Los adultos no piden ayuda. Cuento.

Estaba muy pesado en la ciudad. Juan Roberto eligió sentarse en el medio de los últimos asientos del colectivo para que los rayos del sol no le dieran de lleno. Además le gustaba ese lugar. Se sentía guarecido.

Tenía veintitantos, iba con un pantalón corto, una remera y llevaba una mochila arriba de los muslos. El colectivo de la línea 102 que había tomado en Constitución estaba casi vacío, a excepción de una chica que viajaba de pie adelante, un hombre y una señora sentados junto al chófer en los asientos que miraban hacia atrás. A su lado, a un asiento de distancia, había un  setentón vestido con pantalón de trabajo y camisa.

Cuando se acercaban a la calle Corrientes el hombre le pidió que le abriera la ventanilla. Juan Roberto se estiró un poco, hizo fuerza y logró que la ventanilla, que estaba atascada, se abriera.  Los pocos pelos del viejo se arremolinaron.

–Gracias, muy amable.

–De nada.

El viejo lo miró fijo.

–¿Te puedo hacer una pregunta?

–Sí.

–Sos del interior, ¿no?

–No.

–Ah, porque la gente del interior suele ser más amable. Como vos. Los porteños nada que ver.

–¿Sí? Yo crecí en Lanús. No soy porteño.

–Queda poca gente amable.

Juan Roberto asintió, aunque no sabía si quedaba poca gente amable.

–Estás bronceado.

–Volví de vacaciones.

El viejo saltó la respuesta de Glande.

–Conozco muchos chicos del interior.

–¿Si?

El viejo extravió su mirada.

–Tengo una amiga. Es una señora mayor, de mucha plata. Le presento gente.

–¿Eh?

–Le presentó amigos. Cada tanto. Te convendría ¿Dónde vivís?

–Cerca.

–Es de por acá. Ella te paga la comida. Comés de maravilla. No te pide mucho. Hasta te puede pagar otras cosas.

–¿Sí?

–Sí, paga. Te puede pagar el alquiler. Un hotel. Es muy culta. Buena compañía. Todos salen beneficiados.

Juan Roberto cavilaba. El viejo lo observaba como si fuera un insecto fácil de atrapar.

–¿No te gustaría que te la presente?

–No. Por ahora no.

– Igual, yo ando siempre por acá.

–Ya me toca bajarme.

–Seguro te vuelvo a cruzar. Y te voy a hacer la misma pregunta.

La mirada del viejo brillaba.

–Pensalo. Te convendría.

Era la parada de Juan Roberto.

Se levantó rápido.  Saltó del colectivo.

 

por Adrián Gastón Fares

7 Replies to “Los adultos no piden ayuda. Cuento.”

    1. Cuando no estoy filmando necesito escribir, es así. En general se me ocurren muchas ideas para bien o para mal de mis lectores. Además, soy de esas personas que viven cosas poco habituales (esto lo dicen los que me conocen, yo no) Siempre habrá algo para contar (y una manera de contarlo) por este medio o el otro. Gracias!

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  1. À primeira vista, me parecia um senhor muito bondoso. Até começar a se mostrar diferente. A melhor frase – l viejo lo observaba como si fuera un insecto fácil de atrapar – deixa ele realmente passar para o lado ruim da força. Se eu fosse Juan Roberto teria medo de encontrar de novo o velho senhor. E a frase que mais amedronta – Seguro te vuelvo a cruzar. Y te voy a hacer la misma pregunta. – porque ela faz parecer uma ameaça.
    Parabéns pelo texto. Gostei muito. Quando você escreve eu posso imaginar as cenas. Pode parecer banal, mas essa coisa de mundano é mesclada a um sutil suspense, algo que nos põe a pensar na situação toda, ou no que aconteceria futuramente. É esse pânico do desconhecido que nos assalta ao ler o seu texto.
    Até mais! Sucesso!

    A primera vista, me parecía un señor muy bondadoso. Hasta que empiece a mostrarse diferente. La mejor frase – l viejo lo observaba como si fuera un insecto fácil de atrapar – deja realmente pasar al lado malo de la fuerza. Si yo fuera Juan Roberto tendría miedo de encontrar de nuevo al viejo señor. Y la frase que más amedrenta – Seguro te vuelvo a cruzar. Y te voy a hacer la misma pregunta. – porque ella hace parecer una amenaza.
    Enhorabuena por el texto. Me gustó mucho. Cuando escribes puedo imaginar las escenas. Puede parecer banal, pero esa cosa de mundano se mezcla con un sutil suspenso, algo que nos pone a pensar en toda la situación, o en lo que sucedería en el futuro. Es ese pánico del desconocido que nos asalta al leer su texto.
    ¡Hasta luego! Éxito!

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