XIII. El Chiquito

XIII. El Chiquito

El colectivero frena, habla por la ventanilla con otro colectivero, hace pasar a unos tipos que tocan el charango y que a esa hora están muy borrachos. Los tipos suben, dicen unas palabras, se olvidan de tocar, pasan el sombrero a los pocos pasajeros y abandonan el colectivo.

Me tocan el hombro. Descubro al Chiquito, que se disculpa por haberme asustado y se me sienta al lado. Dice que me vio subir con cara de culo, no sabe qué me pasa. Mientras habla el Chiquito, pienso en Oscar Wilde, en ciertas cosas que daba a entender en sus obras; cuando decía que en la vida, en una situación trascendente, lo importante no era la sinceridad, sino el estilo. El término, así contrapuesto, por más que no sea antónimo, nos deja claro de qué está hablando, cuánto hay de mentir en el estilo y cuánto hay de triunfo en el mentir; es comprensible que en momentos difíciles sólo alejados de nosotros mismos podamos triunfar.

Una mentira, necesaria y fácil de construir para empezar un amor terrenal, es raramente urdida con éxito por el sujeto que vive el amor con mayúsculas; el pobre infeliz, ignorante de estrategia alguna, enfrenta un problema descomunal y termina olvidándose de pedir el teléfono. Sabrá que debe mentir, que no puede declarar ese tipo de amor a una desconocida (sabrá, gracias a cierto párrafo leído en alguna entrevista a Bioy Casares, que es peligroso declarar ese tipo de amor), es así que decide callarse y posponer, terriblemente, el verdadero encuentro. Como conclusión, prometo la próxima vez que me cruce a Ema proferir una palabra: Hola.

El Chiquito sabe que estuve cerca de Ema, dice que nos vio salir del cine y decidió seguirme, que le pareció muy raro que Marte y el Doble no estuvieran en la salida. Lo miro fijo al Chiquito, entiendo lo que habla, pero la laxitud de mis pensamientos impide ligar bien los hechos, ya las casualidades son demasiadas y, para que no me dañen, intento olvidarlas.

Le digo que está bien, que no significa nada que Marte no estuviera. El Chiquito me deja claro que no debo creer eso, que cada vez que Marte desaparece después desaparece alguno de los mensajeros. Que Marte sólo desaparece cuando está muy enojado, cuando la situación lo ofusca tanto que necesita salirse del juego, abrirse para mirar las cosas desde lejos. Mirar las cosas desde lejos, para el Chiquito es confabular. Y Marte sólo puede confabular lejos de Ema.

Está bien. Acepto lo que sugiere el Chiquito, que algún accidente y otro muerto, que un mensajero menos, Marte enojado, celoso. Sonrío, abstraído por el recuerdo de la salida del cine junto a Ema, de la mirada compartida. Pienso en la sinceridad nerviosa de su mirada, en la mía.

Intenté y busqué varias veces la sinceridad, es una perversión que me doblega; tal vez la confundí más de una vez con la pureza y no es lo mismo; quiero decir que no hay relación necesaria entre los términos (alguien puede ser sincero al contarnos lo ladino que es; otro puede inventar barbaridades, construir un carácter refiriendo acciones que nunca haría) La pureza es un determinado tipo de acción; exactamente lo contrario a lo requerido una y otra vez por las consultoras laborales: a saber no ser flexible, no dejarse convencer fácilmente, no adaptarse a cualquier cosa, o al hacerlo ser siempre uno mismo (aunque uno no sepa quién es; ser nadie entonces). Cuando hablo con una persona, cuando estoy con una persona, cuando me miro al espejo, busco pureza y la busco hasta en los dientes. Cuando no la encuentro, cuando la mirada del otro tiembla, cuando el espejo duda, entonces sufro, caigo. Y ahora que se me ocurre todo esto, me acuerdo que alguna vez, hace muchísimo tiempo, caí, y creo que tal vez todo el trayecto hasta este colectivo no fue más que arrastrarse, seguir porque sí, avanzar hacia una certeza que creo ver al final; qué lindo encontrarla y saber que la busqué con los ojos bien abiertos.

