Suerte al zombi. 25. Los muertos no fuman.

novela, suerte al zombi

25. Los muertos no fuman.

Estaban pálidos, muy pálidos. Olga tenía la frente cubierta con la gasa, que se le había pegado a la herida abierta. Algunas moscas revoloteaban alrededor de su cara. Ésta se conservaba bastante bien, ya que la descomposición parecía actuar lentamente en las primeras horas para ir acelerándose cuando el cuerpo iba tomando contacto con el nocivo medio ambiente de la ciudad. Los ojos conservaban el aspecto de pereza y poca lucidez y los pies planos seguían apuntando a diferentes direcciones, separando las puntas de las zapatillas en un ángulo cada vez más abierto. Se llevó la mano al aro de River y ensayó en voz baja el estribillo de un cántico de hinchada. El sol brillaba detrás de los jóvenes asesinados. Chula se acercó y su sombra retrocedió de los antebrazos de Luis hasta las rodillas.

Hacía tiempo que Chula no pasaba la mano por su cabello y éste colgaba en una masa mugrienta detrás de la nuca. Los agujeros de los disparos de Luis todavía estaban frescos. Los ojos vítreos de Chula eran terriblemente indiferentes. Luis se dijo que su mirada debía ser peor, si es que se podía llamar mirada lo que producían aquellas dos canicas yertas. En ese momento la atención fue atraída por los gritos de alegría de un niño que corría tras una paloma lastimada. Los tres muertos estaban parados, inmóviles, en la elevación de aquella plaza, mientras la vida seguía circulando a su alrededor.

Chula y Olga miraron con el entrecejo fruncido al hombre que les había quitado la vida. El alto habló primero:

 —Vamos al pasto—dijo, y cruzó las cadenas sin darse vuelta para mirar si lo seguían.

Los tres bajaron y se internaron en un espacio verde, donde el césped estaba crecido y húmedo. Los dos jóvenes volvieron a enfrentar a Luis. Chula frunció el entrecejo nuevamente.

—¿Tenés un porro, cadáver?…—dijo Olga y hundió las manos en los bolsillos de su ancho pantalón negro—. Los canas me los sacaron todos.

Luis tenía la mirada perdida, trataba de no mirar a aquellos dos chicos. Sabía que vería su propia imagen reflejada, aunque su aspecto sería mucho peor. Así que, mientras simulaba un repentino interés por un niño que jugaba con una pelota a lo lejos, sentenció:

—Los muertos no fuman.

Luis no pudo distinguir si la frase había salido de su boca o había flotado desde algún recoveco interno; tal vez su alma.

—¡Vos no fumarás!…Nosotros sí—dijo Chula mientras alzaba despectivamente las pelusas que tenía por cejas.

—Ustedes están muertos—dijo Luis mientras miraba el cielo.

—Ya sabemos—resaltó Chula—. Pero igual fumamos…, por eso afané esto.

Chula revolvió en el pequeño bolsillo de su pantalón, tratando de que su descabalado anillo con forma de serpiente no se enganchara en el doblez. Sacó un encendedor azul que sostuvo delante de los indiferentes ojos de Luis. Éste se había decido por contemplar a aquellos dos payasos, desechando en su mente la posibilidad de que buscaran venganza. Chula dio vuelta su deformada cabeza y se quedó mirando el cigarro. luego levantó su mano ofreciéndole el porro a Luis, que negó con la cabeza.

—¡En la tierra es dónde tendríamos que estar, Chula!—gritó alegremente Olga.

Luis se había distanciado unos pasos de ellos y les daba la espalda. Su mirada se dirigía al añoso árbol que crecía en una de las esquinas de la plaza. Habló desde esa posición, sin mirar a los otros dos:

—Mejor que te levantes rápido del suelo…

—¡No!, ¡No!, ¡No!… ¡Estar en el piso es lo mejor!—exclamó Olga.

Chula seguía fingiendo que fumaba, convenciéndose a sí mismo de que sus pulmones estaban llenos de humo mientras comía la punta del cigarro y la escupía cuando Olga no lo miraba. Así el cigarrillo parecía consumirse rápidamente. Luis decidió callar y dejar que los acontecimientos tuvieran lugar. Después de todo, ¿él no estaba muerto?

Chula escupió otra parte del cigarro y miró a Olga, que seguía sonriendo.

—¡Escuchá, boludo!—dejó caer el cigarro cuando Olga lo miró—. Tenemos que hablar con la calavera ésta—Señaló a Luis y continuó—. El daimon lo dijo, ¿te acordás?.

Olga estalló a carcajadas.

—¡El daimon!— dijo y largo otra risotada— ¡Nooo…, yo me quedo acá!—Parecía que el suelo le hacía irresistibles cosquillas—. ¡El pasto es genial, Chula!—Arrancó un pedazo de césped y se lo esparció por lo que quedaba de su cara—. ¿No está hecho de pasto el porro?  Es un yuyito como estos—Arrancó más césped, que tiró hacia la cara de Chula. Éste miró a su amigo como si fuera un caso perdido.

—¡Cómo vos quieras! Si querés quedarte ahí tirado como el sorete de perro más grande de toda la plaza, bueno… ¡si ésa es tu decisión!

Chula dejó a Olga y se dirigió con aire resuelto, soltando maldiciones mientras caminaba, al joven de traje negro que les daba la espalda.

—¡Cadáver! El daimon…, él nos dijo que vos nos mataste porque éramos una mierda… ¿Es verdad?

Luis permaneció de espaldas.

—Sí—contestó.

Chula miraba su espalda sin atreverse a tocarlo.

—¿Por qué nos mataste?—preguntó Chula con cierto rencor en su voz.

—No sé— respondió Luis.

La voz no pareció sonar más fuerte que el murmullo que produjeron las hojas del antiguo árbol al ser sopladas por un repentino ventarrón, que, amainado, se convirtió en una brisa constante cuando las nubes taparon el sol.

—¡Muerto de mierda!—gritó Olga.

Luis Marte no contestó. Chula fue el que habló:

—¡Callate la boca, Olga!… Los soretes no hablan.

Luis se dio vuelta en ese momento y enfrentó a sus víctimas.

—¿Cómo se escaparon de la morgue?—preguntó secamente aunque con un tono que no ocultaba cierta curiosidad.

—Acuchillando… —dijo Chula seriamente—. Destrozando… — Asintió con el aire trágico de un actor de telenovela—. Cuando nos levantamos en esa sala repleta de cadáveres como vos, un forense estaba en el baño. Abrí la puerta y lo maté con mis propias manos—Chula agitó sus manos en el aire simulando la estrangulación de una persona.—. Otro estaba haciendo fucky-fucky con su novia en una de las camillas… —Alzó sus manos en el aire y frunció el ceño mientras abría la boca en una imitación perfecta de un confundido monstruo de película clase B—. Le arranqué el corazón a los dos… pero sólo uno me comí; el otro lo tiré.

Luis escuchaba esta conversación con interés, alucinado por la actuación de Chula. Olga gritaba eufórico y reía, desde su posición de excremento, ante las diferentes atrocidades que su amigo pronunciaba. Algunas veces, un ¡sí! gigante era el que acompañaba las putrefactas y detalladas descripciones de Chula; otras, una risa estúpida. Luego se metió en la conversación de su amigo para contar sus propias experiencias:

—Cuando salimos de esa morgue asquerosa agarré a un tipo…, creo que era un policía—Simuló dudar, entrecerrando los ojos y frunciendo el ceño, y arrancó más césped, que arrojó hacia arriba para recibirlo en su cara con una sonrisa—. ¡Bah!, ¿Era un policía Chula?—Ante la vacilación de éste negó con la cabeza y continuó—. No importa, lo habría matado igual fuese lo que fuese… agarré al policía y…, ¿sabés lo que le hice, cadáver?— Luis miraba a Olga fríamente—. Le abrí la cabeza con las manos, le saqué el cerebro y me lo comí—Luego pasó lentamente su morada lengua por sus labios—. Estaba delicioso… ¡Sí que estuvo bueno ese cerebro, Chula!…tan bueno como estar tirado en el pasto.

Luis se había cansado de mirar hacia abajo para ver las muecas que hacía la desfigurada cara de Olga. Así que se dio vuelta y miró a Chula, ya que había una pregunta que tenía que hacer:

—¿No me tienen bronca porque les cagué sus vidas?—Fijó sus cuencas en las de Chula, que lo miró con cierta fascinación reflejada en el azul traslúcido en que se había convertido su iris.

—El daimon me dijo que te encontraríamos y yo pensé que sería una buena ocasión para darte las gracias.

—¿Gracias?—largó un confundido Luis— Creí que iban a querer matarme.

Chula llevaba la sombra de una gran sonrisa en los pliegues de sus labios.

—Mirá; yo había intentado suicidarme tres veces… una vez tomé pastillas— Extendió su mano derecha ante Luis—. Cinco—Olga rió en el piso—. No me dí cuenta de que eran los supositorios de mi vieja; no pude morir— Luis se llenó de un profundo sentimiento de culpa y advirtió que la causa era que se estaba divirtiendo con lo que decía aquel zombi—. Otra vez quise pasarme de merca, pero no tenía guita para comprarla, así que fue una simple sobredosis. La tercera me disparé un tiró a la cabeza con la veintidós de mi viejo, erré y rompí la pecera—Chula miró hacia Olga, que reía y se revolcaba en el césped—. Mi vieja quería mucho a esos peces…, AHHHH—suspiró Chula— Nunca tuve bolas para tirarme bajo un tren.

Luis miró hacia Olga.

—Decile a tu amigo que se levante del suelo si quiere seguir hablando pavadas por un tiempo.

—¡Ya le dije, cadáver! No seas rompebolas— se quejó Chula.

 —No me digas cadáver… me llamo Luis.

Chula le tendió la mano a Luis. El bullicio del tráfico cercaba la plaza mientras las dos manos—la descarnada y apestosa de Luis, la macilenta y violácea de Chula— se estrechaban levemente.

 —Mucho gusto en conocerte, Luis—dijo Chula y Luis trató en vano de calcular la presión de la apretada. Los dedos de Chula crujieron—. Y muchas gracias por matarme.

Los dientes de Luis resaltaron más en su cara al tratar que la piel remanente se dilatara para formar una sonrisa. Casi lo logra.

—De nada Chula—dijo y miró a Olga—. Tu amigo…, ¿no me odia?

—Olga es un boludo—contestó Chula mirando despectivamente a su amigo—. Pero es buena persona.

—Olga, levantate del piso y vayamos a un lugar un poco más alegre—dijo Luis.

—¡Ya voy, cadáver! No hinchés las pelotas.

Luis permaneció callado y mirando a Olga.

El joven agarraba con su mano derecha un pedazo de césped y movía la cabeza para arrancar otro con la izquierda. Al hacerlo vio como unos gusanos blancos, largos y gordos, se le acercaban arrastrando sus blandos y húmedos cuerpos por la tierra. Olga los miró y se quedó congelado, mas frío de lo que estaba, mientras soltaba la mata de césped que había estado tratando de arrancar. Algunos gusanos ya se le habían trepado al brazo y lo mordían, arrancando con sus tenazas pedazos de carne. Su antebrazo derecho contenía diez de estos gusanos que habían roído su carne hasta alcanzar el hueso. Uno había llegado a la cara e hincaba sus poderosas tenazas en la fláccida carne de una de las mejillas. Al no funcionar las terminaciones nerviosas, Olga podía haber seguido en el piso hasta quedar convertido en un montón de huesos.

Se levantó rápidamente y se sacó el gusano que tenía en la mejilla. Luego sacudió su brazo. Los gusanos cayeron al césped donde lentamente desaparecieron. Luis le habló al asustado zombi:

—Ellos reclaman lo suyo. Vos sos la carne de ellos, su comida. Así que nunca te vuelvas a tirar en el suelo… no si querés conservar tu carne unida.

Los tres empezaron a caminar, mientras el sol empezaba a chorrear el naranja del crepúsculo por las cumbres de los edificios, y se adentraron en el asfalto de la bulliciosa ciudad.

por Adrián Gastón Fares.

Índice de la Novela Suerte al zombi hasta el momento:

Índice novela Suerte al Zombi.

 

Suerte al zombi. 24. Está bien.

novela, suerte al zombi

24. ESTÁ BIEN.

 

—¡López! ¡¡Lóoopez!!…Vení, pelotudo.

—¿Qué te duele, Garrafón?

—Mirá.

—Te la olvidaste abierta.

—No. Entrá y mirá el cajón de la piba

—…

—Si sabés que siempre cierro todo.

—…¡Uuh!, falta la mina.

—¿Cuánto te pagó por ésta, hijo de puta?

—¡¡Noo!!, ¡no!, Garrafón. Estás equivocado. Yo no tengo nada que ver.

—…

—Cuando vos dijiste basta yo también.

—…

—¡Escuchame!…, es normal, si dejás un laburo el puesto se lo dan a otro.

—…

—¡No me mirés a mí!

—Está bien… Te creo.

Sabías que si no lo hacíamos nosotros, otros se iban a encargar, no son todos santurrones como vos acá… ¿Preferís que los demás se queden con la guita?

—…

—¡Dale, Garrafa, nos estamos cagando de hambre!

—Está bien. Primero encontramos al que hizo esto y después seguimos nosotros.

 

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 23. Florida-Plaza San Martín.

novela, suerte al zombi

3. FLORIDA-PLAZA SAN MARTÍN

 

Caminó por la calle Florida. La peatonal estaba repleta de sonrientes peatones reunidos en torno a diferentes espectáculos; un tipo que pintaba con aerosoles lúgubres paisajes, una persona sin piernas que tocaba el saxo, una grácil estatua viviente que pestañeó y cambió de posición al entrever algunos rasgos del despechado joven.

Clavó la mirada al piso y siguió, y entró en un negocio donde logró robar unos anteojos negros que usó para disimular su estado. El trajeado personaje olía a cloaca centenaria, tenía la mejilla derecha pegada al hueso, los ojos hundidos y las encías retraídas de su maxilar superior dejaban transparentar a las raíces de sus dientes. Extrañamente, sus orejas eran las únicas que habían aguantado la descomposición. Los lóbulos estaban arrugados, pero completos. Su nariz empezaba a hundirse en la punta. La camisa seguía pegada a las costillas y se había convertido, casi secretamente bajo su traje, en lo que suplantaba a la piel.

Luis Marte caminaba mirando el suelo y hundía sus manos en los bolsillos del pantalón, lo que le daba cierto aire de tímida determinación.

Pasó cerca de una pareja que bailaba tango furiosamente, agasajados por satisfechos turistas. Más adelante, un hombre morocho y bigotudo le dio una tarjeta, invitándolo a pasar a un sauna. A Luis le hubiera gustado ceder a la tentación, pero se acordó quién era y en el estado en que estaba.

Debían ser cerca de las dos de la tarde y cómo no tenía hambre, por razones que eran obvias, se dijo que debía hacer algo para distraerse. De repente, necesitó algo estridente que llenara el silencio interior y, cómo el timbre de los sonidos de la calle no le agradaba, decidió buscar algo de música que penetrara en sus oídos. Con su aspecto de yuppie derrotado, se acercó a una tienda que vendía esas pequeñas radios amarillas y se robó una. Simplemente pasó al lado de una canasta que estaba llena de esos aparatos; se aseguró que nadie lo mirara, sacó su mano derecha y agarró su trofeo mientras con la otra abría el bolsillo derecho del pantalón y dejaba caer la radio dentro. Afortunadamente, el cartel que estaba pegado en la pared decía: “Con pilas incluidas”.

Luis pasó unas cuantas vidrieras y al llegar a la esquina sacó la radio y se acomodó los auriculares en las oreja. La prendió y la dejó en el bolsillo mientras dejaba que la música de la emisora sintonizada lo inundara. La cumbia, que a él nunca le había gustado, le llenó sus oídos. Luego, un viejo tema de Los Fabulosos Cadillacs lo alegró. Caminó con la cabeza baja, siempre mirando al suelo y sonriendo cuando alguna canción lo animaba. De vez en cuando, como al cruzar las calles, por alguna razón la frecuencia modulada no llegaba al receptor de la radio en su bolsillo y Luis disfrutaba de las interferencias que largaban los pequeños parlantes. En otra cuadra, los últimos escupieron a Los Auténticos Decadentes. Luego a Los Rodríguez.

A veces alzaba su vista para mirar a chicas, muchas de las cuáles pasaban de la mano de orgullosos jóvenes que las abrazaban como si fueran un trofeo digno de mostrar en público.

Luis las miraba a los ojos por un instante y luego bajaba la vista rápidamente para no perderse en fugaces infiernos celestes, azul-grisáceos, verdosos o negros, que horadaban su temple.

Terminó de recorrer la peatonal y cruzó hacia la plaza San Martín, ya que su instinto de muerto se lo dijo. Subió las escaleras de la plaza y miró a un viejo árbol, cuyas raíces, dos veces mayores que las del túnel, brotaban enredadas de la tierra. Secretamente, la ciudad le pertenecía a aquel árbol de incalculables años, se dijo Luis. Luego, caminó hasta la parte más alta de las pequeñas elevaciones que poseía la plaza, cerca de donde una bajada llevaba al monumento en honor de los caídos en las Islas Malvinas; algo lo hizo detenerse en aquel lugar.

Miró pendiente abajo, y no se sorprendió cuando vio a los dos jóvenes que salían de atrás del monumento.  Se llevó las manos a los anteojos negros y los dejó caer al suelo.

Al reconocer a Luis, un joven empujó al otro y así, entre maldiciones, subieron por la senda de tierra. Cruzaron las cadenas que separaban el césped del cemento donde estaba Luis y se detuvieron delante de éste acusándolo con sus desfiguradas caras. Luis dejó caer los auriculares sobre sus hombros y apagó la radio.

Justo cuando empezaba la tanda comercial.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Suerte al zombi. 22. Tártaro.

Cuentos, novela, suerte al zombi

22. TÁRTARO

La luz que refulgía en la salida de aquel pasadizo era muy fuerte pero se mantenía perfectamente fuera del lugar, sin difundirse en la penumbra. Tuvo que arreglárselas para evadir a una docena de deshilachadas y podridas raíces que en algunos tramos le impedían el paso.

Luis se acordó de lo que contaban los que afirmaban haber vuelto de la muerte, y se desdijo de la conclusión que había obtenido a la entrada; ahora la luz era la epifanía de un poderoso dios que lo llamaba para insuflarle vida. Sin embargo, no tenía muchas esperanzas de que esto ocurriera.

Alcanzó el final del pasadizo. El rectángulo lumínico se agrandaba mientras Luis se acercaba. Cerró los ojos y lo traspasó.

Luis se detuvo en aquel lugar sin abrir los ojos, solamente escuchando el conocido sonido que penetraba su alma. Antes de levantar sus lívidos párpados supo en qué clase de infierno se encontraba y se dio cuenta que no habría final feliz para su historia.

Mientras mantenía sus párpados apretados y la oscuridad inundaba su alma, Luis escuchó una fuerte bocina de camión; luego una frenada, la llamada de un teléfono celular, otras bocinas de colectivos, gente que gritaba, una sirena de ambulancia, otra de policía y un evangelista que hablaba a los gritos sobre las bondades de su iglesia. Luego, algo lo empujó. Levantó sus párpados y dejó que sus indiferentes ojos muertos se bañaran de luz. Vio como el hombre que lo había empujado caminaba calle abajo y lo maldecía. Cientos de personas caminaban delante de él, apartando las miradas del tenebroso yuppie: trabajadores gemelos con teléfonos celulares pegados a sus orejas, tristes mujeres que esperaban en vano alguna mirada, camareros que llevaban bandejas con sándwichs y gaseosas, jóvenes que comían pequeños helados de chocolate y vainilla, un vagabundo que sonreía enigmáticamente, niños llorosos arañando los brazos de desentendidas madres; caras y más caras que se fundían en una sola, la que pasaba a cada instante, el cuerpo vomitado por la corriente. Una hermosa chica, cuya remera promocionaba una sala de cine, trató de darle un papel, que cayó al piso porque Luis escondió rápidamente su mano en el bolsillo del pantalón.

Miró atrás, pero la salida del túnel había desaparecido, suplantada por una casa de electrodomésticos. Vio su propia imagen asombrarse en un televisor gigante; estaba siendo filmado por una pequeña cámara que lo apuntaba desde arriba de un centro musical. Se volteó y comprobó que estaba parado cerca del cordón de la vereda, enfrentando una transitada avenida. Tenía como compañía a cientos de personas que miraban con apremio el semáforo.

El día era soleado y Luis levantó su mirada para encontrarse con el poderoso astro que iluminaba la tierra, pero en ese momento un sucio colectivo con el caño de escape destrozado pasó, dejando una desvergonzada nube de humo negro que ocultó bajo su manto a los que estaban por cruzar hacia una plaza. Luego, el semáforo cambió y  todos se lanzaron a la calle rozando a Luis, que quedó parado casi en el cordón de la vereda.

“¿Por qué no crucé?”

Se contestó a sí mismo, argumentando que no quería seguirle el ritmo a los lunáticos que todavía estaban con vida y trataban de apurarse para que no se les pasara sin haber metido unos cuántos goles. Él, cuando vivía, tampoco se había dado cuenta de que la muerte se parecía a un policía de tránsito; si andabas demasiado rápido simplemente te paraba y te hacía firmar una multa eterna. La diferencia era que la muerte no avisaba cuando iba a actuar, en cambio los canas le hacían una seña al desafortunado conductor, como en aquel momento a una respingada dama que conducía un auto último modelo.

Luis reflexionaba, cuando otra nube de humo, ésta perteneciente al caño de escape de un camión, lo rodeó. Luego escuchó unas maldiciones y las personas que estaban junto a él cruzaron. Entonces, miró hacia la plaza que había cruzando la calle y se concentró en el césped; la alfombra verde brillaba amenazante, era su enemigo, ya que se alimentaba del humus y él en aquel momento no debería ser más que una de aquellas sustancias nutrientes. Se consideró a sí mismo como una afrenta a la cadena alimenticia terrestre. Rebelde a la naturaleza, aunque no por su propia voluntad. La tierra, el suelo, los animales, los vegetales; murmuraban el nombre del odiado joven. Los humanos simplemente le deberían temer, pero sólo el reino vegetal y animal tendrían la intuición de odiarlo.

Al mirar alrededor vio como entre el cielo y la ciudad se interponía una opaca alfombra que hacía que no se apreciara nítidamente el celeste de arriba. “¡Éste sí que es verdadero!”, se dijo Luis. Y luego vio como las calles estaban repletas de pequeños papeles que se deslizaban por el piso junto con sus coloreados padres; latas de gaseosa que lanzaban reflejos fugaces a sus ojos vítreos.

Nunca había sido ecologista; pensaba que las personas dedicadas exclusivamente a la naturaleza no eran más que tontos y arrogantes jóvenes que lloraban ante un perro sarnoso y eran indiferentes frente a un niño hambriento. También estaban los que, desesperados por una candidatura, enarbolaban un verdoso eslogan. Aunque le gustaban las plantas y los árboles y si podía hacer algo en su favor, lo hacía.

Su padre solía decir que había que dejar al hombre destruir el mundo; sería la ruina de la humanidad y la salvación del universo.

Luis sospechaba que el hombre quería destruir el mundo para desaparecer. Estaba seguro de que los hombres eran un infierno en sí; corazones inundados de cientos de demonios, bípedos expulsados diariamente del paraíso, surcaban las calles buscando algo que nunca iban a encontrar. En el mundo las mejores intenciones se convertían en las peores; lo mismo le había ocurrido al laborioso viejo barbudo. Al infierno lo había creado Dios, después de verse reflejado en los ojos de Adán y Eva. Luis se dijo: “El peor infierno, el más ardiente de todos, soy (o era) yo. Por otro lado, si cada transeúnte tiene una idea propia del infierno, y éste no existe más que en nuestro pensamiento, hay tantos infiernos como personas. Por lo tanto, las ciudades son los peores infiernos; están transitadas por millones de ellos”.

