Kong 11.

Hola Kong,

¿Así que anduviste persiguiendo a un enano que escupía por las orejas? Ajá.

Yo te transfiero estos pensamientos desde la cola de un supermercado. Hay un pareja con un nene delante de mí. Me acordé de tu carta porque el nene le dijo a la cajera que se saque los aros, que eran demasiado grandes para sus orejas y que se las iban a romper. La cajera se ríe. El padre le pregunta a la madre si llevan media ananá. La madre le dice al nene: “¿estás seguro que vas a probarla?” “Mamá, sí”, dice el nene. El padre le dice a la madre que si el nene la quiere, la llevan. En fin. Mientras viajo al futuro.

En mi presente existe un científico llamado Craig Venter que es un apologista de la impresión 3D de genomas y llama a estas impresoras teletransportadores biológicos. ¿Realmente llegamos a que un ser humano pueda inventar cualquier bicho que se le ocurra? No me jodas, Kong.

Después de que publiqué el relato titulado Hacer llover, donde me acerco a la figura del ingeniero Baigorri, un vecino de Villa Luro que decía que podía hacer llover con su máquina en 1940, comenzaron a llegarme email de gente interesada en el tema. No recuerdo si te lo conté, pero fui contactado por una persona que decía estar en España y afirmaba que la máquina de Baigorri se encontraba olvidada en un garaje, cuya ubicación él conocía. Me invitaba a viajar para salvarla de su destrucción. Creo que esa persona me agregó al Messenger, y chateó conmigo un poco, hasta que pensé que, claro, era una broma que me estaban haciendo. Luego fui contactado por un estudiante de cine que quería filmar una película sobre Baigorri, por un escritor que estaba trabajando en su libro y por otra persona, el rainmaker uruguayo Nelson Guizzo, que me ha dejado comentarios al respecto. También un periodista cordobés me invitó un café para preguntarme todo lo que sabía sobre Baigorri.

Sé algunas cosas de Baigorri, simplemente porque con el grupo de facultad con el que filmamos un cortometraje sobre su historia viajé a Villa Luro y tuvimos acceso a la casa que el inventor habitaba. También entrevistamos a una viejita, cuya casa era una especie de centro cultural y parecía estar ubicada en otro universo. Y es la sensación que tengo de tus cartas, que provienen de otro universo, uno paralelo, que no pueden ser reales, pero a la vez lo son, porque existen y, de alguna manera, me llegan.

Hacer llover no debe ser tan distinto a filmar una película o terminar una novela. Crear No-seres: ¿a qué se parecerá?

En tu tiempo la bio-impresora que vaticina en la actualidad Venter, o más bien prueba, es una realidad y ya estoy imaginando apuestas por peleas de No-seres. Entiendo por tus cartas que existen tratados de ética al respecto. ¿Es una forma de arte también?

Aristóteles decía que el arte imita la vida, Platón recomendaba que el arte no copiara la realidad, porque estaría copiando la copia de una idea, algo fútil. El arte debía ser sublime entonces y llegar a La Idea.

El arte de imprimir vida parece más cercano a la idea del arte de Platón que a otra cosa. A higher truth como dice Chris Cornell (¿lo conocés?) en su canción. Tal vez la diégesis sea el camino.

Todo esto viene a cuento de que descubrí que antes de detective, fuiste pintor y músico, y que en algún lugar guardás los lienzos que mojabas con tu pincel, copiando esta vez sí, a los No-seres que perseguías y encontrabas en lugares ocultos como cierto rancho en Córdoba, donde te imaginé acechando las creaciones de un impresor de No-seres para hacer los dibujos que terminaban en tus cuadros.

Y sé que el primer No-ser que viste en tu vida fue en Adrogué, en un geriátrico con muchas plantas, donde fuiste a visitar a tu abuela. Y resulta que tu abuela estaba sonriendo sola, mirando la nada y te acercaste a ella y lo que tenía enfrente, volando, era un hada translúcida que tu abuelo había creado antes de morir. Y el hada no tenía aspecto de hada, sino que poseía dos dientes filosos para succionar el néctar de las flores y así sobrevivir. Y sus ojos eran como los de una serpiente o un gato negro. Tu padre logró atraparla, guardarla en una jaula y la alimentaba todas las noches con miel, hasta que tu abuela murió y la depresión fue tan fuerte que tu padre abandonó el hada y una noche la encontraste tirada en la jaula, muerta.

