Lemuria, o el fin del viaje

Lemuria, o el fin del viaje

Avanzamos por la costa de Manakara, donde las elevaciones se abrieron para ofrecernos el océano, que está ahí frente a nosotros, como una exhalación del pasado ya. En el borde de la escollera, a dos pasos del agua, esperamos que el mar se abra también, pero nada ocurre (el tiempo se detiene otra vez y nos reconocemos; sabíamos que estábamos perdidos, pero no tanto); es posible que mañana al levantarnos en la oscura roca, nos vean desde el cielo mientras se alejen y se pregunten qué hacemos acá, como nosotros nos preguntaremos por ellos, más que nada por todos esos nenes que abrirán sus ojos en otro mundo, que no sabrán que huyeron.

A las miradas escrutadoras (¿habrá alguna?; ignoramos si desde los cohetes la tierra se verá) les contaremos que seguimos al lémur y que el animalito nos paseó por vastas regiones que hasta el momento creíamos inexistentes, no por imposibles sino porque jamás las habíamos soñado en nuestra cómoda seguridad. El lémur nos mira con sus brillantes ojos, retrocede y se rasca la cabeza, mientras su cola anillada serpentea a ras del suelo.

Y nos dormimos, mirando al animalito que nos recuerda que no hay otra, que los últimos cohetes ya salen y los pobres e ingenuos quedamos afuera, qué le vamos a hacer; esta destrucción será el principio de otra evolución, la nueva selección nos apartó de los demás y nos dejó sobre esta roca fría, donde nuestras pisadas son lavadas sin asco por el agua constante, en latigazos helados que nos dejan tiritando frente al lémur.

En el sueño recordamos nuestro tránsito, las vueltas que nos llevaron por rocas y más rocas, como si éstas fueran un símbolo secreto que huyó del azar para encontrarnos a nosotros y dejarnos pensativos y confundidos frente al itinerario del lémur; el estrecho desfiladero que nos reveló Petra (el lémur husmeó con énfasis y desechó muchas grietas), el recinto del Gran Zimbabue, donde el animalito pareció por un momento encontrar lo que buscaba en la torre cónica. Recordamos nuestro suspiro y el escepticismo que nos había noqueado ya antes de que el lémur saliera de la torre y se alejara de nosotros para desandar el camino.

En el sueño visitamos las alcantarillas de Mohenjo-Daro, donde encontramos al lémur con ese aire de seguridad en la búsqueda que a todos nos faltaba. Decidimos seguirlo. Mucho tiempo después, y también en el sueño, cruzábamos en una barcaza el Canal de Mozambique, porque el lémur se encaprichó con la embarcación.

Despertamos con el ruido de las primeras explosiones; los ojos del animalito desesperan. Los cohetes nos abandonan, los niños amanecerán mañana en un nuevo hogar. Miramos al lémur, reconociendo el fin de nuestro recorrido; otra explosión (otro cohete sale al espacio, las explosiones hacen que quieran abandonar el planeta lo antes posible) y el animal corre hasta la punta de la lengua de tierra que nos sostiene y da tres alocados saltos; nosotros lo tomamos más tranquilos, ni el sueño nos repuso del escape y estamos muy cansados.

El lémur vuelve, da otro salto y reconoce una grieta, una separación en la roca tan insignificante que apenas pasaría su cuerpito. Nos acercamos y, vencidos, rodeamos al animal, mientras otra explosión hace que más cohetes se lancen al espacio. Mientras escuchamos el final de todo, la cola del lémur se tensa en un espasmo de alegría y lo perdemos en la grieta, donde se mete dichoso de encontrar la roca sumergida, el continente que siempre supimos que buscaba, pero que está vedado justo para nosotros.

Adrián Fares

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Stevenson y las imágenes

Stevenson y las imágenes (2001)

“This, then, is the plastic part of literature: to embody caracter, thought, or emotion in some act or attitude that shall be striking to the mind’s eye. This is the highest and hardest thing to do in words (…)”

