El nombre del pueblo. El nombre. 7.

En cuanto al trabajo estoy de parabienes, la tormenta persiste y la escasez de peces, debido a las olas bestiales que cruzan el mar, hizo crecer la demanda de gansos. Kaufman no vaciló en visitarme.

Con una bolsa cubrí a los gansos y a mi cabeza, y enfrenté las calles. Durante toda la mañana vendí cinco gansos y llegado el mediodía decidí probar en el barrio de los ricachones.

Iba por estas calles soportando el peso de la vara sobre mi hombros y otro, mucho peor, sobre mi conciencia.

La figura de Martita no me abandonaba, supuse que yo había sido el causante de su muerte al no llegar antes para verla. Ahora, mientras escribo, estoy convencido de que no tengo la culpa y que el asesino ya debía tener todo planeado. Por lo menos, es lo que me explicó Falcón cuando terminé mi ronda con los gansos.

Pero me estoy adelantando. Si pretendo sacar algo limpio de este diario leyéndolo algún día no debo adelantarme. Tampoco si quiero ordenar mis pensamientos. No estaría mal volver a la caminata.

Iba por la vereda de la calle treinta y tres, la que está brotada de durazneros y olivos, cuando un coche se detuvo. Era, lamentablemente, mi hermano, que me saludó agitando la mano y señaló la vara con los gansos. Me preguntó, con ironía, qué andaba haciendo. Contesté que se podía ver. “No creo que vayas a ganar mucho con eso”, auguró con una sonrisa. “¿Por qué no te venís a tomar un café con los muchachos?” Me negué y cada uno siguió su camino.

No sé en qué anda mi hermano, pero lo vi pasar varias veces. Iba muy serio al volante y cruzaba velozmente las esquinas con el afán de que no lo descubriese. Más tarde pasé por su casa, y Alma me saludó desde el jardín agitando la cabeza bajo el paraguas. Su frente, que solía alzarse con un dejo de altivez, estaba arrugada y baja. La mujer parecía no decidirse a salir de su casa.

Pero lo raro de este día fue haber visto a esa chica.

En la calle treinta y siete doblé y enfilé la setenta. Por ahí iba cuando vi parar a uno de esos taxis rojos y blancos de Obel. Me detuve en seco al ver las piernas que se asomaron al abrirse la puerta trasera. Las medias eran blancas y brillaban en esa cuadra gris, más gris que nunca en estos oscuros días. Al bajarse del taxi pude ver cumplida la promesa de sus piernas y el cuerpo se elevó como impulsado por el viento suave que mecía las ramas de los olivos.

Mientras la chica se acercaba para abrir la reja que daba al jardín de su casa pude observarla mejor. El pelo rubio no evitó que me recordara a la Malva de la fotografía encontrada en el cementerio. Apreté los pasos para ver más. A veinte metros estaría, cuando ella cruzó la reja.

Fue en ese momento que escuché el motor de un coche y vi al de mi hermano cruzar la esquina. Esta vez iba muy lento y al principio pareció no temer que lo viese. Sin embargo, súbitamente aceleró y desapareció.

Hay algo que tengo que tener claro: esa chica no puede ser Malva. Ella rondaría los cuarenta y la que vi no tiene más que veinticinco. Hay otra razón muy importante por la que no puede ser ella y es que está muerta. Si no logro convencerme debe ser porque los peores temores de mi hermano sobre mi salud mental son fundados. De todas maneras, sé que lo que vi fue una persona y no un juego de mi imaginación. Los hechos circunstanciales, el taxímetro de Obel y el viento que la despeinaba, me aseguran que no fue un truco de mi mente.

Pero entonces, tal vez sea peor. ¿Quién es esa mujer que se parece tanto a Malva? ¿Qué anda haciendo mi hermano dando vueltas por esas calles sin razón aparente? Más allá de estas dudas, sé que es nefasto porque esa chica está más lejos de mí que Malva muerta. Ninguna mujer querrá conocer a un vendedor de gansos.

Once vendí. A la vuelta me encontré con Lorena, una de las hijas de don Trefe. Juan y yo jugábamos con uno de sus hermanos cuando ella era muy chica. Entonces buscábamos tesoros que previamente escondíamos y simulábamos alegría al encontrarlos. A Lorena le decían “ruda macho”. Hoy pude comprobar que los años no les caen mal a todas las personas y algunas mejoran hasta lo increíble. Lorena sonríe apretando sus labios y extendiéndolos, aunque no sé si esto es realmente una sonrisa o una mueca que hizo cuando dije algunas pavadas. Tiene ojos negros.

Es extraño, pero empiezan a cruzarse mujeres en mi vida. Antes estaba tan solo y de repente me encuentro desvelado en las noches con los recuerdos de nombres y caras.

La chica me confesó que estaba muy contenta de que me alejara de la playa y de que me decidiera de una vez a tener una vida propia. Me contó que se había peleado con su novio y afirmó que despreciaba a los hombres. Traté de explicarle que no todos somos iguales y ella sonreía cuando sentí que me tiraban de los pantalones.

Al asqueroso pequinés de Amanda no le alcanzaban los dientes para morderme los cordones de mis zapatos. La patada que le di lo lanzó por el aire. Amanda venía con una bolsa repleta de verduras y se disculpó con una inclinación de cabeza. Parecía muy enojada.

Dejé a Lorena y caminé hasta la comisaría.

Falcón me preguntó si quería defenderme “con esa cosa”, refiriéndose a la vara. Le expliqué lo de los gansos y me dijo que ya sabía y me preguntó qué quería. Repuse que enterarme de las nuevas. Dijo que no había ninguna noticia importante más allá de que pensaba que el asesino era del pueblo. Me prometió que investigarían el caso y me acompañó hacia la puerta.

Antes de irme me preguntó, guiñando el ojo, si ya sabía a quién iba a votar para las elecciones. Sonrió cuando repuse que ni siquiera lo había pensado.

Estoy muy cansado, y no menos confundido. Espero que mañana a la noche mi lápiz corra más firme por estas hojas.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

El nombre del pueblo. El nombre. 6.

Falcón me mandó a llamar para que dé el testimonio de lo que sabía sobre Martita. En la comisaría, mientras un ayudante escribía a máquina, pude escucharme relatar lo del teléfono y la espera. Mi mente estaba en otro lado, recorriendo junto a Malva el sendero que conduce al lago. No sé cómo me pasan estas cosas, pero tiendo a distraerme del mundo demasiado seguido. Más tarde, mientras dejaba la comisaría, tropecé con la razón de mi ensueño.

Recordé lo que ayer soñé. Estaba en el fondo de mi casa en el amanecer, y veía a muchas personas que entraban y se ponían a conversar. Entre ellas estaba Malva, pero apartada y con cara de aburrida. Yo trataba de acercarme a ella y sólo me alejaba. Un paso adelante significaba varios hacia atrás en ese sueño. No recuerdo dónde lo abandoné, sólo un insoportable difuminar de la figura de Malva hasta el vértigo.

El sabor que nos dejan los sueños se adueña de las impresiones del día. Nuestro carácter está dominado por las experiencias oníricas de la noche, somos caballeros o desatentos, esperanzados o tristes, osados o pusilánimes, geniales o absurdos según lo que hayamos soñado. Lo soñado nos lanza un velo, imposible de evadir, que filtra la realidad.

Caminaba hacia mi casa con el velo que me impedía asir la realidad. Mientras oscurecía, las calles vacías eran más hermosas que las conocidas y cada paso que daba extrañaba aún más mi entorno. De repente, mis ojos se humedecieron ante la ventisca fría y las hojas se reunieron alrededor de mis zapatos. Me vi súbitamente detenido por el remolino de hojas, que se alzaba hasta mi cintura. Y, mientras me agachaba para dispersarlas, fui tragado literalmente por ellas.

De la oscuridad me vi lanzado a otra calle, tal vez otra noche, donde una mansión se levantaba. La reja de la entrada, abierta, invitaba a transitar la senda circundada de arbustos que terminaba en una escalera de mármol. Mientras subía con el objeto de alcanzar una inmensa y oscura puerta de madera, en cuyo centro un león mordía eternamente una argolla resbalé.

Al abrir los ojos, la punzada en la frente era insoportable. Mi sangre brillaba en el escalón. Desde allí pude ver cómo, delante de los cactus largos del jardín delantero, dos chicos me señalaban y reían.

Iba a levantarme para enfrentarlos cuando las hojas que pisaban los chicos se izaron en el aire y volaron hacia mí, envolviéndome en el acto y devolviéndome a los verdaderos caminos de este mundo, a las calles de mi pueblo.

Por lo visto, había entrado en el ensueño bruscamente. Debo reconocer que, después, al cruzar la calle, sentí una especie de escalofrío ante un pequeño remolino de hojas que había delante de un sauce.

por Adrián Gastón Fares.

PD: Recomiendo que lean esa enorme novela que es Más que humano, de Theodore Sturgeon, escritor de otro género que este libro, pero que no se nota, me gusta cuando el género no se nota, precedió a Bradbury y otros admirados, pero la humanidad, la sensibilidad, y el talento de Sturgeon se lee en cada párrafo de Más que humano. Y, más que nada, gracias a la persona que me la recomendó.

El nombre del pueblo. El nombre. 5.

Dudo que logre escribir esta noche. Pero es la única manera de volver a mí. Si termino esta página tal vez recupere mi templanza; de lo contrario, estas notas testificarán mi perdición. Referiré los hechos tal como ocurrieron.

El día amaneció tan oscuro como el anterior. En el camino a la comisaría volvió a llover a raudales. Al entrar encontré a Falcón leyendo el diario. Murmuró que no le contara a nadie dónde habíamos cavado. Si los pescadores se enteraban de lo hicimos nos colgarían: la tormenta había impedido que los más valientes se embarcaran.

Falcón estaba muy nervioso y no hice bien en recordarle lo que habíamos firmado en el cementerio. Me dijo que ese papel no servía para nada y que él no era supersticioso. Dijo que lo que pasaba era extraño pero que todo en el mundo lo era. Dios sabe que iba a preguntarle por Martita cuando sonó el teléfono.

El comisario atendió y vi cómo su cara se transformaba. La voz en el teléfono sonaba aterrada y los gritos llegaron hasta mí. Al colgar, Falcón se puso el camperón que tenía colgado en la silla y llamó a un tal Marcelo, que apareció tranquilo por una de las puertas que dan a los fondos. Yo miraba azorado y no me animaba a preguntar qué pasaba. Falcón le dijo al oficial que Martita estaba en peligro. Alguien la perseguía en la calle catorce. Corrieron a la patrulla y me dejaron solo.

Estaba en el umbral de la comisaría, mirando la lluvia, escuchándola –antes de que me pusieran las prótesis auditivas no podía escucharla–, protegido de la ansiedad que el llamado de Martita me había producido gracias a la curiosidad de mi oídos, que intentaban absorber sonidos nuevos interesantes y descartar otros superfluos y molestos, como los bocinazos de los choches que pasaban, cuando el teléfono volvió a sonar a mis espaldas.

Me acerqué lentamente y esperé que algún oficial apareciera. Temo atender el teléfono porque el audífono no me permite entender bien y no sé qué contestar. Descubrí que es mejor quitármelo para mantener una conversación normal en lo posible. Aunque siempre me han dado algo de miedo los teléfonos.

Miré la habitación y me di cuenta que no había nadie en ese edificio. Me quité el audífono derecho y atendí, pero un segundo antes el teléfono dejó de sonar.

Pasé un rato largo sentado en un escalón de la entrada. La lluvia fue amainando. Las gotas habían dejado de caer cuando vi perfilarse a la patrulla. Detrás venía una ambulancia. Falcón se bajó y cuando le pregunté qué había pasado me contestó algo que no logré comprender. Volví a preguntar. “Nos la mataron”, había dicho.

Mientras bajaban el cuerpo para alojarlo en la morgue le pregunté cómo había sido. Me tuve que enterar, entonces, de los terribles pormenores.

La habían apuñalado por la espalda. La encontraron muerta junto a un teléfono público descolgado mientras la lluvia lavaba las huellas de sangre. No había rastros del asesino. Sólo puedo agregar que Falcón espera que la autopsia nos ayude.

En el vacío al que me dirijo vive la locura, que se codea con su amiga: la casualidad. Si no qué otra cosa pudo hacer que ignore para siempre lo que Martita quería decirme.

por Adrián Gastón Fares.

Kong 5. King Kong y San Valentín.

¿Cómo están? Recordé esta entrada de Kong del 2011. Increíble como fui retomando Kong cada tanto, tal vez es la única novela a la que no le he puesto punto final. Ni siquiera el nombre me convence mucho en este caso. Ya veremos. De paso vuelvo a decir cuáles son mis películas sobre ese mensajero que es el amor a veces, de esas flechas invisibles. Sin duda, El desprecio de Godard, Two Lovers, de James Gray ( esta de Gray viene con Joaquín Phoenix de regalo, más la adaptación del mismo cuento de Dostoievski -Noches Blancas- de Robert Bresson, Four nights of a dreamer; justamente lo opuesto) y mi preferida de todas, Io sonno il amore (I´m love) de Luca Guadagnino. Cuando en una película uno cree recordar una escena que nunca existió cuando la mira otra vez, quiere decir que todo está bien hecho. La metonimia y la sugerencia que nos lleva de las manos a abrir puertas a ese prado, como decía Cortázar, donde relincha el unicornio (si no se lo ha cenado el Hitler de Jojo Rabbit) PD: también Cold War, y cuantas quieran añadir. Por ejemplo Dogman, otra italiana, que bien podría ser cercana a King Kong, el querer a una bestia, o respetar a una bestia, que te encumbra.

king-kong-130411

Kong 5.

¿Cómo va ese futuro?

Por acá te cuento que todo bien.  Este fin de semana vi King Kong, la de Peter Jackson. A mí no me gusta Peter Jackson, pero bueno, el guión de King Kong está bastante bien.

Me hizo acordar  de tus cartas, más que nada de tu nombre, o mejor dicho tu seudónimo. Se me ocurrió que el mono era la reencarnación de algún tipo que le había gustado en otra vida a la rubia y que por eso estaba tan prendido de él (esas miradas tan significativas entre la malogradaestrelladecine y el gorilagigante…) Si no es imposible explicarse por qué lo sigue hasta la cúpula del Empire State Building, si fuera un perro todavía, pero siendo un mono, bastante agresivo, asesino, me quedan muchas dudas. Las mujeres simpatizan con los perros. Los monos son bastante desagrables, mucho más parecidos a los hombres y a los humanos en general. Pero viendo King Kong, entendí que esta historia hubiera sido aprobada por Pitágoras. Es una buena historia, también, para el día de San Valentín.