Recordó que sus pensamientos habían sido avivados por el dilema con la naturaleza y, mientras observaba a los gases que flotaban en el aire, concluyó que la naturaleza estaría lejos de odiarlo. El planeta se quejaba por la misma razón que lo hacía él; tenía que ver con sus propios ojos cómo minuto tras minuto, hora tras hora, se iba pudriendo. Sonrió, mientras estaba en aquella esquina céntrica, y se dijo que la naturaleza sólo debía tenerle rencor porque había desobedecido una de sus supuestas reglas. ¡Luz verde!

Estaba divagando demasiado, se dijo Luis, y cruzó la calle con otros peatones.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 21. Tenemos trabajo hoy.

novela, suerte al zombi

21. TENEMOS TRABAJO HOY

 

Las negras paredes y el cemento de la celda atormentaron a Garrafa durante un mes. Las rejas le demostraron que su vida había sido buena hasta ese momento. Se dijo que a pesar de no tener dinero, llevaba una vida interesante comparada con la de otros. Cuidar de un cementerio en el medio de la noche, “¡eso era una tarea para hombres!”, pensó mientras miraba a la carcelera morocha de unos cincuenta años que, agachada en el pasillo de aquella vieja cárcel, fregaba un trapo por el piso.

El lugar estaba impregnado de un fuerte olor a orina. Al principio le producía arcadas pero con el pasar de los días descubrió que el olor aletargaba sus sentidos. De noche, cuando recordaba a los muertos que debían estar reclamando su cuidado, Garrafa lloraba y le pedía a gritos a la carcelera que lo dejara salir. La mujer le contestaba que estaba loco y Garrafa le describía detalladamente cómo había cuidado la lápida de su abuela, pidiéndole que reconsiderara su actitud ya que López no era tan delicado. La carcelera lo dejaba siempre hablando solo y desaparecía por el pasillo para luego retornar con un mate, que tomaba mientras leía el diario sentada en un destartalado banquito.

Las celdas contiguas contenían a jóvenes delincuentes que entraban y salían de la comisaría más veces que las ratas.

López lo iba a ver cada semana y le llevaba cigarrillos. Garrafa no comprendía el origen de una ofensa de semejante calibre a él, que era tan importante para Mundo Viejo.

Una noche empezó a llorar silenciosamente y se llevó la mano a sus bigotes. Agarró un pelo cuidadosamente, lo estiró y se lo arrancó. Luego empezó con otro. Estuvo haciendo ese trabajo toda la noche, hasta que cayó rendido por el sueño. A la mañana siguiente, el bigote de Garrafa había desaparecido. Sangrantes agujeritos enmarcaban su abultado labio superior.

Un día la carcelera se acercó y abrió su celda. Garrafa caminó por el pasillo y se obligó a escupirlo antes de salir al sol del mediodía. Se puso triste porque afuera no había nadie para recibirlo. Luego se dirigió a un almacén, no al de Rulfo, y se compró una cerveza. La tomó mientras se dirigía al viejo camino que llevaba al cementerio.

López salió del cuartucho y lo recibió con un abrazo. Luego, le señaló el fondo del cementerio, donde había un grupo de personas que estaban reunidas alrededor de una parcela de tierra removida.

—Tenemos trabajo hoy…, del verdadero eh…—dijo López y sonrió mostrando sus rojísimas encías—. ¿Seguro que no querés seguir con el otro laburito?… El mayordomo siempre me pregunta.

Garrafa miraba callado hacia el fondo del cementerio. López le preguntó por los bigotes. Garrafa no contestó y se dirigió al cuartucho.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 20. ¡Suerte al zombi!

novela, suerte al zombi

20. ¡SUERTE AL ZOMBI!

Luis Marte caminaba con su frente alta desafiando al anaranjado cielo, mezclando reminiscencias de canciones en su mente. El asfalto iba a estar muy caliente aquel día, pensó mientras inventaba una nueva canción de extraña melodía. El sol imprimía una aureola a los edificios mientras ascendía para colocarse en su cenit.

De repente, se escuchó un chasquido en el aire y el portero eléctrico del edificio por el que pasaba Luis empezó a sonar. Era un chillido eléctrico constante. Miró al portero y  siguió caminando sin prestarle atención.

El portero eléctrico del edificio contiguo empezó a sonar en ese momento y a éste se unieron todos los demás de aquella zona del centro de Buenos Aires. A Luis le pareció que todos estos aparatos estaban siendo activados por una fuerza desconocida. El murmullo metálico llevaba la delantera, desplazando a los demás ruidos del amanecer urbano. Para Luis era el ruido del infierno, imprecación que atentaba contra el alma todavía contenida en su cuerpo. El joven muerto siguió caminando, lento pero decidido, con aquel aire de seguridad y firmeza que había estrenado en su gloriosa salida del baño de “La Esquina del Sol”.

Llegó a una esquina y la cruzó con aquél sonido amplificado persiguiéndolo de cerca. En la otra vereda, se agachó y ató los cordones de su zapato. Siguió caminando.

En la mitad de la cuadra, al pasar frente a un anciano que estaba parado en la puerta de un edificio, Luis miró al suelo y simuló una escupida cuya saliva nunca llegó a las húmedas baldosas; las glándulas salivales se habían secado junto con sus lagrimales la noche anterior. Luego ahuecó sus labios y fingió silbar. El murmullo metálico pareció ganar intensidad mientras Luis se decía que solamente él parecía escuchar el ruido —o el viejo lo escuchaba y se hacía el tonto como él.

El sonido era simplemente insoportable y  fluía por los oídos de Luis hasta su triste alma. El chillido metálico crecía en intensidad y todos los porteros eléctricos parecían ser los mensajeros de un solo y caprichoso grito:

¡ChhhhhhChhhhhhhhhhhhchhhhhhhhChhhhhhhhhchhhhhhhhChhhhhChhhhhh!

El ruido seguía a Luis en todas las calles por las que caminaba.

Se sorprendió al darse cuenta que no había caños de escape arremetiendo contra la capa de ozono. Los automotores simplemente parecían no existir a aquella hora de la mañana, lo que le pareció bastante extraño. ¿Sería domingo?, se preguntó. Y así siguió caminando, sin que los sonidos de los motores de los autos, que cualquier otro día hubieran explotado en el aire, aparecieran. Solamente el llamado de algo que iba a comunicarse por los porteros y que había reunido a todos éstos para un único y delirante fin. El objetivo no sería solamente hacer ruido, pensó; alguien o algo iba a hablar.

El sol iba situándose lentamente en la cúspide del cielo. Pocos seres humanos daban muestra de su existencia en aquel universo porteño; tan sólo el anciano y un joven cartero habían representado a la humanidad. En ese instante advirtió que una anciana, que plantaba flores en un cantero cerca de la vereda por la que él caminaba, lo observaba. Luis paró de caminar y se acercó a un frondoso arbusto que crecía frente a un edificio antiguo. Se bajó el cierre de sus pantalones y fingió orinar. Simplemente se mantuvo erguido un minuto, en una  posición de éxtasis, con su mano apretando lo que quedaba de su pene. No se animó a bajar la vista para mirarlo; la tenía clavada en el tronco de aquel arbusto. La vieja lo miraba atentamente y movía sus hundidos labios formulando una protesta interior contra toda la juventud moderna.

Luis, en ese minuto, pensó que lo que había hecho era una burla a la tierra; una venganza contra aquel suelo que lo reclamaba, una irrespetuosa ofrenda al  dios demente que lo había despertado de la muerte, por cuya culpa estaba ahora caminando por aquellas extrañamente desoladas calles. Sin embargo, una gran porción de su alma reconoció que simulaba que orinaba, como antes salivado, para pretender que todavía vivía. Éstos pensamientos eran los que aportaban una nueva pena al acongojado espíritu de Luis.

Luego, se subió el cierre, tratando de no mirar hacia la tierra seca que rodeaba al árbol y siguió caminando con el mismo paso firme. Cuando pasó delante de la anciana, vio como ésta seguía murmurando y lo miraba con temor y repugnancia.

Cuando cruzaba una calle, el sonido metálico se apagó con un nuevo chasquido y reinó el silencio total por un segundo. Luego sonó una única voz. La voz del daimon parecía venir de todos lados, producida por todos los porteros y al mismo tiempo proveniente de uno solo:

 —¡Despedido el primer día de trabajo!…¡Ja!, ¡Ja!—dijo el daimon con voz de locutor, imitando a algún conductor conocido de televisión. Un coro de risas televisivas, de las que acompañan a los chistes de las comedias, esparció su falsa alegría.

Luis siguió caminando, tratando, en vano, de ignorar a la imponente voz del daimon.

—¡Dios maldiga al zombi!—Una amarga ironía tocaba ahora las cuerdas vocales del engendro; el coro rió con indiferencia—. Podías haber sido una leyenda—Ésta vez el coro se abstuvo. La voz eléctrica del daimon dejó de lado la ironía para expresarse francamente—. Pero elegiste pudrirte en la ciudad… —Un suspiro profundo y luego un solo grito—. ¡Suerte al zombi!…— Las risas televisivas sonaron más histéricas que nunca.

El silencio invadió a Luis. Caminó hasta llegar a la esquina mientras se daba cuenta que las calles se interrumpían allí; la que él transitaba desembocaba en un gigante edificio gris que impedía avanzar. Rápidamente miró hacia atrás, pero la calle por la que venía caminando había sido suplantada por otro edificio gris. Levantó la cabeza y se asombró ante el edificio más alto que había visto. No se veían puertas en la fachada. Tenía ventanas, pero debían empezar en el piso trescientos. El alma de Luis sintió escalofríos.  Delante de él, a su izquierda y a la derecha, descomunales edificios grises, todos sin ventanas ni puertas, le cerraban el paso. Armaban una habitación cuyas cuatro paredes estaban conformadas por las fachadas de los cuatro edificios gigantescos y el techo por el compacto celeste del cielo.

Bajó el cordón y se quedó parado en el medio del asfaltado cubículo. El silencio era inmejorable. Miró al frío cielo celeste. Se asemejaba a un cartón pintado, una escenografía barata cuya desenfadada artificialidad apisonaba aún más el alma de Luis. Todo le producía una insoportable sensación claustrofóbica. Bajó su cabeza, vencido, pero volvió a levantarla para desafiar el retazo de firmamento. Se le ocurrió que éste no debía estar muy arriba.

Estiró su huesudo índice para alcanzarlo y se dio cuenta que se había equivocado. El cielo volvió a estar tan alto como en el primer momento. Tenía su mirada clavada en aquel homogéneo firmamento celeste, cuando se percató de que algo insignificante caía en línea recta hacia su cabeza. Tratando de descubrir la naturaleza del ¿objeto?, ¿tal vez sustancia?, olvidó apartarse.

Una pequeña gota cayó en su maxilar inferior; el hueso conservaba todavía un poco de piel y el pastoso líquido se posó justo donde se unía con sus incisivos, que dominaban gran parte de la cara. Luis se llevó la falange del dedo índice al maxilar y recogió el líquido. La falange no estaba enteramente descubierta; todavía conservaba una parte de la yema que recubría la punta del dedo. Luis vio allí una manchita celeste.

¡Era pintura! El cielo estaba verdaderamente pintado. Se preguntó si no sería un muerto  viviente loco, cuando se dijo que el pintor era muy malo porque no había pintado ninguna nube.

La sensación de claustrofobia se incrementó y Luis buscó una salida. Miró nuevamente los edificios. Ni siquiera una claraboya por la que se pudiera pasar. Se detuvo en un detalle que imperaba en las uniones de los cuatro emporios. Las moles grises estaban separadas por unos centímetros en las uniones, formando angostos túneles al final de los cuales refulgían pequeñas luces blancas. Luis caminó hasta la vereda, subió el cordón y examinó de cerca una de las entradas; era tan estrecha que apenas permitía el paso de un humano. ¿Llevarían todas al mismo lugar? Era probable que no. Se dijo que era la única manera de salir de allí y se decidió por la entrada que tenía delante. Metió su cabeza y después todo su cuerpo.

El túnel tenía paredes compuestas por una mezcla de arcilla, humus y cientos de lombrices que, enterradas sus mitades en la tierra, ondulaban frenéticamente la porción libre de sus cuerpos. Luis descubrió, con intolerable aprensión, que sus serpenteos eran espasmódicos; aquellos gusanos estaban atrapados allí y se retorcían ante el insignificante fulgor del final del túnel. Seguramente, la sensibilidad de aquellos bichos era mucho mayor que la de los humanos. ¿Y cuántas veces más que la de un muerto?

Aquella pregunta, aún cuando su respuesta fue oportunamente evadida por Luis, despertó muchas otras. Sin atreverse avanzar —¿acaso no es el temor la base del pensamiento?— se preguntó por las formas del lugar que lo había atrapado.

Parecía ser que el túnel constituía la bisectriz del ángulo recto formado por las paredes laterales de los edificios; éstas concurrían en un vértice: la abertura por la que él había entrado. De lo anterior dedujo que el espacio existente entre las paredes laterales de los edificios y el túnel estaría relleno por la mezcla terrosa que conformaba las paredes del último. Al mirar hacia arriba, apenas percibió un tenue centelleo celeste, suspiro de luz, que le recordó que en inenarrables alturas había un cielo, éste tal vez real. Luego, ante la presión de otra pregunta, elevó su imaginación: el conjunto, visto desde arriba, formaba una cruz latina, cuyo centro era el cubículo donde él había sido atrapado; las uniones de los edificios eran las salidas, una de éstas la que él se iba a disponer a transitar, que llevaban hacia la luz, cuyo conmovedor significado comenzó a prever.

Entonces, lo perturbó el recuerdo de lo que una encrucijada significaba para un alma y la ulterior deducción de que su cautiverio allí remarcaba lo irrevocable de su muerte. Se dijo que la encrucijada de cielo pintado no era más que un agravio de la ciudad contra su espíritu, una advertencia de que ya no debía andar por aquellas calles. Luego se desdijo: la encrucijada era la abstracción de todas las calles que conformaban nuestra ciudad; consistía en un aislamiento pedagógico construido para prepararlo ante la inminencia de su verdadera muerte —la separación de cuerpo y alma—. De lo que obtuvo dos conclusiones: una obvia, el que lo había despertado lo esperaba del otro lado de la luz; la otra vital, la encrucijada había atrapado su alma, que aún perseveraba en seguir unida al cuerpo, y el túnel era el tránsito a la vida eterna. Miró hacia la beatífica luz y sonrió.

Empezó a caminar rápidamente por el angosto túnel, clavando su vista en el resplandor blanco que brillaba en la salida. “Sólo faltarán unos metros”, pensó mientras tropezaba con una raíz; más adelante percibió las caprichosas formas de las demás. El suelo se veía repleto de petrificados tentáculos, que el muerto viviente comparaba con los de los iracundos moluscos que asediaban la imaginación de antiguos navegantes. Su alma se mareó. Creyó caminar por una infectada garganta; él era un germen más, otra agitada lombriz dispuesta a ser escupida.

Las raíces debían pertenecer a un árbol de unos trescientos años. No pudo evitar preguntarse dónde crecería aquel árbol.

Siguió caminando hacia la luz.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 19. El mundo tendría que ser como este lugar.

novela, suerte al zombi

Garrafa estaba con López, los dos sentados en la puerta del cementerio, sobre unos banquitos de madera. Estaban callados, escuchando cómo el viento hacía de las suyas al zambullirse entre las viejas lápidas. Garrafa tenía hinchadas sus mejillas y sus morados labios estaban más apretados que nunca. López se metía un yuyo en la boca y lo masticaba frenéticamente. El viento fuerte pronosticaba una tormenta y los pelos sucios de los hombres apenas llegaban a moverse.

De repente, el cielo se abrió, no para dejar paso a los dorados rayos de sol, sino para verter toda el agua contenida durante ese mes. La llovizna se convirtió rápidamente en un torrente violento que arremetía sobre la tierra. Sin embargo, Garrafa y López se quedaron quietos, recibiendo el agua que caía sobre ellos como si fuera una bendición. No dijeron ni una palabra y observaron como la tierra sanaba las heridas, ya que hacía un mes que no llovía tanto en Mundo Viejo y el suelo estaba seco y resquebrajado.

Garrafa siguió con las mejillas hinchadas y los labios fuertemente apretados y López no dejó de masticar el yuyo. La lluvia amainó de repente, como si alguien hubiera cerrado un poco el grifo, después de una hora. Garrafa miró a López y separó sus labios.

—No tengo un mango, López— Éste dejó caer el yuyo al suelo— Hace un mes que no enterramos a nadie… si no fuera por el Tano… ¡La puta madre!…, encima todavía me deben el trabajo que hice para la familia del dentista.

 —La gente parece que dejó de estirar la pata por acá—dijo López.

 —En todo el país muere mucha gente todos los días; hay más asesinos que pulgas. Acá, ni los viejos palman… —Garrafa asentía ante sus propias palabras— Creo que es un castigo de arriba, López.

 —¿Te parece?

—El otro día, antes de oír los disparos del loco ése, fui a tomar una cerveza al bar del Rulfo… ¡el muy hijo de puta me trató mal!…—Movió su cabeza negando tozudamente— ¡Muy mal!…Todo porque no tengo guita y no puedo pagar mis propios tragos… ¡qué culpa tengo yo de que no haya laburo acá!

—Un hombre que no puede pagar por una cerveza no tendría que vivir.

—La vida está siendo muy hija de puta conmigo últimamente… —Se dio vuelta y señaló con la mano el portal del cementerio— ¡El mundo tendría que ser como este lugar!

 López rió, amargamente.

—Muy aburrido—dijo y se levantó.

—¡Aburrido para vos!… ¿les preguntaste a los muertos si se aburren de mí cementerio!…, ¿viste a uno dejar mi cementerio porque se aburría?

 —Se está volviendo loco—murmuró para sí López.

De repente, un patrullero frenó a unos metros de donde estaban los sepultureros. En la frenada, el barro les salpicó un poco la cara. La puerta del conductor se abrió y un agente narigón bajó y se acercó a Garrafa.

—Señor González, va a tener que acompañarme a la comisaría.

Garrafa lo miró como si fuera el demonio.

 —Yo no hice ningún mal para tener que ir con usted.

 —Tengo una orden de arresto, señor González. Levántese, por favor.

 Garrafa se levantó y clavó sus ojos en los del agente.

 —¿Sabés que yo soy el que cuidó todos estos años a tu viejo?

Garrafa miró por unos segundos hacia el cementerio y luego volvió a posar sus ojos negros en los azules del policía. López lo miraba todo como si estuviera viendo una película porno en el pequeño cine de Mundo Viejo; una gran satisfacción encendía sus pupilas y arqueaba las comisuras de sus labios.

 —Está bien—dijo Garrafa y se dio vuelta—. Un santo debe tener sus sacrificios, sino no sería santo.

El oficial le puso las esposas y lo acompañó hasta la patrulla. Abrió la puerta trasera, esperó a que Garrafa se acomodara en el asiento y luego la cerró.

 —¡Oficial!—llamaba López sentado nuevamente en su banquito— ¡Oficial!…, venga.

 El policía se acercó a López.

 —¿Por qué arrestan al Garrafón?

 —La nueva viuda del pueblo lo denunció por intento de violación cuando su esposo se suicidó el otro día. La tipa no tuvo coraje para denunciarlo mientras quemaban al marido, pero después se decidió.

 —¿Tiene para mucho?

 —Depende… —contestó el oficial mientras se alejaba.

López se quedó sentado mirando como el policía subía al patrullero. El auto arrancó, y se llevó a Garrafa.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 18. Velados.

novela, suerte al zombi

18. VELADOS

 

El caso del remisero y los dos chicos quedó cerrado para la policía. Luego de dos días, los padres de Olga y Chula pudieron velar a los supuestos restos de sus hijos, que habían recibido en ataúdes herméticamente cerrados. Uno contenía el cadáver del remisero —al que nadie había reclamado— y el otro, el de una mujer despedazada. Los padres de Olga y Chula nunca supieron que dentro de estos ataúdes descansaban los cuerpos de otras personas y aceptaron la muerte violenta de sus hijos como lo habían hecho miles de argentinos aquel año.

 

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Suerte al zombi. 17. La fuga de los zombis.

novela, suerte al zombi

17. La fuga de los zombis.

Aquel año hubo tantos asesinatos en el país que los muertos desbordaron las morgues oficiales. La policía improvisó morgues en comisarías. Antiguas oficinas fueron recicladas por desganados forenses. Los cuartos estaban desprovistos de ventilación y refrigeración. Pestilentes y desordenados, estos lugares servían de sala de espera a los difuntos hasta que apareciera una vacante en las morgues oficiales. Había tanto para investigar que los casos se confundían y las morgues se convertían en mausoleos comunitarios. Todo lo anterior, ha sido obviamente resguardado de oídos populares, ante los cuales sólo han circulado morbosos cuentos.

En una de estas morgues, yacían tres cadáveres que todavía no habían sido identificados. En el hueco debajo de una ventana sellada con ladrillos, un hombre de edad avanzada estaba apoyado contra la pared blanca. Los otros dos cuerpos ocupaban sendas camillas de metal en el medio del destartalado recinto. Alrededor de éstos había cuatro camillas con ocupantes amortajados en sábanas sucias. La habitación estaba bañada sólo por la espectral luz que penetraba por una translúcida mampara blanca, que la separaba de una oficina, vacía en ese momento, y en la que habían dejado por descuido los tubos prendidos.

Las caras tiesas de los jóvenes estaban deformadas por rictus indescriptibles. El cadáver que yacía bajo la ventana tenía la faz destrozada por un impacto de bala que había pintado su calvicie y así tendría que esperar a que desalojaran alguna otra camilla. A los dos jóvenes no les habían quitado la ropa que tenían puesta y ni siquiera habían cubierto los cuerpos con sábanas.

Los habían revisado y llegado a la conclusión de que trataron de robar a alguien y que éste les había dado una buena lección. Supusieron que la víctima del robo iba a ser el pelado que estaba tirado bajo la ventana y que éste se había defendido con su arma. Los policías se forzaron a armar en su mente una imagen; uno de los dos jóvenes, seguramente el que tenía los tiros en el estómago, levantaba el arma que encontraron cerca y le disparaba al pelado, dueño de aquella remisería. Claro, se dijeron los policías mientras investigaban, lo extraño era que no había huellas dactilares en el arma que encontraron. Se consolaron pensando que el rocío las había borrado, aunque sabían que era poco probable. Encontraron cuatro balas que estaban desperdigadas por la escena tras traspasar los cuerpos de las víctimas. Todas provenían de la inexplicable arma que, orgullosa, había brillado en el cemento en el momento en que la vio el oficial Gómez. El arma que tenía las huellas del pelado había sido hallada dentro de la remisería, pero ésta tenía el cargador lleno.

En ese momento, los policías que habían intervenido en el caso estaban en el despacho del subcomisario, tratando de buscar información sobre Olga y Chula. No habían podido contactar a sus padres, ya que los jóvenes no llevaban ninguna documentación.

El cadáver de Olga había sangrado desde que lo trajeron y una forense le había pegado una gasa en la frente, donde tenía un punto rojo, todavía húmedo. A pesar de su violenta muerte, el cuerpo estaba estirado y sus ojos abiertos miraban al cielo raso del aposento con indiferencia. La remera de Sepultura de Chula tenía dos agujeros en la zona de los pulmones y uno en el corazón. El joven se había desangrado, apoyado contra el cemento de la vereda de la remisería y esto contribuía a que su cara se viera excesivamente horrible; su boca estaba abierta formando un grito congelado, sus ojos no habían alcanzado a cerrarse y sus pestañas dejaban ver una porción de esclerótica. Una de sus manos colgaba de la camilla y otra estaba apoyada en su abdomen. Ambas estaban crispadas, en una previsible manera alegórica a la muerte violenta; sus dedos parecían querer arañar a un enemigo invisible. Su pelo colgaba de la camilla, largo y lacio, desparramado bajo la cabeza.

La puerta de la habitación se abrió y entraron dos enfermeros empujando una camilla. El que entró primero pulsó el interruptor de luz. Los tubos blancos tardaron dos segundos y, después de relampaguear, se prendieron revelando con su fría luz los horrores de aquella peculiar habitación.

El enfermero tardó en separarse de la pared; la mera ojeada de Chula le había producido escalofríos. El hecho era que el enfermero era muy católico y el semblante de Chula se parecía mucho al de un agónico Jesús crucificado que tenían en una iglesia de su pueblo natal y al que temía pavorosamente cuando era niño.

