Aunque nadie se da cuenta. El joven pálido.

El joven pálido, garabato de Adrián Gastón Fares
El joven pálido, garabato de Adrián Gastón Fares

La arboleda y el camino de tierra
se hacían más reales,
gracias al peso de la mochila.

Peso suficiente,
inesperado
(nunca había pensado que iba a terminar llevando eso por los senderos rústicos de su país),
en la cabeza y en la espalda.
Vayamos de frente lo que el joven pálido iba a hacer,
era buscar a la madre de su hijo.

Hija de un estanciero.
Mientras el joven pálido bajaba de la camioneta que lo acercó al pueblo,
la chica arrancaba zanahorias de una huerta.

Racista y a la vez activista
de la ecología,
había donado a la ciencia
la flor de su descuido
el feto empedernido
que había intentado nacer.

El kilometro 112.
El joven pálido caminaba decidido hacia la casa de su ex
con la mitad de una sonrisa en la cara.
Escuchó una voz a su derecha que le gritó:
-¡Bobo!

Llegó a ver como el chistoso se escondía en el maizal,
los dientes desparejos, los anteojos negros embutidos en la cara;
¿de dónde había salido ése?

El joven pálido, exactamente una hora antes de que el padre de su ex disparara al aire
y lo amenazara de muerte si volvía a esa casa
a sacudir al feto en la cara de su hija,
escupió
y dijo

Nene, ahora vas a verle la cara a tu mamá.
Las entrañas ya las conocés.
Pero en este mundo, lo que importa es la apariencia.

El feto maloliente no contestó.

Le cayó otra piedra.
Se detuvo en seco.

Nene. Como éste hay unos cuantos. Siguen la luz o la oscuridad, son clase alta
o clase baja, limpios o sucios, inteligentes o estúpidos, pero están corroídos por dentro
y por fuera.
Ellos son lo que hacen nada más.
En un momento una cosa y en otro, otra.
Vos hacé la tuya, sin mirar a los costados.

Miró atrás
y arriba.

La segunda piedra no era una piedra
negros pájaros carroñeros
lo venían siguiendo
y se mandaban clavados en el aire
y sobrevolaban la mochila

El joven pálido se puso los auriculares
del walkman.
Estamos en los noventa,
aunque nadie se dé cuenta
Apretó el paso.
De vez en cuando,
tiraba manotasos
para alejar a los pajarracos.

 

por Adrián Gastón Fares

 

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Intento de desaparición

 

Un día estaba jugando con su amiga Vanesa, antes que al padre de Guadalupe, la chica que le contaba historias de terror al grupo en las noches de verano en las que se juntaban en la puerta del kiosco, se le venciera el contrato de alquiler, y la familia de Vanesa se mudara a una casa mejor en un barrio cercano, y decidieron que se esconderían atrás de un sillón en la casa de la abuela de Glande. En algún momento de la tarde, caminaron sigilosamente el espacio que separa el living con el garaje, y lograron sostener sus desapariciones atrás del Taunus amarillo de su padre. Esa proeza hubiera sido más digna de Martín, que de los amigos de la infancia de Glande es el único que sigue en el barrio. Cada vez que Glande baja del colectivo 520 con su mochila a cuestas, antes que el barrio gris lo vuelva a cansar en las ruidosas y divertidas reuniones familiares, donde su abuela y su tía abuela vociferan en dialecto italiano hasta el ensordecimiento de los presentes, Martín, que todavía parece un chico de diez años, pero más desamparado que a esa edad, lo saluda. Las drogas lo afectaron y ahora las frases son más largas y más lentas de pronunciar, pero igual se seguían entendiendo, incluso Martín, que se había vuelto evangelista y se ganaba la vida ayudando en un taller mecánico, era uno de los pocos que pensaban que Glande era un guitarrista que tenía una obra que llevar adelante y, cuando veía al padre de su amigo, le preguntaba qué era lo que estaba componiendo su hijo.

 

La tarde en la que se escondieron, sus padres llamaron a la comisaria de la zona para que buscaran a su hijo y a la amiga. Glande recuerda ver pasar a las personas buscándolos (sus abuelos, su tía abuela, su padrino, su padre, su madre), y se imagina a sí mismo mirando con una sonrisa satisfecha a Vanesa.

 

Los padres de ella luego se reunieron con los suyos en la casa de un vecino, donde pusieron en marcha una operación de búsqueda, que no llevarían totalmente a cabo, ya que en cuanto el atardecer empezó a dejar en penumbras el garaje, Vanesa y Glande salieron triunfales y se restituyeron, luego de recibir unos cuantos gritos, a la serie de acontecimientos naturales que los harían crecer y distanciarse.

 

por Adrián Gastón Fares

El nombre del pueblo. Novela.

El nombre del pueblo - Novela - Adrián Gastón Fares 2018.jpg

Llegó la hora!

La hora de compartir El nombre del pueblo (110 páginas, Adrián Gastón Fares, 2018), una novela que he escrito a través de los años (como se escriben las cosas, ¿no?)

Comencé a escribirla antes de Intransparente y luego se fue reescribiendo hasta ahora que la comparto en exclusiva con ustedes en este espacio.

¿Qué van a encontrar?

Hay dos Sinopsis.

Copiaré aquí una:

En un pueblo sin nombre, el hermano del candidato a gobernador espera desde hace años en la playa el arribo de una embarcación que le traerá a una misteriosa mujer. La embarcación llega y también una serie de asesinatos cometidos a sangre fría. Una por una las mujeres que conoce Miguel son borradas de la tierra. Un policía despistado y el mismo Miguel siguen las pistas que conducen al hall de una casa antigua del barrio residencial de este pueblo innombrable.

La otra está dentro del libro.

La novela tiene unas 110 páginas, así que es mucho más corta que Intransparente.

Se despacha en una noche o dos, según el ritmo de lectura, porque la trama es intensa.

Me hice un botón de pago por si alguno le gusta la novela y quiere colaborar conmigo.

Estoy muy atribulado con otras narrativas como la de Mr. Time, en cuya carpeta de presentación trabajo a tiempo completo (más las vicisitudes del quehacer de Gualicho, que darían para otra novela de, por lo menos, 200 páginas…)

Así que disfruten esta novela, que nació como un guión hace muchos años, y que fui reescribiendo a través del tiempo.

Ya me dirán qué les parece.

El nombre del pueblo, por Adrián Gastón Fares.

Género: Novela, Ficción, Intriga, Policial (y unas gotas de fantasía)

Con los links que siguen pueden leerlo online grátis (PDF)

El archivo AZW3, EPUB (que es el formato original y recomendado, junto con el PDF) o el MOBI se descargan de manera automática y así pueden transferirlo a su lector de libros electrónicos favorito (eBook), según el formato que más les convenga o guste (incluyo la conversión para el Kindle) Sólo tienen que cliquear los Links.