No sé qué significa San Valentín, pero noté que todo el mundo está enamorado de este día. Hoy estuve haciendo la cola en Pago Fácil y se notaba que, más que nada las chicas, estaban pensando que era San Valentín, y que no podían estar haciendo una cola en Pago Facil el día de San Valentín, aunque tampoco debían saber bien qué era. La cajera estaba contenta, con un ramo de flores a un costado: sin dudas estaba pensando en San Valentín. Una amiga, me recordó que era San Valentín hace una semana, por ejemplo;  me aclaró que no le daba ninguna importancia a estas cosas, que era un invento de marketing para vender más chocolates y regalos de todo tipo, pero después me preguntó si ya había planeado lo que iba a hacer ese día. Yo ni sabía que hoy era San Valentín.

En fin, te dejo esta sutil reflexión, se me acabaron las ganas de escribir.

Me voy a hacer un revuelto de arvejas.

Saludos cordiales,
Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 4.

¡Qué día! Nunca vi llover tanto.

No entiendo por qué salí si sabía que Kaufman me iba a echar a patadas. Dos días sin presentarme. Me miró como si fuera la muerte y dijo que me quedaba sin trabajo. Gritó que yo era un tonto, un desgraciado, vago, estúpido, inservible, idiota, inútil y otras cosas más. No pienso acercarme a esa granja nunca más ni por casualidad.

Volví empapado y mientras mateaba golpearon la puerta. Me acordé del día y pensé que era Amanda. Hoy no estaba de ánimo para eso.

Pero no era ella. Al abrir la puerta me encontré con Martita o mejor dicho con su paraguas. Lo cerró mientras me preguntaba si podía pasar.

Le convidé mate y hablamos pavadas del tiempo, de la preocupación de que hubiera otro remolino de hojas. Asociamos la tormenta con la maldición. Temimos que la nube hubiera llegado para quedarse y que la oscuridad fuera eterna. Repentinamente, me preguntó si seguiría esperando a Malva. Miré sus ojos negros y no contesté. Sabía que tenía que hablar pero no pude. Entonces dijo que tenía que contarme algo importante, pero que antes yo debía jurarle que no le diría a nadie que ella me lo había dicho. Martita iba a hablar, cuando escuché unos rasguños en la puerta. Me preguntó por qué ponía mala cara. Le dije que esperaba a alguien. Que debía irse y que podía contarme eso en otro momento.

La dejé salir por la puerta que da a la huerta y le abrí la principal a Amanda. Estaba empapada e intenté no mirar sus senos que casi se le escapaban de la camisa. Hablé más de lo común: le pregunté por su paraguas. Contesto que tenía calor y que estaba bien mojarse.

Cuando se fue Amanda, me acordé de Martita y tuve una linda sensación.

Por primera vez en mi vida había entrado una mujer de verdad en mi casa. Es extraño que ella, una mujer tan delicada, ande con ese uniforme. Quiero decir que no parece una mujer para ese tipo de vida.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 3.

Seré conciso porque las emociones de este día pesan en mis párpados.

Finalmente encontré a la mujer en la que creí toda mi vida. Los restos fueron hallados y exhumados a partir de mis suposiciones. Falcón primero me creyó loco. Más tarde aceptó ir al cementerio. Esto fue lo que pasó.

Como había pensado, Falcón no quería creer que el epitafio escrito en la lápida del cementerio tuviera alguna relación con Castillo. Sin embargo, y ante mi asombro, súbitamente se hizo a la idea y cambió su escepticismo por una irritante indiferencia. No es la primera vez que descubro estos desconcertantes cambios de ánimo en el comisario. Hay que decir que expuse mis conclusiones de forma ordenada.

Primero le expliqué la causa de mis sospechas. Las amenazas transcritas por Malva. Castillo juraba matarla y sepultarla en el lugar de destino del viaje. “Polvo nuevo serás en la nueva tierra” También hablaba de nubes y truenos. Lo que me trajo algunos recuerdos. Mi hipótesis se basaba en lo siguiente.

Yo solía andar, en mis tardes de ocio, por las calles del cementerio en busca de un lugar tranquilo para leer. Un día estaba sentado sobre el banquito de madera ojeando una novela y disfrutando del tibio abrazo del sol cuando un suspiro me distrajo. Al levantar la cabeza vi a dos ancianas que se persignaban frente a una lápida apenas oscurecida por un olivo. Tuve que curiosear. La lápida era de piedra y las palabras talladas en ella exclamaban:

Nube virgen,

Alcanzada por un relámpago.

Quien se atreva a profanarla,

una tormenta desatará.

No había nombres ni fechas que revelaran la identidad de la persona allí enterrada. Volví al banco pero ya no pude seguir leyendo. Aquella tarde encontré a Juan y le conté sobre la estela. Mi hermano se extraño de que yo no la hubiera visto antes.

Falcón se impacientó con mi descripción. ¿Qué quería decir todo esto?, me gritó, y agregó que esa lápida era conocida en todo el pueblo.

Le respondí que estaba claro que allí estaba sepultada Malva porque la lápida mencionaba a una nube y a un relámpago. Propuse a Falcón que pidiera una orden para exhumar lo que allí había. Contestó que las órdenes sólo eran requeridas para las sepulturas que contenían personas y no nubes. Sonriendo, me aclaró que no hacía falta una orden para una sepultura que no tenía nombre. En fin, que aquello ni siquiera era una sepultura.

Buscó su camperón, se metió en su cuartito y salió con Martita. Ésta es joven, bajita, morocha. Del sombrero que le llega hasta las cejas, se desbanda hasta la cintura su oscura y brillante cabellera. Me gustó aquella mujer. Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Caminamos con el comisario hasta el cementerio.

Saludé al cuidador, un viejo desdentado que hablaba mucho pero se le entendía poco. Falcón le explicó lo que teníamos que hacer. El hombre sacó una libretita negra del bolsillo de su camisa y un lápiz. Nos dijo que pusiéramos que nos hacíamos cargo de la maldición, que caería sobre nosotros por el resto de nuestras vidas, y que firmáramos. Falcón, como yo, conocía esas supersticiones tontas. Hicimos lo que nos pedía y el cuidador llamó a Eleuterio.

El sepulturero era grande como una montaña y tan callado también. La remera le llegaba hasta el ombligo y al agacharse el pantalón se le bajaba hasta el hartazgo. No hago más que repetir lo que dijo Falcón esperando mi sonrisa.

Cavaba dándonos la espalda. Entonces me pasó algo muy extraño. Creí que despertaba de un sueño. Me di cuenta que ya no importaba lo que allí había. Me recordaba el lento transcurrir de mis días. Supe que toda mi vida había sido una ilusión. ¿No será lo mismo decir que perdí todas mis ilusiones por ésta y que hoy descubrí el error de mi elección? Se me ocurre agregar que no dejé el cementerio porque allí yo tenía un papel y afuera no era nadie.

Apareció mi hermano. Me dijo que estaba al tanto, que Falcón lo había llamado. Parecía más fascinado que yo por la situación. Me preguntó si iba a soportarlo. No contesté y clavé mis ojos en el montoncito que Eleuterio acumulaba. Cuando todos exclamaron, yo seguía mirando la tierra y sólo pude escuchar lo que decían. Sentí que si miraba hacia la fosa caería adentro.

Sólo al escuchar los increíbles comentarios de los demás tuve el valor para levantar la mirada y fijarla en la fosa. Entonces, y aunque seguía de pie, me sentí caer.

En la fosa, envueltas en una deshilachada tela tan oscura como la tierra, unas falanges arañaban el aire. Claro que un momento después vi que formaban parte del antebrazo que manipulaba Eleuterio. No había otra cosa más que esos restos. El sepulturero se los pasó a Falcón, quien lo agarró como si le dieran un caramelo, desenredó la tela y se puso a fisgonear las falanges. Los huesos estaban cerrados en torno a algo. Falcón introdujo su dedo índice y separó las falanges. Me acerqué para ver lo que ocultaban.

Era una fotografía. Una de cuerpo entero, del tamaño de la concavidad que antaño había sido la palma de la mano que la guardaba.

Malva estaba de pie, apoyando el codo en la repisa de un mueble antiquísimo, una vitrina. Es extraño, pero lo que se veía de aquella casa me llamó más la atención que mi prima.

Se puede decir que a ella hoy la conocí por primera vez. El retrato del medallón no es más que una cara difuminada. Era más hermosa de lo que imaginaba. Y aunque eso me satisfizo, a al vez extrañé mi recuerdo. Las facciones de la fotografía encontrada eran un poco más afiladas, los ojos más grandes y los labios más finos. Llevaba un vestido claro que le llegaba hasta los tobillos, bastante escotado. Su pelo caía, esta vez menos enrulado, alrededor del escote. Un espejo, adosado en el fondo de uno de los estantes de la vitrina, reflejaba la hebilla que armaba un rodete en su cabellera oscura. También descubría una inmensa habitación con una araña cuyos cristales parecían alcanzar el suelo y que hizo que los pelos de mi nuca se erizaran.

¿Dónde vi esa lámpara?

Falcón se guardó la fotografía en el bolsillo del abrigo y me miró serio. Me preguntó si tenía ahora alguna duda de que Malva estaba muerta. Le contesté que no sabíamos si eran sus restos. Sacó la fotografía, y dijo que mirara bien la mano derecha. Vi que en el anular Malva tenía un anillo de oro con una piedra preciosa incrustada. Falcón me señaló una de las falanges. Era el mismo anillo, oscurecido y sucio pero con el diamante. Dijo que debía quedárselo y lo dejó caer en su bolsillo junto con la fotografía.

Mi hermano quiso saber si yo seguiría yendo a la playa. Le dije que ahora no había ningún motivo. Saludé a todos y me fui.

¿Cuál será la razón de que el viento sople tan fuerte esta noche?

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 2.

Falcón me invitó a reunirme con él en la comisaría para poder transcribir el manuscrito antes de entregarlo al estudio de los expertos de la Municipalidad. Dejó claro que era un favor que me concedía por mi consabido interés en el tema.

El mate que cebaba era un mate de policía. Los paraguayos largos que flotaban me dieron ganas de que la pava se vaciara pronto. Me prohibió que tocara el manuscrito antes de haber tomado, por lo menos, cinco mates. Al sexto, dijo que podíamos empezar, que su estómago ya estaba caliente.

Abrió el cuaderno, lo hojeó y me lo pasó. Señaló una máquina de escribir antigua y me ordenó que lo transcribiera. Comencé a hojear el diario y Falcón se disculpó porque tenía otros asuntos que atender. Se llevó la pava y el mate y cerró la puerta de la oficina.

No pude contener mi emoción y ataqué el cuaderno con mis dedos, que temblaban mientras corrían por la hoja. Tuve una desilusión: el diario era muy corto y no daba suficiente información sobre el carácter de Malva. En dos horas había terminado el trabajo encomendado. Las tristezas de Malva llenaron veinte hojas mecanografiadas en mayúscula. Transcribo el resumen que pensé mientras volvía a casa y que releo en mi memoria desde que llegué.

Malva relata el abordaje al bergantín San Tormes y su tristeza al contemplar cómo se alejaba de su patria. Hace referencia a nuestro pueblo y a encontrarse con gente de su sangre. Dedica dos páginas a don Hugo, su tío, el capitán del que me habló mi madre, recalcando lo bueno que era y expone las aventuras fantásticas que le contaba, en las que él era una especie de intrépido explorador. Malva creía todo esto, que le hacía olvidar su terrible destino.

Eran amables y divertidos. Malva jugaba con los dos chicos de los Gracián. Eduardo, de chispeantes ojos negros y risa contagiosa y Josefa, cuyos apacibles ojos celestes hacían recordar los de su madre y, a pesar de que una deformidad en la planta del pie izquierdo la condenaba a renquear de por vida, su carácter alegre al señor Gracián.

En el segundo día de viaje Malva jugaba con Josefa en cubierta cuando advirtió que un hombre la espiaba entre las mantas con que se tapaba para dormir. Al hombre ya lo había visto acercarse lentamente a ella y dudar en el último momento, como si quisiera abordarla pero un lazo invisible se lo impidiese. Dormía sobre cubierta como los demás y, a diferencia del resto, llevaba un extraño acompañante: un perro del que sólo se veían los pelos negros que sobresalían de la manta con la que lo arropaba. Este animal no se movía nunca. Sólo cuando el pasajero extraño lo acariciaba se oía un lastimero ronquido, una especie de gruñido agónico, que los demás tripulantes no sabían si atribuir al perro o al hombre. Después de pasarse un rato apaciguando a la mascota, el hombre agarraba un cuaderno y se ponía a escribir con inusitado fervor. Los ojos de Malva se encontraron de nuevo con los del extraño esa tarde y ella reconoció un fulgor que sólo había visto una vez: en los ojos de un violador a punto de ser ahorcado en una plaza. Cuando le confesó a su tío lo que temía, el capitán comentó que sus peores sospechas se estaban confirmando.

Don Hugo interpeló al hombre y al volver estuvo meditabundo toda la tarde. Al anochecer mi prima lo vio conversar con su ayudante. Esa noche la habitación de Malva estuvo custodiada por dos hombres a los que el capitán Hugo había dado una suma generosa de dinero. Ésta fue la causa del desvelo que mantuvo a Malva pegada a la ventanilla que daba a cubierta.

Pasada la medianoche vio que dos sombras se acercaban a los guardias y les hablaban en murmullos. No pude entender lo que decían pero reconoció a su tío y al ayudante. Al terminar de hablar el capitán se dio vuelta y fue directo a proa acompañado por los tres hombres.

Rodearon al sospechoso que dormía en cubierta con el perro y uno de los hombres le pegó una patada en el estómago. El perro chilló e intentó escaparse. Era una bola de pelo flaca con un hocico puntiagudo y uñas largas y afiladas. Malva pensó que era una rata gigante.

Los otros dos hombres, con la ayuda de don Hugo, arrojaron primero al perro al agua y luego lanzaron al hombre. Recién cuando los gritos de socorro del pordiosero cesaron, Don Hugo le explicó a Malva que era el hombre que había jurado vengarse y que estaba en el barco para matarla. Mi prima lloró toda la noche.

El diario sufre aquí una interrupción de diez días y cuando se reanuda mi prima parece otra. El relato es ahora el de una persona obsesionada con la personalidad de su verdugo. Dice que pudo sonsacarle a don Hugo las últimas palabras del vagabundo mientras se ahogaba. Fueron: ¡Seguirá! ¡La venganza seguirá!

Días después, una mañana Malva paseaba por cubierta cuando Josefa se le acercó. La cojera de la chica se había intensificado tras el incidente con el vagabundo. Los gritos agónicos del hombre le habían estropeado los nervios. Josefa sonrió y le dijo que había algo que sólo ella tenía en el mundo. Malva, como es común en estas situaciones, le siguió el apunte. Entonces se dio cuenta que la chica hablaba en serio y que creía poseer un gran secreto. Josefa quería que Malva le prometiese que si se lo mostraba no se lo robaría. Malva juró y la chica salió corriendo a su habitación y volvió con un cuaderno. Se lo tendió a mi prima, advirtiéndole que era de su propiedad. Malva lo hojeó.

