Lo poco que queda de nosotros. VII.

La niña calva se adelantó con el arma que le había quitado al hombre de bata y le apuntó directamente a su padre. Su boca temblaba pero su mano estaba firme. El hombre gordo se interpuso entre la niña calva y su padre. Tenía las palmas de las manos extendidas en una señal de contención.

Hijo de puta, me abandonaste, le gritó a su padre.

Nadie contestó.

Pensá, primero, pero haz tu voluntad, le dijo el hombre gordo.

El hombre de bata estaba congelado. La niña calva apretó el gatillo. Silencio. Su padre seguía sentado dándole la espalda al escritorio. La niña calva se volteó y miró al hombre de bata, que no sabía qué decir. Entonces, asombrada, apuntó al hombre gordo.

Dale, apretá. Date el gusto. En la vida hay que darse los gustos.

El hombre gordo esperó el disparo. La niña calva temblaba tanto que la pistola se le escurrió de sus manos.

No hay que llorar. Llorar un poco está bien pero un día hay que parar. Les traje esto, les pertenece.

Eran dos anteojos con marcos circulares de cristal amarillo.

Mientras la niña calva seguía llorando el hombre de bata se puso los anteojos. Salió de la habitación. Encontró una ventana en el pasillo y se asomó a mirar. Negaba con la cabeza. La niña calva detuvo su llanto y observó la situación. Se ubicó los anteojos, temblando, y miró hacia donde había estado su padre.

¿Donde está?, pregunto al hombre gordo.

Tu padre nunca estuvo aquí.

Pero recién estaba.

No está.

¿Dónde está?

De vacaciones. En el Caribe..

La niña calva intento recoger la pistola. No estaba en el piso. Ahora estaba en las manos del hombre de bata. Que apuntaba hacia el hombre gordo.

¿Qué es lo que pasa? ¿Usted quién es?, preguntó el hombre de bata.

Soy el Dr. Herzium. No se acuerdan de mí, calculo.

No, dijo la niña calva.

¿Por qué si me saco los anteojos esta mi papá y si no… no?

Tiene razón ahora no está el viejo ese.. digo tu padre.

Lo que ocurre es que ustedes iban a morir.

Estábamos al tanto de eso, dijo el hombre de bata.

Pero sus familiares han firmado un permiso para hacer un pequeño experimento científico para salvarlos. Tuvimos algunos problemas de presupuesto. Hicimos lo que pudimos. Justo al final los problemas. Pero los salvamos, como verán.

¿Y en qué consistió el experimento?

¿Probaron en ratas antes? Sinverguenzas, maltratadores de animales, gritó la niña calva.

No. Probamos con ustedes. Esas pruebas las hicieron otros antes.

¿Qué me hicieron?, preguntó el hombre calvo.

Les hicimos. No deje a la nena afuera.  Lo que hicimos fue desconectar sus cerebros de sus cuerpos. Operar directamente sobre la materia gris. Reemplazarla por un receptor de señales bluetooth conectado a su columna vertebral. Básicamente.

¿Y el resultado?

Sobrevivieron. Sus cuerpos conservaron las funciones motoras. Pero sus mentes ven la realidad de una manera distinta a los demáss. Es como una alucinación compartida.

¿Cómo?

Ustedes no se conocían. Nunca se habían visto ni habían hablado. Pero al despertar empezaron a ver como dice esa película… Gente muerta.

Zombis que no se alimentan, no comen, que están como estúpidos hasta que mueren, dijo la niña calva, Es terrible.

Claro, es terrible, pero no existe, sentenció el hombre de bata. No existe para otras personas que no sean ustedes dos.

¿Como empezó eso?, preguntó el hombre de bata.

No empezó. Eso que ven. El futuro postapocaliptico, digamos, está en sus mentes. En la de los dos. No existe, acabo de decir.

No entiendo, contestó el hombre de bata.

Sáquese los anteojos, señorita.

La niña calva, confundida, obedeció.

Papá. Soy yo. No quería hacerte mal…

No va a contestar. No está. Está en su mente. No pudimos completar esa fase de la experimentación por falta de fondos, pero tengo planes con ustedes, saben, yo empecé como psicólogo, luego psiquiatría, luego neurobiología. Me gusta tanto. Es mi pasión, sonrío el hombre gordo.