Miro la cara del Chiquito, y sus ojos tiemblan, sé que está conmigo porque tiene miedo de Marte y no sabe qué hacer. Dice que Marte no es normal, que todos nosotros somos normales, pero Marte es un tipo raro que sabe demasiadas cosas, que parece haber vivido trescientos años, que no se sabe por qué pero busca a Ema desde hace mucho tiempo. El Doble, que sí es mortal, que es una copia trucha de Marte, es el mejor iniciado en los secretos de su maestro. El Doble es el que le contó al Chiquito algunas cosas.

Por ejemplo que Marte es una especie de holandés errante, que necesita redimirse; cuando entregue el mensaje a una mujer pura, que lo ame de verdad y le sea fiel para siempre, Marte quedará libre. En esta versión de los hechos, Marte está muerto, no es nadie, ya no debe ser, y busca el amor de todas las mujeres, el amor de Ema, la única mujer.

A mí no me preocupan las relaciones metafísicas de este conflicto, algún día tal vez las piense, me quedo tranquilo con la certeza de que Ema sí es como el Chiquito y yo, que Marte es el complicado, el muerto, el raro, el engañoso. No puedo pensar que Ema es también inmortal, que estuvo con ese director yanqui la noche que lo asesinaron, no me hubiera enamorado de una persona así.

El Chiquito me cuenta otra cosa; Marte no se cansa de decir que si miramos bien alrededor todos son mensajeros. Rápidamente el petiso levanta el índice hacia el espejo arriba del colectivo, donde veo cómo el chofer acaricia un papelito que sobresale del bolsillo de su camisa. Entonces el Chiquito me señala a un costado, y ahí hay un adolescente que simula leer un libro, pero en realidad lee un papelito atrapado entre las páginas. El Chiquito dice que todo es azar o destino, según desde donde se lo mire, que solamente una averiguación exhaustiva, por ejemplo preguntarle al colectivero por qué está acariciando un papelito en el bolsillo, puede dar como resultado una confirmación. Dudosa: porque también el tipo puede mentirnos, y decir que es una estampita de la Virgen que lleva ahí siempre y que por religioso acaricia, o que le picaba una tetilla y era la única manera de rascarse. Dice que la decisión de alguien de mentir o no, eso es azar o destino. Lo que me lleva otra vez a Oscar Wilde.

El Chiquito susurra que, si todo sale bien, es probable que Ema empiece a salir conmigo, que voy a ser el que entregue el mensaje.

Me bajo del colectivo y el Chiquito también. Me sigue hasta el edificio y en la puerta, cuando estoy por meter la llave, hace que su cabeza vuele en pedazos (sacó el arma del sobretodo)

Subo en el ascensor, un poco manchado de sangre, decidido a lavarme y pensar si es verdad que el Chiquito acaba de volarse la cabeza en la calle.

Después de media hora se escuchan las sirenas.

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XII. Hola o chau

El Sabañon XII. Hola o chau

En el castillo de madera

Nos perdemos en cadena:

Avanzamos de la mano

Por un camino trillado

Y ante las terribles bellezas

Que destrenzan sus cabellos

Destrenzamos nuestras manos;

“Si te he visto no me acuerdo”,

Nos saludamos…

Dos nenes cantan al lado del cartel de una película infantil, pero me doy vuelta otra vez y es una vieja imitando la voz estridente de un dibujo animado para divertir a una nena rubia. Los dos chicos, lampiños, no eran otra cosa que mi imaginación (si no fuera así, los chicos cantarían la cumbia villera; por otro lado, esa canción no existe, nunca la escuché antes…)

Entro a la sala (ni siquiera me piden autorización) con el mensaje un poco mojado en la mano, y un paquete grande de pochoclos (promoción al entrar) Todavía no bajaron las luces, pero la presentación terminó; los periodistas guardan libretas y grabadores. La busco; las rodillas me tiemblan y tengo el estómago frío.

Hay adelante una chica de pelo negro con bucles que podía ser Ema pero no, es alguna que le gustaría parecerse. Y ahora la veo bien, sentada al lado de su amiga y un par de tipos de traje. Avanzo hacia ella. Las luces se apagan.

