Recreando el cuento de terror

Los padres de Glande se fueron unos días a la costa y en la casa quedó su abuela materna, quien le estaba contando que los golpes a la puerta, por los que antes habían tenido que cortar la conversación, eran de Jorge, el vecino de enfrente. Glande se había mudado a vivir al Centro. Jorge, unos veinte años mayor que Glande, fue durante mucho tiempo él único interlocutor que Glande tuvo para hablar de música y de películas. Compartieron un recital de Ritchie Blackmore y a veces se encontraban en Lavalle y se metían en algún cine, cuando Jorge terminaba su recorrido con el taxi y Glande no tenía que ir al conservatorio. De vuelta a Lanús, no hablaban mucho más que de música y de la película que habían visto, ya que Glande no sabía qué más hablar con un taxista, y Jorge no sabía qué contarle a un chico que se la pasaba casi todo el día encerrado tocando la guitarra. Ahora el vecino, cuya esposa estaba con las hijas en la costa mientras él cumplía con su trabajo, aparentó estar interesado en la salud de la abuela de Glande pero en realidad lo que quería era preguntarle si lo dejaba quedarse a dormir en el sillón. Finalmente, recapacitó y volvió a cruzarse a su casa.1

Está habitada por un fantasma desde hace años. La historia, que no ventilaremos completamente, tiene como protagonista a una joven que murió, luego de una enfermedad, en pleno embarazo. Cuentan que la casa fue maldecida por la madre de la chica muerta, que era la hermana del suegro de Jorge, luego de una pelea familiar por esa propiedad. La sobrina de la mujer se casó con Jorge y se mudaron a la casa. Tuvieron dos hijas. Al poco tiempo, empezaron a pasar cosas raras. Glande se enteró por terceros, ya que nunca habló del tema con su amigo, que había objetos que se cambiaban solos de lugar. Los gemidos que se escuchaban cuando la casa estaba en silencio hicieron más ruidosos a sus habitantes. En un asado nocturno, el padre de Glande le preguntó a Jorge, alzando la voz en un intento de superar el volumen del televisor, si había presenciado alguna aparición. El vecino respondió que había visto algo impresionante, que no se atrevía a contar. Otra vez, la hija mayor de Jorge estaba sentada en su cama y sintió una fuerza que le arrancó la almohada y la arrojó por los aires. En la actualidad, el ente sumó otra modalidad de manifestación: en las noches, tira de la cadena del inodoro.

Glande no sabe cómo reaccionar ante estas historias. Él no cree en los fantasmas, pero mientras trata de dormirse se tapa la cara con las manos. Ésto se debe a que repetidas veces el tema había rondado su infancia. Por ejemplo, uno de sus familiares había visto el fantasma de su abuelo en la casa de Mar de Ajó, merodeando el fondo. El día anterior al de la muerte de su abuela paterna, Glande tenía dos años y estaba en la cuna, cuando sus padres escucharon un grito salvaje, indescriptible. Por como su madre cuenta el suceso, el grito venía de la pieza de Glande, que siempre se sintió un poco culpable y suele preguntarse qué habrá visto para gritar así.

Un recuerdo elemental, está enlazado con otro, pero Glande no puede discernir qué hecho sucedió primero. Sus padres estaban mirando una película. Era de una mujer que se convertía en algo, que su madre identifica como una araña. Glande tuvo un ataque de pánico y estuvo gritando hasta que lo sacaron de la habitación donde estaba el televisor. Hasta el día de hoy, cuando pasan películas clásicas de terror en el cable, Glande teme dar con la escena de la transformación de la mujer araña. No sabe qué le puede pasar si ve eso. El otro recuerdo, mucho más nítido, es el de estar durmiendo en brazos de su madre, cerca del pasillo oscuro que da a los dormitorios de la casa, en la época en que sus padres vivían arriba y alquilaban la planta baja (ocupada por evangelistas que celebraban reuniones hasta tarde), y sentir una presencia inclasificable que se acerca a observarlo desde la oscuridad. Glade puede reconstruir en su mente el miedo que esa presencia le provocó, que de alguna forma relaciona con el concepto de la mujer araña. Con el paso del tiempo, en la imaginación de Glande, esta mujer empezó a convertirse en la personificación del miedo, pero también de la añoranza y el amor, no sólo hacia su madre y el hogar en que se sentía protegido en su infancia, sino hacia las mujeres en general. De algún modo, esa forma femenina parda e indescriptible que lo perseguía en su niñez, reaparece en los momentos que Glande cree cruciales en su vida, pero ahora personificando a un cálido temor indescifrable, que tiene significados esquivos tal vez porque están aferrados a los procesos de cambio en su vida. Sin embargo, él no quiere tocar a fondo el tema. Dice, citando el pasaje de una entrevista a Robert Graves2, que no está dispuesto a tentar su suerte.

