Cine argentino estatal y corrupción.

Todavía estoy aquí tratando de filmar Gualicho.

¿Por qué no se pudo aún después de tantas penurias por un… premio?

Recapitulemos primero.

A nuestro universo entra una productora presentante desde el momento que me dijeron siempre en INCAA (se llama mala informacion eso) que no podíamos presentarnos al concurso por no tener puntaje por Mundo tributo (sí, una película que emiten canales del… mismo INCAA, otros nacionales, que fue vista en festivales de cine de muchos países, y que fue realizada de manera independiente, con nuestro dinero, por Leo Rosales y el que escribe; fuera del INCAA)

Por lo tanto INCAA nos obliga a buscar un tercer productor (o no podíamos presentar)

Ahí nomás aceptó la responsabilidad, Pamela Livia Delgado, con el aval de Cepa Audiovisual y Chinita Films.

Ganamos. ¿O Ganó? No sé. El INCAA decidió no poner a director, autor y guionista en la resolución del premio pero el llamado a concurso fue a…: Un director que no hubiera estrenado una largometraje de Ficción en el territorio argentino. Eso es Ópera Prima de Ficcion. Ok. A eso respondí mandando la película en la que llevo trabajando años: Gualicho.

Pamela Livia Delgado firma convenio en 2017 con Ralph Haiek, presidente del INCAA. En ese convenio también figuro yo como autor y mis porcentajes de ganancia.

En mayo de 2018, Pamela Livia Delgado, cobra el dinero de la preproducción de la película en su cuenta bancaria.

El INCAA le pagó por el premio a Gualicho: sin haber entregado la documentación necesaria nunca (fecha de inicio de rodaje, locaciones , etc.; pudimos descubrir)

Resultado: hacernos trabajar a mí y a Leo Rosales gratis, como si hacer una película no fuera un trabajo (una película cuyo proyecto, llevado adelante completamente por el que escribe y por el productor ejecutivo Leo Rosales, fue premiado por el aparato llamado OPERA PRIMA Blood Window INCAA, bajo la LEY de FOMENTO DEL CINE, que incluyó jurados internacionales y varias vidrieras que también significaron gastos para nosotros) Resultado 2 de este sistema brutal: pase libre para ejercer poder coercivo, ejercer maltrato impiadoso hacia nosotros, especulación total con la película y nuestro trabajo.

Este desdén hacia el trabajo de desarrolladores, escritores, guionistas, autores, este menosprecio que vivimos hasta ahora por la “productora INCAA” y otros que siguen ese patrón es intolerable.

Es lo que más me preocupa, duele y molesta de todo.

Adrián Gastón Fares

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Los exultados

Limpiaba con Alicia por las mañanas y después, cuanto ella se iba al curso de literatura rusa, yo atendía a los clientes. En París, como en Buenos Aires, los abogados eran muy buscados.

Allá la gente se daba cuenta de mi sensibilidad. Ayudaba que fuera un escritor en ciernes, que hubiera publicado una novela, los clientes me hablaban más de mi obra que de los casos. Luego volvía Alicia y seguía hablando con ella de literatura. Descorchábamos un champán. Y bebíamos hasta que nos dormíamos. Un día amanecimos desnudos y juntos. Abrazados por el frío que se coló durante la noche por la ventana balcón.

 A veces el sol inundaba la habitación. Preparábamos café. Lo tomamos con tostadas con mermelada de arándanos. Poníamos un poco de jazz en el tocadiscos.

Luego de almorzar íbamos a la Rue de Fleurus. A Alicia le gustan los números tanto como a mí. Y encontrábamos una casualidad interesante en que el número de la casa de dónde habían emergido tantos artistas era el mismo en el que se había clavado el tiempo de la vida de tantas estrellas de rock.

Por la Rue de Fleurus buscábamos a una mujer maciza, de pelo dorado. Debía acompañarla otra mujer, más enjuta. La habíamos visto rondar la placa de la casa que nos interesaba sin detenerse a leer la inscripción. Nos miraba porque íbamos demasiado elegantes, yo con sombrero y Alicia con un vestido azul con volados. Zapatos, nada de zapatillas. Seguíamos a la mujer tosca hasta que se detenía en una verdulería, por ejemplo. La mirábamos sopesar pomelos, aguacates, manzanas, hasta que seguía con sus compras sabatinas. Cada tanto se detenía a mirar su teléfono celular.

Uno de los sábados entró a una librería. Con Alicia nos miramos con los ojos brillando y nos fuimos a tomar un café. Hablamos de las posibilidades de que la mujer realmente fuera la buscada.

Pasó el tiempo, conocí a compañeros de curso de Alicia que parecían tener un interés que iba más allá de lo físico en ella, nos bañamos en champán y tomamos helado de limón. Rondando la madrugada volvíamos a dormirnos en cualquier lado, a veces observando el cuadro modernista de una pintora que había venido con el alquiler del departamento.

Y llegó otro sábado. La mujer maciza estaba hablando con dos jóvenes que parecían artistas. Nuestra excitación fue un aumento porque uno tenía la mandíbula cuadrada y a un niño en brazos y el otro era calvo y de mirada penetrante. Se hizo de noche y a las sillas de la mesa de la vereda donde estaban sentados nuestros objetivos se acercó un gato que estuvo un buen rato lamiéndose las patas cerca del hombre de mandíbula cuadrada. El gato siguió de largo y Alicia dejó dinero en nuestra mesa y me tomó de la mano para arrastrarme detrás del gato.

Lo perseguimos por una cuadra. El gato se detuvo quizás con la esperanza que le diéramos alguna sobra de la cena que no teníamos en nuestros bolsillos. En realidad, para poder pagar el departamento y nuestro tipo de vida, no siempre cenábamos.

Alicia se agachó, con el vestido azul redondeando todavía más su espléndido cuerpo, y llamo al gató. Ven, Blancanieves, le dijo. Recién la cuarta vez que lo acarició lo tomé con fuerza, le separé los dedos y los conté. Esperábamos seis pero era un gato común que no tenía ninguna malformación genética. Alicia, desesperanzada, insistió en pasar por el restaurante, y esta vez escuchó que los tres eran hermanos, que la mujer rellena era la tía del niño, y que estaban hablando de neurociencias y psicología.

Volvimos al departamento. Tomamos champagne. Lloramos. Guardamos nuestros manuscritos en las valijas, con cuidado de no estropearlos. Volamos a Argentina. Tal vez tuviéramos suerte cerca del cementerio asediado por una feria hippie.

En este caso parece más fácil. Tenemos que dar con un hombre alto y delgado, acompañado de una mujer hermosa, casi secreta, con una mirada huidiza y, más que nada, de un ciego. Seguimos sin cenar algunas noches pero descorchando champanes y despertando felices, cada uno amodorrado en su lugar.

Creemos que un día vamos a encontrar al ciego, que la mujer de mirada huidiza, que volvímos a encontrar esperando que se detenga la lluvia en la puerta de las salas de cine, como si se fuera a lanzar al abismo húmedo en cualquier momento, debería tarde o temprano llevarnos a la mansión de la otra chica con la que suele pasearse, una que usa siempre anteojos de celuloide color marfil con cristales verde oscuro.

Y Alicia piensa que una vez que encontremos la primera repetición, podemos volver a Praga, a Boston, a París, con más probabilidad de que se den las demás.

Por Adrián Gastón Fares .

Lo poco que queda de nosotros. V.

Mientras caminaban por la Avenida de Mayo y dejaban atrás al grupo de turistas pútridos, los dos sobrevivientes sintieron hambre. El hombre de bata le tiró unas Pringles a la niña calva. Ella se fijó en la etiqueta, de queso, decía, las abrió y comenzó a masticarlas. Se detuve frente a una heladería, sabiendo que el helado estaba descongelado dentro de las heladeras. Era triste. La tristeza se estiraba hasta que la niña calva se llevaba otra papa frita a la boca. La alegraba comer esa porquería. Sabía que era una porquería porque sus padres le tenían prohibido comerla. De repente, la niña calva, extrañó a su amiga, esa chica con la que iba a comer helados a Burger King. Su amiga, que se llamaba Ema, siempre llevaba puesta una remera de The Walking Dead. Ella nunca había visto la serie. No hacía falta porque su amiga se la había contado. Su amiga decía que su padre, que era psicólogo, decía que la serie era muy útil para explicarles cómo funcionaba la sociedad a sus alumnos de la facultad. Ninguna de las dos entendía por qué. Le parecía que el padre de su amiga estaba un poco loco. Más que el suyo. Y eso era ya mucho decir.

Cuando la niña calva se dio vuelta, el hombre de bata estaba arrojándose a la boca cereales de una caja que recíen había abierto.

¿Tiene pasas?

Sí.

Pasame el otro.

El hombre de bata le tiró la caja de los cereales rosados. La niña calva arrojó el paquete de Pringles y se abocó a devorarlos.

