Bajo la manta

En un apartamento de dos ambientes, dos hombres están de pie frente a un pequeño cuadro. Es un cuadro abstracto, extravagante y tenebroso. En realidad, parece un oscuro arácnido aplastado contra el lienzo. Pero no existen arañas tan grandes.

Jorge, que parece tener unos cuarenta años, se toca la barba. Marcelo, que es un poco más joven,  observa el retrato con las manos cruzadas detrás de su espalda. Los dos visten  trajes negros. Jorge usa anteojos y Marcelo es un hombre de pelo crespo. Jorge niega con la cabeza

–Y decía que era el retrato de Laura.

–Parece un gargajo gigante–comenta Marclo.

–Para Iván no, siempre me dijo que lo pintó mientras Laura modelada, decía que si se miraba bien ella estaba ahí–dice Jorge.

–Sabés qué–dice Marcelo–teníamos que haber sospechado que se iba a volar los sesos… Un tipo que pensaba todo al revés.

Jorge está preocupado. Mira su reloj.

–¿Será puntual esta Laura?

Se miran entre ellos, esparciendo de vez en cuando su mirada por los trazos finos y negros del cuadro, como si esperaran que algo cambiase y eso los entretuviera. Entonces suena el timbre.

Marcelo sale por una puerta. Jorge se da vuelta y se alisa el pelo.

Entra Laura. Se pone a mirar el cuadro, suspira. Detrás está Jorge con una sonrisa bastante ladina. Laura, afectada, pregunta.

–¿Tenía que ser acá?

Jorge abre su saco y señala una carta escondida en el bolsillo interior. La toma y se la pasa a Laura. Ella la lee caminando lentamente mientras los dos hombres tienen clavada la mirada en el suelo.

Laura deja la carta sobre un cenicero que está en la mesa que también tiene un velador de pantalla de cristal color crema. Laura mira seriamente a los dos hombres. Marcelo, impaciente, dice:

–Su último capricho.

Laura mira la carta en el cenicero. Busca detrás de los dos hombres. Debajo de los rieles que sostienen una cortina mustia, descolorida, apenas separado, está ubicado un caballete con un cuadro que está tapado con una manta blanca. Laura camina hasta el caballete. Las miradas de los dos hombres la siguen. Va tocar la manta cuando Jorge da un paso.

–Nos mandó otra carta diciendo que nos fijemos que se cumplan sus condiciones en demostración de nuestra amistad y que no te contemos el propósito de la reunión hasta que llegaras.

–Vos leíste bien. Tenés que quedarte hasta las doce de la noche sola en esta habitación–agrega Marcelo– y cuando ese reloj –. Señala un reloj cuyas manecillas dan vuelta alrededor de la Torre Eiffel– dé las doce te acercás y sacás la manta.

Laura mira el suelo, gira y da la espalda a los hombres.

–Queda en vos, Laura, cumplir o no con la espera. Nosotros vamos a estar en la cocina. Dejá tus cosas por ahí, ponete cómoda–dice Jorge.

–Me voy a poner la alarma del celular así no tengo que estar mirando ese reloj todo el tiempo.–agrega Laura

–Perfecto–contesta Marcelo.

El reloj colgado en la pared marca las nueve y veinte de la noche.

Jorge y Marcelo se dirigen a la puerta y salen a la cocina. Antes de salir, Marcelo mira hacia atrás, a Laura, con una mezcla de bronca y pena. Laura le devuelve una mirada acongojada. Jorge cierra la puerta. Sonríe. Marcelo está molesto.

Dentro de la habitación, Laura deja su bolso sobre una silla antigua. Deja caer su abrigo sobre el piso de madera. Se da vuelta y enfrenta al cuadro oculto tras el caballete. Temerosa, no sabe si acercarse o no. Da dos pasos hacia el cuadro y vuelve a su posición inicial.

La sala de estar del apartamento tiene una mesa pequeña y un sillón cerca de la puerta de entrada. Frente al sillón hay una librería con varios estantes. Están casi todos vacíos, como si hubieran retirado los libros. En uno de los estantes hay una botella de whisky, acomodada para que resalte, casi a la altura del sillón. En otro instante hay una foto del dueño del departamento, Iván, un joven flaco, con barba, que sonríe en frente a un cerro.

Frente al sillón, Marcelo y Jorge miran a su alrededor.

–Faltan cosas– comenta Jorge.

Los dos pasean sus miradas que convergen en la botella de whisky sobre el estante del mueble. La botella refleja a ellos dos acercándose hacia ella hasta que uno de ellos la toma.

–Qué atento este Iván– dice Marcelo.

–Mirá esto– dice Jorge.

Detrás de la botella hay una fotografía de Iván que tiene cortada la cabeza.

–Le falta la cabeza, ¿y?– dice Jorge.

–Se la cortó Iván. La última vez que lo vi dijo que la iba a desparramar por algún lugar de la casa.–agrega Marcelo

–¿La cabeza?–pregunta Jorge, que sonríe.– ¿Para qué?

–No me dijo nada más.

Jorge suspira.

–Siempre tenía que hacer algo para llamar la atención.–comenta.

–Y pegarse un tiro fue lo último.–dice Marcelo

–Pero eso lo hizo porque Laura lo dejó.

–Nadie se mata por una sola cosa, no lo sabés. No era eso. Si hasta quería dejarla él a ella.

–Es complicado.

En la otra habitación está Laura frente al cuadro tapado, mirándolo. Se acerca al cuadro que está colgado, su supuesto retrato, y baja la vista hasta el cenicero donde está la carta. Mira el retrato y luego al suelo, prende un cigarrillo, niega con la cabeza. Da una vuelta por la habitación y se detiene frente al reloj. Lo observa mientras exhala el humo. Baja la mirada hacia el cuadro tapado, gira y se acerca rápidamente.

Los dos hombres están en la cocina preparando café instantáneo.

–Me parte el estómago esa porquería–dice Jorge.

–Podría habernos dejado algo mejor para tomar.

–Creo que quería que tomáramos el whisky– dice Jorge señalando la mesita ratona sobre la que está la botella.

–Esto da claustrofobia–dice Jorge.

–Es más grande que el tuyo–dice Marcelo.

–Sí, pero este es claustrofóbico–repite Jorge.–El pasillo ese de entrada es tan largo. Parece esos pasillos de las pirámides.

–Tenía plata para estar en un lugar mejor, no sé por qué se quedó acá.

–Andá a saber.

Jorge revuelve el café y se lo pasa a Marcelo, que lo prueba.

–No está tan mal, eh.

Jorge toma el suyo. Los dos se miran. Se ríen.

–Todavía no sé qué hacemos acá–dice Jorge.

Marcelo asiente.

–Podíamos haber visto el cuadro y nos íbamos a la mierda– dice Jorge.

–¿Sabés lo que me preocupa a mí? Que Iván algún día sea conocido y esta anécdota de él se cuente. Ahí vamos a aparecer vos y yo, cumpliéndola. Si nos vamos y no le damos bola, puede ser que me pase toda la vida lamentándolo.

–¿Quién se va a acordar de Iván? ¡Por dios! Se cuentan anécdotas de artistas de verdad–dice Jorge.

–Sabés qué. Creo que la única manera de existir es en una anécdota. Todos los demás matices se pierden.

–Así que vos estás acá–dice Jorge– porque pensás que de acá a unos años alguien va a repetir frente a una posible audiencia, o en un libro, esta charla de café instantáneo.

Marcelo asiente, mirado por sobre el hombro de Jorge. Más allá de su amigo, más allá de las paredes.

–¿No tenés esa sensación de estar en todo momento siendo observado? Como si ahora se esté contando el último deseo de Iván, como si nos estuvieran escribiendo, o mirando.

Los dos miran hacia puntos opuestos de la habitación. Luego, Jorge mira con seriedad a su café. Revuelve el líquido negro, con casi nada de espuma.

Laura está acurrucada contra la pared opuesta al caballete. En sus ojos parecen reflejarse las agujas del reloj que está colgado en la pared. La cortina del ventanal de la habitación se mueve por el viento y deja ver la noche y algunas luces provenientes de los edificios cercanos. Laura transpira y niega con la cabeza. Se ovilla en el vértice y queda tirada respirando de manera entrecortada.

Mientras tanto, Jorge y Marcelo están sentados en el sillón de dos plazas de la pequeña sala de estar. Cambiaron el café por el whisky y tienen dos vasos a medio llenar en sus manos.

–Siempre fue efectista–dice Marcelo– Es entendible lo que se propuso para Laura.

Jorge bebe.

–Una hora, dice, un color, un pedo desparramado por el ambiente, podían cambiar para él la percepción de su obra–comenta Jorge.

–Con determinada atmósfera–agrega Marcelo– o brillo de luz se ve algo que de otra manera pasa desapercibido.

–Ahora, ¿qué ganó con todo eso?–pregunta Jorge– Murió igual de tarado que en la secundaria. Solo. Tacaño. Mirá esta casa. ¿Qué mierda hacía con lo que ganaba?

La sala de estar es tan despojada como el taller donde está el caballete con el cuadro de Iván. Tanto que en esa habitación, Laura parece enorme, un estorbo, algo que el cuadro con su manta parece querer sacarse de encima. Ella logra arrastrarse hasta quedar debajo del mismo y lo mira desde abajo, como si de lo que estuviera bajo la manta dependiera su vida.

Marcelo sigue perorando en la sala de estar, mientras se lleva el vaso a la boca.

–Era bastante abandonado.

–Ingenuo, no le conocí ni a una mina que no lo engañara.

Los dos miran al retrato de Iván con la cabeza cortada.

–Él también hacía de las suyas, qué querés. Salió con minas tan lindas. Nunca salí con una que fuera lo mitad de linda que las de él–dice Marcelo

–Y encima inteligentes–agrega Jorge.

–Inteligentes. Es un poco injusto decir que todas lo engañaban, no lo engañaban con otros, era otro tipo de engaño, estaban con él cuando le iba bien y si no vendía algún cuadro o algo así se mandaban a mudar con cualquier boludo.

–Y sí, tenés razón. Por qué no brindamos por él–dice Jorge, que ya parece un poco aburrido de hablar de su amigo muerto.

–Por Iván–dice Marcelo

–Dale

Los dos ríen hasta que les duelen las costillas.

Chocan los vasos y siguen bebiendo.

El reloj con la torre Eiffel, en la habitación del cuadro, marca las doce menos cuarto. Laura llora en el piso, afligida, y se sorbe los mocos. Se levanta, camina hasta el cuadro que está colgado y lo derriba de una manotazo.

–Hijo de puta. Mi retrato–murmura.

Laura se ovilla otra vez contra la pared y sigue llorando.

Jorge y Marcelo siguen riendo en la sala de estar, bastante borrachos.

–Era un tipo complicado–dice Jorge– Veía a una mina y se enamoraba. Nunca le hablaba, la miraba y después pintaba. Decía que si le hablaba se iba a arrepentir. Después les terminaba  hablando y siempre se arrepentía. ¿Vale la pena sacrificar la vida por pintar?

Marcelo asiente.

–No sé, pienso que solamente era un tarado que le gustaba figurar.–dice Jorge

–¿Un egoísta?– agrega Marcelo.

–Tenía que hacer él el asado y si no lo hacía él salía mal. Después puteaba a todo el mundo. No entiendo por qué lo querían tanto. Me parece que nos envidiaba porque nosotros teníamos una vida común, simple. Te voy a contar una cosa… Yo me culié a María.

–Ya sabía–dice Marcelo.– Iván me lo dio a entender un día. Con esa mina se metió porque Laura no le daba ni la hora.

Suena el teléfono antiguo que está en la biblioteca. Los dos se callan y lo miran. Jorge estira la mano y atiende. Una voz de mujer joven habla por la línea.

–No, Iván no vive más acá.

Del otro lado dicen algo ininteligible y cortan.

En la otra habitación, Laura está durmiendo sobre el suelo, frente al cuadro tapado.

En la sala de estar, Marcelo mira su reloj.

–Ya estamos–dice.– Es la hora.

–¿Qué estará haciendo Laura? Te lo juro –baja la voz– tomo este trago y me la voy a garchar.

–No creo que le moleste a Iván. Tampoco creo que puedas–dice Marcelo.

–Bueno, me harté de esperar. Vamos a mirar el cuadro, para mí es una dedicatoria amorosa a Laura. Nosotros no tenemos nada que hacer acá.–dice Jorge.

Suena el timbre.

Marcelo y Jorge intercambian miradas. El primero se acerca a la puerta con una sonrisa atontada y alarga el cuello con curiosidad hacia la mirilla. Frunce el ceño.

–Preguntá quién es, boludo– dice Jorge.

Marcelo pega el ojo a la mirilla. Sonríe, se despega rápidamente y abre la puerta. Entra María, una morocha con minifalda de cuero, delgada, muy atractiva.

Marcelo abraza a María y Jorge sonríe desde el asiento.

–¿Cómo andán?–dice María. Mira a Jorge y su sonrisa se desarma.

María se acerca a Jorge y lo saluda con un beso en la mejilla. Jorge sigue sonriendo. La botella de whisky descansa sobre la mesa ratona. María deja sus cosas donde puede, se sienta y señala la botella.

–¿No me sirven?– pregunta.

Jorge se estira y le pone whisky en su vaso. Se lo pasa.

–¿Qué hacés acá?– pregunta Jorge..

A Marcelo se le escapa una risa histérica, nerviosa.

–Claro, ¿qué hacés aca?

María pega el chicle que saca de su boca debajo del sillón.

–Lo mismo que ustedes. ¿No sabían que yo venía?

–En la carta que nos mandó Iván no decía nada– dice Jorge.

–A mí me llegó una donde decía que había decidido matarse–comenta María con la mirada clavada en el piso– y que quería que ustedes dos y yo nos encontremos acá cuando él ya no estuviese vivo. Este día, esta hora.

–¿Y no hiciste nada?

–No, no pensé que se fuera a matar.

–¿Y no te dijo lo de Laura?

–¿También se mató esa?– dice María levantando la mirada con esperanza.

Marcelo ríe. Jorge niega con la cabeza.

–Nos puso en la carta que teníamos que lograr que Laura viera su último cuadro a las doce de la noche de este día.

María señala la puerta que da a la otra habitación.

–¿Está encerrada ahí?

Marcelo asiente con la cabeza mientras María lo mira, incrédula.

–Esa zorra. Y no me lo quería mostrar a mí. Sólo que viniera a las once y media para que lo recordemos. ¿Ustedes le pidieron la llave al portero?

Los dos asienten.

–Decía que ustedes me esperarían y que este encuentro acá iba a ser como su velorio.

–Qué simpático–comenta Marcelo

–Algo parecido decía la carta que nos mandó a nosotros. Además de lo de Laura–dice Jorge.

–Lo quise tanto –dice María– no entiendo como no quiere que yo vea el cuadro, debía estar loco. Voy a vender el cuadro que me regaló, me impresiona. No lo puedo mirar en mi casa. Me deprime –María se queda pensando– Me da eso a mí y quiere que Laura vea su último cuadro.

Jorge acerca la cabeza a la de María.

–Yo digo que lo veamos, todos–sugiere Jorge.

–Después de todo yo era la novia– agrega María.

–Y nosotros sus mejores amigos– dice Marcelo.

–¿Ya lo vio Laura dijeron?–pregunta María.

–No, ahora lo va a descubrir. Está tapado.

Los tres miran el suelo sin saber qué hacer.

María desliza lentamente su mano y la posa sobre la de Jorge. Empieza a sonar la alarma del celular de Laura. Todos se levantan. La botella de whisky cae, no se dan cuenta pero en la base está pegada la cabeza de Iván, la que faltaba en uno de sus retratos fotográficos.

En la otra habitación, Laura junta fuerzas y se levanta para enfrentar el cuadro.  Da dos pasos y toma una de los bordes de la manta. Los demás entran y alcanzan a Laura.

–¡No!– grita María.

–Todos estamos invitados a esta fiesta– dice Jorge.

Laura retira su mano y se queda mirando a María con resentimiento. Todos se alinean frente al cuadro y adelantan sus cuellos. Laura los mira y tras la mirada de aprobación de todos, incluso de María, toca la manta que cae lentamente al suelo. Todos están callados.

Laura observa el cuadro y comienzan a caer borbotones de lágrimas de sus ojos. Niega con la cabeza, toma sus cosas y se va. Los demás siguen con la mirada clavada en el cuadro, ni siquiera notan que Laura se retiró. María mira a Jorge, luego al piso. Lo observa con bronca a Marcelo, se pone las manos en la cintura y sale indignada de la habitación. Jorge y Marcelo se quedan, sudando sus camisas blancas, enfrentando solos al cuadro.

Marcelo se muerde el labio. Jorge da unos pasos nerviosos por la habitación, mira el retrato de Laura y después el último cuadro de Iván, el que pintó antes de quitarse la vida. Su cara se deforma en un rictus de resentimiento y bronca. Mira por el rabillo del ojo a Jorge. Jorge lo mira de lleno.

–¡Ni te me acerques!– dice Marcelo.

–¿Las llaves del auto, hijo de puta?– pregunta Jorge.

Marcelo le tira las llaves. Jorge se va. Marcelo sigue mirando el cuadro, luego al piso, se mete las manos en los bolsillos, arruga la boca como si fuera a llorar. Ofuscado, da media vuelta, y sale de la habitación. Da un portazo.

El cuadro queda solo con la manta blanca rodeando las patas del caballete.

Por Adrián Gastón Fares

La hermandad de las estrellas fugaces

Si denuncias

No vas a trabajar más

Vas a ser usada

Política

Mente

Si lo contas

El mar no se va a abrir en dos

La prostituta no te va a salvar

Las maderas de la cruz se pudrirán solas

No podrás menstruarla

Nadie recogerá tu sangre

El futuro que no fue

El pasado que es

El arte de la denuncia

Tiene una sola regla

Denunciar al poderoso

Y a la más poderosa

No atacar al de medio pelo

Ni a la que le cuida la barba

Embocarla donde es difícil

En el momento justo

Ahorra calvario

Si tu vida fue injusta

Si te menospreciaron

Anestesiaron

O abandonaron

en el peor momento

Yo conozco un lugar donde se cargan los cartuchos

de una pistola

Que se desliza por el suelo oscuro de una discoteca

Toca Damas gratis

Y pasan electrónica

Tu deber es tomarla cuando pase al lado tuyo

Tu pesada opaca pistola

Calibre no sé cuánto

Que podría terminar con todos los males

Pero nunca la usarás

Descargarás las balas

Dejaras que tus lágrimas las mojen

Y sentada en el vértigo sucio del baño

Leyendo malas palabras en las grasientas paredes

Juntaras fuerzas

Y te levantarás

Y le dirás a es@ otr@ que quiso

Despreciarte

Menospreciarte

Lastimarte

Destruirte

Yo soy tan ubicua

Como tu maldad

Y he retornado para

Que sufras lo que yo sufrí

Te vapulearé

Te arrastrare por el piso

Te haré arañar las paredes

Y mi venganza no estará terminado

Hasta que admitas que tu irresponsabilidad

Tu desidia

Tu indiferencia

Tu intransparencia

La falta de información

La desigualdad de oportunidades

Tu tráfico de

Influencias

El abuso de poder

Sean mitigados

Atenta contra la vida

De este universo que soy

De las que como yo

Venimos de otro planeta

Con una antena atrás

Y otra adelante

Y lo repetirás

Hasta que l@s directiv@s

Busquen sus anteojos caídos

A gachas

Por el piso

Se arrodillen

Y pidan perdón

He aquí el código de honor de la Hermandad de las Estrellas Fugaces

Aquellas que ya pasaron

Y nadie vio

Nacidas entre dos soles

Criadas en un campo

Quebradoras de cuellos de gansos

Encontradoras de

Instrucciones para llegar a la ciudad alta

Despertadoras de gigantes

Creemos mas en los hechos que en las palabras

(se las llevan las ráfagas de nuestras metralletas)

Si te han insultado

Agraviado

Si se han aprovechado de tu origen

Humilde

Somos para llevarte de la mano a al rancho

Desde donde ganaremos la contienda

En donde teñimos

De sangre los vestidos de las damas reales

Somos la vampira mayor

La despertada de noche

La iluminada de la sombra

Y declaramos la guerra por amor

La única que no termina

Porque no sabemos cuando

Ni donde

Como

Empezaron a doler nuestros

Pechos inflados

Por esas niñas que perseguían

A los pollos en el chiquero

Y que un dia

Entre faroles rojos

Tuvieron que soltar las armas

Y levantar las manos

En Villa Diamante

Entonces será

Sin alto el fuego

Sin bajar los brazos

Amor sin principio

Odio sin fin

En la comisura de mi sonrisa

Como en la tuya

Crecen pelos bien duros

Que aprendí a lamerme

Entre dos lunas

Durante la noche que antecede

A nuestra ácida batalla

Por Adrían Gastón Fares

El camino de l@s zombis

Allá por el 2000 escribíamos esto en Imagen y Sonido. Elegí el tema de esta monografía para la materia Estética del cine (en la redacción del texto colaboraron Mariana Fernández y Gabriel Quiroga) Ya había escrito mi primera novela a los dieciocho años que se llamó ¡Suerte al zombi! (trescientas páginas en un estilo medio de novela gráfica, el cine estaba muy presente ahí) En esa época me interesaba la palabra “mood” para la que no encontraba traducción al castellano (atmósfera, pero no me llenaba) Fue antes de que existiera The Walking Dead y el resurgimiento de los zombis (jamás vi The Walking Dead, perdón) Tomemos este texto como un homenaje al recientemente fallecido George Romero, Papa de la iglesia llamada Cine de Trasnoche Independiente. Disculpen el vocabulario académico, espero que sepan que no me gusta ni medio, pero es un texto que fue escrito para una materia de la Universidad de Buenos Aires.