Ya vemos que le gusta, dijo el hombre de bata.

Pero al no tener fondos mi investigación quedó por la mitad. Es terrible, ¿no? Cosas de política y eso… Ya saben donde vivimos. El país…

Está destruido hace bastante, ciertamente, dijo el hombre de bata. Pero usted está mas resentido que mi amiguita con su papá.

Perdone a la niña, siempre digo que el mundo es injusto, muy injusto. Y además. No se haga el que no está resentido con su novia.

¿Donde está esa mujer?, preguntó el hombre de bata.

Se fugó con su amigo apenas entró usted a la clínica. Bueno, no sé si es su amigo. Sé poco de fútbol pero era su principal oponente futbolístico, tengo entendido. Equipos contrarios.

Ese tarado. Sí, es mi amigo. ¿Y quién acepto que experimentaran conmigo? La firma digo:  ¿quién la puso?

Su madre.

Mi madre. Está muy ida. A veces se pierde.

Claro.

¿Y en mi caso?, quiso saber la niña calva.

El hombre que usted ve pero que no está.

Qué hijo de puta.

Pero tengo buenas noticias, siguió el hombre gordo:

Como este experimento sigue en pie. Necesitamos estudiar cómo reaccionan sus cerebros a sus miedos primordiales. Necesitamos que se conecten del todo, que vean la misma realidad que todos los demás.

¿O sea que existen los demás?, dudó la niña calva.

Claramente, señorita. Describa el mundo que vio afuera.

Muertos, moscas, gente sin comer, desnutrida.

Eso está en su mente. Los demás, ciertamente, existen, pero no así. El mundo sigue normal. Bueno, como antes digamos… esa normalidad.

Qué cagada, dijo la niña calva.

Por eso como científico tengo la manera, y el deber antes que nada, de que arreglen su visión del mundo. Lo que deben tratar es un viejo truco del psiconálisis: enfrentar sus miedos.

¿Miedos?, preguntaron al unísono.

Hay un cuarto en una casa de Banfield donde usted cree que existe un ser que controla el agua.

Barleta.

Eso, busque a su novia. Busque a ese tal Berreta.

Barleta, el fantasma de Barleta.

Bueno, a Berleta (sic), búsquelo. Ya veremos qué ocurre.

Yo no tengo miedos, levantó la frente la niña calva.

¿Usted? Tiene que ir a su casa. Entrar a ese departamento oscuro y acercarse a un cuarto, un cuarto donde se escuchan ruidos que usted no soporta ni comprende.

La niña calva estaba con lágrimas en los ojos como cuando sostenía el arma contra su padre.

¿Quién se quedó a cuidarlo?, preguntó

¿A su hermanastro? Nadie. Por eso.

Lleven los anteojos para guiarse en el mundo y por favor no tomen comida sin pagarla. Tuvimos que seguirlos para que los comerciantes no los denunciaran. El arma era una pistola de carnaval, igual no les servía de mucho. Acá tienen lo necesario.

El hombre gordo le pasó una mochila roja al hombre de bata y otra azul a la niña calva.

Es el momento de la verdad, agregó.

por Adrián Gastón Fares

Nota 1: Tal vez continúe Lo poco que queda de nosotros; es una novela, por ahora, no puedo asergurarlo, sé para donde va, pero hay otras cosas para hacer.

Nota 2:

Agradezco si pueden difundir y firmar esta petición que hicieron por lo que estoy viviendo con el premio de mi película Gualicho y el INCAA (Instituto de Cine Argentino)

No hace falta que la firmen si no pueden entrar a la página de Change.org (tal vez sea molesto) pero sí que difundan lo que dice en el cuerpo de ella. Creo que es importante, tanto como lo que he contado en otras entradas en este blog sobre la situación negligente institucional de mi película Gualicho, INCAA y la productora presentante de la misma, y que también pueden leer en mi Facebook. Difundir es importante.

Saludos. A. G. F.

Link a la petición de comprensión:

http://chng.it/GrXc4CLV

 

2 Replies to “Lo poco que queda de nosotros. VII.”

  1. Lo disfruté mucho. Me parece genial “No pudimos completar esa fase de la experimentación por falta de fondos”, tan verídico. Por cierto, petición firmada y difundiéndola todo lo que puedo. Me parece una tremenda injusticia. Mucho ánimo y todo mi apoyo.

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