Suerte al zombi. 5. ¡¿Decente?!

5. ¡¿DECENTE?!

 

Un pueblo, un viejo pueblo en una zona campestre. Cerca del pueblo, en la zona este del lugar, hay un viejo cementerio. El campo santo tiene paredes de una piedra amarilla, carcomida por el tiempo. Sus rejas de la valla de entrada están oxidadas y dobladas. Cerca de éstas un hombre está sentado en una silla, mirando como el viento hace remolinos con el polvo del camino y como las ratas salen de las paredes y se esconden en los pastizales.

Garrafa estaba sentado en la puerta del cementerio cuando el viento voló su  sombrero gris. Era un viento cálido, con olor a lluvia inminente.

El hombre era una mole morocha, con espesos bigotes negros que conferían seriedad a su semblante. Tenía el aspecto de una foca recién salida del agua, acentuado por la transpiración que caía de su sobresaliente frente.

Dejó que su sombrero volara un par de metros y lo siguió con la vista hasta que dio contra la pierna de López, que venía caminando hacia él desde el camino que llevaba al pueblo. También tenía en la mano su sombrero gris; habían perdido una apuesta en la que los dos habían jurado, borrachos, usar para siempre sombreros grises los domingos.

López era su amigo, un hombre flaco cuyas venas parecían estar en todo momento por liberarse de su cuerpo. Si se asociaba la cara de López con la de algún animal sería seguramente con la del búho. Un raquítico búho. Con grandes ojos, y una extraña e increíble nariz, fina y recta.

La amistad de estos dos hombres seguía adelante basada en bromas, tardes en las que se sentaban a tomar mate juntos y, por supuesto, el viejo cementerio. Éste era el lazo principal que los unía. A las personas las unen los lugares, a veces las ocupaciones, y este caso no era una excepción.

Desde pequeño, y después de ver como su abuelo era enterrado en aquel lugar, Garrafa había ayudado a su padre en las tareas del cementerio. El hombre trabajó toda su vida sin parar y cuando había dejado el lugar en manos de su hijo, el cementerio no lo quiso dejar ir. Así que Garrafa enterró, cavando con sus propias manos, a su padre en aquel lugar.

Él era totalmente distinto a López, pensaba Garrafa mientras veía como su amigo se acercaba con el sombrero gris en la mano y una enigmática sonrisa. López era un estúpido, no tenía en cuenta las consecuencias de sus actos; como aquella vez que había matado a un caballo porque decía que lo miraba mal cuando pasaba en las mañanas rumbo al cementerio. Él, se dijo Garrafa, no era un santo; estaba muy lejos de serlo, pero si el diablo tenía que elegir lo haría con los ojos cerrados: su amigo sería un excelente discípulo.

Había otra gran diferencia entre López y Garrafa. López quería dejar su trabajo como cuidador del cementerio. Para Garrafa era lo más importante que tenía en la vida y lo único que llenaba sus bolsillos. López vivía de “changas”, que se sumaban a lo que Garrafa le daba por ayudar en la construcción de algunos mausoleos. Los dos recibían un mísero sueldo de la Municipalidad de Mundo Viejo, pero se sustentaban con las propinas que le daban las personas por sepultar a sus seres queridos y por el mantenimiento de las bóvedas.

Por las vueltas de la vida, ninguno de los dos estaba casado; tenían algunas mujeres por ahí y se cruzaban los fines de semana por el peor lugar del pueblo abrazando a sus pintarrajeadas compañeras.

Garrafa notó que López venía del pueblo con una noticia en sus labios, ya que los movía como una vieja desdentada. Su amigo no llevaba bien los cuarenta y tanto años que tenía, se dijo Garrafa mientras levantaba su pesado trasero del asiento de madera. A él tampoco le iba muy bien con sus cuarenta y cinco.

López se agachó para alcanzar el sombrero de Garrafa, que parecía querer escaparse.

—¡Traé ese sombrero, maricón!

Garrafa le arrancó el sombrero de la mano y se lo puso. Empezó a caminar hacia el despacho, como ellos le decían a la casilla donde comían, jugaban al truco, hacían sus necesidades y dormían. López lo siguió tratado de llevar la delantera.

 —Escuchame, Garrafa… —Miró a un costado y escupió— Tengo un trabajito que quiero hacer con vos.

Garrafa dejó de caminar.

 —No me quiero meter en eso. Vos sos peligroso, tenés rompeportones en la cabeza. Siempre que te metés en esas, después me venís a pedir plata a mí.

 —No me entendés ¡Escuchá, viejo!

López sacó una caja de fósforos y un atado de cigarrillos. Separó uno y lo prendió. Se lo pasó a Garrafa. Guardó el resto en el bolsillo de su sucio pantalón verde oscuro.

 —Mirá… ¿vos sos mi amigo, no?—Continuó López mientras recibía el humo que Garrafa soltaba cerca de su cara—. Yo no te ofrecería hacer algo sino supiera que eso es seguro, rápido y efectivo. ¡Por Dios, Garrafa! ¡Éste no es más el pueblo que era! La gente de la calle Garay tiene televisión por cable, cocina de microondas, forros de colores, mientras que nosotros lo único que hacemos acá es cuidar los huesos de sus podridos parientes.

 —Yo también cuido los de los míos, López— recordó Garrafa

 —Lo sé. ¡Pero no me entendés!…Tu vida puede cambiar, podemos poner un empleado para que nos cuide a los salamines y tratar de comprar un negocio decente en el pueblo—López se exaltó y dejó escapar un suspiro.

 —¡¿Decente?!—Garrafa enarcó sus peludas cejas—. ¿Qué hacemos nosotros acá?, ¿robamos?…, ¿vendemos droga como el Loqui? ¡No! Lo que nosotros hacemos es sagrado, comparado con lo que hacen los demás. Perdemos el tiempo cuidando a las personas que hicieron algo por el pueblo y eso nos da bastante guita como para decir: ¡me gano la vida decentemente!

 López reía. Garrafa lo miraba con los ojos bien abiertos.

 —¿De que te reís?… Decime… ¡no te hagás el piola!

 —El Tuerto te lo va a agradecer. El viejo se había tirado a María, ¿te acordás? Y ahora, vos, vos Garrafa, perdés toda tu vida, en este lugar de mierda… —La risa sofocó a López e hizo que los ojos de Garrafa se encendieran llenos de odio—. Cuidando al pito muerto y huesudo del Tuerto,  sí,  con el que jugaba con tu única novia.

La cara de Garrafa se empezó a derretir de odio. Mientras López seguía riendo, Garrafa escupió el cigarrillo y se le tiró encima.

—¡Hijo de puta!—Llegó a pronunciar López cuando su cabeza dio contra el piso.

Trató de sacarse de encima a la mole negra que era Garrafa, pero éste le tiró un puñetazo que calzó en la frente del flacucho. La mole lo levantó y lo arrastró hasta una de las paredes de piedra del cementerio para dejarlo aplastado contra ahí. La sombra que producía la pared los cubrió.

 —¡López de mierda!—Garrafa estrujó a López contra la pared—. Si seguís hablando así del laburo te voy a romper la cabeza a patadas— Levantó la pierna y la incrustó en el estómago de López.

Quedó tirado en el suelo. Garrafa caminó hasta el despacho, abrió la podrida puerta de madera, entró y la cerró con un golpe seco.

López, con la nuca sangrando y una costilla rota, se ahogaba de dolor.

 

por Adrián Gastón Fares

 

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