Acercaron la camilla vacía a la primera que se encontraba en su camino, verificaron la identificación en el pie y destaparon el cuerpo: una mujer que estaba despedazada. Todo esto lo hicieron en silencio y rápidamente. La pusieron en la camilla vacía, se acercaron al cadáver del remisero, lo levantaron y apoyaron en la que había estado la mujer. La sábana que cubría el cuerpo de ésta cayó al piso y no la levantaron. Luego, uno le hizo una broma al otro; rieron y empujaron la camilla con los restos de la mujer a la vista. Salieron y cerraron la puerta, olvidando pulsar nuevamente el interruptor de luz para dejarla apagada.

Los ojos abiertos de Olga reflejaban la luz que incidía desde los tubos que estaban sobre su cabeza. Lo mismo hacía la porción de esclerótica de Chula no cubierta por sus párpados.

Luego de un tiempo, en el transcurso del cual la luz irradiada por los tubos pareció ir creciendo en intensidad hasta convertirse en un todo blanco, claridad lechosa, casi palpable, Olga se despertó lanzando un gutural alarido. Miró a los tubos, que habían vuelto a brillar normalmente y su pupila se mantuvo constante, sin tener que cerrarse como ocurre en cualquier ser humano al mirar una fuente de luz.

Olga pensó que la vida lo había jodido bien y se acordó que le habían disparado en la cabeza. Incluso, se vio a sí mismo fumando su último porro. Obvió la gasa, que como había perdido el tacto no sentía, y trató de mover su cabeza. Ésta primero se resistió. Luego de probar dos o tres veces, logró mirar a su derecha, donde vio, después de pasar su vista por dos cadáveres tapados, al remisero en su camilla. Olga tuvo miedo y se preguntó por  su aspecto. Luego, se hizo otra pregunta; ¿Chula se habría salvado de los tiros que le había pegado aquel loco?. Y, mientras daba vuelta su cabeza para mirar a su izquierda, se encontró deseando que su amigo hubiera también muerto. No le gustaba estar solo; si él había muerto, ¿por qué no su amigo que siempre había deseado dejar este mundo? No se le ocurrió preguntarse cómo veía y escuchaba cuando igual estaba seguro de que la había palmado.

Cuando su cabeza describió un ángulo de unos ciento ochenta grados impremeditado, sólo quería doblarla para ver el resto del lugar, y cayó en el costado izquierdo de la camilla, Olga vio a su amigo. Se asustó. Muerto, Chula, de perfil, parecía un monstruo. Volvió a preguntarse cómo se vería él. Mientras miraba a Chula, empezó a crear teorías sobre el hecho de que había resucitado y se convenció de que los muertos debían soñar que vivían. Todo eso era un sueño de fiambre.

De repente, Chula empezó a mover los brazos y el grito contenido se materializó en una erupción de tos. Tras lanzar una flema blanca que se deslizó sobre el cuero negro de sus pantalones, los ojos de Chula se abrieron y sus exánimes dedos comenzaron a moverse. Levantó la mano que estaba colgando y la apoyó en la remera. Luego, miró el techo y dio lentamente vuelta su cabeza hasta encontrarse con la mirada de Olga.

 “Estás muerto”, le dijeron los ojos de Olga.

  “Vos no estás mucho mejor”, le contestó Chula con los suyos.

  Luego despegó los labios.

 —¿Vos también moriste?— desafinó con una extraña voz gruesa.

 —No, te vine a visitar a la morgue y me acosté en esta camilla para hacerte compañía—contestó Olga con voz nasal— Las flores las deje sobre la mesita, junto a los intestinos de Ruben.

 —¡Odio estar vivo!—Chula levantó la cabeza, trató de sentarse en la camilla y cayó hacia atrás como lo haría un obeso haciendo abdominales; él que era tan flaco.

 —No creo que estemos vivos… estamos muertos, pero soñamos que vivimos—aseguró Olga.

 —No siento ninguna parte de mi cuerpo pero veo tu cara fea y te escucho gangosear… ¿estaré en el infierno?—preguntó Chula.

  —¡Estamos en una morgue!—exclamó Olga.

  —Entonces… ¿estamos muertos de verdad?

  —Vos tenés dos agujeros en la remera—. Olga señalaba el pecho de Chula.

  —Y vos uno en la cabeza, boludo—. Chula levantó su índice y lo apunto a la cabeza de Olga—Te pusieron una gasa que está rojísima—dijo.

Olga levantó su espalda tratando de sentarse en la camilla. Lo logró. Detrás de él, los azulejos blancos reflejaban mechones de pelo cubiertos de sangre, que se abrían para mostrar un pequeño orificio, un ojo púrpura que miraba expectante. Olga se alisó el pelo, pasando su mano por la parte posterior de la cabeza y tapó el agujero. Miró a Chula, que seguía intentando levantarse.

—¿Sabés una cosa?—dijo Olga mirando a Chula—. Me alegro de que estés muerto— Chula lo miró asombrado— Quiero decir que… bueno… somos dos y vos sos mi mejor amigo.

 Chula logró sentarse y miró con fijeza fea a Olga.

—Yo también me puse contento al verte en la camilla, Olga— Chula se sinceró y sonrió. Olga trató de que sus labios construyeran una sonrisa.

En ese momento se escucharon unos pasos lentos que provenían del pasillo. Chula y Olga doblaron lentamente su cabeza hasta visualizar la puerta metálica por la que se accedía a la morgue. Una voz masculina, grave, viajó desde el pasillo hasta sus oídos muertos.

—¡Voy a abrir a esos pibes, Laura!… ¡Avisale a Escardo!

Los pasos se escuchaban cada vez más cerca y los dos resucitados no reaccionaban, sólo miraban la puerta, desesperados ante el futuro.

Los pasos se detuvieron. Olga trató de suspirar, sin acordarse de que sus pulmones no tenían aire. Se escuchó el ruido de una puerta al abrirse acompañado de una voz femenina.

 —No tenemos el permiso todavía, doctor… No fueron reconocidos.

—¡A la mierda con el permiso! Ésta tarde tengo que destripar tres acá y a siete más en una comisaría de Caraza.

Los pasos se reanudaron. Olga pensaba que debía ser una pesadilla común en los muertos.  Su alma se estremeció. Chula no pudo pensar, tan sólo escupió la última flema que alojaba su garganta. La voz femenina llegó hasta ellos nuevamente:

 —¿Encontró el trepanador?

 —No, pero Escardo me prestó uno que usaba con los elefantes cuando trabajaba en el zoológico… ¿parece práctico, no?—contestó el forense.

Las caras de Chula y Olga se deformaron. Las mandíbulas se desencajaron mientras los ojos intentaban dejar las cuencas.

La puerta se abrió y dio contra la pared. Ante Chula y Olga apareció el forense más robusto y alto de todo la Argentina. En su mano derecha tenía una sierra circular para abrir cabezas del tamaño de una cacerola para puchero y un barbijo celeste ocultaba la mitad inferior de su cara.

Al ver el trepanador, Chula y Olga reaccionaron rápidamente. Se tiraron de las camillas y la tensión reinante en sus almas produjo un shock de adrenalina y violencia que insufló vitalidad a sus miembros dormidos, como había pasado con Luis.

La energía sustituyó a la sangre y corrió por las venas secas, inflando los canales, prestando intensidad y mucha voluntad. Las articulaciones funcionaron.

Chula y Olga corrían alrededor de las camillas; mientras, el doctor ponía cara de asombro y se acercaba a ellos blandiendo el trepanador y gritando:

—¡Ladrones de cuerpos!….¡Los voy a matar!

Chula y Olga dieron una vuelta más alrededor de las camillas, con el forense persiguiéndolos atrás, y lograron salir por la puerta que éste había dejado abierta. Chula volvió y cerró la puerta justo cuando el forense se disponía a cruzarla. Corrieron por el pasillo, abrieron la puerta entornada de una oficina y se metieron; al apoyarse contra la madera vieron a una secretaria que los amenazaba enarbolando un pisapapeles con forma de ballena. Olga se despegó de la puerta y comenzó a zarandear a la joven mientras trataba de evitar que el pisapapeles se hundiera en su cráneo.

 —¡La llave de la puerta!…¡deme la llave de la puerta!

La secretaria abrió un cajón del escritorio que se hallaba a su espalda y le lanzó una llave a Chula, que resistía los embates del forense a la puerta. Chula cerró con llave y caminó hasta la secretaria. Los gritos de la joven eran ahogados por la hedionda mano de Olga, que con la cabeza señalaba hacia un costado del escritorio, donde había una ventana. Chula arrojó una silla contra el vidrio —no se le ocurrió correrlo—, que lo desafió a un segundo embate. En éste, triunfó Chula y la ventana les ofreció una salida al nivel del suelo.

La fuga de los dos zombis coincidió con el estrépito de la puerta del pasillo y la invasión de la oficina de la secretaria por el forense, los enfermeros y un confundido policía.

Los jóvenes corrieron rápidamente por el cemento y lograron colgarse de un camión recolector de basura, que los recibió como último aporte de la ciudad a su desbordado interior.

por Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. 16. Algo mejor.

novela, suerte al zombi

16. Algo mejor.

Garrafa había entrado en el almacén y ocupaba la mesa de siempre, cerca de la ventana. Desde allí, miraba la calle. Mantenía sus ojos entrecerrados, ya que el reflejo del sol en el cemento le molestaba.

El viejo Rulfo se acercó, más lento que nunca, y posó su mirada estéril en el gordo. Garrafa maldijo por dentro y trató de ignorarlo.

—¿Una cerveza, no?—Rulfo sonrió aireando sus tres dientes.

Garrafa trataba de verse despreocupado, pero la situación no se lo permitía. Se sentía nervioso como si presintiera algo. Miró a Rulfo y asintió.

—Y yo que pensaba que iríamos adelante con el cemento… —comentó tristemente el viejo mirando a través de la ventana—. Extraño barrer la tierra.

Rulfo se acercó a la heladera —regalo de una importante empresa de gaseosa—, extrajo una lata de cerveza norteamericana de nombre impronunciable para ellos y se la tendió a Garrafa. Garrafa la vació casi de un trago. Rulfo lo miraba del otro lado del mostrador.

—¡La próxima vez en vaso!—gruñó, clavando la vista en Rulfo.

 El viejo movió su boca, maldiciendo en silencio.

—¡Nunca me pagás, Garrafa!—Tosió, escupió  y continuó— Si me pagaras, te daría un vaso… Y también algo mejor.

Garrafa volvió a mirar hacia el cemento caliente, entornando aún más sus párpados.

—¿Mejor? Yo me merezco algo mejor—susurró.

—¡Enterrás dos fiambres por mes y después te rascas todo el año! Yo atiendo a los vivos no a los muertos, negro—gritaba Rulfo, mientras dejaba escapar gotas de saliva que se filtraban por sus arrugados y hundidos labios.

Garrafa se levantó, camino lentamente y salió a la calle sin darse vuelta para mirar a Rulfo. Cuando pasó por la ventana, las manos del viejo lo señalaron a través del vidrio. Su boca se abría y cerraba escupiendo maldiciones. Garrafa siguió caminando con la mirada fija en el pavimento.

Dos disparos resonaron en la húmeda tarde. Garrafa levantó la cabeza, caminó más rápido, luego trotó como pudo y dobló en la esquina.

En la mitad de la calle había un hombre abatido y cuatro personas lo rodeaban. Una de éstas era López, otra era una mujer en cuclillas, que no paraba de llorar, y los otros dos eran hombres de unos cuarenta años.

López miró a su amigo con cierta ironía. Garrafa le hizo la pregunta inevitable, mientras miraba a la mujer.

—El esposo de ella le disparó a éste— Hizo una pausa, como estaba medio borracho le costaba encontrar las palabras—. Tres tiros y se escapó—contestó finalmente López.

Garrafa miró al muerto, que tenía un agujero en la ceja, justo al lado del ojo, y otros dos en el pecho. Luego miró a la mujer.

 —¿Por qué llora ella entonces?

Los dos que estaban discutiendo dejaron de hacerlo y miraron a Garrafa. Uno era bajo y tenía una  barba puntiaguda. El maestro de la escuelita, recordó Garrafa. El otro era el mecánico al que había recurrido una vez, para arreglar el resorte de la tapa de un ataúd muy particular que no quería cerrarse. Éste señaló al muerto:

 —Llora porque éste tipo se la tiraba —Miró al maestro y asintió—. Yo lo veía entrar, como si nada, cuando el Pato salía a laburar. El cornudo del Pato lo esperó hoy y cuando éste le tocó la puerta, le apuntó con un arma y le disparó.

—Siguió disparando mientras este se arrastraba… —agregó el maestro mientras seguía con el dedo índice la sangre que había en el  cemento— Le dio una bala en el pecho y cuando este llegó acá— Miró al cadáver y se rascó la barba. “¡Qué tipo raro éste maestro barbudo!”, pensó Garrafa, “¡seguro que era maricón!”—. Le pegó un tiro en el ojo.

 —¿Llamaron a la policía?—preguntó Garrafa.

 —No—contestó el mecánico— ¡Fulci es un tránsfuga!  El Pato es mi amigo. Si no hubiera estado yo acá ella estaría muerta… ¡Le disparó también! Y le erró, el boludo… Ahí nos vio y corrió hasta la esquina, dobló, y habrá seguido corriendo el Pato porque nosotros nos quedamos viendo si ella estaba lastimada. ¡Está loco! Y guarda que puede volver, eh… Es el Pato.

López asentía con la cabeza y empezó a alejarse del cadáver, indeciso, como si tuviera ganas de irse y le diera vergüenza decirlo. Garrafa se disponía a acompañar a su amigo, cuando se escuchó un disparo y el maestro cayó al piso y empezó a gritar.

Todos miraron hacia la esquina, donde un tipo, el Pato, con una pistola les apuntaba. La mujer se levantó y chillando se metió dentro de la casa, cerrando la puerta a su paso.

Garrafa, López y el mecánico miraron al maestro barbudo que estaba en el piso agarrándose la rodilla y lamentándose. El mecánico corrió y golpeó con furia a la puerta.

—¡Pato a mí no!— gritó el mecánico.

—¡Hijo de puta!—gritaba el maestro— ¡Llamen al hospital que me desangro!

El Pato levantó su arma y disparó nuevamente. El disparo dio en el tronco de uno de los árboles de aquella cuadra, detrás del cual estaba escondido López. Garrafa corrió hacia la puerta de la casa. De un solo golpe la derribó.

La sala de estar era pequeña y Garrafa no tardó en escuchar el suspiro entrecortado. La mujer estaba escondida debajo el sillón, donde seguía llorando y se tapaba la cara con las manos.

Resonó otro disparo, esta vez cerca.

Garrafa levantó el sillón y se tiró al lado de la mujer. Se acomodó tratando que su cuerpo no sostuviera el sillón en el aire. En el momento en que el Pato se disponía a traspasar el umbral de la puerta, Garrafa le susurró a la mujer que se callara. Ésta siguió gritando y le dio a Garrafa un puntapié en los testículos. El hombre aguantó el dolor, abrazó con sus carnosos brazos a la mujer y le tapó la boca con su sudada mano.

El Pato entró y caminó hasta el dormitorio. Al rato, apareció gritando el nombre de la esposa. Miró hacia el sillón y se encaminó hacia allí balbuciendo frases ininteligibles. Se sentó y miró el techo de la habitación.

Garrafa apretó su mano con más fuerza contra la boca de la mujer. El Pato levantó el arma y la dirigió a su boca.

La pared blanca se oscureció mientras resonaba el disparo en las cuatro habitaciones de la casa.

Garrafa se asustó y soltó a la mujer, que le arañó la cara. Trató de agarrarla de la cintura y ella de darle de lleno en los genitales. Entonces la atrajo hacia sí y le metió la mano en la entrepierna. La mujer le dio un golpe en el mentón. Garrafa se excitó.  Empezó a fregarse contra ella.

La mujer lo golpeaba y escupía mientras Garrafa se restregaba contra ella. Ante otro rodillazo en el estómago, Garrafa le dio un puñetazo en la cara. La mujer se desmayó.

Garrafa corrió las piernas del Pato y se arrastró afuera del sillón. Caminó hasta la puerta y salió a la calle.

El sol le volvió a hacer entrecerrar los párpados junto con los gritos del maestro postrado, que seguía agarrándose la pierna. Garrafa miró hacia otro lado.

Ya tenía a dos para enterrar, pero si este también se moría, pensó, sería uno más. Así podría conseguir algo mejor.

López había desaparecido. Garrafa dobló en la esquina. Enfiló hacia el camino que llevaba al cementerio.

Se sintió más relajado al pisar el primer tramo que la Municipalidad de Mundo Viejo no había aún asfaltado.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 15. Parado en el medio de la calle.

novela, suerte al zombi

15. PARADO EN EL MEDIO DE LA CALLE

Luis se quedó parado en el medio de aquella avenida durante un rato, observando cómo las tres siluetas desaparecían al doblar en una de las esquinas. Luego miró al cielo, que ya estaba anaranjado. Amanecía.

Aquella noche había sido simplemente inolvidable. Y allí, en el medio de aquella calle, con el pelo que le quedaba sobre su frente formando un imperfecto flequillo mientras el viento hacía que los pliegues de su saco se levantaran, recordó la manera en que se había emocionado al observar a los tres chicos desde la vereda de enfrente.

Había estado oculto detrás del puesto de diario, apoyado contra la pared. Desde allí  vio cómo los jóvenes disfrutaban de la salida y apreció la cara que pusieron cuando vieron a la prostituta adolescente. Entonces se había acordado de algunas de sus salidas. No habían sido muy buenas. Pero sentirse vivo hace que nos olvidemos de nuestra frágil condición, produciendo el aburrimiento. Él mismo había sido propenso a éste cuando vivía.

Todas las cosas le aburrían a más tardar. Cinco o diez minutos con un asunto y  ya quería pasar al siguiente. Se cansaba rápido de los juegos de computadora. Dormía en las películas que pretendían ser artísticas sin serlo. Seguro que se emocionaba con las buenas, las de terror, aventuras y algunas de yakuzas, pero con las demás era indiferente. Por otro lado, los momentos buenos, en los que se podía acariciar la felicidad como si fuera un hermoso gato, peludo y castrado; bueno, esos eran contados. Y el gato peludo rápidamente se rebelaba, recordando que alguna vez había tenido bolas y te arañaba con sus afiladas garras.

Si la vida tenía un lado impresionante, pensó Luis, ese lado era dejarnos morir sin que nada maravilloso nos ocurriera. Se dijo que “algo” le había ocurrido al levantarse de su ataúd. Su caso era horrible, pero no común. Y todo lo que no era vulgar, tedioso y cotidiano se acercaba de alguna manera a lo maravilloso. “Éso es algo para pensar”, reflexionó Luis mientras permanecía parado en la vereda.

Ver cómo los chicos se miraban entre ellos mientras la chica se dirigía a la puerta del local, a Luis le había pateado el corazón. Cómo cuando había visto a la chica que le gustaba en La Esquina del sol. Había sentido algo, no supo en qué parte de su cuerpo muerto, que fue como las descargas que dan los médicos a los que sufrieron un ataque.

Sus ojos se habían pintado de furia. Sin verlos, ni sentirlos, supo que habían adoptado una expresión maléfica mientras veía acercarse a los dos jóvenes.

Ahora, se dijo que el daimon lo había puesto allí para que se entregara a algún tipo de oscuridad. Y mientras sostenía con su mano la pistola que el engendro le había dejado, se percató que el crimen se convertiría en un vicio que lo distraería de su momentánea condición de muerto viviente en descomposición. Pronto sería polvo, ya que la putrefacción no sólo había alcanzado sus dedos y cara, sino que todo su cuerpo había empezado a derretirse y su camisa blanca estaba pegada a las costillas, que vencían a la piel.

No pasaría mucho tiempo y él no sería más que un esqueleto caminante. Y luego sus huesos se romperían y su larga caminata habría terminado. Sin embargo, en ese momento se percató de que había una oferta en lo que el daimon le había llevado a cometer aquella noche: la insoportable insensibilidad se vería aplazada siempre y  cuándo cometiera ciertos actos. Y éstas acciones serían como una sustancia tentadora, una droga y necesitaría repetirlas cada vez con más frecuencia.

Cuando él había aparecido y matado al remisero junto con esos dos estúpidos; en ése momento, sabía que no había necesidad de producir sus muertes. Sin embargo, algo que yacía dentro de él, una emoción que su alma había engendrado desde que despertó de su muerte, comenzó a florecer. Así, le había arrebatado la razón, produciendo placer en el asesinato. No había podido aguantar la idea de que aquellos seres vivieran y de que él, un chico casi “ejemplar”, hubiera recibido unos cuantos tiros en el estómago como si fuera la peor basura de la ciudad.

El odio prende mucho más fácil que el amor y se lleva mucho más tiempo dentro. Éste había poseído a Luis, haciéndolo sentir vivo en el sentido concreto y químico de la palabra. Se había despegado de la pared, lanzando una patada al puesto de diario.

Cuando había matado al remisero, advirtió cómo sus pies sentían de vuelta el peso de su cuerpo.

Le había disparado a Chula; y un mechón de pelo en su frente le empezó a molestar.

Al matar a Olga, había disfrutado mientras lo que quedaba de sus pulmones se hinchaba, repleto del aire fresco que soplaba esa noche.

Luego, cuando se le habían acabado las balas, se quedó con una sed de sangre profunda e insaciable. No, no era un vampiro que tomaba literalmente la sangre de sus víctimas. Se había convertido en un súcubo sediento de violencia. Necesitaba disparos; sangre saltando, cerebros estallando, violaciones descomunales y extravagantes orgías. La violencia había revivido a Luis.

Adivinó lo que le ofrecía el daimon: sé violento, utilizá la fuerza y tus tejidos se mantendrán fuertes por más tiempo mientras tus células se regeneran. El engendro necesitaba descubrir a qué dios servía, pero Luis sospechaba que algún día descubriría que la divinidad a la que ofrendaba era tan nefasta como los otros fanatismos a los que conducían la ignorancia mal practicada. No había duda, se buscaba siempre seguridad, se buscaba poder nombrar algo que no tenía nombre y no debería por qué tenerlo.

Dos veces había deseado ir detrás de aquellos chicos que corrían calle abajo; miraba con el arma apretada en la mano, a un costado de su cuerpo; en una postura casi desgarbada que a Luis si hubiera podido verse le habría recordado la propia silueta del daimon.

Sólo había faltado dar el primer paso. Luego de atraparlos, apoyar la mano en sus pechos y arrancarles los corazones o ahorcarlos hasta que sus caras se tornaran moradas. Dos veces había avanzado para perseguirlos y las dos veces tuvo que luchar consigo mismo.

Él no iba a seguir el juego propuesto por el daimon. No iba a convertirse en un muerto drogadicto de las contorsiones agónicas de los demás. No se encerraría en una jaula menor que la de la muerte; nunca había visto una mariposa convertirse en eterna crisálida. No mamaría de la violencia para ahogarse ante el desborde del chorro caliente succionado, que partiría sus labios y lo haría llorar por toda la eternidad.

 ¡NO!

Finalmente, intuyó que el demonio, ya no sólo daimon, era muy parecido a él y que si daba los pasos para los que le había dado la pistola, entonces, el parecido crecería y los dos serían gemelos.

Tal vez, su piel tardaría más tiempo en pudrirse, revitalizada por el torrente de sangre derramada. Acechante en la oscuridad, se convertiría en una leyenda. Ésta era otra de las tentadoras ofertas que el daimon le ofrecía; sería temido por los niños y aborrecido por mayores. Veía padres susurrando al oído de revoltosos niños su nombre. Sería un mito que cobraría sus víctimas noche tras noche y viviría no sólo del recuerdo de las personas, sino también de la sangre. Pero él no iba a ser, en este caso, más que un monstruo al que todos temerían. Luis Marte se dijo que él no había nacido para eso.

Se dijo que ya había muerto y con una vez bastaba, no necesitaba fenecer por siempre enarbolando callado la bandera de la venganza, desapareciendo en la nada de la satisfacción; prefería hundirse con las manos vacías en la oscuridad, alimentando el grito, la cosquilla, que crecía en su insondable pecho muerto.

