La casa del temor

Antes que ellos muchos hicieron lo mismo. En la historia de la medicina hay algo en común entre los zapatos de los grandes caminantes, los cuernos de los unicornios, los polvillos de momias egipcias, las heces de los cocodrilos, y otros remedios que nunca fueron tales, que lo fueron como tantos otros que lo son y no dan resultados positivos, pero que han sido utilizados para que los pacientes se aferraran a una esperanza y se murieran más rápido.

Antes que ellos muchos buscaron medicamentos increíbles, valiosos por su rareza, su inexistencia –el cuerno de un unicornio solía ser el de un no menos increíble rinoceronte–, por esa creencia de que los objetos conservan propiedades de sus afortunados usuarios, de que un zapato puede contener la fuerza para caminar tres kilómetros por día, una posesión benigna del calzado que traspasaba al rico noble de turno el poder del pobre al que se lo habían quitado.

En nuestra época existen menos nobles que ricos, y en este sur de un continente donde los aborígenes escasean entre matorrales lejanos, cruzando algún lago casi desconocido, donde hubieron menos guerras que desastres políticos, donde la sangre está contenida en los ataúdes de los muertos cobrados por la economía y las personas que se sientan a decidir por los demás, donde las experiencias de vida en comunidad han fracasado lamentablemente, la familia, como antesala al poder, sigue siendo lo que siempre fue y será, un instrumento perfecto de tortura. Y por lo tanto una buena exportadora de heridas, males físicos y mentales.

Mis vecinos, los Vivillos Javier, no eran elegidos de los dioses, ni tenían mucho dinero, ni poder, eran de clase media, apuntando a alta pero sin dar en el blanco, algunos dirían, algunos que no son yo que no pertenezco a ninguna clase porque me he dedicado a vivir de rentas y de dar clases baratas de castellano a los pocos extranjeros que se mudan a este barrio no cerrado de mi querida Buenos Aires.

Desde que llegaron por la manera de hablar se notaba que no eran de dinero, Jorge era contador, María era profesora de Latín, pero nunca he conocido a una profesora de Latín que le importe menos el idioma y los libros que a esa mujer, había llegado a esa época de la vida donde todo lo hacía de manera mecánica, enseñar, venir a presentarse como lo hicieron el día que llegaron, con un vino bajo el brazo; y él, Jorge, podía tanto llevar las cuentas, como hacer crucigramas o jugar al solitario, ejercer su oficio para él era lo mismo que pavonear con las últimas páginas del diario. A los padres les había sacado la ficha bastante rápido, pero los hijos parecían ser agradables, Miranda Vivillo de unos ocho años, una morochita triste, de pelo corto negro, con unos ojos que se te clavaban en la boca, porque era sorda y no quitaba la mirada de ahí, Guido, de unos cinco años, flaco y de pelo más claro que su hermana menor, y Johana, la mayor, de unos veintitrés años, la única con ojos verdes, desvaídos, que parecían reflejar el agua sucia de mi pecera, ojos teñidos por la necesidad sexual, la falta de cariño y de esperanza. Pero esta no es la historia de una familia sola. Es la historia de una familia y de una casa.

Y la casa estaba enfrente de la mía. Era más bien tétrica y estaba catalogada como maldita. La causa eran los habitantes anteriores, otra familia en la que la hermana mayor, de la misma edad que Johana, un mal día había enloquecido, y con un cuchillo de carnicero había matado a sus hermanos menores y a sus progenitores, para luego ir a la cabañita de madera donde jugaba de niña, y cercenarse de cuajo las manos. La sangre corrió tanto que tiñó el piso de madera de la casa de los juegos.

Pronto la compraron los Vivillo Javier. Y enseguida, Johana, la hija mayor, empezó a pasar las tardes en mi dormitorio, sudada, con sus miembros en las posiciones más inverosímiles en las que yo los acomodaba para llegar más adentro de ella, tanto como pudiera. Y en uno de esos días, mientras estaba en eso, llegué a sentir que amaba a esa joven, que su lengua me pertenecía, que hacerme uno con ella era lo mío, y ella terminó llorando en mis brazos. Me di cuenta que algo parecido al amor había comenzado cuando dejé de atender los llamados de otra mujer.

Al principio nos veíamos cada tanto. Mejor dicho, cada vez que había una pelea en su casa, que su padre venía frustrado del trabajo, que su madre le alzaba la voz y la mandaba a trabajar, que los gritos desarticulados o el silencio de su hermanita la cansaba, que su hermano se burlaba de ella porque tenía el pecho más plano que él, Johana venía a mi casa y se sacaba las ganas conmigo. Luego yo la acompañaba a la puerta para que se fuera, a veces sin cruzar ninguna palabra una vez concluido nuestro juego sexual. Eso, claro, antes de que el amor arribara, después nos saludábamos con un beso en la mejilla.