Se trata de intentar el desarrollo de una hipótesis inferida de la visualización del serial y la lectura de los textos de Pezzella y Calabrese:

El serial analizado, “educa(có) al sensorium humano a las nuevas formas de vida latentes en la técnica”1 (técnica segunda); ésta función pedagógica es reforzada y fijada por la “estética de la repetición”, a la que hace referencia Calabrese.

La sospecha surge de la profusión de imágenes sangrientas en los medios de comunicación actuales. Donde quiera que un accidente tenga lugar, la cámara se acercará hasta revelar los matices más macabros del asunto. La oferta de estas truculencias en los noticieros es un hecho reciente, consecuencia del desarrollo de las modernas técnicas de registro y tratamiento de imágenes. La evolución de la técnica cinematográfica (cámaras cinematográficas más livianas, avances en la sensibilidad de las emulsiones, aparición de los formatos de video) dio la posibilidad (y exigió) una nueva mirada a la realidad. Diversas catástrofes y accidentes empezaron a ser registrados con minuciosidad. La cámara, poco a poco, logró estar en todos lados, captando con detalle catástrofes y accidentes. “Imágenes sin procesar”, flamante subtítulo, excusa al más contundente “En vivo”.

El espectador de un noticiero se sumerge en una realidad que nunca estuvo a su alcance. Algo que nunca sospechó, que nunca atrevió a imaginar, y por eso hasta ese momento “irreal”, se presenta como el aspecto sobresaliente de lo que llama “realidad”. Sin embargo, este espectador llega a discernir los grumos de la sangre de un ladrón baleado. Sólo husmeando la “escena del crimen” el espectador hubiera podido ver algo semejante. Y lo hubieran tildado de loco.

El hombre sentado frente al televisor permanece con la vista fija en la pantalla, y más tarde ríe con su esposa en la cena. Si fuera sólo uno el hombre que soportara esa imagen, si la imagen fuera la reproducción de un videograbador, entonces, estaríamos hablando de una psicopatía. Pero los televisores sintonizados son tantos como los que viven en ese país y no parece haber quejas a la emisora por su programación.

“En el ámbito estético, el cine lleva a cabo las formas de representación inauguradas por las técnicas modernas de la reproductibilidad”2

Pensamos que la adaptación a éstas nuevas imágenes fue una consecuencia de la “prótesis imaginaria”3 que el cine ha suministrado a la audiencia. Los filmes de terror, entre otros, son los que nos han acostumbrado a sostener la mirada en las primeras representaciones truculentas. Entre las películas que han acostumbrado a cierta porción de la audiencia a la sangre, encontramos como precursora a “La noche de los muertos vivientes”. Luego fueron cientos las que copiaron sus “modos icónicos y temáticos”(Calabrese) Llevaría muchas páginas analizar las relaciones repetitivas entre los seriales de Romero y los filmes posteriores, muchos etiquetados bajo la advertencia-género “gore”.

De acá en adelante analizaremos el serial abocándonos el texto de Calabrese y volveremos a relacionarlos con el de Pezzella para intentar una conclusión.

***

Podemos nombrar como películas de zombis americanas, anteriores a la de Romero, a “Caminé con un zombi” y White Zombie, que presentaban zombis haciendo referencia a las prácticas rituales vudú importadas de las Indias Occidentales. Romero, en 1968, realizó “The night of the living dead”.

“…Romero traslada a los zombis a un marco contemporáneo, abandonando los atavíos rituales del vudú para presentar una visión horriblemente prosaica del vecino fallecido.”4

Al analizar la relación entre los diferentes textos del género resaltamos esta variable que se convertirá en invariante iconográfica del serial: el vecino fallecido que se desplaza arrastrando sus zapatos podridos, la masa de vecinos putrefactos que lentos pero implacables avanzan gruñendo. La variación gana en el modo temático: los zombis cambian de contexto en relación con las películas anteriores del género de horror sobre estos engendros pero también lo hacen dentro del serial. En “Dawn of the Dead” los zombis dejan la campiña para avanzar por un shopping como lo hacían en vida. En la tercera dominan las ruinas de la civilización. Así se respeta la iconografía zombi elemental, el andar zombi es la identidad de los diversos que se verifica en el paso del zombi al ciudadano común fallecido y el ambiente que los circunda. Ahora, debemos tener en cuenta cómo esta descontextualización se relaciona con el tiempo del serial (los tres filmes): hay un crecimiento de la desesperación y de la epidemia zombi. Así, reconocemos, que el serial analizado media entre las fórmulas de repetición; la de prosecución, ya que existe un objetivo final, que es intuido por el espectador: la epidemia dominará la tierra; la de acumulación, cada película contiene un desarrollo dramático individual en torno al riesgo de vida de unos personajes que (cualquiera sea su suerte) no aparecerán en las siguientes.

Una de las variantes en cuánto al género, que por su afectación nos parece asequible al nivel iconográfico, (que popularizó la primera película) es la violencia visual: los zombis descuartizando y acuchillando humanos. Esta variable de género se ha convertido en la invariante más contundente del serial y es la que nos acercó a la hipótesis relacionada con la “prótesis imaginaria”.

En “Dawn of the Dead”, la segunda del serial, se conservó la invariante, salvo que en ciertos aspectos tenemos una variable temática que tienen interpretaciones que van más allá del nivel discursivo (¿Quiénes son los verdaderos monstruos?) y que han sumado estrellitas en las críticas: humanos descuartizan zombis.

Otra invariante iconográfica con respecto al serial son los hombres de color de aspecto afable, amistosos (salvo el último): son perseguidos por zombis en los tres seriales y ganan la empatía del espectador llegando a ser los protagonistas masculinos; sus compañeras son siempre mujeres débiles y asustadizas (la de “Day of the dead” comienza ruda y termina débil). En cada serial vemos las consecuencias que producen los zombis en las relaciones y ánimos de los personajes.

“La noche…”, en el modo temático, enfrenta a buenos (humanos) y malos (zombis). Esta es una invariante en cuanto al género de horror. La variable es que los malos son terriblemente violentos con los buenos (una niña zombi da una veintena de cuchilladas a su madre). En “Dawn of the Dead” explotan la invariante propuesta en la anterior: los zombis desgarran cuerpos, sólo que no llegan a ser una verdadera amenaza ya que son demasiado lentos y tontos; la variable son los nuevos antagonistas: los motociclistas que atentan contra zombis y humanos “buenos”. Humanos luchan contra humanos. Existe la variante que se profundizará en el próximo film: crecimiento del número de los zombis (a nivel iconógrafico es la imagen de los zombis avanzando en el supermercado; a nivel temático los avisos radiales y la construcción dramática de la epidemia).

En “El día…” los zombis ya son legión y dominan la tierra. Suponemos que la variante narrativa trajo consecuencias iconográficas: la campiña en “La noche…”, el shopping en “Dawn of the dead”, el refugio subterráneo en “El día de los muertos”. El desarrollo del tiempo de la serie tuvo como consecuencia el crecimiento de la epidemia zombi; las variantes iconográficas coinciden con este crescendo dramático dentro del tiempo de la serie; el fin de la segunda es un paso más hacia el hangar subterráneo en que se congregan los restos de la humanidad. Al comienzo de “El Día…” los muertos vivientes se desplazan en masa dominando las ruinas de una ciudad. Así mismo, llama la atención que, ante la debilidad de la trama, lo que gane importancia sean estas variantes iconográficas: el desplazamiento de los zombis por la ciudad en ruinas excusa el lento desarrollo del tiempo narrado del último producto del serial.

La variante iconográfica es flexible en el desarrollo de los seriales si entendemos las reglas que éstos proponen; en cuanto a la caracterización de los zombis, la invariante es la propuesta de mostrar tipos que correspondan a determinada clase social, credo, ocupación, etc. La variable son los diferentes tipos que aparecen. En el supermercado de Dawn of the Dead tenemos a un zombi krishna, lujosas damas; en “El día…” un payaso, un jugador de rugby, entre otros. Los zombis son nuestros vecinos, pero vecinos tipo, distanciamiento necesario para la actitud monstruosa de la especie (recordar un cuento de Richard Matheson –el propio Romero admitió haberse inspirado en “Soy Leyenda”- en el que el protagonista descubre que está muerto y descompuesto; el terror es fantástico, no agresivo como el de la saga).

Otra variable temática-iconográfica es la manera en que el zombi destroza a su víctima. La invariante es el encuentro entre la víctima y su verdugo. La variante, los diferentes tipos de muerto vivientes que atacan y la forma de atacar. Los ejemplos son la niña zombi que acuchilla a la madre en “La noche”, la muerte de un motociclista en “Dawn of the dead” por los zombis del supermercado y la del hombre que abre la compuerta en “El día…” y es atacado por una veintena de engendros. Este último alcanza el pico gore de la serie. Sus intestinos son separados y su cuerpo dividido por la cintura de la manera más gráfica y bestial. Del 68’ al 85’, pasando por el 78, el desarrollo de la prótesis imaginaria permitió esta escena.

En este punto nos parece decisivo tener en cuenta el parámetro de consumo. El género terror parece prestarse maquiavélicamente en cuanto al contenido al “comportamiento proppiano” que resalta Calabrese. En el subgénero gore las escenas sangrientas son esperadas y aplaudidas por parte del público; la repetición “consolatoria” es lo que dicta la invariante de introducir estas escenas; lo mismo ocurre con la variable que modifica a las mismas: cuchillos, manos, hachas; un zombi, varios zombis, un payaso zombi, un policía zombi, una niña zombi. Esto corresponde con la idea de Calabrese de “código superior del gusto” (peculiar en este caso).

También en cuento a consumo, en EE.UU y Europa (no tanto en nuestro país, aunque hay algunos negocios que se especializan en clásicos del terror y películas clase B) es una costumbre la reposición cultual de “La noche…”; genera la aglomeración de adolescentes en las salas y podemos prever los gritos mecánicos en las escenas claves. Estos gritos mecánicos son el intercambio entre el producto y el público; “espectáculo dentro del espectáculo” para Calabrese.

Anotamos, refiriéndonos a los seriales en general, la importancia de las otras series en cuanto al prestigio de la que inaugura la saga; el hábito será inducido por el nivel narrativo y temático: las otras series demandarán al novato conocimiento sobre los personajes, lugares y conflictos. Las secuelas de Romero, por la explotación de las mínimas variantes de una simple idea, directa y efectiva, no demandan conocimientos sobre el precedente. Bastó la atmósfera, el “mood” de las escenas, así como los muertos comiendo vivos, para una reacción positiva del público, que en el caso de “La noche…” generó la reposición cultual del film.

Tomamos del inglés a la palabra “mood”, utilizada en la jerga cinéfila americana para referirse a la “atmosfera” o “ánimo” que recorre la película o determinada escena. Creemos que debería ser tomada como un parámetro más de análisis discursivo de los seriales; sería el parámetro que contendría a todos los demás (icónico, narrativo, temático). Muchas de las películas de horror producidas años después de “La noche…” han tratado de alguna manera de alcanzar el “mood” claustrofóbico del filme (Ver “Diabólico”, de Sam Raimi, “Del Crepúsculo al Amanecer” de Robert Rodriguez y cientos de películas clase B de los setenta y ochenta). Al nivel del serial; las dos películas siguientes a “La noche…” no hacen más que ahondar la atmósfera austera y crepuscular de la primera, reforzando todos los elementos icónicos, temáticos y narrativos. La consecuencia es que han perdido claridad narrativa y, el último film, fuerza dramática.

El nivel de diferenciación no alcanza a borrar la sospecha de “molde”, la repetición total de mucho de los modos; sin embargo, toda la repetición tiene una diferenciación relacionada con un escalafón mínimo de variación, pero vital en la saga analizada (de otra manera estaríamos hablando de las mismas películas; remake de “Psicosis”). Depende, entonces, del nivel discursivo que elijamos para emitir el juicio. Las variables temáticas señaladas más arriba bien podrían inclinar la balanza hacia la reproducción con respecto a “La noche…”, ya que en “Dawn of the Dead” se omite parcialmente el modo temático (los muertos son menos peligrosos que los vivos) y en “Day of the Dead” ocurre algo parecido (los vivos están totalmente locos). Vemos que las dos últimas son temáticamente parecidas. Si tomamos el parámetro de atmósfera (“mood”) propuesto, entonces se acerca a una repetición tipo “molde”.

Cuando Calabrese se refiere a los “nudos problemáticos” lo hace resaltando lo anterior, la dialéctica entre identidad y diferencia; el orden de la repetición es la poética que hace posible una unidad en la variedad. De ahí surge la idea de codificación. El sistema de invariantes codificadas, que posee todo serial que se digne de tal, es aprovechado también en los de Romero. Es en el modo temático donde la codificación importante tiene lugar; sabemos desde “La noche…” que la mordida de un muerto no sólo es mortal sino que une a la víctima a la horda de muertos vivientes hambrientos. En “Dawn of the Dead” vemos como el protagonista es mordido por un zombi; ya sabemos que el proceso de transformación va a tener lugar y esto es un elemento dramático que es añadido al tiempo narrado gracias a una codificación de esta sabia invariante del tiempo de la serie (teniendo en cuenta la trasformación del hermano de Bárbara y de los otros humanos en “La noche…”). Al recortarla del film inaugural e introducirla en otros personajes en diferentes situaciones (“Dawn of…”: John, el piloto, se transforma lentamente mientras Rhodes y Sarah observan), se transforma en una variable independiente, que nos hace comprender lo que va a ocurrir y, por lo tanto, sumergirnos dramáticamente en la película. En la saga zombi de Romero no hay codificaciones tan efectivas (ni exageradas) como las existentes en algunos films tan recientes; algunas tienen el carisma de la cita (Eco); el agua ondulando en el vaso de Jurassic Park, el agua ondulando en una huella de dinosaurio en “El mundo perdido”. Rescatamos una codificación neta en la visualización de un película reciente “Sexto Sentido”; es gracias a esta codificación cómo el espectador descubre que el personaje está ante la presencia de seres fantasmales. La temperatura de la habitación baja y se exhala aire helado, ergo, hay un fantasma. El procedimiento es el mismo que el descripto arriba; una invariante codificada (por un sabio recalco narrativo) es repetida y se convierte en una variable independiente, que nos facilita la comprensión de la estratagema. Podrá ser usada en futuros seriales de la película citada.

Nos detuvimos en la codificación ya que nos pareció lo más importante en los seriales; el meollo que genera la devoción del consumidor ante la continuación.

Entonces, confirmamos con Calabrese la fuerza policéntrica neobarroca, que resuelve en nuestro serial la suerte de casi imperceptibles diferencias (o de perceptibles invariantes) mediante la desvinculación mínima de un texto audiovisual –“La noche de los muertos vivientes”- que se acomoda en las secuelas según la conveniencia y el efecto a obtener sobre el espectador.

Y es en este punto dónde podemos volver a Pezzella, teniendo en cuenta las consecuencias de la codificación en el gusto popular (Calabrese: “códigos superiores del gusto (…) estabilizados como comportamientos en el saber colectivo”)

***

Los personajes de “La noche…” miran absortos el noticiero de emergencia en el que notifican la plaga que amenaza al país; los muertos resucitan y se alimentan de la carne de los vivos. “Dawn of the dead” comienza con el caos transferido a una estudio televisivo donde se trasmite el noticiero que informa la suerte que corre el país. Cómo resaltaba Pezzella, la sensación de peligro inminente y el estado de emergencia es en este caso real y si la descontextualizamos podría tener consecuencias parecidas a la broma de Welles. Sin embargo, nosotros miramos cómodos desde nuestras butacas o sofás. ¿Hay alguna diferencia entre la recepción de un telediario real y éste que vemos en el film? Sólo el contexto; la simultaneidad está rota en la proyección y las ropas no coinciden con las actuales. Aquí vemos como la confusión que remarca Pezzella entre lo verdadero y falso tiene consecuencia en la trama del film: los personajes sí se desesperan porque el informativo es simultáneo a la acción dramática en la que viven.

Sin embargo, en la construcción verosímil del informativo por parte de Romero (en “La noche…) vemos a un periodista hablando sobre la catástrofe pero no hay imágenes que representen el “en directo” de la masacre que realizan los zombis. Obviamente, las facilidades técnicas no eran las mismas en 1968 y el film no era de ciencia ficción como para proponer el verosímil de unidades de video trasmitiendo al instante desde el lugar del siniestro.

Si la catástrofe fuera real y ocurriera ahora, las cámaras correrían a obtener los planos que Romero creó en el ámbito de la ficción en 1968 y que posteriormente fueron reproducidos o moldeados por cientos de filmes de caracteres violentos y “gore” (los despedazamientos, descuartizamientos, etc), así como por el propio Romero en los seriales.

No estamos diciendo que los camarógrafos de todo el mundo sean fanáticos de las películas de horror, sino que éstas han sabido acostumbrar al sensorium humano a la profusión de imágenes que son tomadas como “reales” sin chistar (telediarios, programas de salvamentos y etc). Esta sangre derramada, estos detalles revelados; ¿no son soportados sólo en cuanto, al ser grabados o filmados y estar evidentemente distanciados de nosotros, podrían no ser reales?

No se trata de ser deterministas en cuanto al asunto anterior; la hipótesis intenta subrayar la importancia que tiene lo ficticio sobre la realidad; y cómo ésta se ha desdibujado con la intersección de la técnica audiovisual y el imaginario cinematográfico.

Por último, advertiremos que la profusión actual de fotos en internet, así como los noticieros y revistas con imágenes sensacionalistas, imponen el problema ético al que se refiere Pezzella: la técnica; ¿no ha degenerado?

– – –

Texto en colaboración: Gabriel Quiroga / Mariana Fernández / Adrián Gastón Fares

1 “Un arte de la modernidad”, Pezzela, pág 3.

2 Pezzella, pág 5.

3 Pezzella, pág 3.

4 Introducción de Douglas E. Winter a la selección de cuentos “Escalofríos”, pág 22, Grijalbo 1989.

+

La vida sin Mi

Cosas que nos pasan a l@s sord@s tinnutosos cuando nos sacamos los superpotentes audífonos. Me levanté de la cama para ir al baño y encontré el lavabo repleto de agua. Caía en el piso de cerámica y había llegado a la madera. Desastre, si no se me ocurría ir al baño se inundaba el edificio. O por lo menos los pisos que quedan hasta la puerta de calle. Casi termino en el baño como el monstruo de La forma del agua, pero solo (ahora entiendo mejor esa película) Por razones de este mundo desagradable, estoy muy cansado y mi mente agotada de luchar contra los desplantes de las instituciones y las personas de este país (entiendan vivo aquí en este país ) y me puse a limpiar como pude, sin fuerzas esta noche y sin ganas. El tinnitus constante desgasta. Ser sordo en un mundo oyente es un esfuerzo extra. Nadie entiende nada de eso; es bastante horrible la indiferencia. Duele verla de cerca. No sé cómo explicarlo. Otro gran problema que enfrentamos l@s discapacitad@s invisibles es la lacerante creencia en cosas raras que tiene la gente: por ejemplo; conozco gente que diría: hay algo raro en tu baño, por eso fluye la energía del agua. Respuesta: no! Soy sordo y no escucho el agua si no tengo los audífonos colocados. Es increíble pero todo continúa como en la Edad Media. Por eso la identidad es la falta de comprensión, de amor y a veces de futuro. Eso es identidad. Así se forma. Como cierta cosa dura y oscura que crea un personaje de Mr. Time. Conclusión: sin audífonos no escucho un pomo. Tanto que se me olvida cerrar la canilla porque el agua si no la veo: no existe. (Esto ya lo sé desde hace muchos años, pero es mi deber dejar constancia de esto) Conclusión 2: esto podría pasarle a cualquier otro pelotudo, incluso oyente. Pero el oyente tendría que ser más pelotudo que yo para que le ocurra. Mucho más. Síntesis: No escucho. Necesito un perro que me avise cuando pasan estas cosas (pero me gustan más los felinos, que no avisan; en un departamento de dos ambientes un perro es una incongruencia) En fin, cerraré la llave de paso del agua todas las noches (lo que puede llegar a estropearla) Ahora mi gata me lame, razón: adivina la tristeza que es bastante inevitable (el agua que derrama el vaso) salvo que yo asimile estas cosas como pequeñas aventuras (pero soy realista; en la selva no sobreviviría una noche por más optimismo que le ponga al asunto) Pero no es tan malo no sobrevivir como tener que adaptarse encima de no escuchar y al tinnitus a otra cosa: a la costumbre de pasarla mal que propone esta débil sociedad.