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La ilustración que utilice para la portada es un boceto del inmenso dibujante Sebastián Cabrol, que me pareció que iba perfecto para los vaivenes de esta trama macabra.

Saludos!

Adrián Gastón Fares

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La máquina de hacer llover universos

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Hace unos años empecé con esta trama. Iba a ser un relato largo de ciencia ficción y aventuras, con varios protagonistas que eran enviados a un mundo paralelo, donde el protagonista iba viviendo situaciones que tenían que ver con la historia del mundo, como si hubiera algo programado que hiciera que cualquiera en determinado camino para llegar a una meta debiera pasar por estos escalones y desatar estos nudos argumentales. En el medio habría traiciones y pérdida terribles. Quería escribir algo de aventuras un poco dark. La cosa es que para esa época la tarea era demasiado. Me la pasaba corriendo de aquí para allá entregando cochecitos de bebé al correo en mi trabajo, y mi mente estaba luchando contra la tristeza de una ruptura, y a la vez, apuntando de vuelta al cine, desafiándolo.

Fueron momentos difíciles para mí y esta trama quedó frenada. En vez de seguirla, retomé la escritura de cuentos, desarrollé tres proyectos de largometrajes (o cuatro, mejor dicho, sin contar una serie de tv ), reescribí la novela Intransparente y luego hice lo mismo con otra más corta, El nombre del pueblo.

Hace unos días un conocido me contó que se había devorado El nombre del pueblo (que no está editada) de principio a fin en una noche. La trama de esa novela de misterio es bastante inquietante.

Aquí publico hasta donde llegué con este relato largo, entonces, que puede llamarse La máquina de hacer llover universos.

Por Adrián Gastón Fares

 

I

El concepto de evolución que en nuestro planeta mejoró un naturalista inglés en Mingus era religión. La conciencia había evolucionado y las almas eran los dioses. Como si fluyera sangre por las venas y las arterias de nuestro pasado mitológico. Los enemigos son eternos. Los amigos también. Las guerras invisibles son moneda corriente. Si encuentra el camino, o si la encuentran, el alma retorna al clan familiar. Ya sea para ayudar. O para vengarse.

II

A los veinticinco se mudó a vivir solo. Cruzaron en colectivo la Villa, como otras veces, pero ésta sería para no volver. Su madre le compró algunos víveres y luego desapareció. Duraron unos cuantos días. Flaco y alto, mucho no comía. Lo que ganaría como administrativo en un sindicato le permitiría pagar las expensas e invertir en su colección de soldados de plomo. Si permitía, como querían, que sus padres le pagaran sus gastos, terminaría como su hermano mayor: en la vereda de un edificio, después de intentar volar por los aires.

El día después de la mudanza era sábado y no tenía nada que hacer. Encontró en el alféizar de la ventana a una lagartija que después resultó ser un camaleón. A algún vecino se le habría escapado. Compró una jaula para el animal.

En esa época dominaban la Confederación los Altamiranos. Al principio defendían a los animales y una noche lograron liberar a una jirafa, a los elefantes y a dos monos del zoológico. Su perfil en la red social explotó. Se organizaron como partido. Dos años después controlaban con dinero a las fuerzas armadas y degollaban al presidente en una plaza. Marquita, que luego sería vocera en la Primera Junta, observaba el asesinato con el mono en brazos. Llovía.

Pronto las calles fueron controladas por perros mecánicos. Podían volar. Eran como murciélagos. Los hacían de diferentes razas.

Uno de estos perros, un desertor, modificado en su software original, fue el que me visitó la mañana del viernes 29 de agosto.

III

Soltó la puerta, que se fue cerrando a sus espaldas mientras me buscaba con su mirada.  Luego caminó con las alas caídas entre las filas de relojes antiguos. Se detuvo y levantó lentamente la cabeza hasta clavarme la mirada. Extendió el brazo metálico y abrió la palma de la mano. Un reloj de muñeca circular y negro. Partido. Una nube verde de olor pútrido ascendió en el aire y desapareció.

—Cómo te llamás?

—Héctor.

Le señalé el camino con la mano.

—Sentate en esa silla, Héctor.

Apesadumbrado, arrastró sus alas negras y se sentó.

—Cómo se llamaba el dueño del reloj?

—nAn

—Es un relator.

—Así es, señor.

—¿Hay que descifrarlo o sólo ponerlo en marcha?

—Descifrarlo. ¿En cuánto tiempo puedo venir a buscar la transcripción?

—En una semana tenés el presupuesto. El trabajo puede llevarme dos meses.

—nAn le va a pagar.

—¿Dónde está nAn?

—Perdido, señor. Con su transcripción, espero encontrarlo, y entonces él en persona va a venir a pagarle. Tiene mucha plata, nAn. Gracias al experimento. Debería saberlo.

—Yo no sé nada.

—Debería, señor—. Me dirigió una mirada de reproche.

Agarró el recibo que le extendí por el reloj, me dio la espalda y apuntó hacia la puerta.

Ni bien salió me puse a trabajar. Para reparar estos relojes de grafeno, sólo se necesita una contraseña que nosotros sabemos. Son irrompibles pero simulan romperse en situaciones justificadas. Dicha la contraseña, el reloj se recompuso y tosió. Estos bichos pueden reconocer la temperatura y la humedad. La última grabación era el 11 de diciembre de 3012b. La b minúscula indicaba que fue grabada en un mundo paralelo y es un signo que sólo reconocemos los iniciados.

No sé porqué, me limpié la garganta antes de decir:

—Quiero escucharlo.

La voz de mujer del programa relator, contralto, comenzó:

Atardecer. nAn camina por un sendero entre cardos y arbustos. Primero se saca el yelmo, luego dejar caer la capa con la cruz roja y por último la túnica blanca. Clava la lanza en el piso. Una liebre corre entre los árboles.  No tolera más Mingus. Pide a los Inventores, a través del comunicador, que lo devuelvan a la Confederación de las Islas. Nadie responde. Sus pulsaciones suben. Llega al tronco y se sienta. Escribe un nombre con un cuchillo en la corteza. No puedo descifrarlo.  Llora. Recomiendo que tome las pastillas que los inventores sumaron al kit de primeros auxilios. Deficiencia de serotonina. Come tres dátiles que tiene en su bolso. En el final del camino brilla el agua de un río. Ya en él, se agacha y bebe. Las pulsaciones suben más. Está mirando su reflejo en el agua. Cae. Pronto cesará mi relato. En el fondo del agua hay una puerta. Carcaza partida. Adiós mundo cruel, como dirían. El agua está envenenada.

Dije con vos firme:

—Quiero escucharlo otra vez. Esta vez lento por favor.

Comencé a transcribir a la relatora.