Siguieron caminando. En una esquina había una policía de tránsito. Como estaba en el medio de la calle, los cables de tensión habían hecho que la acumulación de palomas sobre su cabeza atrajeran un montón de cagadas sobre sus hombros y cabellos. La policía de tránsito parecía el hombre de las nieves. Estalactitas blancas de cagadas. Todavía respiraba y parecía alimentarse de las moscas que atraía la deposición de las aves. La niña calva la miró con pena. No había nada que hacer. La boca, como la del hombre de portafolio, se cerraba cada tanto, como si fuera una planta carnívora, sobre las moscas y mosquitos que rondaban. Daba asco. Pero la niña calva no podía permitirse pedirle al hombre de bata la pistola. Sabía que la necesitaría más adelante y pedírsela ahora para terminar con el sufrimiento de esa mujer sería un claro signo de que tramaba algo. Su padre afirmaba cuando miraba los partidos que los futbolistas de ahora eran menos hábiles pero también menos estúpidos que los de antes. Así que sabía que el hombre de bata no era un hombre de las cavernas por jugar al fútbol. Es más, ella también jugaba al fúbtol y sabía que para jugar bien había que tener la cancha en la cabeza. Cuánto más grande era la cancha más complicado era. Como cualquier otra cosa en la vida.

Ema también le había enseñado que lo que movía al ser humano era el poder. Su padre psicólogo decía eso. Y ellas dos habían llegado a la conclusión de que había un poder malo y otro bueno. Y aunque todavía no sabían mucho de sexo, más allá de algunos besos furtivos con los compañeros, las dos sabían que también el deseo era comandado por el poder. Lo mismo sabían los compañeros del colegio semi católico donde iban. Era como una intuición que se aprendía de alguna forma u otra.

La niña se dio vuelta. El mosquito no estaba más.

¿Me querés decir dónde fue Mateo?

¿Mateo?

El mosquito.

El hombre de bata frunció los labios. Era obvio que le había cortado el hilo.

¿Vos me alejaste a Mateo?

¿Vos llamabas Mateo a esa cosa horrible que podía comerte en cualquiera momento, sacarte los ojos como hizo con el viejo ese?

Sí. Era mi mascota. Mateo.

Bueno. Tenés que buscar otra.

La niña calva asintió. ¿Quién era ese tipo que le había tocado de acompañante en el fin del mundo? Un futbolista. Justo. Ella quería ser bióloga. ¿Qué la unía a un futbolista más allá de algunas coordenadas que había que tener en cuenta cuando una jugaba? La vida no era un juego. Mejor llevarle la corriente.

¿Y tus hijos?

¿Tan viejo parezco? No tengo hijos. Un gato nada más.

¿Cómo se llama?

Motor.

Lindo nombre para un gato.

¿Y a vos te gusta alguno del colegio?

¿Algún qué?

Algún compañero.

¿Si me gusta?

Sí. A mí a tu edad me gustaba una.

A la niña calva se le cruzaron algunas nubes en la mirada. No estaban en el cielo. Así que el hombre de bata, que no era tan estúpido, se dio cuenta que alguno le gustaba.

No.

¿No hablás más con uno que con otro?

No. Pero hay un chino que me hace reir.

¿Un chino?

Sí.

Seguían avanzando por Avenida de Mayo, el hombre de bata quería llegar al Barolo, aunque sabía que debía dirigirse a zona sur a buscar a su novia, pero no quería saber nada con el tema; le había parecido raro que no estuviera en el hospital. Sentía en el pecho algo muy raro cuando pensaba en ella. Era como si tuviera un Alien y le estuviera por salir del pecho. Pero esa imagen que en la película tenía nombre era una sensación que no podía nombrar. ¿Qué podía hacer con eso que en cualquier momento iba a salir de su pecho pero que no sabía nombrar?

Tenía que seguir a la niña calva, porque tal vez ella, como el director técnico, tuviera la respuesta. Y tenía que mantener la pistola alejada de ella, porque no sabía muy bien para qué quería usarla. Ninguno de los dos. ¿Ella había dicho que estaba poseída? Tal vez lo estuviera. Su novia creía en esas cosas.

Una vez le había dicho que en la casa de Banfield el agua salía de la rejilla porque un espíritu la expulsaba. También su novia creía que en el baño había un fantasma. Energías, cosas así, que se activaban más que nada cuando él perdía algún partido y su sueldo parecía peligrar. El fantasma que vivía en el baño tenía una amistad con la madre de su novia, que parecía promover las creencias fantasmales de su hija. Hasta le había puesto nombre al fantasma que vivía en el baño de su casa. Barleta.

El fantasma de Barleta era bastante insidioso y era capaz de derramar el agua de las alcantarillas, no era el pelo de su hija que se caía porque comía poco y nada para mantener la figura; era el fantasma de Barleta. Al hombre de bata le hubiera gustado que el fantasma de Barleta apareciera delante de él. Le hubiera gustado presentarle el fantasma de Barleta a la niña calva. Pero esa cosa estaba en Banfield. En su baño. Y en su debido momento, cuando ya hubiera cumplido con lo que esa niña le había pedido, iba a tratar de que lo acompañara a buscar a su novia. Y ahí se iban a encontrar, quieran o no, pensaba él, con Barleta. Tal vez la pistola sirviera para eso.

La niña calva se reía.

¿Qué es lo gracioso?

El chino dice que su papá mató a un loro.

¿Mató al loro?

Sí, tenía un loro y el papá un día se enojó porque el loro gritaba mucho y le clavó un cuchillo.

Pero estaba loco ese chino.

Dijo que también mató a la hermana.

¿A la hermana?

Dice que le nació una hermana al chino y ese día el padre la mató, porque no quería tener una hija.

El hombre de bata se reía porque no sabía si era verdad o mentira lo que contaba la niña calva y no sabía cómo reaccionar.

Ese chinito es muy mentiroso.

Dice que es verdad.

¿Lo del loro y la hermana?

Sí.

Entonces el padre es un asesino.

Es un loco.

¿El papá?

Sí, es loco.

Son inventos.

La niña calva se quedó con la mirada perdida, ahora sus ojos estaban clavados en el pasado, en el chino y los cuentos que le contaba en el aula del colegio.

De repente, una bandada de palomas cruzó el cielo formando una especie de V.

¿Ahí queda el edificio, no?

¿Dónde? ¿Qué edificio?

Donde trabaja mi papá.

¿El Barolo?

El hombre de bata no contestó. Tenía ganas de llegar de una vez por todas a ese edificio oscuro. Iba a estar vacío y el padre de la niña podrido y entonces, ¿qué? Iba a tener que consolarla. Abrazarla.

Si no quedaba nadie más en el mundo, iba a tener que criarla. Era una cargada del destino. Ahora que ya no habían partidos donde una niña lo pudiera ver jugar, ahora cuando su novia se había esfumado, de repente le habían dejado una niña a su cargo. Cualquier otra hubiera servido antes. Los dos, su novia y él se hubieran arreglado para formar un nido, hacerla crecer, mimarla, ilusionarla, pero ahora estaba sólo, y al mirarse en el reflejo en un vidrio de un zapatero cuyos huesos estaban amontonados en el banco casi en el borde de la acera, notó que su mirada era la de un niño. Mayor que la niña, pero la diferencia no era tan grande.

Está hecho polvo, dijo la niña calva.

El hombre de bata, con los ojos clavados en el espejito, no agregó nada.

 

por Adrián Gastón Fares

El libro sumergido

De nuestra especie es
unir ciertas estrellas con la vista en la mente
Y llamarlas centaurides
Pero no podemos espolearlas para que nos galopen el universo
Sin embargo
Los ojos rastreros de las Lavozas no podían
Mirar tan lejos
Y descubrieron esas blancas pupilas
En el agua calma del río
Así llegaron a la luna
Antes que nuestras naves
Así se convirtieron en nadadoras
Y tocaron lo más hondo
Dónde reina lo que no vemos
Y no existen las interpretaciones
Ni los juicios
Así saben que no sirve pensar cuando
No se Escucha
Ni se puede Mirar
En lo recóndito de lo negro
No existe la culpa
Ni la angustia
Que arruinan a los que quisieron ser humanos
Saben que solo hay que mantener la horizontalidad heredada
Las que no repiten palabras
Las que evitan las variedades
Buscan el tiempo
Mudan nuestros caminos
Aplastadas como una hoja de papel
Dejan que la gravedad escriba sobre ellas
Solo cuando un maremoto
Admite una bocanada de luz
Se curvan
Y leen los signos en su cuerpo
Luego esperan
Siguen aplastadas hasta que
Otro milagro llega
Y un astro de los que perseguían
Hace millones de años cuando se
Lanzaron a lo ignoto
Cae con tanta fuerza
Que roza lo profundo
Recuperan su volumen
Parten en dos a las mares costeros
Respiran hondo en el suelo que queda más allá de lo profundo y estiran sus piernas, sus espaldas, sus brazos
Lejos de donde ellas eran tan singulares
Que hasta se daban el lujo de repetirse
Dóciles, dejaron que les escriban todas las aventuras que vivimos
En vano si no nos animamos
a dar el segundo paso
A seguir su plateado guion
Cuando ahora miramos a los cielos
Con nuestra vista tan entrenada
No son las estrellas lo que vemos
Son las tachuelas de plata
Tras las que ellas se zambulleron
Lavozas
De canto aguado
Sus pies de barros y algas
Son a veces cercenados por los hombres
Luego besados y orados en secretos altares
En Julio y otros meses he escrito sobre lo que una Lavoza
Es capaz de hacer despegada del fondo del mar
Para cambiar lo malo
Por lo que piensa bueno
Dejo a ustedes la decisión
De recibir o no la historia
Antes de que ellas mojen mis papeles
Con sus uñas húmedas
Y los lancen al cercano río
Para que el menos abisal de los peces abisales deje el testimonio de las victorias de sus madres en el libro sumergido que van compilando sus repetidas hijas.

Por Adrián Gastón Fares, 2019.