PD: al otro día por no oír el silbido de la pava se me quemó el café.

Adrián Gastón Fares

La casa nueva

El camino de tierra todavía está marcado por las ruedas. El coche quedó en el garaje. De vez en cuando lo miramos, con ganas de dar un paseo, pero nos contenemos. Tenemos a quien cuidar. Tuve que armar unas muñecas de trapo. Desde ese día revelador hablamos muy poco con Pececita.

Vinimos, como es habitual, para tener mucho sexo, a veces a un ritmo lento, otras rápido, a veces suave, otras fuerte, a veces intercambiamos roles, nada de monotonía, a mí me gustaba que me digan malas palabras y a ella que la trataran como si fuera una niña problemática. A veces corríamos desnudos por los yuyos altos, otras por la madera húmeda del piso de la casa. Cuando nos hartábamos, cuando ya nos dolía el cuerpo merendamos algo y después nos dedicamos a mirar por la ventana.

Bajábamos las miradas desde el dintel descolorido hasta hundirlas en el verde del pasto y en el marrón de la tierra, ese marrón que enturbiaba nuestra satisfecha mirada.

Las demás casas de esta barrio parecían estar habitadas, pero nunca vimos a nadie. Lo único que se movía más rápido que el vaivén de los pastos por el viento eran algunas lagartijas, esas cucarachas grandes y esos lechuzones blancuzcos que se volaban cuando nos acercábamos. Y nuestra única vecina visible, esa mujer encorvada, la vieja bien flaca, con el pelo desgreñado como si los mechones fueran la llama del sol rojizo que era su cara de borracha.

Permanecía en su reposera, hablando sola. Si no la hubiera visto siempre con una botella en la mano, habría pensado que nos estaba maldiciendo, pero la botella nunca faltaba.

Al otro día de nuestro arribo nos acercamos con Pececita al sol parlante, como llamábamos a esa mujer, y ella estaba hablando, con los ojos entrecerrados, leñosos, de alguien de su familia que la había dejado en la calle, y acusaba a otro que le había sacado su casa. En su delirio, a un familiar le echaba la culpa de haberla separado de su hermano, y si no era su hermano, entonces sería un hombre al que anhelaba mientras balbucía una palabra tras otra. A pesar de esta mujer desagradable, a la que teníamos que ver día a día, podíamos sentirnos a gusto al mirar por la ventana, no había bicicletas, no había niños que molestaran. La apremiante razón por la que nos tuvimos que mudar del barrio anterior. Casi un mes aguantamos.

En el barrio anterior había un niño que no dejaba de pedalear por la cuadra entera montado en su bicicleta con rueditas. Acercarse a la ventana para ver a este pequeño brujo pulular a sus anchas por nuestra vereda, por la calle, nos daba una profunda repulsión. Con Pececita apenas podíamos dormir a la noche. Pececita me decía que soñaba con niños que andaban en bicicleta en nuestra sala de estar, con ruedas que caían por la escalera que llevaba a nuestra cama. Pececita dormía vestida de noche, con el vestido o el jean puesto, y yo ni me sacaba la remera. Nos mirábamos cada uno desde un borde de la cama, casi cayéndonos, y si alguno quería se masturbaba. Pero nada de tocarnos. No queríamos más problemas que ese niño en la calle. La producción de energía decayó.

La paga para que nos mudemos a ese barrio había sido demasiado buena, pero pronto entendimos que el niño era la razón de que pagaran algo más por vivir en aquel lugar. Era tan pequeño, relleno, y torpe que parecía que hubiera saltado de la cuna a la bicicleta. Planeamos rápido la mudanza.

El barrio nuevo, este barrio, más de campo, nos aseguraba más soledad y, además de producir energía como siempre, el requisito era recoger la miel de varios panales de abejas que habían puesto los del camión.

En el otro barrio había que cumplir con la tarea de recoger esos tomates gigantes, que eran deliciosos, pero tenían una espinas enormes para protegerse del ataque de los pumas. Prefería los pinchazos de abeja al ácido del tomate que me terminaba llenando los dedos de verrugas.

Todo iba bien hasta que, luego de pasarnos la tarde en la cama, disfrutando tanto de la vida, cumpliendo todas nuestras fantasías, nos acercamos a la ventana y nos dimos cuenta que Carlona, el sol parlante, no estaba en su reposera.

Caminé hasta ese chalet de piso elevado como si estuviera en una ribera, aunque acá no hay ningún río (también lo hicimos bajo las maderas de esa casa con Pececita, fue por placer) y golpeé la puerta. Pececita se quedó mirando el resto del barrio a mis espaldas. De repente,  escuché su grito.

Carlona estaba sentada en su reposera cerca de uno de los panales de abejas. Pececita todavía sudada por la energía que juntamos en la cama (antes, además de bidones de miel, los del camión cada semana se llevaban sus periféricos y todas las baterías cargados al cien por cien) juntó fuerzas y corrió rápido para enfrentar a la vieja borracha. No podíamos permitir que se acercara al panal. Era nuestro trabajo. Cuando llegué tuve que taparme los oídos. En general las quejas de la mujer eran un murmullo, pero el cambio de lugar, o lo que fuera que hubiera ocurrido le estaba dando fuerza; estaba a los gritos, con una botella en la mano, llorando.

Pececita se apiadó de la vieja y se acercó para apaciguarla. En ese momento, Carlona se arrojó a los hombros de pececita e intentó romperle la remera con sus uñas largas. Lo que más nos llamó la atención, y lo que nos afectó aquella noche, cuando reanudamos nuestra felicidad en la cama, cuyos resortes estaban todo lo gastados que tenían que estar (una cama con resortes gastados es lo que siempre dejábamos en cada mudanza) fue que Carlona antes de que yo la levantara con reposera y todo y la dejara en la galería exterior de su casa pronunció con claridad una sola palabra: teta.

El niño del otro barrio tenía que ser un extranjero, dijimos con Pececita, no podía ser que ese engendro fuera de este país, hacía rato que nadie cometía la imprudencia, el desacato moral y social, de crear un monstruo, pero esta Carlona, el sol parlante, era bien de acá, no quedaban dudas, hasta hablaba a veces de un abuelo, el rengo, el indio, y se reía, por lo menos en los primeros días, pero, cuando ya nos hubimos establecido y nos pudimos dedicar a la producción de energía en la cama, y a la avicultura, todo cambió, y Carlona comenzó a aparecer cada día más cerca de los panales.

Un día,  bien sudados,  fuimos a mirar con Pececita por la ventana y Carlona estaba ahora con su reposera y la botella en el regazo de su sucio vestido en el medio del camino que termina en nuestra casa. ¿Cómo había cruzado la puerta ese vejestorio que pedía tierra?

Cuando nos acercamos, la botella, que no tenía ninguna marca, era una botella de vino vieja, porque ella cuando todavía hablaba como un adulto decía que le gustaba tomar en un recipiente de vidrio y no en el inmundo plástico, era lo único con sentido que decía, la botella nos inundó las narices de un olor agrio; estamos seguros que era orina con Pececita.

La volvimos a cargar con reposera y todo para dejarla en la galería exterior de su chalet. En el camino, Carlona movía las manos como si arañara el aire. Pececita se enterneció porque dijo que la vieja parecía un gatito recién nacido que anhelara a su madre. Pero luego trató de abalanzarse otra vez sobre Pececita y la terminamos metiendo en la casa. La dejamos con la reposera en el medio de su living abarrotado de todo tipo de alfombras sin desenrollar y sillas viejas. Nos acercamos al llavero y probamos todas las llaves en las cerraduras con el objetivo de dejarla encerrada. Lo logramos y salimos lo más rápido que pudimos de la casa de Carlona.

Al otro día, pasó el camión a recoger los bidones de miel. Se dieron cuenta de que uno no estaba lleno, tuvimos que disculparnos, pero las baterías que estaban debajo de nuestra cama, e incluso los periféricos, estaban cargados con un plus de energía que los dejó conformes. Somos buenos propietarios, nos merecíamos esa sonrisa de aprobación de los del camión. Fue la última. Ahora tenemos graves problemas, los del camión tal vez nos desalojen y nos lleven a la ciudad.

Pero no quiero adelantarme. Con Pececita nos pasamos el día siguiente festejando en la cama, incluso alejamos algunas baterías, para que tuviéramos que estar más tiempo en el cuarto en lo que restaba de la semana para completar su carga. Lo menos que se me hubiera ocurrido era que Carlona nos tenía preparada otra.

Cuando con una sonrisa de oreja a oreja nos acercamos a la ventana para empezar el recorrido con nuestra regocijada mirada desde el dintel observamos enseguida, turbados, que la reposera de Carlona estaba otra vez en el camino principal de nuestra casa. Y el asiento estaba vacío. Carlona no estaba encima con su botella.

Era el mejor atardecer de este verano y el sol pintaba de naranja a los pastos altos a lo lejos y dejaba a media sombra a los cortos cerca de nuestra casa. Observamos el atardecer por un momento, un poco anestesiados por esos rayos de sol. La quietud que había era tal que incluso nos enterneció la reposera de Carlona. ¿No parecía un carrito de bebé de esos antiguos, con las sombras crecientes del final del día?

Observamos como las sombras de la reposera se iban estirando. Luego Pececita empezó a escuchar un lloriqueo. Primero no pude escucharlo, pero al rato esa especie de maullido creció en intensidad hasta que se convirtió en una risita.

En ese preciso momento de frenesí fue que la sangre se nos heló. El sol rojizo que era la cara de Carlona apareció en la ventana. Ahí estaba parada, del lado de afuera. La mujer era la que emitía esos sonidos de niña recién nacida. Y en sus manos tenía la botella de vino, sin etiqueta, repleta de un líquido blancuzco. Primero arrojó un poco de ese líquido contra el cristal de nuestra ventana y luego arrojó la botella. El cristal estalló. Todo esto ocurrió tan rápido y Pececita parecía tan anonada con los ojos de niña (como musitaba Pececita) de Carlona que en vez de alejarse como yo hice se acercó más a la ventana.

Los ojos de Carlona tenían esa alegría y ese brillo desenfocado que acompañaba la mirada de algunos recién nacidos, algo que sólo habíamos visto en algún que otro libro viejo más o menos desde nuestra adolescencia. Pececita no pudo escapar.

Esta vez no había ninguna remera que quitar. Pececita estaba desnuda con sus pequeños senos. La vieja se colgó con las dos manos del cuello de Pececita y comenzó a succionar con fuerza de uno de ellos para luego continuar con la mínima intermitencia con el otro. Carlona ahora tenía los arrugados párpados apretados de lo concentrada que estaba en su objetivo final. Pececita entró en una especie de frenesí sexual, hasta se me ocurrió acercarle una de las baterías, pero me detuve en seco cuando vi que los dientes de Carlona estaban bañados en el líquido amarillento-blancuzco que succionaba de los pezones de Pececita.

Mi compañera se dio vuelta, para mirarme sonriente, mientras la vieja seguía succionando de uno de sus pechos la leche que había producido su cuerpo. En ese momento casi enloquezco porque era desagradable y a la vez maravilloso lo que estaba pasando. Pececita tenía las trompas ligadas. Me miró hasta que sus ojos se pusieron blancos. Al principio pensé que de placer, pero cuando el cuerpo de Pececita se desmoronó, me alarmé tanto que salí corriendo por la puerta con una pala en la mano para romperle la cabeza a Carlota.

No pude descargar la pala en su frente. La mujer, la arrugada, vieja Carlona,  el sol parlante, me observaba con una sonrisa que se iba estirando, saciada, con esos ojos jóvenes perdidos en la luz de los faroles de nuestra galería exterior, como si estuvieran reconociendo mi cara, al mundo, viendo algo que le produjo una dicha instantánea.

por Adrián Gastón Fares, 7 de marzo de 2019

 

Algunas pruebas de que el amor existió en la Tierra hace miles de años

Seré pedestre como la oliva

Tosco como un pollo

Infernal como las polillas

Y diré que existe un amor

De simulacro

ese cosquilleo

Que uno siente en el alma

Emoticon sonrojado

Amor errado

Lejos de lo insolente

La necesidad no se lleva bien

Con el pensamiento

Soledad está de turno en

El hospital de los más sanos

Donde existe el amor clavoso

El Hara

Kiri

Donde las cosas grandes se asientan

para solazarnos

los días antiguos

de felicidad

insospechada

Y ese otro amor que es descubrimiento

También hay para fundir tus fundaciones

Algunos testimonios:

Soy dueño del cine

Y tengo enrollada la pantalla

En la terraza de mi templo

Soy el barco hundido

Debajo del cielo frío

De las furiosas olas

Soy lo que nunca contesté

Por no haberlo escuchado

El río enamorado del descampado

Como verán

Queridos alumnos muertos

La dicha es un tiempo ganado a la tristeza

De incontable valor

Para cuando amarronea tu mundo

No hay mejor producto

En la feria vacía de los Miércoles

Los pájaros se amontonan

Alrededor de algo que parece nada

Pero es todo

Un portal en el cielo donde sus cantos son traducidos al idioma nativo del viento

Decir que un pájaro vuela es no saber que repta por el aire

Y posa sus patas sobre los abismos de otra desconocida dimensión

Rodeamos la incertidumbre

Somos tu señal favorita

Ritmo

abismo

lanzados

Es que pensamos en el misterio

Porque el amor es un sobrante

De la cena del linyera

Ese viejo cualquiera

Que también tuvo padre y madre

De lo que la gente llama amor

Nada hay que pueda salvarse

Tal vez ese mitológico ser

transformación sin final

los señores amores,

las amorosas señoras,

Todos casi empiezan

Y luego nunca terminan

Hubo un tiempo que fui horrible

Y fui libre de verdad

Dice una vieja canción

Que cantaba un monstruo nunca

Inventado para un proyecto de

Mario

Nunca filmado

Bava

Deleuze decía

Déjenlo (a Straub)

A la mierda con el vacío

En el cine

Lo bello se halla en las

Del señor Mario

A la medianoche en el templo proyectábamos películas

De miedo

El Señor ya no las quiere pasar

Pero yo

Yo

Lo que se dice yo

Solo digo

Que no es casualidad que el horror prosiga al amor

Esa extasiada flecha no existía

La inventamos para vivir

Para que sea más lindo

Decir adiós

por Adrian Gastón Fares, 4 de Marzo de 2019

El futuro cantado

Hace tiempo recibí un mensaje escrito con signos extraños proveniente de una comunidad del Amazonas.

Nunca lo pude descifrar.

Venía envuelto en una fina tela de color malva.

A veces la huelo.

El olor me guía.

La carta estaba bastante manoseada.

En el sobre decía:

Para vos

Y luego:

Luchando contra el bien y contra el mal.

Eso estaba escrito en inglés.

Recordé que Hegel había dicho que la lucha entre el bien y el mal no era un problema tan grave como la lucha entre el bien y el bien.

Esa fue la última vez que pensé en Hegel.

El mensaje estaba firmado por dos jóvenes que decían pertenecer a una comunidad de hilanderas dedicadas al tejido. No reproduciré sus nombres. Parecían ser mujeres:

De las Hilanderas.

Remataban.

La carta no había sido enviada por correo. Alguien la había deslizado por el umbral de mi puerta.

Yo estaba subido en una silla.

El resto pueden adivinarlo.

Ése fue uno de los milagros que me salvó la vida.

Me recordó los signos que estaban escritos en la puerta del ascensor de mi piso. Alguna chica que escribió tal vez mi inicial y la de ella envuelta en un corazón. Por lo menos, eso parece. Pueden ser la de otros.

Entendí que el mensaje se refería a mi propia lucha entre el bien y el mal.

Tenía algo que hacer, algo que descubrir, me dije.

Pero yo, que había abandonado la carrera de antropología, no era un explorador. Ni siquiera me interesó seguir entre la selva de alumnos.

¿Qué podía hacer con esos signos que no podía descifrar?

Entonces unos días después leí la noticia que revolucionó al mundo.

El futuro está cantado.

La humanidad es capaz de prever parte del futuro, lo que ya saben.

No se puede ver todo, pero sí un retazo de lo que va a ocurrir.

Segundo milagro.

A esa altura, ya había vuelto a mirar la silla y a la viga con cariño porque no sabía qué hacer con la carta.

Los científicos que descubrieron estas imágenes grabadas en el inconsciente eran de nuestro país, cuándo no. ¡Había una razón para creernos más de lo que somos!

La arrogancia argentina, que tantos detestan, venía de algún lugar.

Ahora que vamos dejando de ser se entiende mejor por qué vivíamos arañando las paredes. Por qué todo era tan difícil.

Entendimos porqué los argentinos cruzamos la calle casi siempre mal, por ejemplo.

Estábamos condenados a desaparecer, o mejor, dicho, a fundirnos con otros países.

Apurados pero con razón.

Esa era la punta del iceberg.

Atañe a nuestra sociedad.

Ustedes están al tanto.

El resto resultó ser que  las afecciones psicológicas tenían un motivo concreto.

Y la ansiedad era la que más motivo concreto tenía.

Uno de los posibles futuros, el que se observaba, estaba escrito en nuestra mente y en nuestro tiempo.

¿Cómo no impacientarse en algunos casos?

Yo, que caminaba de un lado para el otro en un apartamento de dos ambientes sin parar, hasta que dejé de hacerlo para subirme a la silla, yo que apenas podía dormir porque me la pasaba leyendo, escribiendo, hasta que un día me acosté y ya no tenía motivos para levantarme, yo que investigaba incansablemente sobre el destino de ciertos pueblos originarios argentinos incluso en sueños, casi un etnógrafo sin matrícula digamos tenía todas las razones del mundo para hacer todas esas cosas.

Delfos, la simpática aplicación más descargada del mundo, me dijo algo que cambiaría mi vida, más o menos como estos científicos cambiaron el mundo con el descubrimiento de que parte del futuro podía leerse.

No sé si estarán de acuerdo con los que quemaron libros, ni con los que los borraron, avergonzados, del espacio virtual, pero es un hecho que la psicología dejó de tener sentido.

El proceso de reconfiguración mental llevará años a la humanidad.

Es gracioso, pero el descubrimiento del futuro semi-previsible paralizó a muchos.

Hay gobiernos que se están desmoronando.

El tiempo no perdona.

Voy reconociendo los senderos.

Incluso los que yo mismo despejo.

Escribo esto desde Iquitos.

En camino de ser el que ya era.

 

por Adrián Gastón Fares, 1 de Marzo de 2019

+ Uno de los bocetos de Sebastián Cabrol para Gualicho

Entrevista por el premio Blood Window a Gualicho.

Es la entrevista, completa, que me hicieron para la revista La Cosa como autor, guionista y director por el premio Blood Window a Gualicho. Obvio que contesté largo y tendido por e-mail y lo que quedó publicado fue muchísimo menos. No estaba claro el espacio que tenía. Ya que la escribí; la publico aquí entera. Fue una oportunidad para hablar del cine fantástico y el terror, oportunidad que pocas veces tengo (envarado por el premio como verán, hasta pensé a Darín para la película, jajaja; menos mal que no lo publicaron eso)

Por otro lado, agrego los bocetos del gran ilustrador Sebastián Cabrol, de Gabriel Quiroga y algunas fotografías para amenizar el texto. También quería destacar que el valor de los premios tiene que ver con las oportunidades de conocer a otras personas en el camino de hacer cosas. No sé si tienen otro.

“Una actitud demasiado pragmática no es productiva a la larga”, Carlo Rovelli.

Saludos, Adrián G. Fares, 26 de Febrero de 2019

(Gualicho Ganador de Opera Prima Largometraje Primer Concurso de Cine Fantástico Blood Window INCAA)

– ¿Por qué elegiste este proyecto para tu debut como director?

 Gualicho es la película que siempre quise hacer. Quería hacerla de cualquier manera, a toda costa, y eso era complicado para un proyecto de esta envergadura. Después de escribir el guión hasta llegué a hacer un storyboard en 3D con un software. Hice la casa y elegí los lentes con que filmaría. Movía muñequitos y las cámaras en la computadora de acá para allá y me llevó mucho tiempo y trabajo. Aunque más tiempo me llevó dar con el guión final.