Nunca tuve la exigencia que tienen otros hombres con las mujeres, siempre me gustaron flacas y simples, más bien discretas, jamás me iban a ver en la calle girando la cabeza para mirar el trasero de una chica o la delantera de otra, no era eso lo que me interesaba y lo digo con el orgullo de mi masculinidad vapuleada en esta época, ubicada en esa bolsa de gatos en que se convirtió ser varón, desvaída por otros que no son como yo y que esconden sus atrocidades cotidianas debajo del brillo del parquet, del cemento, de la tierra o el suelo que nos irguió como seres humanos.

Como el profesor de facultad de Johana. Un día me contó que su jefe de cátedra –una  eminencia en Biología– había abusado de ella. Arreglada como nunca, con tacos aguja y un vestido ceñido a su cuerpo, me confesó que había dejado también la facultad, que le mentía a sus padres, que pensaban que seguía yendo. En realidad, las tardes las pasaba conmigo, este cincuentón que sigue mirando a través de su persiana baja la calle vacía.

El sexo seguía ocurriendo del mismo modo, a la misma hora y lugar, pero ella había comenzado a hablar más. Me contaba de su pasado, de sus padres, y uno de los días llegué a juntar la información necesaria –y el resentimiento justo– para escribir esto.

Me enteré que los Vivillo Javier se habían mudado a esa casa porque la familia no tenía suerte. La madre había perdido a la mayoría de los alumnos, su padre no iba a ser ascendido hasta que se jubilara y ahí ascendiera, pero las escaleras de la casa pequeña en otro barrio hasta su dormitorio, donde completaría sus crucigramas, su hermano menor tenía un problema serio de conducta, de esos catalogados en los manuales de psiquiatría, y su hermanita vivía enferma cada dos por tres, además de la sordera. Por su parte, sus padres no podían creer que ella todavía no hubiera terminado la facultad, que no hubiera tenido novio, que fuera bisexual, que estuviera tan extraviada en la vida; para molestarlos les había dicho que no sabía si le gustaban los hombres.

Su familia estaba en picada. La mudanza no había alejado la mala suerte que los perseguía. Sus progenitores no podían creer que nada cambiara, que el hogar nuevo donde pasaban sus días, compartiendo más momentos de inestabilidad que de paz con su bella y maldita progenie, no hubiera servido para cambiarles la vida.

El problema siempre había sido que se la pasaban peleando. El padre con la madre, los hermanos menores entre ellos, ella contra los padres o al revés. Pero si era ella la peleadora todo terminaba con su padre abriendo la puerta para que escucharan los vecinos, para avergonzarla y que quedara en claro que no era él si no su hija, y hasta decía su padre dijo Johana, para que escuchen los vecinos, eso decía, me dijo negando la cabeza como perturbada. Era lo que hacía su padre en la casa anterior y la misma situación de la que fui testigo yo una noche, detrás de mi persiana baja, cuando todavía no había intimado con Johana y la observaba sentada en el borde de la vereda con su cara amarillenta por la luz del farol de la calle.

Para evitar esas peleas, habían ido a terapeutas familiares, a psicólogos, a psiquiatras, a curanderos y a curas católicos, y lo único que se ganó de eso Johana, fue el abuso de un curandero, que le toqueteo los genitales en un horrible rito. Y el último psicólogo la había despachado sin más ni menos; le dijo que su terapia había concluido y ella con orgullo jamás volvió a buscar esa ayuda necesaria que ahora exigía a sus padres.

Una de las noches que el padre volvió a abrir la puerta para avergonzar a su hija en la casa anterior, el hombre tuvo la fuerza necesaria para cerrarla y comunicarles a todos que ya había encontrado la solución. Que necesitaban aire nuevo. Que había encontrado la casa ideal para que pudieran vivir mejor, usó esa expresión decía Johana, vivir mejor, para decir que se iban a acabar esas peleas tan terribles, incluso sostenidas ante su abuelo paterno, que estaba tan viejo y enfermo que un día iba a quedar seco de un ataque al corazón en el medio de las trifulcas.