IV

Aunque algunos transcriptores trabajan de manera aleatoria, yo soy ordenado. Hay que empezar desde el principio, en cualquier disciplina y suceso de la vida el comienzo es lo más importante. Los iniciados trabajamos con el tiempo, otra forma de abordar la transcripción sería una falta de respeto. Nótese que la palabra iniciado sugiere un proceso puesto en marcha… Y aquí estaba yo frente a Bob, la mano robótica en mi mesa de trabajo que ya había levantado el reloj y lo sostenía frente a mi nariz. El relato iba a tener una connotación que me gustaba. El reloj había sido cargado con una relatora de gustos literarios anticuados: Tao Te King, Voltaire, Maquiavelo, Machen, Russell, Emerson. En las etiquetas también decía: vieja chusma, peluquera, maestra. Prendí mi pipa electrónica, exhalé el humo con sabor a mango, y dije: Prólogo, por favor.

A esa hora donde la desesperación y el cansancio del día transcurrido y la esperanza del día siguiente comienzan a llegar en oleajes programados y sucesivos que sumergen al cerebro humano en la indiferencia que le permite descansar, nAn, nuestro querido amigo, sale de su edificio y se dirige al restaurante de la esquina. La cita es con un periodista cordobés. nAn escribió un artículo que publicó en su blog en Internet sobre Baigorri Velar, el confederacionista que decía tener el poder de hacer llover. Con esto atrajo la atención de los fanáticos de los inventores de maravillas, la new age, la masonería, las fiestas agrarias, los hacedores de lluvia, entre otras entidades. En la entrevista con el periodista Chiquichuan dejó en claro que lo único que sabía del tema lo había volcado en el cuento. El periodista, desalentando por la falta de información sobre el hacedor de lluvia en sus búsquedas, preguntó si sabía dónde estaba la máquina. Sorprendido, nAn respondió, siguiéndole el apunte, que era imposible saberlo. Quería desentenderse del tema. Sólo era un cuento basado en una historia real que había ocurrido en el marco de un trabajo práctico mientras estudiaba cine. nAn era idealista, como su maestra de Reiki le había señalado, vivía en las copas de los árboles, y que cada tanto bajara a buscar algún alimento a la tierra, no lo independizaba de la angustiosa tarea de verlo todo desde arriba. Por lo tanto, a ese idealismo cocotero le convenía las historias donde un grupo formado por integrantes de los dos sexos emprende una aventura en que cada uno termina descubriendo su verdadero yo como si se tratara de clavar un dardo en el centro de un tablero suspendido en otro centro: el del universo. ¿Y si no hay centro? ¿Y si nuestra tarea es construir los tableros? Preguntas que lanzó al aire en Gerona el excelentísimo Olen.

Que nAn negara envolverse más con la historia de Baigorri era un extremismo: su idealismo cruzaba la línea del escepticismo y ahí, por instinto de conservación,  se quedaba. Con la cabeza mirando hacia atrás, como quien mira un coche que pasó rápido ocupado por alguien que le pareció conocido. Y de la mano de un difuminado fantasma que le tiraba hacia delante…

No es por criticar, pero nAn nos contó que a veces se paraba frente a sus soldaditos de plomo, confiriendo facciones imaginarias a esas caras romas y lustrosas, y les encomendaba diversas aventuras a realizar durante la noche. A la mañana siguiente comprobaba que estuvieran todos los muñecos en su lugar. Un día había faltado uno. Observó con recelo al camaleón inmóvil en su jaula. Así terminaba su idealismo.

La semana siguiente de la entrevista en el restaurante nuestro querido nAn recibe una llamada de un personaje de voz aletargada, como si estuviera bajo los efectos de alguna droga potente pero esquiva. El personaje se hace llamar Rey de Rocanrol. El rey de roncanrol guarda un secreto importante.

La máquina de hacer llover estaba abandonada en un galpón en Gerona. Este lugar queda en España, doce o trece horas al oeste de Confederación de las Islas. El Rey del Rocanrol lo invitaba con pasaje pago a Gerona con el objeto de salvar a la fabulosa máquina de la destrucción definitiva, programada por uno de sus compañeros del colegio Marista, Olen Huelen. No indicó las razones por las que nAn era requerido para el salvataje. Pensando que es una estafa, nAn cuelga el teléfono.

El día siguiente nAn es interceptado por una camioneta negra, cuya ventanilla expulsa una cabeza masculina de melena rubia y enrulada, con un tatuaje en el cuello, que pregunta por una dirección. A nAn le suena como la calle de otra isla. La puerta trasera del vehículo se abre y nAn es obligado, por un humano delgado y sin cabellera alguna, a subir al vehículo, donde queda atrapado entre este humano y otro de mayor edad y vestimenta y peinado símil Elvis. El Rey del roncarol le explica la situación: viajará urgente con él a Gerona para investigar a la máquina del ingeniero Baigorri y prestarse a un experimento. Intenta negarse pero recibe un culatazo en la cabeza.

A la caza

Es de noche. Una casa grande se eleva tras un jardín. Las habitaciones están sumidas en la oscuridad. Salvo dos: una repleta de personas divididas en pequeños grupos, y otra que tiene un suave resplandor que titila.

El living está en penumbras, sólo el árbol de Navidad brilla intermitente en el lado de la habitación opuesto a la puerta. Es un árbol grande y está repleto de luces. Se escucha el tic-tac del reloj de péndulo.

La puerta se abre; una pequeña silueta entra, la cierra suavemente, y empieza a caminar hacia el árbol de navidad. Se tropieza en el camino con la pata de una mesita y casi pierde el equilibrio. Llega al lado del árbol. Busca entre sus ropas. Saca un cable, fino y largo. Mira el árbol, se agacha un poco y estira los brazos, porque el pesebre le impide acercarse más. Mueve las ramas inferiores, con cuidado de que no se caiga ningún adorno, y agarra uno de los cables de las luces del árbol. Atrae hacia sí una luz rojiza. La desenrosca. Después, conecta la punta pelada del cable anaranjado que tiene en la mano en el agujero donde estaba la lucecita. Pasa el cable por atrás del árbol. Lleva la ficha del cable anaranjado unos metros a la derecha y, todavía agachada, la silueta trata de embocarla en el tomacorriente. Lo logra. Mira el reloj de péndulo a sus espaldas. Se queda agazapada detrás de un sillón. Mira el reloj. Mira hacia la puerta. La sonrisa de la pequeña silueta se convierte en una mueca de desilusión. Mira el reloj. Mira hacia la puerta. El árbol. El reloj. La puerta.

Alguien maldice al tropezar detrás de la puerta, y la silueta se agita. Una sombra larga irrumpe en la habitación. La poca luz deja ver una barba blanca y un capirote rojo con un pompón en la punta.