Pero ahora, después de cortar con su abuela, a Glande se le ocurre que el fantasma de la chica que vivió enfrente de su casa pudo ser la presencia que se le había acercado cuando estaba en los brazos de su madre, quizás para saludarlo y darle la bienvenida al barrio. Aunque también podían ser otros, teniendo en cuenta el destino incierto de algunos de los integrantes de la familia en que había nacido su padre.

A. F.

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Carta de un mono a otro

De repente, se puso a llorar. Había discutido con su novia. Ella estaba dando un paso fuera del zoológico. Un paso. No saldría del todo, daría una vuelta. Y lo esperaría del lado de adentro, con la cara bien larga. En parte, por eso lloraba. También porque sabía que después, todas sus razones, que en ese momento se le presentaban tan claras, se esfumaban y su bronca pasaba a ser un capricho irresponsable que no bastaba para patear el tablero y cambiar su vida.

Glande se acerca a Roberto, el chimpancé más viejo de la colección, como dice la placa, que está apartado de todos los demás, simio con jaula propia, por razones de seguridad (los chimpancés jóvenes discriminan y hasta llegan a matar a los viejos; más o menos como en nuestra sociedad, pensó Glande, que desconfiaba de sus pensamientos más solemnes) Por suerte, el zoológico estaba casi vacío y pudo llorar tranquilo sin que nadie lo descubra.

No le hubiera gustado que lo vieran llorando. ¿Y si pensaban que estaba loco? Qué tal, lo único que le faltaba; ya lo habían tildado de neo-hippie y lo miraban con una ternura especial cuando decía que lo suyo era trabajar.

Venía arrastrando un viejo romance, de esos furibundos y secretos que nos hacen pensar que el amor no es un invento humano. Esta clase de amor vital, al contrario del lugar común que ve al enamorado como un inútil, le daba la voluntad y la concentración que su oficio requería, tal vez porque diluía la lujuria irrefrenable que lo poseía en su ausencia. Sin embargo, Juan Roberto Glande, que antes confiaba en el poder revelador de la imaginación y la introspección, había descubierto algo elemental: la experiencia era el factor de cambio. Por lo tanto, la mejor interlocutora con la que sus pensamientos podrían discutir en adelante.

Glande:

Querido Roberto, Príncipe de los Monos (Rey de los Monos no, porque ése es Tarzán),

Me encuentro aquí moqueando de forma deplorable porque a pesar de que intenté mejorar mi vida, no logré más que éxitos parciales. Mis amigos empiezan a tenerme envidia, aunque no creo que sepan la razón. Todavía soy un guitarrista del montón, pero últimamente hay personas que van descubriendo algo en mí. Mi intención era ser más bien serio y no popular, pero resulta que se me ocurrió cantar en el último disco y enseguida me armé un pequeño círculo de admiradores. Sin embargo, mi billetera sigue tan vacía como siempre. Las personas más inteligentes, y menos estructuradas, por decir algo, que me acompañaban desde la época del conservatorio, dejaron cualquier vestigio de genialidad en el camino para dedicarse a ganar algo de dinero. Imposible que después no se dediquen a desear los éxitos parciales de los demás. En mis recitales, ahora, me ayuda un chico que lleva una computadora y ejecuta bases rítmicas. La banda ya no está. Seba por ejemplo, un excelente saxofonista, hijo del dueño de una estación de servicio, querido mono, nada menos, colgó el instrumento en el ropero y se dedica a diseñar cajas para sushi. Una de las ventajas que Seba ve en eso, es que a veces puede comer sushi gratis, incluso llevarle a la novia. El otro día, querido Roberto, a ver si te molesta que te diga mono, ya que te nombraron gentilmente los evolucionados simios que regentean este lugar como Roberto el simio más longevo del zoológico, el otro día monito, aunque ya estás viejo, perdón, mi amigo Seba me contó con lujos de detalle el revolcón que se dio con su novia después de que le ofreciera el preciado sushi. Incluso, sin ofender, me contó cómo la excitaba a su novia sentir el sushi frío sobre su rayita.