Soñé con el amor

Soñé con el amor,
y era lo mismo que antes.

Ví caer iglesias
Crecía el fuego en la parroquia

Esa emoción parásita de los sueños
Que parece querer devolvernos a la trampa

Pero soy el resultado de miles de años de responder a este sueño

No abriré las puertas
Cerraré los postigos
Cortaré el agua
Bajaré las persianas

Y te trataré como un objeto.

Cómo una mosca atrapada en una telaraña que ni siquiera yo he tenido la suerte de tejer

Dejemos que se afilen las puntas de la verdad y que los cuerpos de los culpables se desangren sobre el metal brillante como fue anunciado por su propia estupidez.

Yo te ví sonreír mientras me clavabas el cuchillo

Eso basta para que el odio detenga los relojes.

El tiempo congelado.

Dónde uno puede pasar toda la vida, reescribiendo la historia.

No movamos un dedo.
Cruzados de brazos.

Miremos.

Cómo los gusanos despellejan
Al ser necesitado que alguna vez fuiste
Esa cosa minúscula que provoaba sonrisas
Y preocupaciones
Que nunca fueron las mías.

Sino la del ejército de imbéciles
Que son capaces de cuidar a un gorrión
Y abandonar a un ser humano

En nuestro fogón

Ellas cantan venganzas

Y escriben canciones para las cunas vacías

Luego solemos beber y pescar en un río oscuro

Y de nuestras garras peludas
Solo escapan los esqueletos
Que la corrupción y la mentira
Han carcomido

Estoy debajo de la pila de muertos
Y mi boca murmura palabras que desintoxican el veneno
Que mató a los que flotan río abajo
Donde las capullos crecen grandes
Y los vivos no los tocan

Hasta que florecen, y lloran como en el sueño donde una mujer escapa por pasillos pintados con murales con mi nombre oculto.

Conozco un concierto donde los instrumentos tocan solos una canción que ellos mismos escribieron y que evitará que empiece otro poema con la frase
Soñé con el amor y que sigue con
Llore en el sueño, pero pasó el tiempo
Y no vale la pena.

Recursos y carácter para batir estas yemas.

La guerra a las promesas
Comienza rompiendo cartas.

Tal vez en ese lugar donde lo voluntad mueve montañas y el mundo es tan justo como la cumbre nevada donde guardaron a los huesos de los animales extintos.

Tan justo para que tu asesino deje de matar personas
Porque en mi historia fue criado con palmadas leves en la espalda.

Con dulces y sonrisas
Cómo un sueño
Punto final, al desencuentro.

por Adrián Gastón Fares.

Lo poco que queda de nosotros. IV. Novela.

La niña calva se dio vuelta en seco en la esquina de Cerrito y Avenida De Mayo.
De repente, ciertas tardes de su pasado flotaban delante suyo. Memorias visuales tan claras como las escaras que volaban su alrededor. Su padre afirmando que en el realidad no tenía nada en el cerebro. Su madre dándole la razón cuando él decía que sus ataques de ira eran el ejemplo más claro de que estaba poseída. Cuando las tomografías detectaron el tumor su familia seguía afirmando lo mismo. Por lo que tenía en la cabeza cada tanto tenía ataques de epilepsia. No la comprendían.

Delante de ella, en vez de los edificios modernistas de la avenida apareció una iglesia de estilo neogótico. Su padre la llevaba los domingos a la Feria de los Pájaros. Pero si ella se empecinaba con algún pez cuyo color le había gustado a su padre le daba por llevarla a la iglesia que estaba cerca.

Se vio a sí misma traspasar la puerta de madera de la mano de su padre. Ella llevaba una bolsa transparente con un cabeza de león, un pez con una cresta roja llamativa. Su padre la arrastró de la mano hasta el altar dorado de la virgen y pidió a los gritos que la estatua ahuyentara el demonio del corazón de su hija. ¿Cómo podía ser que no se contentara con nada? Ni siquiera con un cabeza de león.

La niña calva, que en el recuerdo tenía pelo corto rozando la nuca, negó con la cabeza, mientras la poca humedad que retenía su cuerpo empezó a rasparle el pecho para acumularse en sus ojos y deslizarse al exterior. Una escara voló hasta pegarse en su mejilla mojada.

Se dio vuelta para apartar de su mente esas memorias.

Quedó mirando hacia Cerrito, el mural de Evita hablándole a un micrófono de metal. La calle se iba haciendo más angosta hasta bifurcarse en la autopista y Lima. La sombra del árbol gigante saludaba a los que se alejaban o entraban a la capital.

Al darse vuelta, la niña calva descubrió a un mosquito que la venía persiguiendo desde que el hombre de bufanda se había estrellado contra el edificio. El mosquito retrocedió ante su mirada. Cerca, había una caja de pizza atada con hilo.  La niña calva, mientras el hombre de bata la observaba como si estuviera loca, cortó el hilo. Luego extendió la palma de su mano a noventa grados de su muñeca. El mosquito, de mayor tamaño que la mano de la niña, voló dando vueltas alrededor. Se acercó y apoyó una de sus patas en un dedo.

Dudó y volvió a volar.

Correte, dijo el hombre de bata. Estaba apuntando con su pistola al mosquito.

No, si quiere picarme ya lo hubiera hecho. Dejame, contestó sin mirarlo la niña calva.

Llevó un dedo a su boca y lo mordió. Brotó sangre. El mosquito aterrizó sobre la palma de su mano, extrajo su aguijón, y sin tocar la piel de la niña hizo desaparecer la sangre subiéndola a través de su sorbete orgánico. Luego se quedó en la palma de la mano de la niña, alternando sus patas traseras, acomodándose como un gato en una manta. La niña calva aprovechó para atar una de las patas del mosquito al hilo y se dio vuelta, avanzando dos pasos.

Siempre quise tener un perro y nunca me dejaron.

Estás loca.

Poseída decía que estaban, loca no. Viste que no me atacó.

Siguió caminando delante del hombre de bata. El mosquito, como un pequeño barrilete, iba volando a sus espaldas. Mantenía distancia. Cuando la niña calva se detenía el mosquito se posaba en algún tacho de basura o absorbía la sangre de algún animal muerto; palomas o ratas.

El hombre de bata estaba asombrado porque había tan pocas personas en la calle. ¿Dónde estaba toda la gente? Se acercó a un tipo con saco y portafolio que se había quedado parado observando un escaparate de una tienda de fundas de celulares. Tenía el pantalón muy abultado en el trasero. Como si fuera una bolsa.

Lo era. Se había cagado encima todo lo que pudo. Respiraba todavía y su piel estaba cuarteada y enrojecida por la falta de hidratación. Las uñas de sus manos estaban tan largas que parecía un vampiro. El hombre de bata lo observó mejor.

El hombre de portafolio tenía la boca abierta. Cada tanto una mosca se posaba en su mejilla, luego se metía en su boca.  En ese momento el hombre de portafolio cerraba su boca y tragaba. Así era como sobrevivían sin moverse, sin reaccionar, atrapados en los últimos actos antes de que su cerebros se hubieran desconectado casi completamente de sus instintos de supervivencia. El sombrero del hombre de portafolio estaba aplastado cerca. El hombre de bata le dio un puntapié como si volviera a jugar al fútbol. Pero esta vez en un estadio vacío.

Recordó un gol. Su novia como una viñeta de un comic, gritando y sonriendo en las gradas del estadio. Habían intentando tener un hijo. La intención estaba pero uno de los dos era infértil. Eso hizo que comenzaran a pensar que eran incompatibles, algo que ya estaba claro desde el principio. Ahora con el tiempo y la hecatombe estaba más claro, se dijo el hombre de bata. Su amigo y rival retaba a sus compañeros por desatender la defensa. Pero le dedicó una sonrisa como si se alegrara de que hubiera metido el gol. Ahora la sonrisa parecía dedicada a su novia. Él sabía que lo engañaba. No sólo con su amigo. Lo engañaba cada vez que lo criticaba adelante de los demás, cada vez que le daba la razón a los demás sobre la decisión que él había tomado; prefirió seguir el club de sus inicios en vez de aceptar la oferta generosa de un club de Rusia. Su novia estudiaba biología. Él sabía que también lo engañaba con un ayudante de cátedra. No sabía cómo estaba seguro de eso. Pero una vez le había estrechado la mano al ayudante en un partido mixto que había armado su novia y de repente vio la imagen de su novia mirando el microscopio, del ayudante que se acercaba; miraban juntos. El ayudante giraba la cabeza y clavaba la mirada en su novia, que lo estaba mirando embelesada.

Mirá esto.

Lo niña calva lo alejó de su ensueño.

Frente a un edificio había una guía de turismo, de pie arriba de un banco de cemento, con un megáfono pequeño frente a la boca, casi como la chica dibujada en el edificio, pensó la niña calva.

Delante de la guía de turismo, un grupo formado por unas quince personas de distintas nacionalidades todavía esperaban su explicación turística. Los ojos de la guía de turismo de movían de derecha a izquierda, como si bajo el pelo grasoso tuviera un péndulo que manejara la órbitas. Los extranjeros habían pasado a mejor vida. Se pudrían sobre los pies. Algunos yacían en el suelo, pero otros estaban erguidos. La guía tenía los pómulos de las mejillas ajados, resecos. Le quedaba poca vida. Parecía pedir ayuda desde las canicas mecánicas que eran sus ojos. La niña calva se acercó y algunos de los cuerpos cayeron al suelo tan sólo por el desplazamiento de aire que ella generó al avanzar entre ellos. Giró sobre sus talones buscando al hombre de bata.

