La nena de los velorios

 

Me atiende un viejo moreno, bajito y con anteojos. ¿Por qué no usa él esas prótesis que me va a vender? Parece simpático. Al costado del mostrador hay unos asientos delante de un espejo que cubre toda la pared. Receta, dice mientras me señala uno de los asientos. Revisa la receta, revuelve unas cajas sobre una repisa y saca unos estuches de plástico. Mete un dedo y lo alza con una fina baba pegada. Lentes de contacto, lentillas, de la mejor calidad.

Ni se notan, dice y agrega que debo tener paciencia con el asunto. Paso número uno; abrir grande los ojos; dos, mirar fijo adelante; tres, prohibido el pestañeo. El último era el más importante. Se acerca y me dice que abra grande.

Listo. Pestañea ahora…, así…, muy bien. Me echa unas gotitas. Seguí pestañando. Ahora el otro. Se acerca y hunde su dedo en mi ojo izquierdo. Se me caen los mocos y el viejo me alcanza un pañuelo. Me deja un rato solo y vuelve. Se sienta y me dice cabeceando complaciente: acordate que es un objeto extraño en tu ojo. Mientras tanto mis lagrimales no dejan de chorrear y siento como si tuviera espinas clavadas en los ojos. Miro con cariño a mis anteojos sobre la mesita.

Me pregunta cómo los siento. Le digo la verdad. Dice que tenga paciencia. Empezamos con el tablero de letras luminoso. Veía todo borroso, el ojo debía haber quedado estropeado. Por ahí la lentilla se llevó una pestaña.

Yo no contesto, sonrío un poco por mi idea de remplazar mis anteojos por esta degeneración técnica. El viejo se me queda mirando fijo y sonríe. Veo toda borroneada su sonrisa y también cómo deja la habitación. Escucho una risa histérica, rara, algo así como la de una mujer en un hombre. Tirito. Vuelve sonriendo, pasándose su mano por la boca, parece que evita que se le caiga la baba. Cierro los ojos y me los froto. El ardor se va, sí, así está mejor. Vuelvo a abrirlos. Otra vez ese sufrimiento, acompañado de otro mayor; tener que ver esa sonrisa desmesurada. El viejo se acerca, me agarra del brazo. Yo avanzo, casi ciego. El viento me despeina. Es que abre la puerta.

—Vamos a hacer una prueba. Tomate diez minutos. Conocé el barrio. Fijáte si te adaptas. Eso sí, no des muchas vueltas, no sea cosa que te pierdas.

Voy a contestarle, pero el ojo arde tanto y tengo la boca tan llena de saliva que prefiero callar.

Camino, camino y camino, siempre a paso rápido por esas calles arboladas de Banfield.

Así pasan dos minutos. Me doy cuenta que debo volver; como en todo, tiendo a los extremos, si camino lo hago mucho y si no estoy parado.

Decido dejar de dar vueltas y me detengo en una esquina. Descubro la puerta de una casa de velatorios.

Hay poca gente ahí, algunas mujeres y una nena que me mira fijo. Los lentes de contacto hacen que la nena parezca sacada de una pintura impresionista. Se acerca y la miro. Llora. Tan destrozados debían estar mis ojos. Me desentiendo de la nena y miro hacia la puerta. Quedan cinco minutos. ¿Por qué no? En el fondo un cortinado púrpura casi logra ocultar la pared comida por la humedad. Lo desplazo.

El cajón está solo, perpendicular a la cortina. Nunca vi un cajón tan hermoso, de madera negra y fino trabajo de orfebrería en las manijas. Mis lentes sí que están sirviendo, ya los ojos no arden tanto.

Es tan lindo el ataúd que no puedo evitar avanzar, deleitarme con esa flor de madera. Puedo ver las facciones que me esperan; son las de una mujer hermosa, de pelo negro rizado y cachetes afilados

Lentamente una mano se posa en mi espalda. Ahí hay un pibe como yo, no tan pibe, ojos totalmente rojos, perdidos; una mirada triste y vidriosa. Sonríe. Mira el ataúd. Dice:

—Pobre Nora. No aguantó más.

Se acerca a la muerta y señala el cuello. Una línea recta morada indica lo que había pasado.

—¡Qué valiente!— Es lo único que se me ocurre al descubrir el brillo en la mirada del pibe no tan pibe.

Dejo a Nora y al pibe y salgo para volver a la óptica; los lentes habían vuelto a arder y quería que me los sacaran cuanto antes.

Estoy en la puerta; el negocio está cerrado y el viejo contactólogo no sale. Cinco minutos más en la puerta son suficientes. Golpeo en proporción a mi ardor. Nada.

El del velorio pasa —huele mal, muy mal, era él en el velorio y no la muerta— y me sonríe. Me quedo mirando cómo se aleja, su silueta fina y el saco negro, su andar rápido, atolondrado;  todo eso captado por mis lentillas muy bien. Se ve que sirven.

Veo cómo el pibe se aleja. Su atuendo parece deshilachado, estropeado, y de un color ocre lavado, como si lo hubiera usado por mucho tiempo y el sol lo hubiera quemado.

Toco el timbre otra vez. Nada. Alguien me está tirando de la camisa.

La nena del velorio es la que tira de la camisa, y al cansarse me pellizca el culo. Ahora me mira seria.

—¿Qué querés?

—Nadie va a salir.

—¿Y vos cómo sabes?

Y yo siguiéndole el juego a una pibita. Voy a preguntarle si es familiar del viejo pero veo que mira hacia la esquina y sus ojos están turbios, sus párpados temblando ante otro posible ataque de llanto.