Estaba escrito en imprenta, en letras de trazos gruesos, como si el escritor repasara las letras con el lápiz. El autor no era otro que el vagabundo.

La pluma de mi prima transcribe las palabras de ese diario. Primero nos cuenta que hizo un trato con Josefa. Si le entregaba el diario ella le regalaría un anillo. Anillo que tenía engarzada una piedra roja, tan brillante como falsa. Malva le aseguró que bajo la piedra vivía un duende, también rojo y brillante, que se ocuparía de que Josefa fuera la mujer más hermosa del mundo. Mi prima se arrepintió de haber dicho lo último. Recordó que en estas promesas suele haber siempre algo de verdad, que las monedas aparecen bajo la almohada por el favor de los padres a cambio de los dientes perdidos, y que una niña que no cojea siempre puede transformarse en una bella mujer.

El vagabundo firmó una de las entradas del diario con el nombre de Castillo. El hombre contaba su vida. Era huérfano, se había enamorado de una pastora, a la que había perseguido noche y día, hasta que en una fuente le declaró su amor, al hacerle descubrir un anillo de oro posado en el fondo, que lo había arrojado él con el propósito de regalárselo. Para asegurarse un oficio y formar una familia, fue aprendiz de herrero durante cinco años. Luego describe su casamiento y el nacimiento de su hija única, a la que adoraba tanto como a su esposa. Los trazos gruesos terminaban el día que el padre de Malva mató sin querer a su hija y comenzaba de nuevo, con ligeras variaciones, como si el hombre quisiera recuperar su felicidad al escribirla una y otra vez. La letra se va haciendo más chica mientras menos hojas le quedan, hasta que es casi ilegible su repetición de su tragedia y felicidad.

En los márgenes del diario, anotaciones onomatopéyicas. Amenazas. “Te mataré, joven virgen, y todas las que me recuerden a ti conocerán el filo de mi puñal”.

Otra. Mi puñal será como los relámpagos, que una y otra vez vuelven a hundirse en la misma nube. Y la siguiente, terrible: “Polvo nuevo serás en la nueva tierra”

Malva se apiada del alma del asesino. Recuerda que era un padre deshecho por la muerte de su hija. Pero en otra página anota que la tenía preocupada la desaparición en su camarote de un retrato suyo. Cree que Castillo abordaba el bergantín en las noches y que en una de sus visitas se lo sustrajo. Más adelante escribe que guardaría su diario en una de las cajitas de oro que había en el camarote del capitán. Si algo le ocurría, entonces las personas que la esperaban en su nuevo hogar sabrían la verdad. De ahí en más, aparecen dos anotaciones.

Una describe la inesperada muerte del señor Gracián de un infarto. El cuerpo fue encontrado en cubierta y las facciones desencajadas hacían suponer que había visto algo que lo sorprendió. La otra, exhibe, con trazos apurados, los temores de que Castillo no hubiese muerto. Después, páginas en blanco.

Ahora sé quién era el hombre que vi ese día en la playa. La sangre que humedecía el puñal no era otra que la temida. Ignoro cómo pudo saciar su venganza. Imagino que habrá nadado hasta nuestras costas y allí los habrá esperado. El estuche encadenado al mástil debió haber sido la estrategia de mi prima para evitar que el fantasma de Castillo, que ella creía que entraba por las noches en su camarote para extraerle sus pertenencias, le arrebatara el diario.

Mañana hablaré con Falcón. Le pediré que me acompañe a revisar una de las tumbas del cementerio.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 1.

Saccopharynx es el nombre de un pez, parecido a una anguila, que vive en las profundidades abismales de los océanos. Son casi ciegos, sus ojos están muy poco desarrollados porque viven en la oscuridad. Es raro que Don Trefe no lo tenga en sus vidrieras.

Lo descubrí hojeando una enciclopedia hace unos días y soñé varias noches que era uno de estos peces. Era insoportable tener tanta agua sobre mí y estar ciego en esa profundidad. El océano clavaba sus uñas en mis escamas para hundirme más y obligarme a otros cambios físicos relacionados con la evolución. Me volví más finito y mis ojos brillaban en la oscuridad. Luego me transformé en una ballena, grande y blanca, y sentí que me cansaba pero ya no me acuerdo.

¿Cómo será el cansancio de las ballenas?

Yo no estoy ciego. Pero me fui quedando sordo. Hace un año que el doctor López, otorrinolaringólogo, se dio cuenta del error que cometió el fallecido doctor Roitman. Decía que mi problema tenía que ver con un nivel de autismo. En cambio, mi sordera congénita era progresiva. Me pusieron unos audífonos, que bien podrían ser peces abisales por su forma agusanada.

Cuando me los quito a la noche, en mi mesita de luz, los agarres para la orejas de plástico parecen querer estirarse como si fueran la extensión de lombrices acuáticas y buscaran la manera de volver a su medio idóneo. Mis orejas.

El día que salí de la consulta, con los aparatos pagados por mi hermano Juan, repasé mi vida. Mi personalidad estuvo signada por la falta de tratamiento para mi problema. ¿Qué podía esperar en un pueblo como este? En Obel hubieran dado con la solución para mi mal mucho tiempo antes. López había consultado con médicos del pueblo para construir mi diagnóstico.

Ante el médano que tantas veces había subido, sin animarme a dar un paso súbitamente me encontré en una encrucijada. La espera fue un espejismo al que me fui acercando cada vez más. Lo sabía. Pero los espejismos son fenómenos reales. Suceden por algo. Empecé a entender quien era, a ver lo que había atrás de los médanos y no adelante.

Comprendí mi aislamiento.

Me vi de chico, en el colegio, estirando el cuello para poder leer los labios de los profesores. No entendía bien lo que pasaba alrededor. Las bromas de los compañeros. La burla de uno que me decía que me acercaba demasiado a su cara cuando hablábamos en el recreo. En las salidas con Juan y sus amigos, me abstraía mirando el paisaje. De cualquier modo, por las palabras que agarraba al vuelo, sabía que ellos comentaban sus hazañas deportivas y criticaban o alababan a determinadas mujeres.

Yo siempre en mi mundo.

¿Fui egoísta, terco, obsesivo por iluso? como decía mi hermano, Juan, como siempre decía y repetía cuando me difamaba adelante de otras personas hasta que lograba que mi mirada se clavara en otro lado, en el suelo que aún en invierno parecía menos frío que él. ¿Es por culpa de mi sordera o mi sordera una consecuencia de mi carácter?

Él me daba a entender que yo no servía para alguna cosa u la otra. Sólo para lo que a él le convenía.

Para él yo no daba resultados.

Lo tengo en claro. Aunque ya no era lo mismo para mí, seguí cruzando el médano y sentándome en la playa. Después de todo, era lo único que sabía hacer.

Y hace unos días, cuando ya no esperaba nada, encontré los restos del barco. La costumbre de repente es perserverancia.

La costumbre inútil de repente es perserverancia.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 14. Fin de la Primera Parte.

Juan iba por un camino de tierra que conducía a la playa cuando se cruzó con don Isidoro. El pescador caminaba con una caña en una mano y un balde en la otra. Don Isidoro, nacido en el mar, el día de su quincuagésimo cumpleaños decidió no embarcarse nunca más y pescar por su cuenta en la escollera.

—No está su hermano… No hay peces —comentó sonriendo mientras le mostraba el balde vacío. Le preguntó si Miguel estaba enfermo. Juan negó con la cabeza y siguió caminando — ¿Viene a ver los restos del barco?

Juan sonrió y siguió caminando hacia el médano. Ya arriba vio cómo las maderas eran lamidas por el agua en la casi desierta playa.

por Adrián Gastón Fares.

 

El nombre del pueblo. El pueblo. 13.

El hallazgo convocó a una multitud en las playas del pueblo. Mezclados entre sí los que no habían sido nombrados y los nombrados miraron con asombro las cuadernas. Una mujer sacaba una fotografía tras otra. Don Trefe sonreía, satisfecho, pensando en los peces que se habían deslizado entre esas maderas. Le pidió a la mujer que le sacara una foto junto al barco, que encuadrada, colgó de ahí en más en su pescadería.

Todos parecían esperar algo de esas maderas. Lo obtuvieron.

El director del diario local era uno de los presentes. A partir de ese día ordenó que su diario se llamase El barco. Antes no tenía ningún nombre y las noticias más importantes del día se acumulaban en la portada. Al otro día, debajo del flamante logotipo, la cara de una mujer de expresión adusta debajo de una melena de pelo corto y enrulado, adornado con laureles, el titular anunciaba la misteriosa aparición de la embarcación.

La noticia reflejaba las conjeturas de los pobladores. ¿Era un galeón? ¿Una fragata de carga? Si era un bergantín, ¿qué corsario lo había capitaneado? ¿Cómo era que ningún bañista lo había encontrado antes?

En la playa hubo incidentes. Un hombre casi se ahoga al adentrarse en el mar para intentar dar con el panel de tesoros del barco. Otro, detenido por un guardaparque intentó arrancar una de las maderas para llevársela de souvenir.

También se acercaron algunos habitantes de Obel. Murmuraron que en sus campos habían encontrado restos de animales prehistóricos y que ni se habían inmutado.

Pero los habían recogido y se encontraban en un museo y sus grandes cabezas y sus ojos muertos apuntaban hacia la playa del pueblo vecino. Que ahora también tenía una historia para contar.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 12.

Durante la noche la tormenta se disipó, y el alba descubrió a un grupo de hombres que rodeaban los restos del bergantín. Venían de la comisaría del pueblo y asentían demasiado con sus cabezas y parecían muy disgustados.

Miguel, que se había levantado al oír el primer gallo, espió tras los médanos y, después de considerarlo un momento, avanzó lentamente hasta el grupo. Pretendieron no verlo mientras se acercaba y cuando le tendió la mano, Augusto Falcón, el comisario, se la estrechó.

—¿Se cayó de la cama, amigo? —. Era un hombre alto, flaco, morocho, con la cabeza llena de rulos, que el viento fuerte apenas despeinaba. Vestía, como los tres policías, un camperón gris que le llegaba hasta la rodilla. Lo único que lo diferenciaba de los demás era su mirada, entre sagaz y burlona.

Miguel se adelantó.

—Yo descubrí esto —informó, abarcando con sus manos las cuadernas.

Falcón miró a los policías y volvió a Miguel.

—¿Y con eso qué quiere decir?

—Que me gustaría que me digan de qué se trata.

—¿De qué se trata? —murmuró el comisario y apretó los labios y volvió a pasar la mirada por los demás para concluir en su interlocutor—. De un naufragio, amigo. ¿No ve? —. Sonrió—. Y usted es el testigo que necesitamos para seguir con nuestras investigaciones.

—Si no es molestia, me gustaría ver qué hay adentro de esa cajita—dijo Miguel, adelantándose.

—Justamente, no podíamos dar ese paso sin un testigo como usted. Carlos, tómele los datos por favor.

Miguel firmó un papel y después avanzó unos pasos hacia el estuche, que seguía colgando de la madera que parecía ser un mástil y que apuntaba al cielo. El mar había retrocedido y sus zapatos se hundieron en la arena húmeda. Falcón siguió a Miguel y le tocó el hombro.

—Señor, no lo haga. Es tarea de Ernesto —Miguel se detuvo en seco.

Ernesto era un policía morocho y de baja estatura, que avanzó rápidamente hacia el mástil. Lo estuvo mirando un rato. Se dio vuelta y miró a Falcón.

—No tenemos la llave —dijo.

El comisario revolvió en los bolsillos del camperón gris que llevaba y sacó una aguja de borde ligeramente dentado, tan larga como el dedo índice que la sostenía. Miguel la miró extrañado mientras Ernesto la recibía. Al levantar la cabeza se encontró con los ojos chispeantes de Falcón.

—Bien usada es una especie de llave universal —explicó el comisario.

Ernesto, en punta de pies, introdujo la llave en la cerradura. La giro y el estuche se abrió: una caja de metal opaco, que contrastaba demasiado con la resplandeciente que la contenía, cayó y se hundió en la arena.

Los policías asintieron con sus cabezas, con aire de augures satisfechos. Falcón cruzó los brazos.

—Es verdad que es extraño, pero todo en el mundo lo es… Ernesto, si es necesario meta la lleva en la nueva cerradura.

El policía se agachó, trató en vano de abrir la cajita, introdujo la llave en la ranura y suavemente giró hacia la derecha. La tapa saltó.

En el fondo había un cuaderno con tapa forrada de cuero negro. Ernesto se levantó con el tomo en sus manos y se lo pasó a Falcón. Miguel se acercó al comisario.

La tapa tenía grabada una M dorada en el ángulo de la esquina derecha inferior. La mano de Falcón la desplazó. Quedó al descubierto una escritura de tinta negra, de letras inclinadas y redondas.

—Amigo… —susurró—. Es increíble pero la caja es impermeable.

Y cerró el libro y les ordenó a los tres policías que notificaran el hallazgo a la Municipalidad.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 11.

Los continuos relámpagos hacían brillar las maderas, negras y carcomidas, que sobresalían medio metro de la negra arena en dos filas enfrentadas. Miguel avanzó y el agua mojó sus zapatos. Se los quito y los tomo con la mano derecha, el izquierdo con el dedo índice hundido en el empeine y el derecho con el dedo medio. Iba a seguir avanzando cuando tropezó con algo y cayó. Llegó a poner las manos adelante, evitando que su frente chocara contra una madera que surgía de las cuadernas y se extendía hasta donde él había caído. Después buscó los zapatos, los encontró gracias al inesperado asomo de la luna, y se adentró en el agua hasta alcanzar la primera cuaderna.

Agachado tocó la madera, pasando suavemente la mano por la superficie áspera y teniendo cuidado de no pincharse con un clavo largo, forjado a mano. Una ola rompió cerca y el agua salpicó sus manos y le llegó hasta los tobillos. Se limpió las astillas de la palma de la mano y retrocedió para buscar un ángulo que le permitiera ver con claridad el conjunto.

Se preguntaba cuánto tenía de alto el casco de aquella embarcación, cuánto había enterrado ahí abajo, cuando empezó a llover. Los zapatos se mojaban en sus manos. Dejó caer a uno cuando vio una aguda forma negra que emergía del agua cerca de lo que debía ser la popa y lo levantó sin dejar de mirar hacia delante.

