Los artistas

Nos quedamos con la sala de exposiciones. No la íbamos a cerrar. Nos arreglamos con los chicos para armar una cooperativa.

Se debe aguzar la vista para ver la muestra. Cuando no funciona el generador todo queda en penumbras. La guerra civil se llevó muchas cosas. Entre ellas la luz.

Lo último que se presentó en el museo es la exposición coreana. El cristo rojo, enorme, cuelga de unos alambres en la entrada, las paredes están llenas de cuadros con dibujos tipo manga y en el centro hay un toro blanco con un cuerno rosado de unicornio.

Una mujer entra con su hijo y lo corre hasta el toro, donde el nene se pone a tocarle las bolas. Me acerco.

–Eso no se hace.

Y miro a la madre con reprobación. Los salvajes son capaces de cualquier cosa. Habla mucho de ellos que se animen a entrar al salón de exposiciones. No pudimos conservar la fachada. Omar, el albañil, hizo lo que pudo, lo que no es mucho ni poco, pero sigue repleta de pintadas, y quemada. Algunos piensan que el centro de exposiciones está cerrado, que nunca volvió a  abrir. Pero aquí estamos.

Estefanía está en la otra punta, con el pelo teñido de azul. Mira su celular, no le gusta que vengan chicos. Levanto el comunicador.

–Hermosa, este pendejo es un peligro.

Roberto, asomado desde la abertura del primer piso, me mira y gira la cabeza, así que María ya le habrá avisado. El niño no está abajo, se habrá ido corriendo por las escaleras arriba. Que no se detenga ante la puerta cerrada con doble cerrojo. Tampoco me agrada que ande toqueteando las esculturas de papel y las de tela. Hay unas cuantas arriba.

–Que no se acerque a la puerta– le digo a Roberto.

Pero todo bien, el nene ya se aburrió, está bajando las escaleras para reencontrarse con su madre y salir afuera donde un hombre la espera. Parece un pordiosero, pero debe ser su pareja. Nosotros que ponemos tanto empeño en que nuestra ropa de trabajo esté limpia. Mi camisa del día anterior y los pantalones negros están colgando en el patiecito. Estefanía a veces me ayuda a lavar la ropa. Pero sabe que me gusta lavar en soledad sus bombachas caladas.

Es la hora de cierre así que nos vamos al bar. Lleno de camioneros dormidos en los bancos. En la barra, unas adolescentes se embadurnan la cara con una crema que el dueño del local le exprime desde un pene de plástico enorme repleto de vodka. Luego el dueño toma la cabeza de un gordito que está sentado a la barra y la agita como si fuera una coctelera. Listo, ya las fotos fueron tomadas. El gordito se da vuelta y le mete la lengua hasta la garganta a una de las chicas con la cara llena de crema. Con Estefanía y Roberto nos pedimos whisky y lo tomamos a la antigua, sin mucha floritura. Es mejor estar borracho en el bar porque si entran los encapuchados y sus ametralladoras es el fin.

No entiendo como estas viejas terminaron juntando armas en su casa y salieron a matar a la gente. Hace dos semanas vi como un encapuchado mataba a un chico que tocaba la guitarra en la calle. Al sacarse la capucha era un de estas viejas pintarrajeadas. Debía tener unos setenta años.

Borrachos, volvemos al centro de exposiciones. Entramos por la puerta trasera, como siempre a esta hora, y subimos por las escaleras hasta el primer piso. Abrimos el doble cerrojo, subimos por la escalerita hasta la puerta antigua de madera. Estefanía manotea el picaporte y la abre.

La mujer palpa un maniquí con pies de rana, que los curadores habían desechado en una de las últimas muestras. El que decía Segunda Mención Escultura. Como Estefi ayer le arrancó los ojos, la mujer ni sabe lo que hace. Nos sentamos en las tres sillas para ver el espectáculo.

La mujer se cae, se levanta, mete la cabeza en una de las axilas del maniquí, se orina, no puede gritar porque Roberto le hizo tragar un pañuelo de tela lleno de mocos y le precintó la boca con cinta de embalaje.

Los ojos de Estefanía brillan porque la mujer trata de tomar la mano del maniquí. Como si fuera un hombre que pudiera dar un paso hacia la puerta para sacarla de ese lugar. Pero es demasiado tarde. Pronto va a estar en la bañera.

La bañera formaba parte de una instalación de Nuevo Arte Ecuatoriano. Encantaba a los visitantes porque cuando se acercaban, en vez de encontrar un patito de juguete flotando, descubrían unos peces abisales horripilantes. La artista no se la pudo llevar, la desecharon. Cuando todo estalló, me la quise llevar a mi casa pero Omar, Roberto y Estefanía no me dejaron. La subimos al cuartito.

Estefanía está atenta porque la mujer va a meter las manos en cualquier momento en la bañera. Lo hace y empieza a salir humo. La soda cáustica que Roberto usa para hacer desaparecer los cuerpos le está quemando la mano. Trata de gritar pero no puede. Estefanía saca una pistola y la remata. Roberto la tira en la bañera. Va a calcinarse lentamente y Estefanía va a usar sus dientes, sus cartílagos, lo que reste, para las creaciones que va acumulando en el cuarto.

Ella casi siempre atrapa chicas, se acerca mientras miran al toro con el cuerno y las duerme con un pañuelo embebido en no sé qué sustancia. Yo soy más directo y cuando una chica me hace acordar a una compañera de colegio, las que me gustaban y me cargaban, directamente uso la pistola con dardo tranquilizante. Después se la entrego a Estefanía para que la intervenga a gusto. Nuestra forma de arte es colaborativa, pero Estefanía no lo quiere aceptar. Roberto por ejemplo se encarga de conseguir a chicos barbudos, y de pelo largo, de esos que seguro matarían los encapuchados, las viejas.

El trabajo era tan aburrido antes de la guerra, estábamos toda la tarde ahí, resguardando las obras de los visitantes.

Estefanía, que dice que ahí me empecé a volver loco, ni tenía el pelo azul entonces, porque estaba prohibido. Pero después del quilombo las cosas cambiaron. Mantuvimos el lugar, se nos ocurrió cobrar una entrada, para eso está Omar, el albañil; hay muchos que todavía quieren ver la última exposición de Buenos Aires. Creo que la mayoría son fanáticos del manga y esas cosas.

Nos quedamos dormidos en la alfombra con la cabeza de tigre. Nos gusta dormir ahí. Estefanía está cerca, su pecho se infla y desinfla como un fuelle nuevo, Roberto ronca como siempre y a mí me viene el sueño.

Al otro día me levanto y hablo con Estefanía. Le digo que pronto su colección de arte va a superar a la coreana que está abierta al público. Que elijamos bien a la última víctima.

Pero ella dice que no son víctimas. Que son maniquíes. Que perdí la cabeza cuando las viejas mataron a mi familia. Para ella tengo paranoia y me invento esas historias de crímenes. Me deja claro que ella no es una asesina, es una artista. Me agradece por cuidar de sus creaciones.

Le digo que no nos olvidemos de poner el candado, que no quiero que cualquiera que entre a la sala se meta a ver el cuarto donde ella está creando maravillas. Pero para ella la puerta no tiene candado, en la bañera sólo derrite plástico para reciclarlo y mezcla pintura. Me dice que yo nunca maté nadie. Que no siga diciendo pavadas.

Roberto me trae un vaso con la medicación. Me la hacen tomar. Les digo que esas pastillas también formaban parte de una muestra, que son un placebo, unas pastillas de mentira que no tienen nada. Pero ellos dicen que si no fuera por los medicamentos tal vez ya hubiera cometido una locura, como los encapuchados.

–¿Querés convertirte en un encapuchado?–corean.

Ya saben la respuesta. Tomo la medicación. Y de premio Estefanía me deja lavar su bombacha calada.

Mientras lavo, sé que Omar está en la boletería, con esos folletos raídos, para cobrar la entrada que nos permite seguir yendo a ese bar de mala muerte y recargar cada tanto el generador.

 

por Adrián Gastón Fares

Entrevista para Revista Pazcana.

Agradezco a Carolina de Revista Pazcana, Mujer Pazcana, que me hizo algunas preguntas sobre mi trabajo. Aquí pueden leer las respuestas.

“Mi creatividad viene de haber afrontado situaciones más o menos difíciles en la vida y también viene de una dicha que llevo dentro, que se nota cuando creo. Esos opuestos se sacan chispas”. Adrián Gastón Fares

Pueden leerla completa en el link siguiente:

https://revistapazcana.com/2017/09/22/adrian-gaston-fares-dirige-gualicho-ganador-del-festival-blood-window-en-argentina/

Foto Entrevista Adrián Gastón Fares Revista Pazcana.jpg

Refugio

A veces pienso

en todas las cosas que perdí.

En algún momento

me fui por las ramas

y en una de ellas construí

un refugio pequeño y revestido

para vivir en paz.

Pero las ramas se quiebran

y todo se vino abajo.

Y ahora estoy aquí,

en el pastito,

con los restos de las cosas

que tenía en la casa que cayó.

Y el tiempo pasa.

Y es verdad que las vacas vuelan.

Y también que los gatos sueñan.

Pero es imposible volver el tiempo atrás.

Ésa será mi gesta.

La del valiente forjado en un barrio pobre,

lleno de canciones irregulares, que rebusca

en el baldío donde otros también enterraron sus sueños.

Será cuestión de volver a armar mi refugio

entre los árboles

sobre la rama más endeble

porque la fuerte no sirvió.

 

por A. G. F.

 

Entrevista para la revista La Cosa

Ya se puede leer la entrevista que me hicieron por el premio Blood Window a Gualicho, el largometraje de ficción (género fantástico, horror) que escribí y voy a dirigir. La entrevista, que es mucho más larga, acortada por los editores para el bien de todos los lectores, ya está en el flamante nuevo número de la revista argentina La Cosa.

La revista ya se consigue en los puestos de diarios. Si quieren leer la nota aquí se las dejo (portada y nota).

Saludos a todos,

Adrián Gastón Fares.

LA COSA sept 2017 portada (2)

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Lo que algunos no quieren contar

En la ciudad, todas las noches me sentaba con mi hija y mi mujer a la mesa del comedor. Por eso el bosque. Quise aislarme de todo, como tantos otros. Elegí un lugar de la Patagonia, apacible pero ventoso, entre los árboles. En el tejado de la cabaña había una veleta de metal, con la rosa de los vientos, coronada por un pez.

Había comprado el terreno, que venía con la cabaña y una plantación de arándanos. Todo por poca plata. Según la inmobiliaria, el dueño era un viejo, alcohólico. El dinero iría a los nietos. Me habían ocultado que se había ahorcado en uno de los árboles, el más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo.

Dejé que los arándanos crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando al fruto a lo bestia, sin el cuidado que hay que tener al cosecharlos, que en este caso sería hacerlos girar lentamente para desprenderlos del tallo, sin arruinar la capa de protección. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los recogía a las corridas, y los comía en mi casa de merienda o a la noche ya congelados.

Enfrentaba el fin del día extasiado ante la contemplación de las aves, de los quises andinos, de las liebres que se cruzaban al atardecer como si el mundo estuviera a un minuto de acabarse y algo ominoso viniera a ocurrir, que nunca era más que la simple noche.

Pero un día fue más que eso. Coincidió con el aniversario de la muerte del viejo. O por lo menos, yo me creo eso.

Me levanté, abrí la puerta de la casa y salí. Caminé automáticamente y sorteé el gran pino sin darme cuenta que ese árbol siempre estuvo en línea recta a la ventana. No a la puerta. Llegué a la cascada pequeña y me senté a fumar, lloré dos o tres lágrimas, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí significaba mucho para mí. Sabía que hay que llorar sí, pero hay que llorar poco porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un autómata cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar una de las ventanas, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, subí al techo de la cabaña, saqué la veleta y la ubiqué cerca del pino. La punta señalaba el norte.

Tomé bastante vino. A la medianoche salí, miré las estrellas, para mí, acostumbrado a la ciudad, el paraíso estaba en el cielo. Ese cielo, las ramas mecidas por el viento. Me gustaba esa imagen pero el viento nunca me gustó. Me molestaba.

Bajé la cabeza porque tenía una necesidad imperiosa de orinar. Así que me fui hasta el pino y rocié el suelo. Pero al terminar, me di cuenta que el árbol no estaba ahí. Había meado en la maleza. En frente no tenía nada. Me volví y noté que la casa estaba en su posición inicial. Caminé hasta el pino y la veleta. Seguía señalando el norte.

Esa noche dormí profundo, sin pesadillas, y al otro día me propuse ir al pueblo a comprar provisiones. Abrí la puerta, caminé y di con el arroyo. Me di vuelta para mirar la cabaña y la puerta estaba ahí, donde debía haber estado la pared del dormitorio.

Enmendé el trayecto, salí por la entrada de mi terreno hacia el almacén del alemán. Compré pan, fiambre, café y cigarrillos. Retorné, rodeé el terreno y me metí adentro. La que rotaba era la casa y no el terreno, me dije, como si ya no me asombrara.

Salí a orinar esa noche, estaba bastante borracho otra vez, y me di cuenta que estaba salpicando la rueda de mi camioneta. La dejaba en el fondo, detrás del porche, así que la casa había rotado otra vez.

El cielo encandilaba. La luna hipnotizaba. Las ramas de los árboles murmuraban.

Volví a la casa y dormí hasta bien avanzado el día siguiente. Estaba triste porque quería tranquilidad, me había alejado del mundo por sus inconsistencias, sus coincidencias infundadas, y ahora esto, ¿qué quería decir?

A las seis de la tarde del otro día se me dio por dirigirme a lo del alemán. Salí y caminé derecho, di con un cementerio antiguo, el de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Debía estar apuntando al noroeste. No importaba, como un turista más, comí torta con té. Contemplé a una francesa hermosa. Intenté hablarle pero la chica me intimidaba. Me volví a la casa, ya me había olvidado del alemán y lo que quería comprarle.

Entré a la casa. Subí un escalón para sentarme a la mesa del comedor ¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso se estaba levantando, los bordes del círculo que se estaba formando eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa estaba creando una sima, se estaba desenroscando, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, serían chupadas por ese agujero que la cabaña estaba creando.

Al otro día salí, me cercioré que la puerta apuntaba donde me dirigía, era así, otra vez la puerta daba a la entrada del terreno, tal como lo compré, así que caminé derecho hasta el almacén del alemán.

Compré querosén, diarios, cerillas y volví lo más rápido que pude.  No tenía nada de valor en la casa. Mis documentos en el bolsillo. Rocié a la cabaña con querosén.

El fuego iluminó la plantación, se disparó una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y rajaron los quises que estaban escondidos entre los troncos cortados. Un resplandor dorado iluminaba la plantación, mi querido pino, el camino de entrada. La casa ardía. En las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña giraba. Rápido. Lo hizo hasta desprenderse y dejar el comedor a la vista, la rueda dentada, con la mesa redonda y las sillas.

No me podía sentar en ese lugar. Me recordaba la compañía de mi hija y mi mujer. Pero no tenía otra, me dirigí a la plataforma, la cabeza plana del tornillo, que era lo único que había dejado el fuego, salté, y tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Vi a la veleta, al árbol, a la plantación de arándanos, a la luna llena, al arroyo, vi la tierra, intuí que la casa me había propuesto todos los días un camino nuevo. Ahora mi musa era una extranjera, la chica francesa que había conocido por seguir el trayecto que la puerta de la casa me sugería. Sentado en el trono hogareño pero descubierto que la cabaña me ofrecía, mientras todo seguía girando, vi raíces, hormigueros, lombrices, bichos bolitas, rocas doradas y finalmente, una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces, comencé a escalar, ya había hecho palestra en la ciudad, era rápido, vi como la plataforma con las sillas y las mesas se hundía, salí del agujero como un muerto viviente, nevaba y yo estaba de pie en la sima que había sido la cabaña, exultante y cansado.

En el escape, en la corrida, un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino. Supe que era el cadáver del viejo, el antiguo dueño. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que dejé a las arándanos, la tranquera, el terreno, todo, atrás.

 

por Adrián Gastón Fares