Alimenta tu Zombi con cerebros. II. Libros de Estrategia.

Los libros de estrategia tienen algo único. Confluyen en ese río tan grande que es El arte de la guerra de Sun Tzu y por eso recomiendan el no actuar, incluso los más inmorales.

También suelen ser menos útiles de lo que parecen ser. Por ejemplo, supongamos que luego de leer el libro del difuminado señor Tzu (o sus compiladores) tenemos que enfrentar a los humanos siendo zombis. Estamos en un aprieto. El zombi teóricamente no piensa. Los zombis que yo propongo en Alimenta tu Zombi con Cerebros sí piensan, pero usan el cerebro de otra manera, son una máquina de procesar información; desechar la irrelevante y aprovechar la buena es el objetivo. De eso se trata Alimenta tu Zombi con Cerebros.

Como la pregunta de cómo siendo zombis enfrentar a los humanos con El arte de la Guerra no tiene sentido, mejor concentrarnos en cómo enfrentar a los zombis siendo humanos. Tal vez a alguno le sirva.

Tzu dice que la mejor victoria es vencer sin combatir. Si nos van a atacar una horda de zombis, no combatir no tienen ningún sentido, pero sí podemos evitarlos lo más que se pueda, hasta que uno entra a un lugar donde no debería haber ningún muerto viviente pero bueno, está. Las casas abandonadas, los cementerios, los supermercados y los centros comerciales deben ser evitados.

En realidad, los que vencen con aparente psicología al enemigo, sin combatir demasiado, avanzando en grupos numerosos y arrojándose con alma y vida contra el enemigo son los muertos vivientes, por lo tanto, los que vencen sin combatir, ni saber que combaten, son ellos, solo quieren comer algunos, y ni siquiera saben por qué.

Conocer al enemigo es un poco difícil con los zombis tradicionales (no el excelso zombi  que come cerebros de papel al que me refiero en esta columna) No piensan; por lo tanto no hay manera de conocerlos. Podemos saber que en los ochenta avanzaban a paso de tortuga pero hoy en día son cada vez más rápidos. Eso es clave, saber la velocidad de un zombi.

De cualquier manera, la regla clave de Tzu es que un ejército debe primero haber ganado la batalla en su mente, con su estrategia o como sea, antes de librarla. Esto es útil contra los zombis, se puede tratar de contenerlos con artimañas prácticas como unos lanzafuegos, ametralladores, o lo que fuera que pueda desintegrarlos en masa. Incluso tener la bomba atómica es útil en el caso de que los zombis  tomen la tierra. Dios no lo permita, pero más de uno se verá tentado a tocar el botón rojo.  Como verán, eso también es ganar la batalla antes de librarla. Y de la manera más burda.

En fin, El arte de la guerra es un texto bastante bello, pero no tanto como Los Cinco Anillos del Poder de Musashi, o más todavía, un texto muy difícil de conseguir, que ha caído en mis manos en una edición que no se consigue en nuestro país: El amo (o el maestro) del valle del demonio. Es un libro de estrategia china posterior, por no mucho, a El arte de la guerra. Es elusivo. A los monjes oscuros que lo compilaron les gustaba al juego de arrojar la moneda blanca y negra del yin y el yang. De los libros de estrategia el que más recomiendo es la traducción de Thomas Cleary de El maestro del valle del demonio (que viene con otro texto que se llama El amo de la fuente oculta) La belleza de la estrategia en su máxima expresión. La incomprensión que hace pensar lo que a uno más le conviene. Lo oculto visible. Las frases son una especie de ko-an oriental cuyo aplauso desorienta y despierta.

Pasaremos a Robert Greene, ese tipo que escribe libros sobre el poder, las estrategias, la seducción (escribió uno con el rapero 50 Cent; una paradoja: un libro de poder con un rapero) En fin, Green cuenta en uno de sus libros tan largos que se hacen pesados, que el jefe de un ejército chino ganó la guerra de una manera muy clara, más o menos como hacen los zombis (que asustamos a los seres humanos sólo con nuestra presencia), primero se labró una reputación de loco, peligroso e imbatible. Su reputación le sirvió porque cuando un ejército que lo triplicaba en número marchaba hacia su fortaleza ya diezmada para destruirlo y asesinarlo, lo que hizo es sentarse a meditar con unos sahumerios a los costados. Cuando el jefe del ejército contrario lo vio, la pensó dos veces, dijo este tipo no es tan boludo como para estar haciéndose el que medita; es una trampa, debe tener cientos de soldados ocultos: retrocedamos. De esta manera, el sabio y tremebundo guerrero chino superó al ejército contrario con sólo prender un sahumerio y sirviéndose de su temeridad previamente cultivada. El problema con los libros de Greene es que es más fácil ir a la guerra contra los humanos que leerlos; se hacen largos, Green parece ser un erudito bastante increíble, en el sentido en que usamos la palabra en la calle, pero tienen la virtud que cumplen con lo que prometen; al terminar de leer uno de esos libros es posible que ya la guerra haya pasado y uno la haya evitado bebiendo cerveza desde la cómoda reposera de su porche estadounidense.

Los libros de Robert Greene son un poco inmorales, pero eso no basta para que no lo nombre en esta columna de zombi. Después de todo, siempre ponderan la no acción, bebiendo en las fuente de Sun Tzu.

El libro de estrategia más interesante quizá para quienes escribimos o hacemos ficción es el de John Lewis Gaddis. Este estadounidense repite varias veces en su texto, On Grand Strategy, que la ficción es el mejor campo de experimentación para las situaciones que luego tenemos que enfrentar, más o menos duplicadas en el tiempo, por esa especie de entropía fácil que todos miman tratando de señalar lo que tal vez vuelva a ocurrir en la rueda del tiempo pero con ligeras alteraciones.

Lo que dice Gaddis es que la ficción es como un experimento para la vida y se sirve de La guerra y la paz del eminente ruso, y escritor ya sabrán, Tolstoi para dar un ejemplo de cómo se puede recrear una guerra y vivirla para aprender a través de los mecanismos hiperrealistas de la ficción. Hasta ahora no leí a ningún ensayista que piense que la ficción es tan útil como Gaddis; la sensación es que cree que la ficción es tan viva como la realidad. Shakespeare y Tolstoi son los maestros de la estrategia para Gaddis y leer ficción sería más efectivo que leer no ficción: más pragmático. El libro de Gaddis es largo, por momentos tedioso, pero vale la pena leerlo para encontrar este paralelo entre ficción y realidad. Es un libro más fresco que otros porque introduce ideas un poco más originales.

Entonces, recomendando que elijan el libro de estrategia que más le guste y lo lean como literatura más que como una  regla para la vida: la vida no es guerra, aunque a veces se parece, y la gente, tanto en la soledad como cuando se unen para formar ejércitos, como bien lo sabemos los zombis, no reacciona siempre igual.

No hay ningún libro de estrategia más eficaz y menos bello que el de mandar a todos a la mierda. Para eso la canción God, de John Lennon es ideal. Es un gran libro de estrategia, una declaración de principios, una negación de todo. Después de todo si la realidad no es más que apariencia; no creyendo en nada se llega muy lejos. Es la canción favorita de algun@s zombis que conozco.

Aquí tienen el link a los dos libros de estrategia que más me gustaron (aprecien el primero; es casi un secreto)

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Thunder in the Sky donde encontrarán la versión de Thomas Cleary de El maestro del valle del demonio, ese texto de la ancestral tradición china, de una secta budista que parece perdida en el tiempo, que es mejor que El arte de la guerra, y el más comprensible; El amo de la fuente oculta.

Aquí pueden conseguir La adquisición y el ejercicio del poder (perdonen a Thomas, este libro no tiene que ver mucho con la adquisición del poder, es más rico de lo que aparenta ese ingenuo nombre; La adquisición y el ejercicio del poder es El maestro del valle del demonio y El amo de la fuente oculta) Lo editó Editorial Estaciones. Creo que está tristemente fuera de catalogo. Pero circulan ediciones usadas por lugares insospechados.

Link para conseguir El Trueno en el Cielo en español (Editorial Estaciones)

Otro Link en Español:

Conseguir El Trueno en el Cielo en Casa del Libro.