En su ensayo A Gossip on Romance (Memories and portraits), Stevenson nos comparte su reto: la parte plástica de la literatura, lo más difícil de lograr, es encarnar en un acto una emoción. Fácil, y necesario creo, es tomar el concepto desde un punto de vista cinematográfico y tratar de analizar cuáles son los films que cumplen esta indispensable propuesta. Digo indispensable, ya que uno comprueba que los únicos films que valen la pena (los que, luego de llevarlo de la mano, dejan al espectador frente al precipicio de la catarsis) son aquellos que en algún momento condensan la historia en una imagen o acto. Stevenson da el ejemplo literario, entre otros, de Crusoe siguiendo las pisadas. Me gustaría agregar éstos: Aquiles llevando el cuerpo de Héctor a Príamo, Pilatos lavándose las manos, la institutriz que encuentra a Miles mirando la torre a mitad de la noche en Otra vuelta de Tuerca, el pescador que arrastra a tierra los restos del animal gigante que mató en El viejo y el mar, el príncipe Mychkin, en el piso, otra vez idiota (El Idiota), el “preferiría no hacerlo” de Bartleby (Bartleby, el escribiente) y todo el barco en Benito Cereno. En Rayuela, Horacio buscando al azar a la Maga por las calles de París. Los ejemplos rebalsarían la hoja.

Sabrán qué molesto puede llegar a ser explicar la razón de estas imágenes o la parte que juegan en el todo; esperando que identifiquen las demás me ahorro el sufrimiento y clarifico uno de los ejemplos; en general, lo que causa catarsis en la “escena” mencionada de El Idiota es la súbita comprensión de que su trato con la sociedad lo perjudicó.

Pasemos a las películas. La más obvia: en El ciudadano, el trineo con la inscripción Rosebud quemándose en la hoguera es la imagen a la que se refiere Stevenson en su ensayo; “la pasión vestida de situación”. La pasión significa el elemento de contenido de una obra, el tema llevado a la perfección y a su clímax en una imagen.

La madre enternecida frente al bebé (que nunca vemos) en El bebé de Rosemary es otro ejemplo. En Psicosis, la casa gótica es el elemento alrededor del cual ronda todo el misterio y desesperación de la cinta. La computadora muriendo en 2001, Odisea del Espacio y el astronauta anciano frente al objeto del espacio que une las secuencias, son temas interesantes llevados a imágenes-síntesis, como el encuentro de una oreja entre los yuyos en Terciopelo azul. Estropearemos esta última imagen, explicándola; como sugiere Stevenson, Lynch encarna en la situación de la oreja un carácter; de ahí en más, sabemos que el protagonista es curioso y ama los misterios, que es suficientemente valeroso como para enredarse en uno (no se limita a mirar a la oreja, sino que la levanta). Por otro lado, un pueblo donde se encuentra una oreja es mucho más macabro que uno donde tropezamos con un cuerpo; ni hablar de la persona que anda cortando orejas por ahí. De esta forma, una imagen nos describe el carácter del protagonista y su entorno.

En El Exorcista, la imagen del cura frente al ídolo africano que concluye la introducción es quizá demasiado simple y maniqueísta como para tener en cuenta, pero anticipa y completa el tema del film; la dilatada lucha entre un cura y un demonio (la posesión de Megan es la estrategia del demonio para volver a encontrarse con el padre Merrin).

En El Banquete de Boda, Ang Lee termina esta comedia dramática con la imagen del padre del homosexual levantando las manos, en cámara lenta, para que lo revisen al pasar la aduana; ¿cómo trasladar en palabras la manera simple y a la vez maravillosa con que la imagen completa el film?

Por último, permítanme señalar el final de Dioses y Monstruos; si bien la película utiliza de manera exagerada el flash-back, la idea de unidad que enlaza la trama desequilibra cualquier crítica; cómo no sentirse gratificado ante la imagen final del protagonista bajo la lluvia imitando a Frankestein (recordamos que en el film nos sugirieron la inquietante relación padre-criatura entre James Whale y su jardinero).

No hay duda de que las películas más interesantes, como los mejores libros (Stevenson creía que ninguna floritura de estilo podía reemplazar una buena historia, una idea bien desarrollada), tienen una o varias de estas imágenes poseídas (de la trama, del personaje, etc.), “significativas para el ojo de la mente”. Comprobamos, en esta insignificante enumeración, que la ubicación de las mismas en la trama suele ser el desenlace, aunque no siempre es así, y en algunos casos cierran la introducción. También que no abundan los ejemplos; esto puede ser resultado de la dificultad: encarnar un complejo carácter o un pensamiento en una situación o un acto simple no es nada fácil. Y si seguimos con la metáfora de la posesión, y la trasladamos a medias, convenientemente, a la creación; sabemos que el demonio no elige a cualquiera.

Por Adrián Gastón Fares

Nota: En nuestras librerías no será fácil encontrar los ensayos de R. L. Stevenson; los interesados pueden dirigirse al sitio http://www.gutenberg.net, la mejor librería virtual gratuita (en inglés) de la web. Estos libros son un poco incómodos; por lo menos no tienen pulgas.

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