El vendedor de tiempo

Hasta sacar turno fue difícil. Tuve que armarme de paciencia para aguantar hasta ese día y de tesón para sentarme en una silla frente a su mesa en el bar. Había que traspasar a un grupo de sindicalistas que estaban buscando al manosanta para que les augurara el resultado de las elecciones del año próximo. Como el augurio no era favorable para ellos intentaban sobornarlo para que realice un gualicho político. En vano porque el manosanta tenía más guardaespaldas diseminados por el bar que el líder sindical.

Lograron echar a los sindicalistas y logré sentarme frente al gurú. Sin vueltas, le dije que necesitaba comprar tiempo. Alisó su barba, bebió un trago de moscato y respondió que eso salía caro.

–¿Cuánto?–pregunté.

–Todo el dinero que tengas.

–Ahora tengo mil pesos.

–Dame los mil pesos.

Los tomó y se los entregó a un niño que lo secundaba.

–Para los fichines–le dijo.

–¿Y?–pregunté.

–Dije todo tu dinero. Eso es un vuelto que tenías en el bolsillo.

–No tengo más–aclaré.

–Entonces nada.

Me alejé y en un rapto de locura giré otra vez hacia la mesa que ocupaba el gurú en ese bar notable del centro de Buenos Aires. A su lado había un hombre con anteojos con lentillas de un brillo rojizo.

–Ok, te voy a dar mi casa.

–¿Tu auto?–preguntó el gurú.

–Mi auto también.

Extendió un contrato que firmé sin mirar.

–¿Y ahora?–pregunté.

–¿Vos querés tiempo, no? ¿Por qué lo querés?

–Estoy enfermo. Necesito un año para termina una tesis.

Los acompañantes del gurú comenzaron a reírse en ese típico bar de Buenos Aires. Estaban realizando otras tareas pero parecían estar atentos a nuestra conversación. Hasta el jamón que colgaba del techo parecía haber cobrado vida y temblaba por el estruendo de las risas. El gurú dejó de reír y señaló al hombre de  anteojos rojizos.

–Preguntale.

–¿De qué es la tesis?–se dirigió a mí el de gafas.

–Es una investigación sobre las diferentes especies humanas que conviven en la actualidad. Sabían que los Nearderthales llegaron a convivir con los Homo Sapiens, ¿no? Incluso parece ser que los extinguieron. Estoy estudiando distintos cerebros donados a la ciencia.

–Qué lindo ¿Y necesitás un año para eso?

–Mínimo–respondí.

–¿Cuánto te queda?

–¿De vida? Como mucho seis meses.

–Bueno–leyó el contrato.– Alejandro Heredia te presento a Gustavito.

Gustavito se sacó las gafas rojizas. Tenía lentes de contactos claros que contrastaban con su piel morena. Por lo demás, parecía un ex boxeador. El gurú preguntó.

–Ahora, ¿cuánto le queda de tiempo a Alejandro, Gustavito?

–¿Para terminar su investigación y escribir la tesis?–inquirió Gustavito.

–Así es, maestro–dijo el gurú.

–Un mes.

Enloquecí. En un mes no podría escribir ni diez páginas de mi tesis, ni mucho menos reunir los datos y hacer los experimentos necesarios.

–Necesito más tiempo, no menos–contesté subrayando la palabra más.

–¿Tenía un mes no, Gustavito?

–Tiene un mes–contestó el gurú.

–¿Y si no lo termino en un mes?–pregunté.

Gustavito abrió un cajón de la mesa, extrajo una pistola y la apoyo en la madera gastada de la mesa.

–Ya está cargada. En menos de un mes te va a encontrar.

–¿Un mes?

–Sabés que, Gustavito, ya que insiste, vamos a darle treinta días corridos ¿Te parece, justo?

–A ella le parece justo–dijo Gustavito sus ojos azules clavados en el frío metal de la pistola.

–¿Y a vos?–preguntó el gurú.

–Treinta días corridos me parece más que necesario.

–¡Son unos estafadore!–grité.

Aquel manosanta era mi último recurso. Había llegado a él por un editor de ciencia ficción, un gran amigo, que me lo había recomendado como la única solución a mi problema. Como yo estaba descubriendo información sobre el ser humano que me parecía increíble hasta el momento, estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa con tal de ganar tiempo para terminar mi trabajo científico. Según mi amigo editor, el gurú había encontrado la manera de manipular el tiempo a gusto.

–Ni en un año y medio podría terminar este trabajo–expliqué.

–Veinticinco días corridos tenés ahora–murmuró Gustavito.

–Veinticinco días corridos–repitió el gurú.

Gustavito tomó una agenda barata, marcó una fecha del mes en que estábamos, y me la entregó. Luego acarició el arma.

–Ese día ella y yo vamos a dar un paseo. Hasta donde quieras que estés.

Tragué saliva.

Así fue que compré el tiempo para terminar mi tesis. Como verán si estoy escribiendo esto es que me sobraron unos cuantos días de ocio luego de finalizar el trabajo. Antes de dejar a Gustavito y de volverlo a ver recién el día que disparó tres tiros contra el cristal de la ventana de mi apartamento, el día en que tuve que escapar y buscarme un hotel para escribir las últimas veinte páginas de la tesis, antes de entregarla a mi editor, el gurú preguntó:

–¿Vos querías comprar tiempo, no?

–Sí, pero pensé…–balbuceé.

–El dinero es para tu sicario–dijo el gurú, mirando de reojo a Gustavito

Y agregó:

–El tiempo es tuyo.

Por Adrián Gastón Fares

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