Las cartas negras

Fotografía del autor A. G. F. "Contrapicado"
Fotografía del autor. “Contrapicado”

Sudar no es lindo pero la adrenalina es inspiradora ¡¿A qué no?!

Algunos cuentan cinco, otros seis. Los más atrevidos dicen que diez. Los paranoicos buscan coincidencias numéricas y tiran doce como el número de la casa donde escribo esto o el día que ella nació. Ya se sabe que fanáticos nunca faltan.

Y menos en casos bien conocidos como este.

Y los que hablan de brujería ¿Saben lo que es la brujería? No hasta que se dejen prender fuego. Decíamos. Y nos reíamos a carcajadas.

Llamó la atención que ninguno de los cadáveres, sean hombres o mujeres, tuviera la cicatriz de la vacuna en el brazo. Cocido en su lugar el ombligo. Qué detallista.

El psicólogo y los psiquiatras coincidieron en que su estado mental no era el mejor. Todos esos dibujos con círculos, agujeros. El lápiz hasta que la hoja se rompiese y casi horadase la mesa. Hay que tener fuerza, ¿no? Hay que saber hacerlo sin gastar el lápiz. No tiene explicación. No importa. Me pierdo.

Su discurso era coherente. Aún con tranquilizantes. Coincidían en que mi media hermana era peligrosa, sin dudas. Psicópata, tal vez.

La verdad que era bastante inestable. Se entiende. Que su locura la llevara al arrebato incontrolable de otras vidas. Es parte de lo complejo que se vuelve simple ¿Saben de lo complejo que se vuelve simple? Ella sabía.

Pasa siempre, teorizaba.

Para perfeccionar su arte de matar lo usaba.

Vestía los cadáveres a gusto y los estropeaba con sus agujas.

Me di cuenta hasta donde podía llegar en mi cama.

Cerró la mano alrededor de mi cuello y lo apretó hasta la asfixia, mientras me montaba con las rodillas flexionabas.

En la calle ya lo había hecho con mis manos. Apretaba sus dedos sobre los míos hasta que dolían.

El orgasmo fue fuerte. Que me derramara sobre ella me causó una paz que todavía me dura.

A veces me preguntó si es esa paz la que hizo que pudiera aguantar la soledad en esta casa.

Hay cosas que duran y duran ¿No?

Sobrevino un embarazo. Ella pensó que era el hijo del medio estúpido David, que no tenía problemas con eso porque era un hombre grande, que estaba enloquecido por mi media hermana. Un hijo no le venía mal, y menos uno que perpetuara su apellido.

David la había acompañado al oftalmólogo cuando ella empezó a quedarse totalmente ciega. Pero eran las veces que yo la acompañaba cuando gritaba porque le clavaban esas agujas. Con David las aguantaba.

Mi media hermana ocultaba esa deformación casi inexplicable.

Sus ojos. La esclerótica derramaba un blanco lechoso en el iris que pasaba a la pupila. O al revés. Es lo mismo ahora.

Los ocultaba con anteojos, por lo menos desde la adolescencia. En primaria y secundaria usó lentes de contacto de colores. Así que su iris fue verde luego de color púrpura y luego marrón para terminar en la negrura. Hasta que se los sacó y los revoleó en el baño del colegio en último año. Tremendo susto se pegaron esos inadaptados.

Pero no tanto porque eso fue cuando los demás ya la conocían y no se asustaban al verla. Cuando ya eran hombres y mujeres acostumbradas a casi todo. A que los maltrataran, a que los padres fueran exigentes.  Hasta que las lágrimas saltaran, ¿no?

Tal vez que tuvieran que decidir si eran mujeres o varones. Las flechas no siempre apuntan hacia donde los demás quieren, ¿no es así? La rosa de los vientos… La que en esta casa ya no gira. No sé.

Sé que cuando el fluido llenó sus ojos se quedó ciega. Ella no estaba preparada para eso. Nadie está preparado para una inundación, no importa lo cerca que esté el río de su casa. Eso les comentó a los psicólogos. No sabían qué responder.

No siempre vibramos de amor.

De chico me mareaba.

Me sofocaba en mi casa.

Los estudios médicos daban todos bien. No tenía nada en la garganta, ni en el esófago ni en ningún órgano vital. No había razón física para mis ataques.

Pasé por un hospital lleno de pacientes con problemas más tangibles.

Pastillas como las que más tarde le darían a ella.

Miraba la pared y apenas sonreía.

Luego, otra vez en casa, cada dos por tres enfermaba.

Mientras mi hermana necesitaba más a mi madre porque, claro, ella había nacido casi ciega y su padre no había abierto jamás los ojos desde la noche en que los de su querida se cerraron, yo más me enfermaba. Mi madre no sabía cómo repartirse con los médicos. Pedía ayuda a sus amigas del barrio.

Me llevaban.

Hasta que mis enfermedades comenzaron a menguar, y mis ojos, que claro, ya se veían descoloridos en el espejo, volvieron a tomar el color que pueden ver en las fotografías, en las noticias. Estuve a punto de ser como ella. Pero el espejo no me lo permitió. Pude retroceder a tiempo.

No entiendo cómo pueden verla como una víctima.

Ni a mí tampoco.

No hay secreto. Sí un ánimo de vindicación con lo que son como el padre de ella, los que no ven. Pero muchos hombres y mujeres deberían ser más fuertes que uno. ¿No? No sé…

El padre de ella negaba absolutamente la enfermedad de su hija. Para él su hija tenía los ojos tan normales como las demás. Era imposible sacarle esa venda a ese hombre que había perdido a su mujer anterior. La madre de ella. Eso hizo que cerrara la cortina de su negocio, y también la de su vida. Y mi madre estaba ahí para ayudarlo, para sacarlo, para mimarlo, lista para hacerlo sobrevivir.