Le sigo la mirada y descubro a un tipo parado en una esquina, apoyado contra un paredón blanco. Debe mediar los cuarenta y viste tan mal como el pibe del saco ocre. Miro a la nena y veo que su vestido rosado está tan lavado que parece el cielo. Descubro uñas sucias. Dientes amarillos.

Ahora veo. Ahora me doy cuenta.

Vuelvo a tocar el timbre. Miro el interior silencioso y espero que aparezca la figura bajita. Nada. Y otra vez, la lentilla me hace arder, aunque veo perfecto, tal vez demasiado, pero arde mucho. Siento como si tuviera un avión detrás de cada párpado. Es desesperante. Vuelvo a tocar ¡El cartelito! Dice: cerrado.

Veo mis ojos en el reflejo del vidrio de la puerta, los nervios rojos, chillando por respirar libres de esa basura pegajosa. Trato de sacarme los lentes de contacto. Imposible. Están adosados a mis globos oculares, tanto que si no fuera por el ardor diría que no tengo nada.

Miro a un costado y descubro a la nena parada a dos casas chorizo de distancia. Me mira con una sonrisa triste. Hace seña con la mano para que me acerque. Camino hasta ella y me agarra de la mano. Siento su palma suave y me dejo llevar. Andamos por varias cuadras. Veo pasar a varios adolescentes meditabundos; algunos miran el piso, otros el cielo con fijeza, como si quisieran desentrañar alguna historia en las nubes. Me doy cuenta que veo perfecto. Tanto que no veo bien. La nena me lleva de la mano.

Miro a la nena y su cara está demasiado cerca, quiero tocarla y no está ahí. De repente la veo como al principio, cerca de mis caderas, en el lugar que su altura la dejaba. Insiste en llevarme con una sonrisa triste no sé adónde.

Ahora pasa una chica, es hermosa, su cara resplandece de tan linda que es. Saluda a la nena. ¡Pero tiene los ojos enrojecidos! Son dos bolitas rojas, surcadas por riachos blanquecinos.

La próxima soy yo, le dice a la nena mientras revuelve una bolsita y saca un veneno para ratas. Después sonríe, la loca.

La nena me muestra la entrada a la casa de velatorios y entra corriendo. La sigo. Qué oscuridad.

Me hace señas. Quiere que me acerque. ¿Estará loca también? Muy bien no está. Veo cómo acaricia los entrelazados dedos finos. Camina hasta la cabecera del ataúd y posa su mano sobre los párpados de la muerta. Doy un paso mecánico, para tratar de impedir que se acerque más. Ahí están los ojos abiertos de la chica de rizos negros mirándome sin verme.

—Mirá—dice la nena y comienza a frotar la córnea.

Algo se mueve. Noto a la babosa adherida contra el ojo. La nena hace dos movimientos y la despega. Después hace lo mismo con la lentilla del otro ojo.

Yo miro sin entender, pero fascinado. Estoy viendo demasiado y llego a discernir la humedad de los lentes sobre los dedos de la nena, que está hablando, susurrando algo. Le digo que no entendí:

—Que solamente cuando están acá se los podemos sacar. El señor Óscar no salió porque él pone los lentes pero nunca se pueden sacar. Ni siquiera los míos. Pero yo me la aguanto.

Veo que los ojos de la nena brillan.

—¿Quién te dijo eso?

—Dicen que cuando sea más grande no los voy a aguantar.

Alguien avanza en la oscuridad.

—¿Otro, María?

El pibe sonríe. Lleva una bolsa con unas gomitas tornasoladas en el fondo. La abre. La nena deja caer las lentillas ahí adentro. Con las otras. Los dos se van.

Camino hasta la óptica y golpeo varias veces. Nada. Me canso. Busco la parada del colectivo.

Todo fluctúa. Veo a un árbol como gigante y a mi lado y después lejos. Miro al piso. Voy a dar un paso. Casi me caigo.

Me quedé corto con la pisada y no alcancé el pavimento. Suerte que alcanzo la parada.

Ahora estoy desconsolado porque caí al piso. Me levanto, mientras veo que desde la esquina me miran unos cuantos. Ahí está la nena, el pibe no tan pibe con la bolsita, el tipo que estaba apoyado en una esquina y la chica que me había cruzado cuando iba con la nena. Todos me miran. Las miradas así impacientan a cualquiera.

Todos desvaídos. Olvidados. Dirijo una última mirada a la óptica. Nada. Sólo existen estas personas que se congregan para mirarme, nadie más.

Deje mis pensamientos coherentes al escuchar el ruido de un motor. Era el colectivo y desesperé por llegar a la parada. Sin embargo, sigo acá; levanté la mano cuando estuvo cerca pero no fue más que un truco de mis lentes de contacto que me devolvieron el aumento real recién cuando el chófer señalaba que la parada estaba más atrás.

Los de la esquina siguen mirándome ¡Si por lo menos se rieran!

 

por Adrián Gastón Fares

 

PD: La nena de los velorios es una reescritura de un cuento que escribí en 1999. Se apilan en mi anotador algunos borradores de cuentos que esbocé en estos días de 2018 y quiero desarrollar, y una nota sobre la escritura de guiones para cine, o sobre cómo encarar una narración larga. Difícil con Gualicho en puertas. Y los personajes de Mr. Time buscándome por la ciudad para que los lleve de viaje.

 



Categorías:Cuentos

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2 respuestas

  1. No quisiera hacer un halago fácil o vacío, pero cada vez disfruto más de tu prosa precisa, minuciosa en los detalles y, sin embargo, ágil en su lectura. La dificultad de lo sencillo, es enorme y, lograr hacerlo en numerosas ocasiones, denota maestría, esa que ya pude notar entre la “espesura” de tu “Intransparente”
    Felicidades

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