Una de las maneras de conseguir Thunder in the Sky, de Thomas Cleary

Dato que podemos olvidar, salvo que Sun Bin se queje desde los tiempos ancestrales.

Entonces diremos que Sun Bin, descendiente de Sun Tzu, discípulo del estratega Wang Li, conocido como El maestro del valle del demonio (estrategas tan apreciados como von Clausewitz y Napoleón no fueron recordados con un apodo tan resonante como con el que llamaban al señor Wang Li) fue el que escribió el primer texto de El Trueno en el cielo, traducido por Thomas Cleary.

Y acá el libro de Gaddis, On Grand Strategy (tampoco en castellano, pero búsquenlo, debería estar…)

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Una de las maneras de conseguir On Grand Strategy, de John Lewis Gaddis

En la próxima entrega viajaremos al mundo de los libros de marketing, start-up y todas esas cosas tan poco interesantes y profusas que existen en el mundo literario y que así y todo pueden ser provechosas para alimentar nuestro cerebro zombi.

Un zombi debe estar dispuesto a todo hoy en día, incluso a leer cosas que escriben, o escribieron, los que sí mueren y no resucitan.

por Adrián Gastón Fares

 

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Lo poco que queda de nosotros, I. Novela.

En el medio de la calle, con el sol golpeando las fachadas de los edificios, el hombre de bata se encontró con la niña calva. La niña tenía en la cabeza una cicatriz muy marcada que parecía el cierre de una cartuchera de cuero. El hombre de bata estaba flaco y pálido. Los dos cruzaron sus miradas. No entendían cómo la ciudad podía estar tan vacía. El hombre de bata había abierto los ojos en la habitación del sanatorio en la que dormía en coma profundo. Luego había concentrado su mirada en las partículas de polvo que flotaban en el rayo de sol. No era el polvo habitual, parecían ser pequeños copos de nieve pero estaban dentro de la habitación.

Estaba mareado. Si cerraba los ojos veía nubes lechosas pero se obligó a estar despierto. Luego se arrancó los cables y tubos y salió al pasillo.

Estaba desierto, a no ser por una anciana ciega que miraba otro rayo de sol repleto de esas partículas tan sugerentes. Le habló a la mujer, pero parecía perdida en alguna ensoñación así que siguió caminando, vio que la niña calva tomaba el camino de las escaleras y se encaminó hacia ellas, siguiéndole el rastro. Así que no era extraño que sus miradas se cruzaran en el medio de la avenida Corrientes.

Más allá, el obelisco cuya punta estaba manchada con sangre, como si la sangre hubiera sido derramada desde las ventanillas que se veían en lo alto. La niña tenía la mirada medio perdida. Primero pensó que había muerto, pero después se dijo que era demasiado inteligente para creer que el paraíso era la avenida Corrientes vacía.

Doblaron en la esquina de Uruguay. La niña se acercó a un coche estacionado frente a un café. Miró en su interior y apartó rápido su mirada.

Está muerto, no mirés.

El hombre le advirtió a la niña y luego la apartó para mirar mejor el interior del auto. El conductor parecía una momia. Los bigotes pegados a los dientes sobresalidos y la piel cuarteada y amarillenta; los ojos se habían deslizado por las mejillas hasta resecarse en el borde de los pómulos.

Los dos se dieron vuelta juntos y al observar otra vez la esquina y las calles, notaron que volaban pequeñas partículas, no era nieve, no hacía frío, no podía ser, así que la niña calva, atrapando una en su mano dijo:
Parecen pedazos de piel. De piel de serpiente.

Escaras.

La niña lo observó confundida:

Es piel que se desarma cuando el cuerpo está demasiado tiempo acostado o en la misma posición, cuando los huesos golpean contra la piel destruyéndola, cortándola, en finas tiritas como si fueran afilados cuchillos. No deberías preguntarte demasiado qué es.

A mí todo me interesa.

Ya veo. Murió de inanición el del auto.

La niña se llevó la mano a su camisón celeste, pero no encontró lo que buscaba.

¿Qué es inanición? No tengo el celular

Es porque dejó de comer.

Ah, entiendo, claro.

Eso quiere decir que no hay comida como en esas películas del futuro.

El hombre se acercó a un quiosco que estaba abierto y le tiró una bolsita de maíz inflado a la niña.

Parece que no es así.

¿Entonces?

El hombre miró adentro del quiosco y observó a un viejo cuya panza empujaba y deshilachaba una camisa rosada por las secreciones que el cuerpo emanaba. El hombre apenas respiraba y sus manos estaban entrelazadas, con las uñas largas clavadas en la piel. El quiosquero intentaba chiflar pero solo caía saliva de sus labios finos y resecos.
Los dos tosieron al unísono, el hombre de bata y la niña calva. Las escaras que volaban se metían en sus narices y no había nada que hacer para remediarlo.

Debería volver.

Volver…

Al sanatorio

¿Para…?

Mi celular está ahí.

¿Y tus papás?

No estaban cuando desperté.

¿Por qué estabas en el Sanatorio? ¿Qué tenés?

Me llevaron. Para morir.

Pero no estás muerta.

Ah, no sé. Creo que no.

No estás muerta, ése está muerto, dijo el hombre de bata señalando a la especie de maniquí que estaba adentro del coche.

El viento jugaba con las escaras, esos pedazos de piel traslúcidos que revoloteaban alrededor de las luces de los semáforos, algunos todavía funcionando y otros no.

Siguieron caminando, cruzaron la 9 de Julio y bajaron las escaleras del subterráneo. No salía ese polvo molesto de la boca del subte y además les pareció que podrían encontrar a algunas personas que se hubieran guarecido de lo que fuera que había dejado sin instinto de vida a los de la superficie de Buenos Aires.

Cuando dejaron el último escalón atrás se encontraron con que el andén estaba vacío y el vagón estacionado. La niña se adelantó y se acercó a una de las ventanas del vagón. El hombre de bata la tomó del hombro, alejándola de la ventana. Lo que se veía era perturbador.

El vagón parecía ser un enorme tarro de mermelada de frambuesa. Grumos espesos y coágulos de un líquido rojizo impedían ver el interior. Lo único que se podía observar eran una dentadura pegada al vidrio, el cabello de una calavera que estaba diseminado entre los litros de grumosa sangre, pedazos de dedos, y las pómulos resecos de lo que había sido una mejilla con las muelas salidas, porque otra cosa no podía ser esa aglomeración de cartílagos casi invisibles por el dominio del rojo.

La niña miró las puertas del vagón que estaban cerradas, pero por los bordes se escapaba el mismo líquido espeso y rojizo que había llenado el vagón, como si los cuerpos que viajaban dentro hubieran quedado atrapados y el tiempo y la putrefacción se hubieran encargado del resto.

Si esa puerta llega abrirse, advirtió el hombre.

Uno de los cristales de las ventanas del vagón parecía estar combado como si lo rojo pudiera hacerla estallar. De repente notaron el olor, era nauseabundo, el olor de lo que antecede a la nada, con la particularidad de que tenía un dejo dulzón, como si fuera el olor de las flores que se marchitan y atraen a ciertos insectos en verano. No lo habían notado antes porque el hedor era tan fuerte ahí abajo como arriba, en la calle. La niña calva se alejó hacia la escalera y los dos pronto estuvieron fuera del subterráneo.

La niña se aferro a la mano del hombre porque tenía miedo que la escalera mecánica se activara. Se mareaba fácilmente. No en vano la habían operado. Aparentemente, lo que molestaba en su cerebro ya no estaba. Se soltó de la muñeca del hombre frente al puesto de diario que estaba casi pegado a la salida del subte.

Las portadas de las revistas estaban quemadas por el sol detrás de los cristales y los diarios eran de Febrero de 2019. Según los cálculos y el reloj que le habían dejado en su muñeca, eso había sido hacía unos tres meses. Parecía no haber nadie, pero cuando el hombre de bata se asomó para constatarlo vio a una tarima en la que estaba sentado un especie de ogro que había sido un ser humano, pero que por la falta de alimentación, había perdido la apariencia humana para convertirse en otra momia, más pequeña que la del coche, como si la gravedad hubiera aplastado el gran cráneo del revistero contra el también generoso estómago. Resonó un grito.