Era otro mástil del bergantín, creyó que eso era la embarcación, que surgía oblicuo al agua y apuntaba hacia él. De la punta colgaba algo que brillaba hasta en la penumbra. Avanzó a través de las cuadernas, como si éstas fueran los canteros de un jardín y marcaran el sendero que concluía en la punta sobresaliente del enterrado mástil, donde refulgía algo dorado. Chapoteaba mientras avanzaba, ya que el agua le llegaba hasta los tobillos. Vio que un estuche estaba encadenado al mástil, que llegaba hasta sus hombros, y tuvo que agacharse un poco para mirarlo mejor.

Los dos unicornios grabados en el estuche se enfrentaban en un salto.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 10.

Esa noche tuvo extraños sueños y al otro día necesitó pasear para despejarlos. Eran las dos de la tarde y caminaba cerca de la laguna cuando un hombre lo paró y le ofreció trabajo. El hombre criaba gansos y le dijo que le daría una comisión por cada uno que vendiese. A la gente del pueblo siempre le gustaban las aves, que rellenaba con nueces y pasas de uvas y aprovechaba en las sopas. Miguel sonrió tímidamente, se rascó la nariz y aceptó.

Después de leer un poco junto al lago, cortó dos cañas, que unió en su casa con hilo, y probó la cosa atando cuatro gallinas de las patas. Se mecieron en el aire y chillaron tanto que tuvo que desatarlas y dos se le escaparon. Con las que quedaban zarandeándose pasó el palo por arriba de sus hombros y empezó a gritar: “¡Gaaaansos! ¡Gaaaansos!, baratos y pelaos”. Entonces se dio cuenta que era una pavada decir pelaos cuando él hablaba como se debía siempre. Pero sabía que lo miraban raro cuando decía la palabra sanguches. Para él sanguche era sambuche. En este caso, en el que no estaba comprando sino vendiendo, siguió imitando algo que sabía que estaba mal.

—¡Gaaaansos! ¡Gaaaansos!, baratos y pelaos.

Más tarde fue a buscar los gansos a la granja de Kaufman, diez minutos en bicicleta hacia el sur de su casa. Kaufman era un hombre que sonreía con facilidad y que gritaba demasiado. Pelirrojo y ancho de hombros, le gustaba palmear en la espalda a toda persona que tuviera delante. Remarcaba sus palabras con esas palmeadas que harían tambalear a un elefante.

Miguel estrechó la mano del hombre, que inmediatamente fue a buscar una caja repleta de gansos pelados y la amarró con sogas en el asiento trasero de la bicicleta. Después sonrió, palmeó a Miguel en la espalda y le explicó a cuánto debía venderlos y cuándo debía traerle lo recaudado. Palmeó a Miguel nuevamente y lo miró pedalear por un buen rato mientras dudaba de haberle dado una responsabilidad. Pero tenía sus razones: el hermano del hombre se lo había pedido y no convenía desilusionar a un candidato a gobernador.

Ya en su casa, Miguel se preguntó si debía devolver o no los gansos a Kaufman. Creía que le dejaría menos tiempo para leer y que vender gansos no era algo digno. Más que nada, pensaba así porque debía gritar y la gente lo escuchaba. En cambio, cuando llevaba zapallos calladito de punta a punta del pueblo para el verdulero, otra de sus changas, pasaba desapercibido.

Estuvo apoyado con los codos en la mesa, el mentón sobre las manos y la mirada perdida más allá de la ventana hasta que se cansó de pensar y se levantó. Concluyó que ya se había aburrido de los zapallos y esto era por lo menos algo nuevo.

Ató los gansos al palo, tres empezando de cada punta, se lo pasó por encima de los hombros y dejó la tranquera camino al barrio más cercano.

“Gaaansoos, Gaaaansos, baratos y pelaos”, gritaba mientras miraba de reojo a las fachadas de las casas. Nadie salía ni nadie lo llamaba. Repetía la frase y se acomodaba en los hombros el palo, tratando de que le raspase lo menos posible el cuello. En una de las cuadras un nene jugaba pateando una pelota de cuero contra un paredón. Al verlo agarró la pelota y se metió en una casa. Miguel giró la cabeza por arriba del palo de cañas, y vio cómo una mujer lo miraba desde la puerta donde el nene había entrado.

En una esquina descansó sentado en un banco rectangular de cemento, frente a un quiosco. Un perro, gris y sarnoso, se acercó con ganas a la caña. Miguel decidió seguir caminando.

Esa tarde vendió dos gansos y volvió a su casa con la caña ladeada hacia un costado y totalmente empapado por una repentina llovizna, fría y persistente. Al otro día debía volver a lo de Kaufman para darle lo ganado, recibir su parte y cargar más gansos.

Descansó un buen rato. Después a eso de las siete, salió de su casa caminando lentamente. Le dolía el cuello. Cuando llegó al médano había dejado de llover pero tronaba y el cielo estaba tan negro que le dio miedo quedarse ahí parado. Los relámpagos se ramificaban. Eran los más largos que había visto en mucho tiempo.

Metió la mano en el bolsillo y acarició el relieve de los fríos unicornios. Subió al médano y lo bajó trastabillando y descubriendo un mar enfurecido. Las olas reventaban contra la playa. Parecían que estuvieran a punto de perderse en el revuelto azul y que, desesperadas, estiraran sus oscuros brazos para asirse a la costa.

No se sentó y contempló extasiado el espectáculo. Un relámpago estalló en el cielo, ganándole a todos los demás en intensidad y fulgor. Iluminó la superficie del mar unos segundos y Miguel creyó ver, después de la retirada de la ola, una confusa forma negra. La luz del relámpago se extinguió.

Cerró los ojos y los volvió a abrir y vio nuevamente a la cosa negra yacente en la arena.

Comenzó a avanzar rápidamente hacia el objeto, cuando un relámpago menor al anterior alcanzó para que viera que era una palo renegrido que la marea ocultaba al subir.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 9.

Al otro día caminó otra vez hasta la playa. Había sido una hermosa tarde y el sol sabía hacerse respetar en el horizonte. Casi no había viento. Sentado en la arena, miró el océano y rescató el medallón de su bolsillo. Estuvo pensativo, con las cejas arqueadas y la frente arrugada. Algunas voces llegaron hasta él. Se dio vuelta y vio cómo dos policías bajaban los médanos. Tuvo que apartar la mirada para borrar de su mente una imagen que súbitamente lo había embargado.

Su madre en la orilla, el cuerpo hinchado y las uñas oscuras. Unas chicas mirando estupefactas y susurrándose al oído. Su padre rascándose la nuca y mirando, sin ver, la arena. Los policías cargando el cuerpo. A pesar de que no había estado ahí cuando lo encontraron, siempre se veía junto a su padre en el lugar, haciéndoles muchas preguntas a los policías.

Los de ahora bajaban charlando, cuidando de que la arena no se les metiera en los zapatos. A pesar de la humedad, vestían trajes azules de pana y llevaban una gorra con la inicial R (Raimundo Demás: el primer comisario del pueblo)

Avanzaron unos pasos más allá del médano y se detuvieron bruscamente. Se quedaron mirando el mar y asintiendo y negando con las cabezas mientras hablaban.

Miguel se sintió incómodo al descubrir que lo miraban de reojo.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 8.

—Hasta el miércoles, Amanda.

Se quedó mirando cómo la mujer gorda se alejaba. El sauce estaba repleto de cotorras y el perro les ladró hasta que se levantó un ventarrón y todas volaron. Amanda caminaba lentamente y el vestido se pegaba a su cuerpo y después se despegaba y se alzaba hasta dejar ver la ropa interior, y su pelo negro se arremolinaba y ella trataba de asentarlo y también el vestido. En vano porque siempre llegaba tarde a alguno.

Miguel entró en la casa, se sentó y contó los billetes que le había dejado la mujer sobre la mesa. Después caminó hasta la cocina, abrió un cofrecito de cobre y depositó la plata. Tenía mucho cambio y todo lo que había juntado le serviría para sobrevivir hasta el mes próximo.

Ese día no fue a la playa.

Cuando venía la Garzón nunca iba.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 7.

Esperaba que se hicieran las tortas fritas; el mate en la mano y la mirada lavada como la yerba que succionaba. Su madre sabía hacerlas exquisitas. Las sacaba del horno y las traía en una fuente de cristal. Recordó que cuando ella traía las tortas fritas y se sentaba a la mesa él miraba alternadamente la cara satisfecha de su madre y las manos de dedos finos y largos que se posaban una encima de la otra. Como si ella acariciara sus manos y eso fuera lo que enternecía tanto su mirada.

Succionó largo rato la bombilla, hasta que la superficie de la yerba empezó a ahuecarse. Levantó la mirada y se acercó a la cocina. Alguien golpeó la puerta.

—¿Sí?

—¡Miguel! —gritó una voz aguda.

Apagó la hornalla, cerró la garrafa y se acercó a la puerta. Algo raspaba la madera cerca del suelo. Abrió la puerta y el perro precedió a la mujer gorda.

—¿Cómo anda, Amanda?

La mujer sonreía mientras miraba a su mascota, un amarronado pequinés de bigotes largos, que se lanzó hacia la cocina y se sentó erigiendo el dorso y señalando con la cabeza el lugar donde estaban las tortas fritas.

—Y a usted, Miguel: ¿Cómo le va?

—Igual que siempre… —Miguel abrió una de las puertas del aparador, agarró una fuente de chapa, en cuyo centro destacaba el dibujo de un ramillete de flores azules, y dejó caer las tortas fritas. Después buscó un frasco de vidrio, lo destapó y las espolvoreó con azúcar. La mujer se había sentado y lo miraba. Miguel se acercó a la fuente, la apoyó en la mesa y se sentó.

—Lo extrañé —dijo Amanda mientras se levantaba del asiento y acomodaba los pliegues de su vestido rosado.

Miguel asintió y miró las baldosas bordó del piso. Levantó rápidamente la cabeza y vio que la mujer lo miraba fijo. Entonces sintió que algo lo tocaba del otro lado y se sobresaltó. Siempre le pasaba, aunque estaba acostumbrado.

El perro gruñía y le rasguñaba la camisa. Miguel le sirvió un mate a la mujer y se lo pasó. El gruñido subió en intensidad junto con los rasguños. El hombre se corrió un poco en su silla, miró al perro fijamente y después agarró una torta frita y la arrojó al suelo. El perro saltó, la engulló y volvió a subir a la silla desde donde siguió gruñendo.

La mujer no dejaba de mirar fijamente a Miguel. La mirada iba dirigida al pecho, hacia el lugar donde la camisa se abría y algunos pelos enrulados asomaban. Vio cómo las pestañas falsas de la mujer se cerraban lentamente y volvían a abrirse. También cómo los labios se desplazaban hacia delante.

—¿Vendió mucho? —preguntó Miguel mientras tiraba otra torta frita al perro. Amanda Garzón era una vendedora de cosméticos.

—No, no… mucho, no. Nos tienen envidia, Miguel. Estoy segura. Obel está moribundo, tambaléandose y no soportan a las personas de Acá.

—Por lo menos tiene nombre —dijo Miguel, sonrió para sí y miró al suelo.

—Con el nombre ése cómo no nos van a envidiar.

Miguel no agregó nada y los dos estuvieron callados. El perro zarandeaba un pedazo de torta frita en el piso. La mujer gorda levantó la mirada de la que ella comía, se limpió con el dedo índice el azúcar de sus labios, sonrió y dijo:

—¡Tampoco tienen un hombre tan buen mozo como usted! —. Y sus labios rojos se expandieron ansiosos.

El hombre siguió mirando el suelo. Como si nadie hubiese hablado jamás en esa habitación. Amanda había dejado el mate junto a la fláccida piel que desparramaba su brazo por la mesa. Miguel miró de reojo, alargó su brazo y manoteó el mate. Agarró la pava y sirvió hasta que el agua mojó el borde superior. Sorbió detenidamente y vio una hormiga colorada avanzar hacia su mano, que estaba posada cerca del mate. La aplastó con el índice y apretó hasta que la circulación se cortó y el dedo se puso rojo.

—Qué hermosos dedos tiene usted, Miguel. ¿Alguna vez se lo dijeron?

Miguel presionó menos y deslizó lo que quedaba de la hormiga hasta que cayó por el borde de la mesa. Levantó la mirada y la posó sobre la de la mujer. Sus ojos brillaban. Los gigantes senos que dejaba entrever el vértice del escote del vestido subían y bajaban. Entonces Miguel sintió que bajo la mesa algo se metía entre sus pantalones. Buscó con la vista y encontró al perro; estaba oliendo algo en el piso, lejos de él y de la mesa. Sintió otra vez algo frío que subía y bajaba por su tobillo derecho. Aclaró la garganta y tragó saliva. Iba a hablar pero vio lo que hacía la mujer y calló. La lengua estaba fuera de la boca y se movía hacia los costados lentamente. Luego, ahuecando las mejillas y haciendo sobresalir los labios, le lanzó un sonoro beso.

Entonces Amanda subió una mano por el aire, pareció saborear la vista de todos sus dedos, y la bajó hasta el escote. Metió la mano a través del vestido y empezó a frotarse mientras observaba a Miguel, que había bajado la mirada y permanecía encorvado, ahora con las dos piernas cruzadas y el brazo derecho extendido encima daba vueltas y miraba el anillo que tenía en el dedo índice. La forma tallada en la piedra negra le recordaba el ojo de una cerradura.

La mujer alborotó el escote con su mano derecha y del vestido sacó un portentoso seno que se desbordó del apriete. Después lo dejó caer y, mientras tenía los ojos clavados en la mirada esquiva de Miguel, siguió bajando la mano. Empezó a suspirar levemente. Pronto los suspiros estallaron en jadeos. Miguel levantó la vista y vio cómo la mujer sacaba la lengua y la movía hacia atrás y delante. Después siguió mirando el anillo mientras escuchaba toda esa respiración.

Se sobresaltó cuando algo lo tocó en la espalda y se dio vuelta para encontrar al pequinés con las patas anteriores en el borde de la silla. El animal tenía la lengua afuera y respiraba con esa intermitencia desesperada de los perros mientras raspaba a Miguel con una pata.

Le tiró la última torta frita.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 6.

En el pueblo sin nombre había un barrio pobre donde las casas eran bajas, grises y todas bastante parecidas. De cemento, cuadradas, no tenían ningún atractivo más allá de su desconcertante uniformidad. El barrio de los adinerados era un poco más vistoso. Como la de Juan Vergara, ahí las casas tenían jardines y techos a dos aguas cubiertos de tejas brillantes.

A unas veinte cuadras de la vivienda de su hermano menor, justo donde el pueblo empezaba a confundirse con el campo, vivía Miguel en una casa cuadrada de cemento a la vista.

Cerca de su casa empezaba la avenida que, cruzando todo el pueblo, llevaba a la calle comercial o principal: un camino de tierra ceñido de elevados y frondosos sauces. En otoño, cuando se levantaba una ventisca, era imposible avanzar por el camino porque las hojas se abalanzaban sobre uno hasta cortar la visión.

