El cuento original

No fue fácil encontrarla. Días que se convertían en noches cotejando mapas, leyendo sitios de Internet, rebuscando para dar con las claves de un cuento infantil, de esos que sólo cuentan los padres cuando desean asustar a su prole, o quieren sorprenderla, sin sospechar las consecuencias que este tipo de cuentos puede tener sobre la viva imaginación de un niño.

Y cuando me hice grande, cuando dejé de leer libros de terror, de repente, un día, recordé el viejo cuento infantil. Todas las familias tienen su canción, como en La Perla, de Steinbeck, y sin duda todas tienen sus cuento. Las letanías corrosivas de estos cuentos, como los zumbidos, solamente son escuchadas por quienes los padecen. Pero a diferencia de ese descalabro que me afecta tanto, el tinnitus, el padecimiento del cuento estaba unido a cierto placer. Creo que todo me llevó a esa casa, esa tarde, en la costa atlántica, cerca de Mar de Ajó para que se ubiquen pero a la vez se pierdan, porque no se las voy a hacer fácil, porque para mí no lo fue, y las cosas que cuestan son las mejores dicen, y crucé la tranquera, para seguir el camino que me sugerían los sauces y los nogales hasta la puerta desvencijada en el frente de ese chalet californiano hundido por los vientos.

Es sabido que en la costa atlántica de Buenos Aires abundan este tipo de chalet construidos por los italianos pero menos se sabe que es un lugar mágico, plagado de entidades de difícil clasificación científica. Es la cercanía del agua, algunos dicen, de la humedad, la falta de bullicio. Pero toda la costa atlántica está plagada de seres que otros piensan que viven en otras alturas, como las de Córdoba, o en la cristalina belleza de Neuquén. Son cosas que averigüé en el camino de lecturas incansables que me llevaron a dar con la casa exacta. En foros de pesca, en foros de viajeros, hoy en día las claves están para quienes quieran buscarla y estén lo suficientemente locos para hacerlo, o sean apasionados como yo por las aventuras inusuales. Lo único que yo sabía con seguridad era que en ese lugar habitaba un ser descrito por mi padre como fantástico.

Sabía que al empujar la puerta iba a encontrar a una mesa con adornos florales, porque era la historia que contaba mi padre que a su vez le había contado su padre, y que cuando mi padre la visitó ya no había sólo un jarrón con las flores, la casa estaba un poco más venida a menos, pero había sumado un altar con incienso y deliciosas frutas frescas ofrendadas a una fotografía de un orgulloso hombre de campo. Y el ser que vivía dentro seguía apareciendo. Y mi padre también fue bendecido por la presencia radiante y fresca de un ente de difícil descripción, una ondina algunas veces que la contaba, otras una loca ciega, pero bella como pocas, que se había alejado del pueblo a su quinta para esperar a un amante que se había ahogado en su lancha en una tormenta en el mar. Cuando era más pequeño mi padre decía que era una sílfide, una especie de hada que le había dado un gran placer, yo podía entenderlo, porque una noche corrí en el barrio con mi grupo de amigos, durante una peregrinación de la misma Virgen, y había una niña que me gustaba, y jugábamos al ring raje y al llegar a mi casa me pareció que había vivido la aventura más maravillosa del mundo al lado de la niña más dulce que el cielo puede cruzarle a un niño, y soñé durante años con eso, más o menos hasta que la historia que contaba mi padre cambió de cariz, y de repente me vine a enterar que la princesa de la casa abandonada en el camino a Mar de Ajó, no era una sílfide ni un hada, sino una desquiciada que confundía a los raros visitantes de esa quinta con la vuelta de su amor perdido.

Así que ese día esperé impaciente, sentado a la mesa, mirando como el polvillo caía del cielo raso descascarado. Y la primera cosa rara que vi fue al tomar una fotografía.

El flash de la cámara iluminó la habitación y el polvo que parecía caer del cielo raso en realidad subía. O sea, las motas blancas claramente volaban hacia arriba en vez de seguir la gravedad y caer. Me di cuenta que no había razones para ese fenómeno y que el viento que entraba por el cristal roto de la ventana bien podía ser el responsable del remolino que hacía que las motas se comportaran así, aunque las puntas celestes del mantel de la mesa no se movían. Impaciente, observé mejor la mesa. El vaso de vino, la damajuana a un costado, como relataba mi abuelo según mi padre, las servilletas amarillas, como contaba mi progenitor que las había visto, el pedazo de pan negro, de cerámica, no era un pan real, si no esos que ponen de adorno en las panaderías, y los cubiertos, no tan brillantes como contaba mi padre, más bien sucios, con pedazos de algo oscuro que parecía ser sangre. ¿Y dónde estaba la sílfide o la loca de los placeres? Esperé, la sombra de una silla dispuesta en una esquina, al lado de una ventana, se estiró bajo el techo alto y triangular. La vi desplegarse en el suelo hasta que alcanzó mis zapatos (no iba a ir en zapatillas a encontrarme con esa entidad femenina fantástica)

Estaba siguiendo las reglas del cuento. Lo estaba haciendo bien. Pero la casa estaba vacía. Me iba a levantar, avergonzado por haberme creído esa historia pensada y compuesta para los niños, pero no, de repente, una de las puertas que daba a ese living comedor se abrió y una mano pálida tanteó el aire. Tragué saliva y me mantuve en mi lugar, aunque la mano tenía uñas largas y sucias, con tierra húmeda debajo, como si viniera de escarbar en la tierra.

La mujer, porque no me animo a descalificar a un ente infantil con otro nombre, y el de sílfide o loca ya no le cabe, sacó el cuello por la puerta, girándolo como si fuera de goma, y fijando la mirada acuosa de esos ojos donde yo estaba. La oscuridad no dejaba que pudiera ver su cara.

Como pude me mantuve en mi asiento y me convertí, como habían hecho mi abuelo y mi padre, en su amante recobrado, observando como sus pasos se acercaban hasta mi silla como lo había hecho antes la sombra, pero mucho más rápido. Pronto me vi oscurecido por ella y sentí sus manos que me palpaban el rostro y después vi el brillo de un solo colmillo en su dentadura, que iluminó a la vez su boca fruncida: debía tener noventa años. Me quedé quieto, apenado por el destino de lo que uno sueña, que siempre tiene que ser tan distinto a la realidad, pero aún con el objetivo de cumplir un rito familiar y complacer al ente que había agraciado a otros integrantes de mi familia.

Esperé el manoseo, que mis ropas cayeran al piso, que me poseyera como lo había hecho con mi abuelo y mi padre, hacía años que había entendido que el cuento terminó en el dormitorio de la ondina, digamos ahora porque suena más a charco y a barro, incluso ante la risa de mi abuela materna, que decía que su yerno deliraba porque la única que lo aguantaba era su hija, pero sentí que en vez de caricias me estaban atando las manos detrás del respaldo de la silla con una soga.

La luna llena se filtró a través de un tragaluz ubicado sobre la puerta y pude ver mejor la cara de la ondina, que olía a tierra fresca como la que tenía en sus uñas; no tenía noventa años, parecía una anciana porque estaba tan flaca que uno podía contar sus huesos, pero debía rondar los cincuenta o sesenta años. Y tenía la fuerza de una demente.

Atado a la silla, con la respiración de ese ser al que apenas podía ver, me entregué a su juego como si fuera una tradición que debía cumplir, en este país tan falto de tradiciones propias, quise inmolarme a la familiar, la única que conocía, la que me hacía sentir parte de una comunidad, como la que había perdido cuando una exnovia griega había retornado a su país con su alegre familia.

Y pensé que la violación iba a comenzar, los botones de mi camisa cayeron uno a uno, arrancados por esa mano delgada y bruta, y cuando la cabeza de la entidad descendió pude observar que lo que tenía en los ojos era una secreción que ocultaba dos agujeros con forma de ombligo. La nariz del ente era tan chata que parecían ser los orificios de una calavera. Estaba ahí, pero como una mala operación estética, había deformado la cara de la mujer, cuyos rastros parecían haber sido finos y bellos en el pasado, cuando no eran tan angulosos y cuando tal vez la nariz estaba, o era otra, y los párpados estuvieran cerrados quizá y no enrollados en esa forma tan particular.