Era ambicioso y quería algo mejor. Se lo merecía. Así que, mientras su cuerpo volvía a estar tan muerto como antes, dejó que su pistola —la pistola del daimon, ahora— se deslizara por su huesuda mano y cayera al suelo. Luego, observó lo que había causado.

Cuerpos aquí y allá, en tres puntos de la vereda de la remisería. Sangre espesa. Siempre había estado del lado de los buenos, admiraba a los héroes de las películas y estar muerto no era una excusa suficiente cómo para pasarse al otro bando, ¿no?.

Desapareció lentamente de aquel lugar como lo hacían todas las sombras de la noche mientras los faroles se apagaban y el amanecer agitaba de vuelta la vida. A lo lejos, una sirena de policía distribuía su lamento.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Suerte al zombi. 14. El justiciero.

Cuentos, novela, suerte al zombi

14. El justiciero.

Jorge bajó el peldaño y espió una vez más, asomando su cabeza fuera de la guarida donde estaba con sus amigos, en la entrada del edificio. Les contó a los demás lo que había visto. Los tres salieron corriendo y doblaron en la esquina, para tratar de que Chula y Olga los perdieran de vista.

Al doblar en aquella esquina, Jorge se fijó si tenían la suerte de que algún colectivo pasara en aquellas horas, pero la calle estaba vacía. Ni siquiera un taxi. Debían de ser las cuatro de la mañana y lo único que se veía en las calles de ese antiguo barrio céntrico eran gatos. Miró hacia la otra vereda, donde había una remisería. El viaje les saldría caro, se dijo Jorge, pero era la única forma de que aquella noche terminara. Los tres cruzaron corriendo, siempre con Jorge a la delantera y, gracias a que la puerta de la remisería estaba abierta, entraron.

La remisería tenía un antiguo mostrador, por lo que parecía que era un antiguo almacén reciclado. Jorge llamó, pero nadie salió. El lugar parecía estar vacío. Esperaron diez segundos y Jorge golpeó la madera del mostrador con el puño cerrado… Diez segundos más. Jorge miró a sus amigos y en silencio se dispuso a golpear nuevamente el mostrador cuando un hombre gordo, bajito y pelado, salió de una especie de biombo que separaba el negocio del interior de aquella casona. El hombre caminó hasta ellos tratando de meter su camisa dentro de sus holgados pantalones negros. Tenía la cara y la camisa tan sudada que parecía que le habían echado aceite. Sus regocijados ojos húmedos flotaban entre marcadas ojeras. La pelada brillaba y en ese reflejo, efecto de la lámpara que colgaba del techo, fue en el que se concentró Juan para no reír a carcajadas cuando el hombrecito les habló. Se acercó a ellos sonriendo:

 —Miren chicos, estoy yo sólo trabajando hoy… —Hizo una pausa, se llevó las  manos a su pelada y trató de secarse la transpiración—. Si quieren que los lleve van a tener que esperar a que cierre el negocio.

Las cortinas rosas del biombo se movieron y una pequeña mano femenina apareció ante la vista de todos. La joven salió ante la curiosa mirada de los tres amigos, acomodándose una remera ajustada. Después de ponerse la top, se calzó el zapato de taco que llevaba en la mano y se acomodó el que ya tenía puesto pisando en el piso varias veces.

Era una prostituta joven, casi adolescente, de no más de diecisiete años. Su pelo era castaño y sus facciones de gran belleza. Cuando terminó de arreglarse, levantó la vista, mostrando sus ojos azules. Al ver a los tres jóvenes, lanzó una risa inocente al aire y les dedicó una sonrisa. Se acercó al remisero, le sonrió y susurró algo al oído. Éste fue a la caja y sacó veinte pesos que le entregó a la chica, dándole una palmada en su pequeño y bien formado trasero, protegido tan sólo por una minifalda verde claro.

Por los nervios acumulados aquella noche o por otra razón, lo cierto era que Juan empezó a reír. Jorge lo siguió. ¡Así que por eso no aparecía el tipo! De repente, se sintió a salvo y una sensación grata lo colmó. Miró la cara de sus amigos; los ojos de Leonardo brillaban, Juan no paraba de ojear el culo de la chica con una sonrisa tonta.

La joven prostituta se dirigió a la puerta de calle. Por un momento todo lo que escucharon los tres chicos fue el ruido de los tacos de aquella chica golpeando el suelo de la remisería. A los jóvenes les pareció que el tiempo se detenía y los hechos se estiraban en cámara lenta; los pasos de la chica hasta la puerta, las sonrisas dibujadas en sus propias caras, la cara del remisero pelado que miraba cómo se movía el trasero de la chica mientras se alejaba. Vivieron aquel momento como ningún otro en su vida. Se sintieron jóvenes.

Eso era lo extraño; ellos eran jóvenes, casi adolescentes. Sin embargo, sentirse joven era distinto. Se miraron entre ellos y se entendieron  dejando atrás todo otro pensamiento que no sea: ¡Qué noche extraña!. Sus almas se conectaron. Estuvieron a punto de alcanzar el secreto de la inmortalidad, pero una mosca que zumbaba pegada a la lamparita que colgaba del techo los distrajo. El momento pasó y, sin embargo, parecía seguir estando ahí, tan al alcance de sus manos.

Leonardo miró al remisero, mientras la prostituta alcanzaba la puerta y preguntó:

—¿De dónde saca esas putas tan lindas?

 —Sandra no es una puta, es un ángel—contestó el remisero.

En el fondo, todos ellos estaban dispuestos a creerlo. La siguieron con la vista hasta que bajó el escalón y siguió caminando, ya fuera del negocio, pegada a la vidriera de la remisería. Luego desapareció y todos volvieron a tierra.

El remisero agarró las llaves del negocio y los chicos empezaron a discutir sobre cómo había tocado el baterista de Los Misteriosos.

—Tenía la pierna dura como sorete de terraza. Creo que fue uno de los peores días de Darío—dijo Jorge.

 —Para mí estuvo bien… el problema es que lo dejó la novia.—opinó Leonardo.

 —¿Y eso qué tiene que ver?—preguntó Juan.

—¡¿Qué tiene que ver?!—Leonardo miró a Juan cómo si éste hubiera preguntado cuantos días tiene la semana—. Cuando lo emocional va mal, todo va mal. No podés llevar el ritmo… el pibe está destruido.

Siguieron hablando sobre Darío, el baterista de Los misteriosos, sin darse cuenta que Chula y Olga aparecían en escena caminando por el mismo lado por el que se había ido la prostituta. Olga estaba fumando un porro y Chula había guardado la navaja para comer un alfajor Guaymallen que había comprado en un quiosco de por ahí. Ambos estaban cansados y se habían olvidado ya del grupo de chicos. Olga se dio media vuelta y miró hacia atrás.

 —¡Qué puta ésa eh, Chula! Si tuviera unos pesos de más… ¡Qué buena que estaba!

Chula asintió con la cabeza y cuando iba a darle un nuevo mordiscón a su alfajor, miró hacia dentro de la remisería, donde divisó a los tres amigos.

Les sonrió a través del vidrio. Los tres jóvenes miraron atónitos. Olga también los había descubierto y trataba de saludarlos con una sonrisa burlona mientras les clavaba sus desorbitados ojos.

Al ver a Olga, reaccionaron y se dirigieron velozmente a la puerta. Chula iba a meterse en la remisería, cuando los otros alcanzaron la puerta y cerraron, dejando atrapada la mitad del cuerpo del joven dentro del negocio. Éste empujó, sus desesperados ojos azules fulminando los de Jorge. Olga ayudaba tratando de abrir la puerta y maldiciendo.

Dentro, los tres jóvenes empujaban tanto que a Chula le dolía el brazo y gritaba como un cerdo degollado. De repente, se escuchó un grito que se hundió en los oídos de los tres amigos. Sin dejar de empujar, Leonardo y Juan miraron sobre sus hombros.

El remisero estaba parado en la mitad de la remisería, apuntando a la puerta con un arma. Jorge no se percató de esto hasta que sintió algo frío que le tocaba la nuca. Al darse vuelta, mientras seguía empujando para que Chula no se metiera, vio como el pelado le apuntaba a la cara.

—¡Salgan ya todos de mi negocio!…O les pongo balas hasta en el culo.

Hablaba con tranquilidad, pensó Jorge mientras empujaba. Había tenido buen sexo esa noche y por eso controlaba sus nervios. Olga maldecía a Jorge, mientras Chula seguía gritando de dolor.

—Repito: ¡Salgan todos de acá!…—Una gran gota de sudor se deslizó por la llanura de su cien y cayó al piso—. …¡Ya!…¡Dejen la puerta!…¡Voy a contar hasta tres y los cago a tiros!

Jorge dejó que sus amigos siguieran empujando y se enfrentó a la cuarenta y cinco del remisero.

—¡Uno!,…¡y  voy para dooos!

—Escúcheme—Trató de explicarse Jorge—. Si salimos, estos dos drogados van a matarnos, ¡están locos!

 —¡Dos!… ¡y  voy para treees!

Atrás de Jorge, Leonardo y Juan seguían empujando la puerta. Chula había logrado meter un brazo y trataba de agarrar la cara de Juan mientras escupía a Leonardo. Éste miró atrás y dejó de empujar.

— ¡Y….!—apuró el remisero.

—¡No dispare!—dijo Jorge y tocó a su amigo—. ¡Dejá la puerta!

Juan dejó de empujar. La puerta se abrió y dio contra la vidriera con gran estruendo. Chula quedó libre y cayó al piso, desde donde puteó. Luego se levantó, sediento de venganza, con su cara hinchada y colorada.

Olga y Chula quedaron a la vista del remisero pelado, que los apuntaba. Chula tenía un hilo de saliva que recubría sus labios haciéndolos brillar. Habló escupiendo:

—¡Hola, Ruben!

 —Arreglen sus asuntos afuera, Chula. No quiero problemas en el negocio.

 —No va a haber problemas, Ruben, ¿alguna vez nos metimos con usted?—Chula  movió su dedo índice en el aire—. ¡No! ¿Alguna vez nos metimos con sus putas?—. Chula miró a Olga que negaba con su cabeza y luego repitió— ¡Nooo!—Ahora miraba fijamente al remisero—. Usted es como nosotros, Ruben: ¡un gran pajero!—. Chula escupió la baba que le incomodaba. La saliva salió con una flema blanca que cayó en la zapatilla de Jorge, donde se quedó adherida.

 Jorge no vio la mancha blanca en su zapatilla ya que estaba pensando en como escapar. “¡Imposible!”, se dijo mientras observaba como negaba con la cabeza Olga.

 —¡Salgan!— Ruben apuntaba a la cabeza de Jorge mientras hablaba—. ¡Vamos!…

Chula y Olga se corrieron a un costado. Jorge fue el primero en salir. Olga empezó a reír con la súbita intensidad de un maníaco. Chula se metió un dedo en la nariz y extrajo una mucosidad verde que pegó en la frente de Jorge mientras éste salía. Jorge, que estaba verdaderamente asustado, lo aguantó callado.

—Traten de no ensuciar mi vereda, Chula—dijo Ruben y señaló la vereda contigua—. ¡Mátense al lado!

—Está bien, máquina—dijo Chula mientras posaba sus ojos en las figuras de los tres chicos que, en fila, habían salido del interior de la remisería.

Otra vez estaban enfrentados. Los tres vieron como la luz de los faroles se reflejaba en el filo de la navaja que Chula les enseñaba mientras Olga reía maliciosamente. Por encima de su risa, un sonido se escuchó.

Sonó a chapa. La habían golpeado fuerte. Todos torcieron sus cabezas y sólo uno acertó en la dirección.

En la vereda de enfrente había un puesto de diario cerrado. Jorge vio como una sombra salía de atrás de éste y se deslizaba lentamente hacia donde estaban ellos. No se podía ver claramente a quién pertenecía ya que en el lugar un gran árbol filtraba la luz  el alumbrado. No había duda de que era un ser humano él que la causaba, ya que podía verse la alargada sombra de dos piernas que se acercaban. Jorge miró a Chula, que parecía babear de satisfacción.  Al volver la vista la sombra se había hecho carne. Juan gritó.

Alguien estaba parado en la calle, mirando al remisero, que había empezado a cerrar su negocio. Del lado derecho de la puerta de la remisería formaban una fila los tres amigos; del lado izquierdo Chula y Olga los amenazaban. Juan había gritado porque el desconocido llevaba un arma con la que apuntaba a Ruben. Éste levantó la cuarenta y cinco.

Se escuchó un disparo y la cabeza de Ruben se echó para atrás desparramando en la vidriera buena parte de su contenido. Luego de tambalearse, todo su cuerpo se desplomó. Chula miró hacia donde venía el disparo y se encontró con el impresionante semblante del que había apretado el gatillo.

Éste parecía un justiciero, parado en el medio de la calle, con las piernas separadas. Vestía un saco negro y pantalones del mismo color. Chula le enseñó primero la navaja, luego sus dientes y se abalanzó contra el joven desfigurado.

El desconocido acercó su arma al pecho de Chula y disparó dos veces. Las balas traspasaron al joven y se perdieron dentro del local.

Olga le pegó una patada en el estómago al justiciero, mientras los tres chicos dejaban de mirar asombrados y empezaban a correr. El justiciero apenas trastabilló; avanzó, ofreció su cara y dejó que le pegara una y otra vez.

 —¡Sos más feo que un sorete!—gritó Olga mientras empezaba a darse vuelta para huir.

 —¡Date vuelta!—El desconocido hablaba guturalmente.

Olga se dio vuelta. Era imposible saber cuándo, pero había metido la mano en el bolsillo y recuperado un porro. Se plantó frente al justiciero y le dio una última pitada a aquel porro. El justiciero disparó una vez a la cabeza y observó como el porro iba cayendo. Un orificio empezó a chorrear sangre en la frente de Olga. El justiciero apretó nuevamente el gatillo pero la bala no salió. Apretó otra vez. Nada. Se le habían acabado. Olga se derrumbó.

Cuando el justiciero se dio vuelta, los otros jóvenes habían desaparecido. Corrían desesperadamente, cien metros más abajo, por el medio de la calle.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 13. Jorge, Leonardo y Juan versus Olga y Chula.

novela, suerte al zombi

3. JORGE, LEONARDO Y JUAN  VS.  OLGA Y CHULA.

 

La pelea había empezado en un boliche. Estaban en ese lugar porque uno de los amigos de Juan tenía una banda llamada Los Misteriosos, que tocaba antes de medianoche. Los Misteriosos ya había dado rienda suelta a su triste melodía y fueron reemplazados por un rabioso DJ.

Jorge y sus amigos se sentían extraños en aquel ambiente. Miraban con repulsión a los punks y darks; las chicas vestidas de negro y con cara de mala suerte nunca les habían caído bien y siempre habían preferido los boliches comúnmente conocidos como “caretas” a estos que atentaban contra lo que para éste trío era el alma de las salidas: diversión y tratar de ganar alguna mina. El hecho de que pocos bailaran iba en contra del objetivo principal de las salidas ya que las chicas escaseaban en la pista. Leonardo se expresó al respecto, gritando por encima de la música:

—¿Para qué mierda vienen acá estas minas? ¿Me van a decir que no les gusta una pija?

 Jorge se acomodó la remera ajustada que llevaba y habló mientras miraba a dos chicas de flequillo.

—¡Mirá esas stones!…, ¡qué asco!, parecen que les hubiera cagado un pajarito en las cabezas.

 Juan se rió.

 —Las stones siempre me dieron asco—dijo mientras arreglaba el embrollo que la acumulación de gel había perpetrado en su cabello.

Luego, después de dar sus opiniones de unas cuantas chicas y chicos que se habían animado a meterse en el desolado terreno llamado pista, Leonardo dijo:

—¡Mirá esa!—La mirada de todos se dirigió para un mismo lugar, donde una rubia expulsaba sus curvas al aire al lado de un grupo de amigas.

Leonardo dejó a sus amigos, se acercó al grupo de chicas y agarró con su mano a la de la rubia. La Rubia dio media vuelta y siguió contorneándose frente a Leonardo, que sonrió de satisfacción al advertir que sus dos amigos estaban mirando.

En realidad, lo que Jorge y Juan observaban eran a dos jóvenes que se acercaban empujando a las personas que estaban atrás de Leonardo. Lo que les llamó la atención de estos dos jóvenes, era que parecían estar muy borrachos, o muy drogados, no sabían distinguir, y que el más bajo trataba de detener al más alto, en cuyo rostro se evidenciaban intenciones no muy amigables con respecto a Leonardo. Juan se dio vuelta para encontrarse con su amigo Agustín, el cantante de la banda Los Misteriosos.

 —¿Leonardo tiene problemas con Chula y Olga?— preguntó Agustín mientras se llevaba un vaso de Piel de Iguana a su boca.

—Si esos dos son Chula y no sé qué, sí… ¿parece que le van a pegar, no?—dijo Juan tratando en vano de ganarle a la potencia del parlante que tenía cerca.

 —Van a tener que saltar por Leo— Agustín tomó otro trago—. Esos dos son unos hijos de puta. Son bravos… —Eructó— Chula pone buenos derechazos y el más bajito tira patadas por todos lados. Maxi y yo nos peleamos con ellos la semana pasada; a Maxi le quebraron el pulgar, por eso hoy vino Andrés. Siempre andan… ¡Eh!, ¡¿Qué haces?¡

Agustín trataba de hablar mientras una morena lo abrazaba y besaba.

Juan vio que el joven músico desaparecía, arrastrado por la impetuosa morena. El cantante, a diferencia de los otros de una banda, pensó Juan, siempre gana. O ganá más.

Miró hacia la pista donde Leonardo se estaba empujando con el más alto, Chula. El otro, Olga, trataba de calmar a Chula. Cada uno hacía su parte, porque todos, en el fondo, sabían donde iban a terminar.

Juan estaba pensando en intervenir cuando sintió la mano de Jorge que lo empujaba. Así, entre el estruendo musical, Juan se dio cuenta que la boca abierta de Jorge formaba una sola palabra: ¡Vamos!. Sólo se le ocurrió pensar que Jorge era el más valiente de los tres y se avergonzó por ello.

 Olga trataba de calmar a Chula, que seguía empujando con sus manos a Leonardo.

 —¡¿Qué te pasa?!—dijo Leonardo mientras veía la cara de Chula que lo enfrentaba.

  —¡La concha de tu madre!—dijo Chula, tirando su pelo largo para atrás y volviendo a empujar a Leonardo.

  —¡Dejalo! Nos van a sacar a patadas de vuelta, boludo—agregó Olga, metido en el medio de Leonardo y Chula.

 —¡El boludo se puso a bailar con La Rubia, Olga!—gritó Chula y trató de darle un cabezazo a Leonardo.

Mientras Juan y Jorge trataban de llegar a su amigo, Chula se liberó de Olga y dio un golpe a Leonardo en el estómago, diciendo:

—¡La concha de tu madre!

Jorge y Juan alcanzaron a Chula cuando su amigo caía en el suelo de la pista llevándose las dos manos al estómago. Jorge se acercó a Chula y le tiró un puñetazo directo al mentón, Olga vio que Juan se acercaba y le tiró una patada que se incrustó en sus genitales. El revuelo hizo acudir a los patovicas del lugar…

En fin, todos terminaron en la calle.

—¡Mátense afuera!—dijo un patovica de voz rasposa, y se metió dentro del boliche dejando al grupo en la desolada calle porteña.

Llovía. El boliche ya parecía un templo pagano, medio gótico para variar, no un boliche, lo que también parecía por la tarde antes de que la música empezara a resonar.

Jorge y sus amigos, Leonardo y Juan, debieron enfrentar los ojos revueltos e inyectados en sangre de Chula y los pequeños y perdidos de Olga.

El grupo de Jorge formó una línea que enfrentaba a la que habían tratado de formar sin éxito Chula y Olga. Chula tiraba su cabeza para atrás, tratando de acomodar su cabellera —que le llegaba a la cintura—, y sacó una navaja de uno de sus bolsillos. Al verla, los tres chicos se dieron cuenta que se estaban por meter en una nueva clase de experiencia en peleas, ya que ellos trataban de evitar estas situaciones y eran pocas las veces que se habían agarrado a trompadas.

Ver la navaja marcar un semicírculo cortando la llovizna, a los tres le dio dolor de estómago y un sudor frío corrió rápidamente por sus cuerpos, inmovilizándolos. Jorge rompió este hechizo; fue el primero que se lanzó a correr. Sus dos amigos no dudaron en seguirlo. Era valiente, pero también tenía algo de cerebro, por eso su valentía valía más.

Chula miró a Olga, que miraba embobado como los chicos se le escapaban. Olga tenía el pelo negro corto, con un peinado punk —bastante conservador; tan sólo sus pelos se erizaban como dientes de un rastrillo, el resto parecía medio sacado de contexto— y su cara era muy extraña. Sus ojos eran negros y no brillaban demasiado. Tenía cejas muy peludas y pelos en su fina nariz, a la que llevaba el dedo a cada rato, ya sea para rascarse o para hurgarla. Muy bajito y flaco, si no fuera tan bajo seguramente luciría desgarbado. Tenía pies planos que daban la sensación, junto con el movimiento extraño de sus ojos, de que nunca decidía que camino tomar. Remera roja de mangas largas estilo skater, pantalón negro ancho y desgastadas zapatillas blancas All Stars, eran su atuendo. La cosa que más apreciaba: el pequeño aro de River que tenía en su oreja izquierda, a la que llevaba cada rato su mano por superstición, ya que creía que lo ayudaba en momentos en que se encontraba confundido. Cómo en éste. ¿Qué hacer?…

¿Correr a esos chicos o no?… ¿Para qué correrlos?…

Sólo una cosa le vino a su mente. Metió sus manos en los bolsillos.

 —Tirame un porrito, Chula… —Olga revolvía con sus manos el bolsillo del pantalón—  … Se me…—Miró hacia la puerta del boliche, que vibraba con el retumbe de la música contenida—. ¡Hijos de puta!.

Chula señaló con su navaja a los tres que corrían a lo lejos. Era muy alto y llevaba el pelo por la cintura. Su piel, era muy pálida; su mirada, gatuna, fría y profunda, tanto que parecía simulada por sus quietos ojos azules. Casi no tenía cejas, ya que era lampiño y su nariz era fina y larga. Su boca, en contraposición a los ojos, parecía estar siempre sonriendo con malicia. Vestía una remera mangas largas que decía Sepultura, suelta, bastante coloreada, y  enfundaba sus interminables piernas en unos pantalones negros de cuero achupinados. Su cuerpo debía pesar solamente gracias a los colgantes y anillos que usaba.

 —¡Vamos, Olga!…¡Les voy a romper la cabeza!—dijo Chula.

 —¡Vamos a sacarle todo lo que tengan a esos conchetos!—aportó Olga, los consideraba más chetos que ellos por como vestían y se peinaban aunque ellos, Chula y Olga, habían nacido en un barrio, y en un contexto, en general, mucho más privilegiado que los que odiaban y los que estaban determinados a perseguir hasta el fin.

Los dos corrieron hasta la esquina, donde doblaron para seguir a Jorge y a los otros dos.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

 

Suerte al zombi. 12. La revolución blanca.

Cuentos, novela, suerte al zombi

12. LA REVOLUCIÓN BLANCA

Luis se detuvo en el portal de un viejo edificio de aquella cuadra, cerca de donde se había encontrado con el daimon, con la treinta y ocho en la mano derecha. Para su sorpresa, los tres jóvenes se escondieron en una de las entradas de los edificios cercanos a la esquina por donde habían aparecido y uno de ellos miraba continuamente calle abajo, seguramente para verificar si había rastros de los perseguidores. Luis guardó la pistola en el cinturón.

Fue ahí, mientras esperaba para descubrir quién era el que perseguía a estos jóvenes, donde vio su aspecto por segunda vez después de muerto. La primera, había sido en el espejo del baño de “La Esquina del Sol”. Ésta fue en la chapa del portero eléctrico de aquel edificio.