Siempre que había un temporal, los pobladores no salían de sus casas. Dos otoños atrás un niño y un anciano habían muerto ahogados en un torbellino de hojas. Los lugareños temían estas inclemencias del tiempo, que arruinaban sus esfuerzos con tractores, azadones y rastrillos y suspendían sus incursiones marítimas en busca de langostas, tiburones, corvinas y rayas.

Los pescadores aprovechaban la demanda de Obel, el pueblo vecino que, alejado de la costa, dependía tanto del pueblo sin nombre que sus envidiosos pobladores lo odiaban. El excedente iba a parar a las dos pescaderías de la calle principal. En esa calle había también dos carnicerías, tres verdulerías, una mueblería, dos tiendas de vestir, dos jugueterías y un teatro, que hacía las veces de cinematógrafo. Las tiendas más pintorescas eran las jugueterías de don Trefe, un pescador jubilado, obsesionado con los juguetes con forma de pescado. Una de sus vidrieras estaba decorada con horribles muñecos de peces abismales de alambre que rodeaban a un pulpo gigante de trapo, de ojos saltones pegados al vidrio y largos tentáculos —de la punta de cada uno colgada un muñeco—, que atemorizaba diariamente a los chicos. Don Trefe era, además, dueño de una ostentosa panadería, de piso de cerámica rosada con rombos negros y dos columnas con cariátides en las que había mandado a esculpir el rostro de las dos mujeres a las que había sobrevivido. En esa panadería don Trefe vendía sus famosas fresas italianas preparadas para comer —pan duro salpicado con aceite, orégano y con dos rodajas de tomate— con las que se ganaba a sus clientes.

Frente a la panadería estaba la estación de servicio que tenía dos surtidores, amarillos y oxidados. Y más allá la rotonda donde habían construido la plazoleta en el medio de la cual se erguía el cartel con la inscripción: Bienvenidos a —es evidente que los primeros pobladores pensaron que habría un nombre. Acompañando al cartel, apoyada dentro de un cantero de cemento repleto de piedras marinas, se erguía la pequeña ancla que completaba el humilladero. Era uno de los restos de la embarcación que hacía ciento cincuenta años había chocado contra la Lengua, así llamaban los pobladores a la escollera que se adentraba doscientos metros en el mar. Perpendicular a la calle comercial, enfrente de la plazoleta, corría la avenida de médanos que separaba a la playa del resto del pueblo. Si lo recorríamos empezando por el mojón de la plazoleta, pasando por el centro comercial, cruzando la avenida De los Sauces, llegábamos a la plaza principal —única—. Allí, la Municipalidad compartía edificio con la escuela. El primario y el secundario se daban de mañana y pasado el mediodía comenzaba a atender Ester, coqueta —para algunos pintarrajeada— secretaria, que se ocupaba de los impuestos y de delegar los demás asuntos a los empleados. Del otro lado de la plaza principal y única, estaba la comisaría. Allí mandaba el comisario Falcón a veinte suboficiales tan leales y honestos como ineptos.

Formando un triángulo equilátero con los dos edificios mencionados, cuyo relleno era el espacio faroleado e infestado de árboles llamado “la placita”, se levantaba la iglesia. Mezcla de estilo románico y gótico, conservaba unos interesantes ventanales coloreados que contrastaban con la precariedad de la fachada, de barro cocido. El pantocrátor era una escultura de hierro, informe, caprichosa, un Cristo que más que bendecir parecía sojuzgar. En los entreveros del hierro anidaban las palomas. Don Ramón, el cura que vivía en la iglesia, prevenía siempre a sus feligreses de la comparación con el Cristo entreverado y decía que el verdadero era un tipo común, que hacía tiempo vivía en el cielo pero pensaba en la tierra. Nadie entendía en verdad lo que el cura quería decir y disimulaban con rezos. Lo cierto es que, gracias a las digresiones teológicas de Ramón, cada vez había más tablas vacías en la iglesia. Las que se ocupaban eran las del cinematógrafo.

Párrafo aparte merecen las fiestas, a las que se acercaba casi todo el pueblo. Frente a la iglesia se armaba un escenario con unas tablas y desde allí se daban discursos y organizaban juegos ecuestres y bailes. En realidad, el pueblo tenía fama de anticuado. Hábilmente los pobladores de Obel habían alimentado este mote para contrarrestar su inferioridad en recursos naturales.

Hay que decir que no había mucha imaginación en el pueblo sin nombre y que todo era parecido. Por ejemplo, veíamos un almacén entre la comisaría y la Municipalidad sobre una vereda elevada; subiendo unos derruidos escalones nos encontrábamos con una puerta de madera de dos hojas, más arriba un cartel de madera que decía Almacén en talladas letras con firuletes, y más arriba todavía un farol. Al mirar a los costados, veías las paredes amarillentas, sucias y con grietas llenas de telarañas, más allá una ventana alta y larga, con rejas que parecían formadas por un rejunte de flechas de metal. Si antes de entrar te dabas vuelta sobre el último escalón, entonces veías al mismo almacén del otro lado de la plaza; si eras un viajero te acercabas extrañado y confirmabas los mismos escalones, el mismo cartel y farol y las mismas paredes y grietas con telarañas parecidas. Nadie sabía quién había imitado a quién. Sí sabían quién había copiado al pulpo de don Trefe, una réplica chica y desgraciada —no asustaba— podía verse en una juguetería apartada del centro comercial.

La falta de variedad se notaba también en la elección de los vehículos. La mayoría eran lentos, rojos o blancos, y de faroles grandes. Las bicicletas los aventajaban siempre.

En verano había una banda de adolescentes que le gustaba correr picadas con sus bicicletas por el centro comercial hasta la laguna ubicada a dos kilómetros de la plaza. Si los veían quienes iban en coche ya sabían quiénes eran y les cedían el paso. Después de bañarse, los chicos se tiraban en el pasto y miraban desde ahí a las aves zancudas negras, parecidas a los cisnes pero de una familia sin nombre, que de vez en cuando sumergían las cabezas en el agua.

Más tarde los chicos volvían pedaleando y se separaban en el cruce con la avenida De los Sauces. Por lo general, cuando esto pasaba las estrellas ya se animaban en el horizonte y si esperabas un rato se hacía de noche y no podías levantar la vista sin empacharte de puntitos blancos. Y si te quedabas un rato ahí parado, entonces podías escuchar como en un sueño un tintineo metálico y después ver acercarse algo negro que pronto sería un buey, un cabestro envejecido y triste pero siempre conforme con su cencerro ladeándose de un lado a otro. El dueño lo dejaba pasear a aquella hora y podías mirarlo hasta que se esfumaba en la oscuridad.

Y si desandabas un poco el camino de los chicos y pasabas la noche en la plaza, con la cabeza descansando en el regazo de la hija del verdulero por ejemplo, o en los brazos de doña Alberta, siempre amable con los jóvenes —incluso los de corazón, decían—; o si estabas solo, expectante entre las mil sombras de la luna y hamacado por susurros, acodado en uno de los siete bancos, podías ver cómo los gatos jugaban en el pasto; si había uno negro no podías darte cuenta si era la noche la que lo tragaba lentamente o si era la forma oscura del gato la que te ensombrecía con todo lo demás.

A esas horas Miguel ya había vuelto de la playa y se escabullía en su casa. Le temía a la noche y raramente salía solo después de las ocho. Creía que en la oscuridad todas las cosas se multiplicaban sin orden; eso lo aterraba. Imaginaba que estar despierto después de determinada hora era mortal. Sabía que el poder de todos sus libros, que eran pocos, se desvanecía después del atardecer. Estaba seguro que pasado cierto límite de oscuridad, cuando las cosas negras eran la noche y la noche era lo negro, si no dormías el sueño tenía sus guardianes que venían a buscarte donde quiera que estuvieras, en la playa, en el campo o en la plaza, y que entonces estabas perdido: si te atrapaban vivirías eternamente un sueño.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 5.

Cuatro hombres esperaban sentados en el mejor restaurante del pueblo sin nombre. Como el pueblo, tampoco tenía nombre. En el cartel decía simplemente: Restorán.

No era un pueblo recién establecido. Sin embargo, nunca había tenido nombre. Al principio, nadie se había preocupado por dárselo. Los pobladores lo llamaban “acá”, “este pueblocho” o, a secas, “donde vinimos a parar”

Hacía unos años —y éste era uno de los asuntos en los que se había lucido el partido político al que pertenecían los reunidos— una familia había decidido dejar sin nombre a su primogénito. Sus vecinos los imitaron y tampoco nombraron a sus hijos. Luego, muchos lo hicieron a modo de protesta contra la gestión del señor Schlieman. Un grupo de vecinos se juntaba en las plazas para gritar que su descendencia llevaba el nombre del pueblo, o sea ninguno. En adelante habría mayor justicia ya que cada persona valdría por sus actos.

Entonces fue cuando Mariano Percusi, el fundador del partido “Trabajadores unidos de acá” y opositor de Schlieman, dio su discurso memorable. Los sublevados reconocieron su error y empezaron a preguntar nombres. Sin embargo, muchos de los detractores de nombres nunca se preocuparon por nombrar a sus hijos y cuando estos alcanzaron la mayoría de edad debieron bautizarse por sí mismos. En el restaurante se encontraba, ya que formaba parte del partido “Trabajadores unidos de acá”, uno de los innombrables de antaño. Cuando tuvo edad suficiente eligió llamarse Alberto.

Señaló a Juan que cerraba la puerta y, enemigo del bochinche, dejaba caer suavemente la cortina metálica. La conversación mantenida amainó y el silencio esperaba el comentario del recién llegado.

—¿Y…? —preguntó Mario Cardone.

Era el dirigente del partido, un hombre que distribuía su gordura en un metro cincuenta, rostro mancillado por cicatrices que nunca nadie sabía cómo se las ganaba y muy callado. Sólo hablaba para señalar errores. Hacía dos años que Cardone había invertido tiempo y dinero para impulsar la candidatura a gobernador de su querido amigo Juan Vergara.

—No hay caso, no quiere saber nada —contestó Juan bajando su cabeza como si súbitamente le pesara más.

Mario enrojeció y mordió una pata de pollo con avidez. El Ruso apoyó el vaso, se limpió la boca con la servilleta y dijo:

—No puede ser.

—¿Por qué no se olvida del asunto? —dijo Iván, un tipo de mucha gomina y poco pelo.

—Va porque para él es una especie de ritual, como para otros ir a la iglesia —dijo Juan.

—Che, no compares… —recomendó el Ruso.

Mario siguió comiendo, mirando de vez en cuando fijamente, pero con ojos serenos, a los que lo rodeaban.

—Piensa que ella va a aparecer un día —dijo Alberto.

—Tiene esa esperanza —murmuró Juan.

La cortina metálica de la puerta de calle estaba compuesta por abalorios de varios colores, que formaban en el medio el dibujo de un pavo real de cola desplegada. Cuando alguien entraba el pavo real desaparecía y los abalorios se entrechocaban produciendo un irritante sonido. Como en aquel momento, cuando apareció una rubia acompañada de un joven apuesto que había dejado el partido hacía un tiempo porque estaba disconforme con la presidencia de Cardone. Toda la mesa se dio vuelta para mirar con envidia al joven y con admiración y deseo a la esbelta muchacha.

Juan pidió un whisky. Mientras humedecía sus labios pensó que en el pueblo todos estaban locos. Apoyó el vaso en la mesa y preguntó:

—¿No estarán todos locos Acá y le echamos la culpa a mi hermano?

—¿Acá-acá decís? —preguntó Alberto.

—En este pueblo.

—Aburridos, pero locos no —interrumpió el Ruso.

—Preguntaba porque en Obel dicen que en los demás lugares no son así. Que acá todo es distinto.

El Ruso se quedó pensando y después dijo:

—Es que somos particulares.

Alberto levantó la cabeza:

—Ahí tenés un nombre para el pueblo: “Bienvenidos a Particular”… Si el proyecto del nombre sigue adelante yo abogo por ése.

Mario miró fijo y sereno a Alberto. El que una vez no había tenido nombre pestañeó varias veces. El Ruso, que siempre decía las cosas obvias que a Juan no le interesaba decir, se levantó y declamó:

—La gente quiere un nombre. Está con nosotros. Estoy seguro que Juan va a ganar. Y para ayudar a que eso pase estamos hoy acá. No se trata de poner el pecho nada más, sino de hacer las cosas con seguridad, dedicación y… amor. Vamos a ayudar a este pueblo a encontrar su identidad. Juan será el gobernador de un pueblo digno, con un nombre y un futuro.

Todos aplaudieron, salvo el aludido que seguía pensativo, acariciando una servilleta, como si quisiera escribir en ella una palabra.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 4.

Juan caminaba hacia la playa pensando en el consejo de Mario. Si quería seguir siendo candidato debía solucionar un asunto.

—Sabés que no pienso ir —dijo Miguel y miró la arena.

—Los muchachos quieren saludarte —intentó convencerlo Juan.

Miguel tenía un vago recuerdo de los muchachos.

—Estoy bien acá.

Era un hombre encorvado, de mirada turbia, pelo oscuro enmarañado, que vestía casi siempre un chaleco marrón apolillado y un pantalón gris gastado. Juan se lo quedó mirando como si ya no tuviera cura. Él era lo contrario de Miguel. Pintón, de complexión mediana tirando a robusta, parecido a su padre antes de que la hernia lo obligara a dejar la pesca. A las mujeres les gustaban sus ojos achinados, que casi desaparecían al sonreír. Nada tenía que ver el traje a medida que llevaba con su aire viril. Era, más que otra cosa, y muchos lo admiraban, un hombre que se hacía respetar con pocas palabras. Pero con Miguel las palabras no le alcanzaban.

—Te voy a ser franco. La gente se está riendo. Dice que somos una familia de locos, que vos saliste estúpido y seguís el camino de mamá.

—De vos no dicen nada así que no te preocupes.

Juan miraba el mar, por un momento pensó que sería bueno arrastrar a su hermano hasta el agua y sumergirlo unos minutos.

—Están buscando algo y cuando encuentren… —el suspiro fue largo—. Pero si pensaras un poco más. ¿Qué bien te hace sentarte acá durante horas? —Vio que las puntas de sus zapatos estaban cubiertas de arena húmeda.

Miguel continuaba con la mirada clavada en el mar.

—Vos sabés que no puedo ser un político creíble con una familia enferma. En los discursos me miran esperando que empiece a cacarear. ¿Por qué me hacés esto?

Juan señaló a una pareja que paseaba por la playa.

—Mira cómo te miran, sos la risa del pueblo. Hasta de Obel vienen a verte.

—Mandales saludos de mi parte a tus amigos.

Juan suspiró largo.