Y entonces, cuando pensé que sus manos iban a bajar hasta mi cinturón, cuando imaginaba que iba a sentir el casi nulo peso de ese cuerpo sobre el mío, y la tela inmunda de ese vestido manchado de orina, que iba a ocultar el abrazo de caderas en el que íbamos a quedar ese ente ciego y yo, sentí que pegaba sus ojos a mi pecho.

Me sacudí porque un escalofrío me recorrió la espina dorsal, pero mi movimiento no era para escapar si no para descubrir cuál era el objetivo de la exsílfide de los cuentos familiares.

Al ser la nariz chata, sobresalían más esos ojos con párpados enrollados como una persiana metálica vieja y rota que el resto de sus facciones. Y fueron sus ojos y los pómulos de sus mejillas los que empezaron a rozar mi piel. Al principio sentí una especie de frenesí, de ganas de que el acto sexual que esperaba se consumara, medí mi duda porque tal vez los cuentos siempre son un poco más oscuros de los que parecen, y al final existía esa recompensa de la que hablaba mi abuelo, la que transmitió a mi padre.

Pero el ser siguió rascándose contra mi pecho, a veces más rápido, otra veces más lento, pero sin parar, y ya no era el viento que entraba por el cristal roto el que sentía sino el de esas fosas nasales, que solamente exhalaban aire caliente, y sentía también que me ardía la piel porque el ente no paraba de restregar su cara contra mí, y luego siguió haciéndolo contra mi cuello.

El aire empezó a enfriarse, la llegada de la madrugada no debía estar lejos, y el ser seguía empeñado en lustrar mi cuerpo con su cara. Luego encontró mis zapatos, me descalzó, me quitó las medias y empezó a hacer frotar sus ojos contra mis pies.

Me reí como un loco en ese momento, aunque el pecho y el cuello me ardían de tanta fricción y aunque al mirar hacia abajo había visto que la sangre manaba de mi pecho como si esa cara me hubiera abrasado con sus frenéticas caricias.

El calor comenzó a llegar a mis pies, mientras imaginé que la boca de la exsílfide, en la más completa oscuridad, sonreía y se deleitaba. Cuando vi que apuntaba hacia mi cara, que su idea era ahora restregarse contra ella lo más que pudiera, empujé la silla hacia atrás. El ser trastabilló, giró la cabeza velozmente y acercó los ojos al florero, al jazmín marchito que desfallecía en el cristal. Comprendí que las dos aberturas que estaban sobre su nariz no eran ojos, que la nariz no podía ser una nariz, que lo que estaba haciendo era oler con sus ojos para ubicarse y que por eso los había frotado contra casi todo mi cuerpo, de una manera no tan impúdica es verdad, pero lacerante. Cuando su dos agujeros vertiginosos volvieron a apuntar hacia mí, hacia mi cara, desaté como pude los nudos, esa soga que en el suelo me parecía un ojo ahora, y dejé al ente en el medio de la habitación. Giré la cabeza antes de cerrar la puerta y vi cómo caía al piso y luego se arrastraba hacia mí con bastante velocidad, como si esa fuera su forma de caminar por el antiguo chalet californiano.

Así que si deciden parar en la ruta en su camino a la costa atlántica en las próximas vacaciones, o si van y vienen por trabajo, recuerden que hay una casa, detrás de unos árboles, morada por un ciega que alguna vez fue hermosa pero que el tiempo ha cambiado. Y recuerden que como dijo un maestro de zazen, practica que me consoló del tinnitus y de la vida, el tiempo fluye del presente al pasado, y ese margen de tiempo es impiadoso con los bellos cuentos. Más que nada sepan que las tradiciones a veces piden un sacrificio que no estamos dispuestos a tolerar.

En cuanto a ellos, los seres que descubrí en mi búsqueda de una mujer cuyos sentidos estaban intercambiados, que olía con los ojos, pero que era real; ellos son otra cosa, no son de este mundo, no envejecen, pero sí se adaptan a las circunstancias, y es más difícil encontrarlos. Pero no imposible. Y tendré que buscarlos para poder contar mi propia historia a mis sobrinos, una historia que el tiempo no destiña, cuyo objetivo brille más que el sol de aquella mañana en la que me aleje del chalet californiano a toda velocidad, con el cuerpo dolorido por las heridas que me causaron los ojos de esa mujer.

por Adrián Gastón Fares

 

 

 

 

 

 

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La próxima. Cuento.

Las sombras de un atardecer opaco, ceniza, se cierran frente a él mientras encara otra vez la fortaleza donde termina el camino amarillento. Está el vendedor de mates, al que se acerca para preguntarle dónde está y porqué. Cuidador de cuidadores, domador de sueños, ingrávido y eterno morocho bordado de arrugas. El viejo le cuenta la historia del lugar, mezclando opiniones políticas y anécdotas sobre turistas borrachos y corridas de toros. En realidad le cuenta mucho más, pero Glande apenas puede escucharlo. Piensa que debería tener una camarita digital o algo por el estilo para grabar lo que cuenta ese viejo, la única persona en el mundo que conoce que está vendiendo algo y no le importa venderlo, le importa algo más que está, o estaba mejor dicho, justo donde empieza el portal con forma de arco de herradura. Pero cuando piensa eso ya está lejos del viejo, enfrascado en un nuevo intento de alcanzar la plaza contradictoria, con puertas enormes que invitan a entrar pero que están cerradas. Y eso que ya llega la noche y no tiene sentido querer entrar ahí. Pero igual se vuelve una y otra vez para encarar al viejo, que una y otra vez, cuando lo tiene enfrente, le cuenta las anécdotas de las jodas que se armaban en y por la plaza. Él apenas presta atención. Esa onda musulmana y española del lugar le da vuelta el marote a Glande, le hace hervir la sangre como la cercanía de una chica con activos rasgos árabes.

Agotado pero contento de estar respirando ese aire de lugar real pero a la vez posible, se acerca a la parada de colectivo a esperar uno que lo lleve cerca del puerto. Se le ocurre preguntarle al viejo otra vez, esta a los gritos, quién lo había hecho cruzar el charco y porqué. El viejo señala el amplio portal, donde Glande llega a discernir una melena parduzca que casi no se deja ver. Ese casi lo hace acercarse muchas veces más al viejo y a la antigua plaza de toros, yendo y viniendo como un borracho o un tipo hablando por celular en una esquina. Finalmente, se compra un mate.

Después Glande va feliz en el colectivo con su mate esférico, tallado y brillante como si fuera un mundo nuevo. Alguien sentado a sus espaldas le dice que mire atrás. Y ve la plaza fulgurante, inicial, repleta de gente, con toro y todo, y al viejo que, dejando su puesto de vendedor de historias, se acerca como en cámara lenta a las puertas que ahora están abiertas. La mujer parduzca abandona su escondite en el portal para ayudar a caminar al viejo, lo agarra del bracete, y juntos entran a la plaza. En ese momento, a Glande le da fiaca levantarse. Está feliz. Prefiere volver otra vez. Otro día.

Por Adrian Gaston Fares

Los dominantes

Cuando la ciudad se despertó con la niebla alta y el horizonte bajo, cuando la luna se tiñó de naranja por una semana, y otros rayos que no eran del sol alcanzaron la tierra, ellos surgieron. En ese verano yo tenía siete años y estaba jugando en la calle con mis amigos. La gente gritó tanto, que algunos se quedaron mudos para siempre.

Ese día, el mundo se pobló de fantasmas. Ahora, luego de la revolución, han encontrado esa manera tan horrible de hacerlos desaparecer otra vez, de atraparlos en esa dimensión que no es la nuestra ni era la de ellos.

Los maltrataron desde el principio ¿Qué esperaban? ¿Que fueran pacíficos?

Pero esto no es sobre lo que todos saben bien, sino sobre lo que yo viví cuando, muchos años después de esa tarde en que por primera vez se manifestaron, me encomendaron un trabajo de investigación con uno de los dominantes, Lady.