Sé que pasaste un momento difícil, que perdiste a Taka y que luchaste contra la soledad y la desesperación. Supongo que estaba escrito que Taka se alejara… Pasa, Kong. Pero cuando decimos que algo está escrito: ¿dónde está escrito? ¿qué lenguaje usa el destino?

Me causa gracia esto porque, en general, ¡sos vos el que me escribe en este tono!

Pero ahora la práctica de la esgrima te ayudó a salir adelante. La meditación, gracias a la cual podemos comunicarnos, siempre da frutos.

Hay algo que no me estás contando, Kong. Me gustaría saberlo. Tal vez es sólo mi imaginación.

No quería dejar esta carta sin decirte que yo estoy bien, que estoy comprando muchos libros, que no quiere decir que los lea a todos, rescatándolos de no se qué fin, escribiendo, tratando de ponerme a filmar cuanto antes. Trabajando duro y parejo en todo, en la Obra Social, pero también en los proyectos que tenemos en Corso.

Bueno, tengo que mostrarle a la cajera que mi bolso no contiene ningún producto del supermercado. Te dejo con esta pregunta.

¿La gente sigue yendo al cine en tu tiempo? ¿Las librerías de saldo siguen existiendo en Buenos Aires?

 

Un abrazo grande, querido amigo.

Adrián Gastón Fares

 

Ciempiés

18  de febrero de 1999        

Mi nombre es Ramiro Flores. ¿Que cuántos años tengo? Diez. Así es, diez, señor. Los últimos dos años los pasé volando, cruzando los cielos a mucha velocidad… viajando, señor. Como ahora.

Me acerco al vidrio y miro afuera. Está oscuro y veo mi cara. No soy tan lindo como mamá decía.

Me duele el estómago. Lo que tengo adentro, lo que me pusieron, me debe estar apretando las tripas. Tengo que pensar en otra cosa. Miro al hombre de sombrero, a Durán. Está dormido. Parece atragantarse y su nuez baja y sube.

¿Dónde estará mamá?

No soy un chico estúpido. Me iba bien en el colegio. ¿Por qué mamá dejó que me lleven estos hombres? Dicen que si no me hubieran operado, ahora estaría muerto. Los ojos les brillan. Yo sé que me están mintiendo. ¿Por cuánto tiempo?

¿Por cuánto tiempo tengo que llevar esta cicatriz? Levanto mi remera y miro al ciempiés, así es como le dicen los otros chicos. Es horrible y parece cortarme en dos, justo encima del ombligo. Es la séptima vez que los doctores me abren. No soy tonto. Sé que no estoy enfermo. Sé que el hombre de sombrero, Duran se hace llamar, no es un buen hombre. No sólo por sus ojos y el maquillaje que usa y lo que dijo Jorgito; a veces habla mientras duerme y dice cosas.

Una azafata se acerca y me trae un vaso de agua. “Gracias, señora”. “Señorita”, contesta la chica y sonríe ¡Qué linda que es! Duran dice que siempre señor-señora, no quiere a negritos maleducados.

Está al lado mío, moviendo la boca mientas duerme. Babea un poco. “El viento sopla y corro.”, susurra, “Si llegamos bien, Susana, entrego todo y me pago la deuda… si no me agarran nos vamos lejos… bien lejos… eso cuando termine de correr y te repito, Susana, siempre y cuando no me agarren, Susana…” ¿Quién será esa Susana? ¿Por qué lugares correrá Duran en sus sueños? Nunca entiendo lo que dice. Ni cuando me habla despierto.

Duran sigue babeando. Respira hondo, y los agujeros de su nariz parecen querer aspirarme. Nunca había visto unos tan peludos. Tiene un moco gigante ahí, que parece querer desprenderse. Si lo hace va a caer sobre mí.

Un día tuve ganas de escapar. Me asusté por lo que Jorgito me había contado. Fue cerca de la última Navidad.

           

20 de diciembre de 1998

Veo las luces de un arbolito desde la ventana del Hogar. Se apagan y prenden. Imagino que caen copos de nieve, como en la película que están mirando los demás. Escucho algo. Doy vuelta la cabeza. Nadie ahí, todos siguen frente al televisor. Sigo mirando la calle nevada. Me asusto y giro la cabeza otra vez.