Deformado aún más por la naturaleza del elemento en que se veía atrapado, su reflejo convertía a Luis en un monstruo. Su cara estaba demasiado amoratada y le faltaban pedazos de carne en algunos lugares. En el pómulo izquierdo del reflejo, que sería el derecho en la realidad —¡la realidad!, pensó Luis, era una palabra demasiado obscena y soberbia como para nombrarla en aquellos momentos— había aparecido una mancha blancuzca. Al acercar su faz al portero, Luis se dio cuenta que aquella mancha no era más que el principio de su propio hueso. ¡Así que los gusanos habían disfrutado su cena de madrugada!

Rápidamente, se llevó la mano a la cara para tocar aquella zona. Al hacerlo constató nuevamente que su mano no le transmitía ninguna sensación táctil. La única bendición había sido perder el sentido del olfato, ya que gracias a eso no podía sentir su propio olor a podrido. Luis se dijo que, tal vez, todo fuera plan de un dios inepto que había fallado al resucitarlo completamente; lo había dejado en este estado, muerto, y con los sentidos táctil y olfativo atrofiados. Tal vez, las mismas leyes que actuaban en el nacimiento, lo hacían para la resurrección; él se había levantado antes de tiempo y, prematuro, estaba pagando las consecuencias de este desliz divino. Siguió mirando su cara por unos segundos, elevó los dedos de su mano izquierda y se los quedó mirando asombrado.

El dedo índice había perdido la carne que lo recubría y la falange estaba completamente desnuda, en la superficie, brillando por los reflejos de las luces de mercurio de la calle. Su uña parecía haber crecido. ¡Así que había empezado la revolución!, pensó Luis. Piel y carne reemplazadas por sucia blancura. Mientras articulaba la falange delante de su vista no pudo evitar volver a preguntarse quién le había hecho volver a la vida y para qué. No había razones en este momento y Luis pensaba que tampoco las habría en el futuro. Simplemente, era el sueño de la eternidad frustrada, porque él, sin vida, podía ver cómo se estaba pudriendo. ¿Cuantos días faltarían para que sus ligamentos y huesos se empezaran a romper y debiera arrastrarse o quedar tirado en el piso?

¿Qué razón tendría aquella existencia?, se preguntó Luis mientras bajaba su mano y escuchaba las asustadas voces de los jóvenes. Pensó que si realmente existía un Dios, éste debía estar más loco que el daimon pistolero. En ese momento, el pequeño parlantito incrustado dentro del portero del edificio comenzó a chillar interferencias.

El murmullo metálico subió de tono y se escuchó un chasquido. Alguien iba a hablar de algún piso de aquel viejo emporio. La voz del daimon fue claramente identificable. Tranquila y chillona a la vez:

 —Tenés trabajo que hacer, Luis… Ellos están por pasar y va a ser mejor que los sigás… No podés quedar mal en tu primer día. Tu cuerpo te lo va a agradecer—Calló por un momento y luego gritó:—. ¡Suerte al zombi!

El portero hizo un último chasquido y quedó callado.

Los jóvenes salieron de su escondite ante el aviso del que miraba calle abajo.

Luis se asomó y miró. Los tres chicos que venían corriendo estaban muy asustados.

El joven muerto se escondió nuevamente en la entrada del edificio y vio cómo las tres siluetas de los chicos cruzaban por un segundo ante su campo visual y seguían corriendo calle abajo. Se dio cuenta que era el turno de los perseguidores y se mantuvo apretado contra la pared. Al rato aparecieron.

Éstos eran dos y estaban muy agitados, por lo que habían dejado de correr y pasaron caminando frente a Luis. Uno era un joven alto y flaco de melena larga y negra, que movía su cabeza exageradamente mientras caminaba y, exhausto, abría la boca para dejar entrar aire en sus pulmones. El otro era mucho más bajo y llevaba pelo corto negro, crispado, y miraba al cielo mientras respiraba con dificultad y puteaba. Un punk moderado, pensó Luis y se fijó mejor en el de pelo largo; llevaba una navaja en su mano y su mirada inyectada en sangre denotaba que estaba muy puesto.

Al llegar a la esquina, el más alto gritó, maldiciendo y alentó al otro para que empezara a correr. Los dos se internaron calle abajo. Luego, volvió el silencio.

Luis Marte vio como el alumbrado público de aquella cuadra chisporroteaba y se apagaba. Trató de ver su cara nuevamente en el portero. No pudo, la luz de la luna no era suficiente. Entonces salió de su escondite y, recordando las palabras del daimon, fue tras aquellos lunáticos.

por Adrián Gastón Fares

PD: Seguirá ¡Suerte al zombi! Pero me gustaría también que lean esta entrevista en la que hablan de Beethoven:

http://negratinta.com/sergi-bellver-beethoven-llego-a-ser-un-genio-porque-se-empecino-en-ser-libre/

y que vean esta película (no se han hecho muchas sobre Beethoven) No hay mucho para elegir. Aquí un usuario la subió gratis en español. Yo la encontré en alta calidad en inglés. Se llama Copying Beethoven (La pasión de Beethoven en español) y fue dirigida por Agnieska Holland en el año 2006 (hace más de diez años).

 

 

Suerte al zombi. 11. La cortó porque no le gustó.

novela, suerte al zombi

11. LA CORTÓ PORQUE NO LE GUSTÓ.

 

López clavaba la pala en la tierra y la sacaba, arrancando nudosas raíces. Parecían pertenecer al olivo que crecía al costado de la parcela de tierra, donde estaba enterrando a la prostituta.

Garrafa dobló en un sendero del cementerio y caminó hasta el lugar con una pala, uniéndose a su amigo. Un atardecer violeta los bañaba convirtiéndolos en siluetas que se levantaban a contraluz en el horizonte, mientras la noche empezaba a dejar caer su negrura.

Garrafa dejó de cavar y observó el cuerpo de la prostituta, que yacía al lado del montículo de tierra.

—La destrozó a la Húngara. Mirá esos tajos— Clavó la pala en la tierra—. Me siento mal por esto, López.

López dejó de cavar y miró a Garrafa.

—El trabajo es muy bueno, Garrafón. Lo malo es que tengo ganas de matar al turro ese. Dicen que no sale nunca, siempre está encerrado en esa casa inmensa; los del bar la llaman “El Castillo”.

Garrafa tiró la pala y se sentó cerca del agujero. López lo miró. Hizo lo mismo, dejó caer la pala. Los dos miraban el cadáver que yacía del otro lado de la fosa.

 —Van dos veces que entierro a la Húngara y no me causa gracia, López. No me causó gracia ni la primera vez.

 —Era buena cogedora la perra.

 Garrafa rió:

—Me acuerdo que cuando tenía catorce años, el viejo me llevó a verla. Me agarró del bracito y me dijo; “Hoy vas a conocer lo que es una mujer”

Soltaron una risa tímida.

Garrafa se puso serio y le habló al sol caído mientras López se levantaba, agarraba la pala y continuaba cavando.

—Era una buena mujer… tenía hijos y los cuidaba con su trabajo. Si no, nunca hubiera permitido una puta en mi cementerio… —Miró a López—. ¿Era una buena mujer, no, López?

 —Sí, Garrafa—contestó López clavando la pala.

 —Entonces… ¿por qué se la entregamos a ese degenerado?

  —Porque nos paga bien por eso.

  Garrafa miró hacia las ramas del olivo, que se movían entre las crecientes sombras.

 —La cortó toda, López… Creo que fue mi último trabajo. Tengo el cementerio, ya es mucho.

  López dejó de excavar y miró a Garrafa con expresión seria por primera vez.

  —¿Sabés por qué la cortó, Garrafa?

—Porque es un enfermo.

  López negó con la cabeza.

 —No viejo. La cortó porque no le gustó. Cuando vos la fuiste a bajar del caballo, yo le dije que era una puta vieja y él me contestó que iba a jugar con ella porque las putas no le gustaban. “Es la última vez que me traen putas”, dijo.

Garrafa no dejaba de mirar al viejo olivo y sus inmensas facciones parecían reflejar una intensa emoción.

—Ese guacho merece morir, López.

—Si no pagara…

López escupió hacia un costado. Su amigo lo observó por el rabillo del ojo, con la vista todavía clavada en el árbol. Frunció el ceño.

—¿Sabés lo que me dijo el otro día cuando le lleve la morena?—dijo Garrafa mientras lentamente daba vuelta su cabeza para mirar a López, que negaba con la suya—. Me dijo que no quiere más viejas, quiere que le consigamos carne fresca. Cadáveres de pibas en lo posible.

López rió.

—¿De que te reís?

—Es lo mismo que me dijo ayer a mí; “No más mujeres viejas ni prostitutas”… ¿De dónde vamos a sacar pendejas?

Garrafa se levantó y caminó hasta el cadáver de la prostituta. Lo agarró de los pies y le hizo seña a López para que se ocupara de la cabeza. Éste se acercó y la levantó. Los dos se acercaron al agujero y dejaron caer el cuerpo. Luego, empezaron a tirar tierra. Garrafa lanzó la pala a un costado y se puso colorado de bronca.

—¡Escuchá, López!—. Levantó el puño y lo cerró a la altura de su cara, apretando hasta que sus nudillos quedaron blancos—. Mañana le decís a ese tipo que nos retiramos del negocio y si me llego a enterar que vos seguís con él… —Acercó aún más el puño a la cara de López—. Te estampo ésta hasta que tu cabeza se rompa. ¿Me entendiste?

 López bajo la cabeza. Luego la levantó.

 —¡Está bien!… Nos vamos a morir de hambre, Garrafa. Está bien.

Garrafa devolvió a su puño la circulación adecuada. Luego levantó la pala y los dos continuaron tirando tierra encima del cadáver.

por Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 10. Daimón.

Cuentos, novela, suerte al zombi

10. DAIMON

Luis se encontró con el viejo daimon en una de las cuadras cercanas al boliche. Éste estaba sentado en la vereda de un negocio, reclinado contra la persiana de hierro y tenía dos armas, una en cada mano, apoyadas en el piso, con los cañones apuntando directamente al cielo. Las manos del daimon eran grandes, con uñas que serían la envidia de algunas mujeres.

Levantó la cabeza y miró a Luis por unos segundos. Entonces las palabras fluyeron de su boca:

—¡Luis Marte necesita un arma!—Remarcaba cada una de las palabras con voz de falsete—. Debe cuidarse de los asesinos. Antes que me preguntés, te voy a decir que soy un daimon, viejo pero vivito y coleando. Y a continuación, paso a leerte lo que quiere decir—Metió la mano en su tapado, sacó un libro grueso y empezó a pasar las páginas—. Haber…, acá está…, esperá, eh… —Sus labios se abrieron para dejar pasar a una risa nerviosa—. Acá—Empezó a deslizar su dedo por una página amarilla—. ¡Sí!…—Se aclaró la garganta escupiendo al piso— “…todo lo que es daimónico es intermediario entre el dios y el mortal…, el daimon se ocupa de transmitir a los dioses todo lo que procede de los hombres y a los hombres lo que procede de los dioses”—Suspiró y deslizó su dedo hasta el pie de página—Acá dice que hasta el amor es un daimon…, ¿qué me contás, eh?… ¡Sí que somos famosos!—Guardó el libro en el traje.

—El problema es que no sé a que clase de dios vos servís…

El daimon soltó una risita histérica.

—Me cagaste, hermano: Yo tampoco lo sé, pero me estoy entrenando para descubrirlo y vos vas a ayudarme. En el libro dice que los daimones conducimos a las almas en su viaje al Hades y no dejamos que se pierdan. Por lo tanto, soy tu guía. Te debo advertir, también, que no soy ningún Hermes, eh. Muchos me han confundido.

Luis se quedó parado, escuchando las palabras del demacrado engendro. Miraba abajo, tratando de encontrar los ojos del daimon, pero éste miraba el piso y su larga cabellera negra y grasosa le impedía a Luis unir las facciones para hacerse un bosquejo de su aspecto.

El daimon tenía forma humana; despatarrado en la vereda, de cuerpo fláccido, cubría sus pies con unas alpargatas destrozadas y llevaba un viejo tapado marrón descolorido y agujereado, bajo el cual una camisa, que alguna vez había sido blanca, se abría para dejar salir a los hirsutos pelos que le crecían en el pecho. Su aspecto era el de un pordiosero, un vagabundo que se alimentaba de bolsas de basura.

Seguía lloviendo y el engendro abrió la boca, dejando que gotas de lluvia bañaran su garganta. Luis descubrió con fascinación que en lugar de ojos tenía dos ombligos, pequeños y hundidos, con pequeñas pestañas que se cerraban para protegerlos. Su cara era flaca y larga, como todo su cuerpo, con una pequeña boca que se movía rápidamente. Su nariz, casi imperceptible.

Mientras Luis seguía maravillado observando el aspecto del daimon, éste cerró la boca y movió su cara para mirarlo con sus dos ombligos. Habló mientras escupía el agua que había tragado.

—¡Luis Marte necesita una pistola!—Su voz más chillona aún—. Y yo tengo dos. Unas treinta y ocho común y corriente, pero funcionan.

Luis estaba pensando que aquel daimon tenía una manera de hablar parecida a la del abuelo de Los Simpsons, cuando el desgraciado levantó la pistola de su mano derecha, apuntó rápidamente y disparó. El joven vio como un gato que estaba durmiendo arriba de unas bolsas de basura, caía, se retorcía y quedaba en el piso en una caprichosa postura. Enseguida, el daimon levantó la otra pistola y se escuchó un nuevo disparo. Luis se dio vuelta para ver qué animal había tenido mala suerte en esa oportunidad, pero la bala debió de haberse perdido en la sabana gris.

Al darse vuelta, el daimon se reía a carcajadas, dejando salir de su garganta un chirrido metálico.

—Perdoná—Se llevó una mano a la cara dejando el arma a un costado y se cubrió los dos ombligos con sus largos dedos. En una instante tapaba sus “ojos” y en otro separaba los dedos frenéticamente, espiando a Luis y soltando carcajadas— ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!…, perdoname, por favor. Esta noche estoy más estúpido que de costumbre. Puede ser que tu olor a mierda me embelezca. O que tu estado me impresiona. Por eso no soy amigo de la muerte. ¡Mirá lo que te hizo a vos!

Señaló a Luis con una de las armas y se levantó, agarrando la que había dejado en el piso. Era alto, muy alto, tenía piernas largas y, de pie, su cuerpo parecía un escarbadientes ataviado. Se acercó a Luis apuntándole a la cabeza con las dos armas.

—¿Vas a perdonarme lo de las rodillas o te disparo en la cabeza?—dijo irónicamente y acercó los cañones a los ojos de Luis— Puedo hacer que las mujeres digan que tenés dos luceros muy hermosos, que alumbran con todo su…—Se agachó como si se le hubiera ocurrido el mejor chiste del mundo y escupió una risa—. ¡Sangre! ¡Ji!, ¡Ji!, ¡Ji!

“Me tocó el daimon más estúpido del universo”, pensó un confundido Luis. El idiota apuntó nuevamente y le preguntó lo mismo… ¿Rodillas? Luis miró sus piernas y se desplomó. Tenía sangre en su pantalón negro y aunque no sentía ningún dolor, al verla cayó, dándose cuenta que el daimon, al disparar por segunda vez, le había dado en su rodilla izquierda.

Lo que le pareció gracioso a Luis y lo hizo sonreír, era que no se había caído hasta darse cuenta que estaba malherido. Esto y el hecho de que tres veces había dado su cara contra el pavimento desde que había dejado el velatorio. ¿Sería que la tierra lo reclamaba? Después de todo, él debía de estar bajo tierra hacía casi un día. Era una ley acatada por todo el mundo y él la había desobedecido.

El daimon reía sin parar. “Éste es un boludo”, pensó Luis mientras trataba sin éxito de levantarse.

—¿Me perdonás, asqueroso Luis?—Le volvió a poner las dos pistolas en los ojos, esta vez apretándolas contra las cuencas—. Decí que sí y seguirás así, decí que no y vas a ser un muerto ciego… y rengo.

Luis se vio a sí mismo personificando a una de las albóndigas vivientes que arrastraban las piernas en aquellas películas de George Romero. Esta visión fue la que lo hizo gritar:

—¡Te perdono!…Sí que te perdono demonio estúpido y logúrrr…

Iba a decir loco pero una de sus cuerdas vocales saltó, como cuando se corta la de una guitarra, y le salió ese extraño gruñido de su garganta. Luis cerró los ojos. Así que se le estaban pudriendo las cuerdas vocales; era algo en lo que no había pensado. Simplemente no se veía a sí mismo mudo. Ni ciego. Ni rengo.

En ese momento sintió cómo lo levantaban. El daimon lo agarró de las axilas y lo apoyó contra la persiana metálica de aquel negocio, sosteniéndolo con sus fuertes manos para que no cayera. Luego acercó su faz a la de Luis y le susurró:

—Te voy a recomponer la pierna porque fue mi culpa.

Se agachó, pasó su pistola a la mano derecha junto con la otra y metió la izquierda dentro del orificio que había en el pantalón de Luis, removiendo la carne. Cerró la herida dando vuelta a aquella carne como la abuelita de Luis a la masa cuando preparaba ravioles. Luego, acarició el orificio quemado en el pantalón y éste se cosió inmediatamente. Soltó a Luis. Éste se mantuvo parado por su cuenta.

—¡Ya está!—dijo el daimon, mientras limpiaba su mano ensangrentada en el mohoso saco, luego miró a Luis— ¿Somos amigos de vuelta?…Amigos son los amigos: ¿Te acordás de eso, Luis?. Carlín Calvo. Pablo Rago. ¿Y si jugamos a que yo soy Carlín y vos sos Pablito, amiguito?

Luis maldijo al dios o, mejor dicho, demonio —sí es que había alguna diferencia entre los dos— que le había mandado aquel daimon. Se apartó de la silueta expectante y empezó a caminar. La pierna no le traía ningún problema. Habló casi para sí mismo, susurrando:

— ¿Cuál es el trato que vas a tener que hacer con mi alma para descubrir a tu dios?

El engendro le sonrió a Luis sarcásticamente.

—¿Trato?. Ninguno. Sólo voy a presentarte a algunos amigos—contestó.

El daimon estaba erguido con las dos pistolas colgando de sus manos. Luis lo enfrentaba. Hizo otra pregunta:

—¿Cuál es la razón de la vida?

—La muerte— contestó el daimon.

—Entonces… ¿por qué no estoy muerto totalmente?

—Porque la muerte no es la razón de tu vida. Y porque te rebelaste.

—¿A quién me rebele?—Luis había levantado un poco su tono de voz.

—Al culo de tu vieja, idiota—El daimon reía—. ¿Quién te creés que soy yo? ¿Un Yoda? No sé nada. Todo lo que te dije fueron inventos. Escuchame—Levantó su largo brazo derecho y le tendió el arma a Luis—. Sólo vine a darte esto.

Luis titubeó por un momento y luego agarró el arma. El daimon levantó su tapado y le hizo seña con el arma que todavía conservaba para que Luis guarde la suya. Éste así lo hizo. El cinturón la mantuvo entre el pantalón y la camisa blanca. Luego se acomodó el saco de vuelta.

—Te estás pudriendo, Luisito—dijo el daimon—. Voy a presentarte a un par de chicos que muy pronto van a estar tan podridos como vos. Ya vienen… —El daimon sonrió, mostrando sus dientes amarillos—. Te retuve este tiempo charlando y hablando pavadas tan sólo para que vieras a unos amigos y si querés seguirlos…

Luis escuchó el retumbe de frenéticas pisadas. Los ruidos estaban cerca. Debían ser tres o cuatro personas las que se acercaban a tropezones y corriendo. El daimon lo abofeteó para que Luis volviera a mirarlo y luego parpadeó, ocultando y mostrando nuevamente sus dos ombligos.

—Ahora usá el arma por primera vez conmigo, Luis. Dicen que traigo suerte.

Luis no dudó. Llevó su mano debajo del traje y agarró el arma atrapada en su cinturón. Se acercó dos pasos más al daimon y apuntó la treinta y ocho a la cabeza. El engendro mantuvo su arma apuntando al piso y Luis apretó tres veces el gatillo, dando de lleno en la cabeza del daimon mientras éste sonreía como un payaso de circo. Cuando la última bala penetró en el cráneo y éste se abrió dejando caer su contenido dentro de un negocio —los sesos atravesaron las persianas de hierro oxidado con forma de rombos— el daimon desapareció dejando su arma tirada en el lugar donde había estado parado.

Luis gatilló una vez más, pero el cargador estaba vacío. Los pasos se escuchaban ahora mucho más cerca y había también voces que gritaban exhaustas en la carrera. No había duda. Se acercaban hacia donde él estaba. Estarían a la vuelta de la esquina y aparecerían en ésta en cualquier momento. La lluvia cesó. Los pasos resonaron.

Luis tiró el arma usada. Se agachó y tomo el arma que había dejado el daimon en el suelo, cuando el grupo que venía corriendo alcanzaba la esquina.

Estaban desenfrenados. Eran tres jóvenes y corrían gritándose entre ellos y mirando para atrás. Sí, asustados y desesperados. Alguien o algo los corría. Luis agradeció al daimon que le hubiese dejado su pistola… —dio vuelta el cargador verificando el contenido— cargada. Y se sintió más vivo que nunca.

por Adrián Gastón Fares

Pd: (La ilustración es una que hice para otro daimon, está vez en un árbol, para uno de los poemas del joven pálido)

Suerte al zombi. 9. La abuela y los policías.

novela, suerte al zombi

9. LA ABUELA Y LOS POLICÍAS.

La abuela de Luis dormía sentada, con su cabeza apoyada en el bastón. Sonó el timbre. Una. Dos. Tres veces. La abuela se despertó y sus ojos se humedecieron. Se levantó, aferrándose del bastón, y caminó lo más rápido que pudo hasta la puerta.

—¿Quién es?—preguntó.

—¡La policía, abuela! Queremos informarle sobre su nieto.

La abuela se acercó a la ventana, corrió las cortinas y observó a los dos uniformados que estaban parados en la puerta. Volvió y la abrió.

—Soy el sargento Gómez y él es el agente Toruego.

 —¿Mi nieto sigue muerto?

Gómez, morocho teñido de rubio, puso una comprensiva sonrisa y miró a Toruego.

 —Mire, señora—dijo Gómez—. Venimos a decirle la verdad. Su nieto ha sufrido lo que los expertos llaman un “despertar”. Es común cuando la bala no alcanza el corazón, sino que sólo lo roza. Este “despertar” dura una hora o dos, según los expertos. Y durante el mismo, el muerto tiende a correr y escapar de su propio ataúd. Es una reacción refleja, ya que el corazón quedó sensible por el rozamiento y puedeee… despertar.

La abuela de Luis miraba fijamente a Gómez y movía sus labios deletreando algunas de las palabras.

 —Después del mismo—continuó Gómez mientras Toruego asentía en todo momento— el muerto deja de caminar y vuelve a estar tan muerto como antes.

 —¿Entonces, mi nieto sigue muerto?

  Gómez miró a Toruego seriamente y los dos asintieron con la cabeza.

  —Repito… tan muerto como antes—dijo Gómez.

  La abuela negó con la cabeza y les cerró la puerta en la cara.

Gómez esperó un momento y golpeó la puerta. Nadie abrió. Le hizo señas a Toruego para que empezaran a caminar hacia el patrullero. Los dos bajaron los peldaños que llevaban a la casa de dos pisos. Toruego miró a Gómez.

 —¿Se habrá creído todo este cuento?

 —Si escuchó algo…, ¿en serio me preguntás si se lo creyó?

  Toruego estaba serio y al escuchar lo anterior ensanchó su boca en una sonrisa.

 —No, no… era una broma, quería saber lo que ibas a decir.

Llegaron al patrullero, abrieron las puertas y entraron. Gómez puso en marcha el auto.

 —A mí me preocupaba el tío, pero desapareció, se tomo un avión y se fue a alguna parte de Europa…. La gente se olvidó del pibe. Todo el mundo piensa que lo encontramos a la vuelta en un terreno baldío y que el velatorio siguió a puerta cerrada para poder seguir con la investigación sobre los tipos que dispararon.

—¿Cuánto habrá pagado Soruello para que callaran todo lo que pasó?—preguntó Toruego.