¿No deberíamos dispararle?

¿Dispararle?

Está sufriendo.

Todos sufrimos. Dejala sufrir.

¿Querés que lo haga yo?

El hombre de bata escondió la pistola en la espalda.

La niña calva se cruzó de brazos.

¿Vamos entonces?

¿Qué?

¿Seguimos?

El hombre de bata, todavía perturbado por su recuerdo, afirmó con la cabeza. La niña calva observó una vez más a la guía de turismo, con sus ojos desesperados en su faz cadavérica, como si fuera la virgen de esa iglesia a la que la llevaba su padre cuando era más niña. Luego se dio vuelta y tiró del hilo del que flotaba su nueva mascota. El mosquito la siguió. La niña calva y el hombre de bata retomaron su caminata por la avenida.

por Adrián Gastón Fares, 2019. Lo poco que queda de nosotros.

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El descubrimiento de la noche

Esas alas de huesos con que descubrí el vuelo de la noche
El encanto que se haga de día
Solo y reunido
con ellas y ellos
Escribiendolos
Pensándolos
Escribiendo
sobre polillas
Y ellas acuden
Negras
Moteadas

Cómo ese remolino de hojas y basura
en un vértice del edificio de la estación Constitución
Cuando el viento sopla y paso con el 9
Cómo si rodearan algo que a la vez está
y no está

Juegan con la nada
Hasta la bolsa de plástico negra
Da vueltas
Agradecida
Porque nos gusta ser aceptados

Y ella también tiene su ego

Y ella también juega con esa sugerente nada
Que parece llena

Llena como esas noches descubiertas
En las que nos gusta saber

Para dónde navegan los botes
Porque hay fuego
Y la compañía
Necesita de hombres

Dice la canción

Me gustaría saber

Para dónde navegan los botes

Disfrutar
Con un grupo de personajes en la mano
Sacando la cabeza entre mis dedos escondo su cuerpo de palabras y espacios

Nunca me enamoré
Cómo de ese momento justo

Dónde se siente los cinco grados menos

Y las persianas dejan pasar el nuevo fresco

Porque los cuerpos están fríos en la cama

Y el viento sopla sus pesadillas
Y el frío de la soledad se calienta en la imaginación
Con ese hogar a leña que es
El Word
O la hoja de papel

De a poco me fui acercando a ese amanecer
Que no fue en la playa
Ni en la montaña
Si no en mi departamento
Con los bolsillos vacíos
Y la cabeza llena de posibles caminos
Que ni siquiera eran mios
Si no de lo que quiera que sea
Que mis pensamientos ronden
A través de unos nombres a las que no nos dejaban llamar porque había que dormirse temprano y a las doce

Los demonios aparecían de las manos de un santo atornillado para cantar los salmos que dejan sordos a los niños

De chicos no dormir es mala palabra
Esta prohibido
Y cruzar ese límite dónde clarea
El cristal de las ventanas
Cómo pupilas dilatadas
No fue tan fácil como parece

En esas horas donde no hay tantos pensamientos
Uno capta los sueños
Me gustaría saber dónde
Vivir
loco quiero
Cómo si fuera el primero
Que contó la historia
De la luna y el sol
De la tipa y el tipo
Que se calza las medias
Que se pone el sombrero
Del niño y la niña
De la chica y el chico
Y de todas las variaciones
Que salen y entran
De una cabeza
Que no sea la de un animal colgado
En una concesionaria de coches
Dónde cuidaba con mi tío abuelo
Cuando hacía esas changas el italiano
Y la noche tenía las horas contadas
Más de las doce no seguías
Llegabas a la playa
Pero no te metias
Porque es hora de tomar el sacramento de cerrar los ojos
Y los animales muertos necesitan
Que la luz de una linterna brille en sus ojos de vidrio
Pero una vez que de la mano de
Los pensamientos uno se mete en el mar
Y se deja ahogar
Descubre al fantasma de Alfonsina
Que en lo oscuro
Entre algas y caracolas
Burbujea cuentos
de miedo
Y los personajes
Todos acuden
Se sientan a compartir
Infusión
Juntos formamos una ronda
Dónde vuelan las polillas
Alrededor del río de las tramas
Encontrar el agujero
Dónde cabe tu voz
Encontrar esas voces
Que forman agujeros
Querida Elacion,
A ti me entrego

De aquí hasta que la muerte nos una y otra vez en el olvido

Nadie te espera en la noche primera
Dónde se llega tarde a la almohada
tarde a la mañana clareada
y se da la espalda al futuro de al lado
Con una sonrisa que podría ser más eterna
Que cualquier otra
Que logres dibujarte en la cara
En esa vida
Que no quisimos vivir

por Adrián Gastón Fares

Marcado. Relato.

La claridad entra cuando la mano corre la cortina en ese primer piso de Lanús. Ramas de olivo y brillo del sol. Ninguna figura espectral en el jardín, ningún plato volador en el cielo. Los marcianos prometidos en la Conozca más brillarán por su ausencia con el sol de otoño.

El chico suelta la cortina y gira, dando la espalda a la ventana, inmerso en el fulgor de la media tarde. El agujero de la escalera de la ventana. Risas que vienen del piso inferior, donde su madre da clases por la mañana y por la tarde.  Golpeteo intermitente de las teclas del piano.

La soledad es un movimiento mecánico. Uno camina hasta determinado lugar, como Glande hacia el agujero de la escalera, sabiendo que no va a encontrar lo que busca y sin embargo lo hace, ahí es dónde, con el tiempo, se dará cuenta años después, se manifiesta la soledad. Inmediatamente aparece su compañera habitual: la desesperación. La desesperación anida entre escalón y escalón de la soledad. Cuando tambalea la ficción que creamos para nosotros, cuando la esperanza ya no existe dice hola la desesperación. Porque nos damos cuenta que la comunicación entre las personas es casi imposible. Todo este aparato de palabras que deben ser repetidas una y otra vez para que alguna llegue al destinatario y dos cerebros compartan un dibujo parecido. Y entonces quizás…

La esperanza completa el círculo vicioso.

La soledad es mecánica y acumulativa. Al principio se aguanta mejor que con el tiempo, porque como a una novia, recién se la está conociendo.

Y entonces, el chico se acerca al agujero de la escalera para ver si sube alguien o para asegurarse de que nadie aparezca, y después sigue en su mundo, tan liviano entonces pero que pronto va a empezar a pesar más, cuando en la soledad del piso inferior, entre pianos y partituras, le ponga letra a la canción que compuso. La letra se le ocurrió en el colegio, rodeado de chicos.

No se encuentra un lugar

Parece que ya no estoy más

Estar apartado

Quedo marcado.

por Adrián Gastón Fares

Alimenta tu zombi con cerebros. III. Cine y Series.

En este capítulo de Alimenta tu zombi con cerebros recomendaremos algunos libros de cine, pero daremos una vuelta en calesita alrededor de un tema que divide las aguas de las bañeras de nuestros departamentos, donde ya los zombies no nos bañamos y mantenemos algunos cuerpos flotando: ¿qué diferencia hay entre el cine y las series?

Trataré de demostrar esta diferencia tratando de repasar algunas películas de Brian de Palma y haciéndole una permanente a las series (algo más rápido y mecánico; los temas se tratan según su mérito)

De Palma, un cineasta muy particular que salió en los setenta para reescribir algunas películas, más que nada y hacernos enamorar del cine de otros. Vi a De Palma antes que a Vértigo, ese caso De Palma es como una especie de Borges que señala a Stevenson, a Chesterton a otros escritores que realmente tienen un valor (a diferencia de Tarantino que no señala como dicen; Tarantino es un valor en sí mismo, regurgita otras películas que realmente, en su maroría, no valen la pena ver; salvo algunas de John Woo)

Entonces, el cine, representado por De Palma en este artículo tiene una distancia con las series muy notable. Esa distancia está dada por un sólo hecho: las series reconstruyen la idea de vivir en comunidad. Una serie es seguida por una persona para sentirse parte de un universo de personas ficticias diariamente; ¿por qué? Vivimos absolutamente aislados. Como vivo aislado me pongo a ver Mad Men o me pongo a ver Stranger Things, para volver a esa experiencia primigenia de la niñez de estar rodeado de gente, de vivir un tiempo con personas.

A veces me preguntan cómo me gustaría conocer a una chica. Digo, me gustaría conocerla en una comunidad posapocalíptica como pasa en ciertas ficciones, los dos lavando la ropa sucia todos los días en un lago. Eso me gustaría, pero por ahora es imposible.

Entonces el aislamiento psicosocial de la globalización es el que lleva a que las personas amen a las series. Y no importa qué tema traten, la serie es escapismo a su máxima expresión (no importa si esa serie es una de Bergman, quien también ha hecho miniseries; la miniserie es mucho más noble que la serie por su extensión).

A diferencia de las películas, que (oh, casualidad las de superhéroes son las más vistas, que se parecen a las series porque nos incluyen en una comunidad de personajes que ya conocemos), a diferencia de las películas repito que son una forma de aislarse del mundo, de reflexionar, de diferenciarse, la serie tiende al cambio de figuritas en el recreo.

Incluso hoy en día se siguen vendiendo figuritas así que eso no cambió. Uno puede cambiar las figuritas de Mad Men, pero no puede ciertamente cambiar las de Sisters (Hermanas), de De Palma. Quedaría solo en el patio del recreo sin nadie que se le acerque y se volvería a su casa con las mismas figuritas de la película De Palma.