Antes de Mundo tributo, que fue mi debut como director en un documental, un documental sobre personas que se transforman en otros, ya estaba la idea de Gualicho. Lo fui reescribiendo a través de los años y nunca perdí la fascinación inicial.

Cada vez que leo el guión de Gualicho es como si fuera a la vez el espectador. Lo disfruto. Mucho.

Para la última corrección del guión me senté a las seis de la tarde ante la computadora y cuando me di vuelta eran las nueve de la mañana del día siguiente. Se hizo de día y yo seguía ahí fascinado con Gualicho. Las horas pasaron rapidísimo. Ahí está la clave de todo.

Desde la idea inicial para llegar a la versión final de Gualicho primero tuve que cambiar yo, tuve que tener una concepción del cine, a través de la acción de estudiar, de mirar otras películas, de filmar y de vivir aventuras, me di cuenta que para una película cada párrafo, cada escena, cuenta.

No quería escribir escenas que fueran transiciones, las que están para hacer avanzar sólo la historia. Esa no es mi idea del cine.

Tuve que tener claro eso primero para saber qué clase de película será Gualicho y afianzarla. La estructura de la película es un organismo que debe desarrollarse a su manera, sin ninguna limitación más que la imaginación y las experiencias de uno.

Entrevista INCAA LA COSA. Comparto la nota con Lucila Las Heras, directora argentina del otro proyecto ganador del concurso: su película El Muglur!

Entrevista INCAA LA COSA. Comparto la nota con Lucila Las Heras, directora argentina del otro proyecto ganador del concurso: su película El Muglur!

Gualicho es un resumen de todo lo que aprendí en estos años, como estudiante, como espectador, como guionista y como realizador de cortometrajes. Fue más claro todavía que tenía una película única, original y con una historia emocionante. Siempre que cuento la historia de Gualicho en 30 segundos las personas se asombran, comienzan las preguntas, se entusiasman.

También hay pocos diálogos en la película. Prefiero un cine más visual que dialogado. Eso tiene que ver con como soy, tengo hipoacusia desde adolescente, por lo menos (por una anoxia en el momento de nacimiento) y recién fue detectada a los veinte años. Fue un largo camino el de asumir mi identidad y darme cuenta que no soy como el resto de las personas. Simplemente, no lo soy. Todos somos diferentes, pero yo tengo un plus de diferencia por mi discapacidad que sobrellevo desde los treinta años con el uso de audífonos que han tenido que ser más potentes cada vez más. Lo raro de todo esto, es que yo tenía pérdida de audición ya en la adolescencia, tal vez incluso antes, y nadie se daba cuenta. Pude reconstruir mi pasado a través de las cargadas de algún compañero, de ver cómo era yo y cómo eran los demás, remarcando que ya en la universidad, a los diecinueve años, era atendido por un otorrino, que negligentemente, no me recetó el uso de audífonos. Sé que tengo una mirada distinta que aportar al cine.

Y es ese entusiasmo inquebrantable es el que me hizo elegir Gualicho para que sea mi primer largometraje de ficción como director. Es el cine que quiero hacer y sólo pienso en hacer la mejor película posible. No tengo dudas de que así será.

Póster encargado al ilustrador Sebastián Cabrol para Gualicho (Presentación Ventana Sur Blood Window 2018)

Póster encargado al ilustrador Sebastián Cabrol para Gualicho (Presentación Ventana Sur Blood Window 2018)

– ¿Qué consejo le das a quienes tienen un proyecto y aún no se animan a participar de los concursos del INCAA?

Antes que nada uno tiene que tener un guión que lo emocione, que lo movilice, eso es seguro.

El consejo es que trabajen en la película. Un director tiene que poder escribir su propuesta estética y su visión para el resto del equipo.

Por otro lado, los concursos son oportunidades para ponerse una fecha de entrega, para que sus requisitos fomenten una producción de trabajo alrededor de tu película. Ahí saldrán las correcciones, las sinopsis, y uno empieza a ver otros aspectos como el diseño de producción, la dirección de fotografía, la de arte, vestuario, el sonido, la música, efectos especiales, maquillaje y edición.

Para todo esto el director debe tener una propuesta escrita que pueda pasar a su equipo, a partir de ahí se armará un presupuesto y los demás sabrán qué tipo de película será.

Confiar en otra persona porque el cine no es el trabajo de un solo y hablar de cómo convertir tu idea en un proyecto.

Convencer a otra persona de tu proyecto es el primer paso.

De ahí en más sólo queda trabajar mucho. Escribir, buscar imágenes para la propuesta estética, todo lo que puedas hacer por tu película. Y una vez que decidiste que esa película es para un concurso, trabajar en esa presentación y una vez que la presentaste y hasta que salga el resultado, concentrarte en otra cosa.

No nos imaginábamos que íbamos a ganar Blood Window para filmar un largometraje, nos parecía muy difícil. El nivel del jurado internacional asustaba un poco.

Sabía que había hecho por mi parte lo mejor para la presentación de Gualicho. Eso bastaba. Habíamos avanzado, igualmente en Corso Films, la productora independiente que tenemos con Leo Rosales, trabajamos en dos proyectos más a la vez para presentar a los concursos de Blood Window, un cortometraje, un desarrollo de guión para largometraje, que es probablemente lo que haga después de Gualicho.

Las presentaciones fueron un trabajo inmenso, y lo hice mientras tenía a la vez otro trabajo formal, digamos, así que fue extenuante. Pero lo hice todo con una alegría total.

Así que hay que animarse, estar atento, confiar en uno, entusiasmar a la gente y después tirarse de cabeza al concurso y seguir trabajando arduamente en otras ideas y proyectos.

En mi caso andar con un libro de notas siempre encima para largometrajes, series, para escribir relatos para mi blog, en fin, para seleccionar otras historias que se me van ocurriendo.

– Al ser un proyecto original, ¿cómo surgió la idea que se contará en tu película?

Hace diez años o más, en la casa de mis padres, mientras tomaba un café con leche un domingo, me pregunté qué pasaría si la muerte no fuera un tabú. Y más que nada, si no fuera una frontera de la que es imposible volver. ¿Qué haríamos?

Pensé que quería hacer una película que fuera una experiencia, que se sintiera como una vivencia.

Y vi a los personajes principales, los chicos y la familia entera, y sentí la fuerza que tenía Gualicho. Vi una casa de campo, y yo estaba en Lanús, donde crecí, pocas veces había visto el campo, así que iba a tener que ir al campo, otra no quedaba. Y me gusta la naturaleza así que era un aliciente.

Entreví que la adrenalina sería importante, como el tema de la familia, que ronda mis escritos, y que la comida también.

Los demás personajes fueron apareciendo con las reescrituras. Honorio por ejemplo que es tan importante en la trama. Me encantaría que fuera Ricardo Darín. Sería impactante verlo en un rol como ese.

Nunca pensé que iba a estar tantos años trabajando en ese proyecto, que iba a sacrificar tantas cosas, que iba a sufrir tanto por eso, y que iba a disfrutarlo tanto también. Tenía muchas cosas para aprender. Pero me acuerdo perfectamente de ese momento, en que pensé: esta es la historia y estos son los personajes.

– ¿Por qué elegiste una historia fantástica para contar?

De chico leía compilados de historias fantásticas que se vendían en las librerías de saldo de la avenida Corrientes, viajar para mí de Lanús al centro ya era algo fantástico.

En Lanús, hacía obras de títeres para mi hermana y una vecina. Les leía historias. Iba al cuartucho donde vivía mi tía María y escuchaba las historias de Avellaneda que me contaba. Las que me más me fascinaban eran las de fantasmas, mediums y curanderos, las que tenían una conexión con otro mundo inasible pero palpable. Mi viejo me contaba historias también increíbles. Decía que la piedra de su anillo guardaba un duende. También que enfrente de mi casa vivía un gigante. Yo me ponía en el balcón a esperarlo.

En la casa de mis padres, miraba una copia del Guernica con fascinación, leía a Clive Barker, a Stephen King, a Poe, a Wilde, Jackson, Matheson, Lovecraft, Bradbury, Le Fanu, a Agatha Christie y cualquier cosa en la que resonara la palabra misterio.

Ilustración para fondo PressBook Gualicho Ventana Sur. Diseño de Gabriel Quiroga

Ilustración para fondo PressBook Gualicho Ventana Sur. Diseño de Gabriel Quiroga

Los sábados miraba esas películas increíbles que solían pasar en la TV, recuerdo ver una de Drácula con Jack Palance y mirar la puerta de la escalera aterrado porque pensaba que una presencia iba a aparecer en cualquier momento. El palacio encantado, de Corman con Vincent Price, me volvió loco de chico. Ni hablar del final de la primera de El planeta de los simios. Espeluznantes. Igual de espeluznante me pareció The Ladies Man (El terror de las chicas), esa película donde Jerry Lewis entra en una habitación blanca y hay una mujer pantera colgando del techo ¡Cuántas pesadillas! Y en semana santa pasaban esa miniserie con Cristo que, claro, se moría y resucitaba. La corona de espinas y esa cara sangrante. Terrible. Me aterraba Cristo.

Hay tantas cosas de mi vida, de mi niñez y lo que vino después, relacionado con lo fantástico que puedo escribir muchas páginas para explicar por qué elijo lo sobrenatural.

De chico empecé a escribir. Mis primeras historias eran copias de Stephen King. Ya a los 19 años, escribí una novela-guión de trescientas páginas sobre un zombi suburbano.

Uno de los bocetos de Sebastián Cabrol para Gualicho

Uno de los bocetos de Sebastián Cabrol para Gualicho

Lo fantástico irrumpe en nuestros sueños. Nadie sueña que va a trabajar, ficha, se hace un mate, después va de acá para allá, se compra la comida al mediodía, vuelve a hacerse otro mate, saluda a sus jefes, toma su paraguas y ficha otra vez. No. Soñamos cosas increíbles, inconexas y que tienen que ver con nuestra percepción de la realidad subjetiva. Que la percepción de la realidad sea subjetiva es algo fantástico.

Sin embargo, quiero aclarar que nadie hace una película a partir de un cuento de Poe, de un sueño, o de otra película, esa no es la manera de abordar el cine para mí. La experiencia lo es. La vida, las ideas surgen de esa tensión entre la ficción y lo real subjetivo que vemos y tal vez lo fantástico sea la manera natural de expresarse. Así nos expresamos mientras dormimos.

Otro boceto de Sebastián Cabrol para el póster de producción de Gualicho

Por otro lado, que existan personas que escriban, pintan o hacen música ya de por sí es algo fantástico. ¿Dos tipos que grandes que se sentaban a charlar sobre historias fantásticas como Bioy y Borges? ¿Cómo pudo ser? Un hombre que escribía como Mario Levrero ¡Qué increíble! Favio haciendo Nazareno Cruz y el Lobo. ¿Cómo fue que algo tan maravilloso ocurrió?

Walichu Another Production Poster

Walichu Another Production Poster by Gabriel Quiroga

Creo que esa tradición de lo fantástico la que elegí para aportar mi mirada en el mundo del cine porque tenemos en Latinoamérica un acervo grande de historias y de creadores de historias y lo que quiero es dar lo mejor de mí para introducir nuevas temáticas, historias y modos de contarlas, respetando a los intrépidos que se han sumergido en este género a través de cualquier medio y haciéndoles un guiño para llevarlo más allá, para que el espectador siga contando historias fantásticas con el aporte que puede llegar a hacer el cine, un medio tan poderoso, a la creación de una identidad.

Y lo que más me importa son las historias, las experiencias que logran crear, y ese mundo entrevisto un día, ficticio, que te lleva a esa fascinación de verlo traducirse a la realidad a través de un lente.

Mi biblioteca

Mi biblioteca

 

Entrevista revista La Cosa, Adrián Gastón Fares, Octubre de 2017 por el premio Producción Largometraje inédito de ficción Blood Window a Gualicho (Walichu), de la que soy único autor, guionista y director.

Más información sobre Gualicho:

http://www.corsofilms.com/press

También puede leer Kong, acabo de actualizar el Índice, por ahora, ha llegado a su fin esta novela corta fantástica de ciencia ficción:

Kong, completa.

Último capítulo de Kong:

https://adriangastonfares.com/2019/02/06/kong-el-final/

 

Portada Revista La Cosa en la que salió la nota a los ganadores de Blood Window

Portada Revista La Cosa en la que salió la nota a los ganadores de Blood Window

Entrevista sobre la creación de un documental: Mundo tributo.

Una entrevista que me hizo la crítica de cine Blanca López sobre Mundo tributo, el documental sobre música, independiente, que recorrió tantos caminos. Actualmente se emite en Cine.ar y está disponible en Filmin.

Génesis del documental: ¿por qué lo hice?

Después de trabajar en productoras de cine, y en películas como La Antena, tenía ganas de hacer algo por mi cuenta. Conocí a Leo Rosales en una posproductora y siempre decíamos de hacer radio, crear una página web para expresarnos o filmar algo.

Me llevaron a ver al Doctor Queen en el teatro Roma de Avellaneda (si mal no recuerdo). Me asombró la reacción de la gente. Al otro día llegué al pequeño edificio en Nuñez donde se posproducía La Antena, una de las pocas películas de ciencia ficción argentinas, en la que trabajaba como compositor digital de efectos especiales, y dije que había visto algo que era digno de filmar. Más adelante, le comenté a Leo Rosales que quería hacer una película de ficción sobre un cantante de una banda tributo a Queen. Con Leo convenimos en que nuestras posibilidades de realización estaban más cerca del documental en ese momento que de la ficción. Vimos que había un documental ahí y decidimos viajar a Mar del Plata para filmar al Freddie Mercury de Jorge Busetto y estructurar mejor la línea dramática-narrativa de Mundo tributo. Nunca me voy a olvidar del día que encontramos el final adecuado. Y con Leo Rosales hasta pensamos e hicimos el afiche original.

mundo tributo adrian fares leo rosales.jpg

¿Qué me llamó la atención del tema?

No podíamos creer que hubiera tantas bandas tributo. Para nosotros, que nos gustaba la música, era muy raro, ya que después de trabajar en mi casa (hicimos la posproducción del documental Cartoneros, de Ernesto Livon-Grosman) agarrábamos una guitarra y tocábamos. Pero hacíamos temas nuestros, que nos salían o que habíamos zapeado de adolescentes. Qué músicos con talento se dedicaran a armar tributos nos preocupaba. Así que decidimos sondear el tema, investigar, y con un diseño de producción que armábamos día a día, de pronto estábamos metido en la movida del tributo. Entonces sí: ¿Por qué hay tantas bandas tributo? ¿Por qué no tocan sus temas? ¿Por qué se disfrazan como ellos? Creo que los temas que me gusta tocar, no importa el género, son la identidad (leo mucha ciencia y la aplico en lo que hago inconscientemente a veces) y también la familia.

En un documental de creación como Mundo tributo rozamos los dos. También vi F for Fake, de Orson Welles, y eso fue una referencia. Al igual que This is Spinal Tap. Desde hace 2000 mil años que nos venimos preguntando si en el arte es más importante la mímesis que la diégesis. Aristóteles decía que el arte imita la vida y Platón que el arte debía apuntar a Lo Ideal, porque si no estaríamos haciendo una copia de una copia.

¿Las bandas tributo copian o recrean a su manera el material que les gusta? Como dice Martín Aragón en el documental, y esto me parece clave: Si los Beatles hubieran participado en nuestro concurso (el de la Semana Beatle del Cavern Club Argentina) no hubieran ganado. Los Beatles eran desprolijos en vivo, las bandas tributo que concursan aquí son mejores.

¿Por qué un documental?

Te repito la idea era hacer una ficción. Pero nos dimos cuenta que era más viable hacer un documental y que así íbamos a descubrir cosas en vez de presuponer. La idea también era filmar grupos en vivo, no importaba cuáles, estar cerca de la música. En ese tiempo íbamos a una sala de ensayo de una banda real, Cielo Final, de Mataderos y filmábamos lo que ellos hacían y algunos de sus recitales, hasta uno con el cantante de La Renga. Leo Rosales los había descubierto y me arrastró a sus ensayos. Así que veíamos las dos puntas, la de las bandas tributo y las de las bandas con repertorio propio que tenían un público chico que los seguía. El mundo tributo tiene más glamour, el otro es más trash. También en los músicos que tocan lo suyo hay más asuntos ligados al ego.

¿Cuánto tiempo nos llevó? ¿Cómo la financiaron?

Lo hicimos más o menos en un año. La filmación fue rápida, fines del 2006 y verano de 2007. Una de las tantas vacaciones que sacrifiqué por hacer lo que me gusta. Entre septiembre de 2006 y fin de ese año salíamos varias veces a la semana a filmar. Después nos sacamos un boleto en tren, el más barato que conseguimos, para Mar del Plata, y en Enero de 2007  filmamos a Busetto (Doctor Queen) Fue seguirlo a todos lados. Ya teníamos la estructura de la película más clara. Pero después estuvimos meses editando. Recuerdo que la mandamos al BAFICI del 2007, un armado sin terminar, ya que nuestro desconocimiento de los festivales era muy obvio, y claro, no quedó. Estuvimos días sin dormir para llegar a esa meta. Pero todo lo que avanzamos en edición nos sirvió para tenerla lista para mitad del 2007, ya con la música de Kabusacki, y ahí dijimos, la mostramos nosotros, busquemos un lugar para exhibirla para amigos, participantes y gente de prensa a los que alcanzamos con un lista que nos había pasado una chica. Así que mandábamos cartas a todos lados con una postal con la bota de Mundo tributo y la fecha del estreno en el Cavern Club, lugar donde fueron generosos y nos dieron, alquilando un proyector, una hora y media para pasar la película.

Lo financiamos cien por ciento nosotros. Eran otros tiempos y llegamos a quedarnos sin espacio físico en la computadora así que estuvimos parados hasta poder comprar un disco rígido externo. Recién salía el HD. Las computadoras comunes que teníamos apenas podían con el material así que editarlo fue todo un logro. Invertí la poca plata que gané posproduciendo Cartoneros para comprar una mejor placa de video. Leo pude comprar el disco rígido. Hubo dos camarógrafos amigos que nos ayudaron a hacer de tercera cámara en los recitales más grandes (Gran Rex, etc.) Mi abuela me había dado plata para comprarme una cámara, sin esa cámara creo que no hubiéramos hecho Mundo tributo. Era una Sony HC1 y tenía un audio excelente, una cámara muy versátil. Todo lo de Busetto lo filmamos solamente Leo y yo en Mar del Plata, él con su cámara y yo con la HC1. Descubrí que podía ser un buen camarógrafo y Leo también. A Leo lo bancó la esposa en ese tiempo. No teníamos ingresos y apenas vivíamos con los trabajitos temporales que sacábamos.  Leo la tenía clara con la edición de sonido, de hecho es un gran editor de imagen y de sonido también ahora, hizo un trabajo buenísimo con el audio que teníamos. Yo había practicado Corrección de Color para Cartoneros y con ese conocimiento hice toda la corrección de la película. Mundo tributo llevó tiempo y muchísimo trabajo, tanto de filmación, físico y mental, como de posproducción, pero no gastamos en ella, aunque para nosotros sí eran gastos. Por eso recomiendo a todos los realizadores independientes que hagan bastante ejercicio físico.

¿Cuáles son los incentivos o los problemas de estrenar un documental en Argentina? ¿Y cuál es el recorrido que hace?

Al estreno en el Cavern Club vinieron amigos y no sabíamos que otras personas, porque habíamos mandado cartas a varios lugares. A la semana nos escribe Alejandro Seselovsky de la Rolling Stone diciendo que había disfrutado el documental y que escribiría sobre el mismo. En la página de estrenos la película sale junto a El libro negro y XXY, de Puenzo, los tres estrenos rescatados ese mes.  Obvio que Mundo tributo no tenía fecha de estreno ni nada. Así que fue una locura de él hacer esa nota y ponerla ahí. Creo que así es la prensa cuando es independiente. Cayeron de muchos lugares a hacernos notas y nos pidieron la película para proyectarla en un ciclo de la revista Haciendo Cine, luego quedó seleccionada en el MARFICI y volvimos a viajar a Mar del  Plata, esta vez con todo pago, para el estreno oficial, digamos, en festivales. Al año próximo, nos dirigimos al BAFICI, escribimos una carta que decía que habíamos terminado la película, que nos perdonen por mandar algo sin terminar el año anterior y por favor la tuvieran en cuenta, y quedó seleccionada en el BAFICI 2008. Funciones llenas. Una lástima que la del Centro Cultural Rojas se cortó la luz antes de la mitad de la película.

