Lo poco que queda de nosotros. IV. Novela.

La niña calva se dio vuelta en seco en la esquina de Cerrito y Avenida De Mayo.
De repente, ciertas tardes de su pasado flotaban delante suyo. Memorias visuales tan claras como las escaras que volaban su alrededor. Su padre afirmando que en el realidad no tenía nada en el cerebro. Su madre dándole la razón cuando él decía que sus ataques de ira eran el ejemplo más claro de que estaba poseída. Cuando las tomografías detectaron el tumor su familia seguía afirmando lo mismo. Por lo que tenía en la cabeza cada tanto tenía ataques de epilepsia. No la comprendían.

Delante de ella, en vez de los edificios modernistas de la avenida apareció una iglesia de estilo neogótico. Su padre la llevaba los domingos a la Feria de los Pájaros. Pero si ella se empecinaba con algún pez cuyo color le había gustado a su padre le daba por llevarla a la iglesia que estaba cerca.

Se vio a sí misma traspasar la puerta de madera de la mano de su padre. Ella llevaba una bolsa transparente con un cabeza de león, un pez con una cresta roja llamativa. Su padre la arrastró de la mano hasta el altar dorado de la virgen y pidió a los gritos que la estatua ahuyentara el demonio del corazón de su hija. ¿Cómo podía ser que no se contentara con nada? Ni siquiera con un cabeza de león.

La niña calva, que en el recuerdo tenía pelo corto rozando la nuca, negó con la cabeza, mientras la poca humedad que retenía su cuerpo empezó a rasparle el pecho para acumularse en sus ojos y deslizarse al exterior. Una escara voló hasta pegarse en su mejilla mojada.

Se dio vuelta para apartar de su mente esas memorias.

Quedó mirando hacia Cerrito, el mural de Evita hablándole a un micrófono de metal. La calle se iba haciendo más angosta hasta bifurcarse en la autopista y Lima. La sombra del árbol gigante saludaba a los que se alejaban o entraban a la capital.

Al darse vuelta, la niña calva descubrió a un mosquito que la venía persiguiendo desde que el hombre de bufanda se había estrellado contra el edificio. El mosquito retrocedió ante su mirada. Cerca, había una caja de pizza atada con hilo.  La niña calva, mientras el hombre de bata la observaba como si estuviera loca, cortó el hilo. Luego extendió la palma de su mano a noventa grados de su muñeca. El mosquito, de mayor tamaño que la mano de la niña, voló dando vueltas alrededor. Se acercó y apoyó una de sus patas en un dedo.

Dudó y volvió a volar.

Correte, dijo el hombre de bata. Estaba apuntando con su pistola al mosquito.

No, si quiere picarme ya lo hubiera hecho. Dejame, contestó sin mirarlo la niña calva.

Llevó un dedo a su boca y lo mordió. Brotó sangre. El mosquito aterrizó sobre la palma de su mano, extrajo su aguijón, y sin tocar la piel de la niña hizo desaparecer la sangre subiéndola a través de su sorbete orgánico. Luego se quedó en la palma de la mano de la niña, alternando sus patas traseras, acomodándose como un gato en una manta. La niña calva aprovechó para atar una de las patas del mosquito al hilo y se dio vuelta, avanzando dos pasos.

Siempre quise tener un perro y nunca me dejaron.

Estás loca.

Poseída decía que estaban, loca no. Viste que no me atacó.

Siguió caminando delante del hombre de bata. El mosquito, como un pequeño barrilete, iba volando a sus espaldas. Mantenía distancia. Cuando la niña calva se detenía el mosquito se posaba en algún tacho de basura o absorbía la sangre de algún animal muerto; palomas o ratas.

El hombre de bata estaba asombrado porque había tan pocas personas en la calle. ¿Dónde estaba toda la gente? Se acercó a un tipo con saco y portafolio que se había quedado parado observando un escaparate de una tienda de fundas de celulares. Tenía el pantalón muy abultado en el trasero. Como si fuera una bolsa.