Jorgito está sentado en mi cama. Sus ojos se abren grandes y le cuesta respirar. Lo miro y se me pega más. Dice que vio cómo uno de los ciempiés se abría.

Se agarra la cabeza y me cuenta que Duran, Hernancito y él bajaron del avión y pasaron por los inspectores. Como siempre. Pero esta vez había otros señores. Dice que los tipos se acercaron a Hernancito porque había vomitado mucho en el viaje y alguien les había avisado. Lo empezaron a tocar y vieron el ciempiés.

Jorgito se pone colorado, se tira al piso y empieza a retorcerse. Me dice que así era cómo lo tenían a Hernancito cuando entró Duran, el hombre de sombrero, y disparó. Jorgito me apunta con los dedos e imita los disparos con la boca, escupiendo saliva. Vuelve a tirarse al piso y desde ahí cuenta que Duran mató a los dos señores y le gritó a él que corriera. Yo no creo lo que dice Jorgito. Sabemos que es un mentiroso.

Y sigue hablando y moviéndose. Duran se acercó a Hernancito, lo levantó y empezó a arrastrarlo hacia la salida del aeropuerto. Hernancito gritaba y Jorgito dice que él supo que debía correr con Duran. Ahora se vuelve a sentar en mi cama. Habla bajito.

Me susurra que subieron a un auto amarillo. Jorgito se pega a mi oído y dice que Hernancito gritaba mucho que el estómago le picaba, que el ciempiés se movía. “¿Nunca sentiste al ciempiés moverse?”, me pregunta Jorgito. Y yo le digo que sí, que en los vuelos se le da por caminar. Jorgito huele mal, muy mal. Su aliento me da ganas de salir corriendo.

Me toca, pidiéndome que le dé bolilla. Duran le decía a Hernancito que se callara la boca, que le iba a romper el culo a patadas si no se callaba. Que dejara de patalear. Que por su culpa se habían tenido que escapar.

Jorgito huele mal, muy mal.

Me dice que escuche bien y sigue hablando.

Duran le dijo una vez más a Hernancito que se calle. Metió la mano en la guantera y empezó a putear porque se habían olvidado de dejarle las jeringas. Arrancó a toda velocidad  y como Hernancito gritaba más fuerte, tanto que era insoportable, se desvió y metió el auto en una estación de servicio.

Agarró a Hernancito de los pelos y lo sacó del auto. Jorgito se quedó solo ahí, sin saber qué hacer, y vio cómo Duran entraba en los baños con Hernancito. Después bajó del auto y los siguió. No le creo.

Me susurra que se acercó a la puerta del baño y espió por la cerradura. Duran le estaba mojando la cabeza a Hernancito y miraba para todos lados. Jorgito se toca la nariz y dice que casi se la rompen cuando un tipo abrió la puerta para salir. Dice que no sabe cómo no vio al tipo acercarse a la puerta. El hombre le pidió perdón y Jorgito se acercó otra vez a la cerradura. Los ojos de Jorgito se agrandan más. Habla rápido; vio al hombre de sombrero que le levantaba la remera a Hernancito, que lloraba y se llevaba la mano al ciempiés. Me dice que sintió miedo, mucho miedo, pero siguió mirando: el hombre de sombrero, Duran, escupió el ciempiés de Hernancito, tomó distancia y le dio una patada en la panza. Jorgito me mira como si estuviera chupando un limón. Dice que el ciempiés se abrió y que todo lo que había en la panza de Hernancito cayó al piso. ¿Sería verdad todo eso?

“Me tenés que creer”, dice Jorgito y cuenta que cayeron cosas raras de la panza de Hernancito. Se pregunta qué le habrá pasado a Hernancito, porque él después de ver eso se fue corriendo al auto. Suspira, y comenta que seguro que está muerto.

Me mira a los ojos. Dice que cuando Duran entró al auto llevaba dos bolsitas transparentes, que estaban mojadas con un líquido asqueroso. Duran las secaba con su camisa. Jorgito vio los ojos de Duran y dice que estaban desorbitados, ojos como nunca antes había visto.

Termina de hablar, me da un empujón y se va. Va a ver la película con los demás chicos. Yo trato de imaginar la nieve en la calle. No puedo.