Cuando cumplí los tres años en la policía, me llamaron un día para presentarme a mi nueva compañera, una chica translúcida de unos veinte años, con frente amplia y ojos grandes, que prefería que la llamaran Lady, porque ya no era la que fue (con el tiempo averigüé que la forma dominante se había llamado Ana y que había muerto al ser arrollada por un colectivo; el vehículo la había empujado nada más, pero eso bastó para que Ana se rompiera la cabeza contra el asfalto)

Lady había sido criada en una comunidad de fantasmas en las afueras de Buenos Aires. Deben conocer una cuantas, pero estas tenían todas las tradiciones de ese tipo de comunidades; los espejos no existían en sus casas, la temperatura era siempre baja, se comunicaban con telepatía, y el silencio era tal, que se escuchaba a las ratas comer las raíces de los arbustos secos. Recién después de años de trabajar juntos, Lady me llevó a conocer a sus padres; nunca me sentí tan tranquilo como en ese lugar, con el murmullo de las copas de los pinos y esa gente transparente que, por más que fueran tantos en uno, te dejaban ver siempre lo que había detrás de ellos.

Lady apenas hablaba, como era común en la mayoría de los aparecidos, y si lo hacía su voz no parecía provenir de ella si no de algún parlante invisible ubicado en sus hombros. Así se escuchaba la voz telepática de los dominantes con más energía como el caso de Lady, que sonaba a Ana entera pero no era Ana nada más, según Lady me explicó.

Su voz era un chirrido como de silla arrastrada de punta a punta de la habitación. Es sabido que las almas hacen un esfuerzo para conservar la apariencia terrenal que alguna vez tuvieron, y el esfuerzo de Ana por ser Lady, o de Lady por quedarse en Ana, era tal que rara vez sus facciones de desfiguraban, y si lo hacían era para asustar, o para dejar ver la amalgama de espíritus que era ella, varios que ya se habían ido, hombres y mujeres, que eran comandados por Lady pero no la dominaban, por eso la forma que había conservado era la de una chica con pantalones de jean cortos, remera ajustada, pelo castaño que apenas rozaba sus hombros, y campera de cuero.

Así. Lady.

Ramón, nuestro comisario, nos encomendó visitar una casa donde los humanos estaban torturando a un espíritu común. Si no son policías, no van a saber cómo es este procedimiento, pero cuando un espíritu de la casa, de los llamados cautivos, que son sólo entes con la apariencia humana que tuvieron en vida, y que no son una amalgama de varios espíritus de atributos similares, como Lady, o sea el típico fantasma de otros tiempos, se siente amenazado por los humanos manda un mensaje de auxilio telepático a la comisaría a uno de mis superiores amalgamados. El subcomisario Jacinto, que fue el que metió en la policía a Lady, era un amalgamado; un dominante. Había entrado en la policía un año después de ese verano en que la tierra se volvió transparente y toda clase de entes comenzaron a aparecer. Era de los primeros, y como tal, nadie se atrevía a entrar a su despacho, ni siquiera el comisario Ramón, que era su jefe, pero que le tenía un terror reverencial al amable, pero horripilante, Jacinto.

Imagínense un espíritu dominante en un cuerpo explotado por una bomba en la guerra de Malvinas. Sostenía la cabeza en una mano, otras a veces rodaba la cabeza hasta sus pies y desde ahí repetía las órdenes que Ramón les daba. La oficina de Jacinto era una habitación repleta de trofeos de torneos de caza, de cascos de guerra y armas antiguas, de pieles de animales muertos, de comida pútrida que el hombre se empecinaba en comer aunque sabía que era un espíritu y no podía. Y otros espíritus luchaban por deformar su apariencia, varios compañeros de esa guerra e incluso soldados que habían levantado sus armas en otra época, cientos de años antes. El hombre realmente estaba en conflicto consigo mismo. Y con muchos otros.

Para ese primer caso, el amalgamado más horripilante de todos contactó de alguna manera con el compañero más etéreo de todos, el que realmente parecía una doncella salida de un cuento gótico de terror, o un hada malvada pero bella, por qué no: Lady.

Ramón nos pidió que nos mantuviéramos cerca de la casa de los Delano. Flavia Delano era un espíritu común que había muerto en un escape de gas junto a sus dos hijos. Los dos niños lograron formar parte de otros espíritus amalgamados, pero Flavia, con la culpa encima, quedó para siempre atrapada en la casa donde había muerto, cuyos nuevos propietarios habían transgredido la ley que decía que si había un fantasma común en la casa la convivencia debía ser pacífica, no se debía salpicar al espíritu de agua bendita, ni traer a religiosos, ni atacarlo con invocaciones desfavorables al alma sacadas de libros de dudosa procedencia. Todo eso habían logrado los dominantes para sus primos más cercanos y sufridos; los espectros a secas.

La soledad de este tipo de espíritus es tan grande, porque hay finas capas de realidad que los separan de los humanos y no tienen la fuerza de muchos que tienen los dominantes. Habrán visto alguno y espero que, si no era agresivo, lo hayan cuidado, porque si bien los amalgamados ya no están entre nosotros, sé que sigue habiendo espectros simples que habitan nuestras casas y otros que duermen en los estadios de fútbol, donde se sienten protegidos porque están acompañados por varios que sufrieron la misma suerte. Los que logran escapar de las casas que los limitan eligen los estadios porque cualquier otra casa los atrapa.

Cuando extraño a Lady, ahora, logro meterme en un estadio, prendo las luces, salgo al campo y cierro los ojos. Y ellos me hacen sentir su presencia. Es como si el estadio estuviera lleno de amapolas de muchos colores, que eran las flores que le gustaban a Lady. Pero ellos no son dominantes. Y no son Lady.

Aquel día, el primero para nosotros, estacionamos el auto en la puerta de la excasa de Flavia, un chalet californiano de esos que abundan en la costa, y Lady me pidió que le trajera una lagartija. Se estaba debilitando. Cualquiera de los otros espíritus que conformaban a Lady, y especialmente Astor, el más agresivo de todos, podría poseerla y tomar el control de su apariencia y de su accionar. Me mostró un lunar en la mejilla que Ana no tenía y que me aseguró que era de Astor. Nunca observé algo tan hermoso, un lunar iridiscente. Así que salí con el frasco, atrapé una lagartija, tarea bastante fácil en estos tiempos en Buenos Aires, y Lady logró clavarle una de sus uñas, la más larga, la de Ana. En un segundo la lagartija se desinfló y quedó reseca como esos sapos aplastados en la ruta.

En general los amalgamados pueden tocar a los seres materiales con algún miembro de su cuerpo y en Lady este era el dedo anular, con una uña larga, pintada de negra y partida. Ese dedo era la parte y el todo de Ana, más que la vestimenta y lo demás. El problema se da cuando tienen los sentidos intercambiados, y sólo tienen tacto en los párpados por ejemplo y, en cambio, ven a través de la epidermis de su torsos. Hubo casos así, difíciles, donde tuvimos que enfrentar a otros, temibles, amalgamados. Esa escuela infectada, por ejemplo. No quiero ni pensar en eso. Puede ser que allí hayan comenzado el fin de los dominantes. Mejor sigo en ese primer día que patrullamos la calle con Lady.

Cuando Lady se repuso, nos acercamos al chalet sin más dilación, ella adelante, yo detrás con una mano en la empuñadura de mi pistola, aunque no había peligro, pero tenía una familia en ese entonces, una nena hermosa de tres años, y mi mujer me dejaba verla todos los fines de semana, y quería seguir haciendo eso hasta que se terminara el mundo o me convirtiera yo también en un amalgamado o en un alma errante como la que íbamos pronto a conocer.

Lady levantó la palma de su mano; me detuve en seco. Ella siguió caminando hasta la casa. Una de las ventanas estaba abierta, se apreciaba la luz cálida de una pantalla roja de un velador, y una forma abultada, que coincidía con el aspecto del hombre de la familia de los nuevos ocupantes, un rechoncho médico. Lo que sabíamos era que Flavia había logrado pasar desapercibida hasta hacía poco, dos meses, cuando vio algo tan repugnante en la casa que su forma de espectro fue avistada por los niños.

En pocos días, había desaparecido un libro de exorcismos de una de las bibliotecas del barrio, y parecía ser que Flavia estaba siendo escupida y torturada de mil maneras por los nuevos habitantes de la casa donde había vivido y muerto junto a sus queridos niños.

Mientras Lady se acercaba a la casa, recordé que me había sonreído al conocerme, y fantaseé con que ella tenía miedo de que Astor lograra dominarla si se asustaba y yo saliera herido si eso ocurría. Los espíritus funestos como Astor son muy peligrosos, y más cuando están tratando de sobresalir y vencer a un dominante.