El hombre se dio vuelta alarmado. La niña estaba cerca de un cochecito de bebé que estaba cruzado en la vereda, frente a un teatro. Cuando el hombre la alcanzó la nena ya había soltado el maíz inflado que había comido y estaba dominando las últimas arcadas. Adentro del cochecito flotaba en un líquido acuoso, ocre, el cráneo de un bebé que al hombre de bata le pareció que era una muñeca de esas antiguas con esos párpados que se cerraban al moverlas; pero no era un muñeca, era lo que quedaba del niño que flotaba en esa piscina inmunda que se había convertido su cochecito. Cerca, en el cemento había unas relucientes tibias y el cráneo de profuso cabello largo y rubio que acariciaba el suelo y que una paloma estaba picoteando. Sin saber por qué, el hombre pateó a la paloma, que dio un salto y siguió picoteando lo que quedaba de piel del cráneo. El resto de la piel que no era engullida por el ave flotaba y se juntaba con las otras escaras que formaban esa especie de nieve que difuminaba la luz del sol dando una apariencia mágica a esa mañana en la que el hombre de bata y la niña calva se habían conocido.

El hombre de bata esta vez apuntó bien y le propinó un puntapié con sus chinelas a la paloma, que salió volando, pero aterrizo cerca, como dispuesta a continuar su tarea.

La niña calva, todavía doblada en dos por las arcadas, miró con preocupación al hombre de bata.

Más vale que no andes mirando donde no te conviene.

Necesito que me acompañe a lo de mi padre.

¿Cuanto tenés, ocho, nueve?

Casi nueve.

¿No podés ir sola?

No me sé bien el camino, además estoy… perdida. Pero no es lejos, y ahí tengo la tablet.

La tablet… No seré de mucha ayuda si sos tan curiosa. A veces es mejor cerrar los ojos.

No importa. No tengo el celular ni la tablet y mi papá ni vino a la operación. Le tengo que mostrar que estoy bien. Mi madre estaba en el hospital pero no la vi; ¿donde van las madres cuándo operan a sus hijas?

Ni idea. Es raro que tu papá no estuviera. ¿Están separados?

Un sombra muy oscura cruzó por la mirada de la niña calva.

No te preocupes. Yo tampoco tengo celular. Nunca tuve tablet.

Vamos. Mi padre tiene la oficina en el Barolo.

¿Tiene plata tu papá?

La niña frunció los labios y abrió los ojos, dando a entender que no sabía la respuesta.
Luego se acercó al hombre de bata y lo miró como esperando que la guiara.

Por Adrián Gastón Fares.

(+_+) Exhaustación. Lo poco que queda de nosotros. Derechos reservados.

Alimenta tu Zombi con Cerebros

Estreno nueva sección en este blog.

 

Alimenta su Zombi (interior) con Cerebros

Todos tenemos un zombi (o zombie como gusten) que está dentro nuestro. Diversos estudios científicos muy difusos sugieren que la meditación lo que en realidad hace es enviar sangre a otras partes del cuerpo que no sean el cerebro, por lo tanto, lo que estaría haciendo es ahogar un poco al cerebro para que no piense tanto. Eso me suena matar el cerebro. Me suena a zombi. Pero la idea aquí no es matar al cerebro si no alimentarlo para después usarlo como ustedes más quieran. Es lo que me resulta a mí por lo menos. Y lo que me ha hecho superar muchas situaciones difíciles, momentos tristes, melancólicos, aburridos, traumas, encrucijadas, desamores, senderismo de lo llano y lo alto, entre otras aventuras que viví.

No voy a citar estudios científicos como hacen los millones de libros que pueden encontrar en la web. Si leen mucho van a reconocer lo que digo pronto.

Esto que comienza aquí es un poco experiencia y mucha lectura. Iré directo al grano para ir sugiriéndoles qué libros para mí tienen valor de lo nuevo, sea ficción, divulgación, ensayo, autoayuda (tuve una columna hace años en una revista digital llamada Autoayuda para el suicidado; no seré irónico esta vez; esta es una columna práctica) lo que sea que esté bien escrito y sirva.

Tampoco seré tan meticuloso ni exigente conmigo mismo en la escritura como intentó ser en mis cuentos. Y mucho menos que en mis guiones y novelas. Estoy un poco cansado de eso. Quiero ser practico aquí y contribuir a organizar un poco los pensamientos y lecturas tanto para ustedes como para mí.

Así que así comienza Alimenta tu Zombi con Cerebros. Señalaré algunas lecturas. Libros. Trataré de citar libros nuevos (los más nuevos posibles) El único objetivo, siguiendo a la regla moral de Kant, es que estos libros no sean un medio, que sean un fin en sí mismos. Que la lectura de estos libros no sea un medio, si no que sea un fin en sí misma.

Por lo tanto, empecemos sin dar muchas más vueltas (otra estrategia para escribir libros de Cómo hacer esto y lo otro, es dar mi vueltas, como si se tratara de una película de suspenso, dosificando la información, para decir por ejemplo que comer palta hace bien; todos sabemos que comer aguacate o palta hace bien; no se necesitan cinco capítulos para llegar a eso)

De mis largas lecturas puedo decir que hay libros que están repitiendo (casi copiando y pegando) lo que escriben otros. Por ejemplo, el libro Alimenta tu cerebro de un tal Dr. Perlmutter, dice lo mismo que otro libro que se consigue en la web que escribió el hijo de una mujer con Alzheimer. Los dos libros recomiendan comer lo mismo, los dos textos tienen casi la misma información; dejo a ustedes la tarea de decidir si la repetición tiene que ver con la verdad o con la comodidad o el provecho)

Estos libros como los de Alimenta tu cerebro (o tu pene o vagina; hay de todo) parecen ser recopilaciones de otros libros y a la vez lo que hacen es citar cada dos por tres, repito, perdón, embolantes como decimos en Argentina, estudios científicos. Gran pecado de un texto de divulgación: en la era que estamos seguros que lo estudiado científicamente cambia al ser observado (soy más amigo de la ciencia que de la seudociencia, ya lo sabrán no niego la ciencia, sino que digo que obviamente no es bueno citar solamente un estudio científico que uno leyó en la web para escribir un libro)

Así nace este texto. Por eso Alimenta su Zombi con Cerebros. Somos todos zombis. Todos queremos nutrir lo que tenemos entre las dos cejas, todos queremos alimentarnos metafóricamente de lo que otros saben, en mi caso con el objetivo del placer de conocer, cotejar, pensar. Vivir así es hermoso y si siguiéramos la regla de Bertrand Russell que decía que el ser humano debía trabajar cuatro horas para servir a la comunidad y el resto tenía que ser ocio provechoso, seríamos todos (o todes) felices.

Así que empecemos con los dos libros que voy a recomendar que se compren ya mismo (nunca vendí nada, así que dejen que recomiende lecturas por las que tienen que pagar si es necesario; no son caros) Algunos de los libros se pueden comprar en Internet, otros también (broma, también se pueden comprar en las Librerías, pero no todos)

El otro día estaba en la librería Cúspide del Village Recoleta. Como es mi costumbre tomé cinco libros para leer a la vez y ver cuál me interesaba más. Vino un empleado y me dijo: No se pueden anotar los libros, señor. Le dije, pero claro, cómo voy a subrayar los libros. Me dice: no entendiste, no podés tomar notas en tu cuaderno de los libros. Ah, bueno, le dije, no hay problema, y con el índice me golpeé la frente, respondiéndole en lenguaje de señas que me iba a memorizar todos los libros como venganza. O sea, el empleado se habrá creído que yo era un escriba medieval que iba a copiar el libro entero en mi libreta de 5×5. Mis vecinos de mesa se alarmaron y uno, que le explicaba a otro cómo montar un negocio agrícola, remató; si yo fuera el dueño de esta librería, dejaría que todos tomen notas de los libros. Así atraería más gente. En fin.

Así que creo que por ahora pondré links a libros virtuales (si pueden conseguirlos impresos, mejor; como gusten, yo leo en la Tablet, en el Kindle, en el celular, en el Noblex Ebook -barato y bueno-, y en papel; no le hago asco a nada) Cuando se consiga el libro en castellano lo pondré, cuando se consiga en otro idioma nada más; también (siempre y cuando conozca el idioma, sé español, inglés y un poco de japonés, muy poco; no se preocupen que no pondré libros escritos en japonés)

Empezaremos por recomendar uno de los mejores libros que leí en lo que va del año.