19 de febrero de 1999

De Buenos Aires a Panamá, de Panamá a Bogotá y a la vuelta lo mismo. Otra vez frente a los inspectores del aeropuerto. Me miran y les devuelvo la mirada mientras revisan el portafolio de Duran y mi mochila. Siempre preguntan lo mismo. ¿Cómo te llamas, niño? ¿Cuántos años tienes?

Vomité sólo una vez en el viaje. Duran me sonríe, dice que soy un buen negrito. Se agacha y me besa en la mejilla. Su saliva pegajosa me molesta y la limpio con mi mano.

No me acuerdo mucho de los otros viajes. De Bogotá conozco sólo el aeropuerto, la sonrisa de los inspectores, las calles y el Hogar donde a veces, cuando nos quedamos más tiempo, me llevan. Duran se acerca a un auto rosa. ¿De dónde sacan tantos autos de diferentes colores? Uno diferente en cada viaje.

Tengo miedo. Otra vez me va a pinchar con esa aguja. En cuanto suba al auto. El pinchazo duele mucho. Después no me acuerdo nada.

Cuando despierto tengo siempre el ciempiés vendado y me pica la panza. Casi siempre al otro día me sacan las vendas y vuelvo a la Argentina con Duran.

No me acuerdo mucho de Bogotá, digo, nomás algunas calles que pasan rápido mientras miro por la ventanilla y la casa azulada cercana al aeropuerto donde nos meten enseguida. Hay mucha gente.

Veo por la ventanilla del auto rosa al avión que despega. Miro de reojo a Duran. Mete la mano en la guantera y saca la jeringa. Empiezo a llorar, aunque ya sé todo y ahora no tengo tanto miedo como antes. Pego un solo grito. Duran me agarra el brazo y me pincha. Echa todo el líquido.

Siento el cuello pesado y a la vez elástico. Empiezo a mirar por la ventanilla.

¡Qué calor! ¡Cuánta gente! ¡Qué cielo oscuro! Me duermo, señor.  Me llamo Ramiro Flores, señor. Hace dos que viajo.

Diez, señor.

Una lucecita que se va a ir apagando

Botella de vidrio pintada, “How wonderful life is while you´re in the world”, cuadrito donde estoy dibujada, escrachada, onda Picasso, anillo de oro de compromiso, pulsera de plata ennegrecida, entrada de cine de la película La Mexicana, CD de fotos digitales de cuando fuimos a Córdoba, cajita de madera tallada, regalo de su madre, par de aros con forma de delfín, ¡walkman!, un pétalo amarillo de rosa que saqué del libro de cuentos Octaedro, fotos y más fotos, de las primeras vacaciones solos, de la segunda cuando visitamos a sus padres, su hermana y yo, su padre y su madre abrazándome, dos peluches; un oso panda y Totoro, un reloj pulsera.

Pensé en quemar todo, pero ¿dónde hacerlo? Agarré la bolsa y la tiré al agujero de la basura. Cuando volví, Nando me miraba fijo, como esperando que lo perdonara, tal vez pensaba que era un gato y que no tenía la culpa, pero era un gato elegido por Tomás. Lo dejé en una de las paredes del cementerio y después di la vuelta, entré al cine, El Gran Pez, Capitán de Mar y Guerra, Las invasiones bárbaras, Escuela de Rock. El Gran Pez. Escalera mecánica.

Nos habíamos encontrado en el bar Celta, Sarmiento y Rodriguéz Peña si no me equivoco. Empezó a llorar apenas se sentó a la mesa y me miró a los ojos. Qué bronca. Empecé a llorar también. Nos peleamos más o menos mil veces, y no exagero, yo daba un portazo y me iba directo a la parada de colectivo, él menos demostrativo porque era el que quería irse de verdad, cosa que siempre sospeché pero ahora confirmo, dejaba pasar un rato y me iba a buscar. Nunca nos habíamos sentado a llorar así. Dijo que me quería, y dejó una carta para mis padres, donde se disculpaba por no haber sabido apreciarme y decía que siempre los recordaría. A mí también, claro.