Papá Noel trata de acomodarse el capirote, que casi pierde en el tropezón. El reloj de péndulo da la primera de las doce campanadas. Papá Noel está de pie, mira hacia todos lados y pregunta con voz grave si Julieta, Tomás o Nando están por ahí. Cuando termina de sonar el reloj, se agacha para agarrar un regalo. La silueta detrás del sillón cierra los ojos. Papá Noel mete ese regalo y todos los demás en su bolsa, y cada vez que se agacha, la silueta cierra y aprieta los ojos.

Papá Noel camina hacia la puerta, va a salir y se detiene. Escucha un zumbido eléctrico. Se da vuelta. Una de las lucecitas está largando chispas.

Camina hasta el árbol y nota que las chispas provienen de un cable que está conectado en el lugar de la lucecita. Papá Noel estira su mano para tocar el cable. La silueta se asoma de su escondite.

Papá Noel se estremece frenéticamente sin poder soltar el cable. Cae al piso. El árbol de navidad se apaga. Pasos en la oscuridad. Se prenden las luces.

La nena corre hasta el cuerpo en el piso. Le saca el gorro y la barba. Por un momento, lo mira triunfante.

La puerta se abre. Dos viejas empiezan a gritar.

 

por Adrián Gastón Fares

 

 

 

Sobre Intransparente (Novela)

 

Resalto otra vez esta novela que creo que merece una leída de los que siguen este sitio (y de los que no también) Pueden comentar lo que gusten.

Intransparente. Novela. (Ficción, Narrativa Argentina) Escrita y publicada por Adrián Gastón Fares. Géneros: Intriga, psicológico. 180 páginas aprox.

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PREFACIO

Aquí publico gratuitamente mi última novela ahora llamada Intransparente.

Con los Links que están arriba pueden descargarla  en versión .mobi (Kindle), .epub (FBReader otros dispositivos para leer libros electrónicos), y leerla directamente en el explorador en PDF.  Son links seguros. Además, tuve que aprender maquetación de libros electronicos para llegar a esto, así que bajen con confianza.

PD: Dado a las complicaciones y placeres de mis problemas de audición, solucionado sí con audífonos, pero viejos (no desesperen ya me darán los nuevos, supongo, y sino los compraré afuera porque las Instituciones en este país no existen; hace 5 años que los pedí a la Obra Social (OSPESA) y ni la Obra Social ni la Superintendencia de Salud dieron un paso, a pesar de la cantidad de trámites que hice, para que los tuviera) y a un Premio por el que todavía no vi un centavo a los que le guste mi novela y quieran ayudar para que me compre unas pilas para los audífonos o sumar algún centavo para que siga comprando anotadores para escribir pueden donar aquí:  PayPal.Me/adrianfares

Otra aclaración: La portada es de mi autoría, con la ayuda de Gabriel Quiroga (a quien le encargué la Ilustración) Este ente transparente se llama: Santiago Cooonde.

Adrián Gastón Fares

Los encantados

Monjas Fotografía del autor Adrián Gastón Fares
Monjas Fotografía del autor Adrián Gastón Fares
Lluvia y monjas Fotografía del autor Adrián Gastón Fares

Le serví el té a la señora con una tarta de manzana espolvoreada con canela.

—Nena, estás preciosa hoy ¿Te das cuenta el color de piel que tenés? Fijáte.

Sacó un espejo. Mi piel estaba bastante bien, algunos puntos negros nada más.

—Necesita anteojos—le contesté.

La señora, con una expresión algo más amarga, siguió sonriendo.

—Qué pena que no tenga nietos, señora.

—Matilde, ninguna señora, ya te dije, además te conté que no tuve hijos, ¡cómo voy a tener nietos!

—Es un deseo nada más.

—Los deseos pedílos para vos— Miró hacia la calle. Así parecía darle la espalda a su pasado.

La señora era muy flaca, con los hombros un poco caídos, y se teñía el pelo de un rubio ceniza, como para que no se notara tanto.

Seguí atendiendo hasta que escuché la ambulancia.

Afuera, en la acera, había una señora de la edad de Matilde, unos ochenta años, pero rellena. O por lo menos eso parecía tirada en el suelo.

Javier, mi compañero, volvió y me contó que la vieja se había partido la cadera. Mientras, Matilde había dejado su mesa y ya estaba al lado de la accidentada. Aproveché que Rodolfo estaba en la cocina y salí detrás de ella.

Los labios de la vieja temblaban. Al fin logró pronunciar una palabra.

—Alejandro.

—¿Quién es Alejandro, señora? ¿Su hijo?—preguntó Matilde.

—Mi nieto.

Los labios de la mujer siguieron temblando.

El de la ambulancia ordenó que se corrieran porque la iba a ubicar en la camilla a la señora. Matilde me miró un segundo, y tomó una decisión.

—Tomá, nena—. Me dio unos pesos—. Me voy.

Y se subió en la ambulancia con la vieja accidentada.

A los dos días volvió. Le pregunté sobre lo que había pasado. Llovía. Matilde parecía preocupada pero esta vez no por su pelo.

—No sabés cómo lloraba esa mujer en la ambulancia. El médico me dijo que en el estado que tiene ella, partirse la cadera… Qué mala suerte.

—¿Y quién era ese Alejandro— le pregunté.

—El nieto. Me pidió que vaya a visitarlo, que necesitaba llevarle las pastillas. Había salido para comprarle eso.

—¿Es enfermo?

—Depresión, creo.

—¿Y fue?

—Nena, no me animé. Dice que no quiere hablar con nadie. Vive encerrado.

—Hikikomori.

—¿Fujimori? Qué tiene que ver.

—Hikikomori, dije, señora. Es una expresión japonesa. Son los que no salen de la casa. A mí me gusta la cultura japonesa, Matilde. Leo mucho… libros.

—A mí no me gustan los japoneses.

—Bueno, son gustos.

—Me dijo que apenas habla, que se la pasa en la maquinita… en la computadora ¿Y si es un psicópata? Cómo le voy a llevar comida.

—¿Le pidió que le llevara comida también?

Matilde asintió.

—Espere.

Fui a la cocina y armé unos paquetes.

—¿Vos te pensás que no cocino, no?

—No, señora, es para que sea más fácil.

—¿Para el loco ése?

—Por ahí no es loco.

Matilde se quedó mirando por la ventana un momento. Inspiró hondo y expiró largo.

—¿Qué hace?

—Eso me enseñaban en yoga…. Dame, nena.

Me sacó la comida de la mano, se incorporó, apoyándose en la mesa, y caminó hacia la puerta.

La lluvia trajo a muchos clientes y ese día pasó rápido. Javier no me miraba. Me pedía opiniones sobre las chicas que intentaban seducirlo. Yo hacía rato que estaba en Argentina pero Javier hablaba con encanto, era moreno, musculoso, alto. Cuando entré pensé que iba a pasar algo entre nosotros. Pero no pasó nada y yo con las ganas. Esas esperanzas que no son buenas.

Al otro día estaba sirviendo un desayuno. Vi que Matilde me llamaba desde enfrente, cruzando la calle. Le pedí permiso al encargado.