De ahí, se nos acercaron para saber de nuestros proyectos gente de Costa Films y nos llamó una mujer de Francia para programarla en la Cinemateca de la Ciudad Universitaria Argentina en París. Seguimos mandando la película a festivales, y estuvo en muchísimos, por nombrar algunos, FICCO DF, BOSTON LATINO, FESTIVAL INTERNACIONAL DE LA HABANA, IN EDIT SANTIAGO / IN EDIT RIO DE JANEIRO Y SAN PABLO, FESTIVAL INTERNACIONAL DE ROSARIO, CINE TONALÁ BOGOTA, y ahora estará se verá, por excepción única del director del festival, en la India, en Competencia Internacional. En Brasil, se interesó MTV, que en ese entonces era del grupo Abril, y programaron la película por única vez en un ciclo de los mejores documentales musicales. Claro que gratis, no nos pagaron ni un centavo. En Córdoba nos la pidieron de un Cineclub y así… También estuvo en Espacios INCAA, lo que siempre nos pareció un chiste porque no recibimos apoyo del Instituto de Cine en nada. La última proyección fue en el marco del IV Laboratorio Internacional de Guión en Colombia, en el hotel colonial Mariscal Robledo, Antioquia, un lugar mágico y una proyección mágica, con 24 guionistas becados de toda Iberoamérica. Era la primera vez que yo salía de Argentina (aparte de Uruguay, claro) Mundo tributo les encantó.

Así que el incentivo es poder hacer lo que uno quiere sin tantas vueltas. ¿Querés hacer una película? Bueno, la hacés, día a día. Trabajas, creas, la grabas, la vas editando. Es único. Hoy en día, por los altos costos, para realizadores como nosotros para todo parece que tenés que aplicar a fondos, a concursos, etc. Eso hace que estés varios años incubando un proyecto y te aleja del cine en sí. El cine es hacer y es un arte, también es una industria, y está muy bien que así sea y genere trabajo y los técnicos y artistas mejoren, pero el cine como industria te paraliza. Después, cuando te va bien, la gente se acerca, quieren saber si tenés contactos, cómo hiciste para llegar acá y allá. Al principio pensás que es para ayudarte a hacer otra película, pero no es así, lo que les interesa es saber si vos tenés contactos. Y nosotros no teníamos ni un contacto ni nada, toda la distribución fue un enorme esfuerzo y trabajo que sigue hasta hoy en día.

La contra es que nadie te va a llamar para hacer otro documental o película porque vos hayas hecho uno que claramente se destacó. La vas a tener que remar otra vez. Por mi experiencia hasta ahora, nadie pone un peso para hacer una película si no es a través de los subsidios del INCAA.

Lo ideal sería que haya una política al respecto y se fijen las películas que llaman la atención y les den oportunidades a los creadores y directores de las mismas, pero eso no pasa.

De cualquier manera, el INCAA está controlado por los productores, tristemente, al día de la fecha es una verdulería de los productores poderosos (que supuestamente hacen cine independiente). El INCAA debería apoyar a los directores y a los escritores, no sólo a los productores. Es un grave error suponer que existe una industria donde no la hay; por eso el cine argentino se estancó totalmente desde hace años. Los cineastas hoy en día implícitamente son a la vez productores (empezamos a escribir el guión sin dinero, sin encargo, como en mi caso con Gualicho) y yo creo que lo comercial está incorporado ya en la mirada de cualquiera que haga cine, porque el género ha ganado terreno en la mente de los escritores y directores (esa intención del creador, no implica que exista una industria donde no la hay, por lo tanto apoyar al productor solamente es un grave pero grave error, una estafa al creador, que también desde el inicio es claramente un productor)

Otra cosa es que cuando sos joven y recibís atención por lo que hacés, y no tenés un entorno que canalice esa atención, uno puede creer que pueda hacer cosas que no puede hacer, y te das contra la pared intentando hacer una ficción, por ejemplo. Entonces sí no hay una  estructura que sostenga al cineasta independiente después de haber hecho la primera película, invirtiendo tiempo, que es plata; así el cine independiente no funciona. Es triste, pero es una realidad, por lo menos en nuestro país. Si vos hacés una película con nada, es para demostrar lo que hacés y poder hacer otra película en mejores condiciones, y no tener que estar dependiendo de tu abuela, por ejemplo. No va a vivir para siempre.

Otro tema es la prensa. En general, los críticos de cine no publican notas de películas independientes y el cine parece ser una cuestión de clase social, es algo bastante horrible, pero es así. Si una institución presiona y ubica a sus directores, los críticos publicaran cosas sobre esos directores. Si no, es una cuestión ética de ellos evaluar si la película vale la pena o no.

Así que si lo hiciste a pulmón, como se dice, no vas a tener un estreno comercial, en general…, y la clara ventaja es que una película que no se estrena, que no tiene carteles en la calle ni publicidad en los diarios, que no tiene una institución que te apoya (porque nosotros estudiamos Diseño de Imagen y Sonido y esa carrera de la Universidad de Buenos Aires no hace nada por sus estudiantes una vez egresados) y si su tema es siempre actual, tenés una audiencia potencial que no la conoce, que no la pudo ver, y la película se va convirtiendo en una de culto.

Aún así, el cine lleva tiempo, las cosas maduran en uno, las historias se desarrollan, uno gana experiencia y hoy en día tenemos muchos proyectos, a los que le tenemos muchísima fe, que, de alguna manera u otra, vamos a realizar.

Entrevista a Adrián Gastón Fares por Blanca López.

Más información sobre mis proyectos cinematográficos:

http://www.corsofilms.com/press

 

El techo y el universo

Escribo desde la pieza de mi hermana

Hoy vine a visitar a mis padres

Mi pieza hace años que esta llena de cajas

A veces regaño a mi madre por no conservar mi pieza

No soy un santo

Es verdad que me fui bastante joven

Persiguiendo la señal de internet

Que aquí no llegaba

En la de mi hermana duermo

Llena de estrellas en el techo

De esas que aparecen

Cuando se apaga la luz

Que galaxia habra inventado ella

Cuando las pegó así ?

No tengo idea

Aqui, donde me siento niña

me persigue un maniquí

Que se yergue a un costado

Y que una noche saltó a la cama

Hasta que me desperté

Un buen susto

Creemos que la

Entropia

Es mala

Pero no

En la dispersión

Te puede tocar algo bueno

Sabelo

Y eso que aqui

el tiempo fue implacable

Primero alejo a mi abuelo

Luego arrastro a mi tia Maria

La enanita

pateo a mi abuela

Soplo a mis dos padrinos

Y dejo escapar a mi tia abuela

Desato las correas de mi perro un donerman marrón y de mi perra Sasha

Y convenció a otras y a otros

De que se las tomaran y significaran

Distancia

Como para no odiar a la entropia

Y rebelarse contra el tiempo

Señora Entropia

Necesito a una mujer que me cuente cuentos y me sirva mate

Usted se la llevó lejos

Como suele hacer con todo

Devuélvala a su lugar cuanto antes

O ya no festejare esa fiesta en su honor

Donde tiramos papel picado frente a un ventilador

Mientras susurramos

Muéstranos el margen del camino

Allí queremos quedarnos en la realidad imaginaria del reloj hecho de relojeros

También festejamos el día

De la segunda ley

En los carnavales donde las máscaras

Dan la oportunidad al tiempo imaginario

Que se cuele, nomás

Ya tod@s estan mas o menos lejos.

Y ese huevo en que nací

Lleva rompiéndose mucho tiempo.

Escondio parte de mi audición

Donde ya no puedo oírla

Aunque me sigue llamando con insistencia

Todo se aleja rapido

Y en la realidad imaginaria

Tal vez estas mismas letras escriban otra cosa

Dicen que hay un vuelta atras

Y la estructura del huevo de Lanus

En algun momento va a volver a cuajar

Los estrellas pérdidas

Van a colapsarse hasta que

Formen una

Singularidad

Y yo retroceda a este barrio de Caraza

Donde las galletitas con queso duro

Esperan junto a la lluvia y la yerba mate

Y luego me presenten a la estructura familiar

A los expectantes y sonrientes

Y mi cuna esté rodeada de gente que ahora no habla

Y luego yo sin llorar no nazca

Para implosionar

Y desaparecer

Pero entre todo eso esta el día

en que con mi amigo

el Chipi

cruzamos en una playa

A la chica más feliz del universo

Y ya mas chico, bajando una escalera, el sol y el deslumbre, vertigo cognitivo

No puedo explicar lo intuido pero

la imagen de la escalera y el sol se quedan conmigo

Por que habra sido fuera del tiempo

Y cuando escribo

fuera del tiempo

Como ahora, sigo

Por Adrian Gaston Fares 23 de Enero de 2019, Lanus Oeste (escrito en el “móvil, hice lo que pude, pero el acento en algunas palabras y el signo de interrogación de apertura se los debo para la próxima)

Intransparencia

Ayer a la noche estuve pensando sobre un tema que trata Intransparente en la segunda mitad, donde se transforma en una novela de ficción especulativa (aunque sea un poco)

Creo que hay cierta ola a la que hemos subido como humanidad de la que ya no podemos bajar.

Intransparente. Novela. (Ficción, Narrativa Argentina) por Adrián Gastón Fares.. 180 páginas aprox.

Bajar / Download Intransparente Automáticamente a tu PC / Móvil / Dispositivo:

Bajar Epub Novela Intransparente

Bajar Mobi Novela Intransparente

Leer PDF Novela Intransparente

Nota

Mi última novela, llamada Intransparente.

Con los Links que están arriba pueden descargarla  en versión .mobi (Kindle), .epub (FBReader otros dispositivos para leer libros electrónicos), y leerla directamente en el explorador en PDF.

Los extraños frutos del bosque: Sue Hubbell y el country noir.

Mientras leo sobre cine independiente, cine subsidiado, cine comercial, cine de calidad y preparo un necesario y contundente artículo, se me ocurrió relacionar el country noir (la ficción narrativa audiovisual que habita en la ciudad pero crece en el campo) con cierto libro que cayó en mis manos, a veces digitales.

Sue Hubbell es (ya verán porqué no me apresuro a decir fue) una escritora norteamericana especializada en el género nature writing o escritura de la naturaleza.

Mientras leía el libro de Hubbell (Un año en los bosques, en castellano, A country year, en inglés), una crónica de su vida en el bosque en la región de Ozark (medioeste de los Estados Unidos) me asaltó una duda. No conocía a Hubbell, su libro está emplazado en el bosque de los Ozarks, donde la escritora se dedicaba a la apicultura (y practicaba con su sobrino una técnica para convertirlo en un superhéroe de las picaduras de abejas; dejaba que una lo picara, luego dos, y más, progresivamente, para insensibilizarlo al veneno) y a asombrarse por las ranas pegadas a su gran ventana, las arañas y serpientes de su granero, y otros descubrimientos dignos de mención de la naturaleza tuve una duda, esta mujer ¿seguía viva? (no había visto la fecha de publicación del libro, me adentré en sus páginas conservando mi virginidad de lector, no adrede sino de casualidad)

Constaté que Hubbell había muerto en 2018, el año pasado. Como no figuraba la causa de su muerte en  Wikipedia seguí investigando. Resulta que Sue Hubbell murió de demencia según otro artículo. Una enfermedad que por sí sola no causa la muerte y cuya definición está en continuo cambio desde la época de, por lo menos, los filósofos cínicos en Occidente. Sus consecuencias desencadenan óbitos, ciertamente, como el caso de Hubbell, que apareció un día perdida en el medio del bosque, sin saber cómo se encontraba allí, pero viva y que luego decidió practicar una forma de suicidio bastante común como la de dejar de alimentarse (ya en la casa de su hijo) hasta la desaparición.

En el medio de la naturaleza, sin la necesidad de señales digitales, y rozando el manifiesto a favor de este tipo de vida verde, yo había pensado mientras leía Un año en los bosques, que no había maneras de precisar la época en qué fue escrito. Los índices eran pocos. Y de noche uno es menos exigente con lo leído que con uno mismo.

El descubrimiento de que la mujer que tan encantadora vida había tenido en la naturaleza, libre de emanaciones tóxicas y comiendo alimentos que ella misma cosechaba, decantó en la locura (¿Qué es la locura?; la demencia ciertamente no puede relacionarse con su causa de muerte; por lo mismo, ni loco aquí me pondré a analizar esas etiquetas que lastiman a las personas que las llevan puestas) me hizo recordar que la serie de suspenso que estoy mirando True detective, temporada 3, está ambientada en los Ozark, así como otras muchas series, me indican en Internet, que nunca vi ni veré (no se puede mirar todo; ya lo dijo Godard del cine; imagínense con las series). Estas series son etiquetadas dentro del ya madurado género country noir (supongo que sus orígenes están más claros en la conocida serie de David Lynch)

Pero sigamos con Sue en el bosque. Su brújula mental estropeada, su bello suicidio (no es suicidio dejar de alimentarse; parece ser una protesta al tedio de estar vivo pero lo escribo así porque a su hijo le pareció apropiada esta historia sobre su fin) puede relacionarse con las series negras (noir) emplazadas en el campo, en las inmediaciones del lugar donde ella tenía su cabaña. Después de todo, los árboles siempre han sido testigos mudos de asesinatos, desencuentros, perversiones, amores clandestinos, sueños idealistas, ambiciones, entre otras actividades que definen al ser humano como el animal más turbio que existe.

Los árboles saben, los árboles cuentan, el viento que mueve sus hojas también nos confunde, nos inspira y perturba los sentidos; tal vez por eso, y por esas ganas impúdicas de volver a la naturaleza entre la selva de señales digitales en que estamos viviendo, donde la vida verde ya nunca será lo que fue, proliferan tantas ficciones que tienen un pie en el campo y otro en las formas de la muerte. Los enormes saltos temporales en la narración audiovisual, que antes no se usaban tanto y ahora sí, tal vez indiquen que la humanidad se quiere alejar de los pastos altos para mirarlos con el ojo de la renovada ciencia de la mente (y de las mentes).

Esa tensión entre querer acercarse a lo que alguna vez fue la naturaleza desde los escalones de barro del pensamiento actual está dando frutos de irregulares, y llamativas, formas. Y parece ser que los Ozark, esa región montañosa estadounidense, es uno de los lugares donde suelen recolectarse.

 

por Adrián Gastón Fares, 18 de Febrero de 2019.

Nota: Lean a Sue Hubbell, y no dejen de leer el primer cuento del libro La profundidad del mar amarillo (2006) de Nic Pizzolatto, escritor y creador de la serie True Detective.

Otra nota: Acercarse, aunque sea sin intención, a la erudición en la actualidad está, ciertamente, de más.

El poema sin motivo.

Caer linearmente hacia el centro

Como un meteorito.

Nada de orbitarte.

Querida estrella.

Rompamos los sistemas.

Planetarios.

Despidamos al universo.

Sería una ola de despidos.

En la playa del tiempo libre.

Basta de resistencia

Que vuelva el temblor

(danos la fuerza para mirarnos con fijeza)

Inventemos una mañana sin tarde

Una noche sin amanecer

Un día sin otro

Un futuro sin niños

Destruyamos al mundo.

Sin tocar ningún botón.

Rojo.

Dejemos vacía de incertidumbre la tierra de tus zapatos

Y repletos de misterios los mares de lágrimas

Nada es viejo,

todo es nuevo.

Y aquel Señor que dice que no tiene valor la escritura

Es porque no sabe

Que con el culo en el asiento

El cerebro permanece en su centro.

Las plazas están vacías.

Hasta que no descubramos

al último escondido.

El juego no termina.

Ya estoy grande para esto.

Dice el universo.

Y no paramos

de sonreír toda la noche.

Lástima.

En la oscuridad,

nuestras caras no se ven.

Por eso,

varios universos nos sueñan.

Mientras nos hacen crearlos.

Me acuerdo que

En tu cama me miré

Y en tu espejo me dormí.

Sonriendo.

Nunca.

Adrían Gastón Fares, 17 de Febrero de 2019

El cine y la música.

Una relación (muy arbitraria) de los que me parecen más interesantes como autores de scores (las orquestaciones originales escritas para un film)

Hemingway escribió (Death in the afternoon) que para él era moral todo lo que hacía que se sintiese bien e inmoral todo lo que hacía que se sintiese mal; advierto, entonces, que adapté este criterio a la estética y toda expresión cinematográfica que me guste es buen ejemplo de este arte y no así la que no cumpla con este requisito. Baudrillard (en Ilusión y desilusión estética) critica a los Coen alegando que el estilo recargado de éstos impide ilusionarnos; yo creo que es así en muchos casos (déjenme aclarar un ejemplo de una película que nada tiene que ver con los Coen; en The Beach —Danny Boyle—, Leonardo Di Caprio se tira al suelo, escondiéndose tras unos pastizales, ante el peligro de hombres armados; la cámara avanza en un travelling hasta los ojos desesperados del actor; Baudrillard tiene razón en que es innecesaria esta técnica ya que en cierta forma desprecia la imaginación del espectador; debe haber infinitos ejemplos como este en el cine de género mundial actual) Sin embargo, algunas películas de los Coen (con exageraciones como la del personaje de John Torturro jugando al bowling en The Big Lewoski) no dejan de gustarme.

Lo mismo con los autores musicales que nombraré a continuación. Algunos remarcan las escenas con una orquestación furiosa, otros sutilmente nos entornan la puerta “para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio” (Cortázar) y esa visión, sabemos, nos dejará satisfecho por un tiempo.

En primer lugar, no podemos dejar de nombrar a Bernard Herrmann (1911-1975) como precursor de todos los demás. Herrmann musicalizaba los radioteatros de Orson Welles; así es como más tarde hace la música de “El Ciudadano”. El arreglo de violines de la famosa escena de Psicosis es de Herrmann; con Hitchcock también hizo el score de Vértigo, entre otros. Luego trabajaría con Truffaut (La Mariee Etait En Noir), De Palma (Hermanas, Obsesión) y Scorsese (Taxi Driver; Cabo de miedo—en esta remake la música de Herrmann está reorquestalizada por Elmer Bernstein). Herrmann es simple y efectivo, usa melodías fácilmente reconocibles, secas, que estallan en fragmentos repetidos con regularidad; no nos aturde románticamente con frases que confunden.

Angelo Badalamenti transita esa senda, sus melodías son sospechosas, incongruentes, deliberadamente extrañadas; nacen muertas o no terminan de nacer. Por algo es el compositor preferido de David Lynch (Blue Velvet, Wild at Heart, Twin Peaks, Lost Highway). Colaboró con Norman Mailer (el escritor dirigió la adaptación homónima de su libro Though Guys Don’t Dance) y Jean Pierre Jeunet (La ciudad de los niños perdidos) entre otros.

Carter Burwell es el compositor de los films de los hermanos Coen. En Barton Fink el score se confunde y se arma con los efectos sonoros; lo que se escucha es poco; hay insinuación, hay ilusión. Menos minimalista pero igual de emocionante es el score de Miller’s Crossing (Un paseo con la muerte). Uno de sus trabajos sin los Coen es el debut cinematográfico del videasta Spike Jonze, Being John Malkovich (¿Quieres ser John Malkovich?) De los que todavía transitan este mundo, Burwell es el más cautivante.

Hay uno que no necesita tanta presentación; es una caja de música maravillosa, alocada, que toca canciones a la vez dulces y terribles, tan alegres como tristonas, tan misteriosas como cínicas. Tim Burton debe estar muy agradecido a Danny Elfman. Sus melodías acompañan al pálido joven con las manos atrofiadas y al esqueleto que intenta ser Papá Noel. Ya que estamos con Burton, digamos que Howard Shore hizo el hermoso score de Ed Wood. Sumado al metálico y frío que compuso para Cronenberg (Crash) nos deja una certeza: talento.

Hans Zimmer es más estridente; trabajó en El Rey León, entre otras. En True Romance (Escape Salvaje) compuso un score inocente que contrasta con la violencia del film; una de las melodías es una canción de navidad, con reminiscencias de Bach (el Jesu, joy of man’s desiring). Hace unos años la composición de Zimmer sonaba, apenas modificada, en un comercial. Alguna vez hablamos de Mike Figgis; como compositor y supervisor musical hace un trabajo excelente en Leaving Las Vegas (Adiós a Las Vegas) y en One Nigth Stand (Pasión De Una Noche).

Tengan en cuenta a Cliff Martinez; compone para el prolífico Steven Soderbergh. Sobrio trabajo en Kafka y música crepuscular en The Limey (Vengar la Sangre).

También sería conveniente que sumemos al reconocido John Williams (en especial, el score de Atrápame si puedes).

Como musicalizadores, especies de disc-jockeys de sus films, no olvidaremos a Woody Allen ni a Tarantino. Y como rareza nombramos a Dario Argento componiendo la música de la secuela de La Noche de los Muertos Vivos, Dawn Of The Dead.