No estoy en contra de las series, me gustan varias, pero las series, antepuestas ante cualquier film son el ejemplo de escapismo máximo en este mundo, no importa lo desafiantes y buenas que sean, porque la serie trabaja con un universo continuo, con una repetición de personajes y situaciones, y con una familiarización de la ficción, y más que nada, una menor adaptación: una vez que uno entró al universo de una serie, no debe hacer un esfuerzo intelectual para adaptarse a otro universo como pasa con las personas que miran películas diariamente.

Así las cosas, diré que las series siempre serán un género menor al del cine, no importa lo buena que parezcan (aunque sea excelente el Episodio 3 de la Primera Temporada de Mad Men; eso no importa) Eso no quiere decir que no sea un gran género, pero no puede aspirar a lo mismo que el largometraje.

Por otro lado está el cine, con su aislamiento, su adaptación continúa a cada película, la isla que es cada film más allá de lo parecido que pueda ser el lenguaje de un director de una película a otra.

Entonces diremos, el género favorito de los zombis tradicionales son las series. ¿Por qué? El esfuerzo, la exigencia, de adaptación para verlas es menor. ¿Si queremos escapar del mundo qué elegiremos? Series. Si queremos pensar un poco y sentirnos más miserables o más felices, pero no al instante, ¿qué elegiremos para alimentar a nuestros zombis posapocalípticos adaptados al desastre? Cine. Películas.

Molestemos con la relación de algunos films de De Palma. Quiero que la extensión se vuelva carne:

De sus comienzos, el más desconcertante de todos fue Sisters (Hermanas, 1973), la escena del asesinato del que ha sido el protagonista los primeros minutos de la película pone los pelos de punta y lanza una intrigante, hasta el agobio, historia de siamesas y homicidios. cabe acotar que es la primera colaboración de Bernard Herrmann (el creador de la banda incidental de algunas de las mejores películas de Hitchchock) con De Palma. Herrmann sigue remarcando la escenas con su música; ya comprobamos en Psicosis que el hombre es capaz de variar nuestra respiración, en Vértigo de hacernos enamorar de un fantasma.

Carrie (1976) lo hace famoso a De Palma. La novela que Stephen King tiró a un tacho de basura fue rescatada por la Sr. King para De Palma. El director divide la pantalla para mostrar paralelismos (Tarantino, un gran fanático de De Palma, hace lo mismo en Jackie Brown, Triple Traición)

La siguiente película que rescataremos es Obsession (Fascinación), también de 1976. Nos intriga y nos agobia en igual proporción a Sisters. Herrmann otra vez hace de las suyas con su música; si hubiese sido tan desfachatado como su director, no hubiera dudado en copiar lo que se había escuchado en Vértigo. Herrmann introduce variaciones en su música, no tantas de Palma en lo que vemos: un hombre obsesionado por una mujer parecida a otra, obviamente una esposa muerta y muy amada. La historia de Vértigo, escrita por Boileau y Narcejac, se repite hasta en los detalles. Si tuviéramos que enumerar todos los parecidos de puesta en escena y argumentales entre Vértigo y Fascinación, este capítulo se convertiría en novela. Lo mismo pasa con respecto a Hitchcock en las siguientes películas. Intuyo que Fascinación, el título de la traducción es mejor que el original; de alguna manera roza una comprensión del cine con la que me siento identificado, un cine que evolucionó para volverse algo que fue vivido a partir de los sesenta por la humanidad y ya incorporado mentalmente por los que nacimos después. No ahondaré en este tepa aquí, pero el futuro del cine está en la fascinación, en la elación. Recuerden esto.

Sigamos. En The Fury (La Furia), de Palma adaptó a otro escritor de historia de terror; este muy barato, llamado John Farris. Si tenemos la oportunidad de ser chicos nuevamente, entonces tal vez nos vuelva a gustar esta película. Hay más eventos parapsicológicos. En la mayoría de los casos con la idea torpe de realizar con un tremendo esfuerzo mental lo que se puede hacer con un simple movimiento de la mano: suda la gota gorda la protagonista para desviar a una locomotora de juguete, menos a mi vecinito romper lo que tenga delante sin gastar una neurona. En La Furia, por lo menos, De Palma descansa de copiar textualmente a su querido maestro (para copiarse a sí mismo)

Encontramos más adelante Blow Out (Impacto, 1981), una versión del clásico de Antonioni que a la vez era una adaptación del cuento Las babas del diablo, de Cortázar. Esta vez Hitchcock es recordado en persecuciones a lo North by Northwest (Intriga Internacional).

La versión de Scarface de De Palma (Caracortada, 1983) una melodramática tragedia moderna, pese a los convencionalismos y a la belleza ya casi eterna de Michelle Pfeiffer, conmueve. El guión lo firma un tipo desconocido en ese entonces: Oliver Stone. Ya había escrito Midnight Express (El expreso de medianoche) para Alan Parker y después escribiría, a regañadientes, Conan, the barbarian (Cónan el bárbaro) antes de alcanzar fama y Óscar con Platoon (Pelotón).

Body Double (Doble Cuerpo, 1984), desnuda el cuerpo de Melanie Griffith y, de paso, confirma los gustos cinematográficos de nuestro sinvergüenza director. En la coctelera entra La ventana indiscreta (el protagonista es testigo de un asesinato al mirar obsesivamente por un lujoso mirador) y Vértigo (nos hace revivir la escena del beso en 360 grados y los travelling subjetivos del protagonita con la mirada fija en una melena) Por lo menos al final todo lo ocurrido resulta ser una pesadilla.

Siguen la caída del carrito de bebé de las escaleras en The Untouchables (Los Intocables, 1987; su mejor homenaje; a la escena de las escaleras de Odessa en El acorazado Potemkin, de Sergei Eisenstein) Y otra buena película : Casualties of War (Pecados de guerra, 1989)

Toparse con una oriental en un subterráneo le trae muy malos recuerdos a Michael Fox, a nosotros nos brinda un interesante desarrollo que cuestiona la ética en tiempos de guerra. De Palma se contiene en sus ejercicios visuales y termina ganando.

Luego comienza a perder, tanto que esta nota muy pronto terminará.

Adapta a Tom Wolfe, abandonando momentáneamente el suspenso en The Bonfire of the Vanities (La hoguera de las vanidades, 1990) Fracaso de crítica. Los estereotipos descuellan en el film. Nadie ve nada de la urticante novela del periodista Wolf en su película. Tras este fracaso retorna al suspenso con Raising Cain (Demente, 1992); logra una buena actuación de John Lithgow y algunos sobresaltos.

Carlito´s way (Atrapado por el pasado, 1993) es conocida aquí como la película en la que Jorge Porcel aparece con Pacino (o era) La historia del mafioso vuelve a trasuntar los tópicos del género; esta vez remeda a Scarface con un tratamiento más depurado de los personajes y una fotografía impecable. La película introduce una variante a las escena-de-acción-en-escalera (acaso John Woo supo filmar en A better tomorrow II, impunemente traducida al castellano como Amenaza Final II, una de las mejores, con Chow-Yun Fat cayendo de la escalera y disparando en cámara lenta; antes de que Woo diera el salto a Estados Unidos y dirigiera a Tom Cruise y a unas cuantas palomas en Missión Impossible II)

En los noventa, la fórmula de los estudios es más rígida que en las inmediatas décadas anteriores, una película de acción y suspenso debe tener escenas exageradas que confirmen hasta el aburrimiento la clasificación; Missión Impossible (1996) es muy buena al principio y luego bastante torpe en su desarrollo. Ha sido superada por las otras películas de la franquicia; incluso por las de John Woo (si dejamos de lado la escena de la pecera que explota y esa confusión inicial de buenos y malos tan genial; el juego de muñecas rusas de casi todas las películas que bordean de manera tan excelsa el vértigo y la ética de la niñez)

Y me detengo con una película de De Palma que disfruté muchísimo en el cine Ocean allá por los noventa, antes de que parte de la población nos convirtiéramos en zombis y ese cine Ocean fuera reemplazado por un templo evangelista. Snake Eyes (Ojos de Serpiente, 1998) tiene un comienzo espectacular, un desarrollo mediocre y un final pésimo. Hay algunas escenas parecidas a las de Doble Cuerpo, y eso sigue siendo lo mejor, esa repetición de lo mejor que agrada tanto; entre zoom in y travellings el personaje de Nicholas Cage sigue en cámara subjetiva a una misteriosa rubia.

Una de las mejores cosas del libro del filósofo argentino Domin Choi, El fin de lo nuevo, con el que comparto algunos pensamientos, es que cita a Kierkegaard, uno de mis filósofos preferidos y dice con él, que una posible felicidad es la de la repetición, quizá la única. Esto es clave.

En Mission to Mars (Misión a Marte, 2000), De Palma se dedica a chorrearle algunos planos a Kubrick (2001, Space Odissey; una película que fue señalada por la buena crítica de cine Pauline Kael, como “de un cineasta amateur” en la época de su estreno) pero la trama de ciencia ficción es poco interesante.