—El Fujimori tiene la barba por el piso. Es alto. Sin barba sería un chico lindo, pobre. Pero está arruinado. Si hasta debía haber pulgas ahí. No me quería abrir la puerta al principio.

—¿Y cómo hizo?

—Le dije que su abuela se había muerto.

—¿Se murió?

—No, ¿sos tonta? Pero se lo dije para que me abra.

—¿Y le abrió?

—Sí. Y me miró con los ojos redondos como platos. Estaba en otro mundo. Había humo… Humo de la cocina no era.

—¿Y comió?

—Me sacó las pastillas de la mano. Está flaco como un esqueleto. No quiso comer.

—Tengo que volver porque si no me retan, señora.

Crucé. Me pareció que la señora me llamaba.

Rodolfo estaba con esa cara de culo que ponía cuando yo salía un momento. Si no era para sacar a los que entraban a vender cosas no me lo permitía. Yo los acompañaba hasta la puerta porque a Javier una vez le habían pegado. En cambio, conmigo no se metían. Rodolfo decía que yo tenía algo que calmaba a la gente.

Al otro día tuve franco. Así que estuve en la cama bastante, me hice las uñas, terminé de ver la serie, traté de meditar, hablé un poco con un chico, un argentino de esos cancheros de la zona, y me fui a leer a la plaza un libro. A la noche descorché un vino, estudié un poco, por suerte faltaba para el examen, pensé que iba a tomar la mitad pero me lo tomé todo.

El día siguiente ni bien llegué la señora me estaba esperando con la expresión más dulce del mundo.

—Nena, ¿se puede saber cómo te llamás?

—María.

Se hizo la señal de la cruz.

—¿Qué hace?

—Está endemoniado ese muchacho. Poseído. Se tiró en el piso y gritaba.

—¿Usted cree en esas cosas?

—Yo no pero la vieja dijo que lo maldijeron.

—¿Cómo está?

—¿La vieja? Está mal. Cada vez, peor. Delira. Que la última novia vaya a saber qué le hizo a su nietito.

—¿Quiere que le prepare comida para llevarle?

—Ya le llevé— Matilde fue tajante —. Le hice un estofado—. Qué raro una mujer de antes que no supiera mentir, pensé.

—¿Y le gustó?

—No come el encantado.

—¿Y sigue sin salir?

—No sale ni a palos. No habla mucho tampoco. Por lo que pude escuchar de la vieja, desde que lo dejó esa chica quedó así medio estúpido.

—¿Tiene paranoia? ¿Se piensan que lo persiguen? ¿Es bipolar? ¿Autista?

—No es un maníaco. Le dan pastillas porque no puede dormir.

—Bipolar no es un maníaco, señora. Yo estudio psicología, sabe.

—Yo no creo en esas cosas.

—¿En qué cosas?

—En la psicología.

—Pero no es una religión.

—La vieja me contó que el Fujimori ese fue a un montón de psicólogos. Que se gastó la jubilación de ella en eso.

—No habrá tenido suerte.

—Y supongo que no. Está… rayado… rayado pero muy triste, yo me doy cuenta, y melancólico.

—Tendrá depresión entonces ¿No dijo eso?

—Las pastillas que les llevé son para dormir.

—Entonces es insomne.

—A mí también me cuesta dormir. Tomo unas parecidas pero yo me alimento como verás—. Se llevó un pedazo de tarta a la boca y masticó con ganas.

—Espere.

Fui a la cocina y volví con un paquete lleno de dulces esta vez. Matilde sonrió. Miraba la mesa, pensativa. La situación parecía superarla. Javier estaba hablando con una chica pálida de esas de este país que no dicen nada. Más las de esa zona, era como si les faltara algo, gracia, no sé. Lo dicen mis amigos argentinos. Y también lo decía Javier. Aunque después salía con ellas. Fui a atender a una pareja. Cada uno estaba en lo suyo, con celulares en la mano a la altura de sus rostros. Después atendí a otros que era primera cita.

El señor que me miraba siempre el culo.

El que tenía “conversaciones importantes”

La chica que venía con las amigas y se rían dos horas.

Ese chico que escribía y escribía y tomaba un café tras otro y no dejaba nunca propina o dejaba poco.

El otro tipo que me miraba el culo. Y que una vez me había invitado a salir.

El viejo que miraba la carta y no entendía nada.

Había tantas caras y yo me acuerdo de todas. Nunca las olvidé.

Y tuve otro franco que terminó con una botella de champagne de las pequeñas. La disfruté y luego prendí unas velas, me senté en la alfombra a meditar, tenía que pensar porque quería estar en mi país frente al mar, pero me costó visualizar el mar, si lo veía era el mar de acá, las playas ventosas y frías, que me gustaba pero menos. Luego prendí un puro, tiré humo para alejar a los malos espíritus que pudiera haber en ese edificio tan grande que parecía una pirámide. No sabía ni cuantos vecinos tenía. Eso me daba miedo. Tantos profesionales. Para qué estaba estudiando psicología si en mi edificio ya había ocho psicólogos, casi uno por cada piso.

Llegué al otro día con ganas de trabajar y olvidarme de todo, de la carrera, de mi edificio, de las burbujas del champagne, de la playa, de los espíritus en los que apenas creía.

Y ahí estaba Matilde. Hablando con Rodolfo.

Apenas puse el pie en la alfombra de la cafetería me agarró del brazo y me sacó afuera. No pensé que tuviera tanta fuerza.

—¿Qué hace, señora?

—Matilde, te dije, caramba. Vamos. Convencí a ese pelado de que te dejara salir.

—Tengo que trabajar.— Logré soltarme de ella, mientras Rodolfo negaba con la cabeza, como diciéndome que me fuera.

—Le conté a Rodolfo que se murió la vieja. Le quise pagar tu día. No quiso. Vamos. Tenemos que ir al velorio. También lo convencí al Fujimori.

Me di media vuelta.

—¡Señora!

—¡Vos vas a ser una señora! Yo no. Dale.

Matilde paró a un taxi. El coche casi la pisa.

—¿Me quiere decir adónde vamos?

—Al cementerio.

—Qué bien.

—El chico no es feo.

—¿Qué chico?

—A vos te gusta el Javier ése que no te da ni la hora. Además es colombiano y te va a meter los cuernos.

—¿Por qué dice eso?

—Mi amiga tuvo un novio colombiano. Le metió los cuernos.

—¿Y usted qué quiere?

—Dejá de decirme usted, carajo. Acá se dice: vos ¿No, señor?

—Si usted lo dice—contestó el taxista que no era argentino tampoco.

—Más vale que le sonrías.

—¿A quién?

—A Alejandro.

—¿Fujimori?

—El nieto de la Betty que murió la pobre con el nombre de él en sus labios.

—¿Qué es lo que quiere?

—¿Vos no me dabas paquetes para él?