Siempre suspiraba demasiado, tanto que era obvio que era simulado y no un fastidio natural del mundo, que después de todo no lo trataba tan mal. Tenía un buen coche y una linda mujer. Y hubo un tiempo en que deseó las dos cosas y en ese orden le fueron concedidas.

por Adrián Gastón Fares.

 

Amargos. Diccionario de la diferencia.

Amargo, Amarga: Persona que no está de acuerdo con el orden vigente y que lo pone a prueba, especialmente cuando propone alternativas, entra dentro de esta definición, con el objetivo de desarmarlo antes de que destruya nuestra frágil identidad (o que deje desnuda nuestra falta de pensamiento; y recuerden que la ignorancia no es problema pero sí lo es su acompañante habitual: LA MALICIA) Es Amargo porque señala el punto frágil en que se apoya la concepción del mundo de las personas Noamargas (díficiles de definir desde el punto de vista de un Amargo; porque el Amargo no puede definir tan rápidamente:  el Amargo suele detenerse a pensar).

La persona que por nacimiento o circunstancias posteriores es diferente también es un Amargo, indudablemente. No importa que esté claro que no tuvo opción o que su mundo es distinto por percepción, es un amargo también porque no es como yo, y yo no puedo entender eso fácilmente, ni tengo por qué hacerlo. Es más fácil que sea un: Amargo.

¿No te gustan los Simpsons? Pero cómo, si hasta grabó la voz Pynchon. Tal vez sea porque no tiene subtítulos y no escuchás, pero igual: SOS UN AMARGO. ¿No sabés si te gusta Regina Spektor? Mmm…

¿No te gusta lo que a mí me gusta?: Sos un amargo. ¿No te reís de las boludeces que a mí me gustan? Amargo. ¿No estás de acuerdo en que la carne argentina es la mejor? Qué amargo. ¿No te gusta ése video de YouTube? ¿Cómo, mezclás cosas raras en la comida? ¿Tomás mate con stevia? ¿Mate con chocolate? ¿Te parece atroz la inversión de dinero público en el fútbol, pero te gusta el deporte en general y el ejercicio físico? No importa: ya te saqué, lo que sos: sos un amargo.

¿Te parece que mi espectáculo, película, obra, novela, guión, es deficiente y que le falta trabajo? Amargo. Amargo. Amargo. Amargo.

El amargo es  un entusiasta que quiere llegar a algún resultado mediante algún método. Como no existen los métodos porque no se busca ningún resultado, el entusiasta pasa a ser un: amargo. No molestes más, sonreí, aceptá. Dalé para adelante, y que no se note.

El amargo es un colmo: un inconformista en un país donde no hay manera de conformar porque hacerlo es siempre un atentado contra la persona que no está conformando nada, y vive de eso, en desmedro de los que sí conforman, que habitualmente terminan con mucha angustia: amargados.

Yo suelo usar la palabra para pedir chocolate.

por Adrián Gastón Fares.

(Escrito originalmente en 2015)

El nombre del pueblo. El pueblo. 3.

Ahora Miguel seguía sentado en la playa. Pensaba en lo que su madre les había contado. Las gaviotas se acercaban al agua y se alejaban.

En su ensueño avistaba una embarcación. El barco surgía después de una ola descomunal y su prima bajaba acompañada de Hugo, el tío de Malva y capitán del bergantín.

“Enamoró a la descendiente de una princesa. Después la abandonó para lanzarse al mar con una tripulación de jóvenes fuertes que había reunido con el fin de llegar a las regiones del mundo que estuvieran en peligro. Mi hermana, la madre de Malva, me contó de él en sus cartas. En la última recibida, me mandó este medallón con la foto de su hija y me informó de la tragedia”, había dicho su madre.

“Llegarán al atardecer. Prométanme que nunca le van a decir nada a papá. Piensa que lo inventé todo. Cuando conozca a Malva me va a pedir perdón” Los ojos de su madre se humedecían en las pausas. Domaba las lágrimas y seguía. “Vos, Miguel, por ser el mayor, siempre tenés que llevar el medallón para que al desembarcar ella sepa quiénes son. Cuando llegue el bergantín, ayúdenla con las valijas”

Hacía dos meses que su madre les había hablado de Malva y el capitán. Al mes, Miguel había visto al hombre con el puñal ensangrentado y los días siguientes no encontró más que a los pescadores de siempre.

—¿Para qué viene Malva? —le había preguntado a su madre.

—Es mi sobrina. Está en peligro.

—¿Qué le pasó?

—Su padre… murió. Lo mataron.

—¿Por qué?

—Un hombre por venganza.

—¡Lo mataron! —repitieron juntos él y Juan.

—Sí, y Malva escapa del asesino de su padre. Les voy a contar cómo fue…

A su madre le gustaba hablar. Durante media hora les contó la historia del padre de Malva. Cómo había matado a la hija única de un herrero sin querer, por un disparo que se le escapó del revolver mientras perseguía a un ladrón que le había robado un reloj de oro de la vitrina de su negocio. El herrero estaba en su taller trabajando y escuchó el grito de su hija. Se acercó al padre de Malva, arrodillado al lado del cuerpo de la joven, y lo mató a golpes con su tenaza. En la cárcel juró que cuando lo liberaran mataría a la hija del relojero. Poco tiempo antes de que el hombre terminara su condena, la madre de Malva la encomendó al amigo de su padre, el capitán Hugo, para que la alejara de su tierra.

Miguel tuvo pesadillas aquella noche. A la mañana siguiente le preguntó a su madre cómo iba a desembarcar una embarcación en el pueblo si no había ningún puerto. Ella sonrió y le dijo que Hugo era un capitán experimentado: anclaría y se acercarían a la playa en un bote.

Al ver al hombre más allá del médano tuvo la certeza de que era el herrero y que, al hundir el cuchillo en el pecho de Malva, había consumado su venganza. No obstante, le pidió el diario a su padre y en sus páginas no encontró ninguna noticia sobre la llegada de un bergantín y la aparición del cuerpo de una joven en la playa.

Él mismo había buscado en los médanos, entre los arbustos y las rocas, sin ningún resultado. Si su prima no había muerto en manos de aquel hombre al desembarcar, quedaban dos desgraciadas posibilidades. O estaba atrapada sobre el océano, en una calma chicha, o el barco había naufragado. La duda lo empezó a carcomer y unas semanas después, muchos notaron su pérdida de peso. Algunos sospecharon del cuidado de su madre.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 2.

Unos días antes, estaba parado al lado de la puerta de su habitación con la mirada clavada en la cerradura. A sus espaldas, en una de las camas, Juan ojeaba sin ganas La narración de Arthur Gordon Pym.

Miguel escuchó los pasos, luego el tintineó de las llaves. Al abrirse la puerta apareció Nadia, rubia, de pelo lacio, ojos negros y mejillas encendidas. Les sonrió, acercó el dedo índice a su boca, y se apartó de la puerta para dejarlos pasar.

Cruzaron sigilosamente el comedor. Juan sacó la cabeza. En un costado del jardín, más allá de cosmos, rosas y azucenas, su padre trabajaba la tierra con una zapa. Bajaron los tres escalones de madera. El segundo crujió —siempre a punto de partirse—. Caminaron hasta la cerca, sorprendidos por un trueno. Osvaldo, el padre, dejó la zapa. Miraba el cielo ennegrecido y negaba con la cabeza mientras sus hijos abrían la puerta de la cerca y salían al camino.

La tormenta los alcanzó al pasar por el rancho de don Isidoro, el iracundo pescador que se nombraba hijo del mar porque había nacido en una barca mientras su padre lanzaba las redes. Entonces corrieron más rápido.

Llegaron al médano y lo subieron. Miguel, que había precedido a Juan, resbaló y con el mentón sobre la arena miró el horizonte.

Un hombre estaba parado frente al mar donde el médano se confundía con la playa. Empapados el pantalón negro y la capa del mismo color, su perfil parecía obviar el monstruoso choque de las aguas. Tampoco lo asustaba el cielo ardiente, iluminado por relámpagos que se ramificaban hasta la línea del horizonte.

Miguel, sin apartar la mirada de la figura del extraño, trató de levantarse cuando un trueno hizo que un cosquilleo le corriera por la nuca. Entonces el hombre se dio vuelta, y el chico estuvo a punto de ensuciar sus pantalones.

De la barba negra goteaba agua. Al ver los ojos inyectados en sangre, Miguel dio un grito, eclipsado por otro trueno. Chorreando agua por su frente y mejillas, el hombre profirió unas palabras, extendió su brazo y blandió un puñal hacia Miguel, que al ver el ensangrentado doble filo empezó a temblar. Iba a darse vuelta para correr, pero vio algo que brillaba sobre la arena.

Reconoció el medallón de los unicornios y se llevó rápidamente la mano al bolsillo. Trató de entender. Miró el puñal describiendo círculos en el aire, luego al medallón que había rescatado de su bolsillo y comprendió, pero tuvo miedo, mucho miedo.

Su hermano alcanzó la cima del médano y al ver al hombre empuñar el puñal empezó a bajar. Volvió y tiró de la remera de Miguel, que finalmente se dejó llevar.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El pueblo. 1.

TAMBIÉN fueron ese día a la playa.

Miguel más cerca del mar, todavía exaltado. Enfrentaba el horizonte como si hubiera algo que descifrar en el oscuro verde.

—El viento no empujaría una hoja —dijo Juan.

— ¿Y si los agarró una tempestad? —murmuró Miguel.

—Si nada se mueve.

—¿Sabés lo que basta para dar vuelta una barcaza? —Sonrió nervioso a Juan, que empezó a gritar:

—Están estancados en alta mar… Los cuerpos pudriéndose sobre las tablas…—Estremecida su cara en un rictus que pretendía ser terrorífico — Los ojos resbalando por sus mejillas… Las uñas de ella más largas…

Cayó, embestido por Miguel.

Dieron vuelta por la arena. Juan, el hermano menor, logró zafarse, y se alejó agitado. Desde unos metros gritó:

— ¡Si la esperé más que vos! Tenés que pensar. Hace dos meses que tenía que haber llegado. Todo esto fue un invento de mamá. No te diste cuenta. Malva no existe.

Miguel miraba a su hermano con ojos húmedos y perdidos.

—Papá hizo bien en encerrarnos —agregó Juan. Miguel levantó la mirada, apartó el flequillo que ocultaba sus lágrimas y susurró:

—¿Y si el tipo la mató? ¿Si mató a todos los tripulantes? ¡Viste cómo nos miraba!

—Te estás pareciendo a mamá.

—¿Qué hacía con un medallón igual?

Juan puso los ojos en blanco y agitó la melena.

—Siempre inventás algo nuevo. —Hundió sus pies en la arena. Empezó a alejarse.

Miguel se acostó en la arena húmeda. Sacó de sus raídos pantalones un medallón de oro adornado con dos unicornios negros que chocaban sus cuerpos en un salto a manera de espadachines. Clavó la mirada en las nubes anaranjadas. Levantó el medallón. Hizo saltar los goznes de la tapa.

Una chica pálida de oscuro pelo rizado sonreía.

por Adrián Gastón Fares.

Es grupo.

Somos casi

Y lo casi no es el todo

Que llaman grupos

También aquí en Argentina:

Para decir que es mentira

Decimos

O decían

Es grupo

Significado:

Es mentira.

Es grupo.

La verdad duerme en las cajas

que no tienen fuerzas para iluminar los nombres escritos en cielo.

Pero hasta cuándo no será perceptible

El exceso de ataque silente

Del halago complaciente

Hasta cuándo nada de responsabilidad

afectiva,

modas

operandis

que merece escucharse

Medios y fines.

Hay que remarcar en rojo

O con el color que más te guste

Fines.

Hasta cuándo

Por un grupo

Hasta cuándo tu coraza puede aguantar el calor

Eso que se divide antes y luego de golpear

El gran golpe

El pequeño desmonte

Como los que roban un banco y luego se traicionan unos a otros por el botín

del grupo.

El sufrimiento.

No es un camino

No es el destino

Es cosa del grupo

Casi siempre de un:

Grupo.

por Adrián Gastón Fares.

Confiesa.

Confiesa! Vos, primera.
Confiesen!
Es el momento de que caigan las máscaras
Es el momento del climax
Donde todos los datos se cruzan en la mente del detective
Donde todos están reunidos en la casa para escuchar el misterio revelado
Las pesquisas
Las conclusiones
Que llevaron a descubrir
Por eso hace rato que
Le pedi a los míos que confiesen
Lo que hicieron conmigo desde que tengo 34 años
Y certificado de discapacidad por sordera
Persona sorda
Les pedí que reparen el mal que me hicieron
Por como actuaron ante un diagnóstico
Que querían ocultar toda la vida
Estos años
Desde 2012
Fin del mundo
En adelante
Desde los dos audífonos
Y mi redoblar fuerzas para seguir
En la sociedad digamos:

(I was born but not in 1977

Not in 2012, I was born but not;

Two times)

Que uno puede elegir no sufrir
Con audífonos y no escuchar
Porque amplifican todo
Y duelen como algo que te clavan en el cuerpo
En este caso en los oídos
Se te clavan en los sueños
Estos años fueron los peores
De mi vida
Los de ver la indiferencia
Los de malos consejos
Los de caer en malas personas porque uno en el estrato de la soledad injusta trata con almas en pena
Estos años fueron impunes
Los sigo sufriendo y ninguno
De los involucrados en lo que paso desde 2012 (peor en 2014) hasta ahora
Se preocuparon por mi jamás
Confiesen
Padres
Hermanas
Madres
Ex cuñados
Ex parejas
Lo que han hecho con un sordo
Lo que han dejado que le suceda
Sin responsabilidad alguna
No tienen perdón.
Es el momento de prender un puro.

De exhalar verdad y obnubilarlo todo para volverlo primero.

Por Adrián Gastón Fares.

La edad de Roberto.

La edad de Roberto.

Cuando lo conocí tenía cincuenta años. Después de las clases de yoga, en el vestuario, apenas intercambiábamos algunas palabras. Con la ausencia de un compañero de clase, esas palabras se convirtieron en charlas.

¿Dónde se había metido, Pablín?

Antes, Pablín era el único que hablaba, con sus apologías del yoga. Afirmaba que había que practicar las asanas sin falta todos los días. Que el Yoga le daba un poder único. Que sentía un fuerza descomunal. Y sostenía que para reforzar esa fuerza había que combinar la práctica con la abstinencia sexual. A mí eso me parecía demasiado. Así que cuando desapareció Pablín de las clases empezamos a teorizar sobre su destino. Nos hicimos más cercanos con Roberto. Tratábamos de responder a las preguntas que la desaparición de Pablín nos había despertado. ¿Se había ido a practicar a otro lado? ¿Se limitaba a llegar a samadhi en su casa? ¿Estaba desempleado y no podía pagar la cuota mensual? Un día dejamos de hablar de eso y nos empezamos a recomendar series y abordamos la cuestión de quiénes éramos antes de bajar un poco el ego y tratar de absorber la mente y los órganos en las clases. Yo soy periodista. Roberto refaccionaba muebles viejos, que encontraba en la calle a veces, o donde fuera y los vendía.

