Kong 4

Adrián,

Volvía a la noche del cine cuando me encontré a una negra sentada en el cordón de la vereda del pasaje Zelarayan. Tenía cara de nena,  y lo era, pero por momentos parecía de cuarenta; las sombras jugaban con sus facciones afiladas.  Había logrado huir de la casa con jardín selvático donde la tenían de esclava adivinadora. Era, sin dudas, humana. Tenía puesto unos auriculares.

She says she loves you
and you know that can’t be bad
Yes, she loves you
and you know you should be glad

se escapó de los auriculares. No puedo reproducir su nombre en este mensaje, es el nombre del futuro. Un astrologó predijo que será nuestra próxima reina. Tiene lindo nombre. América, tal vez, en secreto, ya lo repite.

Ahora estoy de  vacaciones. Taka aceptó acompañarme; aunque siempre prefiero separar lo personal de lo profesional, las demás personas me molestan. Hacía mucho que no veía el mar y ni bien llegamos volamos a la playa.

Pensaba en mi pasado cuando los bañistas salieron del agua a los gritos. Había tres sirenas sentadas en el borde del muelle. Estos Noseres son creados por los tipos soñadores, que se la dan de poetas. De lo más peligroso que hay; una era oscura, de una belleza imprecisa como la nena que encontré en la vereda; le dije a Taka que la esperaba mientras ella hacía su trabajo.

La sirena negra, de cuerpo escultural, perfilaba su sonrisa en el atardecer. Con un paquete de chicles improvisé dos tapones para mis oídos. Ahí, mi ayudante se acercó a la sirena rubia y le hizo algunas cosquillas para que hablara. La mujer hermosa se convirtió en una gata peluda con tres pinches anaranjados en la boca. Taka le dio unos cuantos palazos y la metió en la bolsa. Antes, agarrate, se agazapó sobre ella y la mordió en la yugular. Te dije que en nuestra época, algunos nacieron con alteraciones genéticas. Taka aprovechó para alimentarse de la limpia sangre del Noser. De más está decir que la rubia perdió su caracter de sirena maléfica, y ahora está chapoteando en mi bañera.

Las otras dos sirenas se arrojaron al mar. Las estuvimos buscando, pero no hubo caso. Te recomiendo que si llegas a 2084 con ganas de meterte al mar, no lo hagas a la altura de San Clemente.

Ah, no te preocupes por tu libro, tengo un contacto en el pasado que está interesado en editarlo. Deberías escribir el otro, ponerte a filmar, crear marionetas, o caminar en la cuerda floja como tu amigo de la 9 de Julio.  Sólo quiero que sepas que no puedo rebelarte quién sos en realidad. Y no todas las pistas que doy en estos mensajes son verdaderas.

Espero que hayas empezado bien el año, aprovechalo!

Un abrazo,

Von Kong

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Elortis (extracto)

Para el biólogo Rupert Sheldrake, existía un campo hipotético que vendría a explicar la evolución simultánea de una función adaptativa en poblaciones biológicas distantes. Para corroborarlo, un tal Watson convivió con una colonia de monos que se negaban a comer papas sucias, hasta que a una de las monas se le ocurrió lavarlas en el río. A partir de ahí, Watson descubrió que las comunidades de monos del resto del mundo seguían la conducta revolucionaria de la monita predecesora. Según Ponen, el viaje hacía más patente la conexión con el campo morfogenético, algo que también nos pasaba en los sueños —especialmente los de la mañana, antes de despertarnos, cuando la mente está limpia— y en algunos otros momentos de claridad mental en la vigilia. Reprendió a Elortis por haber puesto cara de desconfianza, aunque a él le parecía bastante creíble su discurso. El productor rubio, que estaba sentado al lado de Ponen, lo miraba embobado. Sabatini sonreía con cara de haber descubierto un mundo nuevo. Alexander les recordó que ellos dos, por ser psicólogos, tenían que entenderlo fácilmente; Jung había hablado del tema muchas veces, aportando las nociones de inconsciente colectivo y sincronismo. Elortis le contestó que Jung nunca fue su especialidad, y Sabatini afirmó con la cabeza para dar a entender que tampoco era la suya. Gran decepción para Ponen, que había hecho una pausa en su discurso para retomar fuerzas. Resulta que los científicos ya habían comprobado lo del campo morfogenético con la ayuda de una oruga a la que le cortaron uno de los segmentos del cuerpo para injertarlo en el de otra para obtener como resultado una mariposa, aunque con la antena en el ala en vez de en la cabeza, por ejemplo. Y también estaba, por otro lado, el señor Bell y su teorema que había venido a proponer que la física cuántica no pegaba con las variables ocultas de los elementos. La paradoja de Einstein, Podolwsky y Rosen (no sé si importa, pero recordé que Augustiniano llevaba en esa época un pin up de fondo amarillo con la cara blanca de Einstein), la influencia que podía tener una partícula sobre otra en el momento de ser observada que le cambiaba instantáneamente la dirección, lo había hecho salir a Bell con el teorema que lleva su nombre, que para Ponen era un hito en la ciencia que abrió las puertas a una nueva interpretación de la relación de los elementos del universo. John Bell, un físico irlándes que según Ponen había estado presente en una conferencia que dictó el Maharishi en 1978 y que tomaba puntualmente su té de verbena a las cuatro de la tarde (vendría a ser té de cedrón, según Elortis, que también se anotó mentalmente al recordar este detalle conseguirlo en la tienda de los chinos), dejó en claro que debíamos elegir entre la mecánica cuántica o el enlace subcuántico oculto que conectaba a partículas distantes y las hacía cambiar de dirección cuando dos personas, que sabían que estaban haciendo lo mismo, las estaban observando en un experimento, por ejemplo, porque una de las bases de la mecánica cuántica es justamente la teoría de la relatividad que postula que nada puede ir más rápido que la luz (Ponen había dicho transferencia supralumínica de información) Por lo tanto para Ponen la teoría de Einstein era una errata a la que había que tenerle respeto, claro, y ese respeto era el teorema de Bell, un hombre respetuoso este Bell, decía riéndose.

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