Zombie como somos, hemos criticado a Brian de Palma por ser un cleptómano, un descarado manipulador de materiales ajenos, que reescribe y nos hace rever ciertos films. La verdad es que ese ladrón, por lo menos, tenía buen gusto cinematográfico. Si vamos a robar, que nuestro objetivo sea digno del riesgo (la cuestión de la elección; clave para definir cualquier estrategia de adaptación y de construcción de una identidad)

Los que vaticinaban la muerte del cine lo que en realidad estaban haciendo era afirmar la muerte del autor, y elevar la figura del espectador; el espectador es el que domina ahora, y en este artículo lo que he hecho es alejarme de patio de recreo, como ejemplo, donde jugábamos los que luego nos convertimos en zombies, para demostrar que es mucho más difícil compartir figuritas con las películas que con las series, que es más fácil acercarse a la gente hoy en día con las series para charlar que para revisitar ciertas películas y ciertos autores. Cuanto más aislado viva el ser humano, más series se van a hacer y más series vamos a necesitar ver. Cuanto menos aislado esté más va a querer volver al cine, para recuperar ese lugar de diferenciación e identidad que supo ser desde que unos críticos de cine franceses, que además tenían la osadía de filmar, crearon la figura del director de cine.

Apúrense si quieren adquirir el libro de Domin Choi, que trata desde la filosofía al cine y a las series, porque la primera tirada es de 1000 ejemplares (en este blog somos casi 2500 si no me equivoco) Acaba de ser editado hace un tiempito por Libraria Ediciones:

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http://www.librariaediciones.com.ar/el-fin-de-lo-nuevo/

Si encuentran un link para comprarlo en libro electrónico sería buena que lo compartan ya que yo no lo encontré (tengo la edición impresa; pero me parece que sería bueno para los que no viven en Argentina y me están leyendo)

Aquí en Cúspide.

https://www.cuspide.com/Libro/9789873754227/El+Fin+De+Lo+Nuevo

Aquí en Gould:

https://www.gould.com.ar/cine/sobre-cine/el-fin-de-lo-nuevo-domin-choi-libraria/

Por otro lado, no puedo dejar de recomendar que lean Mi último suspiro, el libro de memorias de Luis Buñuel, tan útil para desapolliranos de tanta correción política inútil.

ETA22306

https://www.megustaleer.com/libros/mi-ultimo-suspiro/MES-001075

Y por otro lado, para ver lo capital que fue la ayuda estatal y de fundaciones en el advenimiento de ciertos cineastas lo bueno sería repasar la biografía de Polanski (y más para los que quieran preparse para el estreno de Once Upon a Time in Hollywood, la nueva película de Tarantino, y saber que Bruce Lee fue uno de los sospechosos de los crímenes de Mason, por ejemplo)

Memorias, de Roman Polasnki

9788416665877

https://www.casadellibro.com/libro-memorias/9788416665877/5420103

David Lynch por David Lynch (Lynch by Lynch, edited by Chris Rodley):

lynch por lynch

https://www.casadellibro.com/libro-david-lynch-por-david-lynch/9788489846418/630324

Editado en Argentina por El Cuenco de Plata:

https://elcuencodeplata.mitiendanube.com/cine/9789873743832/

También pueden leer de Lynch, Atrapa al pez dorado; lo esencial que hay que saber sobre él, más meditación trascendental, café oscuro y mucha azúcar para que funcione bien y rápido el cerebro zombie.

Aquí pueden leer un fragmento y también conseguirlo:

https://www.megustaleer.com.ar/libros/atrapa-el-pez-dorado/MES-013389/fragmento

por Adrián Gastón Fares. Alimenta tu zombi con Cerebros, 2019.

PD. No soy muy fan de Sherlock Holmes, pero el episodio 2 de la temporada 4, llamado El detective mentiroso es buenísimo. Y su score compuesto por David Arnold que me llevó a ella, impecable.

Lo poco que queda de nosotros, III. Novela.

Dentro del colectivo la luz atravesaba unos repasadores colgados en las ventanillas. El hedor era fuerte. Pero no era olor a podrido. Era el aroma artificial de vaporizadores de esencias. Una mezcla de aromas frutales difíciles de definir con un puntapié de vainilla que lo enviaba directo a las fosas nasales. Había uno en cada asiento. El hombre de bata inspiró hondo. La niña calva tosió.

¡Huelan lo que logré!, dijo el hombre de bufanda.

Por encima del aroma frutal avainillado flotaba un olor a desinfectantes apenas disimulado.
La niña calva siguió tosiendo y arrugó la nariz.

En vez de toser, escuchá. Agradecé. No tomen agua que no sea de botella. Quedan pocas en los supermercados pero toda la demás está enviciada.

¿Por qué enviciada?, preguntó el hombre de bata.

Probá a poner a un muerto en una pelopincho a ver lo que pasa. Acá no es un muerto. Son miles de personas pudriéndose. El peligro para nosotros es el agua y los insectos.

¿Qué es una pelopincho?, preguntó la niña calva.

Una pileta, nena.

¿De natación?

¡No!, esta pendeja no entiende nada. Tiene algún problema en la cabeza.

Tenía, dijo la niña calva, palpando el ciempiés de hilos que suturaba el corte de la operación.

Lo que importa es que todo está enviciado y que los alimentos en mal estado y los bichos nos matan a los sobrevivientes, pero no atacan a todos, es según la sangre, remató el hombre de bufanda. La mía les gusta, cómo no les va a gustar, agregó, orgulloso.

Luego, para disminuir la agresividad de sus palabras, señaló el vidrio del parabrisas. Las patas de unos diez centímetros de una especie de mosquito nadaban en un pequeño lago de sangre.

También las enfermedades evolucionaron en un segundo, dijo el hombre de bufanda y seguía pisando el acelerador a fondo.

Mientras la niña calva miraba el interior del colectivo, el hombre de bufanda ya había llegado a Avenida de Mayo, perorando y todo. Frenó en la esquina porque había una persona en una bicicleta en el medio de la calle. Tanto la bicicleta como la persona parecían estar oxidadas. Una escultura casi ecuestre en la intersección de Cerrito y Avenida de Mayo.

Nos bajamos acá, dijo el hombre de bata.

No, quiero que vean el árbol.

Tengo que llevar a la niña al Barolo.

No, estamos cerca del árbol. No hay trato. Primero el árbol y luego los dejo.

Pisó el acelerador, desintegró con el golpe del paragolpes a la bicicleta-persona que estaba en el medio de la calle y siguió de largo. Luego, estacionó cerca de edificio del Ministerio de Obras Públicas. El hombre de bufanda inspiró hondo y señaló el mural de Evita representado en una de las fachadas del edificio.

Justo acá tenía que salir. Enfrente de Ella. Cuándo no.

El hombre de bata y la niña calva giraron la cabeza para mirar hacia donde señalaba el hombre de bufanda. Detrás del edificio del Ministerio de Obras Públicas, cruzando la calle, había habido otro edificio público. El árbol gigante que había crecido en ese lugar, en vez de frutos tenía partes de oficinas colgando. Varios empleados estaban la puerta. O sea sobre los escombros y sobre las raíces. Uno sostenía un cigarrillo apagado con la mano temblando, cadavérica, la piel de los dedos cuarteada por donde se veían las falanges. Otros empleados habían quedado colgados del árbol y parecían seguir trabajando en sus sillas. Algunos movían las piernas todavía. Había una rechoncha que había partido una de las ramas por su peso, caído y estaba desplegada en el piso, ya muerta, con un agujero en el estómago del que picoteaban varias palomas sucias. La mayoría eran apenas cadáveres visibles entre las fuertes ramas del árbol cuya raíz había destruido el cemento.

Bajen, dijo el hombre de bufanda.

Así lo hicieron. El árbol desde el suelo parecía todavía más grande. Como si fuera una Magnolia desproporcionada, prehistórica.

¿Qué árbol es?, preguntó el hombre de bata.

Un Evito.

¿Qué?

Así le puse en honor a ella. El hombre de bufanda se dio vuelta otra vez, señaló el mural con forma de mujer en el edificio e inspiró hondo, para luego toser entre tanto hedor.

Veo que la política es muy importante para usted, dijo el hombre de bata, mirando con asco al hombre de bufanda.

¿Qué hace?, preguntó la niña calva.

El hombre de bufanda se estaba rociando insecticida sobre el cuerpo. Tenía un rociador en cada bolsillo de su camisón celeste. Empuñaba a los dos mientras rociaba su cuello, sus brazos y su estómago.

Mirá para otro lado, le dijo el hombre de bata a la niña calva.

El hombre de bufanda se levantó el camisón y roció con insecticida sus genitales.

Cuidado con los insectos. No me queda tanto para prestarles. Que dios los ayude. Además pichón, parece que no te caen muy simpáticos mis gustos políticos, jodete. Para ella hay.

La niña calva pareció tragarse las palabras que iba a pronunciar. El hombre de bufanda se acercó al colectivo y retornó con un pote pequeño de crema insecticida. La niña calva seguía mirando asombrada el árbol y cuando vio el pote, negó con la cabeza, rechazándolo.

Soy alérgica a eso.

Bueno, tomá vos entonces. El pote terminó en las manos del hombre de bata que se pasó la crema rápidamente por el cuerpo.

Luego, los tres se quedaron mirando las flores amarillas del árbol, que en sus ramas tenía visibles espinas. El hombre de bufanda miró su reloj.

En unos minutos escupe la porquería que causó todo esto, dijo, mirando hacia una adolescente que estaba de pie cerca.