Es de Carlo Rovelli. Es un físico teórico italiano. No voy a copiar su biografía porque pueden encontrarla ya saben donde.

Rovelli trata de redefinir el tiempo. Explica que el tiempo no tiene la misma duración en la cima de una montaña que cerca del suelo. Una persona que vive en una montaña tiene menos tiempo que una que vive en la llanura de la pampa, por ejemplo. La culpable es la gravedad que curva el tiempo. Es un libro muy feliz.

Divulgación científica muy poética (literalmente, cita a las Elegías de Duino de Rainer Maria Rilke más de una vez, Rovelli). Rovelli también se mete con la entropía, una ley que a mí me gusta más que el helado. El resultado es una lectura imprescindible para cualquier zombi que quiera alimentarse de materia gris. Alguien como yo, por ejemplo (y espero que ustedes, este texto trata de enaltecer la figura del zombi que después de todo es alguien que no tiene mala intención, sólo quiere comer; además recordemos que la meditación es amiga del concepto de un zombi por lo expuesto más arriba, también me caen simpáticos los yoguis)

Los libros de Carlo Rovelli que recomiendo son:

El orden del tiempo (2017)

Pueden comprarlo aquí en español (Kindle)

Link para comprarlo en Amazon

Y aquí en inglés:

https://www.amazon.es/Order-Time-Rovelli-Carlo/dp/0241292522

Y pueden también conseguirlo en librerías argentinas y españolas (es de Anagrama)

El segundo libro de Rovelli que recomiendo es:

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Link para comprarlo en Amazon

Se llama La realidad no es lo que parece (es mi traducción de Reality is not what it seems) No lo conseguí en castellano, por lo que pongo el link para obtenerlo en inglés. Traten de encontrarlo, en especial los que saben inglés.

Luego seguiré con el próximo texto de Alimenta tu Zombi con Cerebros donde iremos al mundo de la ficción a través de los libros más pragmáticos de ensayos escritos en estos últimos años.

Saludos,

Adrián Gastón Fares, zombie

El sueño de los conejos

Este japonés había construido

Como se esperaba

Un jardín japonés

(otro más)

Enfrente de su casa

Y cuentan que un amanecer lo encontraron

Durmiendo

abrazado

Al tronco de uno de sus árboles

Que estaba muriendo

No había ni una flor

En el fondo de su casa

Ni nada de lo que había en

Los parques que él diseñaba

Los japoneses usan lo bello como

Una espada que seda sentidos,

hipnotizados por pestilos

Y estambres

Te llevan de la mano a la laguna en la que se bañan las abejas

En el centro de las flores

Y entonces

es un poco tarde

para escapar

Uno quiere sacarse las sandalias Mojarse el dedo gordo del pie

Pero esta prohibido

Y solo los conejos sueñan con la laguna de las flores

Esa represa que solo se abre cuando marchitan

Sueños póstumos de carne de pescado cruda

Que se deshacen en tu boca

Como una geisha sashimizada

En un bosque donde suena una campana

No quedan ya flores por cortar

Ni arboles que defender

Las liebres corren libres en los

Campos del atardecer

Descanso paz y silencio

Espero no ser indiscreto

Ciertamente

No pueden reprimirse los aguaceros fríos

De las tardes de otoño

Por Adrían Gastón Fares

Un posible fin del mundo

Fui al colegio como en los demás días, cansado y todavía medio dormido, y en la puerta encontré a los policías. Uno tenía un mate, otros dos compartían un cigarrillo. Cerca, Bernardo, el profesor de medios audiovisuales hablaba con la monja directora.

Habían encontrado el cuerpo de Sofía. Pronto vimos llegar a la madre, que se abalanzó sobre la directora en un ataque de furia que se convirtió en abrazos y lágrimas.

Las palabras cruzaron de boca a boca, como indiscretos dardos envenenados, y pronto todos supimos que a Sofi la habían violado y asesinado. Cuando entramos al colegio ya habían retirado el cuerpo. Una silueta de tiza lo reemplazaba.

Sofi era una chica de sonrisa franca y ojos tiernos. A mí en ese momento me gustaba otra. Aunque Sofi bien me podría haber gustado porque era muy linda.

Con el profesor de medios preparábamos un cortometraje. Enseñaba por placer, porque le gustaba trasmitir su conocimiento, que lo escucharan y lo alabaran. Salía, en secreto, con una de sus alumnas, Clementina, y cuando la policía lo supo, cuando el detective privado que contrató el tío de Sofi lo supo, el profesor vio en peligro su libertad. Como era bastante amigo mío, como nos llevábamos bien, más que nada en esas charlas donde hablábamos del uso de la simetría en Kubrick y del travelling en Ophuls, como la afinidad era tal que él creaba un mundo nuevo para mí, yo lo creí siempre inocente. Además no necesitaba violar a nadie. Varias estaban enamoradas de él, aunque fuera un barbudo desgarbado. Tal es el poder el conocimiento y más todavía el de la jerarquía.

Bernardo, era el nombre de mi profesor, creía que el asesino era el cura. Visitamos el colegio de noche y entramos en la casita dónde vivía el cura, atravesando la capilla, en el medio de un patio de baldosas oscuras y paredes grises. Al padre Eusebio lo encontramos durmiendo en un sillón, con una botella de vino casi vacía en una mesa, murmurando en sueños palabras ininteligibles.

Bernardo buscó en los armarios ropa interior femenina que incriminara a Eusebio, con la intención de señalarles a los policías la guarida del que podía ser su salvador. Los armarios estaban llenos de naftalina, camisas, y algo que nos llamó la atención, un capirote blanco con una estrella roja, no sabemos de qué orden eclesiástica pero parecía ser una bastante nefasta.

No había dudas para mí de la inocencia de mi profesor. Por un lado le gustaban demasiado las chicas para matarlas, sabía que había algunas cosas que se podían hacer y otras no.

La escuela hizo hincapié en el asunto de Bernardo con su alumna, Clementina, mi compañera, la chica que negó haber tenido relaciones con él, pero los policías le preguntaron a otras alumnas que sabían que Bernardo había desvirgado a Clementina sin muchos miramientos.

Estuve triste esa semana, no sólo se acusaba a la persona que tanto me había enseñado de cine, sino que además, por los nervios, había arrojado una ventana desde el tercer piso del colegio. Me había acercado para que el aire entrara, corrí el cristal para que dejara entrar el aire y la hoja titubeó en la cornisa antes de desplomarse al vacío. Con un compañero nos asomamos y vimos el cristal hecho añicos en el piso y un hombre de pie al lado, sorprendido, tal vez agradecido por haberse salvado por casualidad. En la corrida hacia la entrada del colegio encontré a la monja directora, que venía de rezar de la capilla y agradecer a Dios que los niños de jardín no estuvieran saliendo del colegio a esa hora. Sentí culpa y no recuerdo lo que pasó en los días siguientes.

Tanta fue la culpa que me identifiqué con Bernardo, que era el sospechoso número uno en el crimen de Sofía.

Me suspendieron del colegio por lo de la ventana. Luego pusieron tejidos para que las hojas de las ventanas jamás volvieran a caer.

Mientras tanto, yo permanecía en mi cama, los días pasaban lentos, no veía a mis amigos, y hasta mis padres me recriminaron por esa acción de la que yo no tenía ninguna culpa, vamos; la ventana estaba floja, no había tejido, tarde o temprano se iba a caer, y podía haber dejado consecuencias muchas más graves. Pero en ese momento, en la confusión de la adolescencia, no lo entendí de esa manera. Creí ser el demonio, un poco influenciado por la creencia de la monja directora de que tal vez yo estuviera poseído, ya que era un adolescente bastante revoltoso.

La verdad era que yo había nacido con fórceps. Nací sin llorar. No culpo a mis padres, tal vez a la partera o al obstetra. Ellos, por lo menos hasta que fui grande, no pudieron saber qué había ocasionado en mí nacer así, y tampoco yo me di cuenta. Pero la monja directora parecía saberlo.