Nota 2008: A Godard tampoco le gustan los hermanos Coen. Puedo defender Barton Fink, The Man who wasn’t there, The Big Lebowsky y Miller´s Crossing. Los Coen, como Wes Anderson, solamente funcionan bien cuando exageran, cuando hacen con ganas lo que Jean Baudrillard –que también nombraba a Ang Lee, si no me equivoco- detesta. Deberíamos leer todo lo que este sociólogo y filósofo escribió. El resto del cine actual (películas de terror –el género que, por alguna razón, más huérfano quedó de buenos artistas–, suspenso, acción, incluso películas que no pertenecen a ningún género, independientes, etc.) destroza la ilusión (ejemplos: las subjetivas frenéticas de 28 Days Later, de Juan Carlos Fresnadillo, producciones como El orfanato, la insoportable nueva versión de Hairspray, algunas películas de Tony Scott, y en especial, la de su hermano Ridley –como el final de Gladiador). Es importante distinguir cuando estos recursos se usan para crear algo nuevo y cuando se usan mal. ¿Significan lo mismo los travellings en Mean Streets de Scorsese que el travelling de Wes Anderson en Hotel Chevalier y que el de Danny Boyle en The Beach? En la seminal Mean Streets, Harvey Keitel es un joven mafioso en ciernes y el travelling rolinga es un hallazgo visual para acompañar su forma de caminar decidida (antes Orson Welles, Nicholas Ray, David Lean, hacían maravillas con los límites de la ilusión). En la película mala The Beach, el travelling enfatiza un peligro hasta eliminarlo, alimentando una trama sosa. En Mean Streets y en Hotel Chevalier, el travelling es la trama. Las mejores películas actuales no crean una historia mientras cifran una trama secreta; mejor dicho, las dos historias (la principal y la secreta) se condensan en dos o tres secuencias –me viene a la mente lo que recuerdo de Cache, de Michael Haneke, por ejemplo o Last Days, de Gus Van Sant- que tienen la suficiente fuerza para significar algo en la ficciones frágiles en las que vivimos. Así también, el cine refleja más el espíritu del cuento, que el de la novela, tal vez porque sigue alejándose de esos pretextos (si no vean lo sosas que son las dos películas basadas en novelas, favorecidas por el Oscar: There will be blood y No country for old man)

Ahora, agregamos a Wes Anderson como musicalizador, la banda de sonido que el trompetista Terence Blanchard hizo para Mo´ Better Blues, de Spike Lee y la de Neil Young para Dead Man, de Jim Jarmush.

Nota 2019: El no norteamericano, Jóhann Jóhannsson recientemente fallecido, Michael Giacchino (no solo remozó uno de los themes de una de las Misión Imposible sino que también la rompió en la nueva franquicia de El Planeta de los Simios, Terence Blanchard (no recuerdo si nombre a la excelente banda sonora de La hora 25) y Justin Hurwitz, habitual colaborador de Damian Chazelle, merecen estar en esta lista que más que con la nacionalidad tiene que ver con mis preferencias.

Por Adrían Gastón Fares, actualizada 15 de Febrero de 2019

La más buena. Cuento.

Son muchas las conversaciones que oigo. La mayoría no las escucho porque el ruido de la música está alto y significa un esfuerzo para mí concentrarme en una en particular. En general estoy cruzado de brazos y miro el culo lindo de María al darse vuelta para buscar los vasos y servir la cerveza tirada. Por lo general, no tengo que arrastrar a nadie hasta la puerta. Por lo general: a veces dos imbéciles se empujan sin querer y empiezan una pelea de borrachos y ahí me tengo que despegar de mi lugar. También lo dejo para ayudar a levantar las sillas a las doce, es el horario en que dejan de servir comida los de la cocina y el bar se convierte en una pista de baile. Era un poco después de las doce cuando el grupo de tres chicas se detuvo cerca de mí para tomar sus tragos. Dos chicos estaban pidiendo pintas en la barra. Pude apreciar otra vez el culo de María. Los dos chicos se pararon cerca de las chicas, como centinelas, aunque había más lugar atrás. Uno de los pibes era alto, atlético, el otro bajo y atlético también. En cuanto a las chicas, dos eran morochas de la misma altura y la tercera era castaña, de ojos claros, cara afilada. Parecía no tener tetas. Las morochas, más que nada una, tenía un escote bien relleno. Estaba tranquilo, relajado, me suelo tomar dos miligramos de clonazepam para aguantar más tiempo sin fumar.  Mientras un cliente esperaba, yo miraba el culo de María, en general miro el culo de María muchas veces por noche. El pibe alto se acercó a las chicas.

—Son todas muy lindas —dijo—. Pero: ¿cuál será la más buena?

Todas sonrieron menos la castaña, que miraba el piso. Las morochas señalaron a su amiga y dijeron al unísono “Ella”. El pibe se acercó a la chica que estaba apoyada en la pared.

—¿En serio?

—No soy buena.

—¿Qué estudias?

—¿Qué te importa?

—Dale, ¿contame que estudias?

—Veterinaria.

—¡Qué bueno! Yo tengo una gata.

—¿Y cómo se llama?

—Berta.

—¿Cómo? —. La chica levantó la voz.

—Berta—. El chico habló más alto. Tosió. Tomó un trago de la cerveza.

—Qué nombre.

—Sí, es una siamesa.

—Son lindas las siamesas. Hay siamesas siamesas con poco pelo y siamesas thai.

—Son todas de Tailandia.

—Sí, son todas.

Las amigas hablaban, entre sonrisas y miradas rápidas dirigidas al pibe.

—¿Cómo te llamás?

—Guadalupe.

—Lindo nombre.

—¿Y vos?

—Guillermo… ¿Y, es verdad?

—¿Qué cosa es verdad?

—¿Qué sos buena persona?

—No soy buena te dije —dijo Guadalupe mirando el piso.

—Pareces buena —dijo Guillermo.

—No tengo ganas de seguir.

—¿No tenés ganas de seguir…?

—Hablando.

—¿Por qué, qué te pasa? —preguntó Guillermo.

—Me separé hace poco. Estoy triste.

—Yo también me separé hace poco.

Guadalupe levantó la mirada.

—Y también estoy triste —agregó Guillermo.

—No se nota.

—¿Querés un poco? —. Guillermo le ofreció su vaso a Guadalupe. Ella asintió y tomó dos sorbos de cerveza. Miré el culo de María, mi trabajo estaba lleno ya a esas horas.

–Qué te parece si salimos de acá —dijo Guadalupe—. No aguanto más el reggaetón.

–Yo tampoco —. Guillermo miró a su amigo—. Dale, vamos.

Guillermo se acercó a su amigo. Intercambiaron algunas palabras. El amigo se acercó a las otras dos chicas. Se puso a hablar con ellas mientras los tres miraban a Guillermo y a la supuesta chica buena que enfilaban para la salida.

—Buena onda tu amigo —dijo una de las morochas.

—Sí, es muy simpático.

—Y eligió a Guada, que es muy particular.

—¿Por qué es particular?

—¿Guada? Es particular. Es… distinta.

—Tu amigo se habrá dado cuenta—dijo la otra chica.

—¿Cuenta de qué? ¿Distinta cómo?

Las chicas se rieron.

—Entonces si no te dijo nada no se dio cuenta —dijo una.

—¿De qué se tenía que dar cuenta? —preguntó el pibe.

Las chicas intercambiaron miradas cómplices.

—… De nada…

—¿Quieren un poco de cerveza? —dijo el pibe y le pasó el vaso a la que estaba más cerca.

El pibe se rió fuerte.

—¿No es una chica?

—No —dijo la chica que recibía el vaso de la otra.

–Yo no me di cuenta, tampoco. Parece una chica.

–Pero no es —dijo la otra.

—Es… ¿un traba?

Las dos chicas se miraron y sonrieron. Las dos estaban vestidas de negro y tenían tatuajes en las muñecas. No sé qué dibujo tenían, porque los vi de refilón mientras tomaban sus sorbos de cerveza.

—No —dijo una, la más tetona.

—¿Y qué es entonces? —preguntó el pibe.

–No es un traba, sólo eso.

El pibe miró hacia la puerta de salida.

—Y si no es un traba y tampoco es una chica… ¡¿qué es?!

—No te podemos decir.

—Como no me van a poder decir. No jodan… ¿QUÉ ES?

—No te podemos decir, pensamos que tu amigo se dio cuenta —repitió la otra.

El pibe las miró a las dos. Asintió y tomó otro sorbo de cerveza. Las dos chicas hablaban entre ellas. El pibe abrió la boca para decir algo.

—Perdón—dijo la tetona.

Las chicas se fueron para el fondo del boliche. El pibe me clavó la mirada. Yo hice como que no lo veía. Me fue fácil porque María otra vez se volteaba para ir a buscar un vaso.

 

Por Adrián Gastón Fares

 

Kong 25.

Querido Adrián

Entiendo tu preocupación por tu tía, tu abuelo, que hayas eliminado lo escrito incluso por temor al pasado y sus formas, pero no hay manera de arreglar ciertas cosas ni con una máquina del tiempo, que dicho sea de paso hasta ahora no han dado señales de vida.

Y tu mensaje me caló tan hondo que he decidido contarte la verdad. Ya era hora, de cualquier manera.

No soy un hombre del futuro.

No me llamo Von Kong.

Nunca tuve en mis manos una impresora Rivera.

Tal vez tenga el poder de leer tu mente. Te conocí desde que eras muy chico.

Soy médico. Mi especialización: otorrino. Pertenezco a un grupo de médicos que no hacemos lo que tenemos que hacer, con fines científicos (y admito que a veces recreativos)

Simple. Deduje tu pérdida de audición desde que leí como naciste en esa clínica en el barrio de Once. Me las arreglé para que te trajeran a mi consultorio cuando ya tenías cinco años.

Para eso tuve que dejar afuera del camino a otros médicos de este grupo secreto de experimentadores.

Una vez detectado tu problema y confirmado que hasta tu adolescencia el límite entre escuchar o no seria difuso opté por dejarte sin tratamiento.

Archive tu defectuosa audiometria y tu fantasmal potencial evocado.

Quise ver qué pasaba con tu adaptación. Hasta dónde llegabas para descubrir la verdad. Y como llegabas. Cuantos golpes te darías. Que pasaría con tu gente cercana. Como irían actuando ellos. Sabia que el Estado no te serviría de nada, así que que agradeceme que no te metí en trámites molestos desde temprano.

Hace poco coincidimos en un bar céntrico. Tocaba un DJ. Yo te observaba desde mi mesa. Noté tu cara tensa ante los ruidos fuertes amplificados por los audífonos, tu urgencia de salir de ese lugar luego de una hora de charlar con tus amigos. Pensé en cómo te estarías sintiendo. Y te compadecí. Nunca sentí nada parecido en mi vida.

Esto va con doble copia, una al Colegio de médicos para que me quiten la licencia (voy a sacarle su licencia para matar, dice una canción de Bob Dylan)

Ya estoy viejo, de cualquier manera. No tanto, todavía puedo jugar al golf con estos médicos amigos a quienes les importa poco y nada los procedimientos formales como a mí.

Nunca existió una Taka. Es el personaje femenino de un personaje de la película El último samurai. Ni yo sabía de donde había sacado ese nombre hasta que di en el cable Premium con una emisión de dicho film.

Nunca tuve a ningún No ser que eliminar o apresar.

No existen.

A raíz de una nota en una revista de divulgación científica creé ese mundo de impresoras genéticas. Craig Venter fue una inspiración.

Te escribí para darte confianza todo este tiempo. Que pensaras que eras un elegido por un detective del futuro. Creo que nunca lo creíste del todo, pero espero que haya mitigado la falta de un tratamiento adecuado. No siempre pude mantener el sentimiento de culpa a raya.

Hay una teoría que dice que todo nace de la culpa. Así nació Von Kong.

También te he enviado alguna que otra ayuda, gente de mi comunidad que te acompañó un poco; ya no están ni deben estar porque están atendiendo otros de mis conscientes deslices.

No sos el único con el que he experimentado.

Lamento tener que decirte la verdad recién ahora.

Tomo la precaución de no decirte mi nombre real para que no me persigas.

Cuelgo mi guardapolvo y pienso dedicarme a mi esposa y a mis tres hijos.

Espero que dejar mi profesión sacie tu sed de venganza si es que la hubiere.

Pronto te llegará una caja de cartón con todos los libros de ciencia ficción que he leído para crear a Von Kong y su pequeño mundo.

Agradezco que hayas contestado mis misivas. Que hasta me hayas pedido que conteste una encuesta por vos. Me he divertido un poco con la culpa.

Von Kong está vacante de ahora en más. En algún lugar de mi neuronas sigue persiguiendo a No seres que el mismo ha creado.

Si en tus sueños te diriges a esa Buenos Aires de colores, de un futuro lejano, donde un hombre persigue a las mascotas desmadradas y monstruosas de la ciudad con su ayudante No ser oriental llamada Taka podes tomar la forma de Kong. Incautar Impresoras Riviera.

También admito que me harías un favor olvidándolo todo.

He redactado un informe sobre tu vida. Lo he dejado en mano de una colega.

Por supuesto, tu nombre no está escrito en esas hojas.

Te he protegido. No soy tan desalmado.

Siento que, en parte, eres mi creación.

Pero como en este tipo de historias, te has terminado rebelando; te has proporcionado por tu cuenta lo que yo no quise darte.

Creí que te ibas a perder mucho antes. Que al descubrir la verdad te vendrías abajo como un edificio cuyas columnas son de goma. No tuve en cuenta entonces el poder de la elasticidad.

En el futuro tal vez reconozcan mi trabajo de investigación.

Eso espero.

Otra cosa no me importa.

Estoy conforme con mi trabajo.

Hasta siempre,

Doctor E

Maestre 15

06 de Febrero de 2019

 

Kong Completo – Índice

Kong 1

Kong 2

Kong 3

Kong 4

Kong 5

Kong 6

Kong 7

Kong 8

Kong 9

Kong 10

Kong 11

Kong 12

Kong 13

Kong 14

Kong 15

Kong 16

Kong 17

Kong 18

Kong 19

Kong 20

Kong 21

Kong 22

Kong 23

Kong 24 (no publicada en blog)

Kong 25

De otro mundo

Tu mundo es viejo
Pero no demasiado

Por qué crees
Que nunca quisiste morir en
brazos de nadie
Te enseñaron que pasión
Es fuego
Pero el fuego se apaga bajo
el agua
Te dijeron que propósito
Y realidad
Son más necesarios
De lo que no se apaga bajo el agua

Nuestro mundo es demasiado nuevo

Sonríe y juega
Busca maneras de acceder
Al muñeco de piedra
Al que nada le importa
Tal vez tus plantas te entiendan
Pero los animales no
Tal vez el Río de la Plata sea
Una vena
De un gigante dormido
En la terraza
Mira la ciudad
Recuerda que en sus pastos
Encontraste el motivo
Si tu vida es vieja
Pero no tanto
Y la zozobra y el llanto
Te enseñaron el canto
Calla
Porque es hora de caminar hasta el aula
Donde nuestro amigo se encuentra

El viene con nosotros
Nuestro fantástico rescate
Sueña despierto
No podemos
No usarlo
El tren de la oportunidad
Pasa infinitas veces

Los tres diremos al unísono
Venimos a buscarte
Esta es la aventura
De aquí en más
Jamas nos separaremos
No creas que nada es auténtico
El destino te mima con la misma ironía
Es
En vos
Por única vez

Mientras quemamos los libros de
Literatura comparada
Corremos juntos por la ciudad
Hacia el inicio de nuestra historia
Que empieza aquí debajo
Fuera del sistema
Al margen de las pantallas
Justo a tiempo
para cosechar las moras
En grisáceos pasillos

Cantamos unidos
Y sostenemos la repisa
De los libros caídos
Donde descansan abusadas-palabras
Que tenso declive
Que suave tensión
Entreabrir la puerta

Hora de la función.

Somos la multinacional
De los escones
Gigantes
Rodeamos las tazas de té
La apagadora
de aparatos mecánicos
Los más grandes proveedores
De oscuridad

Quédate en silencio
Prepárate a correr
Ya salimos
Falta poco
No desistas
Nuestras manos tiemblan
Pero aguantarán

Por Adrian Gastón Fares, 04 de Febrero de 2019

Los tendederos. Cuento.

Quizás ya lo leyeron, quizá no. Como un editor, quería dejar alineados estos tres cuentos que, con Las hermanas, tienen cierto hilo trenzado entre si. Aquí va Los tendederos. Adrian G. Fares.

Los tendederos.

Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.

Cubrí mi cabello con un pañuelo oscuro de tela barata. La señora con un sombrero adornado con una pluma negra.  Ella tenía el cabello hermoso, pero desde que había comenzado la guerra no pudo mantener su estilo de vida. Tal vez ése sea el verdadero motivo de la ropa negra, la razón del duelo. Las cosas que se pierden pero que se podrían volver a conseguir, no como la muerte que es irreversible sino como la buena vida, son las que más duelen. Lo sé porque yo conocía a un muchacho que podría hacerme madre, pero desapareció mucho antes que el señor.

La señora no podía comprar la indumentaria que vio en el catálogo de la tienda de Luto. Lo arrojó a un costado para que yo lo desechara. Para el velatorio le teñí las manos con cera negra para zapatos. Todavía no se le fueron las manchas.

Estuve un día limpiando el armario del señor. Trajes, camisas con mangas y cuellos amarillentos. La señora ordenó lavar algunos para donarlos. El señor tenía su armario cerrado bajo llave y no permitía que lo abriera. Dejaba las ropas que necesitaban lavarse sobre su cama. Pero yo sabía dónde escondía la llave así que le pedí permiso a la señora para abrirlo.

Encontré la indumentaria habitual del señor, pero también vestidos. Sabía que el señor había tenido otra hija de un matrimonio anterior, pero no me imaginaba lo hermosa que había sido. En el fondo del armario, tras la ropa, encontré un dibujo a mano alzada de la señorita. Tal vez sea injusto decirlo pero era más hermosa que Maca. O como una Maca adolescente, embellecida, en la flor de la edad. En el dibujo no hay signos de la pulmonía que se la llevaría.

La señora no se sorprendió cuando le dije que había ropa de una mujer. Ordenó que la donara a la dueña del orfanato de niñas de enfrente.  Así lo hice. Quería deshacerme primero de los vestidos del armario, así que dejé el lavado de la ropa del señor para después. La patrona del orfanato la recibió con un susurro de agradecimiento.

Al otro día, colgué la ropa lavada del señor. Maca me miraba con esas avellanas negras que tiene de ojos. No entiende qué le pasó a su padre. Quería saber si el viaje duraría más que los otros. Le contesté que sería el más largo de todos. Después encontró un pájaro muerto y me lo trajo como si fuera un perro. Me clavó la mirada. Fue a enterrarlo. Anocheció y bajé por la ropa, con los truenos en los oídos y ese olor a tierra mojada que traía el viento. El aire corría rápido. Las copas de los árboles se bamboleaban. Las ropas se mecían. El saco del señor mucho. Demasiado.

Entreví que en el orfanato la empleada había lavado los vestidos donados. Estaban colgados en el tendedero y me llamaba la atención el rosado, tal vez porque todo lo demás era gris. Además era el más lindo. Resonó un trueno.

Me metí en la triple fila de cuerdas del tendedero de la casa de la señora. Entonces noté un cambio llamativo.

El saco del señor se había movido dos metros del lugar donde lo había colgado. Como si se hubiera deslizado por la cuerda. Me pareció raro pero no imposible. Tenía que acomodarme el pañuelo a cada rato porque el viento se lo quería llevar. En la vereda de enfrente los vestidos, algunos pertenecientes a las niñas del orfanato, se balanceaban, ladeaban y contorneaban, como si recordaran las fiestas de antes.

Di vuelta la cabeza y algo oscuro, como un abejorro grande, me sobrepasó.

El saco del señor ya no estaba dónde lo había colgado, ni en la misma cuerda. Se había pasado de la primera a la tercera cuerda del tendedero.

Me acerqué para ponerle otro broche pensando que había sido el viento. El saco voló otra vez, me tuve que correr, y volvió donde lo había colgado. La segunda cuerda está un poco más alta así que tampoco era imposible… Pero los vestidos del tendedero de enfrente se bamboleaban con un frenesí que no parecía ser consecuencia del viento que soplaba cada vez más fuerte.

Entonces el saco del señor volvió a volar. Se poso en la segunda cuerda, luego pasó a la tercera y desde ahí, como impulsado por el estallido de otro trueno, cruzó la calle. Quedó colgando en la primera cuerda del tendedero del orfanato, cerca de los vestidos de las niñas.

El tendedero de enfrente tiene dos cuerdas. Vi como el vestido rosado se desprendía y volaba de una cuerda a la otra, como el del señor, aproximándose a la cercana a la calle. Luego volvió a su lugar en la hilera primera y el saco del señor voló hasta ubicarse a su lado.

