Intento de desaparición

Un día estaba jugando con su amiga Vanesa, antes que al padre de Guadalupe, la chica que le contaba historias de terror al grupo en las noches de verano en las que se juntaban en la puerta del kiosco, se le venciera el contrato de alquiler, y la familia de Vanesa se mudara a una casa mejor en un barrio cercano, y decidieron que se esconderían atrás de un sillón en la casa de la abuela de Glande. En algún momento de la tarde, caminaron sigilosamente el espacio que separa el living con el garaje, y lograron sostener sus desapariciones atrás del Taunus amarillo de su padre. Esa proeza hubiera sido más digna de Martín, que de los amigos de la infancia de Glande es el único que sigue en el barrio. Cada vez que Glande baja del colectivo 520 con su mochila a cuestas, antes que el barrio gris lo vuelva a cansar en las ruidosas y divertidas reuniones familiares, donde su abuela y su tía abuela vociferan en dialecto italiano hasta el ensordecimiento de los presentes, Martín, que todavía parece un chico de diez años, pero más desamparado que a esa edad, lo saluda. Las drogas lo afectaron y ahora las frases son más largas y más lentas de pronunciar, pero igual se seguían entendiendo, incluso Martín, que se había vuelto evangelista y se ganaba la vida ayudando en un taller mecánico, era uno de los pocos que pensaban que Glande era un guitarrista que tenía una obra que llevar adelante y, cuando veía al padre de su amigo, le preguntaba qué era lo que estaba componiendo su hijo. El padre de Glande, que de forma irresponsable a veces contribuía a su fama de compositor en ciernes, en esos momentos trataba de explicarle a Martín que si bien su hijo había editado un disco, no se dedicaba a eso todo el tiempo, y que también hacía otros trabajos relacionados con la carrera de Diseño Audiovisual, que había abandonado en el segundo cuatrimestre para meterse en el conservatorio. Luego Glande decidió cortar con esos trabajos, a los que no podía responder del todo debido al zumbido en los oídos que disminuía su poder de concentración para escuchar las órdenes de sus jefes, y su padre tuvo que inventar otras respuestas.

La tarde en la que se escondieron, sus padres llamaron a la comisaria de la zona para que buscaran a su hijo y a la amiga. Glande recuerda ver pasar a las personas buscándolos (sus abuelos, su tía abuela, su padrino, su padre, su madre), y se imagina a sí mismo mirando con una sonrisa satisfecha a Vanesa. Los padres de ella luego se reunieron con los suyos en la casa de un vecino, donde pusieron en marcha una operación de búsqueda, que no llevarían totalmente a cabo, ya que en cuanto el atardecer empezó a dejar en penumbras el garaje, Vanesa y Glande salieron triunfales y se restituyeron, luego de recibir unos cuantos gritos, a la serie de acontecimientos naturales que los harían crecer y distanciarse.

A. F.

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Onibi, de Rokuro Mochizuki

Onibi, The Fire Within

DVD http://www.artsmagicdvd.com/ 101 min. Dirigida por Rokuro Mochizuki. Historia Original: Yukio Yamanouchi Características del Dvd: Special Interview with the Director, Commentary with Tom Mes (writer on japonese cinema).

Catalogada en su momento como una de las mejores películas japonesas de los noventa, Rokuro Mochizuki filmó Onibi después de Another Lonely Hitman.

Merodeador de argumentos donde la temática yakuza es la forma, mientras que el contenido fluye entre los placeres de la vida y el crudo dolor humano, Mochizuki es un director desigual. En la entrevista que acompaña el DVD, dice que prefiere las películas románticas a las criminales; por eso en sus obras la historia principal es casi siempre una historia de amor. En Onibi, son más los aciertos que los errores.

La historia (de Yamanouchi, escritor de libros de temática yakuza, quien alguna vez perteneció a un clan) nos presenta a Kuni (Yoshio Harada), un yakuza que luego de veintisiete años en prisión vuelve a su clan, convocado por su antiguo jefe Tanigawa (Sho Aikawa). El personaje nos recuerda a los que interpreta Kitano en sus películas, pero Harada es un gran actor que no depende de tics para verse canchero (aunque bueno, Kitano nos gusta también)

Kuni comparte vivienda con su amigo homosexual y en una fiesta del clan conocerá a una joven pianista (al director se le ocurrió incluir una pianista en su película después de ver la de Jane Campion) que le cambiará la vida. La trama no tiene muchas sorpresas, es la consabida historia del marginado que intenta poner en orden su vida.

Mochizuki usa de pretexto el género yakuza para develar los placeres y dolores de un hombre peligroso. Maneja los planos con maestría; sumados a la música clásica de la banda sonora generan una cadencia que se parece mucho a la imaginada caída de una hoja de un árbol en otoño. Ejemplos: Kuni junto a Tanigawa caminando por las calles en un travelling a plano medio de los dos ligeramente contrapicado. Una secuencia en que Kuni obliga a su joven enamorada a probar su valentía matando a un perro callejero. La posición de los cuerpos en un plano abierto, trabados en el centro de la pantalla, y mirando en direcciones opuestas, produce una dulce tensión. Otro de los planos es la subjetiva de Kuni haciéndole el amor a su chica.

Por momentos, el filme peca de soberbia, de querer abarcar más de lo que sus personajes proyectan. Hay que notar que es costumbre del cine oriental tomar tópicos, exprimirlos y armar algo más interesante. Habría que analizar (como en el caso de Angel Guts) cómo se genera cine de autor a partir de las propuestas de la industria, más que nada a partir de los géneros: el roman porno, el cine de yakuzas y el cine de terror japonés actual (Retribution, de Kiyoshi Kurosawa es el mejor ejemplo, seguido de la maravillosa Memories of murders, de Bong Joon-ho -la película  siguiente de este director sería la inferior, pero más conocida, The Host) equilibran lo popular con lo personal. En el cine de Mochizuki, como en muchas películas orientales, de la extrema sujeción a los cánones a la extrema perversión de los mismos hay un paso. Paso que, particularmente en Onibi, vale la pena ver dar.

A. F.

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