Una de esas noches en las que no pude ir a la secundaria, mientras descubría un cuerpo enterrado de una joven en un jardín con Miss Marple, el teléfono sonó y era un compañero que me avisaba que había muerto el padre de una compañera. Teníamos que ir al velatorio.

Yo tenía un miedo terrible. No quería saber nada con los muertos en esa época. En esta tal vez pudiera compartir habitación con alguno sin preocuparme demasiado. Pero la adolescencia es una tierra donde la levadura de la ficción crea una cerveza mental que achica al mundo, agrava las ficciones; es un barrio ficticio, un barrio donde de noche pasan cosas de las que más vale no saber nada.

Entonces yo me tapaba la cabeza con las sábanas, pedía que ningún vampiro se acercara para rasgarlas o tironear de ellas, y trataba de dormir de esta manera hasta el otro día sin sofocarme. Admito que nací de esa manera, sin aire, y que tal vez esa especie de mortificación se me hizo un vicio, porque hasta el día de hoy me sigo tapando la cabeza con las sábanas o la cara con los dedos. Es como si de chico hubiera visto algo monstruoso, inaudito, y ya no lo quisiera volver a ver. A veces pienso que lo inaudito puede ser la palanca del fórceps entrando en el cuello uterino de mi madre para sacarme al mundo, rompiendo huesos, deformando mi cara, mis oídos, lo que fuera que tuviera a su paso, como un robot infalible que cumplió su misión a la perfección salvo por algo: no respiré por unos segundos.

Esa noche fui rescatado de la sofocación de las sábanas con dibujos del Hombre Araña por Little, un compañero, que me necesitaba en el velatorio en veinte minutos. Así que me subí a un remís hasta Lomas.

El velatorio era cerca del cementerio de Lomas, lugar tétrico si los hay con esas estatuas que parecen estar para asustar nada más. Decidimos dejar a nuestra compañera y con tristeza y un poco de rebeldía nos dirigimos al cementerio, cosa que yo no hubiera hecho solo ni que me regalaran el último CD de Soundgarden importado con bonustrack y todo.

Rondamos los mausoleos, elegimos uno con la puerta deshecha, y entramos, asustándonos entre todos. Ahí empecé a ver que algo raro le pasaba a Little (le decíamos así porque había otro Martín, que era casi un gigante) Me confesó que tenía miedo que el profanador de tumbas, del que estaban hablando por aquellos días en la televisión, anduviera por ahí. Little y yo nos detuvimos. Los demás, dos chicas, una que parecía querer tener sexo en el cementerio y la otra que parecía no querer tener sexo en ningún lado,  avanzaron un poco más y volvieron corriendo y muy asustadas después de haber introducido el pescuezo en una tumba donde los ataúdes parecían carozos de nueces rotas donde se veía el fruto, los cadáveres momificados, a través de las grietas de la cáscara nudosa que los había cubierto.

En la corrida por las calles del cementerio dimos con un hombre que se interponía entre la salida y nosotros. La esclerótica blanca, una pala en alto, no podía ser otro que el cuidador que estaba molesto porque habíamos entrado a la fuerza a su predio. Así que le pedimos perdón, nos abrió la puerta y nos dijo que si volvíamos a hacer eso iba a llamar a la policía, o a su muerta favorita, la señorita Robinson, una japonesa asesinada por su hermana, que solía dejar su tumba para comer el cabello de adolescentes como si fueran fideos. No podíamos creer que un zombi se alimentara de cabello, así que el miedo se concentró en el cuidador del cementerio y no en la señora Robinson; la zombi degustadora de cabelleras brillantes bajo la luna.

Después de esa noche, nos dimos cuenta de que podíamos entrar al cementerio fácilmente.

Así que el sábado siguiente, en vez de juntarnos en la plaza de la estación Lanús, nos tomamos el colectivo con Little, bajamos en el cementerio y caminamos hasta el mausoleo de la familia de Sofía.

Golpeamos la puerta hasta que cedió. Alcanzamos el cajón. Lo abrimos con las manos temblando y observamos que nuestra compañera estaba hinchándose bajo la lámina de cristal que separaba las emanaciones de su cuerpo del resto del mundo. Lo que vimos no podrá ser olvidado y sin embargo es tan natural y común como la lluvia que cae mientras escribo en esta llanura. Hay pocas personas y pocas casas alrededor. Ayuda a recordar. Y hay cosas que no se olvidan.

La putrefacción, la hinchazón, la sangre que empezaba a brotar era  algo que esperábamos, pero no esperábamos que el cuerpo de Sofía pestañara. Tanto Little como yo vimos eso. Luego nos miró por el rabillo del ojo. Supusimos con Little que era una burbuja, un coágulo que había explotado, como una supernova.

Al otro día me puse un buzo con una capucha y volví al colegio, busqué a Bernardo y con él nos acercamos al salón de actos donde había sido encontrado el cuerpo de Sofía. Una monja tocaba a Bach en el piano. Encontramos al padre Eusebio con una mano en el hombro de la monja. Mientras simulábamos arreglar el proyector para una función de L´ Atalante de Vigo, observamos que tanto la monja como el padre Eusebio parecían estar emocionados por la melodía que retumbaba desde el corazón del piano.

Con Bernardo decidimos, con la ayuda de Little, y la inspiración que nos había dado ver el cuerpo de nuestra compañera pudriéndose pero tratando de comunicarse con nosotros con un pestañeo que también podría ser un diminuto anélido que navegara por la sangre que había quedado bajo sus párpados pedir la ayuda de la amante del profesor para que nos ayudara a ver la reacción de Eusebio y la monja pianista.

Hicimos que Clementina entrara a la habitación, se sentara en la única silla en el centro, casi donde habían encontrado el cuerpo de Sofi, y que simulara estar masturbándose emitiendo algunos gemidos que parecían más de alarma que de placer (no era una gran intérprete Clementina) Al rato, como si se tratara de arañas que reaccionaban a la posible víctima que había caído en su iridiscente y musical hilo, Eusebio apareció por una de las puertas para caminar directo hacia Clementina. Con el extraño capirote blanco con la estrella roja comenzó a besarla en los hombros. La instrucción había sido que Clementina se hiciera la muerta ni bien Eusebio la tocara. El cura intentó primero aprovecharse de ella, ante su resistencia usó la fuerza, y cuando vio que Clementina caía al piso, aparentemente muerta por una bofetada, la excitación del hombre aumentó tanto que pareció convertirse en otro, fuera de sí. Ahí apareció la monja que tocaba el piano, y se arrojó sobre el cuerpo de Clementina para seguir con la violación que el cura no podía consumar.

Clementina seguía actuando como podía con la mirada congelada en el cielo raso como si fuera Sofi, su amiga. La monja dejó caer su hábito, aireando unos pechos turgentes, unas axilas peludas, separó las piernas de Clementina, y sosteniéndola del cuello, intentó introducirle una especie de estaca. En ese momento,  los tres salimos de la cabina de proyección para detenerla. Little le asestó un golpe con uno de los asientos que la dejó knock-out. Yo me encargué del cura, que terminó con la nariz sangrando. Clementina se cargó a la monja directora que, siempre dispuesta a poner el orden, entraba con la voz en alto; mi compañera le asestó un puñetazo en la cara que le partió la nariz.

Al otro día, gracias a las pruebas que pudimos dar, y al testimonio de Clementina, Eusebio fue apresado. En la actualidad continúa entre rejas, donde reza todos los días a un dios que se ha hecho cada vez más difuso para él en la cárcel y que ha tomado la forma de otros hombres.

Pronto supimos algo más, el crimen de Sofía no era el único que había ocurrido ese día. No era sólo Buenos Aires.