—Soruello le hace favores matando a boludos que dicen cosas sobre el comisario que no tienen que decir… y, además, escuché que repartió un millón de dólares entre el comisario y los de la oficina de al lado —contestó Gómez.

—Eso basta para cocer la boca a cualquiera.

Gómez rió mientras se ponía el cinturón de seguridad.

—Para la mía bastó y sobró… ¡bastó y sobró la puta madre!

—¿Y el pibe dónde esta?

—No sé, todavía me cuesta creer que se haya levantado después de los tiros que le dieron los de Soruello… a mí me dijo que el pibe era su asunto, que nos ocupemos de dejar “tranquilos” a la viejita y a los amigos, escuchaste bien; “tranquilos”, si empiezan a joder hay que dejarlos tiesos… ¡qué sutil que es el viejo, eh!…¿Y qué más había dicho?…Ah, que la prensa también iba a ser su asunto.

Sonó una voz dentro del auto llamando urgentemente a los policías. Gómez pisó el acelerador.

Mientras tanto, bastante lejos, en las calles del centro de  Buenos Aires, Luis Marte caminaba con la frente alta y su cara desfigurada. Los patovicas de “La Esquina del Sol” habían ayudado a destruir, junto con la putrefacción, sus facciones. Luis tenía el mentón hundido y flojo. Sus cejas habían casi desaparecido y una piel quebradiza como tierra seca las reemplazaba. El tono de su piel era una combinación entre blanco y violeta, dejando lugar en numerosos lugares para el rojo, cuyo dominio eran las mejillas y la frente; ambas zonas mancilladas por los pequeños mordiscos de los gusanos. Una mejilla estaba raspada y la otra colgaba mientras caminaba, bamboleándose al ritmo de sus pasos. Se llevó los dedos a la piel colgante y la volvió a colocar sobre su hueso, apretándola hasta que quedó prendida.

(Tres moscones revolotearon en torno a su cabeza; estos tres insectos, desde aquella caminata nocturna, jamás abandonaron a Luis. Incansables e insobornables —Luis los quiso engañar muchas veces acercándose a diferentes asquerosidades—, en adelante siempre acompañaron a nuestro muerto; supieron escapar de sus decrépitas manos e incluso llegaron a posarse en ellas. Luis siempre odió a los cargosos bichos. Es por eso que no serán nombrados nuevamente estos heroicos moscones; no sólo para no quitar mérito a nuestro protagonista, sino porque han sabido convertirse en ambulante epíteto de éste. Tratemos, junto con Luis, de olvidarlos.)

Luis caminaba decidido y bastante rápido. Sabía que tenía poco tiempo antes de que algún otro gusano lo encontrara y aunque no sabía en qué gastarlo tampoco quería desaprovecharlo.

por Adrián Gastón Fares

Suerte al zombi. 8. Contra el piso.

novela, suerte al zombi

8. CONTRA EL PISO

Luis levantó la vista de su vientre y vio que los patovicas avanzaban hacia él. Caminó rápido, apartando a los curiosos, y llegó a la mesa donde había dejado su saco. Se sentó en la mesa y empezó a subirse los pantalones. Se metió la camisa dentro de estos, subió el cierre y ajustó el cinturón de hebilla. Agarró el saco y se lo estaba poniendo justo cuando las personas que lo rodeaban se apartaron y aparecieron los patovicas. Llegó a ponerse el saco.

Aterrizó en el piso de aquella calle con los dientes apretados, por instinto, ya que no sentía dolor, rompiéndose en su boca. Los puñetazos tirados contra su cuerpo por los guardias lo mantenían en el mismo lugar. Los dos patovicas se habían convertido en cuatro brazos sedientos de impacto que golpeaban y cuando retrocedían sólo lo hacían para darle envión al próximo golpe. Sin embargo, los golpes no le dolían a Luis, sus terminaciones nerviosas simplemente hacían caso omiso de aquel infierno. Cuando pudo levantarse, aferrándose con una mano del tobillo del grandulón pelado que no paraba de tirar puñetazos y dar patadas, miró hacia arriba y dejó que los golpes le siguieran desfigurando la cara. En algún momento deberían dejarlo en paz, se cansarían y lo dejarían tranquilo, pensó Luis mientras los huesos de su cara crujían.

La suya, en este momento, era una demostración de valentía estúpida e intentaba creer que sus nervios resucitarían con aquel maltrato. Al darse cuenta, luego de incontables golpes y magulladuras, de que sus nervios estaban tan muertos como la mayoría de las partes de su cuerpo, se dejó caer y recibió los últimos golpes.

Los patovicas se cansaron, lo escupieron y se retiraron siendo tocados por las primeras gotas de la lluvia que había empezado a caer en aquella madrugada. Luis vio como se metían nuevamente adentro de “La Esquina del Sol”. Observó todo a través de su ojo izquierdo —el derecho tenía demasiada sangre—, su mejilla apoyada contra el sucio mosaico que forraba el suelo. Las gotas habían empezado a gotearle por la cara y se llevaban en su caída pedazos de piel mezclados con sangre. Algunos mechones de su pelo se desprendían y deslizaban hasta el piso. La descomposición de su cuerpo, por alguna razón, había empezado a acelerarse.

Y así; con un solo ojo abierto, mirando hacia la cortina de lluvia, con la cara pegada al pavimento, fue como pasó unos cuantos minutos de aquella noche. Sin pestañear ni mover alguna parte de su cuerpo. Luego de media hora, blandos insectos empezaron a treparse por su cuerpo.

Buscó bronca, algo que lo moviera.

Luis vio por ese único ojo a un gusanito blanco que se acercaba y subía por su nariz. Era pequeño y no llegó a asustarlo porque no le prestó mucha atención. Aunque veía algunos puntos blancos que se subían a su cara, se perdió en divagaciones acerca de la constancia de la niebla, de la apretada lluvia y por un momento volvió a estar realmente muerto, como estaba en el velatorio antes que su propia risa lo despertara.

Es extraño como nos desmoronamos para siempre, como ya todo se vuelve campo minado, como si entráramos a un pueblo brumoso lleno de recuerdos buenos y malos, pero los recuerdos malos son como edificios altos y oscuros que incluso se ven a través de la niebla; en cambio, los buenos recuerdos son transparentes, inaccesibles a la mirada más atenta, aunque tal vez no estén tan lejos, hay que tratar de dar con ellos otra vez, tentar con los brazos estirados.

Pero sólo veo los malos a través del tupido aire y su altura pide desafío. Que me levante. Para enfrentarlos.

Fue por estos pensamientos que no pudo ver a los demás gusanos que salían de una rejilla del subterráneo que estaba cerca. Estos eran muy grandes, casi como un dedo gordo, y se deslizaban lentamente hacia su cuerpo, en una fina línea recta. No les importaba que las gotas de lluvia los bañaran, simplemente tenían un objetivo y querían cumplirlo a toda costa.

Más tarde, el ojo de Luis volvió a pestañear, sus piernas se movieron y sus manos se apoyaron en el mosaico. Iba a levantarse.

Lentamente lo hizo. Por suerte ningún hueso estaba roto. Parecían articularse perfectamente. Bueno, era un chico bastante duro para los golpes… y balas, ¿no?

Dio un paso, movió la cabeza y vio cómo una docena de pequeños gusanos caían al piso, se retorcían y comenzaban a arrastrarse; se dirigían hacia la rejilla en un ordenado éxodo. Luis se dijo que hacía un momento ésa no debía de ser la dirección en la que avanzaban. Luego dio otro paso y se olvidó de los gusanos.

Bajo la persistente llovizna, Luis Marte empezó una lenta caminata y se alejó de aquel lugar.

por Adrián Gastón Fares

Suerte al zombi. 7. Pasame un trago.

novela, suerte al zombi

7. PASAME UN TRAGO

El atardecer dejó paso a la noche en el viejo pueblo. López seguía tirado. Hacía una hora que el viento soplaba fuerte y las motas de polvo que daban contra su cara terminaron por despertarlo. Despegó su sangrienta cara del suelo y se levantó tambaleando. Luego se encaminó hacia “El despacho”.

Garrafa estaba sentado en el medio del cuartucho, con una botella de vino tinto en su mano derecha. Sentía el viento cálido del campo que entraba por la pequeña ventana.

Escuchó los pasos. Eran lentos y la persona que se acercaba parecía arrastrar las piernas. Se acordó de López, que no se había levantado desde que lo había dejado. “¡Qué se joda!”, pensó.

López apareció en el umbral de la puerta, su sombra proyectada en el suelo hacia el interior del cuartucho. Garrafa levantó la cabeza y miró a su amigo.

 —Entrá y cerrá la puerta—ordenó.

 López lo miró con odio, entró y se sentó en una banqueta.

 —Me sangra… —Tragó saliva—… me sangra mucho lo que me hiciste.

Garrafa llevó la botella a su boca.

 —A mí me sigue doliendo lo que me dijiste… —Se pasó la mano por la boca, limpiándose el líquido que había quedado en sus labios—. Con el cementerio no se jode.

López se levantó y se dirigió hacia una puerta que había en un costado. Garrafa siguió tomando mientras se escuchaba correr agua. López volvió con la cabeza mojada y pasándose papel higiénico por la frente.

 —Pasame un trago—dijo y se sentó.

Garrafa le pasó la botella. López la levantó por encima de su cabeza y dejó caer un poco del líquido en la herida. Luego la llevó a la boca y la sostuvo hasta que la mitad de la botella quedó vacía.

López miró a su amigo, que tenía una expresión poco amigable. Abrió la boca, pero Garrafa fue el que empezó a hablar.

 —Quiero que me cuentes del negocio.

López, dolorido, sonrió

 —Sí… escuchame… —Suspiró mientras se frotaba el papel por la frente—. Soy un hijo de puta. Todo el mundo lo sabe. Pero lo que pensé para nosotros dos es… distinto… es…algo seguro.

 —Seguro… ¿Es un trabajo de verdad, viejita?—preguntó Garrafa, mientras estiraba su brazo para sacarle la botella a López.

—¡No!, un trabajo de verdad no sólo sería seguro, también una perdida de tiempo… Lo que te ofrezco es ayudar a alguien—dijo López.

—¿Alguien? ¿Quién mierda es ese alguien?

—¿Te acordás vos de ese doctor que vino al pueblo hace poco?

—El doctor Lorenzo.

—Sí, ese matasanos tiene un hijo. El pibe estudia en otro país, Inglaterra o Irlanda no me acuerdo, y vino acá por unos meses—López tosió y se llevó el papel de la frente a la boca—. Bueno, este pendejo tiene mucha plata para gastar y, como el doctor hizo un viaje a otro país, creo que México, para investigar alguna enfermedad…

—Ése tipo no es un simple doctor; está lleno de guita—afirmó Garrafa.

—Ahí va… ¡el padre tiene guita; el hijo tiene guita también!

Garrafa miró a López y dejó que la botella reposara en su pierna.

—¿Robarle al pendejo la guita?

—¡No!, eso sería demasiado arriesgado. Escuchame bien: el hijo es un degenerado.

Garrafa dejó la botella en la mesa.

—¡¿Qué?!

—Sí, el pibe es un degenerado; le anda mal el coco—López se llevó el dedo índice a la frente—. Y ahí es dónde entramos nosotros: le gusta encamarse con muertos.

—¿Cómo sabés vos? No me vengas con esos inventos de vieja.

—¡Escuchame, Garrafón!: el otro día yo estaba en el bar de Rulfo y ¿sabés quién estaba al lado mío?

Garrafa se rascó la nariz. Sus ojos brillaban de curiosidad.

—¿El pibe?—inquirió.

—¡No!…el tipo este… —frunció la pequeña frente tratando de recordar el nombre—… Rolando… el sirviente del doctor.

Garrafa rió.

—Lo que le debe costar mantener limpio ese lugar al tal Rolando—dijo Garrafa.

López asintió y se frotó una vez más la frente. Miró la mancha oscura en el papel higiénico y lo tiró en la mesa. Luego despegó sus labios:

 —Bueno, éste tipo no estaba en pedo y me dijo que me había ido a buscar al bar porque  el dueño, el dueño es el pibe, se lo había pedido porque sabe que trabajo en el cementerio.

 —¿Y qué te dijo?

—Como no está el padre, el pibe le dijo que no le pagaba si no le conseguía lo que quería.

—¿Y él quiere…?

—Muertos… mejor dicho muertas. ¡Te dije que le gustaba —López se explicó con las manos— muertos!

Garrafa quedó absorto por unos segundos, acariciando el vidrio de la botella de vino.

 —¡Qué pedazo de mierda!

—¡Una cagada viviente!—agregó López.

Garrafa empezó a reírse y López lo siguió. Después de un rato, los dos volvieron a estar serios.

 —¿Cuál es el trato?—preguntó Garrafa.

 —Quinientos pesos por cada cadáver que le llevemos—respondió López.

 —¿Cómo los quiere?

 —Desnudos… ¡las  preguntas que me hacés vos, Garrafón!

  —Digo si lo quiere con huesos o carne.

  —Con carne… ¿Para qué va a querer huesos?

  —No sé. Hay gente para todo.

  —Sí, el mundo está lleno de porquería. Pero los huesos no le sirven a nadie, salvo a los museos. Y acá no hay ninguno.

López agarró la botella de la mesa.

—Un trago más… y a dormir—dijo.

Garrafa se levantó y se acercó a la puerta. La abrió. Se quedó con un antebrazo apoyado en el marco.

A través de la puerta se veía como la luna bañaba lápidas y mausoleos con su baba plateada. Luego de unos minutos de estar mirando hacia fuera y después de escuchar un eructo de López, que había terminado la botella de vino, Garrafa habló desde el marco.

 —Voy a charlar con ellos lo del laburo. A ver qué dicen, ¿no?

Empezó a caminar y se adentró en la fila de mausoleos, desvaneciéndose lentamente en reflejos grisáceos ante la mirada atenta de López.

La tormenta se había alejado por el momento y el viento había dejado lugar a un cielo despejado con una vistosa luna llena.

López se acercó a la puerta, la cerró y se dejó caer arriba de un sucio colchón, en una de las esquinas del cuartucho. Lo que le pagaba el municipio a Garrafa por cuidar a esos muertos no era nada. No le alcanzaba ni para comprar un buen vino, se dijo López después de eructar nuevamente.

La propina que Garrafa aceptaba por ponerle flores a los muertos o hacer la tarea de limpieza en los mausoleos no servía para comprar comida suficiente. Se arreglaban con porquerías ya que no había encontrado ninguna changa importante aquel mes y hacía mucho tiempo que una familia no mandaba a construir un nuevo mausoleo. Claro que había sacado algo con las cruces de cemento que le encargaban. Eran fáciles de construir y servía para comer algo pasable de vez en cuando. El problema era que Garrafa estaba medio raro últimamente… evasivo, serio, demasiado callado.

Peligroso, concluyó López, mientras dejaba que el sueño domara sus pensamientos.

Antes de caer totalmente en la pegajosa negrura abrió los ojos, tal vez anticipando una pesadilla. Miró a la luna por la pequeña ventana que estaba al costado de la puerta y se preguntó qué estaría haciendo Garrafa entre las tumbas. ¿Estaría más loco que el pibe del doctor? Se dijo que si le volvía a pegar, le pediría prestada la pistola al Chaqueño—Garrafa aseguraba que tenía una escondida en “el despacho” pero López nunca la había podido encontrar— y vaciaría el cargador sobre la cabeza de su amigo. No dudaría.

Apretó un poco los párpados. La negrura lo tragó.

Garrafa seguía afuera, en los más lóbregos y angostos pasillos del único cementerio de Mundo Viejo, bajo la luna, macizo y seguro, interpelando con sus dilatadas pupilas a la oscuridad de los cristales ante las puertas de los mausoleos.

por Adrián Gastón Fares

Suerte al zombi. 6. El baile del zombi.

novela, suerte al zombi

6. EL BAILE DEL ZOMBI

 

Al despertarse, Luis sintió cómo sus huesos le demandaban una acción, su alma, movimiento. Sentía una gran excitación y odio que se transformaron en una sola necesidad; levantarse del aquel piso sucio y golpear la puerta hasta que se saliera de sus goznes para salir triunfante.

Arremetió contra la puerta del lavabo y se adentró en la pista del boliche nuevamente. Se podía ver por su paso seguro y rápido que estaba lleno de una profunda furia y que estaba decidido a hacer algo. Caminó como un zombi valiente, decidido a dar su muerte por algo, y se adentró en la pista.

Se acercó a las dos chicas que todavía estaban bailando. Ahora, ocupaban una zona  cercana al centro del boliche. El reflector blanco electrificaba a la pista con veloz intermitencia, creando un tiempo distinto, fotografiando a las danzantes figuras en caóticos segundos.

Ya cerca de la chica de cabello corto, Luis se detuvo y empezó a mover su cuerpo de una manera salvaje, como nunca lo había hecho antes. Elevaba las manos por arriba de su cabeza y luego las bajaba hasta tocarse la punta de los zapatos. Mientras levantaba las manos movía sus caderas brutalmente, cada vez con  más emoción y furia, siguiendo el ritmo de la música.

Las miradas de las dos chicas y de las demás personas fueron a parar al cuerpo de Luis, que, como un payaso empedernido, parecía querer llamar la atención recurriendo a cualquier estupidez.

Algunas personas habían retrocedido para dejar lugar al movedizo cuerpo del joven. Éste, se tapaba la cara con las manos dadas vueltas, simulando el antifaz que usaba Batman; como si fuera un tío bobo tratando de divertir a un sobrino aburrido. Dejando las manos trenzadas sobre su cara, daba pasitos adelante y atrás cantando casi por encima de la música:

—¡Besá al zombi!, ¡Besalo!

Era su canción, la música parecía haber dejado de salir de los parlantes y una banda de putrefactos músicos interpretaban una sola y única canción: ¡Besá al zombi!

Se escuchaban trompetas, trombones, bombos y platillos, una murga salida de algún extraño carnaval, todo esto mezclado con música disco de fondo. Los pasos de Luis Marte eran espantosamente frenéticos mientras abría su boca y dejaba salir los sonidos. Las dos chicas y el grupo que estaba bailando cerca se habían detenido y lo observaban con una mezcla de admiración y repulsión; sonrisas que se convertían en morisquetas de imitación y éstas en risas. Luis Marte seguía:

—¡Besá al zombi!…¡Besalo ya!…¡YA!.

Bombos sonando.

— ¡YA!—

Trompetas con platillos.

 — ¡YA! —

Otra vez los bombos.

 — ¡Nunca!…¡Nunca… lo vas a olvidar!—Horrible, sin rima ni sentido, el joven creaba su soneto.

Era su canción, la música surgía de su pútrida garganta como si ésta fuera un gran instrumento de viento: su voz, a veces grave, asemejaba a un trombón o un saxo; otras veces, trémula, se convertía en un chillido agudo y desarticulado que sonaba como una nota distorsionada por los pedales de una guitarra eléctrica. Su voz salía enérgica, ni constante ni coherente, de su garganta que había empezado a pudrirse.

Tal vez, la de Luis no fuera una voz tangible. Era posible que su alma se manifestara aún con su cuerpo y lo usara como instrumento para comunicarse.

Las dos chicas habían empezado a moverse nuevamente y mientras bailaban, moviendo sus caderas al ritmo de la música, pasaban sus manos por sus cuerpos, palpándolos y haciendo movimientos pélvicos que excitaban de sobremanera a Luis. La pelirroja miró al joven y empezó a reírse mientras le hacía señas a su amiga para que lo observara. Ésta miró a Luis a los ojos y por un momento los dos se entendieron. La chica dirigió su mirada a otro lado y trató de seguir riendo y bailando.

Luis se acercó cada vez más a ella. Puso nuevamente las manos en su cara y creó su antifaz mientras cantaba la insoportable canción y se acercaba bailando. Paso a paso, acechante:

—¡Vamos!

La cabeza un poco hacia delante.

—¡Nena!

Moviendo la cabeza para atrás y señalando a la chica con la mano.

—¡Besalo!-¡Besalo!-¡Besalo!

La cabeza para atrás, mirando los reflectores en el techo.

—¡Qué se le pudre el corazón!

Cerca, muy cerca, meneando su cadera y señalando a la chica, cuya amiga seguía mirando a Luis y riéndose.

—¡Vamos, nena!…¡Besá al zombi!—Más cerca— ¡ya!, ¡yA!, ¡YA!

Mientras la chica seguía bailando y trataba de obviarlo, Luis bajó sus manos deshaciendo el antifaz y se abalanzó hacia ella.

Buscó la cabeza, la aferró por el cuello y la acercó a su cara para besarla. La chica empezó a forcejear y le pegó un rodillazo en el estómago que no le produjo dolor a Luis, pero que lo hizo retroceder. El alboroto no solo había atraído a las personas que estaban en las mesas, que se habían reunido entorno a la pista para mirar; sino que el forcejeo de Luis había despertado a los patovicas de sus estáticos sueños.

Éstos estaban cerca de las puertas, parados y cruzados de brazos. Los dos, el musculoso de cabeza rapada y el alto de pelo largo, se acercaron empujando a la gente, sacando a los curiosos del camino, sin poder ver la causa del tumulto. Al verla, quedaron por un momento pasmados, sorprendidos.

Luis, en el tiempo que habían tardado los dos guardias en llegar hasta él, se había bajado los pantalones y se le había ocurrido una nueva canción.

Así; con los pantalones negros descansando sobre sus zapatos, plantados éstos en el piso blanco de la pista, y sus calzoncillos verdes cayendo desfallecidos, de esa manera, Luis Marte gritaba con alegría en su rostro.

—¡No pudieron matarlo!

Miraba su vientre.

—¡Vengan y cuelguen sus banderas en mi mástil!

Los guardias dejaron que el espectáculo dure un segundo más; estaban asombrados. Luis reía, como al despertar, pero aún más fuerte mientras miraba su vientre.

 —¡Está vivo!…¡Está vivo!—gritaba sobre la música; sus cuerdas vocales muertas se habían retraído en su garganta y el alma podía salir de su interior fácilmente.

Los dos guardias rompieron su estupor y actuaron rápidamente, sin darse cuenta que habían presenciado una auténtica resurrección.

por Adrián Gastón Fares

 

Suerte al zombi. 5. ¡¿Decente?!

novela, suerte al zombi

5. ¡¿DECENTE?!

 

Un pueblo, un viejo pueblo en una zona campestre. Cerca del pueblo, en la zona este del lugar, hay un viejo cementerio. El campo santo tiene paredes de una piedra amarilla, carcomida por el tiempo. Sus rejas de la valla de entrada están oxidadas y dobladas. Cerca de éstas un hombre está sentado en una silla, mirando como el viento hace remolinos con el polvo del camino y como las ratas salen de las paredes y se esconden en los pastizales.

Garrafa estaba sentado en la puerta del cementerio cuando el viento voló su  sombrero gris. Era un viento cálido, con olor a lluvia inminente.

El hombre era una mole morocha, con espesos bigotes negros que conferían seriedad a su semblante. Tenía el aspecto de una foca recién salida del agua, acentuado por la transpiración que caía de su sobresaliente frente.

Dejó que su sombrero volara un par de metros y lo siguió con la vista hasta que dio contra la pierna de López, que venía caminando hacia él desde el camino que llevaba al pueblo. También tenía en la mano su sombrero gris; habían perdido una apuesta en la que los dos habían jurado, borrachos, usar para siempre sombreros grises los domingos.

López era su amigo, un hombre flaco cuyas venas parecían estar en todo momento por liberarse de su cuerpo. Si se asociaba la cara de López con la de algún animal sería seguramente con la del búho. Un raquítico búho. Con grandes ojos, y una extraña e increíble nariz, fina y recta.

La amistad de estos dos hombres seguía adelante basada en bromas, tardes en las que se sentaban a tomar mate juntos y, por supuesto, el viejo cementerio. Éste era el lazo principal que los unía. A las personas las unen los lugares, a veces las ocupaciones, y este caso no era una excepción.

Desde pequeño, y después de ver como su abuelo era enterrado en aquel lugar, Garrafa había ayudado a su padre en las tareas del cementerio. El hombre trabajó toda su vida sin parar y cuando había dejado el lugar en manos de su hijo, el cementerio no lo quiso dejar ir. Así que Garrafa enterró, cavando con sus propias manos, a su padre en aquel lugar.