—Sí.

—Bueno, yo tampoco voy a vivir para siempre y la vieja se murió. No es malo el Fujimori. Lo afeité un poco y todo.

—¿Qué quiere que haga?

La señora en vez de contestar me dio vuelta la cara y se puso a mirar por la ventanilla. Hice lo mismo. Era un día de la semana ajetreado, colas en los bancos, una manifestación que había cortado la avenida. Nuestro chófer sacudía la cabeza afligido.

—Este país—murmuró, clavándome la mirada por el espejo.

Matilde dijo sin mirarme.

—Le prometí que su ex novia iba a estar en el cementerio.

—¡Pero seño… ¡Matilde!

—Pero era para que él viniera al entierro, nena ¡Es su abuela!—. La señora se dio vuelta y me miró. Sus ojos tenían un brillo que nunca había notado—. Y quiero que estés ahí.

Tragué saliva.

Matilde no volvió a hablar hasta que en el cementerio Alejandro repitió mi nombre.

 

por Adrián Gastón Fares

 

Las cartas negras

Fotografía del autor A. G. F. "Contrapicado"
Fotografía del autor A. G. F. "Contrapicado"
Fotografía del autor. “Contrapicado”

Sudar no es lindo pero la adrenalina es inspiradora ¡¿A qué no?!

Algunos cuentan cinco, otros seis. Los más atrevidos dicen que diez. Los paranoicos buscan coincidencias numéricas y tiran doce como el número de la casa donde escribo esto o el día que ella nació. Ya se sabe que fanáticos nunca faltan.

Y menos en casos bien conocidos como este.

Y los que hablan de brujería ¿Saben lo que es la brujería? No hasta que se dejen prender fuego. Decíamos. Y nos reíamos a carcajadas.

Llamó la atención que ninguno de los cadáveres, sean hombres o mujeres, tuviera la cicatriz de la vacuna en el brazo. Cocido en su lugar el ombligo. Qué detallista.

El psicólogo y los psiquiatras coincidieron en que su estado mental no era el mejor. Todos esos dibujos con círculos, agujeros. El lápiz hasta que la hoja se rompiese y casi horadase la mesa. Hay que tener fuerza, ¿no? Hay que saber hacerlo sin gastar el lápiz. No tiene explicación. No importa. Me pierdo.

Su discurso era coherente. Aún con tranquilizantes. Coincidían en que mi media hermana era peligrosa, sin dudas. Psicópata, tal vez.

La verdad que era bastante inestable. Se entiende. Que su locura la llevara al arrebato incontrolable de otras vidas. Es parte de lo complejo que se vuelve simple ¿Saben de lo complejo que se vuelve simple? Ella sabía.

Pasa siempre, teorizaba.

Para perfeccionar su arte de matar lo usaba.

Vestía los cadáveres a gusto y los estropeaba con sus agujas.

Me di cuenta hasta donde podía llegar en mi cama.

Cerró la mano alrededor de mi cuello y lo apretó hasta la asfixia, mientras me montaba con las rodillas flexionabas.

En la calle ya lo había hecho con mis manos. Apretaba sus dedos sobre los míos hasta que dolían.

El orgasmo fue fuerte. Que me derramara sobre ella me causó una paz que todavía me dura.

A veces me preguntó si es esa paz la que hizo que pudiera aguantar la soledad en esta casa.

Hay cosas que duran y duran ¿No?

Sobrevino un embarazo. Ella pensó que era el hijo del medio estúpido David, que no tenía problemas con eso porque era un hombre grande, que estaba enloquecido por mi media hermana. Un hijo no le venía mal, y menos uno que perpetuara su apellido.

David la había acompañado al oftalmólogo cuando ella empezó a quedarse totalmente ciega. Pero eran las veces que yo la acompañaba cuando gritaba porque le clavaban esas agujas. Con David las aguantaba.

Mi media hermana ocultaba esa deformación casi inexplicable.

Sus ojos. La esclerótica derramaba un blanco lechoso en el iris que pasaba a la pupila. O al revés. Es lo mismo ahora.

Los ocultaba con anteojos, por lo menos desde la adolescencia. En primaria y secundaria usó lentes de contacto de colores. Así que su iris fue verde luego de color púrpura y luego marrón para terminar en la negrura. Hasta que se los sacó y los revoleó en el baño del colegio en último año. Tremendo susto se pegaron esos inadaptados.

Pero no tanto porque eso fue cuando los demás ya la conocían y no se asustaban al verla. Cuando ya eran hombres y mujeres acostumbradas a casi todo. A que los maltrataran, a que los padres fueran exigentes.  Hasta que las lágrimas saltaran, ¿no?

Tal vez que tuvieran que decidir si eran mujeres o varones. Las flechas no siempre apuntan hacia donde los demás quieren, ¿no es así? La rosa de los vientos… La que en esta casa ya no gira. No sé.

Sé que cuando el fluido llenó sus ojos se quedó ciega. Ella no estaba preparada para eso. Nadie está preparado para una inundación, no importa lo cerca que esté el río de su casa. Eso les comentó a los psicólogos. No sabían qué responder.

No siempre vibramos de amor.

De chico me mareaba.

Me sofocaba en mi casa.

Los estudios médicos daban todos bien. No tenía nada en la garganta, ni en el esófago ni en ningún órgano vital. No había razón física para mis ataques.

Pasé por un hospital lleno de pacientes con problemas más tangibles.

Pastillas como las que más tarde le darían a ella.

Miraba la pared y apenas sonreía.

Luego, otra vez en casa, cada dos por tres enfermaba.

Mientras mi hermana necesitaba más a mi madre porque, claro, ella había nacido casi ciega y su padre no había abierto jamás los ojos desde la noche en que los de su querida se cerraron, yo más me enfermaba. Mi madre no sabía cómo repartirse con los médicos. Pedía ayuda a sus amigas del barrio.

Me llevaban.

Hasta que mis enfermedades comenzaron a menguar, y mis ojos, que claro, ya se veían descoloridos en el espejo, volvieron a tomar el color que pueden ver en las fotografías, en las noticias. Estuve a punto de ser como ella. Pero el espejo no me lo permitió. Pude retroceder a tiempo.

No entiendo cómo pueden verla como una víctima.

Ni a mí tampoco.

No hay secreto. Sí un ánimo de vindicación con lo que son como el padre de ella, los que no ven. Pero muchos hombres y mujeres deberían ser más fuertes que uno. ¿No? No sé…

El padre de ella negaba absolutamente la enfermedad de su hija. Para él su hija tenía los ojos tan normales como las demás. Era imposible sacarle esa venda a ese hombre que había perdido a su mujer anterior. La madre de ella. Eso hizo que cerrara la cortina de su negocio, y también la de su vida. Y mi madre estaba ahí para ayudarlo, para sacarlo, para mimarlo, lista para hacerlo sobrevivir.