Vio a un chimpancé bebé que lo miraba desde otra jaula y se ruborizó por lo que le había dicho, telepáticamente, al simio mayor. Estuvo a punto de desistir.

Glande:

Rosmaría, que el mes pasado había propuesto la separación, en éste cambió de parecer y ahora se encuentra tan enamorada de mí como el primer día. Yo estaba planeando una existencia nueva, la culpa de dejar de lado una relación duradera y segura no me acecharía, y podría dedicarme a sentir algo real, que me alejaría de las usadas ficciones que me persiguen diariamente, algo real, claro, fuera del acto de componer canciones. Aunque, Robertito, tengo que confesar que uno de mis temores es que un amor nuevo me impida componer cosas buenas, ésa es la fe que tengo en la infelicidad, que vaya a saber de dónde viene, supongo que exactamente del mismo lugar de donde yo vengo. Pero, contrario a lo que se puede suponer sobre una persona con esos humores, también me divierto mirando los cambios mínimos en las personas y en los objetos, sé disfrutar del sol y de los mates, de las caminatas, de leer un poco, y con eso, a veces, me conformo. Cuando yo era chico, mi papá me contaba la historia de Cat Stevens y de cómo se convirtió en una especie de monje musulmán, y no sé por qué, querido mono, a veces tengo miedo de convertirme en Cat Stevens, colgar la guitarra, como colgó el saxo mi amigo Seba, pero irme a esconder a algún monte. Al final es lo mismo.

Aunque Cat Stevens era un misterio para mí, una especie de santo al que imaginaba barbudo y con la seguridad que, supuestamente, se necesita para dejar de lado las tentaciones más oscuras ¿Qué razones lo habían alejado de la fama, empujando su voluntad hasta convertirlo en Yusuf? Sería por Cat Stevens que, tiempo después, cuando ya estaba en el conservatorio, me bajé de internet la Vida de San Antonio, por San Atanasio de Alejandría, gasté muchas hojas y tinta para imprimirla y quedé subyugado con el pasaje en que San Antonio se encierra en un sepulcro, un recinto como el tuyo mono Roberto pero en el desierto, y luego de ser azotado por demonios lo encuentran tirado en el piso, lo llevan a una iglesia y mientras todos rezan el egipcio se levanta y pide otro encierro en el sepulcro y entonces pasa una noche en que los demonios lo acosan con formas de animales que intentan desesperarlo. Y ya que estamos acá Roberto, me acuerdo que cuando era chico y tenía fiebre soñaba con jirafas y multicolores bichos rastreros.

¿Y qué mirás Roberto y por qué te rascas ahora, qué viniste a descubrir en esta piecita? Tal vez, si te ponen con los demás monos a vos no te matan a palos, como sugiere la placa, tal vez a vos justo te aceptan, qué saben de un simio como vos los que escriben cosas en esas placas verdes.

Bueno, voy terminando. Sólo te pido que me digas, por tu simpleza y tu paciente vocación de mirar: ¿Qué es lo que hay que hacer? No me puedo quedar con vos hasta que caiga la noche, aunque ahora hay visitas nocturnas, así que uno de estos días paso a saludarte. Linda forma de encerrarse en el desierto urbano cada tanto. Tal vez, hasta conviden con algún vasito de vino. Pero ahora decime, Roberto, lo que te pido.

El mono Roberto, vetusto y apenas corroído a sus cincuenta años, se rascó la cabeza y pestañeó. Acto seguido, bajó una de sus manitos y empezó a estirarse el miembro, dándose formidables sacudidas.

La novia de Glande había vuelto a buscarlo, lo agarró de la mano y juntos alcanzaron la salida.

Adrián Fares

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