Mis pochoclos ruedan por el piso. Casi me caigo pero sigo avanzando hasta que la luz blanca llena la pantalla, pero ya no distingo dónde está ella, tendría que empezar a buscarla otra vez. Empieza la película y estoy tan bien en lo oscuro, tan mal. Noto que ella no me busca como yo la busco, que sería capaz de alejarse de mí sin chistar. Y cuando respiro es como si el aire fuera metal rayado.

No puedo concentrarme en la película, es imposible, hay movimiento en la pantalla, gente que dispara y putea, actores argentinos que putean y disparan, pero yo me estoy acordando del jueves, cuando caminé hasta la oficina de un detective (un paso gigante en creerme toda esta historia: buscar en los clasificados del diario más rasca y seleccionar al azar, mejor dicho por conveniencia de ubicación, el teléfono de ese chanta que me prometió una localización rápida, nombre y apellido, dirección y, entre otros datos, breve reseña de actividades cotidianas del hombre que es Marte) A pesar de que creo que no hay explicación creíble para estos hechos, guardé mi opinión; si existe algún traspié en el orden de este mundo lo descubrirá y patentará el detective en sus investigaciones y más tarde me dará sus opiniones, el tipo filtrará toda la irrealidad y yo quedaré mentalmente ileso. Si el comentario de los demás es lo único que me mantiene lúcido. Hasta las palabras peyorativas del Polaco respecto al asunto me confortan, alejan dudas.

Porque lo único que sé con certeza es que el Estornudo, o algún otro mensajero anterior, apodó así a ese hombre pelado de barba por su belicoso desempeño en la tarea de entregar el mensaje. Ahora, cuánto hace que Marte lleva el mensaje en el bolsillo, no sé. Menos qué papel juega Ema en todo esto; la inmortalidad del mensajero, en todo caso inverosímil longevidad, presupone la del destinatario. El mensaje es otro tema, el mensaje tal vez sea eterno, duración indefinida; nuestros nombres pueden ser casilleros vacíos a llenar.

Bueno, basta. Creo que de verdad estoy mal; demasiada idealización, hasta me asusta llamar a Ema mujer: mujer son las madres, las tías y abuelas, para mí sólo existen los nombres, las manos, el pelo, los labios, los ojos.

Termina la película. El elenco se saluda e intercambia sonrisas, la mayoría nerviosas teniendo en cuenta la respuesta de los demás invitados. Decido irme sin entregar el mensaje, hoy no podría.

Pasa la viejita que me prestó el hilo dental y, mientras le da un codazo a una amiga, me sonríe. Enfrento las escaleras y cuando me doy vuelta para mirar hacia el lugar donde Ema debería estar nuestras miradas se encuentran. Yo otra vez, vuelto a nacer, Sabañón redivivo, decido avanzar de todas formas hacia la puerta y simular alejarme, para ver su reacción.

Aunque no tenga ganas de fumar, me detengo para sacar un cigarrillo. Miro hacia atrás, y veo que Ema habla con uno de los hombres trajeados; sin embargo, noto que por el rabillo del ojo me mira.

Sigo caminando y al rascarme la cabeza y darme vuelta veo que ella avanza más rápido, está ahora a dos metros. Ya en la boletería del cine pretendo mirar los carteles de la película infantil, mientras ella se detiene para comparar el vestido con el de su amiga, como son promotoras están vestidas las dos iguales pero alguna diferencia hay en la ropa y Ema parece buscarla (ojalá simule, ojalá haya otras razones en esa búsqueda de detalles)

Alcanzamos juntos la salida y ella da vuelta su cara y me mira, como para que la salude, para que diga algo, hola, o chau o no sé qué, pero yo no puedo, es demasiado, la situación es como para estar llorando tres horas sentado en la calle (¿y no será todo ensueño?, ¿no habrá mirado de casualidad?, ¿sus retardos no habrán sido inventados por mi complaciente imaginación?)

Vuelvo a casa en un colectivo viejo, ni siquiera fui rechazado y eso es lo peor, estoy mudo y lleno de cosquillas de bronca hacia mí mismo; ante Ema me comporto de manera absurda, inexplicable…