El que no veía era él, no mi media hermana. Pero la realidad…  En fin, saben cómo es la realidad. Lo que se ve no siempre es lo que es.

Nunca pensé que iba a tener tanto placer con la hija de ese abogado arriba y yo abajo, extasiado. Dicen que la primera vez no se olvida. Y menos cuando es así.

Y fue en una de esas noches cuando le dije que la cicatriz de su vacuna de nacimiento era demasiado evidente. Ella no lo soportó ¿Otro agujero deforme en su cuerpo? La contuve como pude. Volviendo a estar dispuesto, en fin… Después van a estar comentando estas cosas en las noticias.

Se trata de que estoy dispuesto a admitir de que soy tan culpable como ella. Uno tiene que medir las palabras. Más las que larga ante alguien que no ve. O que ve poco. Es como si las absorbiera.

Ahí fue que me pidió que le pasara  mis dedos sobre su estómago para demostrarle la forma de la cicatriz de la tuberculosis, la del brazo.  Con dedos pegajosos, sucios de lágrimas y otras cosas, lo hice. Esa gota rebalsó el vaso. Lo sé.

Habíamos llorado.

Nuestro suicidio no sería posible y cada uno debía buscar una vocación de ahora en más. No nos íbamos a dedicar a dar lástima.

Elegí la antropología. Y ella comenzó su relación con la muerte.

Con las personas de las que se tomaba del brazo para cruzar la calle. Los encerraba en el altillo de la casa y modificaba sus cuerpos.

El ombligo lo colocaba a la altura de la arteria humeral, en el brazo. Me decía que podía ver el color azul de las arterias. Un resplandor blanco que a veces se tornaba azul y que se intensificaba donde la sangre se acumulaba.

Sus invenciones las hacía entre el hombro y el codo. Nunca erraba. Eran dos cicatrices, decía ella. La umbilical y la de la vacuna contra la tuberculosis. Recordaba que el fórceps y un minuto sin oxígeno la habían dejado ciega. Habían pintado sus ojos, como ella decía.

Células muertas.

Médicos de mierda.

En el tanque de la casa, en vez de agua se acumulaban los cadáveres de los profesores, de una compañera, de un acompañante terapéutico, de mi profesora de particular, de un taxista, de una vecina.

Flotaban sin ombligo. Y el agua los deformó hasta que ese agujero se hizo enorme,  como ojos de esos dibujos japoneses dijo el forense.

Mangas que yo leía en voz alta a ella porque le encantaban. Una vez que uno empieza a leer al revés un libro no para.

Es ver el mundo como si retrocediera y tuviera sentido.

Y ella los llevó a todos a su estado inicial, al suyo digo, a la herida de nacimiento, a los agujeros lechosos que flotaban en su cara.

Hoy me tocó visitarla en la cárcel de mujeres. Hay otras mujeres. Algunas peligrosas, otras no tanto, pero que habían hecho lo que podían para sobrevivir frente a un hombre tan peligroso como ellas, o que simplemente habían matado a sangre fría, como las leonas lo hacen, desgarrando los músculos, chupando la sangre, hay de todo, hombres o mujeres, ya saben, el hilo se tensa hasta que se corta. Y luego tira cosas, ¿no? No sé si me entenderán…

El padre de ella la defendió bien.

Se comieron tan bien la historia del amante de mi madre. Yo no estoy en desacuerdo, ¿saben?. Todavía creo que la única justicia que existe es la del corazón.

Me desnudé para que vean que no traigo nada escondido.

No importa cuántas veces lo haga me sigue molestando.

 ¿Qué hice yo para pasar por eso? Sólo quiero visitarla.

Caminé hasta la habitación blanca. Ella me esperaba. Se levantó la remera. Me mostró el dibujo. Como una contraseña o un prólogo. Una raíz le crecía ahí. De la mugre. No le dije que parecía una rama de un rosal cubierta de hongos como esas que trataba de trasplantar su abuela en un frasco con agua y no le salía a la pobre.

Su espalda recortada contra el ventanal. Es distinto ver las rejas con ella adelante.

Le comenté que pronto la dejarían libre. Entonces se dio vuelta como si fuera un tornillo y me ordenó que vaya preparando todo. Escribo porque ni bien ella llegue ya no podré. Habrá muchas cosas que hacer.

Necesita más cicatrices. No sabe cuántas.  Y que los que quieran arreglar el mundo la tomen de la mano y la ayuden a cruzar.

Recién cuando el agua que tomábamos sabía peor que la que tomaba mi madre tuvo que empezar a plantar cuerpos en otros tanques de agua. Los vecinos ni se daban cuenta.

Le tenían tanta confianza que la invitaban a tomar el té y la dejaban sola en la casa, sabían que podía alimentar a los animales en sus vacaciones, que era ciega pero no estúpida, que en la oscuridad podía manejarse como nadie, que ella se dejaba llevar por el aire hasta que llegara donde tenía que llegar, y que sus animales estaban más a salvo con ella, que no veía el oro, ni las joyas, ni los electrodomésticos, que con otras.

Dirán que soy cómplice.

Pero un cómplice en construcción. Por ahora es todo posibilidad, incertidumbre, y esas muertes están tan lejanas como mi media hermana atornillada en la cárcel. Tan inconmovible y atrapada como el agua en el tanque de agua de la terraza.

Apenas se la llevaron empecé a tomar agua mineral. Los caños dejaron de funcionar bien. Me dediqué a arreglarlos. Compré destapadores líquidos y metí alambre y empujé con fuerza hasta sudar.

Ahora resuena el crujido del motor. Al fin.

El agua está subiendo.

 

por Adrián Gastón Fares

 

 

 

Señor Nada

Extraído de mi novela, El nombre del pueblo. (La ilustración es un boceto de Sebastian Cabrol)

La leí una vez, apoyado en el tronco de un sauce, y mis pensamientos fueron sorprendidos por lo que ese relato sugería. Una de las peripecias del personaje de esta novela, escrita por uno de nuestros primeros escritores –que, ¡ay!, no firmaban sus libros– y ambientada en una imaginaria ciudad, era el paso por un terreno baldío del que no había salida. El chico iba allí a juntar ranas con sus amigos y cuando intentaron volver a sus casas para merendar descubrieron que los yuyos se habían convertido en inmensas matas y cuando se acercaron, un tigre salió a enfrentarlos.