Un día la profesora de yoga lo felicitó a Roberto en plena clase y en viva voz. Quería saber qué acontecimiento doloroso en su vida lo había transformado. Desde la primera clase había avanzado tanto en presencia, en atención, en postura y fuerza física, que algo tremendo le tenía que haber pasado, ya que la profesora sabía que sólo el dolor fomenta e impulsa estos logros. La profesora tenía curiosidad pero no era una invitación a que Roberto lo explicara en clase, sino una descripción de lo que veía en él. Tal vez por eso, mi amigo nuevo se limitó a decir que llevaba tiempo. Nada más.

Como me encanta preguntar, cuando salimos de la clase le dije a Roberto, ¿qué es lo que viviste? ¿Qué es lo que la profesora de yoga percibió en vos? ¿Qué recuerdos usaste para fortalecerte?

Fuimos a tomar una cerveza y me contó su historia. Tenía, como dije cincuenta años pero veinte los había pasado encerrado.

Su padrastro, Carcamal, había enloquecido. Como Roberto no aceptaba seguir yendo a la iglesia evangelista a la que iba desde chico y como lo había encontrado fumando un día en el fondo de la casa, entre las aloe vera, armó un plan para adoctrinarlo.

Su madre había muerto, así que Roberto compartía la casa con Carcamal. La segunda vez que lo encontró fumando un cigarrillo armado, su padrastro le disparó con una pistola con dardos tranquilizantes para animales.

Roberto se levantó en el piso del galpón del fondo de su casa, con la Biblia en su pecho. La habitación estaba vacía. Sólo un retrete, una palangana amarilla con agua y algo de comida. Intentó salir pero Carcamal había reforzado la puerta con candados y el galpón, de cemento, no tenía ventanas.

Pasó veinte años ahí, alimentado por su padrastro, sin ver a ninguna otra persona. Tenía veinticinco años cuando Carcamal lo había encerrado.

A los cuarenta y cinco años estaba durmiendo en el piso cuando recibió los lengüetazos de un perro. Abrió los ojos y la policía lo rodeaba.

Los vecinos habían sentido el olor nauseabundo que salía de su casa. La policía acudió con un perro de pesquisas, Neruda, que primero corrió hasta el cuarto donde yacía el cadáver de su padrastro y luego al fondo, al galpón donde Roberto estaba encerrado. Al salir le dio las gracias al cerrajero, a los policías y acarició a Neruda. La policía ofreció regalarle al perro para que lo acompañara en su adaptación a la libertad, pero Roberto se negó, no sabía cómo cuidarlo.

En cambio, se anotó en un Profesorado en Letras, hizo algunos amigos, notó que el mundo había cambiado, se compró un celular inteligente, aprendió a usar Internet, quemó todas las Biblias de Carcamal, tiró la televisión antigua y comenzó a juntar muebles para arreglarlos. Lo hacía feliz trabajar con la madera, hacer aberturas, pintar tiracajones, crear manijas, puertas que pudieran abrirse. Todo esto podía entenderlo. Pero nunca me imaginé contra qué demonios internos luchaba.

Roberto se dio cuenta que su desarrollo emocional no era el mismo que el de otras personas de su edad que conocía. Siempre le daban mucho años menos, le decían que tenía un espíritu jovial, físicamente se había mantenido ya que en el galpón en vez de leer la Biblia hacía ejercicio.

Quería anotarse en un programa de ayuda a emprendedores jóvenes del gobierno. Pero uno de los requisitos era que la persona tuviera menos de treinta y dos años. Según la fecha de su nacimiento él no calificaba. Le gustaban las chicas jóvenes, que lo aceptaban, por su jovialidad y su aspecto, pero la sociedad no vería bien que un hombre de cincuenta saliera con una de veintiuno.

Entonces, un día, después de meditar, de leer a Gandhi y a Martin Luther King, decidió que tenía que pedirle algo a la sociedad. Me aclaró que era muy importante pedir antes que reclamar.

Así que fue a un centro comunal del gobierno. Se plantó frente al empleado y le pidió que le cambiara la edad de su DNI. Roberto sostuvo que tenía veinticinco años, había estado encerrado casi veinte, así que sus cincuenta no contaban.

No había conocido mujeres en ese tiempo. No tuvo acceso a ninguna lectura, a ninguna película, en resumen no podía hablar con nadie más que con sí mismo, no había tenido tareas exigentes a nivel físico ni mental, por lo tanto, y a pesar de tener el secundario completo y una carrera, la de administración de empresas, no había vivido esos años que la sociedad le había sumado.

Si quería entrar a ese plan de emprendedores del gobierno, con su empresa de muebles, con cincuenta años no podía. En las aplicaciones de salidas del celular, si ponía su edad sólo podía salir con mujeres separadas, divorciadas o con una historia afectiva copiosa, pero él no había tenido ninguna gracias a que Carcamal lo había mantenido encerrado con el espíritu santo.

Estaba en su derecho pedir este cambio de edad en los registros públicos y en su documento nacional de identidad.

El empleado se negó. Llamó al de seguridad, que lo acompañó hasta la puerta.

Y entonces, como no sabía qué hacer para obtener lo que deseaba, le escribió una carta al Gobierno. Tampoco obtuvo respuesta.

Como soy periodista, puedo afirmar que en Francia uno puede llamar al ministro de cultura y atiende, uno puede escribirle al director del festival de Cannes y al otro día tenés un email con la respuesta, pero en Argentina no responde nadie, ni siquiera yo que soy un periodista, respondo cuando me escriben por tal o cual cosa, no presto atención. En el fondo, sé cuál es la razón de estos desplantes argentinos pero me la guardo para mí.

Pero a Roberto sí le prestaba atención. Tenía algo que decir, algo único con su historia particular.

No obtuvo la respuesta del Gobierno, pero armó una campaña en las redes sociales, sumó seguidores, se armó un Change.org, y logró juntar firmas pero no todas las requeridas para llegar a algo en estas circunstancias.

Así que un día, se armó una carpa en el obelisco con un cartel que decía: Yo tengo 25. Tengo derecho a elegir mi edad. Y se puso a tocar en su guitarra una de las pocas canciones que sabía: Zamba para olvidar. Le gustaba la versión de Mercedes Sosa. La parte que decía: Cosas que ya no existen. Algunos le dejaban unos pesos en su gorra. Hasta que su barba creció, su pelo también y parecía, por fin, realmente un hombre de cincuenta años.

Una mujer qom, que estaba en una carpa cercana, se le acercó, le convidó mate, tereré, le habló de desnutrición, porque lo veía muy flaco y le parecía una locura porque en su comunidad morían chicos por eso, y le confesó que para ella él tenía veinticinco años, que lo veía en sus ojos, que reflejaban todavía las cuatro paredes del galpón en el que había estado encerrado pero que habían aprendido a brillar en la oscuridad. Y lo invitó a que se fuera con ellos, a que trabajara y los ayudara con sus cosechas y los protegiera, porque necesitaban protección, más que nada. Un empresario importante quería robarles sus tierras.

Roberto se fue al Impenetrable, al Chaco, trabajó, sembró y cosechó. En la aldea fue iniciado sexualmente por una chica joven, o mejor dicho se iniciaron.

Un atardecer se enfrentó con un motociclista que le apuntó con su pistola. Era un joven sicario contratado por terratenientes. Roberto le tomó la mano que sostenía el arma y lo hizo girar  en el aire. Luego tomó su pistola y le disparó en la cabeza.

Observó la vida de los qom, que lo tenían por una especie de héroe por lo que había hecho,  hasta que se aburrió y decidió volver a Buenos Aires. Se escapó de noche por la selva.

Al llegar a Buenos Aires quemó su DNI en el galpón donde su padrastro lo había mantenido encerrado, se afeitó, se miró al espejo un buen rato y se dio cuenta que tenía los años que él quería tener, veinticinco. Así que salió a caminar por las calles céntricas con veinticinco años por primera vez.

Encontró a un policía en Callao y Santa Fe y le pidió que lo detuviera, que él había matado a un persona en el Chaco, defendiendo a los qom.

El policía se negó, Roberto trató de sacarle el arma y obtuvo lo que deseaba. Lo encerraron en una celda por desacato.

Así, pensaba él, conservaría su edad, no llegaría a los veintiséis. Otra vez encerrado, el tiempo no contaba. Pero al otro día lo dejaron libre por falta de pruebas.

Se anotó a teatro y a yoga, y siguió refaccionando muebles, sin la ayuda del gobierno, ya que no le reconocieron la edad que él necesitaba tener para inscribirse como emprendedor.

En la actualidad, sigue luchando por su ideal de que le bajen los años y que esto se pueda aplicar para toda persona que haya vivido una situación parecida a la suya.

Aunque el tiempo pase, dijo, él no va a bajar los brazos.

por Adrián Gastón Fares.

Más relatos, cuentos, están en la sección Índice. Este cuento lo publiqué en este blog originalmente el 20 de junio de 2017.

PD: La edad de Roberto está incluído en mi primera colección de relatos llamada Los tendederos.

Intentos de desaparición.

Un día estaba jugando con su amiga Vanesa, antes que al padre de Guadalupe, la chica que le contaba historias de terror al grupo en las noches de verano en las que se juntaban en la puerta del kiosco, se le venciera el contrato de alquiler, y la familia de Vanesa se mudara a una casa mejor en un barrio cercano, y decidieron que se esconderían atrás de un sillón en la casa de la abuela de Glande. En algún momento de la tarde, caminaron sigilosamente el espacio que separa el living con el garaje, y lograron sostener sus desapariciones atrás del Taunus amarillo de su padre. Esa proeza hubiera sido más digna de Martín, que de los amigos de la infancia de Glande es el único que sigue en el barrio.

 

Cada vez que Glande baja del colectivo 520 con su mochila a cuestas, antes que el barrio gris lo vuelva a cansar en las ruidosas y divertidas reuniones familiares, donde su abuela y su tía abuela vociferan en dialecto italiano hasta el ensordecimiento de los presentes, Martín, que todavía parece un chico de diez años, pero más desamparado que a esa edad, lo saluda. Las drogas lo afectaron y ahora las frases son más largas y más lentas de pronunciar, pero igual se seguían entendiendo, incluso Martín, que se había vuelto evangelista y se ganaba la vida ayudando en un taller mecánico, era uno de los pocos que pensaban que Glande era un guitarrista que tenía una obra que llevar adelante y, cuando veía al padre de su amigo, le preguntaba qué era lo que estaba componiendo su hijo. El padre de Glande, que de forma irresponsable a veces contribuía a su fama de compositor en ciernes, en esos momentos trataba de explicarle a Martín que si bien su hijo había editado un disco, no se dedicaba a eso todo el tiempo, y que también hacía otros trabajos relacionados con la carrera de Diseño Audiovisual, que había abandonado en el segundo cuatrimestre para meterse en el conservatorio. Luego Glande decidió cortar con esos trabajos, a los que no podía responder del todo debido al zumbido en los oídos que disminuía su poder de concentración para escuchar las órdenes de sus jefes, y su padre tuvo que inventar otras respuestas.

 

La tarde en la que se escondieron, sus padres llamaron a la comisaria de la zona para que buscaran a su hijo y a la amiga. Glande recuerda ver pasar a las personas buscándolos (sus abuelos, su tía abuela, su padrino, su padre, su madre), y se imagina a sí mismo mirando con una sonrisa satisfecha a Vanesa.

 

Los padres de ella luego se reunieron con los suyos en la casa de un vecino, donde pusieron en marcha una operación de búsqueda, que no llevarían totalmente a cabo, ya que en cuanto el atardecer empezó a dejar en penumbras el garaje, Vanesa y Glande salieron triunfales y se restituyeron, luego de recibir unos cuantos gritos, a la serie de acontecimientos naturales que los harían crecer y distanciarse.

 

por Adrián Gastón Fares, 21 de julio de 2008 (viejo, ¿no?)

Intrasparente. Índice.

Tardé un poco, pero armé el índice de Intransparente o Intrasparente (parece que las dos grafías dan lo mismo; de cualquier manera el término Instrasparente no existe) Pueden encontrar mi novela sin problemas, rápido y simple, en este blog y más fácil siguiendo este índice:

INTRASPARENTE – ÍNDICE.

Intransparente Adrián Gastón Fares Novela BLUE

Primera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

 

Segunda Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

 

Tercera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

 

Autor: Adrián Gastón Fares.

 

 

El monstruo. Poema.

Dejar este mundo porque ya nada vale la pena.

Extrañar los atardeceres promisorios,

las comidas imperiales,

el sol fuerte,

las copas de los árboles,

pero más que nada el trabajo como un fin y no como un medio.

El crepitar de las hojas bajo cuatro pies.

La comprensión,

las miradas ardientes,

las lenguas entrelazadas que al soltarse charlan de cosas triviales y necesarias.

Lo que parecía natural y ahora es

como la carcasa de un robot destruido en una ciudad de lata.

Incomparables las órdenes de las esperanzas y los desórdenes del cuerpo.

Dejar este mundo de una vez por todas cuando falta lo elemental y lo natural se hizo mecánica y palabra.

Yo no soy este monstruo que decidieron soñar una tarde en familia.

Mis pies están desnudos en la playa.

por Adrián Gastón Fares.

 

Sobre una película de Godard (Histoire(s) du cinéma)

El cine que fue hecho para pensar. El cine son imágenes que piensan por sí mismas. Manet precursor del cine. Las chicas de Manet. Godard que mediante la sensación causada por las imágenes y las palabras nos hace sentir lo que va adivinando.

El cine tiene muchas historias pero las de Godard tienen que ser las menos espuria de todas. Terrible cuando explica que Inglaterra nunca tuvo cine. Italia es el país del cine, Rosellini, Antonioni, Fellini, Visconti como antes Virgilio, Dante, Leopardi y Leonardo. No es casual. Francia. La Nueva Ola es sobre las obras, no sobre los autores. Hitchcock es el gran creador de formas del siglo XX.

Los franceses son los grandes profesores del cine. Los italianos y Hitchcock los grandes maestros.

Antes, en los dos primero capítulos (que en realidad son 4, divividos en a y b) Godard nos hace entender que el cine es simple y algo más.

No es arte ni técnica, es misterio.

¿Para qué complicar las cosas? ¿Qué es lo que nos hace seres humanos? Tiempo, muerte. Cine.