Lo era. Se había cagado encima todo lo que pudo. Respiraba todavía y su piel estaba cuarteada y enrojecida por la falta de hidratación. Las uñas de sus manos estaban tan largas que parecía un vampiro. El hombre de bata lo observó mejor.

El hombre de portafolio tenía la boca abierta. Cada tanto una mosca se posaba en su mejilla, luego se metía en su boca.  En ese momento el hombre de portafolio cerraba su boca y tragaba. Así era como sobrevivían sin moverse, sin reaccionar, atrapados en los últimos actos antes de que su cerebros se hubieran desconectado casi completamente de sus instintos de supervivencia. El sombrero del hombre de portafolio estaba aplastado cerca. El hombre de bata le dio un puntapié como si volviera a jugar al fútbol. Pero esta vez en un estadio vacío.

Recordó un gol. Su novia como una viñeta de un comic, gritando y sonriendo en las gradas del estadio. Habían intentando tener un hijo. La intención estaba pero uno de los dos era infértil. Eso hizo que comenzaran a pensar que eran incompatibles, algo que ya estaba claro desde el principio. Ahora con el tiempo y la hecatombe estaba más claro, se dijo el hombre de bata. Su amigo y rival retaba a sus compañeros por desatender la defensa. Pero le dedicó una sonrisa como si se alegrara de que hubiera metido el gol. Ahora la sonrisa parecía dedicada a su novia. Él sabía que lo engañaba. No sólo con su amigo. Lo engañaba cada vez que lo criticaba adelante de los demás, cada vez que le daba la razón a los demás sobre la decisión que él había tomado; prefirió seguir el club de sus inicios en vez de aceptar la oferta generosa de un club de Rusia. Su novia estudiaba biología. Él sabía que también lo engañaba con un ayudante de cátedra. No sabía cómo estaba seguro de eso. Pero una vez le había estrechado la mano al ayudante en un partido mixto que había armado su novia y de repente vio la imagen de su novia mirando el microscopio, del ayudante que se acercaba; miraban juntos. El ayudante giraba la cabeza y clavaba la mirada en su novia, que lo estaba mirando embelesada.

Mirá esto.

Lo niña calva lo alejó de su ensueño.

Frente a un edificio había una guía de turismo, de pie arriba de un banco de cemento, con un megáfono pequeño frente a la boca, casi como la chica dibujada en el edificio, pensó la niña calva.

Delante de la guía de turismo, un grupo formado por unas quince personas de distintas nacionalidades todavía esperaban su explicación turística. Los ojos de la guía de turismo de movían de derecha a izquierda, como si bajo el pelo grasoso tuviera un péndulo que manejara la órbitas. Los extranjeros habían pasado a mejor vida. Se pudrían sobre los pies. Algunos yacían en el suelo, pero otros estaban erguidos. La guía tenía los pómulos de las mejillas ajados, resecos. Le quedaba poca vida. Parecía pedir ayuda desde las canicas mecánicas que eran sus ojos. La niña calva se acercó y algunos de los cuerpos cayeron al suelo tan sólo por el desplazamiento de aire que ella generó al avanzar entre ellos. Giró sobre sus talones buscando al hombre de bata.

¿No deberíamos dispararle?

¿Dispararle?

Está sufriendo.

Todos sufrimos. Dejala sufrir.

¿Querés que lo haga yo?

El hombre de bata escondió la pistola en la espalda.

La niña calva se cruzó de brazos.

¿Vamos entonces?

¿Qué?

¿Seguimos?

El hombre de bata, todavía perturbado por su recuerdo, afirmó con la cabeza. La niña calva observó una vez más a la guía de turismo, con sus ojos desesperados en su faz cadavérica, como si fuera la virgen de esa iglesia a la que la llevaba su padre cuando era más niña. Luego se dio vuelta y tiró del hilo del que flotaba su nueva mascota. El mosquito la siguió. La niña calva y el hombre de bata retomaron su caminata por la avenida.

por Adrián Gastón Fares, 2019. Lo poco que queda de nosotros.

PD: Si quieren leer otra de mis novelas, Intransparente, esta ya terminada, pueden descargarla aquí:
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