Así conocí la versión de Johana de cómo llegaron los Vivillo Javier a este barrio. Acá podían ver el cielo. Podían mirar la luna y sus cráteres. Pero ver el cielo no ocultaba el infierno. Las peleas siguieron. Incluso empeoraron. La tranquilidad del barrio, el silencio más augusto de la casa, el aire de construcción sobria y equilibrada por el estilo industrial moderno, desmechado en la fachada por el peso del follaje denso e inamovible en los hombros de los sauces jóvenes que crecían en la vereda, no evitaban que la grisácea casa diera miedo, pero a la vez hacían que la familia se relajara y que sus integrantes tuvieran más fuerzas para encarar los repetidos enfrentamientos. Las peleas comenzaron a ser esporádicas pero cuando ocurrían eran prolongadas y temibles. Guido llegó a comerse el implante coclear de la hermana discapacitada para dejarla más indefensa. El padre le arrancó los pelos a la madre un día –Johana agregó que guardaba en un libro el pelo de su madre, que lo había recuperado cuando su padre los arrojó al tacho de basura del baño. La madre le tiró el agua hirviendo de la tetera al padre, agua tibia fue por suerte, porque la pelea había empezó a la mitad de la sobremesa y duró todavía más que las otras.

Cualquier diferencia en las opiniones, una frase oída al azar y sacada de contexto hacían que elevaran la voz y discutieran a veces dos o tres horas, y el padre de Johana volvió a abrir la puerta para que los nuevos vecinos escucharan al coro terrible de sus nefastos hijos, ya no sólo a ella sino a esos pequeños demonios que estaban cada vez más fortalecidos. Y cuando una noche se dio cuenta que no había nadie, que no pasaban coches, que el único que estaba atento era yo, me dijo Johana, una sombra detrás de la ventana, que los demás vecinos estaban inmersos en sus televisores anchos, en sus juegos, o en otras casas más caras de fin de semana, el padre cerró la puerta y comenzó a llorar como un niño, apoyado contra la arcada que daba al comedor. Murmuró que estaba vencido, que no había manera de evitar esas peleas familiares, que lo había intentado todo.

El señor Vivillo Javier, como el culpable desenmascarado en una novela policial, se quebró y contó que había comprado la casa con el ánimo que los espíritus que decían que vivían en ella, de niños violentados, de la hermana asesina, que hasta había dicho que nombró a Lucifer como inspiración de sus crímenes, que esos espectros que deberían estar y no estaban, los atormentaran tanto que extinguieran las peleas. Que sus hijos estuvieran tan asustados, horrorizados, desgastados, doloridos, sufriendo tanto que no pudieran pelear más ni meterse en problemas, que él estuviera tan destruido por sus hijos que deberían estar en una semana como mucho poseídos, alienados, preocupados, y que también la culpa y la aprensión lo hiciera menos beligerante con ellos.

Él entonces hubiera podido aprender a quererlos, a dejar de pelearlos, y logrado su fin; que fueran una familia normal, de una vez por todas.

Y esta vez, me siguió contando Johana, el padre cerró la puerta principal y los guió en la oscuridad a la cabañita prefabricada, la de los juegos de los habitantes anteriores, donde les reveló a todos sus hijos –su esposa ya lo sabía– que se había desangrado la joven asesina.

El padre tenía la esperanza que vieran un demonio, un fantasma, una sombra, aunque sea de una rata, que escucharan un crujido, un trueno, un quejido, grito, el aleteo de un murciélago en la oscuridad, pero nada de nada, y el resto de la casa, incluso el sótano que fue alumbrado con una linterna por su padre porque así podría atraer más fantasmas, esos fantasmas por los que él había hipotecado su vida, no estaba embrujada. Buscaron atemorizarse con los restos de los niños muertos, pelos, un pedazo de un vestido, una uña, cristales rotos, algo cuyo grado de morbosidad los perturbara tanto que tuviera el increíble poder de hacer cesar las discusiones más triviales; pero la casa estaba impoluta. Hasta las manchas de sangre de la joven asesina habían desaparecido del piso de madera de la casucha del jardín.

Johana me contó que en la oscuridad, la familia entera había subido la escalera detrás de su madre, que había apoyado la idea del esposo de comprar la casa para que los fenómenos paranormales taparan a los normales, y lo hizo, su madre, con una vela encendida con la que iba iluminando los cuartos, donde esperaban encontrar una cara blanca con la boca abierta, pero sólo iluminó la mochila que llevaba a la facultad Johana, que estaba abierta como si fuera la dentadura de un tiburón muerto, las cartucheras de los niños también abiertas que parecían las fauces vengadoras de los espíritus de los niños que no había, y que sus padres esperaban encontrar al elegir esa casa de pasado no tan único.

Aquel día terminaron con un vacío que los unió en la desesperación. Y si bien ciertamente no existían en la casa nueva los esperados demonios y fantasmas del pasado por los que la había comprado su belicoso padre, terminó su relato Johana, cuando pronto la abandonaran, los que la habitaran en el futuro no iban a librarse de las voces desengañadas y arrepentidas con la que ellos la habían poblado.

por Adrián Gastón Fares

 

 

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