Observé a Lady como en cámara lenta; su pantalón azul desteñido, los contornos de sus piernas que en vez de piel dejaban ver unos malvones rojos y blancos que habían plantado en el frente del chalet, sus zapatillas lisas.

Me ordenó silencio, porque yo estaba masticando un chicle y lo hago de manera ruidosa, más cuando estoy nervioso. Lo tiré y me quedé mirando a Lady que pegó la cara contra el vidrio de la ventana para observar mejor al hombre.

Luego de un minuto, Lady me hizo una seña para que me acercara. Una mujer, que parecía ser la esposa del hombre, una rubia flaca, estaba entre los pies del hombre, cuyo cuerpo estaba reclinado hacia atrás. La mujer recuperó su altura normal, se sentó a horcajadas del hombre, que comenzó a levantarla y a bajarla como si fuera un juguete. Le dije a Lady que era nada más que sexo, que no era tan malo eso. Pero Lady alargó su mano para que la siguiera y me llevó hasta la ventana que estaba del otro lado de la puerta principal.

Se podía ver una habitación con dos sillones alrededor de una mesa ratona. En el piso estaban los niños del ingeniero, leyendo un libro que reposaba sobre la mesa. Comenté que todo estaba bien. Pero Lady negó con la cabeza. En ese momento vi como el lunar que ella atribuía a Astor brillaba. Me quedé mirando a los niños hasta que un golpe fuerte me hizo mirar hacia la ventana donde los adultos seguían teniendo sexo. Al girar la cabeza, y mirar a través de la ventana a los niños otra vez, escuché un grito horripilante y una cara deforme de mujer se pegó al vidrio.

En lugar de ojos Flavia, el espectro de la casa, tenía en cada una de sus cuencas nidos de araña, de esos que son como una cuevita, en los que de chico yo ponía un bicho bolita para que la araña apareciera y luego arrastrara a la oscuridad a su presa. A veces yo creía que esos nidos comunicaban a otro mundo, que lo que surgiera podía ser el doble de grande de lo que yo esperaba, yo creía que podía salir la pata de araña más grande que se hubiera visto jamás para tragarse entera a mi ofrenda. Ahora era como si después de años de esperar con paciencia que lo maravilloso asomara la cabeza, lo hubiera hecho con Lady, ese espectro que eran miles, y que yo tenía de compañero.

Lady me dijo que no temiera y me obligó a caminar hasta la ventana donde los padres de los niños estaban en plena culminación de su acto sexual. Los gritos del clímax de la mujer podían escucharse en la quietud de la noche de ese suburbio. Le dije a Lady que la puerta que daba a la habitación de los niños estaba cerrada. Pero Lady volvió a hacerme callar. De repente, otra vez apareció esa cara deforme, opaca, de espíritu común, con esos ojos anidados con telarañas. La cara de Flavia se dio vuelta, observó a la pareja y luego a nosotros. De uno de los agujeros de su cara donde debían estar los ojos salió una araña que quedó colgando frente a su boca, balanceándose para un costado y para el otro. La boca de Flavia escupía baba. Los labios apretados sugerían que el fantasma estaba llorando.

Lady se dio vuelta, compungida y debilitada porque había perdido esa energía que le daba coherencia como ente único, con poder sobre los demás que la conformaban, y traspasó con su cuerpo la ventana para posicionarse detrás de Flavia. Se arrodilló junto al espectro. Abrazó a Flavia. La contuvo. Por un momento, no supe si eran dos o una,

Salieron de la habitación y traspasaron la puerta hasta el living donde estaban los niños. El niño de más edad estaba leyendo un libro de gran tamaño y hojas amarillentas. Seguía con el dedo unas letras de estilo gótico y repetía en voz alta, cada vez más rápido, un sortilegio. Lady se quedó escondida detrás de una de las cortinas y Flavia no tuvo más opción que asomar su cara entre la de los dos de los niños, que empezaron a burlarse del fantasma. Habían logrado su objetivo. Que Flavia se materializara frente a ellos para echarle la culpa de la muerte de sus dos hijos.

La veían pasar. Reflejada en los espejos. Pero no les alcanzaba. Con el sortilegio congelaban al fantasma e impedían que se escondiera en el ropero o donde más le gustara. Ese mecanismo era la tortura que le inferían a Flavia. Y se reían en su cara, o por lo menos en lo que quedaba de ella, porque había olvidado la llave del gas abierta y los cerebros y los corazones de sus pequeños hijos, como el de ella, habían dejado de funcionar.

Lady con una mirada me contó que eso lo habían aprendido de sus padres. Quienes también la usaban a Flavia para que los observara durante el sexo. Y que la mujer se excitaba más cuanto más arañas salieran de las diminutas cuevas que eran los dos ojos del pobre fantasma.

Luego, mi compañera apartó a Flavia de los dos niños, no le costó dejar que otro ente la poseyera, yo creo que fue Astor porque el lunar parecía más grande y más vistoso, y la casa comenzó a temblar.

Las puertas se abrieron y cerraron de golpe. Los cuadros se dieron vuelta. Los sillones salieron como lanzados hacia las paredes. La lámpara roja del velador de la habitación donde habían tenido sexo los padres se desplegó y voló como si fuera un mapa escarlata hacia la pareja. La lamparita, desnuda, explotó. La mujer y el hombre se destrenzaron del abrazo que los unía, y fueron a constatar que sus niños estuviesen a salvo.

Con Lady escuchamos que les prohibían jugar con Flavia y les ordenaban que dejaran descansar a la pobre fantasma.

El ingeniero les quitó ese libro grueso que él mismo había robado de la biblioteca y entregado a sus dos pequeños. Lady tranquilizó a Flavia, que volvió a su armario.

Retornamos a la comisaría. Por debajo de la oficina de Jacinto se colaba una luz púrpura que indicaba que el hombre estaba luchando contra sus demonios. No entramos.

Mi compañera se sentía impotente por no haber alejado a Flavia de esa casa tan oscura en la que había quedado atrapada. Yo le comenté que eso significaría convertirla en dominante. Y ella asintió con la cabeza y me pidió que le trajera otra lagartija para aplacar a sus espíritus.

Así lo hice. Extraño las aventuras con Lady. Un detective con prosopagnosia, ese defecto que hace que no pueda reconocer las caras, no es lo más fiable del mundo y Lady me ayudaba con eso, hacía que yo no mezclara las caras, me advertía de mis errores. Y era una buena compañera.

Incluso un día conoció a mi hija. Pero eso ahora no se puede contar.

Por Adrián Gastón Fares

 

 

Deslizate en el fuego. Cuento.

Parecía un decorado. El receptáculo blanco, con forma de molusco, que contenía a su antepasado, con trazos grises en los contornos, podía ser un dibujo en la pared. Pero no, era macizo y real. Dentro de ese hangar, en ese edificio magnánimo, descansaba un ser que había sido necesario para que él lo estuviera observando en ese instante. Sin ese ser, Oliverio nunca hubiera sido. El pensamiento lo mareó un poco. El lugar daba para ponerse a cavilar porque no había mucho que mirar. Salvo la pantalla, pero no quería que absorbiera su atención.

La habitación donde tenían a su antepasado era única. Estaba separada de la que contenía al resto de los receptáculos porque la familia de Oliverio había acumulado mucho dinero desde que el primer inmigrante italiano pisó el suelo del país, varios siglos atrás, allá por el 1900.

A Oliverio no le gustaban los números ni pensar en ellos. Con cierto desdén, aunque con un interés que no supo disimular ante el empleado de la empresa, confirmó que según el cronómetro del receptáculo faltaban tres días para que volvieran a la vida a su antepasado.

La ley exigía que un descendiente estuviera presente en el momento de la reanimación. El resto de su familia no quería hacerse cargo. Su padre, de vacaciones, tampoco hubiera existido sin la cosa que ahora flotaba en la máquina.

A Bautista lo habían criogenizado a los noventa años. El viejo se había empecinado. Al despertar su condena habría terminado. Pronto estaría libre. Lo había calculado.

Cómo odiaba los números, pensaba Oliverio. Esos números que eran tan vitales para el miembro de su estirpe.

El molusco no permitía ver las facciones de Bautista Segundo. El ser inspiraba y expiraba a través de dos tentáculos. Oliverio tenía grabada en su mente una fotografía del que estaba adentro de la caja. El ex jefe de la policía estaba en un zoológico y alzaba en sus brazos a un niño ¿Quién era ese otro antepasado?

Le daba igual a Oliverio. En la pantalla ubicada en el plexo solar del molusco podía ver las imágenes que proyectaba el ser que estaba adentro. Bautista estaba recordando como una mujer lo afeitaba frente a un espejo. Tenía que reconocer que las facciones de Bautista eran más afiladas que las suyas, su mentón más firme. Gracias a esa succión de recuerdos que demandaba la pantalla, la mente del congelado se mantenía activa. De otra manera, los recuerdos podían perderse y el que resucitara sería un ser sin pasado, con la memoria de un bebé.

La memoria era importante. El pasado. Lo que a Oliverio lo atraía de la situación era su trasfondo maléfico. Una búsqueda rápida de datos había dado como resultado lo que sus padres no quisieron nunca reconocer.

Bautista Segundo no había dudado en torturar a los que lideraban organizaciones religiosas cuando la revolución así lo había pedido. Su antepasado había mandado a asesinar a miembros de todas las religiones.

Oliverio no sabía mucho de historia pero la consigna había sido clara: exterminar las religiones organizadas. Se habían vuelto un peligro para el mundo. Su antepasado tenía un prontuario notable, incluso había practicado los últimos exorcismos, que eran una parodia de los reales, que terminaban en violaciones, estupros y asesinatos. Había sido una de las caras visibles del exterminio. La secularización había terminado con todas las creencias. Sólo algunos esperaban sin esperanza la aparición de vida extraterrestre.

Los gendarmes y la ciencia habían arrasado con todo. Era por la ciencia que Bautista estaba en ese cajón mágico y que no era una piedra, un puñado de polvo, o con suerte un par de huesos en una urna de un cementerio.

Dejó el edificio de la empresa, se subió a su motocicleta y volvió a su casa. Era la segunda vez que veía el receptáculo. En la primera había notado que otra persona lo miraba desde el otro lado de la pared de vidrio. El chico desapareció rápido.

Oliverio aceleraba mientras pensaba que la velocidad hacía que se olvidara de los números mejor. En una pisada podía pasar de 200 a 300 kilómetros por hora. Era imposible contar ese cambio en un período de tiempo tan corto. Eso lo alegraba y despreocupaba.

Pronto otra motocicleta lo alcanzó. Se le pegó y trató de desestabilizarlo para que chocara contra un camión. Oliverio traspaso el camión y aceleró, pero la motocicleta volvió a alcanzarlo con el objetivo claro de hacerlo despistar. Su motocicleta se ladeó hacia la derecha pero logró estabilizarla y esta vez alcanzó al otro motoquero. Le tiró su moto encima. A diferencia de él, su perseguidor tenía un casco, es lo que llego a ver mientras la motocicleta se metía entre las malezas a la vera de la ruta y el conductor salía expelido.

Oliverio detuvo su motocicleta y caminó hasta el tipo de casco. La motocicleta del desconocido se había arruinado pero el traje de grafeno que llevaba el motoquero lo había salvado. Oliverio buscó en su bolsillo el cuchillo y lo esgrimió contra el desconocido.

Él no se hacía problema, no llevaba casco ni nada. No le preocupaba estrellarse. El motoquero caído se quitó el caso. Oliverio reconoció al mismo chico que lo estaba espiado en la empresa.

El chico escupió y le dijo a Oliverio que no iba a permitir que despertara a ese monstruo asesino.

Oliverio, que no estaba seguro de si quería conocer o no a su antepasado, ante este exabrupto que lo ponía entre dos aguas, sintió que su vida tenía una razón y contestó.

–Es el derecho de Bautista volver. Él lo pidió. Pagó por eso.

–Pagó con la plata que le sacó a los que mató, Oliverio. Te conozco. Conozco a tu familia.

–Si seguís hablando así–contestó con seguridad Oliverio–­. Voy a clavarte esto en el ojo. Y te voy a meter ese casco caro en el culo.

El chico se levantó y le sostuvo la mirada mientras se limpiaba el traje que llevaba.

–Dale, hacélo.

–¿Quién sos?–. Le preguntó Oliverio.

–No tenemos la misma sangre. Pero vengo de la familia de la hermana de tu antepasado. Bautista mató a mis precursores, unos pastores evangelistas, y entregó al bebé que tenían a su hermana.

A Oliverio le importaba poco y nada el asunto. Lo que agregó el desconocido que afirmaba ser su familiar lo hizo reaccionar.

–No voy a permitir que levanten a ese viejo.

–Bueno–dijo Oliverio–. Eso se verá en tres días.

Se subió a su motocicleta y abandonó al extraño.

La satisfacción por haber encontrado un oponente apasionado, alguien que tal vez creyera con firmeza en algo, lo hacía pisar el acelerador a fondo.

Volvió a su apartamento, un piso ubicado en la esquina de la Avenida Santa Fe y la calle Talcahuano. Durmió un día entero. Al despertar contactó a su padre. Desde una playa y con la nuca sobre los duros pechos de una joven su padre le encomendó, con la promesa de retribuirle con dinero, el resguardo de la vuelta a la vida de Bautista.

Ya tenía dos incentivos. La estupidez del desconocido y el dinero de su padre.

Entrada la noche volvió a la empresa. Tenía que firmar el contrato donde certificaba que no demandaría a la empresa si la reanimación fallaba. Por otro lado, se sorprendió cuando la empleada del turno noche le explicó que se había puesto en marcha el rejuvenecimiento que había exigido Bautista.

Que no esperase ver salir a un anciano de la máquina. Si todo iba bien Bautista saldría con unos cuarenta años, que era lo que tenía, más o menos, cuando había cumplido con sus nefastas funciones.

Oliverio se sentó en una silla y se pasó la noche mirando los recuerdos de su ascendente.

Bautista levantaba a un niño. Corría por la costa bonaerense, debía ser Mar del Plata, donde ahora estaba la ruina que había sido la casa que el viejo tenía. En otra imágenes, Bautista, con la mirada acerada, enfrenta a una junta de jueces. Margarita O., una joven, declara que Bautista había matado a sus padres a sangre fría. Eran inocentes.  Sólo organizaban reuniones evangelistas. Su objetivo era mejorar el mundo, no destruirlo. No tenían nada que ver con los fanáticos religiosos que habían iniciado esa persecución despiadada. Bautista no contesta pero aclara que seguía órdenes.

Luego, ya viejo, está solo en una habitación, intenta salir, pero hay un policía en la puerta que lo detiene, vuelve sobre sus pasos, y se sienta apesadumbrado pero con la mirada altiva.

Oliverio buscó a la empleada y le preguntó si tenía criogenizado a un descendiente de Margarita O.

–Es una de las primeras junto con Bautista, Oli–. La empleada tenía el deber de llamarlo con su diminutivo, ser cariñosa, como en las tiendas de comida–. Ahora te voy a llevar a ver a la hija de Margarita O, está en la fosa común, si no te molesta entrar ahí claro, te llevo.

Filas de esos moluscos mecánicos se sucedían hasta casi el infinito. Oliverio se puso a ver la pantallita de la hija de Margarita. Sofía, se había llamado y se seguiría llamando.

El receptáculo, como el de su abuelo, había sido reforzado, modernizado y refaccionado a través de los siglos. No parecían simples heladeras como los primeros. Para apreciar el contraste sólo hacía falta mirar hacia el fondo.

Ahí estaban los receptáculos cuyos dueños no habían pagado lo suficiente para el mantenimiento. Eran unas cajas metálicas antiguas, tipo freezer comercial, medio oxidadas. Los ocupantes tal vez seguirían adentro hasta el fin de los tiempos. Oliverio había escuchado que algunos que salían de esas cajas vivían un día y morían. Un día para ver el futuro, qué locura.

Pero no sería el caso de Sofía, que estaba sumergida en un receptáculo actualizado y bien mantenido. Por lo que podía verse, siendo aún joven, y recién enterada de la criogenización de Bautista, la chica había desembolsado lo que había cobrado de indemnización su madre por el crimen de sus progenitores para asegurarse que dos días después de que volviera a la vida Bautista, ella también lo hiciera.