Hace dos años fui a la casa de mi tía abuela. Encontramos fotos que guardaba mi tío Francisco, fallecido cuatro años atrás (ahora mientras respoteo esto mi tía abuela también se fue hace un tiempo). Ah, familia de la infancia que ya no estás.

Fotos amarillentas de mi tía abuela que le recordaban cómo era el país dónde había nacido, cómo eran las personas y los lugares. Entre esas fotos, había una que me impresionó. Un hombre, de mediana edad, cadavérico, amortajado en una cajón, rodeado de personas. La aparté.

Mi tía abuela, con rápida gracia, me arrancó la foto de las manos, dijo algo en dialecto italiano, y la fue partiendo en pedacitos. Me la quedé mirando como si estuviera soplando el humo del revolver que había disparado.

El Cine es Muerte Eterna (revolución posible contra la Muerte) pero también Nacimiento Eterno (muerte eterna):

Cuando era chico lo hinchaba a mi papá hasta que volvía a buscar en un viejo armario, desenrollaba una tela blanca, la colgaba, y nos proyectaba, a mi hermana y a mí, fotos de cuando éramos todavía más chicos y de sus discretos viajes. Con un aparatito, extensión del proyector, especie de linterna, explicaba algunas cuestiones de las fotos. Éste es tal. Aquél otro era el que una vez. Ahí pasó esto o lo otro.

Godard:

Los jóvenes deben elegir un camino, ya es imposible ver todo el cine, tendríamos que pasarnos veinte o treinta años frente a una pantalla.

De alguna forma, nuestros institutos de educación (incluso, la familia) nos llevan a no entender o a entender mal. Primero nos hacen creer que estamos necesitados de todo, después que no necesitamos nada, luego que somos muy pobres y que estamos necesitados de más cosas.

La educación que nos lleva a la guerra, a las broncas, al delito, a la estupidez, a las avivadas. Después de ser educados (jardín, primaria, secundaria -tal vez, alguno tenga suerte en la secundaria con algún profesor o en la universidad) para no entender, para que no entendamos, de que nos den las herramientas pero que las alejen de nuestras Manos (al dejarnos en claro cuántas cosas imposibles hay, cuántas categorías y cuántas jerarquías a las que no solamente hay que apuntar, sino, especialmente, rehuir)

Tal vez por eso Godard tenga tan presente las Manos en sus historias del cine: como elemento para buscar, investigar, pensar, tienen como tarea reinventarnos, dejar que nos reinventen y reinventar a los demás. Ver las historias del cine de Godard es como que te las vayan desatando. Algunas obras tienen esa práctica virtud.

por Adrián Gastón Fares

Donde el silencio no reina. Poema.

Por que yo no olvido
A los que quiero
Por más mal que me hicieron
Porque recuerdo a la Lavoza
La del afluente canto y torrente
Señor Tiempo, presente.

Distraigo a las amapolas
De los gigantes melódicos
Donde el silencio no reina.

Ancianas del tiempo
Perdido
Las llevo conmigo

En el el altar de los cuentos
Arranco las hojas de los libros
Las profano en sus honores
Las arrugo y machaco
Hasta formar una cara de papel
Y pegamento

El busto de los callados
Arrastra la sombra de un barco de piedra

En el altar te rezo
Debajo de tu falda de vuelo y delantal

Todos se huelen la mano
En los viajes primeros
Donde se descubre el sexo y su caudal.

A mí mismo me recuerdo que
No he de perdonar
Que nos separaron a todos
Y nos hicieran llorar

En estos ritos que llaman
Querida Sociedad
En lo mejor de la fiesta
Te vienen a buscar.

Arreglate un poco
Te vamos a llevar
a Sorpresas-Festejar
Que bueno ese lugar
En la pena caerás
Cuando la luz se prenda y no estemos nomás

Somos lo que soy
Mientras me derramaba al mundo
Con la ayuda de un atrapa almas cucharón
Escucharon
Esos son los salmos que rezamos en su altar

La anciana que convida
Serenidad Sirena
Lavoza primera
Mucho gusto,
Doña Sincera.

Por ti no nos perdonamos
Por ti nos matamos
Por ti clavamos las uñas en la pizarra.

La idea era conservar el verano, el zumbido de las chicharras
Esas frecuencias agudas
Que se clavan como la punta de De la Torre de Interama
En el reflejo pútrido
Del riachuelo
Donde los colectivos afluyen
Y el agua traspasa las napas
del sur profundo en los fondos del reino Chorizo

Sociedad querida degollarte quisiera y que cruzar el rio turbio fuera un delito
De esos que encarcelan
para que sea difícil llegar al templo tuyo, Sirenidad sincera.

por Adrián Gastón Fares.

La abandonada.

Dejada.
Separada,

Por un varón al que quería como a nadie.
Verde ágape en una casa chica y austera pero luminosa
Decidí vivir sola en la mansión López
La que embrujada
La que gritos sin gargantas
La que sombras sin cuerpos
Que corrían por las paredes
La que los pomos de las puertas giraban sin que hubiera nadie detrás
Enseguida los conocí
Eran cinco
O más bien una sola presencia
Dividida en varias
Y encontré otra vez la esperanza
entre cuadros que se desplomaban
Entre hábitos blancos que solo el viento inflaba en los corredores
Entre cadenas que rodeaban mi cama
Y me alegraban
Con sus fríos sonidos
Pero un sábado, justo, vino rosado descorchado,
para otra noche de difusa compañía
Para bañarme en los orbes brillantes en la penumbra
Ver levantarse sin motivo el polvo del suelo y hasta pegarse al techo.
Iba a recibir nuevos mensajes
Escritos en las paredes por esa entidad de manos virtuales
No importa que;
eran a mí las palabras.
Mi solitaria aventura desconocida.
Otro ágape peculiar.
Yo también era lo que no es
percibido.
Pero llegó el atardecer y el fulgor naranja despintó las paredes empapelando negro
Y en mi querida mansión
Nada crujió
Nada aulló
Las incoherentes palabras no escritas.
Las invisibles manos, desaparecidas.
Ni las cortinas se mecian abrazando a la forma que una vez quise acariciar como si pudiera.
Ni las luces se apagaban y prendían sin razón.
Ellos
también,
se habían ido.

Y entonces,
junte fuerzas.

Grité,
hasta que mi voz también se fue.

Por Adrián Gastón Fares, 17 de diciembre de 2019.

Tres películas de este año. Cine.

Quería ordenar un poco a este año de películas tan duras y tan buenas

Digo la últimas que recuerdo y las que me causaron una impresión para bien o para mal (diría que para bien)

Marriage Story (no voy a nombrar directores para no hacerme el sabihondo) Bueno… Sigamos.

Esa película se trata del hombre invisible. No es Kramer vs. Kramer. Es algo nuevo acorde a esta época. No habla de la Virgen María ni de la tradición judeocristiana. No es una película de una madre (no le mientan a las madres) Lo siento. Es el hombre invisible. Es un hombre el que escribe y el que dirige una película sobre una separación. Y es una película sobre una separación (a ver, no quiero quedar como un pelotudo; al pedo encima, en Mundo tributo ponemos para variar y porque era apabullante lo otro, a The Beladies, siempre me preocupé por eso, ¿y a quién le importa?, en Gualicho le pregunté a una ex pareja y a mi hermana veinte veces sobre cómo escribir escenas donde había mujeres, en Mr. Time directamente ya no me hacía falta preguntar sobre la identidad y las diferencias, porque ya había vivido demasiado eso, nunca es demasiado pero a veces parece que sí y me alcanza; pero nadie se tomó el trabajo de leer mi último guión, creo)

Decía que Marriage Story es más la película de un tipo que de una mujer. Es más la historia del marido (no tengo hijos, pero sé lo que es una separación de pareja) Y de cómo debe adaptarse a unas condiciones sociales a las que él ya se ha adaptado, y que le pesan, pero no puede expresarlo. Por eso la película. Es fuerte porque el punto de vista nunca sale de él. Trata de variar pero no se mueve mucho, a pesar de todo.

Si bien no es perfecta (ese canto de Adam Driver al final, gran actor, ¿para qué?) es una película fuerte porque habla de cómo cambiaron las subjetividades y los tiempos.

Joker. Es la historia de una persona con discapacidad y de cómo la sociedad, los otros, la destruyen hasta que no aguanta más y mata gente. No es la historia de un psicópata ni de un esquizoide (esta es la época de la diversidad, donde podemos decir que los santos que nos venden eran todos locos; que los visionarios eran todos locos si esto fuera así)

La película se focaliza en cómo explota alguien cuando le han minado todo el terreno de su vida social y afectiva. Y la actuación de don Phoenix es magistral. Tiene improvisaciones necesarias para un guión así que la mejoran. El final es perfecto (y no se puede apreciar más que en el cine; todo pasa tan detrás en el plano que se pierde en pantallas más chicas)

Parasite. Es un guión perfecto o casi perfecto. Es una película sobre cómo las nuevas clases altas o medias altas (especialmente en este caso, la de ciertos países de Asia) eran y son. Y a la vez, cómo cambió la clase baja o media baja por el acceso a Internet, a un smartphone. Como usan esos recursos para tratar de movilizarse. No eran las marchas todo: es la información y cómo buscás el Wifi para obtenerla.

En el camino, desestigmatiza la pobreza y muestra conflictos que están ocurriendo en muchos países del mundo y que seguirán ocurriendo.

También, sirve para recordar a Ford, que influenció, si mal no recuerdo, a Kurosawa y Kurosawa influenció a Lucas, de donde precede la mayor parte del cine actual.

El gran director de Parasite (de Okja y de la seminal Memories of Murders) me parece un hijo de Spielberg y un poco del animé japonés. A la vez el guión tiene algo del neorrealismo italiano. De Sica más que nada, por lo tanto parece fundir muchas tradiciones del cine y muchos países (como el realismo mágico de Francia y el cine soviético; todos han fundado lo que conocemos como Cine)

Pero Parasite no olvida la narración ecléctica, inacabable, de oriente, y transciende. Es muy buena película.

Dura, para nada fácil, nada servil, valga la redundancia, y a tono con las otras dos, mágicamente. Y la más interesante de analizar en cuanto a las influencias (lo que la dejaría inerte; no es mi intención)

Las tres, son películas muy libres y muy poco correctas (del hombre, una; del padre, de las parejas en este siglo XXI, la segunda del enfermo mental y del marginal, y la tercera, de la pobreza)

por Adrián Gastón Fares.

PD: Para fantasmizar (perdón el neologismo) este texto sobre el sagrado y a la vez sacrilego cine y devolver al vanpiro o vampiresa a la tierra fresca y oscura y a este blog a su fuente literaria; para mantener la inocencia de las imágenes de estos largometrajes invocados, el momento final mágico que cada uno fijó en su visionado, dejo esta cita de un poeta antigüo y reconocido, extraída del libro de Roger Clarke, un crítico de cine, que escribió sobre su pasión: los fantasmas (La historia de los fantasmas, Roger Clarke) que dice:

«Me preguntó una dama en una ocasión si yo creía en fantasmas y apariciones. Con sinceridad y simpleza le respondí: “¡No, señora! ¡Demasiados he visto ya con mis propios ojos!”». Samuel Taylor Coleridge.

Los tendederos. Cuentos.

Dejo nuevamente estas notas del proceso de crear el libro y el link a los cuentos en PDF, de mi libro, Los tendederos.
En este mismo blog pueden leer, si rebuscan un poco, mi novela Instransparente y mi otra novela ¡Suerte al zombi! (falta publicar El nombre del pueblo, pero creo que pueden encontrarla por ahí…) A. G. F.
Nota:
Estuve trabajando en una selección de mis relatos para formar un libro. Son 47 relatos si no conté mal (unas 250 páginas parecen ser). Dejé fuera algunos que eran crónicas, los que me pareció que no pegaban y los de Glande. No fue fácil.
Encontrarán más que nada los relatos de terror y algunos de terror-ciencia ficción, con alguna expeción.
Un libro de cuentos que también fue construido junto a ustedes en cada lectura, devolución o en los simples me gusta. En cierto momento hubo una unidad temática en los cuentos, creo que eso se nota más al principio de la recopilación y al final.
Me encargué de diseñar una especie de portada:
Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares
Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares
Encontrarán dentro del libro esta descripción:
Este libro de cuentos de Adrián Gastón Fares está fomentado por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Explora los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica. Estos relatos han sido ponderados como escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes. Los neófitos encontrarán nuevas experiencias para exorcizar sus miedos más profundos, para arrumarlos; también, disfrutarlos. Los seres y las tramas que pueblan este libro viven en las aguas profundas de un terror todavía más hondo, ese que tiene que ver con lo que somos, con lo que hemos sido y lo que podríamos llegar a ser. Lo cotidiano visto a través de una nueva lente perturbadora, futuros sospechados y sentidos, tramas policiales, el desamor, supersticiones rurales, familias peligrosas, edificios abandonados, fantasmas, nuevos monstruos, todo esto y más puede encontrarse en estos cuentos poblados de imágenes únicas y sorprendentes.
Les dejo el enlace al PDF por si quieren leerlo. Creo que puede ser más comodo leer mis cuentos de esta manera

Los tendederos – Adrian Gaston Fares

Pronto subiré también el archivo del libro digital que ya está listo para leerlo en Epub, Azw3 y en Mobi, que ya están listos también.

Saludos

Adrián Gastón Fares

El colmillo de la noche. Poema.

En una cripta a ras del piso
Restaba mi pasado
Los que conocí y los que no
También
(Más que nada los que no)
Todo era gris
El cemento reluciente y frío
Me asomé a la cripta
Y a través del vidrio y de los herrajes
Ví la melena roja del león
Aunque en la cementeriosa penumbra
El felino y sus fauces apenas reflejaban su temible custodia de la cripta.

Huido,
luego conocí una máquina de decir la verdad
Era como la de un parque de diversiones
Esas máquinas que el abismo dispone
Algunos sacaban un papelito con una pregunta
Pero no sabían la respuesta
Era fácil
Y además estaba escrita del otro lado
Soñar;

Vicio interminable y no empezado,
dicha de los reclusos
El oro de los tontos
La vedette de los viejos
La pradera azul de tus ojos
Lo perdido por no luchado no es peor que lo perdido por demasiado
Pedido como la burocracia del caparazón de la tortuga
Que no se formó de una,
Que como un querer creció con el tiempo
Como crece
La oscura trama de la noche bajo mis párpados
En el templo de los sueños
En el baile nocturno de las neuronas muertas
Que también sueñan

En revivir
En pasarse de las rayas ausentes
De mi entrecejo aplanado
Esa llanura o cielo que les regalo por las noches;
Porque en los sueños nunca hizo falta esforzarse
Para entender nada
Y las arrugas olvidan la piel
Y todo es permeable, transparente;
Contado sin ser.

Noble cielo chispeante. Ojalá se hubieran conocido antes.

Por Adrián Gastón Fares.