El vestido ahí flotó, como empujado, otra vez hacia la cuerda primera, como tratando de escaparse del saco del señor. Una ráfaga de viento llevó el saco del señor hasta que se posicionó al lado del vestido. Los otros vestidos donados volaron de cuerda en cuerda, como si el tendedero fuera un gallinero alborotado por un gallo en celo. Confundidos, volvieron a alinearse al lado del saco del señor. Pero se deslizaban hacia los palos donde estaban atadas las cuerdas, como si el terreno se hubiera inclinado para un lado y luego para el otro. El vestido rosado seguía al lado del saco del señor. Creo que imaginé que las mangas del saco se estiraban para tocarlo.

Algo me acarició el brazo. Me di vuelta. A mi lado, la mejor corbata del señor era tirada de la punta por la mano del viento, por lo menos eso supuse. Tensa, como forrada en alambre que la convertía en una flecha pronta a lanzarse.

La corbata salió disparada justo que una motocicleta pasaba por la calle. Habrá quedado prendida de la cara del motociclista porque el vehículo derrapó y quedó tirado en el suelo. Por instinto me di vuelta.

Vi a Maca observando todo desde la ventana de su dormitorio en el primer piso de la casa. La cortina de su habitación también se movía, como si el viento se hubiera metido. Ella la sujetaba fuerte, me pareció que si no la cortina estaría volando por la habitación o se hubiera cerrado sola para impedir que la niña mirara.

El motociclista llevaba a una mujer detrás que había salido despedida por el impacto contra el suelo. Me acerqué a los cuerpos tendidos. Tenía que avisar a la señora para que llamara a la ambulancia. Observé los ojos clavados en el cielo de las víctimas. Comenzó a llover. Algo, un pensamiento intruso, me llevó hasta el orfanato, hasta las cuerdas del tendedero.

Acaricié una de las mangas del saco del señor, ahora quieto, como si la lluvia hubiese amainado el viento o el ímpetu que hacía volar a ese pedazo de tela vieja.

Maca seguía mirando con su mano aferrando la cortina. Parecía más alta, casi una joven. Era como si sus facciones se hubieran vuelto más angulosas. Me recordaban a las de la señorita del cuadro.

Algunas de las niñas del orfanato también lo habían visto todo desde sus ventanas. Como si el ejército estuviera pasando por la puerta.

Volví a acercarme a los cuerpos sin vida. Entonces, el saco del señor me rozó la espalda y cruzó la calle para volver a la primera cuerda, la cercana a la casa de la señora, donde yo lo había colgado. Enfrente, los vestidos donados al orfanato también se apaciguaron y retornaron a sus lugares.

Todo quedó listo, alineado, sólo me quedaba avisar a la señora para que llamara a la ambulancia y vinieran a recoger los cuerpos. La lluvia lavaba la sangre, como si los muertos estuvieran preparándose para despertar del sueño eterno.  Los párpados de la mujer pestañearon. Me clavó la mirada por un segundo.

Me recordó a otras, a la de Maca, a la del cuadro, a la del señor, pero entonces las chicas del orfanato gritaron al unísono, ya estaban trastornadas, ver todo ese vuelo de ropa y el accidente las habría alterado, y el ojo de la mujer volvió a quedar fijo en el cielo, duro y opaco como las rocas que suelo encontrar en la playa.

Son las que puse en los bolsillos del saco del señor para mantenerlo quieto.

Jamás encontré la corbata del señor.

El saco cuelga ahora, junto a su sombrero, en el armario cerrado con llave y con un candado que yo agregué.

De vez en cuando, veo a una de las niñas del orfanato, tal vez la mayor, pasearse con el vestido rosado. Mira hacia nuestra casa. Debe pensar que nos debe algo.

por Adrián Gastón Fares

 

Lo que algunos no quieren contar. Cuento.

Luego de estrenar, digamos, Los cara cambiante, vuelvo a publicar Lo que algunos no quieren contar para los que todavía no lo descubrieron.

En la ciudad, todas las noches me sentaba con mi hija y mi mujer a la mesa del comedor. Por eso el bosque. Quise aislarme de todo, como tantos otros. Elegí un lugar de la Patagonia, apacible pero ventoso, entre los árboles. En el tejado de la cabaña había una veleta de metal, con la rosa de los vientos, coronada por un pez.

Había comprado el terreno, que venía con la cabaña y una plantación de arándanos. Todo por poca plata. Según la inmobiliaria, el dueño era un viejo, alcohólico. El dinero iría a los nietos. Me habían ocultado que se había ahorcado en uno de los árboles, el más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo.

Dejé que los arándanos crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando al fruto a lo bestia, sin el cuidado que hay que tener al cosecharlos, que en este caso sería hacerlos girar lentamente para desprenderlos del tallo, sin arruinar la capa de protección. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los recogía a las corridas, y los comía en mi casa de merienda o a la noche ya congelados.

Enfrentaba el fin del día extasiado ante la contemplación de las aves, de los quises andinos, de las liebres que se cruzaban al atardecer como si el mundo estuviera a un minuto de acabarse y algo ominoso viniera a ocurrir, que nunca era más que la simple noche.

Pero un día fue más que eso. Coincidió con el aniversario de la muerte del viejo. O por lo menos, yo me creo eso.

Me levanté, abrí la puerta de la casa y salí. Caminé automáticamente y sorteé el gran pino sin darme cuenta que ese árbol siempre estuvo en línea recta a la ventana. No a la puerta. Llegué a la cascada pequeña y me senté a fumar, lloré dos o tres lágrimas, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí significaba mucho para mí. Sabía que hay que llorar sí, pero hay que llorar poco porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un autómata cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar una de las ventanas, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, subí al techo de la cabaña, saqué la veleta y la ubiqué cerca del pino. La punta señalaba el norte.

Tomé bastante vino. A la medianoche salí, miré las estrellas, para mí, acostumbrado a la ciudad, el paraíso estaba en el cielo. Ese cielo, las ramas mecidas por el viento. Me gustaba esa imagen pero el viento nunca me gustó. Me molestaba.

Bajé la cabeza porque tenía una necesidad imperiosa de orinar. Así que me fui hasta el pino y rocié el suelo. Pero al terminar, me di cuenta que el árbol no estaba ahí. Había meado en la maleza. En frente no tenía nada. Me volví y noté que la casa estaba en su posición inicial. Caminé hasta el pino y la veleta. Seguía señalando el norte.

Esa noche dormí profundo, sin pesadillas, y al otro día me propuse ir al pueblo a comprar provisiones. Abrí la puerta, caminé y di con el arroyo. Me di vuelta para mirar la cabaña y la puerta estaba ahí, donde debía haber estado la pared del dormitorio.

Enmendé el trayecto, salí por la entrada de mi terreno hacia el almacén del alemán. Compré pan, fiambre, café y cigarrillos. Retorné, rodeé el terreno y me metí adentro. La que rotaba era la casa y no el terreno, me dije, como si ya no me asombrara.

Salí a orinar esa noche, estaba bastante borracho otra vez, y me di cuenta que estaba salpicando la rueda de mi camioneta. La dejaba en el fondo, detrás del porche, así que la casa había rotado otra vez.

El cielo encandilaba. La luna hipnotizaba. Las ramas de los árboles murmuraban.

Volví a la casa y dormí hasta bien avanzado el día siguiente. Estaba triste porque quería tranquilidad, me había alejado del mundo por sus inconsistencias, sus coincidencias infundadas, y ahora esto, ¿qué quería decir?

A las seis de la tarde del otro día se me dio por dirigirme a lo del alemán. Salí y caminé derecho, di con un cementerio antiguo, el de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Debía estar apuntando al noroeste. No importaba, como un turista más, comí torta con té. Contemplé a una francesa hermosa. Intenté hablarle pero la chica me intimidaba. Me volví a la casa, ya me había olvidado del alemán y lo que quería comprarle.

Entré a la casa. Subí un escalón para sentarme a la mesa del comedor ¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso se estaba levantando, los bordes del círculo que se estaba formando eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa estaba creando una sima, se estaba desenroscando, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, serían chupadas por ese agujero que la cabaña estaba creando.

Al otro día salí, me cercioré que la puerta apuntaba donde me dirigía, era así, otra vez la puerta daba a la entrada del terreno, tal como lo compré, así que caminé derecho hasta el almacén del alemán.

Compré querosén, diarios, cerillas y volví lo más rápido que pude.  No tenía nada de valor en la casa. Mis documentos en el bolsillo. Rocié a la cabaña con querosén.

El fuego iluminó la plantación, se disparó una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y rajaron los quises que estaban escondidos entre los troncos cortados. Un resplandor dorado iluminaba la plantación, mi querido pino, el camino de entrada. La casa ardía. En las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña giraba. Rápido. Lo hizo hasta desprenderse y dejar el comedor a la vista, la rueda dentada, con la mesa redonda y las sillas.

No me podía sentar en ese lugar. Me recordaba la compañía de mi hija y mi mujer. Pero no tenía otra, me dirigí a la plataforma, la cabeza plana del tornillo, que era lo único que había dejado el fuego, salté, y tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Vi a la veleta, al árbol, a la plantación de arándanos, a la luna llena, al arroyo, vi la tierra, intuí que la casa me había propuesto todos los días un camino nuevo. Ahora mi musa era una extranjera, la chica francesa que había conocido por seguir el trayecto que la puerta de la casa me sugería. Sentado en el trono hogareño pero descubierto que la cabaña me ofrecía, mientras todo seguía girando, vi raíces, hormigueros, lombrices, bichos bolitas, rocas doradas y finalmente, una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces, comencé a escalar, ya había hecho palestra en la ciudad, era rápido, vi como la plataforma con las sillas y las mesas se hundía, salí del agujero como un muerto viviente, nevaba y yo estaba de pie en la sima que había sido la cabaña, exultante y cansado.

En el escape, en la corrida, un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino. Supe que era el cadáver del viejo, el antiguo dueño. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que dejé a las arándanos, la tranquera, el terreno, todo, atrás.

 

por Adrián Gastón Fares

Los cara cambiante.

Es poco sabido pero los escritores argentinos que escribieron los primeros relatos fantásticos en el siglo XIX se autocensuraron por el contexto de la época y dejaron las historias más frescas y jugosas en los hoteles donde se alojaban, en sus casas de campo, pensiones, etcétera. Tal es el caso de Juana Manuela Gorriti, quien dejó olvidados varios relatos en un desaparecido hotel del microcentro porteño.

La paradoja es que también eran jesuitas los que escribían relatos fantásticos. Es una paradoja sostenida, ya que en la última Ventana Sur, cuando di una charla sobre la película que estoy realizando, dije en broma que me parecía gracioso que una charla de cine fantástico estuviéramos rodeados de cruces. El mercado de cine fantástico Blood Window se emplaza en el corazón de la Universidad Católica Argentina. Los curas y los demonios siempre estuvieron cerca. Por otro lado, hay un libro de Fernando Peña, que fue mi profesor en la Universidad de Buenos Aires, que cuenta como era un padre jesuita el que traía de sus viajes las copias de Drácula, y otras películas menos apreciadas, que eran programadas en las formadoras tardes del Sábado de Super Acción de Telefé (por algo el canal se llama Tele, aún hoy en día) y ciclos parecidos, que evitaron que murieran de aburrimiento muchos niños de mi generación. Tal vez el cine argentino hubiera arrancado con otras historias sobrenaturales si se hubieran encontrado estos primeros relatos más osados que los publicados. Los primeros esfuerzos, alejados de la simple tarea milenaria de contar un cuento que asuste, dedicados a acercarse a lo extraño en la hoja impresa, a lo conocido pero no sabido, son pocos en este país en los inicios de la narrativa, pocos y, lo que es peor, de resultados poco inspiradores. Tal vez sean más interesante la historia de cómo fueron escritos que lo que contienen. Como es el caso de los de Manuela Gorriti. Hay un aura de lo que pudo ser y no fue, como un amor malgastado, en los cuentos publicados de esta mujer, y en los de otros escritores.

Por suerte, para no desesperar, a veces aparecen cuentos inéditos y alimentan la raquítica literatura fantástica argentina de mediados del siglo XIX. En la mente cansada de libreros y la chispeante de otros autores se refugiaron estos relatos leídos tras ser descubiertos en cajones con doble fondo y en algunos armarios olvidados.

No siguen las reglas que Poe propuso para los cuentos. Tampoco las que rompieron el resto de los narradores para ajustarse a sus monólogos internos. No todos quieren crear un efecto perdurable. No buscan el efímero placer de las palabras bien elegidas. Su contenido y ciertamente no su forma son bastante notables. Y lo que cuentan, se dice, no es inventado. Son hechos que sucedieron y que hoy en día estarían escondidos en los rincones más oscuros de la Fosa de las Marianas. No hablo del océano pacífico, sino de un lugar impenetrable, no se sabe si real o no, de la Deep Web o Red Oscura.

Tuve la suerte de encontrar en un hotel de la costa, en Mar del Plata, un cuaderno con cuentos superiores a la producción narrativa que correspondía a aquella época. Los cuentos me sorprendieron por su estilo pero más que nada por su contenido. Pertenecían a una escritora. En esa época, como casi siempre, las escritoras eran de una clase social privilegiada. No era fácil que los hombres te dejaran tomar un bocado.

Casualmente hoy en día protegen esos cuentos, en su mayoría por mujeres, un círculo de escritores que conocen su existencia pero prefieren que permanezcan ocultos para siempre. El Argentum Hermeticum Fantástico es un breviario interesante que solamente circula en grupos reducidos de amantes de lo extraño. La hermandad, algunos alcohólicos, otros sedientos de poder, protege con cuidado la entrada a ese mundo que pondría en jaque cualquier teoría de evolución literaria.

En el Argentum Hermeticum existen muchos cuentos que señalan la costa atlántica, o la costa, como la llamamos, como un lugar plagado de hechos increíbles y entidades de otras dimensiones o directamente diabólicas. Antes era la pampa a secas que terminó siendo el Allá lejos y hace tiempo, donde tal vez esté sugerido, de pasada, un buen relato fantástico.

El siguiente relato, si bien no pertenece a ese cuerpo hermético del que sólo he leído algunos cuentos porque los escritores no lo dejan tocar, lo escuché de primera mano de un conocido. Pero al enterarme de los cuentos que señalan el lugar cercano al mar, cuyos caracoles eran más grandes y sonoros en la época de los primeros narradores argentinos, como establecimiento de entidades sobrenaturales, no puedo más que escribirlo como otra anécdota que podría reposar en esas hojas amarillas, conquistadas por las pulgas y comidas por las ratas.

Mi conocido estaba de vacaciones en el partido de la costa atlántica bonaerense, en la localidad X, no diré cuál, no quiero que los alquileres bajen de precio y las casas se devalúen, ni que ocurra lo contrario por culpa de exponer esta historia. La literatura nunca modificó la economía y este tampoco será el caso.

Cuando se cierran las sombrillas, se devuelve la arena a los agujeros que sirven para que las mismas no se vuelen y terminen clavadas en la garganta de algún desprevenido, como ya ha ocurrido, cuando todo vuelve a ser normal, cuando nos rascamos la arena de los dedos de los pies, pensamos qué haremos al alejarnos del mar.

Lo común es comprar algo, la playa da hambre, mucho, y más si uno se zambulle al mar, uno inconscientemente siempre hace fuerza para que el mar no lo arrastre, aunque a veces la tranquilidad está en mirar el sol mientras flotamos, esa paz que se pierde a la vuelta, cuando volvemos al departamento, a la casa, al hotel, a la carpa. Qué placer meterse al mar en la mañana donde el mar de aquí parece otro mar que luego se transforma a la tarde de la peor manera posible.

Pero sigamos sin opiniones personales. A mi conocido no le gustaban las ferias hippies, las calles céntricas, las caracolas con vírgenes que predicen el tiempo según sus colores,  los libros que parecen haber sido lanzados desde mediados del siglo pasado por una embarcación a punto de naufragar a las librerías de saldos, y ninguna de las alternativas que la noche de la costa puede brindar, que no sea mirar las estrellas, reposar, leer, dormir o preparar un asado.

Mi conocido solo pensaba en retornar a su departamento con su mujer. A sus años, que no eran pocos, ya estaba acostumbrado a la dinámica de la costa, de la playa, de las sombrillas, de las banderas que señalan el mar peligroso o inofensivo.

Mientras arrastraba la sombrilla a sus espaldas como si fuera un pequeño cohete inútil, pensó que lo más aventurero sería volver a su transitorio hogar por una calle no habitual poco transitada, que no le hiciera recordar que otros volvían como él de la playa con sus cohetes inútiles en sus espaldas. Dobló por la costanera y enfrentó una calle no tan arbolada como él hubiera deseado, pero desierta.

A la mitad de su caminata, entre tantos chalet californianos,mi conocido tropezó con un desnivel en la vereda de uno de ellos. Se rompió la cara. La sangre brotó de su frente. Su mejor pegó un grito.

Mientras eran observados, sin saberlo, por una pareja como ellos, pero cuyos integrantes eran más jóvenes, un hombre y una mujer que estaban sentados plácidamente en la pared baja del jardín delantero.

Lo próximo que recuerda mi conocido es el agua cayendo en su cabeza en la pileta de los testigos de su accidente y los dueños de la casa. Cuando giró la cabeza en el lavabo para observarlos de perfil, en el baño, los rasgos faciales de la pareja se deformaron con una pequeña latencia para convertirse en saturninos semblantes con ofídicas pupilas que lo miraban con fijeza.

Por lo tanto, mi conocido trató de salir rajando del lugar cuanto antes, dejando en claro que el golpe no le había causado nada grave. De hecho, la herida le dolía y mucho me confesó. Volvió a su casa con la frente tan hinchada y la nariz algo partida.

A la noche, en su habitación, mi conocido le dijo a su mujer que si bien era el deber de la pareja ayudarlo porque la vereda peligrosa era de la propiedad de ellos, en verdad habían sido muy amables en dejarlo entrar en su baño, y socorrerlo con una venda y el agua.

Pero antes de dormirse recordó el detalle alarmante: los ojos de los integrantes de la pareja se habían transformado frente a él. ¿Por qué? Esas cosas no pasaban.

Decidió retornar al otro día a la casa de sus auxiliadores para regalarles una caja de alfajores y verlos otra vez para cerciorarse de que no tuvieran una cara cambiante.

El chalet brillaba bajo el sol, ya que era la hora de estar en la playa. Mi conocido era consciente de que había sido una accidente agradable; la excusa perfecta para armar otro plan que no sea ir a la playa con su esposa.

Con la caja de alfajores en un brazo, golpeó la puerta con el otro y esperó. Nada.

Oyó un crujido, una especie de respiración jadeante que provenía de adentro, y pensó que tal vez los dueños de la casa estuviesen haciendo algo que parecía más humano que ellos. Eso lo calmó un poco y dio media vuelta, volvió sobre su paso, con la idea de comerse los alfajores a la noche con un café, después de todo, eran ricos, los más ricos de ese paraje de la costa atlántica.

Entonces sintió un escalofrío a sus espaldas.

La puerta de entrada bajo la galería exterior se estaba abriendo sola. Escuchó el sonido inconfundible de la oportunidad, el aire fresco que venía de adentro de esa casa golpeó su cuello, y supo que la puerta se abría para que él entrara al vestíbulo.

Era un vestíbulo de casa de inmigrante italiano, con dos sillones enfrentados y una mesita en el medio, como si pasaran los antiguos dueños la tarde ahí esperando una visita o levantándose, apoyados en su andador, para mirar a la calle a través de los sucios cristales de sus ventanas.

Primero, creyó que estaba vacío. Que no había nadie en esa habitación de la casa en la que no había reparado el día anterior.

Pero no era así, la pareja estaba sentada en los antiguos y duros sillones, rígidos, como si fueran autómatas, perdidos en los sueños que sugerían sus ojos cerrados. Sus manos estaban cerradas en sus regazos como en una plegaria. Enfrentados, cada uno en su pequeño sillón, la pareja parecía más separada que nunca.

Mi conocido tosió dos veces. Los ojos de sus auxiliadores se abrieron sin apuro, lentamente y se clavaron cada uno a su turno, primero los de la mujer, luego el del hombre, en los suyos. El sol se apagó detrás de la espalda de mi conocido en cuanto la pareja despertó de su trance. El día se volvió gris.  Comenzó a llover.

Mi conocido entregó la caja de alfajores a la mujer, que la recibió con unas manos de uñas largas y grises, demasiado largas y demasiado grises. Intentó conversar con ellos para saber si eran turistas o residentes pero se mostraron reticentes y molestos. Y cada tanto los dos bañaban sus labios con la saliva de sus lenguas. Por lo tanto mi conocido, en ese momento recordó que en el baño había notado lo mismo el día anterior mientras su sangre se mezclaba con el agua de la canilla del lavabo. Entonces, si bien los ojos no eran ofídicos como lo recordaba, mi conocido se dio cuenta que los habitantes de la casa tenían una cara cambiante, bastante difícil de clasificar. No podía asimilar las facciones. Eso lo hizo zozobrar, como si estuviera en el borde de la terraza de una casa, en vez de en la costa atlántica en la casa de unos posibles turistas extraños.