A la salida del cine, caminé veinticinco cuadras, una por cada año vivido, en una de las esquinas pensé que le permitiría a un colectivo pisarme y arrastrarme un buen trecho. Después me dije Ana, basta, el mundo no sabe nada de vos, hay cosas peores y volví a mi casa donde encontré un mensaje en el contestador. Era Tomás, que balbuceando, decía que lo perdonara, que lo entendiera, gracias por todo, lo voy a llevar conmigo…

Me acerqué a la repisa, al chanchito, y lo estrellé contra el piso. Después bajé, compré cigarrillos, fumaba y tosía. Junté la plata del piso, unos pesos ahorrados para sumarlos a los de Tomás y mudarnos algún día lejano un departamento más grande.

Apareció Valeria y dijo que saliéramos. En el boliche pensé ¿dónde están las demás? Una casada, otra en Brasil con el novio, otra embarazada. Un chico apareció, me sacó a bailar y cuando me quiso dar un beso le pedí que me llevara a una esquina oscura, porque me daba vergüenza. Con la excusa de ir a buscar otro tequila, me contuve, aparté sus manos de mis nalgas, me bajé un poco el vestido y lo dejé, encontré a mi amiga hablando con un tipo de, fácil, cuarenta años; pedí el shot.

Era feliz con él. Ya no creo que vuelva a ser feliz con otra persona. Había muchas cosas que me gustaban. Hacíamos viandas que comíamos en la plaza. Con las cabezas juntas mirábamos el cielo. Hablábamos. Él me contaba su vida, sus historias. Caminábamos y yo le besaba la mano. Me había llevado a Colombia, su familia cocinaba rico, tomábamos licuados frescos de todo tipo. La piel de su madre era hermosa. Su padre era tan atento conmigo.

“Es como una lucecita que se va a ir apagando. Cada vez más con el tiempo” dice el psicólogo.

Salí del boliche y le dije al taxista que apuntara para Recoleta, el cementerio. Las luces del coche hacían brillar los ojos de los gatos. Busqué en vano a Nando. Lo había perdido también. Por boluda. Valeria con el taxista vinieron a buscarme.

Los endos.

A través de la ventana la nieve cae afuera de Los Galgos, decorado en su interior a tono con la cercanía de la Navidad. Manuel posa su mirada en la mujer que tiene enfrente, de belleza andrógina, alta, flaca, ancha espalda, con unos pechos apenas insinuados y apenas caídos debajo del vestido gris sin corpiño que la hacen más deseable. Una chica retira sus vasos.

–Hay mucho ruido en este lugar.

–Sí, es molesto.

–¿No te gustaría ir a mi casa? Es más tranquilo.

–Dale, sí.

Manuel apunta a la moza con su teléfono celular, paga la cuenta y elige, entre las opciones, la más generosa de las propinas. Salen. Es media tarde, hace mucho calor, está nublado, todo muy limpio, salvo algunas cagadas de palomas por aquí y por allá. Él odia esas láminas transparentes con una capa animada de nieve cayendo infinitamente que suelen pegar a los cristales de las ventanas de los bares.  Salir era un contraste molesto.

Caminan hasta su casa. Manuel ya está tranquilo, a punto de lograr su objetivo. Y si no lo logra… bueno, si no lo logra, no está tampoco desesperado. Sabe que su ego lo metió en esa situación y que no debería hacerle caso a su ego, pero por algo había ido al bar.

Ella camina rápido, tanto que él tiene que hacer un esfuerzo para ir a la par. Un drone atrapa a una paloma posada en uno de los hombros de la estatua de Cornelio Saavedra y empieza a descender para depositarla en una jaula gigante en una camioneta de la Ciudad.

El portero del edificio les abre la puerta. Manuel agradece con una sonrisa. Mudos en el ascensor, sólo miradas cómplices. Tiene una erección molesta. No sabe qué decir. Manuel era biólogo y sostuvo la charla en el bar con casi todo lo que había investigado en su área. Pero la pólvora ya se había inventado, le dijo a ella, con los ojos chispeantes y una sonrisa. Ahora abre la puerta de su departamento. El gato maúlla pegado a la puerta y cuando Manuel entra se frota contra su pierna y lo sigue. Él lo saluda. Qué hacés, Motor. Se dirige a ella.

–¿Agua?

–Sí, por favor.

–¡Qué lindo!

–Sí, se llama Motor, raro que no hayas dicho que es gata, todos se confunden.