Había estado de pie mucho tiempo, como los que estaban cerca de las raíces del árbol inmenso. La chica estaba ensangrentada del torso para abajo, se notaba que no se había movido en meses de su lugar frente al árbol. Las piernas estaban embutidas en un charco de sangre oscura. La niña calva se dijo que eso era la menstruación. Deseaba que nunca le llegara. El hombre de bata se giró para vomitar, pero aguantó por la niña.
La piel de la chica estaba negra. La niña se acercó para verla mejor. La adolescente tenía la mirada perdida y respiraba de manera intermitente. El aire salía con un resoplido por el pequeño cráter que tenía en la mejilla por dónde se veían sus muelas. La niña pegó un grito. Un gusano se asomó por el cráter de la mejilla de la adolescente y volvió a esconderse.

Esto es lo que dejó boludos a todos, dijo el viejo señalando el árbol. Nosotros somos elegidos. Yo doblemente elegido porque además de peroncho, pude sobrevivir como ustedes. Llega el momento, miren.

¿Peroncho?, preguntó la niña calva.

Que sigue a Perón, peronista, aclaró el hombre de bata.

Los tres giraron la cabeza a la vez. Las ramas del árbol se doblaron como por un viento inexistente. Las hojas, que parecían estar siendo sopladas por un gigante invisible, se separaron en la copa y acompañaron con su movimiento la expulsión silenciosa de un gas que parecía estar siendo diseminado desde varios orificios del tronco. El hombre de bata y la niña calva retrocedieron tres pasos hacia atrás, alejándose del árbol.

No tengan miedo, si están acá son elegidos como yo, no les hace nada. Bueno, no como yo, pero casi.

El gas bajaba y estaba por bañar a la adolescente. Antes de que llegara a rodearla, el hombre de bufanda se acercó a ella. Sacó un espejito pequeño, lo puso delante de la boca entreabierta de la joven. El espejo quedó empañado por la respiración débil que salía de la boca de la adolescente. El viejo se llevó las manos a su camisón, sacó una pistola y la disparó en la cabeza de la adolescente.

Adiós, gusanos, qué asco; así y todo estaba viva todavía, dijo.

Luego se volvió para enfrentar a la niña calva y al hombre de bata.

Un mosquito del tamaño de una tarántula volaba por el aire hacia el hombre de bufanda.

Cuidado, dijo la niña calva.

El hombre de bufanda, levantó su pistola y descargó un tiró que hizo explotar al mosquito dispersando oscura sangre negra que contrastaba con las partículas amarillas que parecía haber rociado el árbol gigante. Las escaras que volaban entre el polvo resaltaban más entre el líquido amarillo que había expulsado el árbol.

Vuelvan al colectivo, por favor.

¿Este arbolito causó todo el desastre?, preguntó el hombre de bata, antes.

Otra cosa rara no vi, debe ser. Además enfrente de la compañera, dijo el hombre de bata señalando el edificio de Obras Públicas. ¿Por qué los jóvenes le andan buscando causas a todo?

¿Me podría prestar la pistola?

La niña calva trataba de endulzar su mirada mientras estiraba su mano para recibir la pistola que pretendía tener.

¿Qué? ¿Para qué? ¡Una niña! ¿Una dama con pistola?

Por si alguno de estos monstruos quiere atacar a mi padre.

¿Monstruos?, dijo el hombre de bufanda señalando al cadáver de la adolescente. ¿Qué van a hacer estas mierdas? Siguen respirando después de meses, es increíble lo que sobrevive un ser humano cuando no se mueve. Sin agua ni alimento. Incluso algunos abren la boca cuando llueven. Así tiran más tiempo.

No hablaba de las personas, dijo la niña calva, que señalaba con el dedo la mejilla del hombre de bufanda.

Otro mosquito, más grande, se posó sobre la mejilla del viejo, clavó su aguijón y empezó a succionar con tal fuerza que los ojos del hombre de bufanda se desinflaron y en un segundo pasaron a formar parte del estómago abultado del insecto. El hombre de bufanda, ciego, disparó hacia cualquier lado. Ante la sorpresa del ataque, la pistola cayó al suelo. El viejo corrió hasta el colectivo, subió, logró cerrar la puerta y aceleró al máximo. El colectivo dio media vuelta alrededor del edificio de Obras Públicas. Luego se escuchó una frenada y una explosión. Las llamas del fuego se veían desde del costado de la fachada del edificio. La niña calva se acercó rápidamente a la pistola. El hombre de bata la pisó cuando ella iba a agarrarla.

Olvidate. Es mía, dijo el hombre de bata mientras la tomaba, se cercioraba de cuántas balas quedaban y la mantenía al costado de su cuerpo, mientras su bata flotaba en el viento. Ahora parecía un superhéroe caído en desgracia.

¿Los futbolistas saben usar armas?

Hay secuestros, tuve que aprender.

Bueno, no importa, cosa tuya. Yo te pedí que me llevaras a lo de mi padre, por favor.

No tengo la culpa que el loco ese nos quiso presentar a su Evito.

Yo tampoco. Necesito encontrar a mi padre.

Bueno, nena, a caminar, vamos. Tenemos que volver por lo que queda de Cerrito hasta Avenida de Mayo.

Los dos comenzaron a alejarse del árbol gigante. Un mosquito se acercó a la niña calva, pero ella, sin asustarse, lo alejó con la mano. El mosquito la siguió pero sin animarse a atacarla. El hombre de bata no se dio cuenta que con cada paso que daba, la expresión de la niña se tensaba, como si tuviera mucha, pero mucha, bronca.

por Adrián Gastón Fares, 2019.

Noticias sobre mis proyectos de cine. Muy buenas y malas.

Pronto se viene otro cortometraje de Bombay Films (nuestro primer corto fue Motorhome)

Esto quiere decir que luego de 9 años volvimos a juntarnos ex compañeros de Diseño de Imagen y Sonido para realizar otro cortometraje independiente en un fin de semana.

Aquí pueden ver el Before and After de un fotograma del nuevo film, realizado por Hernán Caratolli, como DF y corrector de color.

Esta vez con más efectos, intervenciones estelares y la vuelta de Jonathan Jairo Nugnes. Estamos en plena posproducción.

Pronto podrán ver La invocación (2019) en el canal de YouTube de Bombay Films.

Otro tema.

La tristeza es que, aún con todo listo para filmar Gualicho, un largometraje en el que vengo trabajando desde antes del exitoso Mundo tributo, habiendo ganado un premio en el Instituto de Cine Argentino en 2017, con jurados internacionales, para rodarla (Gualicho), premio como director y como autor y guionista, por la calidad del proyecto, por mala información, falta de transparencia, manejos espurios del INCAA en connivencia con la productora presentante de Gualicho, aún no inicié el rodaje (aunque la productora fue pagada por el INCAA para hacerlo en Mayo de 2018! y estuve trabajando en la película para ella y para INCAA hasta el momento, desde que gané el premio; clara estafa) Es nefasto para mí hasta el momento lo ocurrido.

Adrián Gastón Fares

Pueden chequear está página para ver en que andan mis otros proyectos cinematográficos. Y aprecio el apoyo de l@s que me leen.

http://www.corsofilms.com/press

El joven pálido. Junto al río Telodigoyo.

Bueno, es Sábado. Vamos con algo más de El joven pálido, mientras sigo rumiando el tercer capítulo de Lo poco que queda de nosotros. Se está poniendo bueno eso, eh.

Junto al río Telodigoyo encontró el Joven Pálido a la calavera roja y blanca, en el centro de cuatro rocas caída vaya a saber cuándo, la calavera, y se adentró en el agua hasta las rodillas para observarla de adelante, entre los reflejos del sol en el más allá iridiscente. Qué cosa tan extraña, se dijo, una calavera que guiña un ojo. Hay que tener insistencia para hacer del hueso expresión. Pero no sería el primero ni el último. Entonces caminó derecho y sus pies abandonaron el agua y metió el dedo en el ojo bien abierto de la calavera, y levantándola en alto, vio proyectada en el cielo violeta su historia (la de la calavera) Un día, en ese mismo río, Palantonio Rodendola (el Sr. Ahora Calavera) quien tenía el poder de cambiar de piel como las serpientes, encontró su piel intacta erguida como estatua de museo y se animó a mirarla de cerca, y como que era él y no era él. Rodendola, con un manotazo dispersó en el aire su piel que ya había dispersado en otras oportunidades, y cansado de cambiar de piel, decidió convertirse en calavera ritual. Entonces, el estimado Joven Pálido le encajó un beso en la frente, hueso frontal, a Rodendola, Atte. retornándolo así a su santuario, y los mismos pasos torpes que lo trajeron lo llevaron lejos de la cabeza y guiño del tal Rodendola.

por Adrián Gastón Fares

El joven pálido. El que desayunó alturas.

En un páramo
de pétalos rosados
se erigió el joven pálido
y miró el horizonte
contó las tumbas
y les juró que volvería
con la mínima flor
y su Diana.

Las pútridas manos surgieron
y con el pulgar hacia arriba
aceptaron el reto
Ni Fulci
ni Romero
ni hablar de Shyamalan
imaginaron
este saludar

Después
caminó en busca del ahogado
su primer enemigo

La laguna estaba mansa
y el ahogado flotaba
mirando
la grava parda
del fondo

Cada tanto el ahogado saludaba
a los oscuros peces
creía que eran las mujeres
que en el mundo de las lombrices aéreas
había amado
las despedía
con ganas

El joven pálido llamó al ahogado
éste sopló burbujas
que como todas
reventaban en la superficie

Amigo,
¿qué te pasó?