En ese momento, ellos advertían que el tigre no era más que un hombre disfrazado. Sin embargo, los yuyos seguían alzándose, infranqueables, y los amigos no encontraban la salida. El protagonista, recuerdo que su nombre era Luisito, entonces se adelantaba y enfrentaba al tigre con esta pregunta. “¿Por qué se escondé, señor, bajo esa manta?” Ya que los chicos se habían dado cuenta que el artificio del tigre no era más que una sábana oscura donde habían pintado las fauces de ese animal. Un ventarrón, entonces, volaba la manta y surgía un tigre de verdad, que rugía como un trueno y tenía garras que arañaban y desplazaban el aire, despeinando el flequillo de los chicos. El felino, antes de devorar a los tres niños y ser luego muerto por Luisito –lo atragantó con un fruto de esa imposible selva–, repuso: “Nunca debieron preguntarlo”

Hoy recordé la historia, y con ella, la que a mí me sugirió. En ésta, el tigre seguía siendo hombre y los chicos vagaban muchos años en el terreno baldío devenido selva, preguntándose cuál era el error de esa magia, en qué se había equivocado ese dios que bien sabía convertir los yuyos en gigantescos árboles pero que les había mandado un tigre tan patético. En mi historia, el hombre que pretendía ser tigre seguía rondando a los chicos y trababa de asustarlos sin efecto alguno hasta que, ya anciano, fallecía. Los chicos –lamento que Luisito jamás pueda convertirse en héroe; en el libro lograba salir del terreno baldío, abandonaba la ciudad y tras innumerables desventuras fundaba un pueblo–, no duraban mucho más; morían de tristeza y soledad porque no sabían qué hacer en la selva, y porque no habían sido comidos por el defectuoso tigre.

Soy el hombre que debió ser tigre, viejo y triste, perdido para siempre; pero si levantan la manta, descubrirán que también soy esos chicos.

Adrián Gaston Fares

PD: Hace poco me escribieron para decirme que El nombre del pueblo atrapa y no suelta.

Venimos a buscarte. El joven pálido 19

El joven pálido dibujo del autor, Adrián Gastón Fares

El joven pálido dibujo del autor, Adrián Gastón Fares

Ordenada comida en el pasto,
cariño y paciencia
ese te curo las heridas
sangría
transformación de la alfombra de faquires
de su hogar y su abolengo
en razonable felicidad
y el despeñadero ahí nomás,
esperándolo
libros y sueños
mentiras
sobre otras mentiras
¿para qué lo buscaron?
el camino angosto
el tren con la madre y la amada
el lenguaje de signos
la reiteración
las palomas cagadoras
como si algo se le hubiera caído en el camino
y vaya a encontrarlo, señor

venimos nosotros a buscarte
a guiarte
pero no podemos hacerlo todo
y el mundo está dado vuelta
desde el principio, Joven Pálido

un error

porque los errores suceden
y las personas son

nuestros planes no pudieron cumplirse,
y te caíste y te lastimaron,
y dejaron que te lastimen

y sólo tu fuerza evita la destrucción
las manos de los muertos
desanudándose
tu mirada libre
como la pantalla del cine que se expande en la oscuridad
y tus ficciones riéndose a carcajadas
charlando entre ellas
pasándose el mate
a qué conclusión llegarán?
te pensarán también como un indeseado?
esas historias jocosas
festín de socorros, imágenes y letras
para qué sirven?

la felicidad no se puede soñar.
es el triunfo inmerecido
y la mañana certera.

 

por Adrián Gastón Fares

Walichu, Look and Feel, en exclusiva

 

 

(Aclaración: Este video está subido como No Listado a YouTube, por lo que sólo puede verse en este sitio)

El Look and Feel es una herramienta que se utiliza en el mercado audiovisual (y más que nada en otros negocios) para transmitir la esencia, el color y la textura, de una película.

Una vez que tenemos el guión, el scriptment, los conceptos gráficos, las propuestas estéticas, el storyboard, shooting, y todo lo necesario para rodar, a veces es necesario hacer un Look and Feel. Lo piden; es así. También puede hacerse antes, claro, depende. Pero hay cosas más importante que el Look and Feel, si uno quiere alguna vez rodar la película. Y aquí haré una digresión.

Una son las cosas que uno necesita, y otra las que piden terceros. Dentro de las que piden terceros en este asunto cinematográfico está el Look and Feel. Lo más grato es cuando lo que piden terceros concuerda con lo que uno necesita. Por lo tanto, el Look and Feel es una herramienta no grata para un cineasta. No es necesaria. Suele usarse para acompañar el pitching (el monólogo de stand up del director de la película o el productor para vender la película)

Pero si se hace, los Look and Feel suelen estar construidos con imágenes de otras películas editadas de una forma particular, con un sonido distinto, con una música que acompañe. Es lo que aconsejan los organizadores de eventos cinematográficos.

Boceto de Gualicho del ilustrador Sebastián Cabrol
Boceto de Gualicho del ilustrador Sebastián Cabrol

Despertar un sentimiento que resuene es el objetivo de un diálogo para cine, de una vuelta de tuerca, de una escena. Podríamos definir la resonancia de una película, cinta, largometraje, o feature film, como lo que hace que perviva de generación en generación. Tal vez más por eso que por Gualicho estén algunas de estas películas en el video.

Lo comparto más intrigado de mostrar este tipo de material para que lo vean quienes me leen y miran, que de andar guardando cosas que me han llevado mucho trabajo y tiempo construir, como esta, que hemos desarrollado con Leo Rosales, el notable editor, y el otro productor de Gualicho.

La película no tendrá mucho que ver con esto que verán a continuación, debo decirlo (o que han visto arriba)

Armé una lista de películas para dar una sensación, una emoción, que se acerque a la que quería transmitir con Walichu (que también es Gualicho por ahora) Una de las películas en las que pensé para una escena de Gualicho es Four Nights of a Dreamer, de Robert Bresson, pero esas imágenes no están en este video.

Como el gran editor que es Leo Rosales ha hecho maravillas con las imágenes y no puedo dejar de mirar este video sin sentir algo.

Unos amigos uruguayos querían saber a qué películas pertenecían estos fragmentos, que hemos unido con una canción que descubrí hace años con la banda Yo la tengo que se llama My little corner of the world.

My Little Corner of the World tiene muchas versiones.

Al final, pensé que el video no me iba a mover ni un pelo, pero no fue así.

Tal vez resulte entretenido descubrir cuáles son las películas con las que armamos esta presentación.
Es un clip para escuchar con los auriculares o con el volumen alto.

Gualicho

Walichu Poster de Producción Diseñado por Gabriel Quiroga
Walichu Otro Póster de Producción Diseñado por Gabriel Quiroga

Look and Feel

Idea, Guión y Dirección: Adrián Gastón Fares
Edición: Leo Rosales.
Link:
Saludos!
Adrián Gastón Fares
PD: este Look and Feel fue sólo proyectado en Ventana Sur 2017, Le Marché du Film, junto a otras presentaciones de las sesiones de Pitching y Meeting Tables, y fue uno de los requerimientos del mercado. También ha sido compartido con algunos técnicos de la industria cinematográfica, como el director de fotografía Marc Spicer, y si mal no recuerdo, el DP Antonio Riestra, quienes han sido muy amables conmigo cuando les he consultado por algún que otro asunto.