Ella se queda mirando la pecera, que la supera en altura, su pelo castaño y su piel bañada por el azul de los tubos actínicos. Los peces azules y amarillos nadan de un costado a otro. Él vuelve con dos vasos, ya no tan molesto con la erección, y los deja sobre la mesa. Se acerca a ella, hace que mira los peces, que ahora se arriman cerca de la superficie, se da vuelta, la agarra por la cintura y la besa. Ella se deja besar y se pega a él. Su entrega dura la mitad de un minuto. Entonces se separa de Manuel y lo mira a los ojos. La mirada acerada de ella lo deja sin aliento.

–¿Qué pasa?

Manuel mira el acuario y los peces están doblados en la arenilla del fondo, unos muriendo, otros ya flotando con su dorso arqueado en la superficie.

–Perdoná. Hay algo que tengo que decirte.

Manuel, ya sin erección, pura adrenalina, siente que tiene ganas de correr, pero ¿adónde? Sabe que el estado de alerta era un resabio de los primeros humanos y que la energía que producía su cuerpo en ese momento, obsoleta para la vida en la Ciudad, como cuando se pelea con su jefe y tiene que enfrentarlo, se transforma en estrés. ¿Para dónde salir corriendo? El resultado es un psoas contraído y, tal vez, bruxismo. Si en la vida primitiva un animal depredador le aparecía a un hombre en el medio de una selva, su corazón latía más rápido, bombeaba sangre a las extremidades para que pudiera salir disparando. Y el hombre salvaje, si podía, salía disparando. Pero él no era un hombre salvaje. La vida le había dado unos cuantos golpes. Para que la sociedad lo acaricie y lo tranquilice como él hacía con su gato.

–¿Qué es?

–No soy lo que pensás.

–¿Qué?

Manuel la mira con suspicacia y se da cuenta. Lo sospechaba desde el principio pero el entusiasmo pudo más.

–No soy la mujer que pensás.

–¿Sos… un Endo… una Reencarnada?

–Sí, soy un Endo.

–Nunca entró un Endo acá.

Él se aparta un paso de ella. El gato la mira con los ojos bien redondos desde el piso. Ella, a su vez, gira la cabeza para fijar la mirada glacial en el felino.

–No se te ocurra.

–No te preocupes. Las torcazas de tu balcón están muertas, eso sí.

–Igual la Ciudad se las iba a llevar.

–Seguro.

La observa, un poco encorvado, había olvidado alinear sus hombros por un momento. Sabía más o menos lo que se venía, tenía imaginación, para su trabajo era necesaria.

–¿Podrías preparar unos mates?

–Claro.

La chica se sienta en el sillón.  El vuelve con el mate listo y el termo.  Sirve un mate y lo toma rápido.

–Entonces, ¿cuál es tu nombre real?… No serás Marcelina como dijiste…

–No. Me llamaba Laura antes. Nunca llegué a vieja.

Ceba y le pasa el mate. Ella succiona la bombilla y sostiene el mate entre sus dos manos, como calentándolas.

–¿Debés ser entonces un… ex familiar de Constantina?

–Sí, soy su tía… me visitaba seguido de chica, ¿por qué ibas a lastimarla?, nunca lo hiciste.

–No sé. No quería hacerlo. Quería probar otro cuerpo. ¿No es lo que hacen ustedes?  Ella está de viaje y me siento solo. Por favor, no le digas nada de esto, no lo voy a volver a hacer.

–No le voy a decir nada. Pero te pido una cosa.

–¿Qué cosa?– El gato se sube a las faldas de Laura, que lo acaricia.

–Dejala.

–¿Cómo?

–Dejala en paz.  Alejate.

Manuel no sabe qué contestar. Siente que la bronca lo invade. Laura lo mira llena de odio. Motor, desde el regazo de la chica, estira la cabeza para que su dueño la acaricie. Él pasa su mano por el pelo del animal, pensando, súbitamente se detiene.

–¿Y si no lo hago?–pregunta Manuel.

–Yo misma le voy a contar.

–No.

Ella empieza a levantar su brazo como para dejarlo caer con fuerza sobre la cara de Manuel.

Motor salta de las piernas de la chica y camina hasta la puerta, donde se detiene, alerta, como esperando que le abran para salir. Pero golpean. El brazo de Laura desciende.

–Si abrís, olvidate del gatito.

–¿Por qué?

Vuelven a golpear. La puerta se abre de una patada seca. Un hombre musculoso, alto, de unos veintitantos, entra y se dirige a la chica.

