Yo tengo un pecado nuevo

Nota:

Agregué fotografías al texto que escribí, inéditas, del archivo personal de mi padre, que pertenecían a su tío. Las iré intercalando entre el texto. Las fotografías pertenecen a mi padre y a mi tío abuelo, Alberto Laureano Martínez. La primera es un retrato de él.

Retrato de mi tío abuelo Alberto Laureano Martinez

Retrato de mi tío abuelo Alberto Laureano Martinez

 

El tío de mi padre, Alberto Laureano Martínez estuvo muy cercano al mundo musical toda su vida.

Así es que cuando murió mi abuela, en la misa, tengo entendido que estaba el tío Alberto con Miguel de Molina; un Miguel de Molina con un abrigo un poco raído, según cuentan (en la casa de Lanús hay una fotografía firmada por Molina, dedicada a mi tío abuelo)

Miguel de Molina fotografía dedicada a mi tío abuelo Alberto Laureano Martinez

Miguel de Molina fotografía dedicada a mi tío abuelo Alberto Laureano Martinez

Y que en mi casa había un libro firmado por García Lorca, que un familiar (no diré quién para que no se me enoje) tiró por error.

Mi padre no para de hablar de él. No hay día que no lo recuerde.

Fotografía dedicada de Agustín Lara a mi tío abuelo Alberto Laureano Martinez

Fotografía dedicada de Agustín Lara a mi tío abuelo Alberto Laureano Martinez

Alberto L. Martínez esbozó letras para Aníbal Troilo, Mariano Mores, para Hube Giraud, Pierre Delanoe, Lucio Demare, Roberto Rufino. También escribió con Discépolo. Trabajó en el ambiente de la música y murió en España, dónde lo enviaron a vivir de muy chico porque era un chico débil y el aire de Buenos Aires le caía mal. Por lo menos eso tengo entendido.

Mi biblioteca de chico estaba llena hasta el techo de libros que habían pertenecido a él. Autor de tangos como Andrajos, Yo tengo un pecado nuevo, Coplas, Adiós y varios más.

Fotografía dedicada de Azucena Maizani, enorme cantante de tango argentina, dedicada a mi tío abuelo, Alberto Laureano Martinez

Fotografía dedicada de Azucena Maizani, enorme cantante de tango argentina, dedicada a mi tío abuelo, Alberto Laureano Martinez

Ya de niño, descubrí, desde lo alto de una escalera, que este hombre cuyo traje parecía flotar en el techo, leía a Dostoievski, que tenía la colección completa de las obras de Bernard Shaw, Carson McCullers, un libro dedicado de Felisberto Hernández, que todavía tengo o creo tener, y muchos libros más, de H. G. Wells, y de tantos otros que la memoria me falla.

Conoció a los grandes de la música de esa época, se juntaba a jugar al póker con Troilo, Discépolo, Mores, Expósito, entre otros. Ese mazo de cartas está en Lanús, pero cayeron en malas manos, soy un inexistente jugador de póker, y nunca me han atraído este tipo de juegos.

Fotografía dedicada de Carmen Sevilla a mi tío abuelo Alberto Laureano Martínez

Fotografía dedicada de Carmen Sevilla a mi tío abuelo Alberto Laureano Martínez

Casi no pude conocer a mi abuela Esther, la hermana de Alberto Laureano Martínez, y tampoco pude conocer a mi abuelo, el señor Fares, por razones que no escribiré, ni a su hija de dieciocho años, mi tía, por razones que no escribiré tampoco porque ignoro esa historia que se me escapa y que siempre se me escapó, como ellos se escaparon, tan bien y tan pronto.

Y sé que mi padre tal vez me esté leyendo y no tengo ganas de ponerlo triste con esas historias que mejor no se cuentan. O que levante el teléfono y me pegue un llamado para retarme por indiscreto. Estaría perdiendo a un lector.

Fotografía dedicada del trío Los Panchos a mi tío abuelo Alberto Laureano Martínez

Fotografía dedicada del trío Los Panchos a mi tío abuelo Alberto Laureano Martínez

Más allá del descubrimiento de Dostoievski, que la biblioteca de mi tío abuelo me brindó, yo prefería al inspector Poirot, a Miss Marple, a Poe, y relegaba a Shaw. También a Stephen King, Lovecraft, las compilaciones de cuentos de terror, y la enciclopedia Salvat.  Prefería a los cuentos en la casita de mi tía María en lo de mi tía materna, la tía Lidia, la italiana.

Prefería la Billboard, que traía mi viejo del laburo, y la Conozca más . Todo eso hasta que llegó Borges, Rilke, Hemingway, David Goodis. Y luego Hemingway, Philip Roth y Cormac McCarthy, Joyce y otros más claro.

Tengo un anotador donde escribí el nombre de cada una de las películas que vi en los ochenta y las puntuaba con un Muy bueno, Regular, Mala, Buena.