En las imágenes de Sofía se la veía junto a su madre de bebé succionando la teta en un calabozo. Luego con otra mujer, que vagamente le recordaba su padre a Oliverio, Sofía daba sus primeros pasos en la calle. Ya crecida, la hija de Margarita O., patina sobre hielo y es ovacionada por una multitud. No debía haberle costado el cambio, ese exilio en la máquina, pensó Oliverio.

Siguen imágenes de juicios. Sofía llora de alegría ante policías, de mirada preocupada, más jóvenes que Bautista. Esta vez, con esa mirada esperanzadora, estúpidamente triunfal, Oliverio la encontró parecida al motoquero que lo había perseguido.

Terminó teniendo sexo con la empleada en la cocina de la empresa. Sintió que se enamoraba. ¿Era eso? ¿Así nomás? ¿Cómo se atrevía hacerlo sentir de esa manera?

El amor era tan peligroso. Si bien las religiones habían desaparecido ante los avances vertiginosos de la ciencia, el amor seguía pujando y era la próxima cruzada de los humanos. Oliverio estaba de acuerdo en que era mejor la relación que su padre tenía con ese par de tetas de plástico que la que podía generar ese sentimiento pegajoso, irresponsable, que nacía en la panza y terminaba en los labios y que el común de los humanos llamaba amor.

¿Cómo era que una idea inventada por los humanos producía cambios químicos en el cuerpo? La creencia en la precognición de algunos retrógrados estaba basada en que era un instrumento para el amor. Las pruebas se habían sumado. Las coincidencias y los augurios debían ser atendidos. Lo único que había sido capaz de atentar contra la solidez del grafeno era lo que acababa de sentir cuando introducía parte de su carne en la carne de la empleada. Se olió la mano. Ese hedor…

Volvió a su casa, le temía más volver a encontrase con la empleada que enfrentar a ese chico que quería venganza. Desde el ventanal, observó la calle vacía y los vehículos que pasaban. Un par de zapatillas expuesto en una vidriera brillaba. Con lo que le pagaría su padre podía comprarse uno de esos y pagar las expensas a la vez. Era lo único que le importaba. Con un traje de grafeno y ese par de zapatillas podría esquiar sobre lava volcánica en las vacaciones. Deslizarse en el fuego. Eso era vivir. No quería atarse a nadie, ni siquiera a esa chica y mucho menos a ese ser que irrumpiría en su mundo en poco tiempo, con el que al fin y al cabo no tenía ninguna obligación más que asegurar su venida, porque lo único que le importaba era subir a esa montaña.

Sacaron uno a una las agarraderas que mantenían unidas las tapas del molusco dentro del cual flotaba Bautista.

Oliverio, como los dos técnicos presentes, llevaba barbijo y guardapolvos blancos. La resucitación ya estaba en marcha. La tapa comenzaba a levantarse. Salía humo. El olor era parecido al formol y lo prefería al otro que le había quedado pegado a sus manos.

Escuchó unos tiros y vio que entraba ese chico que lo había perseguido. Le disparó a los dos técnicos. Las paredes blancas se rayaron de grumos de sangre. Oliverio logró sacar su cuchillo y lo clavó en el cuello del chico que cayó redondo al piso. Mucho no le había servido el traje negro de grafeno al muy estúpido, pensó Oliverio. Fue lo último que pensó, porque desde el suelo el chico sacó otra pistola y le disparó un tiro que voló a Oliverio del mundo.

El día estaba nublado. El cielo arrastraba estrías blancuzcas. El edificio de la empresa, una masa gris con una puerta enorme, se recortaba contra el horizonte como si fuera el último refugio de la humanidad.

La puerta se abrió y salió caminando un hombre de unos cuarenta años con un portafolio negro. Con paso firme, marcial, dejó el predio y se adentró en la ciudad.

por Adrián Gastón Fares

El joven pálido. Erizense de sueños.

El joven pálido
se erizó de sueños
y por las calles vagó
sorbiendo cemento
soleado.

El que desayunó aires
por ahora no le preocupaba
mejor era bañarse
en las islas personales
que se separaban por el cemento
en esa mañana corriente.

Mujer era bañarse
en las islas personales.

Adónde vamos,
¿quién soy?
¿por qué?
Eran palabras que a él ya no le molestaban
y a las personas que se cruzaba
parecía que tampoco.

Los caminos cruzados,
caminos perdidos.

I will write stories
about pain and glory.

En la casa del conde
¿dónde estará?
¿dónde se esconde?

Las mentes deberían adaptarse
a cualquier felicidad
no importa de dónde venga
ni cuánto dure
la verdad.

por Adrián Gastón Fares

Los edificios. Cuento.

Años encerrado en una habitación de paredes ocres. A mediodía, un rayo de sol entraba por un agujero hasta asentarse en una esquina. Desde el principio, habían llegado personas, toleró a algunas, quiso a otras, venían a entregarle un mensaje, a instruirlo para las pruebas: eran las pruebas, hablaban con él, se hacían tolerar o querer, ya lo dijimos, y desaparecían. Por su situación habían pasado muchos, como los vecinos que vivían en los otros recintos y ahora trabajaban para los magos. Lo recibían, para aconsejarlo a veces, darle un talismán otras, o para castigarlo, cuando retornaba de las pruebas y era que había fallado.

Mete el dedo índice en el rayo de sol y dispersa las partículas de polvo. Pasos leves en el pasillo. Un trío de mujeres se asoma. Debe seguirlas. Significa que su estancia ha concluido. Las sigue por el pasillo hasta la luz cegadora. Fuera de la pirámide su iniciación es condecorada por la ovación de sus amigos.  Abajo, una mujer de espaldas con el pelo revuelto por el viento del río. Las tres mujeres lo animan a descender por las rocas.

por Adrián Gastón Fares

Kong. El comienzo.

Estimado Adrián:

Vuelvo a escribirte desde el año 2084. A ver si esta vez te hacés cargo y me respondés. Tené en cuenta que mandarte un mensaje me sale un cuarto de mi sueldo más o menos, entre el tiempo que tardo en concentrarme y la energía.

Pero bueno, mal no está que te cuente todo otra vez. La gente de tu época es medio lenta, y vos no serás la excepción.

Antes que nada, quiero dejarte en claro cuál es mi ocupación. Formo parte del plantel de inspectores de una empresa dedicada a monitorear el uso de las impresoras Rivera. En mis días una persona puede programar codigos genéticos. Para hacerlos realidad necesita nuestras máquinas. Las impresoras Rivera son las líderes en este tipo de impresión a nivel mundial y yo trabajo para la firma que las representa en el país. No te creas que gano mucha plata, Adrián, aunque sé que más que vos seguro; no tengo muy en claro si sos escritor o cineasta, pero sé que hiciste una película con un amigo sobre tipos ridículos que se disfrazan de otros tipos ridículos.  Me encantó.  Muy bizarra. No sé qué estás haciendo ahora, pero espero que tengas tiempo libre para leerme.

Aunque resolví varios casos, en mi época mis méritos pasan desapercibidos (hay muchos inspectores) Así que decidí escribirle al pasado para a) no aburrirme entre caso y caso b) revolucionar un poquito las cosas. Y también debería agregar: c) divertirme un poco. Tendrías que asombrarte con lo que te cuento. Espero que también te diviertas.

Vamos al grano otra vez. Ya te conté en el e-mail anterior todo esto, pero parece que no te das cuenta que no es spam ni una joda ni matufia; no soy una africana en las diez de última necesitada de una cuenta donde depositar su herencia multimillonaria. Aunque tengo ascendecia africana. En serio.