El que no veía era él, no mi media hermana. Pero la realidad…  En fin, saben cómo es la realidad. Lo que se ve no siempre es lo que es.

Nunca pensé que iba a tener tanto placer con la hija de ese abogado arriba y yo abajo, extasiado. Dicen que la primera vez no se olvida. Y menos cuando es así.

Y fue en una de esas noches cuando le dije que la cicatriz de su vacuna de nacimiento era demasiado evidente. Ella no lo soportó ¿Otro agujero deforme en su cuerpo? La contuve como pude. Volviendo a estar dispuesto, en fin… Después van a estar comentando estas cosas en las noticias.

Se trata de que estoy dispuesto a admitir de que soy tan culpable como ella. Uno tiene que medir las palabras. Más las que larga ante alguien que no ve. O que ve poco. Es como si las absorbiera.

Ahí fue que me pidió que le pasara  mis dedos sobre su estómago para demostrarle la forma de la cicatriz de la tuberculosis, la del brazo.  Con dedos pegajosos, sucios de lágrimas y otras cosas, lo hice. Esa gota rebalsó el vaso. Lo sé.

Habíamos llorado.

Nuestro suicidio no sería posible y cada uno debía buscar una vocación de ahora en más. No nos íbamos a dedicar a dar lástima.

Elegí la antropología. Y ella comenzó su relación con la muerte.

Con las personas de las que se tomaba del brazo para cruzar la calle. Los encerraba en el altillo de la casa y modificaba sus cuerpos.

El ombligo lo colocaba a la altura de la arteria humeral, en el brazo. Me decía que podía ver el color azul de las arterias. Un resplandor blanco que a veces se tornaba azul y que se intensificaba donde la sangre se acumulaba.

Sus invenciones las hacía entre el hombro y el codo. Nunca erraba. Eran dos cicatrices, decía ella. La umbilical y la de la vacuna contra la tuberculosis. Recordaba que el fórceps y un minuto sin oxígeno la habían dejado ciega. Habían pintado sus ojos, como ella decía.

Células muertas.

Médicos de mierda.

En el tanque de la casa, en vez de agua se acumulaban los cadáveres de los profesores, de una compañera, de un acompañante terapéutico, de mi profesora de particular, de un taxista, de una vecina.

Flotaban sin ombligo. Y el agua los deformó hasta que ese agujero se hizo enorme,  como ojos de esos dibujos japoneses dijo el forense.

Mangas que yo leía en voz alta a ella porque le encantaban. Una vez que uno empieza a leer al revés un libro no para.

Es ver el mundo como si retrocediera y tuviera sentido.

Y ella los llevó a todos a su estado inicial, al suyo digo, a la herida de nacimiento, a los agujeros lechosos que flotaban en su cara.

Hoy me tocó visitarla en la cárcel de mujeres. Hay otras mujeres. Algunas peligrosas, otras no tanto, pero que habían hecho lo que podían para sobrevivir frente a un hombre tan peligroso como ellas, o que simplemente habían matado a sangre fría, como las leonas lo hacen, desgarrando los músculos, chupando la sangre, hay de todo, hombres o mujeres, ya saben, el hilo se tensa hasta que se corta. Y luego tira cosas, ¿no? No sé si me entenderán…

El padre de ella la defendió bien.

Se comieron tan bien la historia del amante de mi madre. Yo no estoy en desacuerdo, ¿saben?. Todavía creo que la única justicia que existe es la del corazón.

Me desnudé para que vean que no traigo nada escondido.

No importa cuántas veces lo haga me sigue molestando.

 ¿Qué hice yo para pasar por eso? Sólo quiero visitarla.

Caminé hasta la habitación blanca. Ella me esperaba. Se levantó la remera. Me mostró el dibujo. Como una contraseña o un prólogo. Una raíz le crecía ahí. De la mugre. No le dije que parecía una rama de un rosal cubierta de hongos como esas que trataba de trasplantar su abuela en un frasco con agua y no le salía a la pobre.

Su espalda recortada contra el ventanal. Es distinto ver las rejas con ella adelante.

Le comenté que pronto la dejarían libre. Entonces se dio vuelta como si fuera un tornillo y me ordenó que vaya preparando todo. Escribo porque ni bien ella llegue ya no podré. Habrá muchas cosas que hacer.

Necesita más cicatrices. No sabe cuántas.  Y que los que quieran arreglar el mundo la tomen de la mano y la ayuden a cruzar.

Recién cuando el agua que tomábamos sabía peor que la que tomaba mi madre tuvo que empezar a plantar cuerpos en otros tanques de agua. Los vecinos ni se daban cuenta.

Le tenían tanta confianza que la invitaban a tomar el té y la dejaban sola en la casa, sabían que podía alimentar a los animales en sus vacaciones, que era ciega pero no estúpida, que en la oscuridad podía manejarse como nadie, que ella se dejaba llevar por el aire hasta que llegara donde tenía que llegar, y que sus animales estaban más a salvo con ella, que no veía el oro, ni las joyas, ni los electrodomésticos, que con otras.

Dirán que soy cómplice.

Pero un cómplice en construcción. Por ahora es todo posibilidad, incertidumbre, y esas muertes están tan lejanas como mi media hermana atornillada en la cárcel. Tan inconmovible y atrapada como el agua en el tanque de agua de la terraza.

Apenas se la llevaron empecé a tomar agua mineral. Los caños dejaron de funcionar bien. Me dediqué a arreglarlos. Compré destapadores líquidos y metí alambre y empujé con fuerza hasta sudar.

Ahora resuena el crujido del motor. Al fin.

El agua está subiendo.

 

por Adrián Gastón Fares

 

 

 

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