–Andate.

–¿Quién sos?– pregunta Laura.

–Orlando.

Laura lo mira al dueño del departamento.

–¿Quién es?

–Un amigo. Murió de una sobredosis hace dos años.

Laura se levanta y le pega una trompada en el estómago a Orlando. El joven sale disparado y derriba el televisor. Orlando logra levantarse y le propina una patada de taekwondo a Laura, que va a parar al otro lado de la habitación, cerca del balcón.

–Manuel es una mala persona.

–Es mi amigo. Constantina tampoco es una santa. Lo desprecia adelante de la gente.

–Eso no tiene nada que ver. Ella nunca lo engañó.

Laura salta y da una vuelta en el aire y le pega una patada en el abdomen a Orlando, que cae al suelo. Manuel toma al gato, lo levanta, lo protege con sus manos, y camina hacia la puerta. Orlando se levanta y se abalanza sobre Laura con toda su fuerza. Ella da contra la baranda del balcón y los dos caen al vacío. Manuel se detiene, vuelve sobre sus pasos, abrazando al gato, se acerca a la baranda y asoma la cabeza. Los dos están muertos, inutilizables, tirados en el piso del patio del edificio. Sus cuerpos casi se tocan, sus charcos de sangre se confunden. Manuel escucha un zumbido como de mosquito y ve a un drone cerca de su nariz. No se acostumbra a la carita humana metálica de los nuevos drones. Por un momento, el drone abre el párpado gris de su único ojo, que como un monje zen tenía cerrado, y lo observa. Luego el drone sigue su descenso para ir a juntarse con los otros dos que ya están en el patio, rodeando los cuerpos.

No sabía cómo actuar. Nunca había presenciado una pelea de Endos y no sabía a qué teléfono llamar para que retiren los cuerpos. Cerró los ojos. Había sido su culpa. Empieza a sonar su teléfono.

–Hola, mi amor, ¿todo bien?–  Manuel hace una pausa, se pasa la mano por el pelo.–  Me alegro mucho que estés disfrutando.

Sabía que tenía unos días antes de que Laura reencarnara otra vez y volviera a perseguirlo por lo que había intentado hacer. Baja la persiana de la ventana que da al balcón. Y se queda con Motor en brazos en la semioscuridad.

Los cuerpos que yacían en el patio no eran considerados humanos. De alguna manera, los clones habían empezado a ser poseídos. Si les pasaba algo o enloquecían,  la Ciudad los recogía y los incineraba. Cuando el cielo y el infierno descendieron a la tierra todo se complicó. Antes, los seres queridos muertos de dos personas luchaban en el aire, incognoscibles para los que estaban vivos, pura energía y conciencia, para protegerlos. La guerra era encubierta en ese entonces. Se creía en las casualidades… Pero, cuando empezaron a proliferar los clones, ocurrió algo único. Eran poseídos y utilizados por las almas de los muertos para llevar esa lucha desconocida por los humanos al mundo. Algo en la copia de un cuerpo hacía más fácil que entrara en ese cuerpo lo etéreo. Así podían actuar de manera más eficiente, usando muchas veces sus poderes preternaturales, para cuidar a un familiar o a las personas que habían decidido proteger.

Las teorías se habían renovado. En la antigüedad, los dioses eran los muertos, que luchaban para favorecer a uno u otro héroe. Ya no, habían encontrado la escalera de Jacob para descender a la tierra. Y la usaban tan seguido que los empezaron a llamar Ángeles. Y los Ángeles pelean igual que los humanos. Incluso más. También fueron llamados los Endos por un geek, en tributo a una banda de rock progresivo inglés del siglo XX, aunque la gente usaba la palabra sin saber su procedencia.

Los Endos entrenan mucho, suelen tonificar al máximo sus cuerpos y utilizan suplementos deportivos de todo tipo para incrementar la fuerza y la resistencia de sus músculos. Son cabrones. Están acostumbrados al triunfo y a la derrota.

La conciencia finalmente había evolucionado. Manuel atesoraba libros de biología, cuyo contenido era obsoleto como si fueran tratados del siglo XVI. Más que nunca un telescopio o un microscopio era mejor que un modelo matemático. Las leyendas se habían materializado.

Ahora, el cielo era una autopista. Los ángeles, soldados. Los Endos.

 

Por Adrián Gastón Fares.