En fin. Otra vez: fuiste elegido entre millones de personas para emprender la tarea de leer estas crónicas del futuro. Tampoco te la creas, porque en realidad cualquier picaflor (libador), como le decimos en nuestra época a los artistas, podría servirme. Bueno, no cualquiera en general, pero sí cualquiera de los de tu clase.  Sin embargo, como vi que sos una persona bastante desinteresada en lo económico, aunque fervorosa y fiel a sus ideales, pensé que te interesaría leer a una persona adelantada (en el tiempo; yo tampoco me la creo)

En nuestros días hay una ley, cuyo nombre no viene al caso, que reglamenta lo que otra persona puede crear. Por ejemplo, si sos un nerd que se la pasa en el garaje de su casa todo el día pensando y creando noseres, antes tenés que sacar un registro para poder hacerlo (recién después de los 13 años) Y te hacen leer un libraco donde explican los límites del jueguito. Digamos que no se puede crear cualquier cosa… No podés inventar animales con dientes ni garras afiladas (ahora te voy a impresionar un poquito; en nuestra época los incisivos de los seres humanos son el doble de afilados que en la tuya y las orejas se fueron haciendo un poco puntiagudas; por ahora no puedo contarte nada más, pero no hay cambios muy significativos, salvo en algunas costumbres…; las formas cambiaron rápidamente, los pensamientos no)

Bien, volvamos a lo nuestro. Resulta que con un programita se puede combinar genes y construir monstruitos a gusto. Más que nada los usan los padres para crear juguetes para sus hijos. Pero cada tanto lo agarra algún loco que te crea cada criatura peligrosa… Por lo general, se escapan y ahí me mandan a mí para rastrearla, por eso te digo que soy una especie de detective. O las hacen pasar por personas, o las esconden en la casa en el tacho de la ropa sucia, en los roperos, no sé… Ustedes, mis antepasados, no se imaginaban hasta donde las historias más increíbles son verdaderas. O sabían pero se hacían los tontos. Pero bueno, de a poco todo retornó a los tiempos primordiales.  Después que el miedo a la violencia sistemática del siglo XX empezara a olvidarse, o por lo menos a mezclarse en la mente de la humanidad con los pensamientos libres abandonados en el camino. Espero que me entiendas. Odio explicar las cosas. Tampoco me gustan los misterios. Si a un detective le gustan los misterios o es un tarado o un inútil.

Te cuento que no es una tarea muy agradable tener que separar a estas criaturas de sus creadores; a veces se encariñan. Las más horribles suelen ser muy tranquilas. Aunque no en todos los casos… Para el secuestro tengo a mi ayudante, la japonesa Taka. El único problema con Taka es que es muy callada. No sabés lo que era cuando empezó. Ahora habla un poco más, pero así y todo, generalmente repite discursos que escucha en la calle o en la red. Igual me gusta porque es tranquila y no te altera los nervios. También es muy inteligente.

La semana pasada, por ejemplo, tuve que ir a lo de un dentista. La secretaria, muy tímida, nos dejó pasar, y nos indicó con la mirada baja los sillones. Se podía escuchar el ruido del torno (ahora el dentista es como un peluquero de tu época, cada tanto las personas se emparejan los dientes para evitar algunos accidentes)  Noté que la recepcionista no cambiaba mucho de expresión. Tuve que soplarle en la cara, para darme de cuenta que era un Noser 0156. Este tipo de creación, cuando uno le sopla en la cara, saca la lengua y vuelve a guardarla rápidamente. Los crean las personas solitarias…

Ahí hice la Prueba Número 2. Consiste en pedirle al ente sospechoso que sonría, para verle los dientes. La secretaria se negó y tuve que recurrir a las cosquillas. La cavidad bucal olía a frutillas y la dentadura estaba perfecta. Pero lo más importante de todo es siempre la forma de las piezas dentales. En este caso correspondían con la dentadura ideal de tu época; dientes más o menos parejos pero sin puntas TAN marcadas.

Veredicto: sin dudas un Noser, creado para fines claramente sexuales. Como te imaginarás, los dientes afilados son molestos para el sexo oral, entre otras cosas, así que su creador decidió suprimirlos. También en el cóctel de genes metió un poco de los de la frutilla para que su juguete sexual olieara siempre bien. Me puse a escribir la multa frente a la secretaria, que todavía no había cerrado la boca. El dentista salió y me dijo de todo. Que el Noser que él había creado cumplía todas las normas y no hacía mal a nadie. Pero no se pueden crear noseres con fines sexuales, le tuve que explicar. Me comí unas cuantas puteadas. Taka se llevo al Noser en una jaula.

Como verás, mi trabajo es más o menos monótomo y a nadie le interesa. Para una persona de tu época sería una aventura diaria. Por eso decidí romper algunas convenciones y escribirte.

Espero que sigas bien,

Von Kong (es un seudónimo; también el de mi asistente japonesa)

El sabañón (Capítulo X)

En el castillo de madera

Nos perdemos en cadena:

Avanzamos de la mano

Por un camino trillado

Y ante las terribles bellezas

Que destrenzan sus cabellos

Destrenzamos nuestras manos;

“Si te he visto no me acuerdo”,

Nos saludamos…

El sabañón

 

El coreógrafo y director de cine Busby Berkeley liberó a la coreografía cinematográfica del punto de vista del espectador teatral, aportando cenitales de efectos surrealistas, generosas a la imaginación del espectador. Desde arriba nos parece descubrir formas en el baile; lo que hay que tener en cuenta es que estas formas no las descubrimos casualmente sino que hay un director ahí que las diseño, que las pensó, porque sabía que nosotros íbamos a estar arriba, sabía que iba a pedir al camarógrafo una cenital.

Lo de Berkeley me hace acordar que también hay cenitales así en la vida real; creemos en lo que vemos, nos parece intuir algo interesante en alguna situación, pero todo puede ser un quesito, listo para que le hinquemos el diente.

Ahora, creo que el problema del ratón, y por lo tanto de todo explorador, no empieza en la muerte, en la caída del frío metal sobre el cuello, sino que el ratón no se da cuenta nunca que el metal cayó y sigue creyendo que está vivo; en el segundo eterno que dura el acto de su muerte vuelve una y otra vez a recorrer los mismos desagües y aparadores, vuelve a reproducirse, hasta que llega siempre inevitablemente el momento de comer de vuelta ese quesito y cuando lo hace muere otra vez para siempre.

Hay un único pensamiento que me consuela del miedo a morir, de que me pase lo mismo que al Estornudo, y es que fue tanto el tiempo que no estuvimos en este mundo, pasaron tantas cosas sin que ni siquiera nos diéramos cuenta, que volver de vuelta a la nada no debe ser algo por lo que debamos preocuparnos demasiado.

Voy al velatorio del Estornudo, vi la foto en unas necrológicas –me dieron un diario en la calle, un diario medio trucho, nuevo, y leyendo en un bar encontré de casualidad lo que tal vez buscaba–, y tengo que ir; pensé que si los tipos soldaban el ataúd sin una última mirada a lo que fue ese hombre era como sellar para siempre demasiados secretos –¿cuántas respuestas se lleva el Estornudo?

Entro a la cochería, recorro varias salas, me enfrento con unos cuantos fiambres y con personas desconocidas que tratan en vano de recordarme, hasta que me siento mal. Me siento mal porque estoy mirando ahora al Estornudo, labios pegados, párpados que dejan adivinar la esclerótica o la pupila, que es lo mismo porque ya está todo blanco o todo negro o amarillo, y porque las narices del Estornudo también están tapadas con el mismo pegamento y ya no quiero mirar. Me siento mal por otra cosa también: el Estornudo casi no tiene familia.

En la sala contigua a la que está el ataúd, dos viejitas lo velan con expresión ausente, se nota que hace tiempo que están, o que son muy cercanas, porque casi no hablan. Entra una chica con un cochecito ofreciendo cafés y las viejas responden que no, gracié.

–¿Amico di Roberto?

–Compañero de trabajo–me oigo responder.

La señora más bajita se levanta del sillón con un suspiro, se acerca, me besa nuevamente –ya lo había hecho al entrar– cada mejilla y sostiene mis manos.

–¿Lo viste en el cacon?…, poberelo…

–Bonísimo…, propiamente bono con nui toda la vita–murmura la otra vieja, que ya se levanta para saludarme.

Descubro que son la abuela y la tía abuela del Estornudo, descubro que son hermanas. Hablamos un rato, hasta que la conversación desencadena un compasivo silencio. Las mujeres se quedarán toda la noche. Les digo que las acompaño. Con una sonrisa me lo agradecen.

Saco un papel anotador y me pongo a trabajar para el guión que me pidió el jefe, ahora la productora independiente está mejor; me piden películas que se parezcan a las iraníes pero con marginados argentinos.

Tomo café y siempre acepto las macitas que trae la chica, que me sonríe tímidamente, como si estuviera de más sonreír en un lugar así, como si estuviera de más existir en un velatorio, como si ella conociera el secreto del universo o como si lo intuyera. Trato de garabatear alguna línea en la hoja cuando me detiene la abuela del Estornudo.

–¿Estiabuco?

–¿Cómo?

–¿Repasadore?