Así es que El silencio de los inocentes aparece como: Muy buena. Al igual que Duro de Matar I y II, claro. Y Una noche en la ciudad.

Según este anotador Spielberg me endulzó tanto las tardes como me asombró una noche somnolienta Bertolucci. Pero hay películas con William Defoe y otras innombrables de acción (y tantas de terror cuando ya no anotaba tanto ahí) en las que viví días enteros.

Ese era mi mundo de chico en Lanús y el fantasma de mi tío abuelo siempre estuvo ahí.

Me hubiera gustado conocerlo.

Pero más me hubiera gustado conocer a mi abuelo paterno, y a mi tía, claro.

O a todos, por qué no.

Ya tengo un pecado nuevo.

Dejo el link a una de las versiones del pecado.

 

por Adrián Gastón Fares

 

PD: Mi tío abuelo ayudó a mi padre, cuyo padre y hermana murieron cuando era muy chico. Así es que mi padre entró a trabajar en un editorial, donde trabajó hasta los cuarenta y tantos años; luego tuvo que tomar otro camino, cercano también a la música, porque el mundo cambió…. Aquí, en este cuadro con dedicatorias, pueden ver la cantidad de músicos, que siguiendo el camino de su tío, mi padre conoció en su trabajo.

Mi padre fue testigo de cómo rechazaron la canción La Balsa, de la creación del dúo Pimpinela, trató a Atahualpa Yupanqui, luego sostuvo una amistad con Enrique Cadícamo (de quien siempre me recrimina que no lo haya grabado en sus últimos años; Cadícamo vivió hasta casi los cien años) Así que tiene muchas, pero muchas, historias para contar.

Firmas dedicadas a mi padre Alberto Fares en su trabajo en una editorial musical



Categorías:Al Margen, Cuentos

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3 respuestas

  1. Reblogueó esto en El Noticiero de Alvarez Gallosoy comentado:
    Recomiendo las peliculas de Adrian Gaston Fares

    Le gusta a 1 persona

  2. Seu texto me lembrou muito minha infância, porque meu pai tocava bandoneon e eu ouvia a execução de seus tangos e milongas e valsas. Por isso me sinto próxima dessa história. Eu ouvia músicas de Carlos Gardel, Aníbal Troilo, Francisco Canaro. Meu pai aprendeu a tocar bandoneon com meu vovô, que também era fotógrafo e contruía violinos. Era músico. Veio a nostalgia com seu texto. Uma saudade de um tempo que , porque somos crianças, não sabemos apreciar com plenitude, apenas apreciar, gostar ou não, sem saber das histórias mais detalhadas, aquelas que cercam as músicas, os músicos, ou aqueles que estão ao nosso lado.
    Memórias são coisas estranhas, vivas dentro de nós e se movem com o tempo. Nunca sabemos quando elas se moverão para o coração, ou para a mente, e desaguarão pelos olhos ou pela boca, ou mãos. Elas mexem com nossa alma.

    Su texto me recordó mucho mi infancia, porque mi padre tocaba bandoneón y yo oía la ejecución de sus tangos y milongas y valsas. Por eso me siento cercana a esta historia. Yo escuchaba canciones de Carlos Gardel, Aníbal Troilo, Francisco Canaro. Mi padre aprendió a tocar bandoneón con mi abuelo, que también era fotógrafo y contruía violines. Era músico. Vino la nostalgia con su texto. Una nostalgia de un tiempo que, porque somos niños, no sabemos apreciar con plenitud, sólo apreciar, gustar o no, sin saber de las historias más detalladas, aquellas que rodean las canciones, los músicos, o aquellos que están a nuestro lado.
    Las memorias son cosas extrañas, vivas dentro de nosotros y se mueven con el tiempo. Nunca sabemos cuándo se moverán hacia el corazón, o hacia la mente, y desaguarán por los ojos o por la boca, o las manos. Ellas se mueven con nuestra alma.

    Le gusta a 1 persona

    • Buenas palabras, Evelin, porque lo que no se habla o escribe no se puede corregir, se pierde (por ejemplo me acaban de avisar: el que organizó la misa de mi abuela, que murió cuando yo tenia un año, fue Mario Clavell, cantautor a quien tuve la suerte de conocer muy poco, y amigo de mi padre) Por eso estaba Molina, pero Laureano ya había muerto.

      Mi infancia, mi vida, aún con la disminución auditiva, está llena de música, mi madre, que es italiana, enseñaba música en mi casa, y yo me escondía arriba entre los libros de Laureano y las películas.

      No pude conocer a los españoles que tocaban y cantaban, a este tío Laureano, ni a su última pareja Carmen Góngora, una cantante española.

      Hay casilleros vacíos en mi familia. Y esas faltas se han llenado con música, con otras voces, cómo si doña Música supiera dónde quedan las cosas y guardara ese secreto, solo a medias cuando suena.

      Le gusta a 1 persona

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