Suerte al zombi. 6. El baile del zombi.

6. EL BAILE DEL ZOMBI

 

Al despertarse, Luis sintió cómo sus huesos le demandaban una acción, su alma, movimiento. Sentía una gran excitación y odio que se transformaron en una sola necesidad; levantarse del aquel piso sucio y golpear la puerta hasta que se saliera de sus goznes para salir triunfante.

Arremetió contra la puerta del lavabo y se adentró en la pista del boliche nuevamente. Se podía ver por su paso seguro y rápido que estaba lleno de una profunda furia y que estaba decidido a hacer algo. Caminó como un zombi valiente, decidido a dar su muerte por algo, y se adentró en la pista.

Se acercó a las dos chicas que todavía estaban bailando. Ahora, ocupaban una zona  cercana al centro del boliche. El reflector blanco electrificaba a la pista con veloz intermitencia, creando un tiempo distinto, fotografiando a las danzantes figuras en caóticos segundos.

Ya cerca de la chica de cabello corto, Luis se detuvo y empezó a mover su cuerpo de una manera salvaje, como nunca lo había hecho antes. Elevaba las manos por arriba de su cabeza y luego las bajaba hasta tocarse la punta de los zapatos. Mientras levantaba las manos movía sus caderas brutalmente, cada vez con  más emoción y furia, siguiendo el ritmo de la música.

Las miradas de las dos chicas y de las demás personas fueron a parar al cuerpo de Luis, que, como un payaso empedernido, parecía querer llamar la atención recurriendo a cualquier estupidez.

Algunas personas habían retrocedido para dejar lugar al movedizo cuerpo del joven. Éste, se tapaba la cara con las manos dadas vueltas, simulando el antifaz que usaba Batman; como si fuera un tío bobo tratando de divertir a un sobrino aburrido. Dejando las manos trenzadas sobre su cara, daba pasitos adelante y atrás cantando casi por encima de la música:

—¡Besá al zombi!, ¡Besalo!

Era su canción, la música parecía haber dejado de salir de los parlantes y una banda de putrefactos músicos interpretaban una sola y única canción: ¡Besá al zombi!

Se escuchaban trompetas, trombones, bombos y platillos, una murga salida de algún extraño carnaval, todo esto mezclado con música disco de fondo. Los pasos de Luis Marte eran espantosamente frenéticos mientras abría su boca y dejaba salir los sonidos. Las dos chicas y el grupo que estaba bailando cerca se habían detenido y lo observaban con una mezcla de admiración y repulsión; sonrisas que se convertían en morisquetas de imitación y éstas en risas. Luis Marte seguía:

—¡Besá al zombi!…¡Besalo ya!…¡YA!.

Bombos sonando.

— ¡YA!—

Trompetas con platillos.

 — ¡YA! —

Otra vez los bombos.

 — ¡Nunca!…¡Nunca… lo vas a olvidar!—Horrible, sin rima ni sentido, el joven creaba su soneto.

Era su canción, la música surgía de su pútrida garganta como si ésta fuera un gran instrumento de viento: su voz, a veces grave, asemejaba a un trombón o un saxo; otras veces, trémula, se convertía en un chillido agudo y desarticulado que sonaba como una nota distorsionada por los pedales de una guitarra eléctrica. Su voz salía enérgica, ni constante ni coherente, de su garganta que había empezado a pudrirse.

Tal vez, la de Luis no fuera una voz tangible. Era posible que su alma se manifestara aún con su cuerpo y lo usara como instrumento para comunicarse.

Las dos chicas habían empezado a moverse nuevamente y mientras bailaban, moviendo sus caderas al ritmo de la música, pasaban sus manos por sus cuerpos, palpándolos y haciendo movimientos pélvicos que excitaban de sobremanera a Luis. La pelirroja miró al joven y empezó a reírse mientras le hacía señas a su amiga para que lo observara. Ésta miró a Luis a los ojos y por un momento los dos se entendieron. La chica dirigió su mirada a otro lado y trató de seguir riendo y bailando.

Luis se acercó cada vez más a ella. Puso nuevamente las manos en su cara y creó su antifaz mientras cantaba la insoportable canción y se acercaba bailando. Paso a paso, acechante:

—¡Vamos!

La cabeza un poco hacia delante.

—¡Nena!

Moviendo la cabeza para atrás y señalando a la chica con la mano.

—¡Besalo!-¡Besalo!-¡Besalo!

La cabeza para atrás, mirando los reflectores en el techo.

—¡Qué se le pudre el corazón!

Cerca, muy cerca, meneando su cadera y señalando a la chica, cuya amiga seguía mirando a Luis y riéndose.

—¡Vamos, nena!…¡Besá al zombi!—Más cerca— ¡ya!, ¡yA!, ¡YA!

Mientras la chica seguía bailando y trataba de obviarlo, Luis bajó sus manos deshaciendo el antifaz y se abalanzó hacia ella.

Buscó la cabeza, la aferró por el cuello y la acercó a su cara para besarla. La chica empezó a forcejear y le pegó un rodillazo en el estómago que no le produjo dolor a Luis, pero que lo hizo retroceder. El alboroto no solo había atraído a las personas que estaban en las mesas, que se habían reunido entorno a la pista para mirar; sino que el forcejeo de Luis había despertado a los patovicas de sus estáticos sueños.

Éstos estaban cerca de las puertas, parados y cruzados de brazos. Los dos, el musculoso de cabeza rapada y el alto de pelo largo, se acercaron empujando a la gente, sacando a los curiosos del camino, sin poder ver la causa del tumulto. Al verla, quedaron por un momento pasmados, sorprendidos.

Luis, en el tiempo que habían tardado los dos guardias en llegar hasta él, se había bajado los pantalones y se le había ocurrido una nueva canción.

Así; con los pantalones negros descansando sobre sus zapatos, plantados éstos en el piso blanco de la pista, y sus calzoncillos verdes cayendo desfallecidos, de esa manera, Luis Marte gritaba con alegría en su rostro.

—¡No pudieron matarlo!

Miraba su vientre.

—¡Vengan y cuelguen sus banderas en mi mástil!

Los guardias dejaron que el espectáculo dure un segundo más; estaban asombrados. Luis reía, como al despertar, pero aún más fuerte mientras miraba su vientre.

 —¡Está vivo!…¡Está vivo!—gritaba sobre la música; sus cuerdas vocales muertas se habían retraído en su garganta y el alma podía salir de su interior fácilmente.

Los dos guardias rompieron su estupor y actuaron rápidamente, sin darse cuenta que habían presenciado una auténtica resurrección.

por Adrián Gastón Fares

 

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