. López la levantó por encima de su cabeza y dejó caer un poco del líquido en la herida. Luego la llevó a la boca y la sostuvo hasta que la mitad de la botella quedó vacía.

López miró a su amigo, que tenía una expresión poco amigable. Abrió la boca, pero Garrafa fue el que empezó a hablar.

 —Quiero que me cuentes del negocio.

López, dolorido, sonrió

 —Sí… escuchame… —Suspiró mientras se frotaba el papel por la frente—. Soy un hijo de puta. Todo el mundo lo sabe. Pero lo que pensé para nosotros dos es… distinto… es…algo seguro.

 —Seguro… ¿Es un trabajo de verdad, viejita?—preguntó Garrafa, mientras estiraba su brazo para sacarle la botella a López.

—¡No!, un trabajo de verdad no sólo sería seguro, también una perdida de tiempo… Lo que te ofrezco es ayudar a alguien—dijo López.

—¿Alguien? ¿Quién mierda es ese alguien?

—¿Te acordás vos de ese doctor que vino al pueblo hace poco?

—El doctor Lorenzo.

—Sí, ese matasanos tiene un hijo. El pibe estudia en otro país, Inglaterra o Irlanda no me acuerdo, y vino acá por unos meses—López tosió y se llevó el papel de la frente a la boca—. Bueno, este pendejo tiene mucha plata para gastar y, como el doctor hizo un viaje a otro país, creo que México, para investigar alguna enfermedad…

—Ése tipo no es un simple doctor; está lleno de guita—afirmó Garrafa.

—Ahí va… ¡el padre tiene guita; el hijo tiene guita también!

Garrafa miró a López y dejó que la botella reposara en su pierna.

—¿Robarle al pendejo la guita?

—¡No!, eso sería demasiado arriesgado. Escuchame bien: el hijo es un degenerado.

Garrafa dejó la botella en la mesa.

—¡¿Qué?!

—Sí, el pibe es un degenerado; le anda mal el coco—López se llevó el dedo índice a la frente—. Y ahí es dónde entramos nosotros: le gusta encamarse con muertos.

—¿Cómo sabés vos? No me vengas con esos inventos de vieja.

—¡Escuchame, Garrafón!: el otro día yo estaba en el bar de Rulfo y ¿sabés quién estaba al lado mío?

Garrafa se rascó la nariz. Sus ojos brillaban de curiosidad.

—¿El pibe?—inquirió.

—¡No!…el tipo este… —frunció la pequeña frente tratando de recordar el nombre—… Rolando… el sirviente del doctor.

Garrafa rió.

—Lo que le debe costar mantener limpio ese lugar al tal Rolando—dijo Garrafa.

López asintió y se frotó una vez más la frente. Miró la mancha oscura en el papel higiénico y lo tiró en la mesa. Luego despegó sus labios:

 —Bueno, éste tipo no estaba en pedo y me dijo que me había ido a buscar al bar porque  el dueño, el dueño es el pibe, se lo había pedido porque sabe que trabajo en el cementerio.

 —¿Y qué te dijo?

—Como no está el padre, el pibe le dijo que no le pagaba si no le conseguía lo que quería.

—¿Y él quiere…?

—Muertos… mejor dicho muertas. ¡Te dije que le gustaba —López se explicó con las manos— muertos!

Garrafa quedó absorto por unos segundos, acariciando el vidrio de la botella de vino.

 —¡Qué pedazo de mierda!

—¡Una cagada viviente!—agregó López.

Garrafa empezó a reírse y López lo siguió. Después de un rato, los dos volvieron a estar serios.

 —¿Cuál es el trato?—preguntó Garrafa.

 —Quinientos pesos por cada cadáver que le llevemos—respondió López.

 —¿Cómo los quiere?

 —Desnudos… ¡las  preguntas que me hacés vos, Garrafón!

  —Digo si lo quiere con huesos o carne.

  —Con carne… ¿Para qué va a querer huesos?

  —No sé. Hay gente para todo.

  —Sí, el mundo está lleno de porquería. Pero los huesos no le sirven a nadie, salvo a los museos. Y acá no hay ninguno.

López agarró la botella de la mesa.

—Un trago más… y a dormir—dijo.

Garrafa se levantó y se acercó a la puerta. La abrió. Se quedó con un antebrazo apoyado en el marco.

A través de la puerta se veía como la luna bañaba lápidas y mausoleos con su baba plateada. Luego de unos minutos de estar mirando hacia fuera y después de escuchar un eructo de López, que había terminado la botella de vino, Garrafa habló desde el marco.

 —Voy a charlar con ellos lo del laburo. A ver qué dicen, ¿no?

Empezó a caminar y se adentró en la fila de mausoleos, desvaneciéndose lentamente en reflejos grisáceos ante la mirada atenta de López.

La tormenta se había alejado por el momento y el viento había dejado lugar a un cielo despejado con una vistosa luna llena.

López se acercó a la puerta, la cerró y se dejó caer arriba de un sucio colchón, en una de las esquinas del cuartucho. Lo que le pagaba el municipio a Garrafa por cuidar a esos muertos no era nada. No le alcanzaba ni para comprar un buen vino, se dijo López después de eructar nuevamente.

La propina que Garrafa aceptaba por ponerle flores a los muertos o hacer la tarea de limpieza en los mausoleos no servía para comprar comida suficiente. Se arreglaban con porquerías ya que no había encontrado ninguna changa importante aquel mes y hacía mucho tiempo que una familia no mandaba a construir un nuevo mausoleo. Claro que había sacado algo con las cruces de cemento que le encargaban. Eran fáciles de construir y servía para comer algo pasable de vez en cuando. El problema era que Garrafa estaba medio raro últimamente… evasivo, serio, demasiado callado.

Peligroso, concluyó López, mientras dejaba que el sueño domara sus pensamientos.

Antes de caer totalmente en la pegajosa negrura abrió los ojos, tal vez anticipando una pesadilla. Miró a la luna por la pequeña ventana que estaba al costado de la puerta y se preguntó qué estaría haciendo Garrafa entre las tumbas. ¿Estaría más loco que el pibe del doctor? Se dijo que si le volvía a pegar, le pediría prestada la pistola al Chaqueño—Garrafa aseguraba que tenía una escondida en “el despacho” pero López nunca la había podido encontrar— y vaciaría el cargador sobre la cabeza de su amigo. No dudaría.

Apretó un poco los párpados. La negrura lo tragó.

Garrafa seguía afuera, en los más lóbregos y angostos pasillos del único cementerio de Mundo Viejo, bajo la luna, macizo y seguro, interpelando con sus dilatadas pupilas a la oscuridad de los cristales ante las puertas de los mausoleos.

por Adrián Gastón Fares

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