Me limpio. La vieja se sienta a mi lado y cuando deja el repasador en una bolsa, saca de ahí un monedero, y de éste un papelito. Me lo pone en la mano, casi separándome los dedos que sostienen la lapicera.

–¿Sabañone…?

Desde mi lugar puedo ver la sala contigua, la cabecera del cajón del Estornudo, veo la única corona, y por un momento el mundo brilla y aunque estoy sentado siento como si mis pies resbalaran por las frías baldosas; hasta que me doy cuenta que la vieja me mira las manos y se refiere a que las tengo coloradas e hinchadas por el frío.

Le respondo que sí, que se me hinchan los dedos con el frío. Veo que la tía abuela del Estornudo duerme. Siento que la abuela rodea mis manos con las suyas y las aprieta fuerte sobre el mensaje. Escucho que Tito, Roberto, el Estornudo, le había pedido que si le pasaba algo debía entregar el papel al primer hombre que lo iría a despedir.

Ya no escribo. Salgo de la sala y me quedo en el pasillo. Predomina el bordó en la decoración Las demás salas están cerradas, los familiares encerraron a los muertos y volverán para enterrarlos mañana. Me siento en un sillón. Hay un ascensor grande, demasiado grande, que pasa de vez en cuando desparramando una luz demasiado blanca.

Apoyo mi cabeza en la pared. Enfrente veo el pasillo y la escalera que me dejaría en la fresca, inocente noche, lejos del olor a crisantemos que se pudren. Cierro los ojos. Los abro. A mi derecha, pegado al sillón, está la puerta de otra de las salas del velatorio. Escucho cómo rechina la madera. Parece el viento, pero tal vez no. Entre tanta soledad y silencio es como si me soplaran la nuca.

Y ahora, a mi izquierda, de repente se cierra la puerta de la sala donde están las viejitas.

Es el viento. Un viento que sopla porque alguien abrió la puerta de la calle en la planta baja. Miro hacia el principio de la escalera. Ahí hay una cara. Una sombra con cara. Iba a dar un paso, pero al verme desapareció.

Era Marte.

Ya en la calle lo busco en vano. Regreso a la otra noche, la que comparten las viejitas.

por Adrián Gaston Fares

Donde el silencio no reina

Por que yo no olvido
A los que quiero
Por más mal que me hicieron
Porque recuerdo a la Lavoza
La del afluente canto y torrente
Señor Tiempo, presente.

Distraigo a las amapolas
De los gigantes melódicos
Donde el silencio no reina.

Ancianas del tiempo
Perdido
Las llevo conmigo

En el el altar de los cuentos
Arranco las hojas de los libros
Las profano en sus honores
Las arrugo y machaco
Hasta formar una cara de papel
Y pegamento

El busto de los callados
Arrastra la sombra de un barco de piedra

En el altar te rezo
Debajo de tu falda de vuelo y delantal

Todos se huelen la mano
En los viajes primeros
Donde se descubre el sexo y su caudal.

A mí mismo me recuerdo que
No he de perdonar
Que nos separaron a todos
Y nos hicieran llorar

En estos ritos que llaman
Querida Sociedad
En lo mejor de la fiesta
Te vienen a buscar.

Arreglate un poco
Te vamos a llevar
a Sorpresas-Festejar
Que bueno ese lugar
En la pena caerás
Cuando la luz se prenda y no estemos nomás

Somos lo que soy
Mientras me derramaba al mundo
Con la ayuda de un atrapa almas cucharón
Escucharon
Esos son los salmos que rezamos en su altar

La anciana que convida
Serenidad Sirena
Lavoza primera
Mucho gusto,
Doña Sincera.

Por ti no nos perdonamos
Por ti nos matamos
Por ti clavamos las uñas en la pizarra.

La idea era conservar el verano, el zumbido de las chicharras
Esas frecuencias agudas
Que se clavan como la punta de De la Torre de Interama
En el reflejo pútrido
Del riachuelo
Donde los colectivos afluyen
Y el agua traspasa las napas
del sur profundo en los fondos del reino Chorizo

Sociedad querida degollarte quisiera y que cruzar el rio turbio fuera un delito
De esos que encarcelan
para que sea difícil llegar al templo tuyo, Sirenidad sincera.

Libro batalla cuentera librera.

Por Adrian Gaston Fares

Intransparente. Novela. Extracto.

 

Ya en Buenos Aires, había buscado información sobre el Claviceps purpurea (con razón pasaba tanto tiempo encerrado, cuando no era el pasado de su padre se ponía a revolver asuntos más raros, le dije) el supuesto eslabón perdido de los misterios eleusinos, y se encontró con Albert Hoffmann y el LSD, pero después mientras se preparaba un café descafeinado en la cocina, se acordó del pasaje de la Odisea que había leído Sabatini en voz alta para la grabación del libro audible, donde Nausícaa, la hija de Alcinoo, le da instrucciones a Odiseo para que se le ofrezca el camino de vuelta a su casa; antes que nada tiene que ver a su madre sentada junto al hogar hilando copos de lana teñidos con púrpura marina. A ver, dice Elortis, y luego pega esta frase: Te mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Y sigue sin parar: era cuestión de cruzar rápidamente el megarón, esa sala enorme y fría, hasta encontrar a la madre de Nausícaa y había que mirarla, como embobado, hilar sus copos púrpureos cerca del trono donde su esposo se sentaba a beber vino como un dios inmortal. Ahí pasabas de largo el trono para agacharte y abrazar las rodillas de la madre de Nausícaa y si ella sonreía como en sueños quería decir que estabas preparado, podías volver a tu Ítaca querida sin que te sintieras un extranjero después de tantas vueltas. La clave era abrazar con las manos las rodillas de esta reina sabia que hilaba estos copos purpúreos que eran de ese color porque habían sido teñidos por la secreción de la glándula hipobranquial de un caracol de mar carnívoro de tamaño medio, un gastrópodo marino llamado Murex brandaris, que segregaba esta sustancia cuando estaba asustado o se sentía amenazado. En el actual Líbano, antes Tiro, por eso se lo llamaba púrpura de Tiro, los minoicos habían empezado a extraer este tinte y parece que había que arrancar del mar a nueve mil pobres caracoles para obtener un gramo de tintura. Aparentemente por eso era tan preciado, y se empezó a relacionar al púrpura con el mando, y con la legitimidad del poder. Ahora bien, gracias a Ponen, Elortis había leído que los olmecas también relacionaban al poder con la sabiduría, y la sabiduría la tenían los sacerdotes-chamanes que se rodeaban de los sapos bufo; por lo que podía ser que las túnicas, mantas para los lechos, la pelota del sabio Polibio, las olas y demás elementos púrpuras que aparecen en la Odisea y en los mitos griegos, todas relacionadas con el sueño, tuvieran que ver con las visiones que el tinte del caracol Murex producía al respirarlo o al rozar la piel; gracias a esas glándulas que, como las braquiocefálicas del sapo bufo, expelen un líquido cuando la catarsis de la amenaza la activan. Por eso la sonrisa visionaria de la reina era necesaria para Odiseo. Si hasta en un viaje anterior como el del vellocino de oro, parecía que en realidad —según Simónides, aclara Elortis— buscaban una primigenia piel de cordero granate teñida con la tintura del caracolcito. Claro que también Clitemenstra había distraído a Agamenón con una alfombra de tono escarlata antes de conducirlo al baño donde iba a ser presa fácil de Orestes. Y al lecho de Circe lo cubría una colcha rojiza. Igual, lo importante en aquella época lejana, agregaba Elortis, era estar atento al olivo de anchas hojas en el puerto de Forcis; por ahí estaba la gruta, el templo, esa cueva de dos bocas, (¿porque nunca volvías a ser el mismo una vez que entrabas?, se preguntaba mi amigo) consagrada a las ninfas con los telares de piedras que usaban para tejer sus túnicas de extracto de caracol y también era necesario, más que nada, saber dónde se ubicaba tu cama, la que habías construido sobre los restos del olivo con las correas de piel de buey que brillaban de púrpura, porque si no tu esposa a la vuelta no sabría quién eras, claro, si olvidabas lo único que tenías que acordarte una vez que lo habías aprendido. Ok, Elortis, a la cama, después me seguís contando; menos mal que yo escuchaba música mientras él me escribía estas locuras.

Por Adrián Gastón Fares

Novela Intransparente

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