En Madrid, en Kiev, en Moscú, en Brasil, en Roma, había ocurrido lo mismo en diversas escuelas, los curas habían comenzado a atacar a sus alumnas; las monjas también. Algunos eran simples asesinatos, en otros casos; violaciones y vejaciones que terminaban con la muerte de la víctima. El día que murió Sofía, ella no fue la única, cientos de adolescentes, mujeres y hombres, habían sido ajusticiados por líderes religiosos de cualquier orden. Las siluetas de tiza se multiplicaban en las escenas de los crímenes. El misterio que habíamos resuelto ya no tenía sentido. No había misterio. Era un caso de histeria colectiva. Una epidemia como la del baile de Estrasburgo de 1518. Una coreomanía del crimen. Pero más amplia; enseguida hablaron  de enfermedad psicogénica masiva. Y si bien las conductas extrañas habían empezado antes, nadie se dio cuenta, nadie denunció a tiempo; nadie notó que las miradas de los religiosos se llenaban de lascivia y que las monjas apuntaban con la punta húmeda de su lengua al piano mientras tocaban en muchas ciudades distintas en el piano el Jesu, Joy of Man´s Desiring, de Johann Sebastian Bach.

por Adrián Gastón Fares

22 de Marzo de 2019

Recreando el cuento de terror

Los padres de Glande se fueron unos días a la costa y en la casa había quedado su abuela materna, quien le estaba contando que los golpes a la puerta, por los que antes tuvieron que cortar la conversación, eran de Jorge, el vecino de enfrente.

Glande se había mudado a vivir al centro. Jorge, unos veinte años mayor que Glande, fue durante mucho tiempo el único interlocutor que Glande había tenido para hablar de música y de películas.

Compartieron un recital de Ritchie Blackmore y a veces se encontraban en Lavalle y se metían en algún cine, cuando Jorge terminaba su recorrido con el taxi y Glande no tenía que ir al conservatorio.

De vuelta a Lanús, no hablaban mucho más que de música y de la película que habían visto, ya que Glande no sabía qué más hablar con un taxista y Jorge no sabía qué contarle a un chico que se la pasaba casi todo el día encerrado tocando la guitarra. Ahora el vecino, cuya esposa estaba con las hijas en la costa mientras él cumplía con su trabajo, aparentó estar interesado en la salud de la abuela de Glande pero en realidad lo que quería era preguntarle si lo dejaba quedarse a dormir en el sillón. Finalmente, recapacitó y volvió a cruzarse a su casa.

Está habitada por un fantasma desde hace años. La historia, que no ventilaremos completamente, tiene como protagonista a un profesor de biología. Antes de seguir dejaremos en claro que Lanus Oeste también es visitada por seres de otro planeta, por lo que parece ser un pueblo de una de esas series norteamericanas más que el lugar aburrido que siempre fue.

En el fondo de un chalet californiano una mujer recibe mensajes de extraterrestres hasta el día de hoy, muchos años después del llamado de la abuela de Glande, tantos que ya ni Glande puede atender los llamados de su abuela porque ya pasó a mejor vida.

Pero hay que volver atrás, olvidar la muerte, los ovnis, las noches y los días que pasaron desde el llamado de la abuela de Glande. Volver atrás en un pestañeo o como si el vecino de Glande pusiera marcha atrás a toda velocidad en su taxi para hacer desaparecer a los templos evangelistas que suplantaron a los cines como el Ocean y tal vez, de yapa, plantarlo a Glande de nuevo contra el paredón dando su primer beso, un beso seco a una hermosa venezolana. O arrimarlo a esa reunión en la casa de un amigo en que había pensado que la chica más bella de su curso estaba enamorada de él. Y que su vida sería como una de esas diapositivas de luna de miel que pasaban sus padres los sábados. No hay árbol que de frutos tan dulces como algunas tardes de la pubertad; no hay oleo 25 que refresque los sentidos como haber pensado que la vida sería buena, que el amor se encontraba en un bajar de párpados, casi como lavar las ropas en una comunidad en esas películas postapocalípticas al lado de la chica con la que cambiarás el futuro.

Pero estábamos contando una noche de las noches más comunes y no trascendentales en que el taxista temía al fantasma del profesor de biología.

Entonces diremos que el profesor de biología murió al ser fulminado por un rayo cuando orientaba la antena de televisión.

El resultado fue tan nefasto que de alguna manera el espíritu de este hombre, que vivía con los que compraron la casa tenía un dominio total sobre todas las telas y ropajes de la casa. Cosas de la energía.

Así, podía hacer flotar las cortinas de las ventanas y simular que había una forma femenina detrás.

Podía dar vuelta el moño de una escarapela, deshacer el nudo de las corbatas, hacer levitar un pantalón, arremolinar las sábanas de las habitaciones.

Un día, los vecinos de Glande entraron a un cuarto que tenían vacío y descubrieron donde estaban las zapatillas de gamuza, las toallas, los repasadores, las medias, los manteles que faltaban, todo eso estaba amontonado formando un bulto como una serpiente cuya cara estaba conformada por un traje raído del ex profesor y por dos ovillos de lana que simulaban ojos asomados a los bolsillos. Era como un amigurumi gigante. Pero los amigurumi no se lanzan sobre los que abren las puertas como pasó ese día. Tuvieron que cerrar esa habitación para siempre.

En un asado nocturno, el padre de Glande le preguntó a Jorge, alzando la voz en un intento de superar el volumen del televisor, si había presenciado alguna aparición. El vecino respondió que, además del anélido gigante de tela, había visto algo impresionante, que no se atrevía a contar. Otra vez, la hija mayor de Jorge estaba sentada en su cama y sintió una fuerza que le arrancó la almohada y la arrojó por los aires. Y el fantasma tiraba la cadena del baño como si todavía lo usara.

Glande no sabe cómo reaccionar ante estas historias. Él no cree en los fantasmas, pero mientras trata de dormirse se tapa la cara con las manos. Se debe a que repetidas veces el tema había rondado su infancia. Por ejemplo, uno de sus familiares había visto el fantasma de su abuelo en la casa de Mar de Ajó, merodeando el fondo. Y una ex novia de Glande sintió a una persona detrás para darse vuelta y no encontrar a nadie.

El día anterior al de la muerte de su abuela paterna, Glande tenía un año y estaba en la cuna, cuando sus padres escucharon un grito salvaje, indescriptible. Por como su madre cuenta el suceso, el grito venía de la pieza de Glande, que siempre se sintió un poco culpable y suele preguntarse qué habrá visto para gritar así. Eso lo aterra. Pero más que sus padres creyeran que ese grito inhumano provenía de él.

Un recuerdo elemental, está enlazado con otro, pero Glande no puede discernir qué hecho sucedió primero. Sus padres estaban mirando una película. Era de una mujer que se convertía en algo, que su madre identifica como una araña. Glande tuvo un ataque de pánico y estuvo gritando hasta que lo sacaron de la habitación donde estaba el televisor. Hasta el día de hoy, cuando pasan películas clásicas de terror en el cable, Glande teme dar con la escena de la transformación de la mujer araña (que por lo que sabe Glande en la actualidad también podría ser una mujer abeja)

El otro recuerdo, mucho más nítido, es el de estar durmiendo en brazos de su madre, cerca del pasillo oscuro que da a los dormitorios de la casa, en la época en que sus padres vivían arriba y alquilaban la planta baja (ocupada por evangelistas que celebraban reuniones hasta tarde; ahora Glande cree que esos cónclaves eran las reuniones secretas en las que planeaban destruir a los cines de la calle Lavalle), y sentir una presencia inclasificable que se acerca a observarlo desde la oscuridad.

Glade puede reconstruir en su mente el miedo que esa presencia le provocó, que de alguna forma relaciona con el concepto de la mujer araña (o abeja)

Con el paso del tiempo, en la imaginación de Glande, esta mujer empezó a convertirse en la personificación del miedo, pero también de la añoranza y el amor, no sólo hacia su madre y el hogar en que se sentía protegido en su infancia, sino hacia las mujeres en general. De algún modo, esa forma femenina parda e indescriptible que lo perseguía en su niñez, reaparece en los momentos que Glande cree cruciales en su vida, pero ahora personificando a un cálido temor indescifrable, que tiene significados esquivos tal vez porque están aferrados a los procesos de cambio en su vida. Sin embargo, él no quiere tocar a fondo el tema. Dice, citando el pasaje de una entrevista a Robert Graves, que no está dispuesto a tentar su suerte.

Pero, después de cortar con su abuela, a Glande se le ocurre que el fantasma del ex profesor de biología que vivió enfrente de su casa pudo ser la presencia que se le había acercado cuando estaba en los brazos de su madre, quizás para saludarlo y darle la bienvenida al barrio. Quizá convertido en una mujer. En la Gran Ovilladora, un mito oriental.

Aunque también podían ser otros, teniendo en cuenta el destino incierto de los integrantes de su familia que vivieron y murieron antes que él.

Y para recrear, terminar con el cuento de terror esta también aquel hombre que visitaba el trabajo de su padre que le había hecho una carta natal. Su padre decía que las uñas del hombre eran largas, duras, casi espiraladas en sus bordes por la longitud, esas uñas que habían señalado o inventado su futuro, ese futuro donde también había una llamada de su abuela, de esas que no aparecen en las cartas natales.

Si Glande hubiera sabido que su abuela no viviría mucho más habría vuelto esa noche a Lanús para enfrentar al fantasma del profesor y tal vez escuchar el mensaje de los extraterrestres.

por Adrian Gastón Fares

21 de Marzo 2019

 

 

La hermandad de las estrellas fugaces

Si denuncias

No vas a trabajar más

Vas a ser usada

Política

Mente

Si lo contas

El mar no se va a abrir en dos

La prostituta no te va a salvar

Las maderas de la cruz se pudrirán solas

No podrás menstruarla

Nadie recogerá tu sangre

El futuro que no fue

El pasado que es

El arte de la denuncia

Tiene una sola regla

Denunciar al poderoso

Y a la más poderosa

No atacar al de medio pelo

Ni a la que le cuida la barba

Embocarla donde es difícil

En el momento justo

Ahorra calvario

Si tu vida fue injusta

Si te menospreciaron

Anestesiaron

O abandonaron

en el peor momento

Yo conozco un lugar donde se cargan los cartuchos

de una pistola

Que se desliza por el suelo oscuro de una discoteca

Toca Damas gratis

Y pasan electrónica

Tu deber es tomarla cuando pase al lado tuyo

Tu pesada opaca pistola

Calibre no sé cuánto

Que podría terminar con todos los males

Pero nunca la usarás

Descargarás las balas

Dejaras que tus lágrimas las mojen

Y sentada en el vértigo sucio del baño

Leyendo malas palabras en las grasientas paredes

Juntaras fuerzas

Y te levantarás

Y le dirás a es@ otr@ que quiso

Despreciarte

Menospreciarte

Lastimarte

Destruirte

Yo soy tan ubicua

Como tu maldad

Y he retornado para

Que sufras lo que yo sufrí

Te vapulearé

Te arrastrare por el piso

Te haré arañar las paredes

Y mi venganza no estará terminado

Hasta que admitas que tu irresponsabilidad

Tu desidia

Tu indiferencia

Tu intransparencia

La falta de información

La desigualdad de oportunidades

Tu tráfico de

Influencias

El abuso de poder

Sean mitigados

Atenta contra la vida

De este universo que soy

De las que como yo

Venimos de otro planeta

Con una antena atrás

Y otra adelante

Y lo repetirás

Hasta que l@s directiv@s

Busquen sus anteojos caídos

A gachas

Por el piso

Se arrodillen

Y pidan perdón

He aquí el código de honor de la Hermandad de las Estrellas Fugaces

Aquellas que ya pasaron

Y nadie vio

Nacidas entre dos soles

Criadas en un campo

Quebradoras de cuellos de gansos

Encontradoras de

Instrucciones para llegar a la ciudad alta

Despertadoras de gigantes

Creemos mas en los hechos que en las palabras

(se las llevan las ráfagas de nuestras metralletas)

Si te han insultado

Agraviado

Si se han aprovechado de tu origen

Humilde

Somos para llevarte de la mano a al rancho

Desde donde ganaremos la contienda

En donde teñimos

De sangre los vestidos de las damas reales

Somos la vampira mayor

La despertada de noche

La iluminada de la sombra

Y declaramos la guerra por amor

La única que no termina

Porque no sabemos cuando

Ni donde

Como

Empezaron a doler nuestros

Pechos inflados

Por esas niñas que perseguían

A los pollos en el chiquero

Y que un dia

Entre faroles rojos

Tuvieron que soltar las armas

Y levantar las manos

En Villa Diamante

Entonces será

Sin alto el fuego

Sin bajar los brazos

Amor sin principio

Odio sin fin

En la comisura de mi sonrisa

Como en la tuya

Crecen pelos bien duros

Que aprendí a lamerme

Entre dos lunas

Durante la noche que antecede

A nuestra ácida batalla

Por Adrían Gastón Fares

El camino de l@s zombis

Allá por el 2000 escribíamos esto en Imagen y Sonido. Elegí el tema de esta monografía para la materia Estética del cine (en la redacción del texto colaboraron Mariana Fernández y Gabriel Quiroga) Ya había escrito mi primera novela a los dieciocho años que se llamó ¡Suerte al zombi! (trescientas páginas en un estilo medio de novela gráfica, el cine estaba muy presente ahí) En esa época me interesaba la palabra “mood” para la que no encontraba traducción al castellano (atmósfera, pero no me llenaba) Fue antes de que existiera The Walking Dead y el resurgimiento de los zombis (jamás vi The Walking Dead, perdón) Tomemos este texto como un homenaje al recientemente fallecido George Romero, Papa de la iglesia llamada Cine de Trasnoche Independiente. Disculpen el vocabulario académico, espero que sepan que no me gusta ni medio, pero es un texto que fue escrito para una materia de la Universidad de Buenos Aires. Sigue leyendo “El camino de l@s zombis”

La vida sin Mi

Cosas que nos pasan a l@s sord@s tinnutosos cuando nos sacamos los superpotentes audífonos. Me levanté de la cama para ir al baño y encontré el lavabo repleto de agua. Caía en el piso de cerámica y había llegado a la madera. Desastre, si no se me ocurría ir al baño se inundaba el edificio. O por lo menos los pisos que quedan hasta la puerta de calle. Casi termino en el baño como el monstruo de La forma del agua, pero solo (ahora entiendo mejor esa película) Por razones de este mundo desagradable, estoy muy cansado y mi mente agotada de luchar contra los desplantes de las instituciones y las personas de este país (entiendan vivo aquí en este país ) y me puse a limpiar como pude, sin fuerzas esta noche y sin ganas. El tinnitus constante desgasta. Ser sordo en un mundo oyente es un esfuerzo extra. Nadie entiende nada de eso; es bastante horrible la indiferencia. Duele verla de cerca. No sé cómo explicarlo. Otro gran problema que enfrentamos l@s discapacitad@s invisibles es la lacerante creencia en cosas raras que tiene la gente: por ejemplo; conozco gente que diría: hay algo raro en tu baño, por eso fluye la energía del agua. Respuesta: no! Soy sordo y no escucho el agua si no tengo los audífonos colocados. Es increíble pero todo continúa como en la Edad Media. Por eso la identidad es la falta de comprensión, de amor y a veces de futuro. Eso es identidad. Así se forma. Como cierta cosa dura y oscura que crea un personaje de Mr. Time. Conclusión: sin audífonos no escucho un pomo. Tanto que se me olvida cerrar la canilla porque el agua si no la veo: no existe. (Esto ya lo sé desde hace muchos años, pero es mi deber dejar constancia de esto) Conclusión 2: esto podría pasarle a cualquier otro pelotudo, incluso oyente. Pero el oyente tendría que ser más pelotudo que yo para que le ocurra. Mucho más. Síntesis: No escucho. Necesito un perro que me avise cuando pasan estas cosas (pero me gustan más los felinos, que no avisan; en un departamento de dos ambientes un perro es una incongruencia) En fin, cerraré la llave de paso del agua todas las noches (lo que puede llegar a estropearla) Ahora mi gata me lame, razón: adivina la tristeza que es bastante inevitable (el agua que derrama el vaso) salvo que yo asimile estas cosas como pequeñas aventuras (pero soy realista; en la selva no sobreviviría una noche por más optimismo que le ponga al asunto) Pero no es tan malo no sobrevivir como tener que adaptarse encima de no escuchar y al tinnitus a otra cosa: a la costumbre de pasarla mal que propone esta débil sociedad.

PD: al otro día por no oír el silbido de la pava se me quemó el café.