Él era totalmente distinto a López, pensaba Garrafa mientras veía como su amigo se acercaba con el sombrero gris en la mano y una enigmática sonrisa. López era un estúpido, no tenía en cuenta las consecuencias de sus actos; como aquella vez que había matado a un caballo porque decía que lo miraba mal cuando pasaba en las mañanas rumbo al cementerio. Él, se dijo Garrafa, no era un santo; estaba muy lejos de serlo, pero si el diablo tenía que elegir lo haría con los ojos cerrados: su amigo sería un excelente discípulo.

Había otra gran diferencia entre López y Garrafa. López quería dejar su trabajo como cuidador del cementerio. Para Garrafa era lo más importante que tenía en la vida y lo único que llenaba sus bolsillos. López vivía de “changas”, que se sumaban a lo que Garrafa le daba por ayudar en la construcción de algunos mausoleos. Los dos recibían un mísero sueldo de la Municipalidad de Mundo Viejo, pero se sustentaban con las propinas que le daban las personas por sepultar a sus seres queridos y por el mantenimiento de las bóvedas.

Por las vueltas de la vida, ninguno de los dos estaba casado; tenían algunas mujeres por ahí y se cruzaban los fines de semana por el peor lugar del pueblo abrazando a sus pintarrajeadas compañeras.

Garrafa notó que López venía del pueblo con una noticia en sus labios, ya que los movía como una vieja desdentada. Su amigo no llevaba bien los cuarenta y tanto años que tenía, se dijo Garrafa mientras levantaba su pesado trasero del asiento de madera. A él tampoco le iba muy bien con sus cuarenta y cinco.

López se agachó para alcanzar el sombrero de Garrafa, que parecía querer escaparse.

—¡Traé ese sombrero, maricón!

Garrafa le arrancó el sombrero de la mano y se lo puso. Empezó a caminar hacia el despacho, como ellos le decían a la casilla donde comían, jugaban al truco, hacían sus necesidades y dormían. López lo siguió tratado de llevar la delantera.

 —Escuchame, Garrafa… —Miró a un costado y escupió— Tengo un trabajito que quiero hacer con vos.

Garrafa dejó de caminar.

 —No me quiero meter en eso. Vos sos peligroso, tenés rompeportones en la cabeza. Siempre que te metés en esas, después me venís a pedir plata a mí.

 —No me entendés ¡Escuchá, viejo!

López sacó una caja de fósforos y un atado de cigarrillos. Separó uno y lo prendió. Se lo pasó a Garrafa. Guardó el resto en el bolsillo de su sucio pantalón verde oscuro.

 —Mirá… ¿vos sos mi amigo, no?—Continuó López mientras recibía el humo que Garrafa soltaba cerca de su cara—. Yo no te ofrecería hacer algo sino supiera que eso es seguro, rápido y efectivo. ¡Por Dios, Garrafa! ¡Éste no es más el pueblo que era! La gente de la calle Garay tiene televisión por cable, cocina de microondas, forros de colores, mientras que nosotros lo único que hacemos acá es cuidar los huesos de sus podridos parientes.

 —Yo también cuido los de los míos, López— recordó Garrafa

 —Lo sé. ¡Pero no me entendés!…Tu vida puede cambiar, podemos poner un empleado para que nos cuide a los salamines y tratar de comprar un negocio decente en el pueblo—López se exaltó y dejó escapar un suspiro.

 —¡¿Decente?!—Garrafa enarcó sus peludas cejas—. ¿Qué hacemos nosotros acá?, ¿robamos?…, ¿vendemos droga como el Loqui? ¡No! Lo que nosotros hacemos es sagrado, comparado con lo que hacen los demás. Perdemos el tiempo cuidando a las personas que hicieron algo por el pueblo y eso nos da bastante guita como para decir: ¡me gano la vida decentemente!

 López reía. Garrafa lo miraba con los ojos bien abiertos.

 —¿De que te reís?… Decime… ¡no te hagás el piola!

 —El Tuerto te lo va a agradecer. El viejo se había tirado a María, ¿te acordás? Y ahora, vos, vos Garrafa, perdés toda tu vida, en este lugar de mierda… —La risa sofocó a López e hizo que los ojos de Garrafa se encendieran llenos de odio—. Cuidando al pito muerto y huesudo del Tuerto,  sí,  con el que jugaba con tu única novia.

La cara de Garrafa se empezó a derretir de odio. Mientras López seguía riendo, Garrafa escupió el cigarrillo y se le tiró encima.

—¡Hijo de puta!—Llegó a pronunciar López cuando su cabeza dio contra el piso.

Trató de sacarse de encima a la mole negra que era Garrafa, pero éste le tiró un puñetazo que calzó en la frente del flacucho. La mole lo levantó y lo arrastró hasta una de las paredes de piedra del cementerio para dejarlo aplastado contra ahí. La sombra que producía la pared los cubrió.

 —¡López de mierda!—Garrafa estrujó a López contra la pared—. Si seguís hablando así del laburo te voy a romper la cabeza a patadas— Levantó la pierna y la incrustó en el estómago de López.

Quedó tirado en el suelo. Garrafa caminó hasta el despacho, abrió la podrida puerta de madera, entró y la cerró con un golpe seco.

López, con la nuca sangrando y una costilla rota, se ahogaba de dolor.

 

por Adrián Gastón Fares

 

Suerte al zombi. 4. La última lágrima.

novela, suerte al zombi

4. LA ÚLTIMA LÁGRIMA

Ya cerca de la medianoche, cuando ya se había cansado de vagar sin destino y como no tenía hambre ni sed, se detuvo y al apoyarse contra una pared llena de carteles en un lugar en construcción, empezó a pensar.

Se dio cuenta de que era una necesidad constante de ruido lo que lo había llevado a andar por esas calles tan transitadas. Incluso, se había detenido en tienda de videojuegos. Un hombre probaba su puntería en un juego de policías tridimensional. El alboroto que producían estas máquinas parecía ser lo único que saciaba su sed de sonidos.

Los únicos dos sentidos que conservaba eran los que lo dominaban: su vista, que lo obsesionaba buscando los detalles más insignificantes y así posaba su mirada en el humo que salía por la rejilla de respiración del subterráneo o en las miradas perdidas de los “calaveras”, como los llamaba su abuela, que deambulaban por la noche buscando un boliche para bailar o algún que otro sauna; el oído, que también cumplía con su función habitual, lo atraía hacia todos los sonidos, algunos provenientes de profundas cañerías que corrían bajo sus pies, otros más cercanos como bocinas, gritos, frenadas, el murmullo al oído de dos jóvenes amantes apoyados contra una pared, un cordobés que mientras le tendía la mano y ponía cara de cómplice soltaba un hipnótico:

—¿Sauna?

Luego, mientras se alejaba, Luis había escuchado cómo lo puteaba.

Contuvo sus recuerdos, se despegó de los carteles y siguió caminando. No aguantaba estar mucho en un mismo lugar. El oído era insaciable, más que la vista, y seguía hambriento de crepitantes sonidos. Así fue que cuando Luis llegó a una esquina en la que se encontraba un videoclub se paró frente a la vidriera, enfrentando las rejas negras, interesado por las cajas de películas clase B norteamericanas. Creó fantasmáticas y tenebrosas melodías mientras pasaba su mirada por Lugosi, Karloff y variados monstruos que lo miraban desde bizarras cajas. Cuando hubo terminado de crear una canción para cada película y su oído quedó libre a los ruidos externos, uno de éstos fue el que llamó su atención.

Era el chisporroteo del tubo de neón del negocio que, de repente, había empezado a encenderse y apagarse. Luis se quedó parado escuchando como hipnotizado, con la cabeza levantada, mirando hacia el cartel que constantemente prendía y apagaba sus luces fluorescentes verdes. Mientras la luz quedaba prendida leía la misma frase: “La Tienda B”, luego miraba la oscuridad hasta que el tubo se prendía nuevamente.

Estuvo parado en aquella esquina hasta que el tubo de neón no aguantó más su mirada y explotó produciendo un ruido parecido a aceite hirviendo. Luis empezó a caminar, lentamente esta vez, y no tardó en llamarle la atención un grupo de pegajosos sonidos: cumbia. Su oído no pudo resistir y lo arrastró directamente hasta la puerta del lugar del que salía la melodía. Nunca le había gustado la cumbia, simplemente aborrecía la música que se hacía específicamente para bailar, pero en aquel momento le pareció que cualquier melodía saciaría a sus oídos y esa cumplía precisamente con una consigna que le interesaba: olvidar y sonreír mientras se bailaba. Aquellos sonidos eran el perfecto afrodisíaco para su alma atormentada y llenaban una parte de él que estaba vacía.

Si él hubiera sabido en ese momento que estaba muerto habría descubierto la razón, ya que el hecho de que el corazón de una persona no esté latiendo deja al ser en el más profundo silencio. Sin embargo, Luis no podía darse cuenta de esto.

Levantó la cabeza para ver el nombre del lugar. Otra vez las luces de neón, éstas con firuleteadas letras blancas permanentemente encendidas, le gritaron: “La Esquina del Sol”. Decidió entrar.

Pasó al lado de un patovica cabezón que parecía encajado a golpes de martillo en una remerita roja. Miró los relucientes zapatos de Luis y desvió rápidamente la vista.

Mientras se adentraba en el lugar a través de un psicodélico pasillo y la intensidad de la música se elevaba y penetraba en sus oídos, se dio cuenta que caminaba más rápido y se dijo, con una sonrisa, que él sería como los protagonistas de los juegos de computadoras: la música era el alimento que encontrabas en el camino, lo tomabas y un tanto del rectángulo que indicaba la energía se llenaba. “Bueno…”, pensó Luis, “mi rectángulo está casi lleno ahora”.

El lugar era un boliche de mala muerte, sus paredes asemejaban viejas catacumbas ya que habían excavado cuadrados y rectángulos, donde las personas se sentaban con las piernas colgando en el aire y tomaban coloridas pociones. Un reflector blanco colgaba sobre la pista y despedía una frenética luz intermitente que se mezclaba con luces de diversos colores. Estaba casi lleno y había muchas personas bailando, aparte de las que se encontraban en los rectángulos. Pocos adolescentes, la mayoría tenía más de veinte. Había algunas mesas, pegadas a una barra sobre la que bailaba una voluptuosa morocha de robustas piernas.

Mientras caminaba hacia una de las mesas que estaba vacía, se pasó la mano por el pelo, tratando de acomodarlo, y pudo ver como un mechón grande se le había quedado prendido entre los dedos. Se asombró. ¿Le habrían puesto alguna sustancia extraña en el pelo los tipos de la funeraria? Aunque el mechón de pelo estaba con sangre, no sintió ningún dolor. Se sintió extraño. “A la mierda”, se dijo, “mejor” y pasó sus manos por la pared, dejando pegado el mechón mientras se acercaba a un asiento y advertía que la morocha que bailaba en la barra era en realidad un exuberante travesti. Éste, al verlo, le sopló dos besos a través de sus labios de colágeno.

Luis pasó por el medio de la pista, empujando cuando debía hacerlo por lo que se ganó muchas miradas furiosas. Al llegar a una mesa vacía, se dio vuelta y vio cómo un cuarentón sentado en una de esas catacumbas se drogaba. Simplemente, se comía el polvo blanco y reventaba a carcajadas. Se acordó de su sueño y le pareció que el tipo se parecía mucho al que se alejaba con un perro; la misma carcajada sarcástica, molesta.

La cumbia cambió por un ritmo hip-hop bastante agradable. Trató de respirar hondo y no sintió pasar ningún tipo de aire por su nariz. Se sentó en una silla de madera. Por costumbre, ya que no tenía calor ni frío, y al ver a todas las demás personas, se quitó el saco y lo tiró sobre la mesa, quedándose con la camisa blanca.

Había dos chicas muy lindas sentadas en la mesa de al lado. Luis Marte trató de mirarlas de reojo, pero ellas advirtieron su mirada. Siempre había sido torpe para disimular.

La pelirroja le murmuró algo a la morocha, se levantaron y las dos se pusieron a bailar adelante de Luis. La morocha era de las que a él le gustaban; pelo corto a la altura del cuello, ojos celestes ligeramente achinados, milagrosa nariz, mejillas encendidas, labios finos y entreabiertos. La traspasó con la vista, sintiendo como sus ojos se humedecían y dándose cuenta que todavía no había perdido la capacidad de llorar.

Después, se llevó el dedo índice de la mano derecha a su ojo izquierdo y recogió el volumen de su última lágrima. El no sabía que era la última y la dejó deslizar por su dedo hasta que cayó al piso. Mientras tenía la mirada fija en la cara de la chica que bailaba necesitó seguir llorando; imposible, ya que sus lagrimales se habían secado.

Se quedó mirándola un rato, una imagen empañada, hasta que los restos de la lágrima se evaporaron y la imagen volvió a la normalidad. Y se levantó; había tenido la idea de dirigirse al baño para lavarse la cara, sacarse todo ese pastiche que le habían puesto. Después trataría de acercarse a esa belleza. No era el típico chico que levantaba en los boliches fácilmente, pero esta vez debería tratar. Decidió dejar su traje sobre la mesa. ¿Quién iba a querer un saco en aquel lugar?

Se acercó a la barra:

—¿El baño?

El barman dejó de agitar una coctelera y le indicó:

—Seguí a la chica—. Señalaba al travesti que parecía dirigirse hacia el mismo lugar.

Llegó justo para atajar la puerta que había soltado la chica. Entró y se encontró con lo que esperaba; un baño muy sucio, con el piso salteado de manchas de orina y las instalaciones más antiguas existentes. Agradeció haber perdido el sentido del olfato.

La chica se miraba en el espejo. Después se acercó, no mucho, a un mingitorio, levantó con sus manos la minifalda negra y dejó caer un largo y famélico pene que duchó a las baldosas del lugar.

Luis lo miró desde una esquina y después se ubicó ante el espejo. Cuando se disponía a mirarse, la chica, que se había acercado para lavarse, le tomó una mano y la acercó a la minifalda. Luis la miró con una mezcla de temor y repulsión y apartó su mano rápidamente. La chica hizo una mueca, se mordió los labios y expresó con voz grave:

—Pará con el porro, nene…—. Empezó a caminar hacia la puerta mientras negaba con la cabeza.

Luis se miró al espejo.

Primero vislumbró los detalles del vidrio; una línea que cruzaba la mitad, producto de algún golpe, y los típicos puntos marrones. Después, se restregó los ojos creyendo que debían seguir húmedos y por eso veía deformado. Al restregarse nuevamente vio que le sangraban un poco. Dirigió la vista al espejo otra vez. La imagen no había cambiado. Su mano se dirigió sola hasta el pecho, donde trató de sentir el latido de su corazón… Inútil. No tenía tacto.

Volvió a mirarse. En ese momento, Luis Marte no pudo asimilar lo que veía; mejor dicho, lo que la imagen le decía y se desmoronó en el piso, acurrucándose contra una esquina del lavabo y tapándose la cara con sus manos. Al hacer esto, lastimaba su piel considerablemente, hasta el punto de que había empezado a sangrarle toda la cara.

En ese lugar fue donde durmió por primera vez después de muerto. Dormir no es la palabra adecuada, pero después de estar jadeando un rato en el piso y ante la mirada indiferente de algunas personas que entraban a orinar —lo confundían con un borracho y salían olvidándose de él para siempre—; sólo después de unos insoportables minutos, Luis Marte simplemente dejó de moverse y se quedó con los ojos abiertos mirando la nada.

Las almas suelen sufrir mucho más que los cuerpos y ésa había quedado atrapada en la tierra de la forma más deplorable; dentro de un cuerpo que, siguiendo las reglas naturales, había empezado a descomponerse.

Les debo una descripción de lo que vio Luis en aquel espejo de “La Esquina del Sol”: el mechón de pelo le faltaba cerca de la frente, aireando a un sanguinolento cuero cabelludo, su cara estaba terriblemente pálida, y había empezado a aparecer un color violáceo en toda su piel. Le faltaban algunos pedazos de carne encima de las cejas, producto de los golpes que se había dado al escapar de su propio velatorio. Pero lo que más le impresionó a Luis e hizo que dirigiera su mano hacia su corazón fueron sus ojos. Dos lunas llenas envueltas en celofán.

por Adrián Gastón Fares

Suerte al zombi. 3. Calles céntricas.

novela, suerte al zombi

3. CALLES CÉNTRICAS

Las calles céntricas lo acogieron, deslizándolo entre empujones y golpes por sus veredas repletas de personas en ese rojo atardecer. Luis se abría paso entre las personas caminando rápidamente, como si tuviera que llegar a algún lugar o necesitara concretar algún hecho importante. Caminaba como un héroe de película; con una cara de preocupación impuesta dirigida hacia el horizonte, sus pasos rápidos y firmes.

Nunca se fijaba en las personas, su vista estaba clavada en un punto más allá. Los transeúntes intentaban, pocos con éxito, apartar la vista del extraño y atormentado joven.

Parecía caminar solo en un desierto, en el que una avalancha constante de arena arremetía contra su cara y le hacía cerrar los ojos y arrugar la frente. Trataba de convencerse de que tenía un objetivo; ¡tenía que llegar a algún lado!

Dos nenas que iban de la mano de su madre empezaron a llorar al fijarse en aquel desconocido y se lo señalaron. La madre se agachó y las abrazó para apaciguarles. Todo esto mientras Luis se adentraba todavía más en el corazón de la ciudad y se daba cuenta que ya no había lugar para él. Las baldosas le parecían demasiado chicas, las vidrieras eran ornamentados monstruos de los que había que escapar. Sentía que la ciudad lo había descartado y que su lugar ya había sido ocupado por otro.

Sus pasos eran firmes, pero odiados por el suelo ya que no deberían ser dados. De repente, se animó a mirar a los ojos de las personas y notó cómo apartaban rápidamente la vista, como si hubieran visto algo obsceno. Algunos se apretaban la nariz al pasar junto a él.

Dejaba atrás una cuadra y llegaba a otra venciendo al imán que trataba de atraerlo. En esa caminata por las calles céntricas, desafió a los autos, a las personas, a los perros y a las manos que apretaban narices y se entrenó para olvidar, objetivo que logró recién al anochecer.

A esa hora le empezó a interesar la ciudad y su gente, mientras las luces se iban prendiendo y las calles iban pareciéndose a un enorme árbol de navidad caído, acostado a lo largo de una transitada llanura.

Luis Marte iba caminando por la ciudad sin darse cuenta que su cuerpo había empezado a pudrirse y que su corazón no latía desde hacía casi dos días.

por Adrián Gastón Fares

 

Suerte al zombi. 2. Colectivo.

Cuentos, novela, suerte al zombi

2. COLECTIVO

Tuvo que explicarle al colectivero que no tenía plata, se excusó diciendo que le habían robado todo lo que tenía los tipos que lo perseguían. La cara del conductor reflejaba cierto vano esfuerzo de entendimiento. Sin embargo, fue el semblante de Luis el que convenció al chófer de dejar pasar aquel muchacho de traje.

Esto es lo que vio el conductor: Trajeado joven desaliñado; con una mata de pelo corto y grasoso arremolinado alrededor del cráneo, ojos azules demasiado hundidos, coronados por finas cejas que dominaban por encima de una nariz larga, labios violáceos y apretados que se abrían un poco para dejar salir las incomprensibles palabras, que sueltas peleaban cuerpo a cuerpo unas con otras; así “chorros” llegaba pegada a “hijos-de-puta” y  “por favor” se deslizaba dentro de “de-je-me pa-sar”. Lo que más le impresionó al chófer, fue el extraño color de la piel (un naranja maquillado que no llegaba a ocultar su palidez) Todo esto acompañado de manos grandes, de dedos largos y finos, que se metían constantemente en los bolsillos de los pantalones negros y salían vacías agitándose con frenesí delante de la vista del conductor.  Señalaban, con ayuda del flaco dedo índice, la dirección donde decía que le habían asaltado, aunque el lugar ya había quedado unas cuadras atrás.

Lo que terminó de convencer al chófer de dejarlo pasar, fue el penetrante olor que el joven despedía, que parecía ganarle al monóxido de carbono y a su propia transpiración. Esto le hizo pensar que el joven debía ser un infeliz y mermó su instinto vengativo contra los “pibes canutos” que siempre querían viajar gratis. Gruñó:

 —Si sube el inspector te bajás.

Así fue como pudo viajar gratis en ese día caluroso. Luis se dio cuenta que la temperatura era elevada por las gotas de transpiración que se deslizaban por la frente del chófer. Sabía que era verano.

Enfrentó la perspectiva que formaba las filas de asientos del colectivo y trató de decidirse por uno. Vio la cara de los pocos pasajeros, que tenían la mirada dirigida hacia él, salvo la de un joven que leía en el fondo. Después de mirarlo, todos fingieron que les interesaba el asfalto por el que rodaba el colectivo o algún detalle inclasificable de la máquina expendedora de boletos, que Luis obvió con aire triunfal en su destartalada caminata hasta el asiento doble elegido, ya que los individuales estaban ocupados.

Se sentó y acomodó su cuerpo en el asiento de la ventanilla. “¡Qué extraño!”, pensó. Parecía un día caluroso, sin embargo, él no transpiraba ni tenía calor, a pesar de estar vestido con un saco negro y una camisa blanca debajo. No debía diferenciarse mucho de los tipos armados.

Otra vez no sentía sus piernas y esto le producía una sensación desagradable. Al tocarse su cara, el dedo quedó anaranjado y manchado por el maquillaje que le ponen a los muertos, ya pegajoso por la temperatura. Se dijo que, sin falta, tendría que encontrar un baño, pero primero tenía que decidir donde bajar.

Enfocó la vista en los árboles, tratando de concentrarse en ellos; en la manera en que el colectivo los iba dejando atrás, en la longitud de sus ramas y en la forma de sus hojas. De esta manera, perdió el conocimiento por un tiempo y cuando se dio vuelta fue para descubrir que una mujer gorda se había sentado a su lado. La mujer apretaba contra Luis sus sobresalientes nalgas, camufladas por una pintoresca pollera celeste. Aunque no sentía a las nalgas de la gorda, se encontraba molesto. ¿Tenía que estar apretado en todo momento, en el ataúd y ahora contra la gorda en el colectivo?

Luis vio que el sol se estaba apagando poco a poco y que las casas habían dado paso a viejos edificios, mezclados con algunos negocios. “¡Así que me lleva al centro!”, se dijo y quedó conforme. Después, volvió a mirar a la mujer obesa, que movía constantemente su cabeza hacia los costados, mirando si se desalojaba algún otro asiento. Estaba evidentemente incómoda y miraba a Luis con bronca.

 ¿Qué culpa tenía él del tráfico?, pensó mientras dirigía su mirada hacia la fila de coches, taxis y colectivos que se extendía a su costado. Vio de reojo cómo la gorda lo miraba con ganas de comérselo. ¿Sería que la pomada que le ponen a los muertos despedía un olor asqueroso? No lo sabía, porque no podía oler nada.

¿Por qué sentía que todo su cuerpo estaba dormido? Sin duda había perdido completamente el sentido del olfato y casi todo el del tacto; cuando se movía no lo hacía normalmente, sino que tenía que mirar a las partes que quería mover de su cuerpo para que lo hicieran, ya que estas partes no tenían ningún tipo de sensibilidad. ¿Qué le había pasado?

La mujer obesa había empezado a taparse la nariz y miraba a Luis como si fuera una asesino. Sí, definitivamente debía ser el maquillaje el que despedía algún tipo de olor, aunque, teóricamente, los maquillajes tienen perfumes femeninos y no demasiado fuertes. ¿Le habrían puesto un maquillaje vencido? ¿La mujer tendría alergia a los perfumes? Inmediatamente lo asaltó el recuerdo de algo que había escuchado al pasar.

En este país no perdonan a nadie. No dejan tranquilos ni a los muertos”

“Muertos. Muerto. Éste mundo está loco. O yo estoy loco. O ella está loca”, se dijo mientras miraba a la mujer que se tapaba la nariz. Vio como la gorda lo miraba una vez más, se levantaba con dificultad y se iba a sentar en el último asiento del colectivo, que había quedado libre en la última parada. Luis advirtió que conservaba en perfecto estado su audición, ya que al sentarse la mujer pudo escuchar cómo lo maldecía.

 “¡Qué se vaya a la mierda!”, pensó y  se acomodó. Dio vuelta el cuerpo y estiró las piernas a lo largo del asiento, apoyando la espalda en la pared del colectivo y la cabeza en la ventana. Así, estuvo mirando a las pocas sombras que danzaban en el techo. Sus piernas yacían inertes sobre el asiento y por la hilera de asientos dobles sobresalían sus pies, mostrando los resplandecientes zapatos negros que le habían puesto para que lo acompañaran en su caminata eterna.

Teniendo apoyada la nuca en la ventana del colectivo y dando su perfil a las pocas personas que estaban sentadas detrás de él, Luis se puso a pensar en su situación y en lo que le había ocurrido en la última hora. ¿Era una hora o dos horas? No lo sabía, pero por las sombras imperantes dentro del colectivo estaba seguro que tenía que haber pasado más de una hora desde que había salido del velatorio. Del suyo.

Velatorio… sí… pero, sin embargo, no pudo recordar —ni tampoco quiso— ya que estaba demasiado maravillado con el ritmo que llevaba el colectivo; hipnotizado por la vibración que producía el ómnibus al andar; por unas chicas que paseaban sonrientes por la calle; asombrado por la gorda que lo observaba y por su propia postura, a la que no se había atrevido nunca ya que no le gustaba dar su perfil a los demás como lo estaba haciendo ahora.

Simplemente, no podía dejar la vida para pensar en la muerte. O por lo menos en que habían pensado los demás que él estaba muerto. Luis Marte… increíble.

El viaje lo estimulaba y distraía. Luis se fijaba en los detalles de las cosas; en la mirada de un viejito, en las arrugas de las orejas de una vieja, en la transpiración que seguía deslizándose por la frente del colectivero (y cómo pisaba el acelerador, cómo el colectivo respondía). Todo era impresionante, cientos de insignificantes reflexiones embriagaban su alma.

Más tarde, se dio cuenta que él viajaba hacia algún lado cuando los demás volvían de otro; se adentraba en el atardecer, surcando calles céntricas en un destartalado colectivo, cuando muchos huían a la seguridad de sus hogares. Se preguntó si su exaltación no tendría que ver con las líneas doradas dibujadas por los rayos de sol que se habían animado a cruzar el colectivo. En aquella hora; cuando la gente se desesperaba para llegar a su casa —para estar con los suyos, cenar y tener una velada frente al televisor—, el sol alumbraba las cosas de manera mágica creando una ciudad dorada, haciendo de cada objeto un reflejo del atardecer.

Incluso en las personas se reflejaba el ocaso del sol, reflexionó Luis, y la respuesta humana sería pisar un poco más el acelerador para tratar de ganarle al tiempo, aunque sea una vez. El atardecer no hacía otra cosa que recordar a los hombres que la vida no era eterna y éstos respondían; aceleraban, tocaban las chirriantes bocinas, se puteaban y sólo algunos se maravillaban por los rayos dorados del sol. Luis se encontraba en este último grupo, le resultaba todo mágico… aunque ya estaba empezando a aburrirse.

Mientras el colectivo avanzaba lentamente por las calles céntricas, Luis se dio cuenta que no tenía un lugar adónde ir, simplemente viajaba a la deriva en un devenir de ensueños. Entendió que aquella noche no tendría un lugar adonde comer, que extrañaría los churrascos jugosos de su abuela, y que su velada frente al televisor debería ser postergada durante un tiempo. En una palabra, Luis sabía que estaba huyendo: de qué, no quiso pensarlo; de dónde, no quiso acordarse y ni hablar del por qué.

Un viejo bigotudo, al pasar junto a él en su caminata hacia la puerta trasera, se llevó por delante los zapatos negros y lo maldijo. Luis notó cómo la alegría que lo había embargado hacía un “tiempo” en un “lugar”, tal vez al despertar de una siesta —aunque las odiaba— durante aquella tarde, había desaparecido.

El aburrimiento se sumó a las bocinas; éstas se juntaron con las puteadas, las maldiciones con las miradas de las personas y éstas miradas con una mirada: la de la gorda que parecía irradiar rayos hacia él. Resultado: una vorágine de violencia en la mente de Luis.

Las bocinas, puteadas, miradas y la sombra gigante de la respuesta a una pequeña pregunta, lo hicieron resbalar.

Estaba caminando tranquilo por su barrio y, de repente, se dio cuenta que el suelo que pisaba estaba lleno de sangrer. Resbalaba.

 Frenada brusca del colectivo…

Luis cayó al piso rojo y se manchó de sangre al tratar, en vano, de levantarse.

Se aferró del cuero del asiento y cayó nuevamente.

Cayó otra vez  y sus dedos se vieron obligados a dejar el pantalón blanco de la persona a la que se había aferrado para volver a la masa acuosa.

Tocó una sustancia aceitosa en el piso sucio del colectivo.

Finalmente, aferrado de la persona, manchando todo el pantalón blanco con la sangre que sus manos bebieron del piso; Luis Marte levantó su cara y vio que el hombre tenía la cara de un enano en un cuerpo de uno ochenta y cinco y que tenía un diario apretado contra su pecho. Escuchó el ladrido de un perro cerca.

Rugió el motor de una moto sobre los demás. Luis logró apoyarse en el asiento e intentó volver a su posición. Parpadeaba. Veía y no veía.

El hombre cabeza-de-enano soltó su diario. Éste dio contra la cara de Luis, que seguía arrodillado en la vereda ensangrentada.

Luis miró el techo del colectivo, ya acomodado en el asiento. Sus párpados no volvieron a bajar. Apoyaba su cabeza  contra la ventana del colectivo y tenía los ojos en blanco. En la superficie de los ojos de Luis, que miraban el techo, se empezó a proyectar una mini-película. No se movían, inertes, no tenían iris ni pupila, tan sólo un océano blanco. Y en este océano redondo se veía cómo fulguraban elementos rojos, verdes y azules. Y todos estos elementos formaban imágenes, qué sólo él veía:

Luis se levantaba y agarraba el diario en una calle arbolada, cerca de una esquina en la que había un cartel de una remisería y la indicación de una parada de colectivo.  Miró el diario que tenía en sus manos: “Tiempo”. Escuchó ladrar al perro nuevamente y se volteó para mirar calle abajo, donde divisó al hombre cabeza-de-enano, que se alejaba acompañado de un perrito cimarrón. El perro raquítico y sucio se acercaba y el hombre lo acariciaba. Estaba totalmente vestido de blanco, violentada la pureza por las manchas de sangre que le había dejado Luis en el pantalón. Éste miraba la escena,  enarcando las cejas como lo hacen los típicos hombres preocupados en las típicas películas de suspenso norteamericanas.

La cara de enano se había convertido en el semblante de un hombre normal y cincuentón, que se alejaba caminando hacia el horizonte y acariciando a su perro sarnoso mientras largaba carcajadas hacia las silenciosas casas que presenciaban su osadía. Luis volvió la vista al diario y notó que en el piso había sólo una insignificante mancha de sangre. Ni rastros de la alfombra continua en la que se había visto sumergido hacía un instante. Volvió al diario; a los titulares manchados con sangre, aportando sus manos, todavía mojadas, un poco más del líquido carmesí a ese violento pedazo de papel. Leyó los titulares: Luis Marte viaja en un colectivo huyendo de… Y en esa parte un manchón de sangre producido por su  mano inquieta le impedía leer. Luis leyó más abajo: Información en la página 65Empezó a pasar las hojas del diario; al mover la primera se deslizó una cucaracha; luego en la segunda, una oruga; en la tercera, un pichón de gorrión muerto cayó al piso. Luis cerró el diario y lo abrió al azar. Justo en la 49…

 ¡Cómo! Era la página de los muertos con todas esas crucecitas y estrellas de David. Uno de los cuadrados estaba subrayado con un redondel, como cuando se busca trabajo, y era el casillero que llevaba su nombre:

 † (Luis Marte (q.e.p.d). Falleció el 26 de febrero de 2000. Su abuela y tío invitan a acompañar sus restos al cementerio de Avellaneda, hoy a las quince horas desde casa velatoria: San Vicente 649, Villa Dominico.

Conmoción. Desesperación en la cara de Luis. Bajó la vista hasta el pie de la página: Pasar a página 77. Volvían a caer diferentes alimañas, algunas ni eran autóctonas. En la página indicada, y después de ver caer a un desmesurado ciempiés que siguió su camino en el piso, Luis Marte se dijo que todo debía ser una broma; la página contenía sólo una foto gigante, la de la gorda que lo miraba con semblante cada vez más acusador.

La cara de la gorda tomó lentamente color, aunque no tanto ya que era muy pálida. La expresión de odio se volvió incontenible. La mujer miraba hacia la ventanilla, pero con el rabillo del ojo marcaba a Luis.

Se había caído, y había tenido una alucinación. Lo aceptó todo rápidamente y se dijo que todos eran pensamientos absurdos, sin sentido, que no llevaban a ningún lugar. La sangre, ¿quería decir algo? El diario lleno de insectos, ¿estaría relacionado con su propia realidad? Bah, ¡qué importaba!

Sin embargo, no pudo evitar pensar en el diario que le había dejado aquel ¿hombre? y se acordó de otros titulares que no habían pasado desapercibidos por él en los últimos días:

Matrimonio asesinado: un periodista de cuarenta y cinco años y su esposa fueron acribillados…”. “La policía busca a los culpables del asesinato del periodista y su esposa sin tener pistas claras”.

El chófer puteaba a un taxista en ese momento; gesticulaba y dirigía maldiciones por la ventanilla. Luis volteó su cabeza. La mujer que estaba atrás lo observaba con expresión desconfiada y nerviosa por arriba de un diario. Luis le preguntó si le prestaba el diario.

 “Mi propia voz suena extraña”, pensó cuando tuvo el diario en sus manos. Su voz nunca fue tan grave y desarticulada como la que había salido en ese momento ¿Habría contraído alguna enfermedad pulmonar en algún hospital? Recordó también que en otras circunstancias le hubiera dado mucha vergüenza pedir el diario prestado, pero en las que se encontraba en ese momento ese pudor se había vuelto insignificante.

Era un Tiempo.

Empezó a hojear el diario y rápidamente encontró lo que buscaba. La noticia ocupaba un cuarto de la página número veintiséis del diario, en la sección policial:

Matan a hijo del periodista asesinado en Villa Dominico. 

Los párpados de Luis Marte se entrecerraron y un brillo inusitado renació en los ojos mientras su boca se estiraba en un rictus de dolor. De repente, le pareció haber encontrado la piedra de la sabiduría o el santo grial adentro del colectivo, en esa larga tarde. Siguió leyendo:

Luis Marte, de veinte años, falleció ayer por las heridas causadas…”

No se sorprendió al confirmar que los medios lo habían tomado por muerto, ya que él sabía que todos lo habían hecho. Ésa era la razón por la que lo estaban velando, ¿no? Todo eso lo sabía, pero lo que no entendía era cómo había sobrevivido. Había gente que despertaba en sus propios velatorios, pero eso tenía que ver con alguna extraña enfermedad, como en los relatos que había leído de Poe.

Él era un caso distinto, su cuerpo había recibido tres balas; una en el pecho, las otras dos en el estómago. Estaba escrito en el artículo. Bajó la cabeza para mirar la camisa blanca debajo del traje. Acercó los dedos a los botones y rozó uno…

Se dijo que no valía la pena fijarse. Él no sabía nada de medicina pero no había que entender mucho para darse cuenta que una persona con dos tiros en el estómago y uno en el pecho era casi imposible que sobreviviera. Casi, subrayó. Tal vez, sólo había tenido suerte y las balas no habían tocado ningún órgano vital. Tan sólo lo habían dejado insensibilizado…pero podía moverse.

Una chica linda subió al colectivo y Luis Marte se olvidó de lo que estaba pensando. Le devolvió el diario a la señora de atrás y le dio las gracias. Luego, se enfrascó en una serie de ensueños, en los cuales invitaba a salir a la chica. Se divirtió armando historias, hasta que se dijo que ya había vivido con esa chica todo lo que se podía vivir con una chica y entonces se aburrió. Trató de buscar otra, para inventar algunas variación, pero como no había, volvió a apoyar la nuca en la ventana.

Lo que Luis Marte no advirtió fue que la mujer a la que le había pedido el diario y su acompañante empezaron a hablar. Sus cuchicheos apenas se escuchaban y ambas tenían caras de horror y asco que miraban ofuscadas detrás del extraño perfil del joven, que ni se dio cuenta que las mujeres llevaban los dedos a sus narices y las apretaban. Y cuando decidió bajarse del colectivo; tampoco se avivó de que la mujer gorda, al verlo pasar y tocar el timbre, tuvo arcadas y vomitó.

por Adrián Gastón Fares

 

 

Suerte al zombi. 1. Los hombres de traje.

novela, suerte al zombi

1. LOS HOMBRES DE TRAJE

Cuando Luis Marte despegó los ojos ese día estaba en un ataúd, en una cochería de Avellaneda. Lo primero que vio fue el techo color celeste del lugar; lo primero que escuchó, el murmullo de un grupo de personas que hablaban a un ritmo sostenido; y lo primero que sintió, créanlo, fue alegría.

La risa brotaba de su interior y arremetía contra las paredes de la sala produciendo un estimulante eco. Luis notó que esa risa había estado creciendo dentro de él en los últimos minutos y que había sido el cosquilleo la causa del despertar; ahora su intensidad concentró todas las miradas en el ataúd; todavía acostado en el cajón, no pudo aguantar más la alegría que llevaba adentro y la expulsó con una serie de carcajadas. Entonces, la chica y los dos hombres de traje que estaban en la sala, todavía helados, sorprendidos, vieron cómo una mano se levantaba en la mitad del féretro y asía el borde.

Se aferró del borde del féretro y logró levantar la mitad superior de su cuerpo. No podía parar de reírse y cuando sus ojos se encontraron con los de la chica, en ese instante, se quedó prendido de los rizos castaños que reflejaban la luz del sol que entraba por la ventana. La chica se desmayó.

Ver cómo la cara de Violeta, su ex compañera de secundario, se transformaba, le resultó gracioso a Luis. Otra carcajada surgió y el joven se encontró con la mirada amenazante del más alto de los hombres de traje. Entendió y logró mantener su sonrisa por un momento, hasta que recordó que esos eran los que dos días atrás le habían disparado (¿o era un sueño?). El bajo lo miraba con profundo desdén; el alto lo contemplaba serio pero satisfecho y afirmaba con la cabeza.

Luis vio a sus antiguos compañeros de secundaria mirando más allá de la puerta y eso bastó para que su sonrisa se disipara. Su tío dio dos pasos dentro de la habitación.

El más alto de los hombres de traje se acercó, empujó al tío de Luis afuera y cerró la puerta de la sala de una patada. Caminó hasta donde estaba el bajo, y los dos miraron hacia Luis.

Éste vio a su abuela, que seguía durmiendo, y se volvió hacia los hombres de traje, que dudaron sólo un instante; desabrocharon el saco y llevaron las manos a la cintura donde encontraron lo que buscaban.

Luis trató de moverse para bajar del ataúd. Los hombres de traje ya tenían las dos armas apuntándole directamente a la cabeza.

Se golpeó fuerte la pierna. De repente, y aunque no la sentía, la pudo mover y se tiró del ataúd hacia el lado de la pared. Resonaron los disparos unos centímetros arriba de su cabeza. Desde el piso, vio cómo su abuela despertaba; al ver a los dos hombres disparando y a su nieto muerto moviéndose, cayó desmayada.

El ataúd seguía sobre los caballetes y Luis lo empujó con las dos manos. El alto retrocedió y gritó al recibir el peso del ataúd en sus pies. El otro disparó y la bala pasó cerca de la cabeza del velado.

Luis se levantó y a su derecha vio la ventana que daba a la calle. Quiso correr y algo lo sostuvo. Fue como si lo amarraran invisibles hilos provenientes del ataúd. Una bala silbó cerca de su oreja izquierda y empezó a sentir cómo su cuerpo se llenaba de fuerza en vez de dolor. Corrió y se tiró sobre el vidrio, mientras las balas pasaban a su lado. Tuvo suerte. El golpe hizo que la ventana se rompiera.

La vereda estaba al mismo nivel de la sala. Luis, asombrado de no sentir dolor con el golpe, se levantó rápidamente y empezó a correr. Las coronas que sus amigos le habían comprado estaban puestas en la vereda, apoyadas en la fachada de la cochería; se llevó una por delante y la derribó. Estuvo a punto de caer, tocó el piso con sus manos y siguió corriendo. Miró atrás y vio a los dos hombres que lo perseguían saltar la corona tirada. Al volver la cabeza vio que en la esquina un colectivo se había detenido para dejar subir a un viejo. El colectivero esperaba que el semáforo se pusiera verde. Luis aprovechó para lanzarse hacia el colectivo y saltar al interior. El  chófer pisó el acelerador. Miraba cómo los hombres de traje guardaban sus armas, cuando el colectivero le preguntó adónde iba.

 

por Adrián Gastón Fares

 

 

Credos

poemas

Somos todos grandes
Monstruos terribles.
Monstruos
Planetas descolocados
Tratando de ponerle sentido
Al viento
El viento lo tiene
Causa y efecto
Nuestros cuerpos también
Pero nuestras mentes
No son humanas
Creemos ser humanos
Pero es un cuento viejo ese
Más vale reconocer
Que si uno se atreve a serlo
La soledad será eterna
Y eso no es nada raro
Los árboles aprendieron a vivir más
Que los seres humanos
Porque saben lo que somos
Todos los embustes
Todos los inventos
Hacemos lo posible por matarnos los unos a otros
Somos una sanguijuela pensante
Y la capacidad de producir y difundir
La destrucción del la mente humana
No tiene parangón en el universo
Tanta evolución para leer el diario
Tanto arte para un vacío que nunca se llena
Más vale perder toda esperanza
Endurecerse como una piedra
Ser artista de una mente que aún no existe
Reescribir Frankestein desde la perspectiva de la nena ahogada bajo el agua que ya no puede llorar
Destruir nuestro cuerpo
Para que la conciencia ya no exista
Porque nuestro cerebro no es más bello que el colmillo de un león
Es más afilado
Y más certero
La vida para los humanos es un egoísmo creciente y justificable
Escondido incluso con las mejores artimañas
Destruir nuestra falsa humanidad
Separarnos definitivamente unos de otros
De esos inventos para utilizar al otro
Para sobrevivir
Mujeres de hombres y todas las variantes posibles incluso la de la mentirosa amistad
Debería ser el objetivo de cualquiera
Que se quiera un poco
Y el cinismo es la única opción adaptativa
Nunca ponerse en el lugar del otro
Porque ese lugar
No existe
No somos padres
No somos hermanos
No somos esposas
No somos hijos
No somos hijas
No somos amantes
Ni madres
Somos el escupitajo de unos órganos
Que no sabían lo que iban a terminar produciendo
Pero qué tal vez algún día lo puedan reconocer
Y este cuento de la falsa evolución
Se termine de una vez por todas
No hay que creerle a nadie
Ni a ninguno que justamente cuente historias de superación personal
Menos
Huir
Correr con pies de niños hacia la nada de los ojos muertos de las estrellas
A nadie
Etiquetar a todos
Menos a uno mismo
He ahí la salvación
Y la única forma de amor que no miente
Tal vez así pueda algún día yo solo
Destruir todas las adaptaciones programadas
Para ser libre otra vez
Para escapar de los ojos raros que me leen o que podrían llegar a leerme en un mañana que en este momento
No existe.

Por Adrián Gastón Fares

Marcado

Cuentos

La claridad entra cuando la mano corre la cortina en ese primer piso de Lanús. Ramas de olivo y brillo del sol. Ninguna figura espectral en el jardín, ningún plato volador en el cielo. Los marcianos prometidos en la Conozca más brillarán por su ausencia con el sol de otoño.

El chico suelta la cortina y gira, dando la espalda a la ventana, inmerso en el fulgor de la media tarde. El agujero de la escalera de la ventana. Risas que vienen del piso inferior, donde su madre da clases por la mañana y por la tarde.  Golpeteo intermitente de las teclas del piano.

La soledad es un movimiento mecánico. Uno camina hasta determinado lugar, como Glande hacia el agujero de la escalera, sabiendo que no va a encontrar lo que busca y sin embargo lo hace, ahí es dónde, con el tiempo, se dará cuenta años después, se manifiesta la soledad. Inmediatamente aparece su compañera habitual: la desesperación. La desesperación anida entre escalón y escalón de la soledad. Cuando tambalea la ficción que creamos para nosotros, cuando la esperanza ya no existe dice hola la desesperación. Porque nos damos cuenta que la comunicación entre las personas es casi imposible. Todo este aparato de palabras que deben ser repetidas una y otra vez para que alguna llegue al destinatario y dos cerebros compartan un dibujo parecido. Y entonces quizás…

La esperanza completa el círculo vicioso.

La soledad es mecánica y acumulativa. Al principio se aguanta mejor que con el tiempo, porque como a una novia, recién se la está conociendo.

Y entonces, el chico se acerca al agujero de la escalera para ver si sube alguien o para asegurarse de que nadie aparezca, y después sigue en su mundo, tan liviano entonces pero que pronto va a empezar a pesar más, cuando en la soledad del piso inferior, entre pianos y partituras, le ponga letra a la canción que compuso. La letra se le ocurrió en el colegio, rodeado de chicos.

No se encuentra un lugar

Parece que ya no estoy más

Estar apartado

Quedo marcado.

por Adrián Gastón Fares

Los incómodos, de Elizabeth Aimar.

Al Margen, ehh
Después de leerlo un poco en la librería acabo de comprar el libro “Los incómodos”, Derechos y Realidades de las personas con discapacidad en la Argentina, de Elizabeth Aimar, que recomiendo.
Recién editado, Junio de 2019. Ojalá hubiera más libros sobre la temática en Argentina. Es una de las pocas brújulas que hay al respecto en el país.
Se consigue en Cúspide y otras librerías en papel y también se puede optar por la versión digital, online (como BajaLibros.com). por Adrián Gastón Fares.
Pueden adquirirlo, por ejemplo, en este link:
Editorial Paidós.
Copio la introducción, las palabras de la autora:
Son ellos, los que se alejan, los que sufren, los que no entienden, los que no pueden hablar.
Son ellos, los que no pueden preguntar, los que no llevaron el regalo porque pensaron que quizá no sobrevivía.
Que no pudieron invitarlo más a las reuniones del club porque les duele ver que el hijo de su amigo no pueda jugar a la pelota igual que los suyos.
Es ella, que no pudo visitarlo más porque no soportó el ruido de respirador y pensó que molestaba.
Es él, que faltó a la fiesta de 15 porque no sabía qué regalarle. Él, que no visita a la abuela porque no soporta que no lo reconozca más que de a ratos.
Es ella, que no se animó a decirle a su mejor amiga que su hijo se había recibido de ingeniero y se había casado, porque tenía miedo de que se pusiera triste.
Ella, que no se animó a dar el ingreso a la escuela a ese joven porque tiene síndrome de Down y no sabe cómo tratarlo.
Él, que durante años trabajó en la misma oficina y nunca se animó a preguntarle por qué está en la silla de ruedas.
Desde el título, este libro pretende interpelar la mirada social sobre la discapacidad. Sabemos que quienes conviven con ella tienen una vida más incómoda, sí, pero pocas veces nos detenemos a pensar en la incomodidad que la discapacidad genera en los demás, allí donde irrumpe.
Tal vez por eso durante tanto tiempo fue ocultada, disimulada, silenciada.
Incluso en una época en la que predomina el discurso inclusivo, son muchos los que se sintieron, se sienten o se sentirán incómodos con la discapacidad.
En este libro los invitamos a conocer nuestras vidas, porque solo el conocimiento les hará perder el miedo y quizá dejen de sentirse incómodos. por Elizabeth Aimar.
Los incómodos de Elizabeth Aimar