La burbuja reventó

Nada, acá terminé

Tus planes eran el arte
y el amor

El joven pálido esperó
que la burbuja
reventara

Idiota

Decime, contame, soplame
¿dónde está mi Diana?,
por la que dejé el mundo de la tierra
si mal no recuerdo
trabajaba con vos
en una oficina
de dos por dos

Ella salía con su jefe
todos los sabían
para qué querés recuperar
lo que en vida
perdiste

Quiero saber quién lo hizo
y encontrar los restos
y las palabras

Buscá a uno que tiene raíces
frescas
en el mundo de las lombrices aéreas
no lo vas a encontrar
así nomás

Quiero saber también
¿por qué me dejaste solo
en la cena del 2 del mayo?
Éramos amigos

Vos querías todo y yo quería la nada
o sea lo mismo que vos

Vos querías la nada pero de forma
que reventara
te gusta el ruido
y aparecer

Mi cerebro ya perdió las células
bailan en el agua, fueron comidas
por los peces
preguntales a ellas
yo ya no soy

¿Y por qué hablás?

Todavía me gusta

Si querés encontrar a la que decís que es
tu Diana,
preparate
y buscá al que desayunó alturas
el aire le infló los pulmones
como un paracaída
todavía tenés tiempo
antes que lleguen los policías
juntá los pedazos de la cabeza
y hacelo hablar

Tené cuidado porque rondan las
penas
que son gemelas sin manos
que te succionan el alma
y ahí olvidate
de lo que viniste a hacer
nadie es igual otra vez

También te espera
el raíz fresca

El Joven pálido miró alrededor

La laguna
era un estanque
en una casa de olivos
atrás estaba sentada
una mujer rubia bikini
tomando sol

Retrocedió
sin que lo vieran
acarició la frente de un nena
que con un portafolio de doctor
de juguete multicolor
iba al
estanque.

por Adrián Gastón Fares

 

Lo poco que queda de nosotros. II. Novela.

La niña calva y el hombre de bata caminaron por Cerrito. El hombre de bata había elegido el camino más largo hacia el Barolo a propósito; luego deberían doblar en Avenida de Mayo. Quería inspeccionar la zona. Había estado casi dos años en coma en el Sanatorio. Las piernas le pesaban. Los brazos le dolían. Pero su cerebro parecía funcionar bien.

Su interés estaba puesto ahora en observar al mundo otra vez. En cambio, el interés de la niña calva era ir a buscar a su padre. Todo se había invertido. Para ella, era su padre el que debió haberla ido a ver antes que la operaran. Esperaba que fuera a ver su cuerpo muerto porque no tenía fe en que la operación saliera bien. No era tonta. Sin embargo, ahora era ella la que casi dirigía la expedición al estudio de Abogados donde trabajaba su padre. Quería demostrarle que estaba viva. Quería decirle que lo que había destruído a ella no la había afectado. Era una doble ganadora.

El hombre de bata recordaba que había tenido alguna vida, había sido futbolista, le llegaban esas imágenes, jugaba para Lanús, lo habían lesionado en la cabeza en un partido contra Banfield, Apolonio, uno de los mejores jugadores de ese equipo. Le asombraba que la niña calva no lo reconociera porque era bastante famoso antes de terminar en el Sanatorio. ¿Dónde estaría su novia?, pensaba. ¿Por qué no estaba en el Sanatorio cuando despertó del coma?

La niña le señaló a las personas que estaban sentadas en esos bancos de cemento que parecen de cuero, parecían ser una estatua. ¿Parece Olmedo no?, le preguntó el hombre de bata. La niña calva no sabía quién era Olmedo.

¿Quién era Olmedo?, preguntó la niña.

Un cómico argentino.

¿Cómo German Garmendia?

No sé quién es German Garmendia, pero no suena argentino.

Yo no sé quién es Olmedo.

No viste la estatua esa en la esquina, sobre Corrientes.

¿La estatua de esos dos viejos?

Uno de esos viejos es Olmedo, el otro no me acuerdo el nombre.

Ni idea.

El hombre de bata trató de explicarle que esa mujer que estaba sentada en un banco parecía otra estatua igual a las que estaban diseminadas por la calle Corrientes, una estatua grisácea, con la tez cuarteada, los huesos casi apareciendo entre la carne. Se acercaron. La niña retrocedió. La mujer parecía estar pudriéndose. A su lado había un montículo que parecía ser una pequeña pirámede negra. Pero la pirámede negra tenía cara de niña, y lo negra era su cuerpo. Debía ser una niña de tres o cuatro años. La niña giró rápidamente para no observar. De la pirámede negra salía un hilo que tenía atado un globo en forma de corazón que una vez había tenido gas y estaba aplastado en el piso. La niña casi rompe a llorar. El hombre de bata soplo a la pirámede negra. El polvo voló, los dientes de lo que había sido una niña se deshacieron en el aire, juntándose con el resto de las escaras y el polvo que volaban en ese mediodía.
Lo raro era que no estaba llena la calle de personas. El hombre de bata pensó que debían estar en otro lugar. Lo que quedaba era el resto de algunas, las que habían muerto y las que no también. Las que no habían muerto estaban cerca de los árboles, con un perro famélico tirando de una soga una joven, por ejemplo. La joven estaba flaca, raquítica, la remera sucia, los ojos casi saliéndose de la cara que más parecía una calavera. El estómago retraído, pechos inexistentes, los brazos como ramas secas a punto de partirse. Es más, a diferencia de la mujer muerta, el hombre de bata le dijo a la niña calva que no se acercara a la joven.
El perro, un bulldog francés, tiraba de la correa y ladraba enloquecido por el hambre. Los ladridos eran tenues porque el animal estaba famélico y necesitaba alimentarse. Tiraba dentelladas al aire comiendo las moscas que volaban entre las escaras grisáceas. No había heces alrededor porque se veía que el perro al no comer no cagaba. Alguien le había dejado un tarro con agua, lo que quería decir que no eran los únicos.
De hecho a lo lejos, cruzando los carriles de los colectivos, del otro lado de la 9 de Julio, cada tanto observaban a personas con camisones blancos, otros que parecían haberse escapado de instituciones, hospitales, pero que rápidamente se subían a algún auto estacionado y desaparecían. No había mucho que hacer. Pasaban tan pocos autos que cuando un colectivo se detuvo y abrió la puerta, manejado por un viejo de uniforme médico celeste y bufanda roja, se asustaron mucho.
El viejo de bufanda les preguntó si sabían algo de la enfermedad.

¿De qué enfermedad?, preguntó la niña calva.

La del árbol gigante y frondoso.

¿El árbol gigante y qué?, pregunto el hombre de bata.

Frondoso, ¿sos sordo?

Que yo sepa no, pero no conozco esa…

El viejo de bufanda se quedó mirando al hombre de bata.

¿Pero vos no sos el que hizo mierda Apolonio?

El hombre de bata se dio vuelta. No le gustaba que la primer persona que lo reconociera luego de despertar le dijera eso.

Te apoyo pichón, tu novia hizo cualquiera, te cagó mal, vos quedaste en coma y ella ahí de joda con tu amigo.

Sin darse vuelta el hombre de bata dijo:

No tengo amigos en el fúbtol. Son compañeros. Compañeros, señor. Más respeto no soy un bruto, soy un jugador del deporte más importante del mundo.

Gran deporte, pichón. ¿Y esa nena?

No sé, estábamos en el mismo Sanatorio.

¿Quieren que los alcance? ¿O sea que no vieron el árbol gigante y frondoso?

No, los únicos árboles que vimos son estos.

Los jacarandas y las tipas de la avenida estaban repletos de pájaros carroñeros, caranchos, aguiluchos, y otros que el hombre de bata no supo reconocer.

Es un árbol tan lindo el que yo digo, contestó el hombre de bufanda roja, pero tan malo.

¿Lindo y malo?, preguntó la niña calva.

¿No quieren que los acerquen donde van? ¡¿A dónde van?!

A buscar a mi padre.

El padre no se quedó cuando la operaban, explicó el hombre de bata al hombre de bufanda señalando los puntos en la cabeza de la niña calva.

El hombre de bufanda negó con la cabeza.

¿Adónde van?, volvió a preguntar.

Al Barolo.

Suban, vamos. Pero después me tienen que acompañar a ver al árbol gigante y frondoso.
Bueno, dijo la niña calva tomando de la mano al hombre de bata y subiéndolo casi a la fuerza al vehículo conducido por el viejo.

por Adrián Gastón Fares

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Cuento para un guerrero muerto en otro.

La doncella vive en la torre. Cada tanto recibe a sus amigas y amigos. Sólo a algunos de estos últimos deja peinar su larga cabellera.

El príncipe cabalga hacia la torre. A través de la ventana, ve cómo uno de los amigos de la doncella, un musculoso joven, comienza por peinar sus cabellos y termina aplicándole unos masajes relajantes, a los que la doncella se entrega, aparentemente, sin culpa.

Su madre, una mujer que lee muchos tratados vacíos, de las más diversas índoles, uno sobre reinas exitosas, por ejemplo, es su libro de cabecera, quería que su hijastra tuviera contactos útiles a toda costa en el reino, y la familia del musculoso joven era más pudiente que la del primero seducido y luego enamorado príncipe.

El príncipe, que no sabe bien qué fuerza oscura lo arrastró hacia la torre, tal vez la misma que mantiene allí a la doncella, baja la colina espoleando con fuerza a su caballo.

Así empezaron las guerras.

Por Adrián Gastón Fares