Adrián Gastón Fares

La casa nueva

El camino de tierra todavía está marcado por las ruedas. El coche quedó en el garaje. De vez en cuando lo miramos, con ganas de dar un paseo, pero nos contenemos. Tenemos a quien cuidar. Tuve que armar unas muñecas de trapo. Desde ese día revelador hablamos muy poco con Pececita.

Vinimos, como es habitual, para tener mucho sexo, a veces a un ritmo lento, otras rápido, a veces suave, otras fuerte, a veces intercambiamos roles, nada de monotonía, a mí me gustaba que me digan malas palabras y a ella que la trataran como si fuera una niña problemática. A veces corríamos desnudos por los yuyos altos, otras por la madera húmeda del piso de la casa. Cuando nos hartábamos, cuando ya nos dolía el cuerpo merendamos algo y después nos dedicamos a mirar por la ventana.

Bajábamos las miradas desde el dintel descolorido hasta hundirlas en el verde del pasto y en el marrón de la tierra, ese marrón que enturbiaba nuestra satisfecha mirada.

Las demás casas de esta barrio parecían estar habitadas, pero nunca vimos a nadie. Lo único que se movía más rápido que el vaivén de los pastos por el viento eran algunas lagartijas, esas cucarachas grandes y esos lechuzones blancuzcos que se volaban cuando nos acercábamos. Y nuestra única vecina visible, esa mujer encorvada, la vieja bien flaca, con el pelo desgreñado como si los mechones fueran la llama del sol rojizo que era su cara de borracha. Sigue leyendo “La casa nueva”

Algunas pruebas de que el amor existió en la Tierra hace miles de años

Seré pedestre como la oliva

Tosco como un pollo

Infernal como las polillas

Y diré que existe un amor

De simulacro

ese cosquilleo

Que uno siente en el alma

Emoticon sonrojado

Amor errado

Lejos de lo insolente

La necesidad no se lleva bien

Con el pensamiento

Soledad está de turno en

El hospital de los más sanos

Donde existe el amor clavoso

El Hara

Kiri

Donde las cosas grandes se asientan

para solazarnos

los días antiguos

de felicidad

insospechada

Y ese otro amor que es descubrimiento

También hay para fundir tus fundaciones

Algunos testimonios:

Soy dueño del cine

Y tengo enrollada la pantalla

En la terraza de mi templo

Soy el barco hundido

Debajo del cielo frío

De las furiosas olas

Soy lo que nunca contesté

Por no haberlo escuchado

El río enamorado del descampado

Como verán

Queridos alumnos muertos

La dicha es un tiempo ganado a la tristeza

De incontable valor

Para cuando amarronea tu mundo

No hay mejor producto

En la feria vacía de los Miércoles

Los pájaros se amontonan

Alrededor de algo que parece nada

Pero es todo

Un portal en el cielo donde sus cantos son traducidos al idioma nativo del viento

Decir que un pájaro vuela es no saber que repta por el aire

Y posa sus patas sobre los abismos de otra desconocida dimensión

Rodeamos la incertidumbre

Somos tu señal favorita

Ritmo

abismo

lanzados

Es que pensamos en el misterio

Porque el amor es un sobrante

De la cena del linyera

Ese viejo cualquiera

Que también tuvo padre y madre

De lo que la gente llama amor

Nada hay que pueda salvarse

Tal vez ese mitológico ser

transformación sin final

los señores amores,

las amorosas señoras,

Todos casi empiezan

Y luego nunca terminan

Hubo un tiempo que fui horrible

Y fui libre de verdad

Dice una vieja canción

Que cantaba un monstruo nunca

Inventado para un proyecto de

Mario

Nunca filmado

Bava

Deleuze decía

Déjenlo (a Straub)

A la mierda con el vacío

En el cine

Lo bello se halla en las

Del señor Mario

A la medianoche en el templo proyectábamos películas

De miedo

El Señor ya no las quiere pasar

Pero yo

Yo

Lo que se dice yo

Solo digo

Que no es casualidad que el horror prosiga al amor

Esa extasiada flecha no existía

La inventamos para vivir

Para que sea más lindo

Decir adiós

por Adrian Gastón Fares, 4 de Marzo de 2019

El futuro cantado

Hace tiempo recibí un mensaje escrito con signos extraños proveniente de una comunidad del Amazonas.

Nunca lo pude descifrar.

Venía envuelto en una fina tela de color malva.

A veces la huelo.

El olor me guía.

La carta estaba bastante manoseada.

En el sobre decía:

Para vos

Y luego:

Luchando contra el bien y contra el mal.

Eso estaba escrito en inglés.

Recordé que Hegel había dicho que la lucha entre el bien y el mal no era un problema tan grave como la lucha entre el bien y el bien.

Esa fue la última vez que pensé en Hegel.

El mensaje estaba firmado por dos jóvenes que decían pertenecer a una comunidad de hilanderas dedicadas al tejido. No reproduciré sus nombres. Parecían ser mujeres:

De las Hilanderas.

Remataban.

La carta no había sido enviada por correo. Alguien la había deslizado por el umbral de mi puerta.

Yo estaba subido en una silla.

El resto pueden adivinarlo.

Ése fue uno de los milagros que me salvó la vida.

Me recordó los signos que estaban escritos en la puerta del ascensor de mi piso. Alguna chica que escribió tal vez mi inicial y la de ella envuelta en un corazón. Por lo menos, eso parece. Pueden ser la de otros.

Entendí que el mensaje se refería a mi propia lucha entre el bien y el mal.

Tenía algo que hacer, algo que descubrir, me dije.

Pero yo, que había abandonado la carrera de antropología, no era un explorador. Ni siquiera me interesó seguir entre la selva de alumnos.

¿Qué podía hacer con esos signos que no podía descifrar?

Entonces unos días después leí la noticia que revolucionó al mundo.

El futuro está cantado.

La humanidad es capaz de prever parte del futuro, lo que ya saben.

No se puede ver todo, pero sí un retazo de lo que va a ocurrir.

Segundo milagro.

A esa altura, ya había vuelto a mirar la silla y a la viga con cariño porque no sabía qué hacer con la carta.

Los científicos que descubrieron estas imágenes grabadas en el inconsciente eran de nuestro país, cuándo no. ¡Había una razón para creernos más de lo que somos!

La arrogancia argentina, que tantos detestan, venía de algún lugar.

Ahora que vamos dejando de ser se entiende mejor por qué vivíamos arañando las paredes. Por qué todo era tan difícil.

Entendimos porqué los argentinos cruzamos la calle casi siempre mal, por ejemplo.

Estábamos condenados a desaparecer, o mejor, dicho, a fundirnos con otros países.

Apurados pero con razón.

Esa era la punta del iceberg.

Atañe a nuestra sociedad.

Ustedes están al tanto.

El resto resultó ser que  las afecciones psicológicas tenían un motivo concreto.

Y la ansiedad era la que más motivo concreto tenía.

Uno de los posibles futuros, el que se observaba, estaba escrito en nuestra mente y en nuestro tiempo.

¿Cómo no impacientarse en algunos casos?

Yo, que caminaba de un lado para el otro en un apartamento de dos ambientes sin parar, hasta que dejé de hacerlo para subirme a la silla, yo que apenas podía dormir porque me la pasaba leyendo, escribiendo, hasta que un día me acosté y ya no tenía motivos para levantarme, yo que investigaba incansablemente sobre el destino de ciertos pueblos originarios argentinos incluso en sueños, casi un etnógrafo sin matrícula digamos tenía todas las razones del mundo para hacer todas esas cosas.

Delfos, la simpática aplicación más descargada del mundo, me dijo algo que cambiaría mi vida, más o menos como estos científicos cambiaron el mundo con el descubrimiento de que parte del futuro podía leerse.

No sé si estarán de acuerdo con los que quemaron libros, ni con los que los borraron, avergonzados, del espacio virtual, pero es un hecho que la psicología dejó de tener sentido.

El proceso de reconfiguración mental llevará años a la humanidad.

Es gracioso, pero el descubrimiento del futuro semi-previsible paralizó a muchos.

Hay gobiernos que se están desmoronando.

El tiempo no perdona.

Voy reconociendo los senderos.

Incluso los que yo mismo despejo.

Escribo esto desde Iquitos.

En camino de ser el que ya era.

 

por Adrián Gastón Fares, 1 de Marzo de 2019