Al otro día, mi conocido decidió volver a la playa cuanto antes y seguir el recorrido por el que había terminado en el suelo de una vereda dos días atrás.

Su esposa lo acompañó, preocupada por lo salud mental de su compañero. La noche anterior había hablado de más. De cosas negativas. Le molestaba a ella cuando él se ponía tan serio y negativo. En general, discutían por ese tema. En realidad la que percibía lo negativo era ella, para él no eran negativas si no relatos que le gustaba contar para no aburrirse y jugar con las emociones. Después de todo, a mi conocido, como los primeros relatores de lo fantástico, le encantaba contar historias, y no todas podían ser alegres.

A la altura de la casa tuvo que bajar el cordón de la vereda y alejarse de la misma para observarlo todo desde el medio de la calle.

Había un cartel grande que decía: En Venta. Y tenía una pegatina cruzada que decía Vendida. Las puertas estaban cruzadas por maderas nuevas. Las ventanas también. El pasto había crecido por la lluvia del día anterior. Estaba demasiado alto. Le pareció que el día anterior la casa no estaba en venta. Su esposa opinó que tal vez estaban tan preocupados por el golpe que se dio que simplemente no lo habían notado.

Lo cierto era que de un día para el otro, los ocupantes se habían marchado a otras playas, a otras ciudades, vaya saber. Mi conocido jamás podría reconocerlos pero me aseguró que no eran gente ordinaria, que ni siquiera eran gente, que podían ser otro tipo de seres en los que nunca había creído del todo. Y que para que nadie sospechara nada extraño, habían agregado ese cartel que decía En Venta y Vendido a la vez. Después de todo, la gente de ese lugar está acostumbrada a una subsistencia inexplicable para ellos mismos si se les pregunta bien, y cada vez más, a la gente para ellos rara de la ciudad que escapa del bullicio para establecerse cerca del mar.

Este subgénero del cuento fantástico, que llamaré de los cara cambiante, se repite en algunos relatos que encontré en las narraciones de los primeros cuentistas argentinos, donde yace inexplorada el esplendor de la verdadera narrativa del cuento sobrenatural argentino del siglo XIX.

 

por Adrián Gastón Fares, 27 de Enero de 2019.

 

La historia de mis oídos.

 

A veces tomo la forma de una bola de cristal

que refleja el pasado.

Como si me agitaran

la nieve empieza a caer.

 

Lo bueno es que puedo lanzar la bola de cristal

tan lejos

como se me antoje.

 

He creído ser oyente

Uno más de la manada

Pero no lo era.

No del todo.

 

Nunca olvido

que en el año dos mil doce

me dieron el certificado

porque, paradoja para esta hoja,

nunca escuché bien;

seguía tocando el timbre de aquel edificio

cuando ya me habían abierto la puerta

desde arriba.

 

Entonces, recién en el año dos mil doce, con mis queridos

audífonos, esas joyas tan preciadas,

tuve que adaptarme al rugido de un mundo

del que muchos

no quieren saber nada.

 

El sol se pone,

pero el ruido se impone.

Los seres humanos cerramos los ojos,

nunca los oídos.

 

Tan vitales son que permanecen atentos

aún cuando la alarma resuena

y los tapamos con las manos.

 

Mis oídos eran como viejos caracoles

que retumbaban con el viento.

Antes de los audífonos,

para la risa ajena

subtítulos, por favor.

Ahora:

También ayudan.

 

Todavía no sé lenguaje de señas

pero conozco las marcas que deja la creciente

sensación de no comprender.

Aunque lo que no se dice a veces lo entiendo bien.

 

La mayoría desconoce

la balada del tinnitus constante.

 

Pagué el precio de la incomprensión y

de los que saben pero se hacen que no saben,

de los que querían que fuera otro que,

ah, montaña blanca,

no soy.

 

He sido abandonado:

En los peores momentos

Empujado al abismo:

En los peores momentos

Es un fundido lento como en las películas:

 

A otro ser,

devenir otro.

 

Entusiasmo.

Renovado.

 

Tirité descalzo

como más me gusta

en el vacío.

 

Y un día apareció la casa,

la rosa

y, ah,

la gran montaña blanca.

 

Yo que le temía a lo desproporcionado

a las imágenes grandes de animales,

a la boca abierta del elefante marino,

a la trompa de la orca encostrada en la diapositiva;

a los dinosaurios de museo

y a los restos flacos de las ballenas que ya no nadan

en pisos de madera

de esas feas instituciones.

 

Pero los dinosaurios fueron animales,

¿quién era yo?

 

El que seguía algunas reglas

escritas por seres que tenían un sentido

distinto al mío;

he sido ingenuo.

 

Y tan seguro

como mis orejas me han permitido ser.

 

Más allá de todo,

sé que no hay piedad en el mundo,

ni camino recorrido.

Para la historia de mis oídos.

 

por Adrián Gastón Fares, 22 enero de 2019.

Delcy y Nancy.

¿Alguna vez leyeron sobre la princesa Caraboo? ¿Les suena el nombre Mary Baker? Ella era una inglesa que decía ser la princesa, raptada por piratas en el lejano oriente. No soy la princesa, ni Mary; me llaman Delcy, vivo en Los Ángeles, donde tiempo atrás me establecí con mi compañero.

Nunca voy a entender por qué en mi país no hicieron lo mismo con la costa atlántica. Chaplin se hubiera sentido a gusto ahí. Sí, hablo de Charles Chaplin. Lo conocí. Y también al señor Luis Buñuel. Rompí un árbol de Navidad con él en una fiesta. Eran tan simpáticos los surrealistas.

Ahora me la paso en mi casa, escribiendo, pero para mí, no para mi jefe, que después firmaba las obras como si fueran de él, pero eran mías. Escribí muchas películas, pero mi nombre no figura en ellas. Sí el de otras personas que nunca escribieron una palabra. O muy pocas.

Aquí tengo un jardín hermoso en el que siempre da el sol. A la noche, contemplo las estrellas entre las ramas, según donde esté yo plantada y los árboles.

Hubo un tiempo en que las miraba con Nancy, mi vecina, una mujer con alma de astrónoma, tan ultrajada por los hombres como la princesa Caraboo y no era una mentirosa como Mary Baker. Aunque no sabemos si Mary mentía. Es más, yo creo que ella era la princesa que creía ser.

Tengo árboles frutales, avocados, grapefruits, limones. Arbustos cuyos nombres desconozco pero que cuidé con esmero hasta que me entregué a la practica que Nancy me enseñó.

Tengo rosas, me encantan las rosas y tengo de muchos colores. Hay una que da flores amarillas que me regaló el señor Chaplin. Era tan generoso, especialmente cuando yo era joven. Como mi esposo al principio. Ahora cuido a mi manera de mi jardín, recibo cartas de antiguos admiradores, algunos todavía se acuerdan de mí.

La conexión con Nancy se dio mirando las estrellas. Porque cuando giré mi cabeza, hace ya unos cuantos años, ella estaba ahí, a diez metros de mí, mi hermosa vecina, en su jardín, con el cuello en alto. Igual que yo. Ese día señaló su oído con una mano. El gesto que hizo fue el de que escuchara. Pero yo veía porque no podía oír lo que ella oía todavía.

Antes de que Nancy me lo enseñara en su grabadora, yo sólo escuchaba el susurro de los árboles que se mecían como bañados por esa luna de plata, y no a las frecuencias que ella descubrió.

Pero siempre, antes y después de ella, me paseé por mi casa como si yo fuera una estrella de cine de las que viven cerca. El volado de mis vestidos acariciando la madera de la sala de estar. Antes lo hacía pero no era tan consciente de mis pasos, del sonido de la suela de mis tacos altos. A veces, cuando ya me los he quitado, el sonido de mi piel, de la planta y de los dedos pegándose y despegándose del piso. Eso se lo tengo que agradecer a Nancy.

Era una cubana hermosa, tez oscura y piel brillante como las hojas de los árboles en las que rebota el sol, como esos que enrojecen en la copa y que nos extasiaba mirar. Pasábamos las tardes juntas bebiendo cócteles. El esposo de Nancy se había suicidado tras perder su trabajo en la industria del cine. Aún así, no piensen mal de él; era un señor muy alegre. Nancy decía que de la alegría un día él se quito la vida. Que no crea eso de que las personas sólo se matan cuando están tristes. Por lo menos no era el caso de su esposo. Y la verdad que sí, era una hombre que hasta dejaba que Nancy pasara las noches en mi casa sin chistar. Es más, a la mañana la recibía sonriente en su cama, tarareando en sueños. Ahora sus palabras tienen más sentido. Nancy también casi siempre estaba sonriente.

Tal vez todo haya empezado cuando salíamos por el barrio a robar esquejos de plantas que luego plantábamos en su jardín o en el mío. Las más lindas iban al de ella. No me molestaba.

Primero tomábamos café helado, para despertarnos. La transpiración nos bañaba. Con nuestras mejores prendas, manchadas por el sudor, salíamos a rondar por el barrio. Los señores nos miraban detrás de los cristales de las mansiones.

Nancy me contó del sonido, del viento, por primera vez una tarde de verano.

No es lo mismo un gesto que un puñado de palabras.

Lo había empezado a oír en su jardín. Hacía una trayectoria horizontal a través de sus plantas y por eso sonaba a una frecuencia de unos cuatro mil hercios. El esposo de Nancy había sido sonidista en uno de los estudios, así que ella aprendió bastante sobre el sonido, y todo lo que aprendió me lo enseñó a mí. A veces se le opacaban los ojos y hablaba y hablaba de su esposo sin detenerse ni un poco. Repetía cosas técnicas. Creo que ella hubiera querido ser sonidista, también, y no una continuista del montón. Su relación con su esposo era uno de los raros casos donde la admiración no se trastoca en amor. O sí, nunca lo sabré. Odió afirmar con seguridad. Eso me gustaba de Nancy. Era asertiva.

Una noche me llamó, Delcy ven a mí, querida, e intenté en su jardín escuchar lo que ella decía. Imposible. Para mí eran sólo el susurro de la hoja de los árboles, pero ni siquiera los de ella, los que estaban en otros jardines más grandes.

Para mí comenzó a grabar con el magnetófono de su esposo el pitido. Ella decía que según sus cálculos los sonidos se repetían a unos cuatro mil hercios. En el living de su casa yo trababa de escuchar lo que ese gran aparato repetía. Según ella, tal vez yo pudiera escucharlo una vez que el sonido tuviera ondas más cortas. Gracias a mí mal oído, creía que ella había desarrollado una habilidad especial para oír lo que otros no podían.

Y una noche de ese verano hubo una tormenta. El cielo se partió en mil pedazos. El viento derribó algunas de las macetas que delineaban la separación entre la galería exterior de Nancy y el jardín. La noche que siguió, Nancy apareció en mi casa a las tres de la mañana y me hizo escuchar lo que había grabado. Un ruido más punzante, más sutil, molesto pero hipnótico, que debía estar clavado, según sus mediciones, a unos seis mil hercios.

En su jardín había rosales, pero también ranúnculos, cornejos, de tallo morado brillante como la piel de Nancy, y muchos helechos en macetas. Los helechos que habían sido derribados por el viento, que estaban en una hilera horizontal antes del camino que se adentraba en el jardín, fueron los que según ella, derribados, por ausencia y en contraste con las plantas que todavía seguían en pie más atrás, producían la nueva frecuencia. Por lo tanto, las demás plantas, más en el fondo de ese jardín, pinos y ciruelos, rodeados de jengibre silvestre, sostenían el pitido.

Pasaron dos noches y volvió a reproducirme lo que había captado en la grabadora de su esposo. Las repeticiones de sonidos eran más frecuentes. Cuando dimos un paso en su jardín, pude ver que el ciruelo estaba hachado. Sólo el débil tronco era iluminado por la luz tenue que provenía de la galería exterior.

Al lado de la puerta, frente a la mesita donde tomábamos a veces el café helado, Nancy ahora tenía colgando un cuadro que antes había estado en el living. Era un cuadro que le había regalado un fotógrafo de la industria a su esposo. Sí, creo que se lo había regalado uno de esos extranjeros tan cultos que se habían trasplantado con tanta destreza aquí.

¿Saben lo que hacía Nancy ahí, sobre aquella pintura? Escribía las frecuencia que escuchaba. La mujer esbozada en el cuadro, una deformidad de líneas replegadas, comenzó a desaparecer detrás de las notas de su lápiz.

La noche siguiente, decidí observarla escondida desde la cerca de mi jardín.

Nancy estaba escarbando en la tierra de un pequeño y achaparrado ciprés, que ella había plantado donde había una piedra con una inscripción que recordaba a su padre. Lo hizo hasta que extrajo una urna. Sabía que Nancy le había prometido  a su padre que lo enterraría en un jardín en un país desconocido, pero no sabía que debajo de esa piedra estaban los restos de aquel hombre fornido y moreno, cuya fotografía Nancy guardaba en su mesa de luz como un tesoro.  Vi como brillaba esa otra arena, una arena gris que eran los restos del señor Donosio. Se le fueron a la cara porque de repente el viento arrancó a soplar. Y siguieron volando hasta cruzar por detrás de mi nuca.

Me estremezco porque voy a contar lo que hizo Nancy.

Derramó las cenizas de su padre sobre su cabello largo, sedoso, oscuro, sobre su piel hermosa, lisura de brillo rojizo; dejaba que eso mancillara su cara, su cuello, sus brazos tan delgados.

Entre las hojas del arbusto, pude observar que las cenizas del señor Donosio caían en la boca abierta de Nancy.

No se lo pude perdonar. Sentí que las mejillas me ardían. Estaba aturdida y ni siquiera las enseñanzas de ese gurú al que íbamos en manada las mujeres de la vecindad cuando apareció de la nada, de la India, lograron arrancarme el deseo.

No le abrí más la puerta cuando venía para que fuéramos a robar plantas de otros jardines para enterrarlas en los nuestros. Me quedaba tomando mi cóctel a escondidas detrás de mi puerta, con mi vestido bamboleante. Ya no pude confiar en ella.

De repente, más o menos a las cinco de la tarde comenzaba un dolor que yo no podía aguantar. Sabía que ese dolor, como un patrón parecido al del sonido que decía oír Nancy, desaparecía a las ocho si yo era capaz de tomar varios tragos. Luego reaparecía nuevamente más o menos a las doce de la noche. Si es necesario, aún hoy, yo, que no soy la princesa Caraboo, ni Mary Backer, sino Delcy, me levanto del sillón, camino hasta la nevera, me sirvo gin con hielo, y el dolor vuelve a desaparecer. Es extraño. Así es como he dominado al mundo. Por lo menos al mío.

A veces río sola frente a la nevera, con mi mejor ropa interior, mientras me acuerdo de Nancy, de su cuerpo brillante en el hospital, cuando la tuve que ir a reconocer, porque se le dio por seguir otra frecuencia más alta, que le pareció tan esbelta, tan atrayente, más seguramente que esos nueve mil hercios inconstantes a los que había llegado con otra configuración de su jardín unos días antes.

Para eso había cercenado rosales, el olivo, y había atado con sogas, a la columna de su porche, las macetas con helechos para que el viento no cambiara lo que había logrado.

Ella decía que las ondas largas se convertían en cortas de una manera única, como si fuera un vals, el vals de lo imposible, lo llamaba. Cuando lo reprodujo, no me pareció un vals, sino una cacofonía bastante molesta.

Nancy en la morgue. Rígida. Incluso levanté la manta para observar por última vez aquel cuerpo. Sentí que un viento frío subía de la camilla hacia mi cara. Claro, fue mover la manta, como cuando una apoya la espalda en un almohadón que está pinchado. Parece que alguien nos soplara en la nuca, ¿no? Pero es el aire que el almohadón agujereado, como un fuelle, atrapa con fuerza y lanza hacia nuestra espalda.

Fue la noche que vi que andaba desplantando flores del jardín, desesperada, incluso desatando a los helechos. Yendo y viniendo del terreno al tablero, anotando, cambiando las plantas de lugar. Tenía una pala chica y otra grande. La chica era naranja y con esa removía la tierra. En un momento la revoleó y cruzó la cerca, casi me da en la frente.

Vi a Nancy meterse en la casa. Tan decidida. Parece ser que abrió la llave de gas y la puerta del horno casi a la vez, y reconoció que la frecuencia que tanto había buscado estaba ahí adentro. Ella, pobre, que decía que era el murmullo del universo.

Imagino que se creyó Alicia, cayendo a un agujero negro para entrar a un mundo donde las cabezas rodaban por las órdenes de una reina. Pero había perdido la suya.

Mi dormitorio quedó otra vez vacío. Como ella me había contado que había quedado el suyo cuando su padre murió, allá en su país tropical. A su esposo nunca lo había querido tanto como a su padre.

Nunca quise a nadie como a Nancy.

Por eso creo ser la princesa de Caraboo en las noches. Los piratas. Si tan sólo fuera verdad. Si tan solo fuera Mary y pudiera creerme la princesa. O si fuera Mary y la fuerza de la voz de la princesa me poseyera.

Hay algunos caminos que no valen la pena seguir, pero otros sí.

Luego de que me entregaran la urna con las cenizas de Nancy, comencé a experimentar con mi jardín, desde donde escribo esto.

He cambiado todas las plantas de lugar, hasta rompí la madera de la galería para que el césped creciera ahí también. Y los restos de Nancy están muy cerca mío; en la maceta de uno de sus helechos que me he traído.

Los sonidos son cada vez más maravillosos. En mi  caso, de repente es un ulular más grave que se convierte en una frecuencia que supera los diez mil hercios.

Tengo el cuadro de frecuencias de Nancy. Lo di vuelta y sigo anotando mis descubrimientos ahí. Primero, claro, cerré la llave de gas principal de la casa.

Una aprende en la vida, más después de saber lo que le pasó a Nancy. Estaba tan concentrada en ella cuando vivía, que no tenía oídos para lo que ella quería mostrarme sin ayuda de ese aparato horrible que quedó abandonado en su casa.

Yo no tengo a nadie que haya amado enterrado bajo la tierra de mi jardín. Tuve la precaución de poner a Nancy en una maceta de poco peso.

Más allá de eso, puedo sacar todas las raíces sin ningún contratiempo, sin aprensión. Alguna que otra vez aparecen los restos de antiguas mascotas cuyos ladridos o maullidos ya no recuerdo.

Una a una, extraigo las raíces, mientras las mojo para mantenerlas frescas, y las trasplanto lo más rápido posible.

Gracias a la jardinería, estoy en mejor estado físico que cuando era joven.

Gracias a esa frescura también, la concentración del viento, como lo atrapan las curvas, las sinuosidades de los troncos, de las ramas, de los hojas, para expulsarlo a gusto y hacerlo fluir de manera elíptica entre plantas, entre mis pies, mover mi vestido, crecer hasta alcanzarme la cara; eso hace que cierre los ojos y sueñe despierta, de pie en mi jardín trasero, viendo sonidos que suben y bajan.

Nunca imaginé que a la edad en que me estoy quedando seca como esos arbustos que trasplanto, y que ya no aguantan el sufrimiento, iba a encontrar tanta alegría.

 

por Adrián Gastón Fares (18 de Enero, 2019)

El dragón

Aprieto la boca como una chica;

nos mirábamos de lejos

cuando teníamos veinte años

Pero esa tensión no es mía

Sudo como mi tutor

Pero ese no es mi olor

Lloro como una que conocí

Que terminó riendo

Pero nunca pude reír Así

Ni Ahí

Me quejo casi como mi tía

Aunque mi dialecto es otro

La única relación en todos estos gestos y actos;

Es el dolor.

Lo reconozco

Se acerca como un gato

Lo acaricio como a un dragón

Mas allá:

No sé lo que es un cuerpo.

Una linea no tan horizontal al final,

una casi replegada al principio.

Por Adrián Gastón Fares

+

Gualicho Storyboard

Este es el #storyboard de Gualicho / Walichu. Lo hice durante 6 meses. Toda la película en un software #3d #peliculas #cineargentino #incaa En la locación, tomamos las medidas y lo volcanos al #story. También agregue distancia focal según la cámara y composición del plano, angulaciones. #cine #audiovisuales #cultura #largometraje #bloodwindow #premio

Oscuridad

Ser un chico otra vez

acostado en un coche

cara al techo

luces coloreadas

las cuento

no se esperan

pasan tenues

brillan

y me voy con ellas

vuelo

me convierto en las luces

soy claridad y fulgor en ojos entrecerrados

un escáner que descubre un signo

en las facciones de un niño dormido

Adrian Gaston Fares

A %d blogueros les gusta esto: