Seré nada. Capítulo 40. Nueva novela.

40.

Llegó a la esquina de Marco Avellaneda y dobló para encarar hacia la avenida. Pero se detuvo en seco.

Encima del capó de la camioneta de soda estaba la chica erguida, recibiendo el sol con el pelo lacio y castaño cayendo en la recta espalda. La campera de cuero estaba en el suelo. Tenía calzas oscuras y una remera a tono. Igual que Gema, justo en la vereda opuesta de esa manzana, cuando recién habían llegado. Fanny, la hija de Gema. Otra no podía ser.

Se acercó un poco más para observar la cara de la chica y notó que estaba llorando. Le tocó un tobillo y la chica despegó los labios de un costado, le mostró los apretados dientes y pegó un gruñido.

Fanny reconoció a Ersatz y sus facciones se alisaron. Se sentó en el capó, ocultando su cabeza entre las manos.

—¿Qué te hicieron? ¿Dónde están todos?

Del pecho de la chica salía un ronroneo creciente. Fanny no dejaba que Ersatz le viera la cara. Irguió su espalda y comenzó a escribir en el celular.

Luego, sin mirarlo, le mostró la pantalla. Ersatz hizo esfuerzo para leer, había demasiada luz.

Se llevaron a mi madre. Es mi culpa. Nunca tendría que haber aceptado nada de ellos.

Ersatz estaba sorprendido. Fanny escribía bien y de corrido a diferencia de los otros.

—¿Por qué decís que fue tu culpa?

Primero, les conté todo lo que investigó Roger sobre nosotros. Todo… Incluso les avisé que ustedes llegaron y cuando vi que Roger finalmente había…

Fanny volvió a esconder la cabeza entre sus manos. Ersatz posó su mano sobre el hombro de la adolescente, que ahora parecía ronronear como un gato aletargado. Volvió a escribir. Le dejó ver la pantalla.

También.

Sin levantar la cabeza, Fanny hizo una seña hacia la avenida y otra hacia el barrio que había detrás.

Quería unirlos.

Madre no quería saber nada.

Ersatz no sabía qué decir.

—No es fácil entenderse a veces con la familia, Fanny —dijo.

La chica afirmó con la cabeza.

A Ersatz se le había ocurrido una idea, pero no sabía cómo pedírselo. Le apoyó la mano en la arqueada espalda.

—¿No sería bueno que… te alimentes un poco? Me siento mal, muy mal, Fanny. Necesito fuerzas para… —tragó saliva—, para arreglar las cosas. Tienen a mi amiga también… ¿Es mucho pedir? —La chica seguía sin mirarlo, pero le pareció escuchar un gruñido—. A vos también te puede venir bien…

Fanny no parecía estar interesada en lo que le proponía.

Estará satisfecha, pensó Ersatz.

De pronto, Fanny levantó la cabeza y clavó la mirada a lo lejos. Se irguió sin mover la mirada de lugar.

—¡Ersatz! —resonó por la cuadra.

Silvina había doblado en la esquina y avanzaba hacia él.

Ersatz empezó a caminar rápido hacia ella.

De pronto, algo pesado cayó sobre sus hombros y lo arrojó al suelo.

Ersatz no sintió el pinchazo en el cuello. Pero, mientras seguía mirando hacia Silvina desde el suelo, por un momento no recordó qué había pasado antes.

¿Quiénes eran los que habían doblado en la esquina y caminaban rápido detrás de Silvina?

¿Manuel estaría ya en el café?, se preguntó.

¿Qué barrio extraño habían elegido para esta reunión? Parecido a…

Fueron unos segundos que limpiaron los residuos traumáticos recientes que tenía en su mente.

Mientras tenía a Fanny encima, succionando, alimentándose, frente a él se extendió un campo verde que fue reemplazando al cemento. Uno de los sauces parecía ser el árbol más bello que había visto en el mundo, el lugar ideal para tirarse a dormir una siesta reparadora.

Y de repente, se vio, como si ya hubiera sucedido, despertándose debajo de las ramas del árbol, el sol doraba las hojas, hasta oía claramente chirriar a los gorriones. Iba a levantarse para ver qué ave extraña era la que ululaba en ese árbol cuando volvió a dormirse por un momento y al abrir los ojos vio a Silvina.

Supo que estaba en peligro.

Detrás de ella, tres hombres se habían desperdigado.

Un gigante parecía abrir su boca deforme mientras estiraba los brazos largos como si con ellos quisiera embolsar todo lo que tenía adelante. El chico asiático se había adelantado al gigante y estaba trepado a una camioneta vieja para otear el horizonte. El tipo de barba, en la vereda opuesta, corría directamente hacia él.

Fanny dejó a Ersatz y rodó por la calle hacia el cordón de la vereda. Le señaló con el dedo índice hacia el de barba que había superado a Silvina, mientras ahora el chico asiático le cortaba el paso a su amiga.

El gigante que venía por el medio de la calle se desvió para encaminarse hacia Fanny.

Ersatz no sintió miedo. En vez de escapar del barbudo que se dirigía corriendo hacia él, empezó a caminar hacia su encuentro. Pronto estuvo otra vez en el suelo.

El de barba le había pegado una patada en el pecho que lo hizo volar hacia atrás. Luego, seguro de que ya había abatido a su presa, lo tomó de la capucha del buzo y empezó a arrastrarlo.

Ersatz, que no había sentido dolor con la patada, dejó que el barbudo lo arrastrara.

Cuando lo soltó miró hacia un costado y vio que el adolescente asiático tenía a Silvina con los brazos cruzados en la espalda y con la mano libre la sujetaba del cuello.

Fanny había dejado la vereda y avanzaba, decidida, en dirección a Lungo.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Sobre el autor: Adrián Gastón Fares creció en Lanús, Buenos Aires. Es Diseñador de Imagen y Sonido, Universidad de Buenos Aires. Autor de las novelas Intransparente, El nombre del pueblo, Suerte al zombi y el libro de cuentos de terror Los tendederos. Seré nada es su cuarta novela. En literatura fue seleccionado en el Centro Cultural Rojas por su relato El sabañón. Mr. Time, Gualicho, Las órdenes son algunos de sus proyectos cinematográficos premiados y seleccionados, así como el documental musical Mundo tributo, también estrenado en televisión y en festivales de cine. Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición desde la infancia. Actualmente usa audífonos para escuchar. El descubrimiento y posterior diagnóstico de su pérdida auditiva recién en su juventud-adultez fue un proceso que marcó su manera de ver el mundo e influyó en su identidad. Pero, afortunadamente, no le quitó las ganas de crear y pensar mundos posibles e imposibles a través de las palabras y las imágenes. Más información sobre su actividad cinematográfica: http://www.corsofilms.com/press Contacto: adrianfaresblog@gmail.com

Seré nada. Capítulo 39. Nueva novela.

Capítulo 39. ¿Una mítica comunidad sorda? Nuevos monstruos. ¿Vampiros? Extrañas identidades… Todo eso y mucho más. Acción, terror, misterio, aventura y drama en Seré nada… Leyendo Seré Nada. Nueva novela.

39.

No podía recordar los días que siguieron a la masacre de Ramoncito. Ni siquiera eran días neblinosos, no veía nada, no había imágenes ni menos sonidos de los que aferrarse en ninguna parte de su cerebro de los días posteriores a los asesinatos de sus queridos compañeros de colegio. En la penumbra, se asomó a la fosa séptica pero sólo llegó a ver agua parda y escombros ennegrecidos. No veía el fondo. ¿Qué le estaba haciendo la imaginación? Estaba seguro de haberlo visto a Ramoncito. ¿Qué lo sacara de ahí? No había nadie ahí abajo.

Sin embargo, seguía oliendo ese aroma herbáceo por encima de la baranda a podrido.

Subió las escaleras exteriores sin animarse a entrar a la casa y miró por encima de la pared de la terraza para asegurarse de que estaba vacía. Luego, en cuatro patas, caminó hasta el enrejado para mirar hacia la calle. No se veía a nadie. Las luces del alumbrado resplandecían más que nunca. Gracias a eso había visto algo en el jardín de la casa de sus padres. Pero no le gustaban esas luces potentes. Las calles parecían el patio de una cárcel.

Bajó las escaleras y entró cautelosamente a cada habitación de su casa para cerciorarse de que ninguna persona extraña lo estuviera esperando.

Al fin, más tranquilo, en la calle vacía, sacó su celular del bolsillo del jean para llamar a Silvina. Se había mojado con el agua apestosa del pozo y no funcionaba. Se maldijo porque no se lo había quitado por la noche al acostarse.

Volvió a subir a la casa y dejó su celular sobre el mármol del lavabo. Se miró al espejo. Su cara no estaba tan sucia como el resto de su cuerpo. El jean era de color pardo. No podía distinguir qué era mierda y qué era barro. Pero el olor era nauseabundo.

Así y todo, volvió a salir y subió las escaleras de Gema. No encontró a nadie. Luego probó en el almacén de la esquina. La persiana metálica había sido forzada. Se arrastró por debajo y vio por la luz que entraba por la ventana que el almacén tenía frascos de caramelos empañados de mugre, una balanza rojiza y una máquina de cortar fiambre oxidada.

Cruzó el mostrador y se metió a una habitación grisácea donde había un colchón tirado. En el colchón había una mancha de sangre y otra de color violáceo. Salió a un patio pequeño, con la boca de una parrilla repleta de ruedas de bicicletas, y subió por unas escaleras.

Recordó que el hombre de polar negro era el primer serenado que habían visto.

Desde la terracita del almacén trató de adivinar cuál podía ser la casa de la mujer de rodete. Debía ser la que estaba a la mitad de la otra calle, la que tenía un tanque de agua azul.

Dejó el almacén y caminó rápido hasta ahí. Era una casa alta con paredes de cemento a la vista y dos ventanas con persianas blancas cerradas. Empujó la puerta de entrada.

Fue prendiendo las luces.

Las habitaciones de la casa no tenían calidez. Le hacían recordar a su departamento. No había fotografías de nadie colgando de las paredes, ni debajo de los vidrios de las mesas de madera. Había humedad en todos los cielos rasos, la pintura estaba descascarada y mohosa.

Sobre el mueble de la cocina había una tabla de madera grande y un cuchillo. Sobre uno de los hornillos de la cocina reposaba una cacerola grande. Todo estaba limpio. Palpó el filo del cuchillo. No estaba afilado. La punta roma.

De ahí subió por una escalera caracol al primer piso. El vestíbulo estaba vacío. Sólo había una alfombra azul enrollada. Entró al dormitorio, que no tenía camas. Había un colchón tirado en el suelo. En el segundo dormitorio, más grande, sólo había una escalera de metal apoyada en un agujero que había en el techo. El piso de cemento alrededor de la escalera estaba hundido y cubierto de lodo.

Subió la escalera y se apoyó con una mano en el cemento para cruzar las piernas por afuera del techo. Ya sentado en el techo vio que a dos metros estaba el bordillo de la medianera más cercana y del otro lado estaba el tanque azul.

Se incorporó y caminó hasta el bordillo que daba a la calle y observó desde ahí el cielo oscuro. Había algunas estrellas.

¿Dónde sería la casa de los gemelos? ¿Enfrente? ¿La que tenía un jardín delantero con un matorral alto? No iba a aventurarse a esa. Estaba claro que habían irrumpido en el almacén, se los habían llevado a todos. Y a Silvina también.

Volvió y subió hasta el vestíbulo de la casa en la que había nacido con los hombros caídos. No aguantaba más la ropa mojada, y menos con esos grumos pardos, así que se bañó con el agua legamosa que salía de la ducha. Luego se puso un buzo con capucha que encontró en un ropero, estampado con la tapa de un disco de Soundgarden, Badmotorfinger, una sierra circular, y se calzó un jean de color gris, una adquisición algo más reciente según recordaba, que le iba algo grande, porque era más delgado ahora que antes. Otra no le quedaba.

Silvina se reiría de él. Pero quién sabía si Silvina aún podía reír, ver, oír, sentir, quién sabría qué había sido de ella.

En la mente de Ersatz, de pronto, había imágenes de túnicas blancas de monjas teñidas de sangre y de cuerpos de adolescentes muertos.

Su cerebro era una pantalla en la que proyectaban imágenes terribles. Personas descerebradas otra vez empujaban su alma a la oscuridad, pero no a la oscuridad del negro azabache con la que habían pintado las paredes los serenados, ahora entendía, para atraer mejor la energía del sol, sino a una oscuridad rebajada por el cegador brillo de la violencia.

Por un momento, cuando se sentó en el sillón marrón donde días atrás se había sentado con Manuel, la cara se le desarmó, dispuesto para largarse a llorar.  Así que apretó los labios. Y esa pared que había construido entre la realidad del pasado volvió a erguirse. Se sentía muy cansado.

Sabía lo que le vendría bien y tampoco podía obtenerlo: ese veneno que los serenados dejaban en un intercambio con su presa era la felicidad en la sangre, y la felicidad, la dicha, daba tanta energía como el odio. El único problema era que era muy difícil encontrar motivos externos para sentir felicidad, en cambio era fácil e inevitable en la vida encontrarse con situaciones que producían tristeza, odio, rencor.

Los que estuvieran en contra de sus nuevos vecinos no habían entendido su naturaleza. Se esforzaban por no lastimar a nadie, levantaban sus cabezas para alimentarse de la energía del sol, pero cuando no la tenían, y no les quedaba otra, el instinto y la necesidad los llevaban a alimentarse de una manera que les provocaba más dolor a ellos que a la supuesta presa.

No podía dejarlos en manos de esos fanáticos. No era sólo Silvina la que lo preocupaba. Tenía que moverse. Dejó la casa, empujado por una necesidad urgente de actuar.

Afuera, las luces del alumbrado público se habían apagado. En lo alto, el resplandor del sol doraba la pared de la fábrica.

Debía llegar cuanto antes al colegio.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Sobre el autor.

Adrián Gastón Fares creció en Lanús, Buenos Aires. Es diseñador de imagen y sonido de la Universidad de Buenos Aires. Autor de las novelas Intransparente, El nombre del pueblo, Suerte al zombi y el libro de cuentos de terror Los tendederos. Seré nada es su cuarta novela. En literatura fue seleccionado en el Centro Cultural Rojas por su relato El sabañón. Mr. Time, Gualicho, Las órdenes son algunos de sus proyectos cinematográficos premiados y seleccionados, así como el documental musical Mundo tributo, también estrenado en televisión y en festivales de cine. Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición desde la infancia. Actualmente usa audífonos para escuchar. El descubrimiento y posterior diagnóstico de su pérdida auditiva recién en su juventud-adultez fue un proceso que marcó su manera de ver el mundo e influyó en su identidad. Pero, afortunadamente, no le quitó las ganas de crear y pensar mundos posibles e imposibles a través de las palabras y las imágenes. Más información sobre su actividad cinematográfica: http://www.corsofilms.com/press Contacto: adrianfaresblog@gmail.com

Seré nada. Capítulo 38. Nueva novela.

Seré nada. Capítulo 38. Audio. ¿De qué trata Seré nada? Es la historia de tres personas sordas que buscan una mítica comunidad sorda en el gran Buenos Aires. Dan con una comunidad silente, pero ¿qué son?

38.

Dentro del colegio, el chico asiático bajó corriendo por las escaleras con el tipo barbudo, que era su profesor de Taekwondo.

Detrás, algo rezagado, luego de que Evelyn le administrara un neuroléptico que lo ponía bastante violento, Lungo los seguía con los brazos bien separados del cuerpo y las manos como garras, interpretando el papel de monstruo de las películas clásicas de terror que miraba con el adolescente asiático. Salieron a la calle y apuntaron hacia la casa de los padres de Ersatz.

En el patio grande y techado del colegio, Evelyn barría frenéticamente el suelo con el escobillón. El rechoncho, repantigado en la silla plástica, se chupaba los dedos. Acababa de dejar un plato hondo con los restos de un pomelo cortado en dos, que se había comido de postre con una cuchara.

—Te dije que de infiltrada esa pendeja no servía —comentó Evelyn.

—Fue idea de tu amiguito —Osvaldo señaló hacia la base del escenario—. Y tengo que admitir que Fanny nos consiguió lo que queríamos… Sin Roger… Más débiles… El mejor momento para pasar la red.

Osvaldo miraba su reloj.

—A las seis arrancamos, hayan vuelto los demás o no… Lo más probable es que esté en la ciudad haciéndosela frente a la computadora… Es un pelotudo… La otra, igual. —Osvaldo suspiró—. Se piensan que acá van a recuperar algo que perdieron no sé dónde… No saben que recuperar algo lleva mucho tiempo y un enorme esfuerzo… —Evelyn siguió barriendo sin contestarle—. ¿El Chino probó el micrófono? La otra vez… terrible, acoplaba mucho… Voy a ver yo.

El rechoncho apoyó las dos manos sobre las rodillas, y se impulsó hacia arriba, haciendo rechinar el plástico de la silla.

Luego, resonaron sus pasos mientras subía la escalerilla del escenario. Evelyn seguía barriendo, con una sonrisa ansiosa.

Los parlantes trasmitieron el golpe que le dio el rechoncho al micrófono y enseguida se escuchó un acople molesto.

—¿Y cómo mierda se apaga esto ahora? —gritó desde el escenario Osvaldo mientras Evelyn parecía, de pronto, estar recordando un pasado muy lejano.

 —Me gustaría que estén esos dos también… Que vean lo que logramos —dijo Evelyn mientras otro sonido sibilante y una puteada la tapaban. El acople siguió sonando.

El rechoncho bajó haciendo equilibrio para no caerse y se desplazó hasta un aula. Se sentó frente a una computadora. Barrió el teclado con un dedo como un pianista inspirado para que se encendiera el monitor. No había caso. Miró el gabinete, tenía las luces prendidas. El monitor tenía un botón de encendido azul que parpadeaba.

Refunfuñó.

Posó los dos puños cerrados sobre sus piernas.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Capítulo 37. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 37.

37.

La pequeña puerta se abrió. Evelyn caminó rápido, encorvada y guardándose un manojo de llaves en el bolsillo del delantal, hasta el pupitre donde estaba Silvina, que suspiró por la nariz al verla otra vez.

Prefería escuchar a los diminutivos del enano que aguantarse a esa mujer. Con esa cara que parecía pisar una piedra en cada paso que daba, y la risa fácil, frecuente. Ahí estaba otra vez, agachada frente a ella, con esa melena lisa y corta cayendo simétricamente a los costados de la nariz redondeada en la punta.

—Vamos —le dijo—. Vos seguí con lo tuyo, Algodoncito.

El enano, con la sierra en una mano, estaba palpando con la otra el filo de una cuchilla. Asintió y empotró la cuchilla en la sierra.

 —Esperá un poco con esta que todavía no llegó nadie, seguí con los otros que la quiero bien fresca.

 —Fresquita… —Algodoncito sacudió la cabeza, como si no estuviera de acuerdo con lo que proponía Evelyn.

 —Vamos, te dije. ¡Dios mío! ¿Vas a seguir haciéndote la estúpida?

Silvina se levantó del pupitre apretando el labio inferior contra el superior hasta que se le formaron unas arrugas en el mentón. Le digirió una mirada provocadora a Evelyn, que levantó el puño en señal de amenaza.

—¡Vamos! —le gritó.

Lungo custodiaba, agachado, desde la puerta. Cruzó una mirada con Evelyn y entró, agachándose más, para ir directo hacia Silvina y tomarla de la mano. Silvina sintió esa manota áspera, como repleta de costras, y aunque Lungo la empujaba, sintió ternura por la mascota de la médica, más cuando trató de articular algo que pareció ser:

Silvi… Vamo.

Antes de que la baba se le volviera a caer a Lungo, Silvina miró por encima del hombro y lo último que vio de ese inframundo del escenario fue al enano que había descubierto a uno de los gemelos y volvía a intercambiar cuchillas en sus manos, parecía obsesionado con cuál elegir para la sierra.

Evelyn cerró la puerta con un candado y dejó encerrado a Algodoncito con Gema y el resto de los serenados.

Salieron a la luz pálida del patio grande desde el foso del escenario. Mientras Silvina desfilaba adelante de Lungo y Evelyn, la siguieron con miradas desconfiadas el barbudo y el adolescente asiático.

La vieja de la escoba estaba en el suelo con las piernas alargadas frente a ella, la espalda inclinada y las manos apoyadas a los lados, mirando sorprendida a las palomas que revoloteaban en lo alto, entre las vigas de hierro.

—Ves, quedó tonta como vos. Decí que creemos que no contagian.

Ahora, el chico asiático parecía estar tocándose algo por dentro del pantalón de gimnasia que usaba y tenía el labio inferior un poco descendido, como si lo estuviera disfrutando. Evelyn lo notó, pero no le prestó importancia.

Silvina opuso resistencia a los tirones que le daba Lungo que, como un caballo al que ella guiara en vez de lo contrario, se detuvo.

El rayo de sol que entraba por un agujero en el comienzo de la cúpula de chapa le daba en el cuello y Silvina cerró los ojos para disfrutarlo.

Lungo dio dos pasos hacia atrás al ver que Silvina se quedaba ahí y le soltó la mano. Debía tener prohibido que lo tocara el sol sin permiso. 

El de barba se acercó, por si acaso.

El hombre rechoncho estaba comiéndose un sándwich con el corto cuello estirado al máximo hacia adelante para no mancharse el pantalón de vestir blanco que llevaba a juego con el saco.

En la fila de asientos encadenados en la que estaba sentado el rechoncho, había un sombrero de copa, también blanco, con una cinta celeste al lado de un mate con bombilla y una bolsa de azúcar abierta.

—Podés seguir caminando, por favor —le ordenó el barbudo mientras se atizaba la barba para dejarla, por un momento, triangular.

Silvina miró hacia el chico asiático que movía los antebrazos y parecía seguir disfrutando de su presencia, ahora tenía las dos sospechosas manos hundidas en sus pantalones deportivos.

Evelyn aspiró y tomó impulso. Se adelantó para agarrar de la muñeca a Silvina y arrastrarla con toda su fuerza hasta el patio. Dejó a Lungo mirándola con un ojo entre los pelos caídos de la frente desde la jamba de la puerta, y volvió para cerrarla.

Silvina miró el bordillo de la pared que estaba cerca del mástil y bajó la cabeza, mientras pensaba qué hacer para alcanzarlo.

Evelyn no la dejó cavilar, en dos segundos estaba enfrente de ella. Silvina tenía el pelo dividido en dos matas grasosas y aunque su espalda continuaba erguida el cuello estaba arqueado.

—Tomá el solcito nomás en vez de la sopa. Que mucho no vas a durar tratando de imitar metabolismos que no tenés… Además, estamos justo en el afelio, ese chino pajero que viste ahí es astrónomo, aunque no lo creas. Es el momento oportuno porque hoy la Tierra va a estar más lejos del Sol que nunca en su órbita hasta el año que viene, si es que existe el año que viene, ¿no? —soltó esa risa de corto aliento irritante y agregó—: Pero eso enseñamos ALLÁ. —Se volteó para señalar al colegio—, y no ACÁ. Y allá están nuestros compañeros, acá estás vos… ¿Y sabés qué? Los pingos se ven en la cancha…  A ver cuánto tiempo sobrevivís. Después de todo a Don-Genio-de-la-Antropología no le fue tan bien… —Esta vez se tapó la boca para reírse. La sobrepasó a Silvina, caminó hasta la puerta y la abrió—: Vía.

Silvina giró la cabeza para mirar hacia el costado de la puerta, donde Evelyn señalaba con el brazo estirado hacia la calle, mientras repetía el pedido de que saliera cuanto antes.

Silvina avanzó con una cara de loca más fingida que real. Dio un paso afuera y siguió caminando lentamente, bajo la luz del día, hacia la mitad de la calle, como si estuviera buscando en el pavimento los tornillos que parecían faltar en su cabeza.

¿Qué se trae entre manos?, se preguntaba mientras resonó el portazo que dio Evelyn.

Silvina empezó a caminar por el medio de la calle hacia la casa de los padres de Ersatz. Con el rabillo del ojo vio que una de las persianas del colegio estaba subida y que el adolescente asiático la miraba por la ventana.

En cuanto dejó atrás el colegio, levantó la cabeza y apuró los pasos. Esperaba no perderse.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares. 2021.

Seré nada. Capítulo 36. Nueva novela de terror.

Seré nada. Capítulo 36. Recapitulando un poco. Luego de dos epidemias, en 2023, Ersatz, Silvina y Manuel, que comparten una amistad creada en un foro virtual sobre la sordera que padecen, viajan desde capital al sur del Gran Buenos Aires en busca de una colonia de sordos señalada en un blog: Serenade, se llamaría la colonia. Luego del complicado viaje a pie, en Lanús descubren que están en medio de una colonia de personas silentes. ¿Pero son personas sordas? Mientras tratan de dilucidar qué son, desde la oscuridad de las calles surgen personas que están acechando a los nuevos y extraños vecinos. Son los “nacionalestes”, eugenistas que defienden la sangre argentina. Desde el corazón de un colegio, los “nacionalestes” no sólo se preguntan qué serán también estos seres con la boca pegada, a los que les cuesta muchísimo extraer los dientes para alimentarse en las temporadas de lluvia, sino que pasaron a la acción y armaron un programa para intervenir a los serenados y tajearles las bocas para integrarlos a la sociedad. Luego de una emboscada, Silvina quedó atrapada debajo del escenario del colegio junto con los demás serenados, que están listos para ser operados e “integrados” por Algodoncito, un médico enano. A su vez, Ersatz pasó la noche en un pozo ciego, donde se le apareció el fantasma de Ramoncito, un compañero que sufrió bullying y que hizo una matanza en el colegio, antes de quitarse la vida. Ramoncito le pide que lo saque de ese agujero. Fanny, que es mitad serenada, porque es hija de un cura y Gema, la cabeza de esta colonia obsesionada con las terrazas y el sol, parece ser una informante del grupo de la avenida y, dadas las circunstancias, debe tomar una decisión.

36.

Aunque Silvina no lo imaginaba, ni podía escucharlo, detrás de la pequeña puerta que daba a la parte inferior del escenario, también iban en aumento los quejidos.

Fanny, la chica de ojos claros y campera de cuero, escribía rápido en su celular.

Madre. NO.

Había escrito en la pantalla para mostrárselo a Evelyn.

La señora que estaba barriendo ahora la apuntaba con la escoba. Fanny estaba contra la pared, asustada. Por su edad, todavía no se sentía débil.

 —Mirá vos. ¿Estás segura de que eran tres nada más? —la apuró Evelyn.

Fanny asintió con la cabeza. Evelyn la miró, consternada. Luego miró la pantalla.

—¿Desde cuándo te preocupas por esa bestia? ¿Así nos pagás la oportunidad que te dimos? Debería tirarte este aparato —dijo pasándole el celular—, a ver si al fin lográs despegar esa boca.

Fanny podía separar sólo de un lado de la boca las comisuras de sus labios. De ese lado, se veían dientes amontonados. Del otro lado tenía los labios pegados como los demás serenados.

—Buena actriz resultaste, pero mala persona —continuaba Evelyn—. ¿Querés ir con Algodoncito también? Total, ya hiciste la tarea.

Una lágrima se desprendió del ojo, justo arriba del lado abierto de la boca de Fanny, y se deslizó hasta la comisura del labio superior donde quedó clavada en esa mueca desagradable que estaba mostrándole a la señora canosa, al hombre de barba y a Lungo, que la cercaban en un semicírculo.

—Mi amor… Por favor, Fanny. Podemos tener más paciencia… —dijo Evelyn.

El quejido que salía del pecho y de la parte abierta de la boca de Fanny rebotó contra el techo de lata. El eco hizo que casi todos giraran las cabezas.

La señora, encorvada, con el pelo cano atado atrás y una papada desagradable que le tapaba el cuello, seguía apuntándole con la escoba.

Fanny soltó un gemido. Sonó tan alto que todos se taparon las orejas con las manos y alejaron sus miradas de ella.

Cuando levantaron la cabeza, Fanny estaba prendida del cuello de la vieja, que trataba de sacársela de encima.

La vieja, sin poder mirar hacia donde iba, avanzaba hacia el patio exterior. Lungo se acercó desde atrás, pero Fanny desclavó el colmillo que le había clavado en el cuello a la vieja y saltó por delante de ella, para seguir corriendo hacia la puerta que daba al otro patio.

De ahí se trepó al mástil de la bandera, el metal brillante dorado por la luz del amanecer, y cuando estaba por la mitad, como si fuera un mono, saltó por encima de la pared baja hacia la calle.

Cuando el hombre de barba y Lungo lograron llegar a la puerta, abrirla y salir afuera, no había ningún rastro de Fanny en esa calle.

Ya había amanecido y las luces del alumbrado se habían apagado.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Enlace al Índice para leer novela de terror Seré nada (se actualizará diariamente hasta el final de la novela)

https://adriangastonfares.com/sere-nada-serenade-nueva-novela-2021/

Seré nada. Capítulo 35. Nueva novela.

Capítulo 35. ¿Una mítica comunidad sorda? Nuevos monstruos. ¿Vampiros? Extrañas identidades… Todo eso y mucho más. Acción, terror, misterio, aventura y drama en Seré nada… Leyendo Seré Nada. Nueva novela.

35.

El aula, y otras del colegio de tres plantas, daba directamente a un patio de deportes y recreo que tenía una cúpula, muy alta, de chapa. El techo tenía muchos agujeros por donde no se filtraba ninguna luz. Silvina volvió a llevarse la mano al bolsillo como si tuviera el celular y pudiera ver la hora. Cierto, no lo tenía. Parecía de noche.

Cruzó cerca de una de las columnas que separaban el pasillo del patio, custodiada por Lungo, que cada tanto le daba un empujón.

Miró las lámparas amarillentas que iluminaban las puertas de los baños del colegio. Lungo la hizo girar. Vio el escenario, en el vértice del patio. Arriba había un micrófono en su soporte.

En lo alto de las paredes había algunas bocinas blancas que debían usar en ese colegio para el rezo, para anuncios y para pasar el himno nacional.

A sus espaldas había pupitres donde estaban sentadas personas que creyó nunca haber visto. Giró para ver las caras.

Eran el barbudo y el chico asiático que la miraban con fijeza.

Más atrás, una vieja barría con un escobillón las hojas amarillentas de los árboles que parecían colarse cada tanto por una puerta grande, que daba a un patio exterior. Silvina pudo ver un pedazo del cielo oscuro, iluminado por las luces del alumbrado. Luego sintió que la empujaban. No querían que mirara.

Adelante había una fila de sillas de plástico blancas.

En el escenario había un telón ennegrecido, que había sido bordó alguna vez, y parecía pesado por la mugre que tenía. En la parte superior del telón habían acordonado una cinta celeste y blanca, de lado a lado, con unas palomas de cartón enmohecido en cada punta.

Debajo del escenario, sobre el semicírculo de la base, había una abertura con una pequeña puerta que estaba abierta.

Lungo la empujó hasta ahí. La hizo agachar para que entrara. Luego cerró la puerta.

Dentro de ese semicírculo iluminado con mesas bajas y veladores sin pantalla, con cegadoras lámparas frías, blancas, Silvina vio que había varias camillas bajas con cuerpos encima.

Los cuerpos estaban tapados con sábanas blancas, como si fueran cadáveres. Silvina levantó la cabeza y se la golpeó con el techo.

—Vení —gritó una voz alegre.

Giró la cabeza y recorrió con la mirada tratando de descubrir de donde venía la voz.

—Sentate ahí —volvió a escuchar la potente voz.

Bajó la mirada. Vio a la persona que le hablaba.

Era un enano. Con una bata de médico celeste con algunos salpicones de sangre le señalaba un pupitre que había entre las mesas pequeñas con lámparas.

En la pared larga estaban colgados cuchillos, sierras, un martillo y otros tipos de instrumentos cortantes.

El enano era morocho y tenía labios carnosos y una boca con dientes sobresalientes y desparejos.

Silvina caminó, con la espalda doblada, y se sentó donde el enano le había señalado. Ese tétrico banco de colegio que parecía un ataúd para Silvina.

—¿Cómo te llamás?

Silvina no contestó.

El enano se acercó a una de las camillas y levantó la sábana, doblándola con cuidado, como si estuviera haciendo la cama.

 —¿La conocés?

Era la mujer de rodete. Tenía los ojos abiertos, estaba muy flaca, con las venas sobresalientes en el cuello, y Silvina notó que tenía los pies atados.

 —Ves que tranquilitos que son con nosotros.  —El enano se pasó el dorso de la mano por la frente, como si estuviera agotado—. Estuvimos esperando todo el veranito para esto.

Parece ser que, como a algunos degenerados, le gusta hablar con diminutivos, pensó Silvina, que no sacaba los ojos de la boca del enano.

 —El solcito no se iba… Pasaban los días y seguía ahí arriba. —El enano movió la cabeza—. No era… práctico en ese momento. Pero ahora sí. Lo que les sacaron a ustedes no les sirvió. Necesitan más, siempre más…

Se escuchaba un ronroneo que parecía venir de uno de los cuerpos tapados. Silvina, oía bien los sonidos graves, ya sabía lo que significaba ese sonido.

 —La valentía…

El enano se tambaleó dando pasos rápidos con sus piernas cortas de un lado para el otro hasta la cabeza de la camilla de donde venía el soterrado gemido. Esta vez corrió la sábana como si fuera un mago que estuviera mostrando su mejor truco.

 —Un valiente. Silvinita…, ¿no?

El pelo rapado a los costados… El que estaba acostado en esa camilla era el serenado de polar negro.

A pesar de que el enano parecía haberle tajado la boca sólo con ese cuchillo que tenía en el bolsillo del delantal, el serenado protestaba de la única manera que sabía hacerlo, con gruñidos, sin abrir la boca, primero, pero cuando movió los ojos y vio a la mujer de rodete acostada, preparada para otra intervención como la que le habían hecho a él, separó los pliegues de los labios recién cosidos, y formó una O con la boca por la que se escapó un quejido. El enano miró a Silvina y le guiñó un ojo.

—El susanito ese que te trajo no quedó tan mal, ¿no? —El enano señalaba la puerta—. Después de sacarles los puntos parecen labios como de personas normales… —Movió la cabeza—. Pensar que cuando llegamos encontramos muertos por todos lados. Algunos ni estaban muertos, los tenían, así como están ellos ahora para succionarles la sangre de a poquito. No se quejaban ni nada, porque tienen ese venenito que es tan efectivo, ¿no?

Sacó el cuchillo y señaló una tarima donde había varios frascos con un líquido violeta pálido. Entre los frascos había algunas jeringas.

—Imaginate que estos estaban fuertes como bestias y se escaparon. Sólo al susanito pudimos agarrar… Es el más grandote, pero es dócil. —Elevó la voz cuando notó que Silvina fruncía el ceño para escucharlo—. La otra apareció solita después, qué sorpresa, a pedir… Ni loco, soy una persona entera, no iba a hacerle eso a una pendeja… Ya vi sufrir demasiado… ¡Trastorno de estrés postraumático! ¡Qué lindo diagnóstico! —El enano se alisó el delantal salpicado con sangre—. Algodoncito no tiene eso. Algodoncito era médico de la flamante Escuela Naval Argentina. Ya había visto sufrir antes de los ingleses…

Silvina temblaba. Estaba concentrada en apretar los labios y en no mandarlo a la mierda al enano.

 —El frío es horrible, ¿no? Pensá como era allá…  ¿Viste alguna placa conmemorativa que diga Ulises Gutiérrez?  No. —El enano movió con fuerza la cabeza—.  Al revés, si no fuera por el Tyson21 todavía estaría en una cárcel de porquería… Un chiste. Y acá me tenés, poniendo otra vez el pecho. Para qué ir a una guerra y después ver cómo esos traidores se amalgaman en el norte. Se cruzan con chilenas, con lo que sea, ¿no? —La miró y le guiñó un ojo otra vez—. Vos te quedaste. Buena actitud… Fijate… —dijo el enano mientras señalaba con la punta del cuchillo una de las orejas del serenado—. Es un diente. Mirá, donde le fue a salir.

Lo que ellos habían creído que era un arito era un diente que parecía de marfil. Era Zumo, entonces, se dijo Silvina. El enamorado de Gema, según Roger.

—¿Qué pasa, champion?  —le preguntó el enano a Zumo, que trataba con la poca fuerza que le quedaba de liberarse de las cadenas con las que lo habían aprisionado al escritorio.

El enano levantó la mano y dio un tirón. La oreja de Zumo comenzó a sangrar y algo cayó entre las piernas de Silvina. Era el colmillo. Se veían la raíz y las muescas de ese largo molar.

Al instante, Silvina se lo guardó en el bolsillo de su pantalón, sin que el enano la viera. No era que sirviera para algo, pero le pareció una profanación lo que acababa de presenciar.

 —Y después nos dicen morbosos a nosotros… Mirá, cómo es este. Porque todos son distintos parece.

El enano movió las dos manos y dejó plegado hacia arriba el labio superior de la boca de Zumo. Descubrió una hilera de dientes muy chicos, como de leche, sin desarrollar y cuando siguió corriendo la piel hasta llegar casi a la nariz un pedazo de hueso reluciente dividía la encía superior del serenado en dos. Al descubrirlo, el no tener nada que lo retenga, el diente que tenía de pared la carne, mientras el quejido del cuerpo al que pertenecía crecía, fue despegándose para apuntar hacia el techo del lugar.

 —Hasta la maestrita integradora se asustó con esto, eh. No hay mucha integración cuando te encontrás con estos tipos así, le dije. —Miró a Silvina, estudiando su reacción—. Te digo porque acá el único doctor soy yo. La bata no se mancha, ¿no? La medicina mezclada con psicología barata a mí nunca me gustó.

El colmillo no era curvo como el que colgaba de la oreja. Era un diente más afilado. La frente del serenado se desfrunció. El diente se flexionó por un momento. Luego el rostro de Zumo se tensó y el diente quedó firme otra vez.

—Linda espadita, ¿qué opinas? —El enano hizo un círculo con el dedo pulgar y el índice y le dio un puntazo al diente, que se bamboleó. —Flexible. Si ellos fueran así sería otra historia… Otra historia…

Metió la mano en un bolsillo de un delantal, sacó una pequeña tenaza y empezó a tirar de la punta del colmillo.

La piel de la encía era tan elástica que el enano tuvo que retroceder varios pasos hasta que logró arrancarle el colmillo. Zumo hizo tanta fuerza, abriendo de par en par los ojos y moviendo el torso aprisionado, que dejó de gruñir y clavó los ojos en el techo bajo.

—Este es para mí.

El enano le dio la espalda y caminó hacia la repisa con los frascos, donde depositó el colmillo en una gasa, que no sólo absorbió la sangre roja si no también un líquido azulado que tenía en la raíz.

Silvina miró al serenado cuya boca abierta se estaba llenando del líquido violáceo que escupía como una manguera el agujero que había dejado el diente. Al instante, Zumo comenzó a convulsionar.

—Eso se llama un poco del propio veneno, ¿no?

El serenado dejó de moverse.

 —Seguimos calladita. Qué mal. Falta de respeto… A Algodoncito le gusta hablar solito dirían…

Ese sobrenombre ridículo, con razón estaba tan resentido, pensó Silvina. Estaba pensando cómo ponerlo en contra de Evelyn, a la que Algodoncito no parecía estimar mucho.

Algodoncito destapó a la que tenía más cerca.

Era Gema. El gruñido pareció elevarse y juntarse con el de la mujer de rodete y con los otros de los dos cuerpos que seguían tapados.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Capítulo 34. Nueva novela.

Seré nada. Capítulo 34. ¿Una mítica comunidad sorda? Nuevos monstruos. ¿Vampiros? Extrañas identidades. Todo eso y mucho más. Acción, terror, misterio, aventura y drama en Seré nada.

34.

Silvina abrió los ojos y vio todo negro. Pensó que se había quedado ciega. Lo que faltaba, se dijo. Descubrió lo que estaba mirando. Era una pizarra. No tenía nada escrito. Giró su cuerpo y vio varios pupitres amontonados en un vértice del aula en la que estaba. Los pies le colgaban del escritorio.

Otra vez en ese sueño donde volvía a la secundaria, pensó. ¿Dónde estaba el chico que le gustaba? Tendría que volver a verlo para después despertarse aletargada.

Cuando había terminado el encierro de la primera epidemia había quedado por días así, aletargada, sin fuerzas, durmiendo de más, soñando mucho que volvía a ser una adolescente.

Parpadeó y se quedó dormida por un tiempo más. Luego volvió a abrir los ojos. Lo negro. El pizarrón.

Descendió del escritorio. Caminó dando vueltas por la habitación. Se acercó a una de las ventanas. Las persianas estaban bajas. Había una lámpara colgando que la dejó reflejarse en los cristales. Vio las marcas alrededor de su boca y se dio cuenta de que en los sueños de volver al colegio no estaba. En esos se sentía adulta y se veía adolescente. Ahora, estaba en la pesadilla real en la que se había desmayado porque una médica loca le había dado una pastilla.

Caminó hasta la puerta e intentó abrirla, pero no pudo. Pensó que era la pastilla que la había debilitado, pero después de dar unas vueltas alrededor del escritorio y volver a intentarlo, se dio cuenta de que estaba cerrada con llave. Buscó el celular en su bolsillo. Se lo habían quitado. Luego recordó que ni eso, se lo había olvidado cuando salió disparada del dormitorio en la casa de Ersatz.

Se sentó en el suelo y empezó a sollozar. Se llevó las manos a las orejas. No se acordaba que no tenía las prótesis auditivas. No podía escuchar nada del otro lado de la puerta.

¿Dónde estaría Er? Qué le habría pasado. Era culpa de ella. Otra culpa más que debía arrastrar como la muerte de Manuel.

Se vio entrando al café donde se reunía con Manuel y Ersatz, un día de invierno. El sol bañaba la mesa donde la esperaban sus dos amigos. Extrañaba eso. ¿Por qué siempre buscar algo nuevo, algo más?

Siempre insatisfecha. Armando líos. Por eso la había abandonado su madre. Lejos de la loca, la rara, la problemática. La que una vez se chifló en un cumpleaños de su hermanito y revoleó el ventilador. La que no aguantaba los berrinches de la criatura.

El sollozo que salía de su pecho se convirtió en un llanto. No debía hacer mucho esfuerzo para recordar que si no dejaba de llorar estaría en problemas. A veces no podía parar.

Las imágenes aparecían y golpeaban en su retina, aunque apretara los párpados. Su madre poniéndose linda para salir y ella sentada en el sillón al lado de su hermano menor. La noche de pantalla con dibujos y hastío.

Saber que su padre estaba enterrado, no muy lejos. Esa palabra horrible, melanoma.

La fotografía de su padre con dos trofeos, las truchas que había pescado en el sur.

Se vio antes, mirando un partido de fútbol y su madre señalando que el de cámara con teleobjetivo era su padre. Se vio después, su madre prohibiéndole que tomara sol en un balcón. ¿Querés terminar como tu padre?

Se vio saliendo a la calle para no volver más de la casa de uno de sus exnovios, el que solía controlarle todos los movimientos, al que ella había enamorado primero porque él no quería saber nada. Nunca había sentido culpa de dejar a ese tipo rayado. Pero ahora sí.

¿Para qué lo había seducido? Sabía que no escuchaba, como ella. Que había tenido encima de padre a un policía intransigente que lo reprendía por todo.

Sabía que ese exnovio había sentido amor por primera vez en la vida cuando ella lo abrazaba por las noches o le contaba historias por debajo de las sábanas como si fuera un niño. Ella había creado toda esa belleza para quitársela en cuanto él la amara de verdad. Y se había ido con la frente alta.

Y después el mundo se había ablandado, las cosas habían cambiado, había amigas que le hablaban de responsabilidad emocional.

Responsable ya había sido cuando tenía que cuidar a su hermano, hacerle la comida, llevarlo al baño, mientras su madre se divertía con los amigos de su padre y después volvía medio borracha.

Se vio tirándose un día de semana en el suelo del sótano de un edificio. Estirándose. Transpirando. Saludando a la luna, al sol, bajando la cabeza entre las dos palmas abiertas, como entregándolo todo, para que el universo, Dios o lo que hubiera la perdonara, para que pudiera olvidar, para que el kundalini se despertara de una buena vez.

Se vio escuchando a gente que decía que ella había quedado sorda por no superar la muerte de su padre. Bajando la cabeza también ante esas palabras.

Se vio sola en una habitación de un edificio, pensando en caminar lentamente hacia el balcón para dejarse caer para siempre. En una mano tenía la carta documento que le había enviado su madre para sacarla de su propiedad.

Se vio peleando con abogados, esperando dos horas en un sillón hasta que la atendieran, como si los exámenes nunca terminaran. Pero tenían que terminar.

Debía respirar hondo. Abombar la panza al aspirar, distenderla al exhalar. Así se fue tranquilizando, con la frente en el piso y las manos cerca de la puerta cerrada.

Buscó su imagen, la imagen a la que siempre iba y que era sagrada y que la había descubierto meditando muchos años. Era una montaña escarchada en la cima. Flotando, subió hasta que pudo ver la nieve de cerca.

Y entonces pudo volver, bajar lentamente hasta ver el valle verde y luego el pie de la montaña, y dejar que otras imágenes llegaran y pasaran.

Leía en su dormitorio con toda la tarde solitaria por delante, creyéndose que era distinta porque tenía dos aparatos en el oído. Era diferente ella como las heroínas de medias raídas que dibujaba. No tenía ningún poder, el único poder era que los otros eran iguales y ella no.

¿Por qué era que su madre le alejaba y le acercaba el palito de helado cuando era chica? ¿Para qué la hacía sufrir así?

Que se fueran todos al carajo. Su madre. Su padre que había abandonado el tratamiento médico, y nunca pensó que estaba crucificando a una familia. Sus tíos paternos desaparecieron, incluso le pidieron dinero a su madre.

Su hermano que ahora era un abogado exitoso en Misiones y que se había aferrado de sus hombros mientras ella se miraba en el espejo en el baño y pensaba qué era lo que le gustaba hacer en el mundo para no terminar como su madre en los coches de cualquiera y aceptar incluso que le pagaran el alquiler unos tipos que desaparecían en cuanto ella, Silvina, había empezado a respetarlos.

Su madre había dado con ese viejo degenerado con dinero. El viejo hasta le gustaba llevarla en su coche al colegio para mirar al saludarla por la ventanilla las polleras de las otras chicas.

Había tenido que construirse una identidad, ella sola, para luchar mejor, para sobrevivir, para aguantar que le dijeran que hablaba mal en la adolescencia, donde formaba parte del grupo de chicas con olor a sangre y transpiración porque sabían que estaban tan afuera de todo que no se bañaban todos los días como las otras, las lindas, las fulgurantes, las de pelo rubio brillante, las de risas fáciles, las que salían con los mecánicos tatuados, las que salían con los que tenían merca.

Y no le gustaban en esa época los tímidos, los que eran como ella, pero no lo eran, porque ella no era tímida, era extrovertida, no era antisocial, le gustaba estar con gente, pero los sonidos no le llegaban a sus oídos como debía y en cuanto el ruido de la habitación se hacía insoportable, que era el momento donde todos se divertían, ella tenía que salir, alejarse, encerrarse en el baño, o bajar las escaleras oscuras de ese colegio ilustre al que la habían mandado a sufrir porque su madre pensaba que era más inteligente de lo que era y encima había querido que se integrara, que a pesar de que hablaba mal, fuera, vaya la redundancia, oralizada por profesores gritones y maestras solteronas y mandonas, a las que les gustaba mostrar el culo a sus alumnos y pensaban después en cómo se debían masturbar en la casa pensando en ellas, como le había contado una vez una amiga maestra que tenía, a la que hacía años no soportaba escucharla más.

Y el remanso de empezar a frecuentar a otras personas que tenían dobles dificultades como ella, que no eran visiblemente sordas, que no eran claramente sordas, que habían tenido que levantarse solas para encontrar su propia verdad en un mundo que les decía que no siempre.

Intentar hacer algo era el problema, como cuando en la casa de su abuela intentaba cambiar un mueble de lugar y la mujer le hacía un escándalo.

No, no debías intentar hacer algo cuando descubrías que los que te rodeaban tan solo por respirar te iban a señalar y mandar a encerrarte al cuarto a estudiar.

Apareció ante ella el pie de la montaña otra vez. Alguien, una mujer joven a la que no podía ver del todo, estaba jugando con un perro lanudo.  Tenía que hacer algo, pegar un grito para que la ayudara.  Intentó hacerlo, pero era tarde. La mujer ya no estaba. Abrió los ojos.

Tenía que lanzarse contra la puerta para ver si podía escapar del colegio donde la habían encerrado esos patrioteros.

Se abrió la puerta de golpe y dio contra la pared.

Por suerte, las imágenes la habían llevado a sentarse en el escritorio en el que la habían dejado sus secuestradores. La médica entró, seguida de Lungo.

Cerró los ojos y vio la cima de la montaña, su montaña, esta vez bañada por el sol. Fue apretando cada uno de los músculos de su cuerpo, empezando por sus pies. Dejó caer la cabeza hacia adelante mientras sentía que los dientes chasqueaban dentro de su mandíbula.

—¿Qué le pasa a la nena ahora? ¿Mejor? ¿Enojada?

Evelyn la tomó del mentón para levantarle la cabeza. No lo logró. Intentó haciendo palanca con su codo y resopló cuando vio que no podía.

Silvina empezó a levantar su cabeza. Puso los ojos en blanco, como si estuviera en trance.

—¿Preocupada por tu noviecito? Ya va a aparecer.

Atrás estaba el tipo rechoncho, apoyado en el marco de la puerta como si no aguantara su propio peso.

—Dios mío, esta chica parece poseída —dijo.

Silvina empezó a gruñir, logró imitar ese gemido que quería escapar de la garganta de Gema cada vez que debía alimentarse.

—Está mal del pechito —dijo Evelyn, río y se tapó la boca. Cuando se la destapó ya estaba seria—. A ver si me la pueden curar, Osval.

—Mirá que Algodoncito no es como Evelyn, eh… Tiene otros métodos —dijo Osval.

Lungo estiró el costado de la boca derecho y el izquierdo cayó hacia la prominente nuez de la garganta. No le salían bien las sonrisas maléficas, se dijo Silvina.

A continuación, Lungo la empujó. Ella se bajó del escritorio para seguirlo. Los otros ya habían salido al pasillo gris.

por Adrián Gastón Fares

PD.

Novedades.

Seré nada sigue, ya lo saben. Ya falta poco o por lo menos falta mucho menos.

Hoy además del capítulo 34 de mi nueva novela les comparto la nota que me hicieron ayer en la Radio 1110 por el tema de cine y mi película fantástica, de terror y drama, llamada Gualicho. Pueden difundirla ya que el objetivo es que los que deben tomar decisiones en el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales Argentino, el INCAA (su presidente y vicepresidente para ser preciso) intercedan y arreglen lo que me ha ocurrido con el premio. Y pronto pueda reanudar el rodaje de mi película.

Por otro lado, creo que sirve para entender también un poco la dinámica del cine institucional en Argentina y evitar problemas o saber cómo enfrentarlos. Lo clave es que los directores y los guionistas no tenemos presencia en el Instituto de Cine.

Por eso tuve que dar tantas vueltas para que me dejaran ver el expediente de mi propio proyecto. Esto último debe sí o sí cambiar. O no habrá nuevos directores de cine, no habrá nuevos guionistas.

En Argentina los que desarrollamos un proyecto lo hacemos sin dinero y lo hacemos desde cero, invirtiendo horas y horas y trabajando desde la A la Z. El destino de un director de cine no puede depender de un sólo productor. El destino de un proyecto no puede depender de una sola persona, tampoco.

Fin del tema.

Ya se viene el capítulo 35 de Seré nada. A. G. F.

Seré nada. Capítulo 33. Nueva novela.

Seré nada. Capítulo 33. Audio narración.

33.

La agrietada tapa de la fosa séptica se había partido. Al instante, Ersatz estaba hundido hasta el cuello en un lugar de la casa de sus padres en el que nunca hubiera pensado estar.

Era la mierda de su familia, de los que habían pasado por la casa, su propia mierda, la de Silvina, la de Manuel, y el olor era tan poderoso que Ersatz, aferrándose con las dos manos de algo que parecía ser una raíz, agradeció que su cabeza estuviera por encima del agua parda.

Se sostuvo en esa posición un buen rato tratando de respirar con la menor frecuencia posible.

¿Para qué había aceptado la propuesta de Silvina de correr aventuras estrambóticas buscando una incierta colonia de sordos?

 ¿No le bastaba a Silvina con las reuniones en el café? ¿El grupo la Oreja?

 ¿Y a él no le bastaba con haber crecido sin prótesis auditivas, sin saber que escuchaba la mitad que otros? ¿No bastaba tener un pie en el mundo oyente y otro en el silencio? Ahora tenía los dos en la mierda.

No sabía si reírse, llorar, patalear seguro que no porque haría que los vapores nauseabundos atrapados por tanto tiempo en el pozo se revolvieran, liberando más partículas de mierda que subirían al encuentro de sus fosas nasales apretadas.

Tal vez había aceptado volver porque en ese barrio había crecido. En ese barrio había experimentado por primera vez lo que era ser rechazado y también aceptado en un grupo.

Se habían reído de él, le decían San Martín, por lo serio y callado, le decían Forrest Gump porque reaccionaba tarde, lo despeinaban o le decían narigón, pero a la vez siempre había uno que lo elegía a último momento para jugar. Para otros no había sido así…

Ersatz intentó mover el pie derecho, pero se le había trabado en una raíz.

Miró hacia abajo y vio dos ojos grandes, como pimientos abrasados, que, debajo del agua sucia, resplandecían. Pensó que era una rata gigante que estaba flotando en el fondo. Pero la mirada iba acompañada de un rostro con facciones apergaminadas, grisáceas, que la misma luz de los ojos descubrían. La boca de ese ser estaba contraída. Al abrirse expulsó burbujas.

Ersatz vio que tenía la pistola en una mano y con la otra se sostenía de él para evitar hundirse en el asqueroso légamo que parecía haber más abajo.

¡Ramoncito!

Siempre había estado ahí, escondido, pensó Ersatz.

Con él sí habían sido malos, sí habían sido duros y Ersatz no había podido hacer nada para que lo dejaran de llamar Pantriste.

Ersatz sintió que lo tiraban para abajo con fuerza, pero logró mantenerse aferrado a la raíz.

¿Qué querés?

No supo si lo dijo para afuera o para adentro.

Volvió a mirar hacia abajo. Nada. Agua parda. No había nadie. Pero no podía liberar el pie.

Al levantar la cabeza los ojos, ahora brillantes y de color violáceo, estaban junto a él. La boca se abrió y vomitó agua pútrida. Ersatz quedó enceguecido por el vómito. Estuvo a punto de soltarse. Luego, abrió los ojos, y los labios agrietados de Ramoncito expulsaron una palabra que en vez de salir de ellos resonó como un eco lejano.

SACAME.

Ersatz sintió que se caía y trató de agarrarse más fuerte de la raíz. Escuchó un chapoteo a su lado. Volvió a mirar al costado y el rostro pútrido había desaparecido.

A la altura de su pecho, ahora el agua ennegrecida estaba aquietada.

¿Por qué justo a él se le tenía que aparecer Ramoncito?

¿Por qué?

A él también lo habían apartado, abandonado, traicionado, discriminado, estigmatizado, minimizado, despreciado tantas veces, incluso personas a la que quería, que habían sido impiadosas con él, indiferentes, hasta en los momentos más difíciles de su vida como fue para él enfrentar en soledad el diagnóstico de su sordera, las prótesis que ahora le colgaban de las orejas y que tanto le había costado conseguir, y cuya función era escuchar, y sin que se perdiera ninguna, las descalificaciones, las palabras de desaliento, los y todo es así acá, los la gente no cambia, vos tenés que cambiar, este país es así.

¿Por qué?

Él jamás había maltratado a nadie. Ni a Ramoncito.

¿No era eso lo que lo había perdido? ¿Aceptar los audífonos? ¿No eran sus respuestas sarcásticas las que enojaron a Silvina?

¿Por qué tenía tanta bronca ahora?

¿Él no había tratado de parecerse a los otros? ¿A las personas que habían vuelto loco a su compañero de colegio? ¿No era eso lo que le reclamaba Ramoncito?

Querer acercarse a una sociedad de la que podría haber escapado si hubiera sabido desde el principio que tenía eso que todos a los que se les cuenta un diagnóstico de sordera dicen: es mejor, uno puede hacerse el tonto y hacer como que no escucha. Por las cosas que hay que escuchar.

¿Qué era ser una persona sorda, luchar y aceptar esa identidad, aceptar el certificado de discapacidad y los audífonos, si no querer parecerse a otros con los que no tenía nada que ver?

A los normoyentes, los que escuchan sin problemas, y a los que nunca escucharon.

Era resistir, era tomar lo que otros le daban para colgárselo de los oídos. ¿Y él dónde estaba?

Si no fuera porque se sostenía con las dos manos de las raíces del árbol que lo había visto crecer, en ese momento hubiera arrojado las prótesis auditivas al fondo de la ciénaga en que estaba para que quedaran allí para siempre, custodiadas por Ramoncito; las baterías intoxicando el agua de un país en el que nunca se había sentido a sus anchas, en el que nunca había sentido pertenecer a nada, y tal vez esa era una de las razones por las que había terminado en esa inhóspita comunidad de personas con las bocas pegadas como los muertos.

Después de todo, por algo había trastocado su nombre. Ersatz en vez de Ernesto. Ersatz, el reemplazo, justo. Ersatz venía del alemán, pero él no tenía nada de alemán. Descendía de italianos y de argentinos.

El resistirse a su destino, el buscar ser como los otros, lo había llevado a estar acorralado por esos eugenistas, o nacionalestes, como les decía Gema, a los que podía reconocer desde lejos porque ya los había cruzado en su vida.

El problema con ese tipo de mierda era que la saliva de la boca hiriente salpicaba, pero no hedía.

Si fuera tan fácil olfatear a los demás para reconocer qué eran como oler los excrementos que flotaban ahí abajo, si existiera ese sexto sentido que podría equipararse a lo que nos hace alejar de un sepulcro abierto porque ese aire es malsano, entonces todo sería más claro y más fácil con las personas, y con las instituciones que forman, como las familias y los países.

Mejor era hermanarse con los excrementos más simples que flotaban entre sus pies, conocerlos.

Inspiró hondo, se mareó por el tufo penetrante y agrio, pero sus pulmones se llenaron de aire, por lo que sintió la fuerza necesaria para arrastrarse afuera de ese agujero pestilente.

La raíz en que tenía el pie atrapado se rompió y logró encaramarse a las baldosas del patio.

Aunque ahora su pensamiento estaba en escapar, en no ser atrapado por los tipos esos y Evelyn, medicina, por un instante sintió que, entre las capas de olor nauseabundo, llegaba un aroma rancio, ácido, herbáceo, frutal…

Sintió que había aprendido a olfatear la baranda del resentimiento original, el único y verdadero.

Y supo que debía actuar, que debía ser duro y firme con los que lo molestaban.

Ya sobre sus rodillas, bajo el viejo olivo, miró al cielo oscuro entre las ramas que se mecían por el viento.

No había nadie que enfrentar. Se habían ido.

Tenía que encontrar a Silvina.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade Todos los derechos reservados Adrián Gastón Fares

Seré nada. Capítulo 32. Nueva novela.

Capítulo 32. ¿Una mítica comunidad sorda? Nuevos monstruos. ¿Vampiros? Extrañas identidades… Todo eso y mucho más. Acción, terror, misterio, aventura y drama en Seré nada… Leyendo Seré Nada. Nueva novela.

32.

Silvina aterrizó sobre un helecho del cantero de la casa vecina. Desde ahí, vio que la ventana que daba a ese patio estaba enrejada.

No había manera de entrar a la casa, así que corrió por el pasillo lateral largo hacia la puerta abierta, desde la que llegaba la potente luz blanca del alumbrado público.

Siguió corriendo, ahora por el medio de la calle.

Se dio vuelta y notó que la perseguía una especie de gigante muy delgado. El gigante corría de manera destartalada hacia ella.

Dobló a la izquierda en la esquina, con la idea de alejarse de la avenida porque sabía que en ese lugar era donde estaban emplazados los que la habían atacado.

Entonces se dio cuenta de que la calle estaba inundada. Se volvió para ver si todavía la estaban persiguiendo. Por suerte, había dejado de llover. Parecía que la bestia esa había desaparecido.

Caminó hasta la vereda y se escondió detrás del tronco grande de un árbol. Sacó la cabeza. La mujer de delantal blanco la señalaba desde la esquina.

Al instante, aparecieron dos ojos oscuros del otro lado del tronco que se clavaron en ella. El gigante tenía cara ojerosa, enmarcada por pelo negro, largo y encrespado. La mirada era penetrante y a la vez brutal.

Ella intentó correr para el lado de la calle, pero el gigante se interpuso en su paso y le gritó algo incomprensible. Vio varios dientes y un colmillo en esa boca deforme.

La bestia le tapó el paso, como si estuviera por atajar a una pelota frente a un invisible arco de fútbol. Silvina giró en redondo para el otro lado y chapoteó sobre el agua. Sintió que la agarraban de la mano y la arrastraban hacia la esquina donde la esperaba la de delantal blanco.

Con la cabeza hacia atrás, pudo ver que el rostro de la bestia gigante era asimétrico, de un lado la boca le colgaba, como si una herida hubiera potenciado su deformidad.

El engendro la plantó delante de la mujer, que tenía la bata mojada y sucia. Le dio un empujón.

—¿Cómo te llamas? —preguntó la mujer—. Ya que no llegaste a presentarte… —agregó.

Silvina no contestó.

—Se creen vivos, ¿no? —dijo la mujer.

El hombre rechoncho llegó a la esquina.

Dio otros pasos largos rodeando a Silvina, que primero siguió con la vista los zapatos de vestir del hombre, grandes y negros. ¿Qué hacía alguien con traje ahí?, se preguntó. Parecía una morsa con esos bigotes tupidos y entrecanos.

—¿Esta era? —Miró, dubitativo, a la mujer de bata, que asintió. Luego se dirigió a Silvina—: ¿No les bastó con lo de su amigo? Lo peor es que nos costó dos honradas vidas… Nosotros no somos así, ¿no? —Volvió a mirar a la mujer.

—Para nada… —dijo ella—. Censar es nuestro deber…

—Manchar la sangre así. Qué pena —comentó el rechoncho, sacudiendo la cabeza, mientras se secaba con un pañuelo blanco la frente.

El gigante retenía con su abrazo a Silvina, que aprovechó para escupirle los zapatos al rechoncho.

La mujer se acercó y le dio una cachetada a Silvina.

—¿Cuál es tu nombre, te pregunté?

—¿Qué? —preguntó Silvina.

La mujer se alejó dos pasos y, tratando de tranquilizarse, metió las manos en su delantal.

—¿Tienen algún vínculo sanguíneo con estos… monstruos?

—No son sanguinarios —dijo Silvina—. No entendí.

—¿Si son familiares de Gema y el resto? —dijo la mujer, suspirando—. Cierto, es sordita…

El gigante que sostenía a Silvina lanzaba aprobaciones guturales, como si quisiera vocalizar, pero le fuera imposible.

—No somos familiares —murmuró Silvina.

—Son como el fugitivo ese, entonces… Así terminó. —La mujer miró, consternada, al rechoncho y agregó—: ¿No saben lo peligroso qué es acercarse? Todavía no sabemos mucho de ellos.

Le despejó la cara a Silvina, ubicándole el pelo en las orejas. Observó el cuello, luego le levantó la remera. Hizo girar el dedo índice y el gigante alzó a Silvina y la dio vuelta, mientras la sostenía sobre los hombros. La mujer le bajó los pantalones a Silvina y le miró los muslos y las nalgas. Luego se los subió, mirando con asco hacia atrás.

—Está toda picada —le informó al rechoncho.

El gigante bajó y dio vuelta el cuerpo que sostenía para que vuelva a encarar a la mujer, que negaba con la cabeza y hundía todavía más las manos en los bolsillos de su delantal.

—Un compañero nuestro, gran psicólogo argentino, murió por culpa de la sangre que le sacaron esos muditos —dijo el rechoncho.

—¿Dónde está tu novio? —La mujer se acercó a Silvina que trataba de sostener la frente alta.

—¡¿Qué?! —dijo Silvina.

La de delantal resopló y miró al rechoncho con expresión de hastío. Repitió a los gritos lo que había preguntado.

—No es mi novio y no sé. Nos íbamos, pero está todo inundado. —Silvina miró hacia atrás—. ¿Me podés soltar?

La mujer abrió la boca al dirigirse a Silvina.

—Así… Abrí la boquita por favor.

—¡Otra vez! —gritó Silvina.

Silvina trató de soltarse, algo que con los brazos como tenazas del gigante que la retenía era imposible.

El rechoncho puso las manos en la cintura. Giró la cabeza para mirar hacia atrás. Habían llegado dos más: uno era el adolescente asiático y el otro el hombre delgado con barba. El último negaba con la cabeza. El rechoncho suspiró. Les hizo una seña con la mirada. Los otros dos volvieron sobre sus pasos y se quedaron en la esquina, mirando hacia la casa de Ersatz.

La de delantal se cruzó de brazos y gritó:

—¿Sabés lo que es llegar a un lugar y encontrar cadáveres desnudos por todos lados? De profesores que pusieron su empeño en enseñar. De monjas sacrificadas… Los dejaron como escarbadientes usados, nena. No soy particularmente religiosa pero esas cosas duelen. Más cuando una era tu ex profesora de dibujo. —Las mejillas de la mujer se enrojecieron.

—Entendé, la doctora Evelyn no es una privilegiada de la ciudad como ustedes. Podría haber elegido trabajar en el norte y sin embargo decidió defender el barrio. Y eso que antes estudió con la prestigiosa maestra integradora Coverland.

—Riannon Co-ve-land, Osval —corrigió la tal Evelyn y agregó—: Dios la guarde en su gloria.

Silvina había entendido bien. ¿Esa loca con Riannon? No lo podía creer. Sintió que explotaba. Además, al gigante se le había caído una baba espesa que ahora se deslizaba por su frente y comenzaba a enturbiarle la mirada.

Pestañeó varias veces, giró la cabeza y subió los ojos para ver el rostro del gigante.

En cierta forma, era parecido a Gema. Y tan alto como la mujer de rodete. Tenía la frente más sobresaliente que ellas. A diferencia de las serenadas era tan pálido que parecía no haber visto nunca el sol. Por lo demás, debajo de las profundas ojeras en las que tenía hundidos los ojos la cara era un caos.

De un lado de la herida que era esa boca, el lado que colgaba por la altura de la nuez del largo cuello, tenía un colmillo partido. Del otro lado, más cerca de la mejilla, en el maxilar superior, tenía una hilera de dientes pequeños, todavía incrustados en las encías, que terminaban en otro colmillo, que parecía haber sido limado.

La mirada vacía que le devolvió le recordó tanto a la de Gema que Silvina no tuvo dudas de que era uno de los serenados. Intervenido por esos dementes. Si la rayada esa fue al mismo colegio que Ersatz, tal vez se conocieran, pensó. Pero no pudo pensar mucho más porque el gigante chorreaba tanta baba que la volvió a cegar.

¿Se debía estar excitando el traidor?

Evelyn volvió a pedir:

—Abrí la boca.

Silvina apretó los labios.

—¡Apriete, Lungo! —ordenó el rechoncho.

¡Lungo!, pensó Silvina.

Lungo subió las manos para cerrarlas en torno al cuello de Silvina, que estiraba las piernas sobre el cemento resbaloso para tratar de incorporarse. Se estaba sofocando.

Silvina abrió la boca. Evelyn aprovechó para introducirle una pastilla anaranjada. Luego la tomó del mentón.

—Cerrá la boca… Así… Muy bien… Vas a pensar más tranquila.

Silvina sintió el peso del cansancio de esa noche en todo su cuerpo. Lungo la soltó, ya no hacía falta que la retuvieran.

Dio unos pasos hacia Evelyn y cayó de rodillas.

por Adrián Gastón Fares

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Capítulo 31. Nueva novela.

Seré Nada. Capítulo 31. Leída por el autor, Adrián Gastón Fares.

31.

Ersatz corrió hasta la puerta de su dormitorio y la cerró a tiempo para evitar que los intrusos entraran.

Vio cómo el haz de luz iluminaba por debajo del umbral de la puerta. Se colocó los audífonos rápidamente y subió el volumen al máximo.

—Ahí están —dijo una voz femenina.

—Chino, Barba… —ordenó una voz cavernosa—. Vos venís con nosotros…

Se oyó un quejido gutural en respuesta a la última orden. Después la misma voz, masculina, grave:

—Vamos, Evelyn…

Ersatz, mientras escuchaba el resonar de pisadas que parecían bajar por la escalera, corrió el escritorio de su hermana y lo ubicó de manera diagonal contra la puerta para que trabara el acceso a la habitación. Luego cruzó la habitación y giró la manija de la persiana del dormitorio. No se movía. Recordó que tenía una traba a nivel del piso, se agachó, la quitó, volvió a probar. La persiana subía.

Silvina seguía durmiendo. Y ella con el tema de que no quería sus audífonos, pensó Ersatz. No parecía lo mejor dadas las circunstancias.

La puerta se abrió y el haz de la linterna, redondo y potente, iluminó la espalda de Silvina que despertó, ahogándose, como si tuviera una pesadilla.

Miró hacia la puerta y gritó.

Un chico de rasgos asiáticos había logrado meter la mitad superior de su cuerpo y detrás del chico había un tipo que era pura barba. Los dos habían dejado sus linternas sobre el escritorio, los haces de luz, clavados, rasaban la cama.

Ersatz le hizo señas a Silvina para que se agachara y saliera por el hueco de la persiana. Silvina rodó por la cama, cayó a los pies de Ersatz y se arrastró por la abertura.

Los dos salieron al pequeño balcón. El bordillo de la baranda blanca estaba perlado por las gotas de lluvia. Lo único que les quedaba era escaparse por el árbol.

Ersatz se encaramó al bordillo de la baranda, se aferró lo más que pudo a una de las ramas del árbol mientras con el pie pisaba la corteza de tronco grueso de otra. Silvina, que era más rápida que él, ya estaba a su lado. Si se colgaban del tronco sus pies quedarían a la altura de la medianera de la casa vecina.

Nuevos haces de luz llegaban desde el fondo. Pudieron ver que una de las linternas la llevaba un hombre rechoncho vestido con un traje oscuro y la otra la tenía la mujer con el delantal blanco. Con ellos, más adelante, había una figura gigante que provocaba bamboleantes sombras.

—No se alarmen, no les vamos a hacer daño —dijo con la voz cavernosa el hombre rechoncho.

Silvina había logrado estabilizarse en el borde de la medianera y estaba agachándose lentamente para sentarse y luego poder saltar a la casa vecina.

Ersatz, mientras se agachaba sobre el tronco del árbol, miró hacia el balcón y vio que el chico asiático y el tipo de barba miraban hacia abajo, indecisos, esperando órdenes.

Cuando se sentó sobre el tronco, escuchó que algo se quebraba. Cedió y se vino abajo con él encima. Más abajo, los sostuvieron, a él y al tronco, otras ramas. Ersatz quedó a la altura del bordillo de la medianera. Saltó para alcanzarlo.

Quedó aferrado del borde de la pared medianera con los pies colgando cerca del suelo del lado de la casa de sus padres. Silvina se había arrojado a la casa vecina.

—Al lado. Rápido —oyó Ersatz que decía la de delantal blanco.

Saltó hacia atrás, al suelo del fondo de su casa. Dio contra lo que pensó que era cemento firme.

El suelo cedió y Ersatz fue tragado por una hedionda oscuridad.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 30. Nueva novela.

Seré nada. Capítulo 30. Audio. ¿De qué trata Seré nada? Es la historia de tres personas sordas que buscan una mítica comunidad sorda en el gran Buenos Aires. Dan con una comunidad silente, pero ¿qué son?

30.

¿Podía ser todo eso que habían leído?, pensaba Ersatz.

¿Era una broma de ese Roger que le había inventado una historia a Gema antes de morirse, con excusas de por qué se habían separado antes?, se preguntaba Silvina.

¿Le había inventado esa historia Gema a Roger para que no supiera de dónde había sacado esos muñecos? ¿No eran como esos vampiros de las historias que se robaban a los niños? ¿Y Gema de paso sus peluches?, conspiraba Ersatz.

Los dos llegaron a la conclusión de que nunca iban a saber si la mayor parte de esa historia era real.

Levantaron la cabeza y vieron que Gema tenía la mirada clavada en ellos.

—¿Qué pasó en mi colegio? —preguntó, impetuoso, Ersatz.

Gema cerró el cuaderno de golpe. Se lo guardó debajo de la calza, se levantó y salió corriendo hacia la escalera.

Ersatz se iba a levantar para detenerla y disculparse.

Silvina le apoyó la mano en el hombro y empujó para abajo. Lo miró con reproche:

—Si serás bestia…

—¿Yo? —Ersatz no sabía qué decir—. Claro, como vos sentís culpa por todo esto la entendés.

Silvina se llevó la mano al oído, tomó el audífono que le quedaba y lo arrojó a la otra punta del comedor. Luego caminó rápido hacia el dormitorio que usaba Ersatz. Se escuchó un portazo.

—¡Testaruda! —gritó Ersatz, con bronca.

Luego aspiró hondo, negó con la cabeza y se acercó a la puerta.

—¿Cómo sabemos si es verdad todo lo que dice ahí? ¿Si lo escribió Roger realmente? Por ahí no pasó nada en el colegio…

Silvina no abría.

Ersatz apoyó la cabeza en la puerta y la escuchó llorar.

Abrió la puerta y entró. Debía haber oscurecido más porque casi no había luz en las persianas. Se acostó al lado de Silvina, que apenas lo vio, resoplando, giró en la cama para darle la espalda.

Él se quedó mirando el cielo raso. Buscó a las estrellas, esperó a adaptarse a la oscuridad a ver si aparecían, pero no tenían energía, no pudo ver nada.

Se quedaron dormidos, cada uno en un borde de la cama, mirando hacia lugares opuestos. Con el pelo mojado y la ropa también.

Ersatz soñaba. Estaba en la ciudad y veía una ola gigante aparecer detrás de unos edificios, superarlos en altura, envolverlos, caer, remontarse y volver a subir para romper sobre una ventana de una oficina en la que él estaba sentado. Él les gritaba a los demás empleados que se fueran cuanto antes.

Sintió frío, se despertó, tomó su celular y vio que eran casi las ocho y media de la noche. Habían dormido unas cuantas horas… Con el resplandor del celular, vio que Silvina seguía dándole la espalda y seguía descubierta. Todo estaba oscuro.

Se sentó en la cama, cubrió a su amiga con la sábana hasta el cuello y meditó sobre lo que tenía que hacer.

Mientras tanto, Silvina hablaba en sueños, decía camiones los curas…

Con las manos apoyadas en la cama, con las estrellas artificiales oscuras en el techo, como al acostarse, cosas pegadas, sin luminiscencia, la cabeza ligeramente ladeada hacia el cuerpo tapado de Silvina como un amante insatisfecho, Ersatz vio como un haz de luz alumbraba las máscaras chinas que colgaban del pasillo.

Sintió que los pelos de la nuca se le erizaban de pavor. Intentó moverse, pero no podía. Tenía el cuerpo atado por el miedo. Pensó en los ojos sin vida de Manuel.

Saltó de la cama.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 29. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 29. Un grupo de sordos busca en el Gran Buenos Aires una comunidad soñada de sordos, pero en vez de eso encuentran otro tipo de enjambre.

29.

Silvina y Ersatz cruzaron miradas.

— ¿Tuviste una hija con Roger? —preguntó Silvina.

Gema movió la cabeza. Ya había escrito en el celular:

Es Novio.

Novio. Antes.

Señaló lo que había escrito arriba de todo. Es novio.

—Ex novio —dijo Silvina rápidamente para que Gema se sintiera comprendida. —Estaban separados… Roger ahora está…

Gema gruñó. Su mirada se había ensombrecido. Pestañeó muchas veces. Arqueó las escasas cejas.

Luego pasó las hojas del libro. Aunque apuntaba a ellos sabía dónde estaba lo que quería mostrar.

Se detuvo en otro dibujo de la chica con ojos pintados de azul. Pero esta vez el pelo largo era remplazado por dos trenzas y un vestidito. Debajo del dibujo estaba escrito: Fanny.

—¿Tu hija? —dijo Silvina.

Gema asintió. Dio vuelta la hoja. En el dibujo estaba Roger mirando hacia un sol grande con rayos que llegaban hasta su cabeza. Del otro lado del cuaderno estaba escrito con tinta azul. Las letras eran abigarradas, pero legibles y la alineación precisa:

Esta historia es mía y tuya. Del mundo también. Pero no es para cualquiera…

La gente de esta zona del país enloqueció con las dos epidemias. No se sabe mucho de la segunda, la de 2021 todavía… Pero en estos dos años y medio cambiaron las cosas. Eso los hizo terminar en este barrio de Lanús. Y a mí también. Llegué algo después que ustedes.

Tuve la suerte de conocerte y poco a poco te abriste a mí. Fui recolectando en mi mente parte de lo que me contabas.

Naciste en los ochenta. Tus progenitores te abandonaron primero en el hospital. Luego, las enfermeras te dejaron al cuidado de las monjas del convento Seré, en Lomas de Zamora.

Tus padres no toleraron saber que habían tenido hijos diferentes a los de otras familias. Tampoco sabían qué hacer… Las del hospital sabían que había hijos de otras familias en Seré, que habían nacido por esa época con las mismas… características que vos.

Fue una suerte para vos porque pudiste conocer, cuando te dejaron hacerlo, a otros iguales.

Al principio, las monjas los dejaban tomar todo el sol que quisieran. Aunque no los dejaban salir del convento. Temían que te vieran a vos y a los demás porque creían que iban a decir que eran hijos de ellas con los curas. Un castigo por los pecados…

Cuando iban los contingentes de colegios a visitar la iglesia y el parque florido del convento la hermana Dilva te ayudaba a pintarte de negro o de color betún y te dejaba verlos con la condición de que no bajaras de tu pedestal y de que tampoco te movieras. A vos te ubicaban en el pequeño cementerio, entre casuarinas, lápidas y urnas con cenizas de las monjas de clausura que habían fundado el convento. Ese parque, incluso el cementerio, te daba paz.

Y vos eras toda una estatua. Hubieras ganado concursos con eso, dijiste. Los otros lo hacían muy bien también, salvo Zumo y Lungo que a veces se cansaban y se bajaban. Por suerte no asustaron a tantos chicos como para que corrieran habladurías.

Como estatuas, a ustedes les alegraba ver gente nueva. Y nadie se daba cuenta de que eran personas reales.

Ersatz y Silvina se detuvieron a mirar un dibujo de una estatua en el margen, con las manos unidas, orando, de trazos negros y temblorosos como los otros dibujos, pero de un negro homogéneo, sin decoloración, que sugería que había sido agregado recientemente.

La estatua tenía por boca una raya y la cabeza estaba tapada con una túnica como si fuera una virgen. Pensaron que Gema se había dibujado a sí misma para ilustrar el texto de Roger. Siguieron leyendo.

Las hermanas guardaron tus peluches y no te dejaban tenerlos.

Tenés que saber que tu abuela Mery seguramente ya murió. Y no esperar más regalos de ella… Traté de explicártelo, pero es una ilusión que tenés. Lo entiendo.

La hermana Dilva adoraba a una Virgen negra que tenía escondida y era la única que cada tanto te dejaba dormir ya adulta con alguno de tus muñecos.

Eso se acabó cuando diste a luz a Fanny.

Era hija del padre Molina.

Si pudiera lo mataría a ese sinvergüenza, pero no sé dónde estará.

Los tuvieron que esconder a todos y los dejaban salir solamente al mediodía al sol, cuando el parque estaba vacío. Ahí se pusieron todos muy delgados. Pero Fanny comía puré de un lado, o hacía que comía, y después seguía alimentándose, digamos, con vos.

Por la epidemia del maldito parásito, las monjas abandonaron el convento, incluso la hermana Dilva, que enloqueció como tantos otros, y a ustedes los dejaron ahí.

Llegó la época de las grandes lluvias. No podían recibir alimento y no había animales ni personas caritativas y comprensivas como algunas de las monjas que se ofrendaban a ustedes sin problemas… Ustedes estaban desamparados y muy débiles.

Un día se escaparon en la camioneta que habían dejado abandonada en el convento. Las monjas usaban a Lungo para que les trajera provisiones especiales por la noche y vos le pediste que manejara.

Lungo y Zumo iban adelante. Vos con Beatriz, Fanny y los gemelos viajaban en la caja de carga con todos tus peluches y tu querida virgencita.

De casualidad dieron con la iglesia y el colegio de este barrio y vos le ordenaste que se detuviera porque pensaste que la hermana Dilva y los otros podían estar adentro.

No estaba la hermana Dilva. Pero había otras…

Lo que hicieron ese día en ese colegio no fue lo mejor. Pero no fue tu culpa.

Es hora de que no sientas más culpa, nunca lo mencionaste, pero sé que la sentís. Y lo más importante, que no se la transmitas a Fanny. Ya está un poco resentida. No sabe bien si es más parecida al cura Molina o a vos… Por eso a veces desaparece…

Sabe que en parte lo que hicieron fue para salvarla a ella. Y no está muy cómoda con su destino todavía… Menos cuando empezó a conocer a la gente de la avenida.

Por lo demás, parece que de chica te gustaba Zumo, o él gustaba de vos, o algo así entendí yo. Cuando quedaron solos en Lomas, y no aceptaste sus lances, dijo que se iba a arrancar el colmillo que tiene en la oreja para regalártelo.

Ver una estatua de un santo algo movediza y con una especie de arito pudo ser medio fuerte para algunos niños.

En fin, no quisiste saber nada con él. Y acá estaba tan celoso, que pensé que era lo mejor que no nos viera más juntos.

No fue fácil entender tu historia. No fue fácil comprenderte a vos tampoco. A veces sos un poco… difícil. Pero sé que sufriste mucho.

Al principio, Fanny no me aceptaba. No pasó mucho hasta que se encariñó…

Perdón si te molestó que prefiriera quedarse conmigo.

Repito, por el cura Molina, ella es mitad como yo y mitad como ustedes. Pero no le gustaba mi decisión de alimentarme como ustedes. Sabía lo que me iba a pasar… Por eso también creo que está enojada con vos y por eso está haciendo lo que está haciendo…

Me quedo sin fuerzas, Gema. También dejo escrito esto por si llegás a confiar en otra persona como en mí. En ese caso, podrías dárselo para que entienda. Tal vez las cuide mejor que yo. Mi idea era seguir con mi camino… Pero llegó a su fin. Fue una decisión mía ser como ustedes para entenderte más.

Les dije a los nuevos que se fueran, para que los dejen en paz, pero no sé si me harán caso. Parecen tan testarudos como yo, en especial la chica.

Cuándo te conocí y te pregunté quién eras no quisiste revelar tu nombre y escribiste: “Seré Nade”. Nunca supe si quisiste decir que eras de ese convento y nada más o si era un: “Soy nadie”, un término vago para alejarme. Supongo que las dos cosas…

Perdonen si nunca les gustó el nombre que les puse. Ahora yo

Seré nada.

Roger.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 28. Nueva novela.

Seré nada. Capítulo 28. Misterio. Terror. Ciencia ficción en Seré nada. ¿De qué trata? Seré nada es la historia de un grupo de amigos con sordera que viajan en busca de una mítica comunidad sorda del Gran Buenos Aires. Pero en vez de eso, como suele ocurrir en esto que se nos dio por llamar vida, dan con algo inesperado.

28.

Cuando despertaron el día se había nublado. Refulgió un relámpago. Por un segundo, Ersatz vio las sonrientes caras de esa ensalada de peluches que era el cuarto donde vivía Gema.

Las bocas parecían moverse un poco, la acción sedante y el efecto alucinógeno de los serenados seguían actuando en su mente.

En la de Silvina también, ya que tenía la mitad de la cabeza metida en la oreja gigante de una coneja rosada.

A Ersatz le pareció tan gracioso que se le escapó una risa.

Hacía mucho que no reía. Era un pequeño milagro reírse.

Se deslizó hasta Silvina y le tiró del pelo. Silvina se dio vuelta, con una sonrisa atontada, y le empezó a acariciar la cara con las manos que tenían el aroma agrio, y a la vez cítrico, de la orina que manchaba algunos de los muñecos.

Los poros de la piel de Silvina parecían exudar gotas microscópicas de un líquido tornasolado.

Los dos giraron las cabezas y vieron cómo la mano de Gema sobresalía, lánguida, del montón de peluches. Pensaron que debía haberse quedado dormida debajo de su colección de muñecos.

Ersatz logró ponerse de pie y tomó de la mano a Silvina para ayudarla a levantarse. Salieron para sentir la lluvia, que otra vez caía a raudales en la calle, y disfrutar del efecto residual de la picadura de Gema.

El agua llegaba casi hasta la mitad de la calle desde las zanjas.

Silvina le dijo que tenía que orinar y en vez de subir a la casa de los padres de Ersatz, corrió hasta la esquina y dobló.

Ersatz chapoteaba con sus zapatillas en el agua sucia.

De pronto, se detuvo, el frío que sintió le había quitado un poco el velo mental del efecto placentero del veneno de Gema. Estiró el brazo derecho y lo giró.

Esta vez, menos desesperada, la mujer había succionado en la superficie posterior del antebrazo.

No ardía ni dolía en lo más mínimo, pero la herida estaba un poco morada y había dos orificios rojizos que, aunque parecían raspaduras más que agujeros delataban los colmillos de Gema.

Silvina volvió corriendo. Mientras con una mano levantaba su remera, con la otra se tocaba el estómago. Arriba del ombligo tenía una marca morada y otra pinchadura.

—Basta que no se reproduzcan de esta manera —dijo con ironía.

Ersatz escuchó el chirrido, proveniente desde lo alto, de una ventana al correrse. Arriba estaba Gema. Era tan alta que se veían solo su boca y la mano que los llamaba.

Mientras subieron, Gema a su vez salió al descanso de la escalera y se agachó en una maceta que estaba bajo un techo.

Cortó tres rosas enanas y se las dio a Ersatz, que seguía algo mareado y pensó que las había tomado, pero en realidad habían volado y, abajo, el agua se las estaba llevando.

Gema cortó más y empezó a bajar la escalera, protegiendo a las flores en el hueco de su mano, como si llevara una vela con una llama que no quería que el agua apagase. A Silvina le pareció que el hueco de la mano de Gema resplandecía con un color anaranjado.

Gema fue directo a la casa de Ersatz. Subió las escaleras, seguida por Ersatz y Silvina, y caminó hacia la estufa adosada a la pared.

Las rosas que había en la Virgen negra se habían secado. Gema dejó caer a las nuevas, frescas, al pie de la estatua. Luego hizo una reverencia y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. A sus espaldas estaba la estantería de madera oscura que llegaba hasta el techo, repleta de vasijas azules y otros adornos. Ersatz prendió el velador que estaba en uno de los estantes del mueble. Tenía una bombilla cálida, amarillenta.

Silvina y Ersatz se sentaron frente a Gema.

—¿Dónde están los demás? —preguntó Ersatz.

Gema levantó las manos, juntó las dos palmas e inclinó la cabeza hasta pegarlas a ellas.

—¿Duermen mucho? —dijo Silvina.

La mujer asintió rápidamente, como si fuera una niña.

—Quería pedirles que… —Por un momento a Ersatz se le puso la mente en blanco—. Pedirles si podrían enterrar a nuestro amigo en la esquina… —tragó saliva—, en la huerta, digo.

Gema asintió, esta vez con lentitud. Aspiró largo por la nariz. De pronto, a pesar del bronceado, sus mejillas se tornaron rojizas. Parecía que se iba a ahogar. Sus ojos se abrieron. Estornudó. Algo de la mucosidad incolora expulsada por los orificios de la nariz de la serenada quedó colgando de la punta de una de las zapatillas de Ersatz.

Los dos se miraron, sin ganas de reírse. Ya se les había ido el efecto psicoactivo de lo que fuera que les había inoculado Gema.

—¿Por qué los abandonaron? ¿De dónde…? —Ersatz pareció elegir palabras más amables de las que había pensado para concluir su pregunta—. ¿De dónde son ustedes?

Gema inclinó su cuerpo y rebuscó detrás de la estufa de chapa sobre la que estaba la estatua de la Virgen. Extrajo algo del hueco que la separaba de la pared. Era un libro de ajadas tapas marrones. Lo apoyó sobre su regazo y lo abrió.

Las hojas tenían dibujos. Las hizo correr, buscando algo. Luego enderezó el libro y estiró las manos para que vieran una. Era el dibujo, bastante bien hecho, de un tipo alto con una remera negra con una inscripción ilegible y anillos en los dedos largos. Roger, pensaron. Gema volvió hacia ella el libro y pasó las hojas. Luego lo apoyó otra vez en sus piernas y lo giró hacia ellos.

Había tres personas dibujadas.

Estaba dibujada una chica de pelo largo con los ojos pintados de azul entremedio de dos gigantes cuyas cabezas casi arañaban el borde de la hoja. Uno de los gigantes era Gema y el otro, algo más bajo, era Roger.

En realidad, pensaron, la chica era casi tan alta como Roger, aunque no tanto como Gema.

Ersatz y Silvina quedaron confundidos.

Al mostrarles esa representación, ¿Gema les quería decir que había una relación familiar entre Roger, la chica y ella?

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 27. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 27. Un grupo de sordos busca en el Gran Buenos Aires una comunidad soñada de sordos, pero en vez de eso encuentran otro tipo de enjambre. 
Seré nada tiene 200 páginas y es mi cuarta novela. Se suma a Intransparente, El nombre del pueblo, ¡Suerte al zombi! y el libro de cuentos de terror Los tendederos.

27.

Por los agujeros de la lona negra que cubría la ventana de la habitación se colaba la luz del amanecer, generando sombras redondas y puntiagudas.

El interior estaba repleto de raídos peluches.

Osos panda, muñecas, jirafas, leones, con las colas hacia arriba, ladeados, con las cabezas sobresalientes, todos formaban un montículo que llenaba el cuarto y que crecía hacia las paredes. Era imposible que Gema estuviera ahí y, sin embargo, Silvina la invocó.

—Gema, te necesitamos —dijo mientras se pasaba la mano por la frente y suspiraba.

—¡Gema! —Al instante, Ersatz, tuvo ganas de salir corriendo al baño. Suspiró y contuvo el dolor de estómago.

Los peluches comenzaron a moverse como si hubiera un animal de verdad debajo de ellos, tres o cuatro rodaron sobre otros y pudieron ver la cabeza de Gema sobresalir del montículo de felpa. Vieron que algunos de los muñecos todavía tenían la etiqueta.

Gema fruncía y desfruncía el ceño como si estuviera perdida y tampoco fuera inmune a lo que habían vivido ese día.

Silvina se arrodilló sobre el suelo blando conformado por los muñecos.

Gema estiró una mano. Medio ida, parecía rozar con los dedos un recuerdo que flotaba en el aire y que temía alcanzar.

Lo miró a Ersatz y luego a Silvina mientras con la otra mano tiraba del hilo sucio de la etiqueta de un oso que alguna vez había sido blanco.

Ersatz se agachó a su vez y leyó con Silvina las palabras escritas en el anverso de la etiqueta:

Pronto vas a volver con nosotros. Abuela Mery. PD: Hacele caso a los médicos.

Gema sacó su celular y escribió sobre sus rodillas.

Ospital. Abandonaron. Fueron Se.

Gema achinó los ojos mientras intentaba mover la boca para llamar la atención a ese lugar de su anatomía. Escribió.

Esto.

Silvina, consternada, asintió con la cabeza.

—¿Viven cerca los que mataron a nuestro amigo? —Ersatz sintió que el estómago le ardía.

Gema asintió con la cabeza y se puso a escribir.

—Mejor que la ayudemos a mantener cargado esto —dijo Ersatz fijándose si había algún enchufe en ese tugurio. Se tranquilizó, había por lo menos cuatro zapatillas eléctricas cuyos cables estaban enrollados peligrosamente entre los peluches

Avenidas Muchos.

Leyó Ersatz en la pantalla de Gema.

—¿La de delantal también?

Gema dobló la mano para mostrar lo que había escrito en la pantalla de su celular. Decía:

Evelyn. Medicina Es. Colejio Todos.

Ersatz volvió a sentir una punzada en el estómago, seguida de ganas de evacuar todo lo que había comido. El olor agrio, debía ser algodón húmedo, no ayudaba. Respiró hondo. Se dobló y apoyó sus manos en las rodillas.

Silvina estiró su melena hacia atrás ofreciéndole a Gema el cuello.

El gruñido que salía del pecho de Gema fue creciendo en intensidad.

Prefirieron no mirar mientras la cara se alargaba y desfiguraba en el esfuerzo que estaba haciendo.

Sabían que la mujer esta vez lo hacía por ellos.

Esperaron, arrodillados entre los peluches, a que Gema se deslizara hacia ellos.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenada. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 26. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 26. Terror. Misterio. Drama. ¿De qué va Seré nada? Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

26.

Ersatz caminaba por el medio de la calle entre la llovizna. No sabía cómo llevar la escopeta. Primero la apuntaba hacia abajo, después la sostenía con las palmas de las manos a la altura del abdomen como si fuera una ofrenda que iba a entregar a la iglesia del barrio. Recordó que una ofrenda parecida era la que había usado Ramoncito. No le gustaban las armas, pero había visto el cuerpo sin vida de Manuel.

Mientras evitaba hundir sus zapatillas de montaña en los charcos de agua pensó que los hombres que habían matado a Manuel, los eugenistas, como había escrito Gema, debían haberlos visto llegar.

Estarían cerca ya que no habían usado vehículos y no parecían ser el tipo de personas que les faltaran.

Si estaban ahí eran fanáticos. Decían que las pocas personas que se habían quedado en los antiguos barrios eran gente brava que habían preferido enfrentar la supuesta locura del parásito para defender el lugar donde sus abuelos o padres habían vivido. Incluso rescatar lo que se decía que habían regalado o abandonado.

También decían que no aceptaban la conjunción de su país con otros latinoamericanos. Discriminaban a los bolivianos, peruanos, a los paraguayos. ¿Qué iban a hacer con unos chupasangres deformes? Eliminarlos, depurar su raza, se dijo Ersatz.

Eso significaba eugenesia, recordó con desagrado.

Y apretó un poco la escopeta porque había conocido a muchas personas que se parecían al que había visto disparar sobre Manuel.

No usaban armas de fuego, sus herramientas eran el acoso psicológico, las palabras denigrantes, las metáforas hirientes.

Salió de sus pensamientos cuando alguien lo llevó por delante en una esquina. La escopeta voló y el cañón se hundió en el barro. El alumbrado público tenía luces amarillentas, de las antiguas, en esa cuadra. Ersatz cayó al piso y observó la sombra de destellos dorados que se inclinaba hacia él.

Era Silvina.

Ersatz trató de levantarse. Ella lo ayudó. Él se largó a llorar.

Silvina lo abrazó fuerte y también se largó a llorar. Se apretó más a él cuando repasaba en su mente la imagen de la última mirada que le había dirigido Manuel. Lo había hecho por ella, lo sabía.

—Es mi culpa —dijo Silvina.

—No es tu culpa. Es culpa de esos descerebrados. —Ersatz se separó de Silvina para agacharse.

—Mejor dejá esa escopeta antes de que hagas alguna cagada. No sabés usarla.

—No es mucha ciencia. Mi tío abuelo me enseñó a limpiarlas.

—Qué cosas lindas te enseñaba tu tío abuelo.

Silvina se restregó los ojos y retrocedió unos pasos, perdida.

—Fue la loca esa…

—¿Qué…? Parecía una médica. Gema dijo que son eugenistas.

—Son unos hijos de puta. —Silvina se llevaba la mano a una de sus orejas—. Perdí un audífono.

—Te lo robaron. Ya vi.

Ersatz se llevó las manos a las orejas y comprobó que sus audífonos estuvieran ahí.

—Er, yo no hablaba de la ladrona de audífonos. Decía por la chica de ojos claros. Creo que ella les avisó.

—¿Por qué se fueron? No los podía encontrar.

—Intentamos despertarte, pero no pudimos. Fuimos de Roger. Está… —Silvina negó con la cabeza, como si no aceptara invocar la palabra otra vez en su mente.

—Ya sé. Mejor volvamos.

Miraron hacia las luces rojas de la torre de Interama que brillaban a través de la neblina. Empezaron a caminar en esa dirección. Silvina sostenía la mirada en lo alto como si en vez de volver a la casa estuviera dispuesta a caminar la gran distancia que los separaba del antiguo parque de diversiones.

—La chica esa estaba atrás de la puerta —dijo Silvina mientras avanzaban—, y no la vimos. Tenía el celular en la mano y la jeringa en la otra. Se me tiró encima… ¿Estoy hablando bien? ¿Se escucha? ¿Alto o bajo?

—Estás hablando bien —le aseguró Ersatz, que cada tanto giraba la cabeza y miraba sobre sus hombros.

—Salió corriendo con el celular en la mano y la seguimos hasta la vuelta —siguió Silvina—. La perdimos. Y cuando volvíamos a buscarte aparecieron esos tipos con la de delantal.

Ya estaban por la misma altura de la calle donde Manuel había sido abatido.

—¿No habrá quedado por acá tu audífono?

—Creo que se lo guardó.

—¿Seguro? Por ahí cuando salió corriendo… —dijo Ersatz mirando de refilón a los cuerpos abandonados en la calle.

—No quiero saber nada —gritó Silvina mientras miraba para el otro lado. —Puedo sobrevivir con uno solo.

—¿Sabés lo que te va a costar conseguir otro?

—Lo sé.

Ya habían superado el lugar donde estaban diseminados los cuerpos. No había indicios de Gema ni de los demás serenados.

Silvina se detuvo en seco y volvió sobre sus pasos. Ersatz la siguió.

Rodearon a los cuerpos, que estaban desnudos, y tratando de no mirar a Manuel se agacharon para observar el cemento en el lugar donde ella había estado arrodillada. Silvina prendió la linterna de su celular, aunque por la luz potente no hacía falta. No encontraban nada.

La llovizna caía sobre la sangre. Silvina susurró una maldición incomprensible y se alejó. Ersatz juntó fuerzas y miró los cuerpos.

Los ojos de Manuel miraban fijos a la llovizna que caía.

Ersatz se acercó y le cerró los párpados. Luego se agachó, le quitó los audífonos de las orejas y abrió el compartimiento de la batería de cada uno. Cuando iba a guardarse las baterías y los audífonos se dio cuenta que todo eso tenía que quedar con su amigo. De cualquier modo, Silvina no iba a aceptarlos. Los dejó en la mano izquierda de Manuel y le cerró el puño para que los apretara.

Vio que además del disparo en el pecho que tenía el cadáver de Manuel, no había indicios de que lo hubieran lastimado en otros lugares. Los serenados se habían alimentado del daño que hicieron las armas a los cuerpos. Las manchas de sangre tenían forma de manos, y de caras que se habían pegado al cuerpo para succionar.

Era mucha sangre y Ersatz estuvo a punto de resbalar y caerse cuando intentó rebuscar en los pantalones de Manuel que estaban a un costado. El celular no aparecía. No importaba.

Se alejó rápido y alcanzó a Silvina, que seguía caminando, y decía, con su celular en alto:

—Rastreé el audífono.

En la pantalla estaba el mapa de la zona. El audífono derecho de Silvina estaba en el colegio secundario en el que había estudiado Ersatz. Lo que faltaba, fue lo primero que pensó.

—Me alegra que esos dos no puedan disfrutar del beneficio de haber sido devorados —dijo Silvina.

—¿Qué veneno será el de esos colmillos? ¿Radiación? —preguntó Ersatz.

—¿Plasma solar…? No sé, pero es lo más maravilloso que sentí en mi vida —afirmó Silvina.

Estaban doblando en la esquina de la casa de los padres de Ersatz. No había señales de los serenados por ningún lugar. Llegaron a la casa, subieron la escalera y encontraron una cacerola caliente con un guiso con pollo y papas.

Estaban congelados por la llovizna así que lo primero que hicieron fue comer para calentarse el estómago.

A Silvina le dolía la cabeza por el estrés que había acumulado.

Ersatz tenía retortijones, siempre era el estómago donde sentía las últimas consecuencias de los nervios.

Cenar no había sido lo mejor.

Estaban agotados y confundidos, pero no tanto como para no saber qué era lo que realmente necesitaban.

Salieron de la casa, cruzaron la calle hacia la escalera metálica negra mientras las luces del alumbrado público se apagaban. Esperaban encontrar a Gema. Más arriba, la luz del amanecer pintaba de dorado la alta pared de ladrillos de la fábrica.

Silvina empujó la puerta. Ersatz miró por encima de ella.

Se sobresaltaron. El pequeño cuarto estaba lleno de sombras de cabezas gigantes.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 25. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 25. Terror. Misterio. Drama. ¿De qué va Seré nada? Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

25.

Sus amigos estaban acorralados por esos hombres con gorras y pistolas que reflejaban el frío y potente alumbrado de las calles. A través de la neblina, observó que resaltaba el buzo amarillo de uno y la campera deportiva celeste y blanca del otro. Detrás de los hombres había una mujer pelirroja con el pelo lacio corto a la altura de los hombros, jeans y un delantal blanco.

—Abrí la boca —gritaba el de buzo amarillo.

Silvina abrió la boca. La mujer se acercó a ella.

—Muy bien, nena —dijo la mujer.

Alguien le tocó el hombro. Ersatz se sobresaltó y giró la cabeza.

Gema estaba detrás suyo, sentada con las piernas cruzadas y la escopeta arriba. Escribía algo en el celular. Notó que estaba nerviosa porque intentaba separar los labios. Tenía las órbitas de sus ojos tan abiertas que su frente parecía sobresalir más de lo común.

Un líquido incoloro cayó de la nariz de Gema y terminó en la pantalla del celular. Así y todo, Ersatz lo tomó.

Eu je nistas. Dicho Ha Roger.

Decía.

Nasionalestes.

Había escrito más abajo.

Ersatz asintió. Se asomó y vio que la de delantal se había inclinado y tenía las manos hundidas en el pelo de su amiga.

—Miren lo que encontré.

La mujer sostenía entre los dedos algo que brillaba en la punta. Ersatz se dio cuenta de que era un audífono.

—Perdón, pero en la situación en que estamos dos es un lujo. —Se volvió para mirar a los dos hombres—. El hijo de Clara está de suerte.

Qué hija de puta, pensó Ersatz.

Se volvió para mirar a Gema. Tenía el dedo índice pegado a los labios, que ahora bajo la luz potente se veían sin separación. Eran unos vestigios de labios, sólo pliegues, débilmente marcados y sin arrugas. En la nariz podía verse de vez en cuando la sombra de algo blancuzco, que parecía ser un cartílago. Aunque eso no importaba ahora. Ersatz escuchó:

—A ver, el marica este… —dijo el tipo de campera blanca y celeste.

Obligó a Manuel a abrir la boca. Su amigo se abalanzó sobre el tipo. Resonó un disparo.

Ersatz vio a Silvina correr por la calle, hacia la avenida San Martín.

La de delantal blanco salió tras ella, también hacia la avenida, y los dos hombres clavaron la mirada cerca de Ersatz, en la mitad de la calle.

No escuchó ningún ruido, pero vio a Gema que avanzaba por la calle con la escopeta en alto. Resonó un disparo. El chasis de la camioneta rechinó. Gema disparó a su vez. Ersatz se ovilló detrás del parachoques. Luego, tomado de la chapa, se volvió a asomar.

Gema apuntó y volvió a disparar. Le dio de lleno al de buzo amarillo en el pecho. El otro volvió a apuntar, la tenía en la mira a Gema que estaba a su vez avanzando mientras recargaba la escopeta y se disponía a dar otro disparo.

En el cruce de calles apareció una figura negra corriendo y se arrojó contra el de campera deportiva.

La pistola voló, cayeron los dos y rodaron por el suelo.

Ersatz vio que el hombre de campera deportiva escapaba hacia la avenida. El que había aparecido recogió la pistola, lo siguió y disparó desde la mitad de la calle.

El de campera deportiva cayó en una vereda. El hombre que había aparecido seguía teniendo el arma en alto. Ersatz vio que era el de polar negro, que movió el brazo como si gatillara otra vez, pero no se escuchó nada. Luego arrojó el arma lejos.

Ersatz salió de atrás de la camioneta.

Gema ahora estaba al lado del que había abatido. Más allá, el hombre de polar negro traía hacia ella, arrastrándolo de los pies, al que había matado.

A lo lejos, Silvina había desaparecido. Tampoco había rastros de la mujer de delantal blanco.

Los disparos habían intensificado los zumbidos en los oídos de Ersatz. Así y todo, mientras veía como Gema y el hombre de polar negro se doblaban sobre el cuerpo del hombre de buzo amarillo, Ersatz se llevó la mano a los botones de control de sus audífonos para subir el volumen.

El gruñido que quería salir del pecho era claramente audible entre el silencio. Sonaban los dos al unísono, como si fueran gatos gigantes ronroneando.

En un momento, Gema dejó el cuerpo del primer abatido al de polar y se acercó al cuerpo de Manuel. Por un segundo, lo miró a Ersatz con la cabeza torcida y luego se agachó.

Aparecieron los otros, la mujer de rodete y los gemelos. Parecían una manada distribuyéndose los cuerpos para saciarse cuanto antes. Por lo que Ersatz sabía, eso iba a llevar tiempo.

Los gruñidos ahora eran un sonido grave que seguía creciendo hasta acariciar los oídos de Ersatz. A diferencia del sonido molesto de los disparos, este sonido, un grito de parto encajonado, lo llenaba de una ternura que en ese momento necesitaba más que nunca.

La mirada clavada en él de Gema lo había dicho todo. La calma que producía el ronroneo conjunto de los serenados no logró evitar que un nudo se le formara en la garganta por Manuel. Sintió bronca.

Caminó hasta la escopeta abandonada en el suelo, la agarró, vio que Gema, con la cara deformada y manchada de sangre lo miraba otra vez y luego, como si confiara en él, volvía a su tarea de pegar su cara contra el cuerpo de Manuel.

Ella y uno de los gemelos estaban sobre el cuerpo de Manuel y los demás inclinados sobre los otros. Ersatz siguió caminando hacia donde se había perdido Silvina. Tenía que tener cuidado porque la mujer de delantal podía haber pedido refuerzos, se dijo.

Pensó que los eugenistas habían creído que los serenados estaban débiles por la lluvia, esperando otra vez que salga el sol para poder alimentarse. Ellos tres les habían dado las fuerzas que nunca habían tenido cuando en los días oscuros los atacaban.

Mientras volvía a lloviznar, intentaba avanzar sin que la escopeta se deslizara de sus manos temblorosas.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 24. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 24. Terror. Misterio. Drama. De qué va Seré nada? Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

24.

Ersatz entreabrió los ojos.

Silvina estaba sentada a su lado pasándole un trapo mojado por la frente que enjugaba en la cacerola que les había dejado la mujer de rodete.

Ersatz notó que la picadura de Gema seguía haciendo efecto. Sentía un placer y una paz fuera de lo común, como si no tuviera que levantarse para nada.

Silvina parecía la mujer más hermosa que hubiera visto en su vida. ¿Cómo no lo había notado antes?

Los lunares de su piel translúcida, los tiernos ojos marrones.

Manuel arrodillado a su lado, era Superman, musculoso, pero con los ojos como de un niño recién despierto. Sintió que su amigo le decía con la mirada: No es nada, Er.

Ese aroma cítrico que había en la habitación lo seguía mareando.

Era como acercar la nariz a un limón verde. Pero entre ese olor había otro mezclado, viscoso, agrio.

Boca arriba, antes de que le volvieran a pesar los párpados, recordó que los gemelos se habían orinado al succionar las muñecas de Manuel.

Silvina le acarició la frente, comprensiva, hasta que volvió a dormirse.

Después de un tiempo que no pudo precisar, Ersatz se despertó en su dormitorio. Miró inmediatamente hacia el costado para cerciorarse de que Gema no estuviera compartiendo su cama. Al verla vacía, en vez de sentir tranquilidad, se sintió solo.

Salió de su dormitorio y caminó dando vueltas sobre la alfombra del living.

En la televisión estaban los dibujitos del Correcaminos.

¿Dónde se habían metido esos dos?

Antes de salir entró al baño para inspeccionar su cuello. La sangre estaba seca. Sus facultades mentales estaban otra vez dentro del rango monótono en el que había vivido toda la vida. Al instante de notarlo, pensó: desafortunadamente.

Bajó las escaleras. Salió a la calle. El día estaba nublado, el piso mojado, pero en ese momento no llovía. La escalera metálica de Gema le pareció de un negro azulado. Caminó hasta el auto donde habían visto por primera vez a Gema. No había nadie.

Medio perdido, siguió hasta la casa de Roger, abrió la reja y subió la escalera. Cruzó el descanso, empujó la puerta y entró al dormitorio de Roger. Se estremeció.

En la cama estaba Jesucristo muerto, la barba cobriza, las mejillas sobresalientes, los ojos blancos abiertos clavados en algo que ya no veía. El metalero estaba pudriéndose en su cama.

Se acercó para mirarlo de cerca, pero le pareció estar masticando un pedazo de carne pútrida y se alejó rápidamente. Antes de salir de la habitación, en su retina quedó grabada la imagen de la boca abierta de Roger, con los hilos que parecían seguir tirando de los labios para juntarlos.

Le hizo pensar que sin dudas trataba de imitar a Gema y a los otros. ¿Con qué objetivo?, se preguntaba. Pero ahí estaba la jeringa que había contenido hierro, vacía. ¿Qué quería? ¿Vivir del sol?

Vivir del sol, repitió en su mente Ersatz. Sabía que había yoguis que afirmaban poder lograrlo. Pero los vecinos de Roger no eran yoguis. Eran seres con las bocas siempre cerradas, inalterables, con los labios pegados…

Notó que un tubo de neón, ennegrecido en las puntas, chisporroteaba en el techo. Ersatz sostuvo la mirada en el resplandor blanquecino que titilaba en el tubo moribundo.

La adoración del sol por esa tribu del conurbano bonaerense sugería que se alimentaban de la radiación, los rayos directos. Cuando estos faltaban, como en las semanas de lluvias, tenían que recurrir a otros métodos para mantener su abastecimiento de energía y para poder subsistir.

¿Pero qué eran?

Ersatz se pasó la mano por el cuello.

Bajó la escalerita lo más rápido que pudo, sin hacer mucho ruido. El miedo lo había vuelto a invadir. No llegó a ver si los serenados habían clavado sus dientes afilados en el cuerpo de Roger. Por lo delgado que ya estaba antes parecía haberse muerto de inanición.

El accidente en el techo había sido desafortunado para alguien que dependía de los rayos solares y de una jeringa. ¿Por qué no lo había ayudado esa chica que huyó al verlos?

 ¿Y los demás? ¿Sólo porque no era como ellos lo habían abandonado? Vaya a saber qué reglas tenían para convivir los que hacían tanto esfuerzo para sacar los dientes. Debían ser un poco más complicadas que las de ellos…

¿Ellos? ¿Dónde estaban sus amigos?

Volvió a la casa de sus padres. Volvió a recorrer las habitaciones. Se fijó en el garaje. Nada.

Salió, vio que la puerta de la casa de Gema estaba cerrada. La ventana oscura. El instinto le dijo que no se acercara. Siguió caminando.

Llegó a la altura de la casa donde habían recogido los frutos. Empujó la ventanita de la puerta y miró hacia dentro pero sólo vio yuyos altos que ensombrecían tomates, que a esa hora y con ese día parecían negros.

Dejó la casa, cruzó, giró a la derecha y tomó la vasta calle Marco Avellaneda. En la mitad de la primera cuadra parpadearon las luces del alumbrado público y se prendieron. Debían ser las seis de la tarde ya…

Cruzó una esquina y siguió caminando, con un andar medio destartalado. A lo lejos, dos figuras aparecieron en la neblina. Apuró el paso.

Ya por la segunda cuadra desde su casa notó que eran Silvina y Manuel de espaldas que hablaban con tres figuras que no pudo reconocer.

De pronto, vio que dos de las tres figuras irreconocibles sacaban algo de sus ropas. Silvina y Manuel se arrodillaron, con los brazos detrás de las nucas. Vio que los otros les estaban apuntando con pistolas.

Ersatz se escondió detrás de una camioneta roja abandonada y sacó la cabeza para espiar desde el parachoques.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 23. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 23. Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

23.

Ersatz abrió los ojos en su habitación. No había soñado y le agradeció a su mente o a lo que fuera que creara los sueños porque a veces lo perseguían durante todo el día. Sabía que podía quitarse al despertar la manta que lo cubría, pero la de las pesadillas era muy difícil sacársela de encima.

Se dio vuelta para mirar hacia la persiana, de donde entraba una luz tenue, lo que aseguraba otro día nublado. Se había quitado los audífonos antes de acostarse, así que no sabía si seguía lloviendo. Mientras se preguntaba por el clima notó que había una forma que estaba a su lado, casi pegada a él, pero sin tocarlo. La frente prominente, los ojos concentrados en el cielo raso, la boca impertérrita.

Gema. Acostada boca arriba.

Ersatz siguió la mirada de Gema. La poca claridad que entraba había cargado las estrellas fluorescentes. La boca de conejo dibujada en el techo parecía más cercana. El brillo desvaído de las pegatinas se intensificó. La galaxia entera empezó a girar. Ersatz pestañeó y se pasó una mano por los ojos. Las estrellas volvieron a ser una cara quieta.

Una cara quieta, pero con una boca abierta que gritaba en silencio.

Ersatz giró la cabeza y miró los labios cerrados de la mujer que tenía al lado.

Se levantó de golpe y se quedó sentado en la cama observándola. Estiró la mano hacia la mesa de noche y se colocó los audífonos. Ahí estaba, ese gruñido que había oído en el tanque de agua y también en la habitación de Roger. La mujer y la chica producían el mismo, agresivo, sonido.

Notó que el pecho de Gema se inflaba como si tratara de hacer fuerza para lograr movilizar algo de su cuerpo y le fuera imposible.

Era su boca.

Trataba de abrirla, pero no había caso, las comisuras de los labios seguían pegadas. Parecía una anciana sin dientes por un momento. En otro momento una niña. Sus labios no se separaban. Sólo se movían juntos de lugar en su rostro.

Mientras tenía la mirada clavada en el techo, de su garganta salía ese gruñido soterrado, como si el aire pasara con dificultad por la glotis.

Gema movía la piel de su rostro y producía ese gruñido que cuando arrugaba la nariz parecía a veces un quejido y otras un jadeo.

Ersatz vio que un cartílago o hueso se desplazaba hacia afuera de uno de los orificios nasales de Gema.

Parecía ser un colmillo.

La mujer tenía los talones torcidos y el empeine sobresalía cada vez más del pie de la cama. Era como si tomara impulso con los pies.

Entonces, sobresalió el segundo colmillo del otro orificio de la nariz. Algo brillaba en las afiladas puntas de color marfil, un líquido pegajoso. Al instante, los colmillos desaparecieron tan rápido como habían aparecido. La nariz y la boca volvieron a estar en su lugar. Los pies de Gema se replegaron y su barriga se hundió.

Ersatz no tenía ganas de moverse. Pero se levantó en calzoncillos y se dirigió al baño.

Estaba mareado. En el camino, vio, o creyó ver, las caras borrosas de Silvina y Manuel.

Abrió la puerta del baño. El resplandor de las cerámicas rosadas, iluminadas por el haz de luz que entraba por la claraboya, le hizo cerrar los ojos.

Los abrió lo más que pudo y se miró al espejo.

Tenía la marca de un colmillo clavada en el cuello. Era un rasguño como de un gato del que había caído algo de sangre. Pero la herida parecía superficial. Se sacó la remera.

Observó su pecho y su espalda en el botiquín de tres espejos del lavabo y no encontró otras heridas.

Silvina estaba esperando afuera del baño, tapándose con una mano el cuello. Ersatz vio que la herida de ella chorreaba sangre.

Silvina se desplomó con las manos en el mármol del lavamanos, con el pelo caído sobre la frente y luego juntó fuerzas para erguirse y mirarse al espejo. Su herida era un pequeño cráter.

—No duele —murmuró.

La cara de Silvina se difuminó por un momento y luego volvió a estar en el foco de la mirada de Ersatz. Vio que su amiga giraba la cabeza. Vio otra herida como la suya.

—Fue la mujer del rodete, estaba en mi cama… —dijo Silvina—, Dios mío—. Miró hacia el pasillo—. ¡Manuel!

Fueron hasta el dormitorio de Manuel y abrieron la puerta. Los gemelos estaban encaramados en la cama, con las bocas, o mejor dicho las narices, pegadas a las muñecas de su amigo. En las entrepiernas de los pantalones deportivos tenían manchas oscuras, como si se hubieran orinado.

Silvina gritó.

Los gemelos giraron sus cabezas hacia ellos. Tenían colmillos afilados que salían de sus narices. Pero, a diferencia de Gema, pensó Ersatz, parecían no estar haciendo tanto esfuerzo para mantenerlos ahí.

Uno de los gemelos, el de conjunto gris claro, estaba aletargado, la pera y la boca diminuta no parecían pesarle en la cara estirada, pero tenía uno de los orificios de la nariz tapado por una burbuja de sangre que se inflaba y desinflaba.

Manuel parecía estar en trance, tenía los ojos achinados, jadeaba, y respiraba regularmente con satisfacción.

Ersatz se acercó al gemelo de gris claro y le pegó una patada en la cabeza que lo tiró al suelo. El gemelo de ropa oscura gruñó y se estiró hasta que se aferró de la pierna de Ersatz, que logró liberarse. Retrocedió.

Enseguida, las imágenes se multiplicaron, no sólo los rostros deformes de los gemelos, sino también la mirada extasiada de Manuel. ¿Dónde estaba Silvina?

Ersatz trastabilló. Desde el suelo, oyó lo que decía Manuel:

—Déjenlos.

Logró ver a Silvina, que se tambaleaba. Su amiga trabó los ojos, los puso en blanco y se desmoronó sobre la cama.

Ersatz apoyó los codos y trató de levantarse para ayudarla. No podía. Las piernas no pesaban nada. ¿Cómo podía moverlas? Además, el suelo parecía muy cómodo

De pronto, sintió que el sueño que lo iba a vencer era de lo más placentero.

El claroscuro del dormitorio desapareció para convertirse en una difusa penumbra gris en la que estallaron pimpollos de rosas de color negro azabache. Adentro de la flor, los pétalos menores eran de un violeta plateado, luego anaranjado brillante, luego rojo profundo.

Ersatz intentaba ver a sus amigos a través de las flores, pero era imposible. Percibió un olor dulce. Después ácido. Según los pétalos iban cambiando de color el aroma también variaba.

Oyó voces agudas desconocidas y murmullos que cantaban una serena y tierna canción.

La melodía lo envolvió junto con la oleada de colores, olores, aromas, que ahora no podía diferenciar.

Ersatz desplazó los codos y, poco a poco, ya no percibió nada. Como sus amigos, se hundió en una suave oscuridad.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 22. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 22. ¿De qué trata Seré nada? Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

22.

Se detuvieron en la esquina. Ersatz esperaba que estuviera inundado en Marco Avellaneda. Pero no se imaginaba los anegamientos de las demás calles.

El agua se metía por los pastos altos y llegaba hasta los garajes de las casas.

No había manera de tomar el camino por el que habían llegado.

Seguía lloviendo, y aunque habían rescatado unos paraguas viejos de la casa, estaban empapados de pie a cabezas, por lo que los tiraron y volvieron para probar por la otra esquina de la cuadra.

Hicieron dos cuadras por 1 de Mayo hacia la avenida y no pudieron seguir avanzando.

Manuel, que fue el que más se aventuró, recibió una descarga eléctrica al sumergir la mitad del cuerpo en el agua. Hacer tantas cuadras con la mitad del cuerpo sumergido, entre cables de electricidad, hierros y escombro, les parecía un peligro mayor que la incertidumbre que les daba ese barrio de locos.

Al mediodía estaban otra vez en la casa, cansados y decididos a esperar que bajara el agua para partir a pesar de la advertencia de Roger.

Ni bien entraron a la casa de Ersatz subieron a la terraza para ver qué encontraban. Antes se cercioraron de que Gema no estuviera erguida en el tanque. Al llegar al enrejado notaron que, aunque la lluvia había cesado, no había ninguna persona en las terrazas. El cielo estaba plomizo y no había señales de que fuera a salir el sol. Las chimeneas metálicas de la fábrica parecían coloridas entre el cielo grisáceo y el portón pintado de negro.

Bajaron. Silvina se remangó el pantalón y la remera.

Manuel se desnudó, se puso una remera ajustada blanca con escote en V y un jean que le quedaba apretado de un exnovio de la hermana de Ersatz que encontraron en un ropero. Zapatillas no había para nadie y era mejor quedarse con las que tenían puestas por las dudas. Ersatz no quiso saber nada con su antigua ropa. Escurrió su remera y volvió a ponérsela.

Volvieron a trabar todas las puertas con muebles y se pusieron a ver una copia VHS que había en la casa de La Quimera de Oro y luego pasaron a un western crepuscular de Sam Peckinpah, Duelo en Alta Sierra.

Se identificaron bastante con los personajes de la última, ya no tenían nada que perder. Les hubiera gustado dejarse llevar por sus caballos de un lado para el otro, entre sol y sol, dejando huellas en los valles. Siguió El hombre que pudo reinar.

Si tan sólo hubiera un rey que derrocar… Y más lágrimas que verter, pensaba Silvina, animada por la película.

Por la mitad de la tarde, golpearon en la puerta de la casa. Espiaron por la ventana. La que estaba afuera era la mujer de rodete. Podían verle el rodete cuando se alejaba porque de cerca era tan alta que sólo veían el cuello.

Silvina se dio vuelta frente a la abertura de la ventana para preguntarles si le abrirían. Manuel la corrió para volver a mirar él y vio que la mujer sostenía en alto, como una ofrenda, una cacerola que humeaba. Ersatz miró a su vez y los ojos de la mujer le parecieron de lo más bondadosos. No tenía sentido estar escondidos ahí como si les hubieran hecho algún mal. Roger parecía no estar en sus cabales. Además, tenían hambre.

Corrieron la máquina de coser que habían puesto para bloquear la puerta. Ersatz tomó de las asas la cacerola caliente.

Vieron que era polenta con salsa y queso derretido.

Comieron hasta saciarse.

Sabían que había algo que los unía más que la pérdida de audición. El pico de estrés les bajaba las defensas y no les dejaba pensar bien. Cada uno de ellos sabía cuánto podía soportar. Se los había enseñado Silvina, que lo había descubierto sola.

En cuanto sentían aburrimiento, desgano y desazón sabían que el vaso de la tensión que soportaban se estaba llenando.

Si se llenaba más, la copa desbordada generaba diferencias, gritos y peleas.

Intentar escapar sin éxito del barrio los había agotado.

Necesitaban descansar para pensar bien y ver las cosas de otra manera. Ni siquiera toleraban más películas porque movían las emociones hasta dejarlas a flor de piel.

Mientras afuera lloviznaba, se aseguraron de que las aberturas de la casa estuvieran bien bloqueadas. Luego, se retiraron a sus dormitorios.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenada. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente¡Suerte al zombi! yEl nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos. Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. Agregaremos que soy una persona con hipoacusia en ambos oídos que usa audífonos.

Seré nada / Serenade. 21. Nueva novela.

Leyendo Capítulo 21 de mi novela Seré nada, que trata de tres #personassordas que, luego de una nueva #pandemia , salen en búsqueda del #mito suburbano de una colonia sorda. Pero las cosas no parecen estar saliendo como pensaban y lo que encuentran puede cambiarles la #vida para siempre.

21.

Volvieron, Silvina con los hombros bajos, Ersatz apurando el paso por si cruzaban alguno de los nuevos vecinos.

Por suerte, el aroma que había en la casa les despertó el apetito.

Manuel había terminado de hacer la pizza en la parrilla, el horno no servía, se apagaba, y como había mucha humedad y hacía calor, comieron en silencio debajo del olivo.

Al terminar la cena le contaron lo que habían averiguado a Manuel que hasta ese momento pensaba que no habían encontrado a Roger.

—Lo que habrá hecho ese Roger para que lo echaran de un colegio… —comentó Manuel—. ¡¿Problemas con autoridades escolares…?! Fue un sueño la colonia de sordos. Esto es un asentamiento de delincuentes —aseguró.

Ersatz asintió y dijo:

—Silvina es capaz de llevarle un pedazo de pizza al rayado ese antes de aceptarlo.

Silvina rompió a llorar y subió corriendo a su dormitorio, donde empezó a armarse la mochila casi mecánicamente para no pensar.

Manuel miró a Ersatz con recelo por intensificar el dolor que podía haberle causado a Silvina con su comentario tajante. Le dio la espalda y terminó de apagar el fuego.

Pusieron más muebles delante de las entradas y se aseguraron de que fuera difícil entrar a la casa. Mucho más no podían hacer.

Manuel y Ersatz también hicieron sus mochilas y dejaron todo preparado para partir otra vez hacia sus departamentos en la ciudad al día siguiente.

Cada uno se encerró en su dormitorio.

Ersatz apagó la luz y se quedó mirando la galaxia de las estrellas en el techo. ¿Qué era? ¿Un mapa? Le pareció una espiral como la de los caracoles.

Mientras miraba resonó el primer trueno.

Imposible, hacía meses que no llovía, pensó. Luego del segundo trueno la lluvia empezó a caer a raudales. La puerta se abrió. Silvina, asustada, se acostó a su lado.

Miraban el cielo raso cuando resonó el tercer trueno.

Silvina se pegó más a Ersatz.

—Hay una cara en el techo —dijo Silvina.

Entonces Ersatz también la vio.

Desde que habían llegado, había estado todo el tiempo arriba suyo, gritándole con el silencio de las formas que la casa había sido intervenida como el resto del barrio. Nada era igual a lo conocido.

En el techo había un rostro, brillante, verdoso, de bordes indefinidos, formado con algunas estrellas menores, y con las mayores remarcando una boca abierta. La falsa luna era la nariz de la que parecían salir unos dientes de conejo formados por más pegatinas luminosas. Las espirales formadas por estrellas eran los ojos dementes de esa cara.

Llamaron a Manuel, que se quedó mirando el techo cruzado de brazos sin abrir la boca para no molestar más a Silvina.

Durmieron los tres juntos, sin quitarse los audífonos, escuchando la lluvia que no paraba de caer.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes), Mr. time y tres novelas más (Intransparente¡Suerte al zombi! El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos. Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. 

Seré nada / Serenade. 20. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 20 (con acotaciones para en la narración oral entender el entrecomillado del texto cuando Roger escribe en el celular, innecesarias en la lectura) ¿De qué trata Seré nada? Es la historia de un grupo de sordos que parten en busca de una colonia de personas sordas en el Gran Buenos Aires. Resulta que dan con una colonia silente, pero no parecen ser sordos; ¿qué son? Lo que encuentran parece bastante peligroso y podría cambiarles el destino.

20.

La calle estaba desierta y el alumbrado público resplandecía. Más allá, doblando en la esquina, un poste con una luz vieja pintaba de dorado las medianeras.

Ersatz estaba seguro de que la casa de Roger era la que seguía a la de sus exvecinos, los Tacuta. Estaba sobre 1 de Mayo, hacia la avenida. Era un garaje, que había sido un taller mecánico, con una habitación arriba a la que se llegaba por una escalera. Una casa sobre el intento de otra cosa, parecida a todas las de ese barrio, incluso la de sus padres.

Abrieron la reja, subieron la escalera y vieron que la puerta estaba entreabierta. Ersatz posó la mano sobre la chapa oxidada de la puerta y la empujó.

Roger, con ese pelo largo y la delgadez extrema, parecía un Cristo en la cama.

Ersatz, que de chico le tenía miedo a la imagen de Jesucristo sangrando en la cruz, con la corona de espinas, que había visto en las películas por televisión, tuvo que apartar la mirada un momento de la cara del metalero.

La luz amarillenta que entraba por la claraboya que había al lado de la puerta resaltaba las huesudas mejillas y, a la vez, acentuaba la concavidad oscura en la que estaban hundidos los ojos claros de ese gigante.

La habitación parecía ordenada. En la mesita de noche, pegada a la cama, estaba el celular de Roger y una jeringa.

Roger se despertó y señaló la jeringa. Silvina la tomó.

—¿Qué es? —Silvina miraba el líquido azulado de la jeringa.

Roger estiró una mano temblorosa, agarró el celular y escribió:

Hierro.

—¿Para qué lo usan?

Roger escribió que él lo necesitaba.

—¿Qué son?

Yo no. Ellos… Cuando llegué ya estaban.

A pesar de que se lo veía tan débil, Roger escribía rapidísimo con las dos manos.

—¿Dónde está Riannon? —Silvina dejó la jeringa donde estaba sin dejar de mirarlo—. ¿Por qué no usan prótesis si son sordos?

Los ojos de Roger brillaron como si intentara reírse sin despegar los labios.

La tal Riannon siguió de largo acá. Dicen que en Cañuelas. Pero no estoy seguro.

—¿Y qué comunidad de sordos es esta? —preguntó Silvina.

No es una comunidad de sordos.

Leer eso fue como si le clavaran un puñal a Silvina. Se llevó las manos a sus orejas y luego al estómago.

—¿No?

No.

Mientras leía, Ersatz vio como Silvina se ponía pálida y el celular de Roger le temblaba en las manos. Le apoyó una mano en el hombro para tranquilizarla.

—¿Qué son entonces…? —preguntó Ersatz—. ¿Qué sos vos?

Antropólogo. Enseñaba literatura en un colegio. Tuve un problema con las autoridades. Desde acá escribí algunos artículos sobre Serenade. Alguien mezcló todo. Lo que intenté compartir con el mundo fue que eran personas que parecían sordomudas, pero no sabía bien. Aún hoy, hay cosas que no sé bien.

—¿Son humanos? —el impaciente ahora era Ersatz.

Roger lo miró como si fuera un idiota.

Fueron abandonados.

—¿Por qué no abren nunca la boca? —Ersatz parecía tener muy presente el error de Perceval.

Nacieron así. Se adaptaron. Y me enseñaron a mí. Me hicieron ver lo bueno.

Los ojos de Roger brillaban, esta vez con añoranza.

—¿Qué es lo bueno? —preguntó Silvina.

El metalero cerró los ojos como si se fuera a desmayar. Se tocó el brazo izquierdo, huesudo y pinchado. Giró la cabeza y clavó la mirada en la jeringa.

Por favor, escribió.

Silvina tomó la jeringa. No le costó encontrar el lugar donde debía inyectarla. El metalero tenía ronchas, algunas recientes y otras ya cicatrizadas.

Mientras su cuerpo recibía el líquido, Roger cerró los ojos por un momento. Luego aspiró el aire como si fuera una bendición y exhaló lentamente por los agujeros de la peluda nariz. Luego les escribió:

Este lugar no es para ustedes. Váyanse antes de la lluvia, por favor. ¡VAYANSE DE ESTE BARRIO!

—¿Por qué? —Silvina había dejado, un poco asqueada, la jeringa en la mesita.

Roger abrió más los ojos y pareció mirar entremedio de Ersatz y Silvina.

Se dieron vuelta. Desde el descanso de la escalera los observaba la adolescente con campera de cuero que habían visto el primer día al lado de Roger en lo alto.

El brillo de ira que despedían los ojos claros de la chica era acompañado por un gruñido de baja frecuencia, parecido al de Gema en el tanque, que llegó hasta los audífonos de Ersatz y Silvina desde la lejana boca apretada. A ellos los asustó todavía más los acoples que produjeron sus propias prótesis auditivas.

La adolescente clavó su mirada, ahora despechada, en Roger, giró la cabeza y desapareció por la escalera.

Roger cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia un costado. Dormía otra vez.

O había muerto…

Ersatz y Silvina se miraron un momento, perplejos. Luego Silvina, entristecida, bajó la cabeza.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 19. Nueva novela.

Leyendo Capítulo 19 de mi novela Seré nada, que trata de tres #personassordas que, luego de una nueva #pandemia , salen en búsqueda del #mito suburbano de una colonia sorda. Pero las cosas no parecen estar saliendo como pensaban y lo que encuentran puede cambiarles la #vida para siempre.

19.

Cuando bajó Silvina, el metalero estaba dormido.

Silvina aprovechó para quitarle el celular. Seguida por los otros dos se detuvo en la oscuridad del pasillo que daba a los dormitorios. Los tres inclinaron las cabezas para mirar la pantalla.

El celular no estaba bloqueado. Roger tenía instalada tres aplicaciones. Una de ellas era el mensajero. No tenía ningún mensaje guardado. Estaba programado para que se borraran.

Las otras dos aplicaciones eran una brújula que también precisaba la hora exacta del amanecer, del atardecer y del crepúsculo, y un lector de libros digitales. Los libros que tenía en el estante de la biblioteca digital eran el Mahabharata, seguido del Popol Vul y de Perceval o el cuento del Grial.

Silvina retornó al sofá. Introdujo con cuidado el borde inferior del celular en el bolsillo raído de los jeans de Roger, tratando de no despertarlo.

Volvió al pasillo y los tres entraron en silencio al dormitorio de Ersatz.

Cerraron la puerta.

Silvina y Manuel se sentaron en el piso. Ersatz en la cama, apoyando la espalda en la pared y mirando la habitación como si la desconociera. Silvina, que parecía agotada, se acariciaba los hombros. Dijo que no se alarmaran, que el dolor había desaparecido. Ersatz no sabía cómo no se había lastimado al caer de esa altura.

¿Para qué había aceptado esa idea de traerla a ese barrio? Miró las estrellas pegadas por su hermana en el techo y luego bajó la vista para mirar por sobre las cabezas de sus amigos. La habitación estaba en penumbras.

Recordó que él también había leído un libro que trataba del Grial, y decía que todo había comenzado con el libro que tenía Roger en el celular, la novela cortés de Chrétien de Troyes, quien prácticamente había inventado esa leyenda. Luego otros habían buscado el Grial como si fuera un objeto real.

En esa historia todos los problemas que tenía que enfrentar Perceval se debían a haber abandonado un castillo en el que había visto desfilar ante su mirada objetos extraños sin haber preguntado qué significaban. Eso lo había llevado al caballero medieval a muchas peripecias en el relato de Troyes y todo era por: ¡no preguntar! ¿Cuántas cosas nunca vamos a saber por no preguntarlas?, pensó Ersatz.

Compartió sus pensamientos con Silvina y Manuel. Lo miraron con preocupación y un brillo tenue en los ojos. No pudo evitar sentirse un niño al que le iban a leer un libro para que se durmiera. Necesitaba hablar para quitarse de encima ese velo que parecía haber caído sobre ellos desde que habían llegado.

—¿No estaremos enloqueciendo por el parásito? —preguntó mirando la colcha rosada de la cama.

—Er, no, por favor, eso sí que es un cuento —dijo Manuel.

—Sabés muy bien que no creemos en el Tyson21. Si no, yo también me hubiera ido de Buenos Aires —afirmó Silvina y agregó—: No hay pruebas fehacientes.

—Si Perceval le hubiera preguntado al Rey Pescador…  —comentó Ersatz, suspiró y miró a Silvina a los ojos—. Necesitaba preguntarles qué pensaban, perdón… ¿Qué es lo que hacía esa mujer en el techo?

—No se comunica mucho como para saberlo —dijo Manuel, pensativo.

—Y ese… —Ersatz señaló a través de la pared con su dedo índice—. Tiene los labios cosidos —susurró.

—Por ahí lo operaron de algo, andá a saber —comentó Silvina.

—Ahora lo van a tener que operar de algo… Y no sé dónde —dijo Ersatz.

Silvina bajó la mirada.

Manuel iba a aportar su teoría, cuando golpearon en la puerta del dormitorio.

Eran los gemelos otra vez, les dejaron dos paquetes de harina y un pedazo grande de queso fresco sobre el arrimadero que había pertenecido a la hermana de Ersatz. Luego dieron la vuelta y desaparecieron. Por esa razón Gema les había dicho que no se preocuparan…

Manuel pensó que habían interrumpido la teoría que iba a formular porque era verdadera. Murmuró que lo que pasaba ahí era que eran una secta, no una comunidad de sordos y que tal vez la colonia de Riannon había degenerado en eso al morir la fundadora.

—No me convence —dijo Silvina con la mirada clavada en el queso.

—¿El queso o lo que dije?

—Las dos cosas. Ya saben que el queso no me parece un alimento bueno.

—Es lo que hay —dijo Manuel.

—No seas desagradecida —bromeó Ersatz.

—Lo mejor va a ser que despertemos al metalero ese y le hagamos escribir un poco más —propuso Silvina—, leer le gusta así que… —agregó poniéndose de pie.

Pero cuando los tres salieron del dormitorio Roger ya no estaba.

Se lo debían haber llevado los gemelos, pensaron. No podía haber ido muy lejos con la escalera de por medio y el pie torcido. De cualquier manera, les pareció un alivio.

Manuel usó la harina para hacer la masa para dos pizzas. Separó algunos cherrys y rúcula. El queso olía bien, aunque era bastante cremoso. Lo cortó en fetas y se comió algunas, mientras esperaba que elevara la masa. Luego tomó su linterna, se agachó y abrió el horno. Tenía que poder arreglarlo.

Mientras tanto, Ersatz y Silvina salieron a la calle para buscar a Roger.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 18. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 18. Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

18.

El hombre no podía levantarse. Seguía mirando el cielo azul con los ojos abiertos ante la indiferencia de Gema que seguía en su trance.

Ersatz y Manuel lo miraban desde una distancia prudente. No sabían qué hacer. Silvina sabía algo de anatomía por el yoga, pero no podía calcular el daño que podrían causarle si lo movían del lugar en que había caído.

Tampoco sabía si el hombre la había querido ayudar al interceder para evitar que tomara el celular de la que parecía ser la cabeza de esa colonia de meditadores compulsivos.

Tal vez, era la mujer, Gema, el problema. Después de todo, seguía ahí arriba, en lo alto, como si nada hubiese ocurrido a su alrededor.

De a poco, Manuel y Ersatz se acercaron. Arrodillados al lado del largo y flaco cuerpo, vieron que uno de los pies del hombre estaba torcido.

El hombre apretaba los labios por el dolor, y aunque sus mejillas parecían dos piedras puntiagudas, no los separaba.

No había perdido el conocimiento, pestañeaba y movía los dedos largos de su mano como si quisiera levantarse con esa mínima ayuda.

Trajeron una manta, lo movieron sin que se quejara, y entre los tres lo bajaron por la escalera con cuidado.

Lo dejaron en el sofá donde Manuel había estado mirando la película, que daba la espalda a la mesa.

El metalero, con el pie más torcido, clavó la mirada en la televisión, parecía interesarle ese monstruo gigante que parecía una araña atrapado en una pantalla.

Levantó una mano grande y larga, que tenía el dedo índice con dos anillos, uno con una calavera y otro con la muerte y la hoz, y señaló a la terraza.

—¿Estás bien? —le preguntó Silvina.

El metalero metió la mano en el bolsillo delantero de sus jeans y sacó un celular, enfundado con una carcasa rojiza de Iron Maiden, en el que logró escribir lo siguiente:

No molesten a Gema.

Tenía algunos pelos blancos en la barba y varias arrugas alrededor de los ojos. Parecía ser un poco mayor que ellos y Gema.

—¿Cómo te llamás? —quiso saber Manuel.

Roger, escribió el metalero.

Hizo un gesto de dolor. Intentó separar los labios, pero por un segundo, un momento que pareció no existir, los tres vieron cómo unos hilos amarillentos que los unían le impedían hacerlo. Tenía pequeñas marcas en las comisuras de los labios. Estaban cosidos.

Cerró los ojos y negó con la cabeza como si hubiera cometido un error que quisiera remediar. Ahora, la boca estaba tan apretada como antes. Levantó la cabeza y escribió.

No quería que Gema se enoje con ustedes.

Silvina ahora se sentía un poco más culpable.

—¿Por qué? —preguntó Ersatz.

Se acerca la lluvia. Necesita sol.

Debajo había escrito el símbolo del agua, las tres rayas ondulantes, que habían visto el primer día en el celular de Gema.

Silvina volvió a la terraza. Gema ya no estaba.

El sol se había dispersado en una línea anaranjada detrás de la torre espacial de Interama.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente¡Suerte al zombi! yEl nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos. Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. 

Seré nada / Serenade. 17. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 17. ¿De qué trata Seré nada?: Seré nada o Serenade es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas?

17.

Silvina, impaciente, decidió subir a la terraza para encontrar a la estatua de Gema cerca del tanque.

Caminó hasta sobrepasarla, subió los peldaños del cuarto hasta lograr asomar la cabeza en la plataforma del tanque y miró la espalda rígida de Gema. Cerca de los pies descalzos de la mujer estaba su celular.

Silvina pensó que no debían querer ninguna distracción mientras hacían su meditación diaria. En silencio, se ayudó con los brazos y logró encaramarse al techo. Caminó hasta el hueco que había debajo del tanque del agua. Ahí estaba el celular de Gema.

Estaba por agacharse para tomarlo cuando sintió que la arrastraban hacia atrás. Se sobresaltó y se inclinó hacia delante por instinto. Cerca de caer al vacío, sintió que la retenían del brazo. Por miedo a que se arrojara o de que cayeran juntos, la mano que la había tomado la dejó por un momento.

Silvina se volvió y vio que era el hombre con la remera de Megadeth. Silvina iba a gritarle a Gema. El hombre se abalanzó sobre ella. Le tapó la boca con la mano.

Eran tan largos sus brazos que la tomaba con uno solo, con el otro hacía la señal de silencio.

Pensó que quería apoyarle el bulto, ese impresentable, y trató de clavarle el codo para que retrocediera, pero era inamovible. Era extraño el olor del hombre. Una transpiración agria que le hizo recordar a la de su padrastro. Le mordió la mano.

El hombre trastabilló con el último peldaño de la escalera. Cayeron desde tres metros de altura. Por suerte, ella dio contra el cuerpo del hombre.

En el piso se deshizo del metalero, rodando dos metros para hacer fuerzas con las manos y ponerse de pie. Desde ahí, inclinada, vio que Gema seguía impertérrita.

En cambio, el metalero se había torcido el pie, y por como respiraba por la nariz, parecía que alguna costilla estaba rota.

Silvina pensó que se podían haber matado. Bajó los escalones de la escalera lo más rápido que pudo, sintiendo una punzada de dolor en el hombro.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos. Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. 

Seré nada / Serenade. 16. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 16. ¿De qué trata Seré nada?: Seré nada o Serenade es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas?

16.

Ersatz se despertó más temprano, como si estuviera en alerta. La luz del sol se filtraba a través de la persiana, bamboleante, mecida por el movimiento de las ramas del árbol. Observó las partículas de polvo que flotaban cerca de la ventana francesa. Pensó en que debía haber sido Gema la que mantenía limpios los pisos, las alfombras, las superficies de los muebles y los adornos de la casa, de otra manera todo debería haberlo encontrado con una capa de espeso polvo.

Se levantó, entró al baño y recordó que debía ir a llenar el balde de agua primero. Al cruzar el comedor le llegó un olor desagradable que venía de la cocina. Se acercó y vio la hinchada bolsa de residuos.

Mientras bajaba hacia el fondo, pensaba que tal vez Manuel pudiera arreglar el motor del tanque.

Volvió al baño, lo usó y al salir Silvina lo estaba esperando, arrugando la nariz, con la bolsa de residuos a sus pies.

Manuel los miraba desde su habitación, medio dormido, sentado a los pies de la cama. Ersatz agarró la bolsa. Silvina bajó adelante para correr el viejo sillón de la puerta.

Ya afuera, Manuel los alcanzó comiendo una manzana. El sol refulgía en la bolsa de residuos negra que Ersatz llevaba al hombro como en las oscuras y brillantes escaleras de la casa de Gema y en la chapa del portón de la fábrica.

—¡¿Tenés hambre?! —le preguntó Silvina.

—¿Vos no?

Silvina y Ersatz lo miraron como si estuviera loco mientras se alejaban calle abajo. El aire fresco les vino bien a los tres. El pollo había dejado un olor a carne putrefacta en toda la casa.

—¿Qué le darán de comer a esos bichos? —preguntó Ersatz.

Querían tirar sus residuos donde no les molestaran a los demás vecinos. Así que caminaron unas cuadras hacia el oeste para dejar caer la bolsa en un matorral.

A la vuelta, miraban hacia el sol cada tanto como si escondiera alguna respuesta. Alejados, a seis cuadras de la casa, constataron que en esa zona tampoco había cabezas en las terrazas apuntando al sol.

Mientras se iban acercando empezaron a aparecer en lo alto.

La mujer con el rodete en el mismo lugar y apuntando hacia la misma dirección que el día anterior. El de pelo largo entrecano con la remera colorida, estampada con un dibujo que decía Megadeth, haciendo lo mismo. Los gemelos en su techo. El del polar en la terraza del antiguo almacén. Notaron que faltaba la chica que habían visto antes al lado del metalero, como habían apodado al de remera roquera.

Al cruzar la esquina de la cuadra en la que estaba la casa de los padres de Ersatz miraron hacia la derecha para ver si Gema estaba de pie, erguida, sobre el auto. Pero no había nadie.

Cruzaron algunos gatos famélicos que se dirigían en dirección contraria a la de ellos, parecían haber olido ya la basura. También les pareció ver un carancho, y no estaban seguros si iba tras la basura o tras los gatos.

Hacia la izquierda, en el pastizal de la esquina, se veían mariposas lecheras rondando las flores de color violeta plateado de los cardos.

Antes de almorzar subieron a la terraza. Los tres vieron que los habitantes del barrio seguían en sus puestos con la cara apuntando al sol. No podían estar seguros, pero parecían tener, a diferencia de Gema el día anterior, los ojos abiertos, como si el sol no les molestara.

Ellos apenas podían mirar unos segundos hacia lo alto con ese sol tan fuerte. Se acercaron a la baranda de hierro de la terraza para ver si veían a Gema vagando por las calles o la podían distinguir entre los arbustos de algún fondo.

Estaban en eso cuando oyeron un gruñido. Silvina debía estar muy concentrada en encontrar a lo que buscaba ya que no se dio vuelta. En cambio, Ersatz lo hizo de inmediato y Manuel también. No podían creerlo.

En la terraza de la casa de Ersatz había una habitación pequeña en la que sus padres guardaban muebles viejos, una construcción con peldaños de hierro adosados que permitían subir al techo en el cual había cuatro columnas que sostenían al tanque de agua de cemento, enorme y cuadrado, que su abuelo había construido. A su vez, para llegar a la tapa del tanque había que subir por una pequeña escalera de metal. En el vértice de la plataforma que a la vez era techo de la habitación y sostén del tanque de agua, Gema estaba clavada de espaldas mirando al sol.

Manuel tiró de la remera de mangas largas de Silvina para que se volteara. Silvina se sobresaltó.

Los tres caminaron hasta sobrepasar a Gema y la observaron de frente. Tenía los ojos bien abiertos. Estaba incólume, adorando al sol como si fuera a desaparecer de un momento a otro.

La espalda erguida, su remera negra flotaba sobre su ombligo, donde tenía un dije con una piedra que brillaba como un diamante.

Siguieron la mirada de Gema para constatar que no había nada extraño en el horizonte.

Luego volvieron a mirarla, sorprendidos por el poder de concentración de la mujer. Estaba demasiado cerca del vacío. Si se mareaba, ni siquiera alcanzaría a manotear la escalerilla.

Notaron que Gema tenía un poco de barriga, como si estuviera en los primeros meses de un embarazo.

Silvina se despegó del grupo para mirar a los otros que estaban en las demás terrazas haciendo lo mismo que Gema. Seguían inmutables.

Para Silvina, era desesperante. ¿Por eso había alentado a sus amigos a viajar a una comunidad donde esperaba compartir la vida con nuevas personas, personas que deberían ser parecidos a ellos? ¿Qué era lo que hacían?

—No sé qué hace —murmuró Manuel.

Silvina se acercó otra vez al tanque.

—¡Gema! —le gritó.

Ni un músculo de la cara de la mujer se movió. El labio superior parecía pegado con cemento al inferior.

—¡Hola! —insistió Silvina.

Gema parpadeó y giró la cabeza lentamente para mirar a Silvina con un menosprecio que impidió que nadie dijera nada más. Su mirada imploraba que desaparecieran de su vista.

Estuvieron media hora esperando para ver si Gema cambiaba de posición. Aunque Manuel a los quince minutos se aburrió y bajó por las escaleras.

Lo encontraron en el comedor, arrellanado en el sofá mirando la televisión de tubos de 29 pulgadas que habían dejado los padres de Ersatz. Se las había arreglado para encontrar unos VHS y estaba mirando Brain Dead.

—Es la segunda película de Jackson esa, creo —le explicó Ersatz.

—¿No tenías alguna de Batman? ¿Superman?

—No vendían de esas en los videoclubs en quiebra.

—¿Todavía sigue ahí? —preguntó Manuel.

Ersatz asintió y se sentó a mirar la película con su amigo.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos. Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. Para más información: https://adriangastonfares.com/acerca-de-mi/

Seré nada / Serenade. 15. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 15. ¿De qué trata Seré nada?: Seré nada o Serenade es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas?

15.

Estaban en el comedor de la casa de Ersatz, devorando las frutas y verduras que habían recolectado. Por si aparecía alguien, como no podían cerrar la puerta, se habían sentado los tres enfrentando a la escalera principal de la casa.

De pronto, a sus espaldas, se abrió la puerta de la escalera trasera, la que estaba cerca de la mesa y daba al jardín. Silvina dejó caer la manzana que estaba comiendo.

El gemelo que asomó la cabeza tenía del cuello a un pollo pelado, con algunas plumas blancas todavía pegadas al cuerpo. Sin despegar los labios, entró y dejó el cadáver del animal en la mesa. Una mancha de sangre del pollo ensució los pedazos de rúcula esparcidos.

El joven bajó la cabeza, como una reverencia, y salió rápidamente. Ersatz estaba pensando dónde habrían conseguido una gallina blanca esas dos jirafas. Manuel y Silvina, que solían comer más verduras que carne y tomar suplementos de vitamina B12 por eso mismo, no eran estrictamente vegetarianos, así que miraron al pollo con una mezcla de asco y agradecimiento.

No tuvieron tiempo para comentar nada porque entró el otro gemelo, el de conjunto deportivo gris claro, y dejó a otro pollo más gordo que el anterior. Reverencia y salida, y luego los pasos que pudieron escuchar a través de los audífonos.

Ersatz se levantó, bajó corriendo la escalera trasera hacia al pasillo lateral de la casa, y vio que la puerta que daba a la calle estaba abierta. Arriba de la puerta había una reja que terminaba en la mitad de la pared medianera. Nunca pensó que alguien pudiera entrar por ahí, ni ellos al llegar, porque la puerta no se había abierto en veinte años y la reja era altísima. Silvina y Manuel lo habían seguido.

—La forzaron —dijo Ersatz.

—Los habrá mandado Gema —dijo Silvina.

—Después de todo se preocupan por nosotros… —agregó Manuel.

Al volver, encontraron encaramado en la mesa al perro grande con manchas negras, mordiendo un pollo. Les gruñó y desapareció con su trofeo por la escalera principal. Silvina no paraba de gritar. Sólo lo hizo cuando resonó un tiro. Los tres corrieron a la calle.

Gema bajaba una escopeta. La mujer tenía una expresión vacua. El perro estaba muerto en la mitad de la calle. Los gemelos estaban apostados en un costado de la puerta. El de conjunto gris claro tenía el pollo en sus manos y se los ofrecía con la misma cara inexpresiva, la única, conocida por ellos. Ersatz tomó el pollo e hizo una reverencia de agradecimiento. Sus amigos lo imitaron. Gema pareció apretar la boca. Luego se volteó con la escopeta en la mano, mientras los gemelos levantaban de las patas al perro muerto. Notaron que tenían los rostros y el cuello muy bronceados.

Después, subieron y probaron la cocina, pero no funcionaba. Tampoco la vieja heladera. La correa del motor del tanque estaba rota así que, ahora que se les había acabado el agua que trajeron, cada tanto hacían viajes a la canilla del fondo para llenar las botellas. El agua corriente salía fresca y no tenía gusto a cloro.

Por la tarde, juntaron algunas ramas y encontraron algunos carbones en una bolsa en el hueco debajo de la parrilla.

Manuel primero limpió la parrilla, que tenía hojas mezcladas con esqueletos de lagartijas, y luego encendió el fuego. Vieron una rata correr por el cantero. Debía estar acostumbrada a andar a sus anchas.

Ersatz ocultó el caparazón vacío de la tortuga. No aguantaba verlo. Dedujo que sus padres no la habían encontrado al abandonar la casa. La falta de césped por la copa desmesurada del olivo. Y la falta de agua…

En ese otoño, a pesar de la humedad siempre creciente, hacía bastante que no llovía. Cuando lo había hecho, por lo menos en la ciudad, duraba un minuto y luego el sol brillaba más fuerte que nunca.

Llegó la noche y el fuego iluminaba las hojas más bajas del olivo. Los dos pollos estaban asándose sobre la parrilla. Silvina bajó para mostrarles lo que había dibujado en su anotador.

Era una imitación de los símbolos del celular de Gema. El sol seguido de una raya larga que suplantaba a las palabras que no vieron y de esas tres líneas retorcidas una encima de la otra que Manuel había dicho que parecían alambres. Debajo del último símbolo decía: agua.

—¿Alguna comunidad sorda que use símbolos así? —preguntó Manuel—. Hace un rato me fijé y no dice nada en Internet.

—La verdad que no sé —dijo Silvina—. Pero como los lenguajes varían según las comunidades, no sería raro que usen uno propio.

—Pero si dijo… si puso que no era sorda —comentó Ersatz.

—Por ahí no lo quiere decir. Por ahí lee los labios…, como nosotros también —dijo Silvina.

—Puede que ella no sea sorda y los demás sí —dijo Manuel.

Ersatz movió la cabeza. Luego miró hacia los pies de Manuel.

—Correte de ahí… Estás justo arriba del pozo ciego. Nunca le tuve confianza a la tapa esa.

Manuel se desplazó con parsimonia hacia un costado, no dándole mucha importancia a la advertencia de su amigo, que prendió la linterna e iluminó la tapa circular de cemento. Silvina se acercó y se agachó para observarla. El cemento estaba un poco resquebrajado.

—No está tan mal —dijo Silvina.

—Costumbres que a uno le quedan… —comentó Ersatz, mirando ya el fuego.

En silencio, comieron sentados en la tierra, debajo del olivo, mientras cada tanto arrojaban ramas a la parrilla para mantener el fuego.

Todo iría ganando coherencia de ahora en más, pensaba Silvina, que cuando terminó su segunda pata de pollo, se sintió llena y satisfecha. No le gustaba que Manuel y Ersatz desconfiaran de Gema. Era como si desconfiaran también de ella.

De repente, con la grasa de la piel del pollo en la comisura de sus labios, se levantó y abrazó a Manuel.

—Riquísimo.

Luego le palmeó los hombros a Ersatz. Se volvió a sentar.

Los tres se quedaron unos minutos en silencio, con los codos sobre las rodillas, oyendo el crepitar de las ramas en el fuego. La luz potente del alumbrado público llegaba hasta el fondo desde el pasillo lateral.

—A guardar lo que sobró —dijo Manuel y se levantó con la bandeja metálica en la mano.

Ersatz también se levantó y caminó hacia el cantero bañado de blanco.

—Voy a dar una vuelta —dijo.

—Está loco este —dijo Manuel.

Silvina siguió a Ersatz por el pasillo hasta la luz cegadora.

Salieron a la calle y comenzaron a caminar por la vereda, tratando de no exponerse demasiado.

Al cruzar Marco Avellaneda, el nivel de la calle Catamarca descendía un poco.

—Cuando llovía eso era una pileta —comentó Ersatz.

Guio a Silvina por las calles, pasaron por lo de la profesora de inglés de cuando era chico Ersatz, un garaje con las puertas cerradas ahora, siguieron hasta la iglesia ortodoxa rusa, llegaron a la avenida y volvieron tomando otra vez Marco Avellaneda.

En diez cuadras no vieron a nadie. Todo estaba tapiado y cerrado en esa zona también. No había personas en los techos ni en las calles. Ni cerca de la casa de Ersatz, ni lejos.

Cuando volvieron, Manuel no sólo había guardado las sobras en bolsas de plástico; también había arreglado la conexión eléctrica. Esa noche tuvieron luz en el comedor.

Pusieron una de las sillas para que trabara la manija de la puerta que daba al fondo. Y en la puerta principal cruzaron un sillón despatarrado para evitar las visitas sorpresas.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente, ¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos.

Seré nada / Serenade. 14. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Pueden escuchar la lectura del Capítulo 14.

14.

Gema estaba en el descanso de la escalera pintada de color negro de la casa de enfrente. Silvina le hablaba, mirando hacia arriba. Luego se inclinó para recoger un papel que la mujer había dejado caer. Giró y se acercó a los dos. Les dio el nuevo mensaje de Gema. Pudieron descubrir la escritura temblorosa que habían visto en la hoja con la que se presentó, parecía la de un niño.

No preocuparse. Decía.

—Le pregunté dónde podíamos comprar algo para comer —contó Silvina.

Los tres subieron a la terraza y observaron desde arriba para ver si había árboles frutales a la vista. Descubrieron unos limoneros en lo que parecía ser el fondo de una casa vecina. En otra casa, un naranjo. Más allá, un manzano.

Ersatz comentó que la dueña de la casa del manzano solía regalarle también quinotos a su madre con la que ella hacía una rica mermelada. Silvina frunció los labios y dijo que prefería las manzanas. Por lo que sabía Ersatz, la casa estaba abandonada desde antes de que se fueran sus padres. Silvina propuso que cuanto antes fueran a recoger los frutos.

La casa quedaba en la misma cuadra, cerca de la esquina más alejada. Caminaron rápido y mirando hacia todos lados hasta que Ersatz los detuvo en una fachada con cerámicas blancas y negras. En donde debería haber estado el timbre había un hueco con cables finos enrollados. Manuel golpeó la puerta de chapa blanca. No hubo respuesta. Ersatz negó con la cabeza. Intentaron mirar por la ventana rectangular de vidrio esmerilado verde que tenía la puerta, pero se veía todo borroso. El agujero de la cerradura estaba a la vista. Faltaba la manija metálica. Manuel empujó la puerta. No se abrió. Sobre sus cabezas, vieron una fila de vidrios de botellas partidas, cementadas de punta a punta en el bordillo de la fachada.

Ersatz no pudo evitar recordar que había entrado a recoger los frutos más altos con Felipe, uno de sus amigos. Antes de que Ramoncito lo hiciera desaparecer de la tierra.

Silvina y Manuel retrocedieron unos pasos para observar las casas vecinas. Tal vez podrían colarse por las medianeras. Ersatz sintió que la piel del cuello se le erizaba. ¿Qué pasaría en el barrio? ¿Una muda pelada que dijo no ser sorda? ¿Personas erguidas en los techos?

Silvina movía la cabeza. Manuel se acercó y revoleó una patada a la puerta. Nada. Ersatz se quedó mirando a su amigo.

—Yo no pienso entrar —dijo.

¿Por qué le pasaba en la vida cosas raras? ¿No era raro estar otra vez ahí en la puerta de la vieja esa? Nunca sabía si las cosas que le ocurrían eran para reír o para llorar.

Cuando en el chat, meses atrás, habían discutido sobre ese tema, los tres convinieron en que las cosas raras que le pasaban a Ersatz tenían que ver con la sordera. No era el único. A los otros dos también, por ejemplo, se les acercaban personas que habían sido rechazadas por la sociedad para buscar refugio en una comprensión que sabían que iban a obtener con ellos. Tenían como un imán para eso. Silvina decía que era la energía, pero Ersatz no creía en eso. No creía, pero sabía por experiencia que cuando las cosas se ponen feas uno cree en cualquier cosa.

En la penúltima epidemia, la de gripe —no la del parásito—, recordaba haber chateado en una aplicación de citas con una chica que estaba eufórica porque una antena había captado una señal que, supuestamente, confirmaba la existencia de un universo paralelo al nuestro. Él también se había puesto contento. Pero nunca se comprobó. Todavía la noticia era falsa, no habían podido encontrar nada real fuera de algunas fórmulas matemáticas.

¿Por qué las personas ansiaban un mundo paralelo? ¿Qué había sido de este que, por lo menos, parecía realmente existir? Un golpe sordo lo alejó de sus pensamientos.

Manuel había vuelto a golpear con el hombro la chapa de la puerta. No cedía. Silvina le comentó a Ersatz que los nuevos dueños podrían ser sordos y por eso no los habían escuchado llamar. Ersatz los arengó diciendo que iban a necesitar alimentarse. Manuel retrocedió hasta el pórtico de la casa anterior, se encaramó a la reja y de ahí pasó a la medianera que no tenía pedazos de botellas de vidrio. Luego dio un salto.

Silvina y Ersatz esperaron, atentos por si aparecía alguien doblando en la esquina cercana o, del otro lado, bajando los escalones de la casa donde parecía vivir Gema.

Manuel abrió la ventana de vidrio esmerilado verde que tenía la puerta de la casa.

—Es una selva —dijo.

Ersatz sabía que ese terreno tenía cañas de azúcar y que era el más agreste de toda la manzana.

—No hay casa —agregó Manuel.

—Creo que la mujer se la había vendido a unos bolivianos. —Ersatz se dio vuelta para mirar a Silvina—. Si es así tenemos suerte, la querían de terreno, porque tenían una verdulería.

—Hay muchos tomates—. Manuel volvió a perderse detrás de la ventanita.

Silvina suspiró. Una buena noticia, por lo menos. Seguía preocupada y avergonzada pero la perspectiva de una huerta orgánica la había animado. Ersatz tenía clavada la mirada en la casa de Gema.

—¡Vamos! —pidió Manuel.

Por la ventana de la puerta les pasaron las bolsas. Mientras esperaban, se adelantaron hacia la esquina para ver si podían descubrir alguna persona nueva en las terrazas de la siguiente cuadra. Nada.

Ersatz no pudo dejar de apreciar el tener a Silvina al lado. ¿Cuántas chicas había traído a conocer a su familia y al barrio? Tres, por lo menos. Todas se habían perdido en la vorágine de la vida y jamás las había vuelvo a ver. Silvina tenía esa particularidad de hacerlo sentir tranquilo. No estaba nervioso como cuando visitaba el barrio con las otras. Debía ser porque eran sólo amigos, pensó.

Manuel los llamó, desde la medianera les arrojó las bolsas anudadas y repletas. Luego descendió hasta la reja y pegó un salto. Apenas estuvo abajo, abrió una de las bolsas como si fuera un tesoro y les mostró que estaba llena de tomates comunes, cherrys, manzanas y varios manojos de rúcula.

Estaban por la mitad de la cuadra cuando aparecieron en la esquina los dos hombres con conjuntos deportivos que habían visto la noche anterior en uno de los techos. Altos, esmirriados como los otros. Pelo crespo, corto y negro. En sus rostros ovalados, de ojos grandes, no se podía leer ninguna emoción. Eran iguales, gemelos. Lo único que los diferenciaba era el color de la ropa, gris claro en uno y negra en el otro.  Las zapatillas de los dos alguna vez habían sido blancas.

—Hola —dijo Silvina.

Manuel saludó con la mano. Ersatz los miró de lleno.

Los gemelos no contestaron. Siguieron caminando y los dejaron atrás, como si ninguno de los tres existiera.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. 13. Nueva novela.

Leyendo el capítulo 13 de Seré nada por Adrián Gastón Fares. Audio completo.

13.

La invitaron a sentarse a la mesa. Con la espalda apoyada en el respaldo de la silla, muy erguida y con los hombros separados, Gema los miró con una mirada vacía.

Le convidaron una manzana. Negó con la cabeza.

Tenía la cara y el cuello bronceados por el sol. Dieron por sentado que era lampiña, más que rasurada, los pelos de las cejas parecían rubios, pero dos o tres y no había rastros de pelusas en su labio superior ni cabello en ninguna parte de su rostro, antebrazos y manos.

No era tan alta como parecían ser algunos de los demás que habían visto en las terrazas. Parecía ser de la misma altura que Manuel, que medía un metro ochenta y cinco.

Silvina no anduvo con muchas vueltas:

—¿Conoce a Riannon?

Gema levantó y sacudió su dedo índice.

—¿Dónde está? —insistió Silvina bajando las cejas y clavando la mirada en los ojos de la mujer como si tuviera que resolver un crimen.

Gema hurgó en la parte superior de su calza, sacó su celular y escribió algo.

Decía: No Rano.

Silvina escribió en el bloc de notas de su celular el nombre Riannon y se lo mostró a Gema, sosteniendo la mirada en la inclinada pelada de la mujer, que en seguida levantó la cabeza y la sacudió fervientemente, como para terminar con las preguntas.

—¿Cuántos son en la colonia de sordomudos? —preguntó Manuel.

Gema volvió a escribir en su teléfono con rapidez: No sordomudos.

—¿Sordos? —dijo Silvina.

Gema escribió y les mostró la pantalla de su celular: NadaNo, decía, así, sin puntuación ni separación entre las palabras como si la mujer ya quisiera sacárselos de encima.

—¿Personas sordas? —intentó Ersatz.

Gema no movió la cabeza y no contestó la pregunta. Un rayo de sol traspasó las hojas del olivo y marcó su cara. Cerró los ojos.

El teléfono de Manuel vibró. Lo tomó. Era un mensaje de Silvina que había escrito al grupo La Oreja.

Ersatz, sentado a la punta de la mesa cercana a la puerta de la escalera trasera, no podía quitar los ojos del perfil estoico de Gema; estaba pensando si se parecía a alguna ex vecina.  No recordaba a ninguna con ese rostro… Vio el mensaje de Silvina, pero no le dio importancia.

El mensaje decía:

No tiene nada en el oído.

Manuel frunció la boca, como no dándole importancia a ese detalle.

—¿No usan ninguna prótesis? ¿Lengua de señas para comunicarse? —preguntó Silvina.

Gema abrió los ojos, los achinó, por primera vez cambiando un poco la expresión de su rostro, y escribió, ya medio cansada de las preguntas:

Esto.

Se quedó con la cabeza inclinada observando su celular.

De repente, el teléfono vibró y apareció un mensaje. En negrita vieron que el remitente era un tal Roger. Debajo se veían dos símbolos, separados por varias palabras. Los símbolos no eran emoticones, no tenían color; eran simples símbolos alfanuméricos. Gema levantó su celular y contestó el mensaje.

Silvina, que de repente parecía competir con Gema en velocidad de tipeo, escribió en el grupo La Oreja:

¿Vieron algo? ¿Qué decía?

Manuel leyó el mensaje y la miró, perplejo. Ersatz vio el mensaje, apretó los labios y miró hacia abajo.

Silvina quitó la mirada y la dejó caer más allá de la espalda de Gema, como perdiendo la paciencia y a la vez buscando una explicación que se ajustara a lo que había pensado que ocurriría cuando Riannon los recibiera.

Luego, todos miraron de lleno a Gema, que seguía tecleando en el celular, aparentemente despreocupada. Las uñas que tenía eran bastante largas y estaban un poco sucias.

Gema se levantó de la silla, se acercó a la estufa en el vértice de la habitación, se agachó para juntar una de las rosas enanas que estaba en el piso, la ubicó al pie de la Virgen negra con las otras y juntó las palmas de las manos. Hizo una reverencia. Giró en redondo y caminó hacia la escalera por donde descendió sin apuro.

Los tres se miraron desconcertados.

—¿Dónde encontraste esa nota que nos pasaste? —preguntó Ersatz.

—En Internet. ¿Dónde va a ser? —dijo Silvina.

—Pensé que te la había recomendado alguna del foro.

—No.

Ersatz sonrió. Manuel lo siguió. Silvina apretó la boca y cerró los ojos, molesta.

—Yo vi el símbolo del sol —dijo Silvina—. El signo astrológico del sol, un círculo con un punto. Estoy segura. Y entremedio era castellano mal escrito. Después había algo más que no vi.

—A mí me pareció ver un jeroglífico egipcio… En serio digo, eh —dijo Ersatz.

—No estoy seguro… —dijo Manuel.

—Pensé que aunque sea nos iba a pasar el número de teléfono —se lamentó Silvina.

—No nos conocen todavía… —comentó Manuel.

—¿Nadie entendió la oración completa?  —preguntó Silvina.

—Yo vi algo que parecían tres alambres; uno arriba de otro —dijo Manuel.

—Ése digo yo… Es el que me pareció un jeroglífico. —Ersatz miraba los libros que había en los estantes superiores del mueble que separaba el vestíbulo de la cocina. Uno, de tapa grande, se llamaba Los misterios del Nilo.

Silvina siguió la mirada de Ersatz.

—Nada de Egipto.

—¿Maya? —preguntó Ersatz.

—Y después decís que yo creo en cosas raras… Nada de eso… Eran símbolos simples. Y el resto, palabras, castellano, basta. —Silvina fue tajante.

Convinieron en que era imposible descifrar las pocas palabras que habían visto en el celular de Gema.

Silvina, que seguía empecinada en demostrar que no se había equivocado, aunque no había signos de Riannon ni de comunidad sorda, se levantó y bajó corriendo a la calle por las escaleras.

Ersatz y Manuel la siguieron.

por Adrián Gastón Fares

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 12. Nueva novela.

Leyendo Seré Nada. Capítulo 12.

12.

El sol se colaba por las persianas. Aunque Ersatz pensó en seguir durmiendo, debía levantarse. Se colocó las prótesis auditivas en los oídos, salió del dormitorio y cruzó el pasillo.

Encontró a Silvina preparando un desayuno con las frutas y el café instantáneo que había traído. Manuel simulaba leer una hoja de un diario como si fuera su padre. Habían levantado la persiana.

Ninguno de los tres usaba los audífonos al despertar en la soledad de sus casas, no tenía sentido, pero esa mañana, como estaban juntos, se los habían colocado y parecían estar más distendidos y comunicativos.

—Vamos que llegamos tarde al colegio, Er —dijo Manuel.

—¡Cómo dormiste! Por ahora no hay señales de tu vecina —dijo Silvina.

—Son las pastillas —contestó, Ersatz—. El problema es que muchas no me quedan, voy a tener que partirlas.

—Tengo algunas parecidas —dijo Silvina y agregó—: No hay ningún negocio abierto. El almacén está cerrado.

—¿Qué esperabas? —comentó Ersatz, medio dormido todavía.

Bebió el café y comió la mitad de una manzana, mientras los rayos de sol atravesaban las hojas del olivo. Luego, salieron los tres juntos rumbo al oeste. En la terraza sobre el almacén, que como había dicho Silvina estaba cerrado y tenía las persianas oxidadas y bajas resaltaba contra el cielo límpido la figura de un espantapájaros negro.

Eso pensaron, pero al cruzar la calle y estar en la vereda del negocio, quedó claro que era un hombre con un polar negro. Les daba la espalda y estaba en una posición bastante erguida para estar apoyado contra una pared. Tenía el pelo oscuro corto, rapado en los costados de la cabeza y en la nuca. El sol hacía brillar algo en una de sus orejas. Parecía ser un aro plateado, en vez de un audífono. Su cara estaba apuntando directamente al sol.

—¡Señor! ¡Hola! ¡Señor! —gritó Silvina.

El hombre siguió erguido sin girar la cabeza ni inmutarse en lo más mínimo. Manuel codeó a Silvina. Ersatz creyó que eso quería decir que el hombre era una persona sorda, más sordo que ellos, y que por lo tanto era una señal de que estaban en Serenade.

—Ya habrá tiempo para hacer sociales. —Ersatz hizo una seña para que siguieran caminando.

Los tres pasaron por la casa de la abuela de Ersatz, que no se tomó el tiempo esta vez de explicar que esa había sido la casa de su abuela. No tenía ganas de hacerlo. Por esa puerta había salido miles de veces para subirse al colectivo escolar.

Llegaron a la esquina, donde estaba el quiosco de la bruja. Era una mujer que antaño abría una ventanita cuando él iba a comprar caramelos y tenía las uñas largas, el pelo largo, arácnido, y la cara afilada. La ventanita seguía estando, cerrada, detrás de unos tupidos helechos. Ersatz tampoco dijo nada, pero los hizo doblar a la izquierda y cruzar para ver si seguía abierto el supermercado chino.

En la esquina opuesta al quiosco, vieron unos escalones entre unos matorrales que subían hasta un altar. La estatua de Gauchito Gil apenas se veía entre los arbustos.

La entrada del supermercado era una pared ahora. El cartel estaba apoyado contra el cemento. La garita de seguridad tenía los cristales sucios. Manuel se asomó para mirar y movió la cabeza. Ersatz comentó que en la penúltima epidemia los chinos les tomaban la temperatura a los clientes antes de dejarlos pasar. No sabía dónde iban a comprar alimentos, pero no dijo nada para no impacientar a sus amigos, que parecían más esperanzados que él.

Hicieron cuatro cuadras hacia la avenida San Martín, la misma por la que habían llegado, y no se cruzaron con nadie. Sólo un gato de pelaje amarillento y grasoso se deslizó ante ellos para esconderse. Más casas y coches abandonados en las veredas, cortando el paso. Caminaron una cuadra por la avenida desierta y volvieron por la calle que desembocaba en la esquina de la casa que ocupaban.

Casi al final del camino de vuelta, escucharon a unas cotorras que parecían haber descendido sobre un plátano y levantaron las cabezas. Debía ser cerca del mediodía. El sol brillaba fuerte. Tanto que no dejaba mirar al cielo con los ojos abiertos. Pero al girar las cabezas, entre los manchones rojizos que les produjo el sol, vieron otras de mujeres y hombres con los cuerpos erguidos en las terrazas. Los rostros apuntaban hacia el mismo lugar. Las manchas rojizas desaparecieron y pudieron ver mejor.

En una terraza había un hombre con pelo largo entrecano y una remera negra con una inscripción colorida acompañado de una adolescente con una campera de cuero. Dos hombres con conjuntos deportivos con la misma complexión física, compartían un techo. La mujer de rodete y vestido oscuro despuntaba en el techo en que la habían visto la noche anterior. Todos eran muy altos, extremadamente delgados, casi raquíticos. Más allá, sobre el almacén, les daba la espalda el hombre de polar oscuro que habían visto al principio de la caminata. Notaron que era casi tan alto como los demás. Con la vista cansada, bajaron las cabezas.

En la esquina de donde estaban parando, había una mujer con la cabeza rapada que estaba haciendo lo mismo que el resto de las personas avistadas, pero en este caso sobre el techo de un descolorido coche abandonado. Vestía de negro, calzas y remera, parecía no tener frío y cuando rodearon el coche para verla de frente, descubrieron que tenía los ojos cerrados y las palmas de las manos expuestas, como los otros, hacia el sol.

Los tres buscaron con la mirada detrás de las orejas de la mujer alguna prótesis auditiva, audífono, implante o lo que fuera. Nada.

Silvina, que había dado por sentado que la mujer era sorda, dijo que era Tadasana, la postura de la montaña, que ella intercalaba en sus clases de yoga.

Todos notaron que la mujer, como los demás en lo alto, salvo la adolescente, parecían ser de la misma edad. La misma que la de ellos o un poco más jóvenes.

—Perdón que la moleste —dijo Silvina.

La mujer ni se inmutó.

—Señora —agregó—, estamos buscando un lugar para comprar comida. ¿Podría ayudarnos?

Ersatz creyó ver que las líneas de las comisuras de los labios de la mujer se alargaban.

Sea como fuera, reaccionó, entreabrió los ojos, sin despegar los labios y estiró el brazo con los dedos de la mano abiertos como pidiendo que no la distraigan.

—¿Sabe si estamos en Serenade? —insistió Silvina.

La mujer levantó más la mano y siguió erguida sin contestar la pregunta de Silvina.

Esperaron, pero no hubo caso. Ella y los demás seguían en lo mismo, imperturbables.

Volvieron a la casa. Subieron con los hombros caídos y comieron más frutas. Evitaban mirarse a los ojos para no profundizar el sentimiento de incertidumbre con preguntas, cuando, de repente, detrás de Silvina, apareció en el descanso de la escalera la mujer rapada.

Silvina se dio vuelta rápidamente porque vio la cara sorprendida de los otros dos.

Tenía un papel que decía: Hola Gema.

Luego lo dio vuelta para mostrarles lo que había escrito en el anverso:

Serenade Es.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 11. Nueva novela.

Leyendo Seré Nada. Capítulo 11.

11.

La otra cosa inexplicable, además de ese altar pagano que parecían conformar la mandíbula pintada de negro del tiburón y la oscurecida Virgen debajo, sobre la tapa de una estufa empotrada a la pared, era que todos los adornos estaban limpios, libres del polvo que solía acumularse en las casas abandonadas. Sólo la alfombra del amplio vestíbulo tenía una mancha color bordó, seguramente una quemadura del sol, que entraría por alguna persiana rota de día. Las persianas estaban totalmente bajas por lo que la oscuridad sin las linternas era total.

Silvina enfocó a la Virgen con su linterna. La estatua era de un negro terroso, natural, como si la piedra en la que la hierática virgen había sido tallada se hubiera ennegrecido hacía mucho tiempo. Pero negro al fin.

—Santos y Budas tenían. Vírgenes ninguna… —dijo Ersatz.

La luz del pasillo que daba al baño y a los dormitorios funcionaba. Las máscaras hindúes les dieron la bienvenida mientras Ersatz le decía a Silvina que ella ocuparía la habitación de sus padres. Tendría la cama más amplia y cómoda. Vieron que la cubría colchas raídas pero que parecían limpias. A Manuel le ofreció la suya, convertida por la familia en una especie de desván que todavía tenía sillas y escritorios viejos. Él dormiría en la habitación de su hermana, donde ella había pegado unas estrellas fotoluminiscentes que de noche formaban una constelación de estrellas verdosas, un sistema solar único, según recordaba.

Dejaron las mochilas y se encaminaron hacia el comedor con las linternas. Ersatz probó una llave en la puerta que daba al descanso de la escalera trasera. La puerta se abrió, crujiendo. Por esta escalera se descendía al jardín y se subía a la terraza.

Detrás de las rejas de la escalera observaron el jardín. El olivo estaba en su lugar, había crecido muchísimo y estaba casi pegado a la ventana. Apuntaron las linternas hacia abajo. Casi no había césped, las hojas amarillas del olivo habían tapado todo. En los canteros la planta de la moneda parecía un tótem muy alto y los helechos y las palmeras pequeñas habían dominado lo demás.

Los haces de luz de la linterna de los tres barrían el fondo. Manuel iluminó lo que parecía ser la oquedad del caparazón de una tortuga. Ersatz pensó que sus padres no podían haber abandonado a Tila, aunque no lo sabía. Si era su mascota, desde la última vez que la había visto había tenido tiempo para crecer mucho y para un día quedar boca arriba para siempre.

Subieron a la terraza para observar el barrio desde arriba. A lo lejos se distinguían cuadras iluminadas por lámparas viejas, amarillentas, diferentes a la fría que los iluminaba.

Todo parecía desierto y silencioso. En los otros techos y terrazas, sólo se veían antenas antiguas de televisión digital, aparatos de aire acondicionado y tanques de agua. Ersatz notó que una parrilla con la chimenea vencida contra una medianera más baja sobresalía y parecía el capirote de un enano. Los tanques, en cambio, eran pulgares hinchados de gigantes. Pensó que en su infancia en ese barrio había sido vital tener algo de imaginación.

La terraza donde estaban ellos era algo más alta, pero en las demás se podía pasar de una a otra sólo dando un salto. En general, sólo un pasillo delgado las separaba.

Cuando llegaron al enrejado que daba a la calle vieron en una de las terrazas de la manzana de enfrente a una mujer cerca de un tanque de un tono azulado. Como estaba varios metros por encima de los faroles de la calle, no llegaban a verle la cara. Se veía que tenía el pelo atado, formando un rodete y que tenía un vestido oscuro que el viento arremolinaba. Parecía tener un balde en la mano. Manuel comentó que debía estar juntando agua de alguna canilla que debía tener el tanque.

Silvina lo tomó del brazo a Ersatz y se apretó contra él. Entendió que su amiga pensaba que podría ser la mítica Riannon, la fundadora de Serenade.

Manuel preguntó cómo les decían a los pobladores de Serenade y Silvina respondió que no sabía, que tal vez les decían serenados. Ersatz, precavido, les recordó que podía ser una vecina que se hubiera quedado en el barrio solo para ir a la contra del resto de los vecinos. Le hicieron señas con las manos a la mujer, pero ahora estaba agachada al lado del balde. Luego se giró y desapareció como si hubiera caído en un agujero en la terraza. ¿Se había escondido de ellos?

Giraron hacia el norte y miraron a ver si veían a otras personas. Las luces de la Torre Interama seguían titilando de manera intermitente, tres rojas y una blanca en la punta. Entonces, el cielo les robó la atención.

Más allá de la línea rosada hundida en el horizonte donde estaba perdido el sol, las estrellas y la luna, menguante, ya podían verse.

Hacía tanto tiempo que no veían algo así, que se quedaron sin aliento, mirándose de reojo entre ellos.

Luego convinieron en que era hora de descansar para levantarse temprano al otro día y tratar por lo menos de hablar con esa mujer.

Bajaron las escaleras, entraron, cerraron la puerta y cada uno se fue a sus nuevos aposentos. Estaban cansados por el viaje a pie, pero el sueño no llegaba fácilmente.

Silvina pensaba en cenas al aire libre con otros sordos entre parras y vasos de vino. Manuel se veía corriendo con jóvenes sordos por las calles silenciosas. Ersatz no podía conectar con sus sentimientos, era un resabio de lo duro y desapegado que se había convertido con el tiempo.

Había llorado demasiado, incluso en esa casa, enrollado en el suelo del garaje cuando se había juntado el diagnóstico tardío de sordera y la partida a otro país de una novia de ese entonces. Fue demasiado para él, y nunca volvió a ser el mismo, lo había acumulado en su alma y según su punto de vista, había trascendido esa realidad enfrentando a sus padres y a sí mismo. Sentía como si el feto lloroso del garaje fuera él, pero a la vez no fuera él. Y eso era lo mejor que podía pasarle, se dijo. Aunque siempre pensaba en qué significaba ese creciente desapego. Recordó que no había tomado la pastilla.

Encendió la luz, rebuscó en su mochila, y se tragó el sedante. Frente a la cama había un estante con pequeñas muñecas y castillos de cerámica. Una torre estaba caída. La levantó. Luego apagó la luz y volvió a tirarse en la cama.

De pronto, el universo cobró vida en la oscuridad. Las estrellas de su hermana se habían cargado de energía. Ersatz contempló el techo, pero había algo que no cuajaba.

La luna parecía estar más alejada, como si la hubieran usado para marcar un planeta más grande y distante, y ya no ocupara el lugar de un satélite. Las estrellas formaban espirales. La cosmografía parecía haber cambiado desde el lejano feriado en que había dormido en esa cama.

En un momento se mareó, tuvo que dejar de mirar las estrellas. Se dio vuelta en la cama y se quedó dormido.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 10. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 10. Resumen: El grupo logra entrar a la que fuera la casa de los padres de Ersatz. Notan que un particular adorno está pintado de negro azabache. Y a los pies de una inesperada estatua descubren una ofrenda.

10.

Ersatz introdujo la llave en la cerradura y la giró dos veces. La puerta no se abría. Silvina probó y comentó que estaba trabada. La puerta se había hinchado… Manuel los apartó y la abrió con un golpe de hombro. Ersatz lo miró con reproche, pero no quería retar a su amigo en un momento tan importante como la llegada a su antigua casa.

Sabía que adentro debía actuar con más frialdad. Que no debía dejar que los recuerdos duros lo alcanzaran. Ya había pasado por ahí en la penúltima epidemia, antes de que todos se fueran. Ya había tenido tiempo para repasar su vida mucho antes, las otras veces que había vuelto a la casa de sus padres. Como en ese feriado donde había enfrentado al fantasma del otro adolescente que había sido, ese que no sabía que tenía sordera e iba a un secundario con chicos que no sabían que podían escuchar normalmente. Era otra manera de pensarlo, se dijo.

Para él estaban frente a una casa a la que había vuelto ahora por esas cosas raras que tenía la vida. Estaba con sus dos mejores amigos, personas en las que se veía reflejado y con las que se entendía casi sin hablar.

Palpó la rugosa pared en la oscuridad. Prendió el interruptor de la luz. Ante ellos se iluminó la larga y empinada escalera que llevaba a la planta alta. Ersatz les dijo que subieran mientras extraía su linterna de la mochila y se metía por una puerta al costado, dejando la luz cálida recién encendida para hacer una pausa en la penumbra. Esa planta, más allá del garaje donde su madre enseñaba música, había quedado sin construir. Buscó con el haz de luz al piano hasta que recordó que sus padres lo habían regalado. Por suerte, había sido mucho antes del Tyson21, si no tal vez los hubieran diagnosticado.

Encontró cucarachas muertas dispersas. Se detuvo a mirar a uno de los insectos muertos que, en su eternidad boca arriba, parecía sonreír.

Sin el lustre de correoso bronce que hace que una cucaracha parezca un bicho pegajoso, el que le erizaba la piel a Ersatz que las detestaba, la cucaracha era un insecto amigable, que parecía haber muerto feliz, con sus ojos sobresalientes y su estómago hundido y blanco. Ersatz no sabía si la costra blancuzca era por la putrefacción o si eran rastros del veneno que la había matado…

Silvina y Manuel lo estaban esperado arriba. Las luces del vestíbulo y del comedor no encendían. Manuel alumbró todos los adornos que habían dejado los padres de Ersatz, unos leones chinos, un sol azteca, jarrones y platos cerámicos en la pared. Todos, incluso Ersatz, se sobresaltaron cuando iluminaron a la dentadura del tiburón que estaba colgada en la pared del comedor, al lado de la ventana que daba al fondo.

Ersatz los tranquilizó explicándoles que sus padres habían traído ese pequeño adorno de su viaje de luna de miel en Punta del Diablo… pero también les dijo que no se explicaba la intervención que le habían hecho.

El cartílago de la mandíbula del tiburón antes había sido de un color blanco amarillento. Ahora estaba pintado de negro azabache y los dientes replegados no parecían pertenecer a una criatura muerta de este planeta. Debajo del esqueleto del escualo, había otra cosa oscura. Una Virgen de unos veinte centímetros. A sus pies tenía un colchón de pétalos de rosas enanas, parecidas a las que habían visto en el vivero.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. Serenade / Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 9. Nueva novela.

Leyendo Seré Nada. Capítulo 9. Resumen: El grupo llega a la casa de los padres de Ersatz y, antes de entrar para saber qué los espera, notan que algunas fachadas de la cuadra están pintadas de negro.

Ersatz recordó que cuando era chico la torre espacial de Interama tenía luces rojizas que titilaban en la noche. ¿Seguirían funcionando? Pronto lo sabrían.

Le dio escalofrío pensar en ese parque de atracciones abandonado hacía tanto tiempo. Le tenía un poco de miedo a los parques de diversiones. Todo le parecía muy grande y desproporcionado y parecían gritar una ilusión falsa. Y Ersatz, como los otros dos, estaba cansado de las desilusiones.

Caminaron una cuadra por Yerbal hasta donde Ersatz los detuvo para mostrarles un chalet de dos plantas y rejas góticas negras, la construcción más imponente del barrio —ahora con las ventanas tapiadas— y doblaron para tomar Islandia que era bastante arbolada y, a esa altura, una de las calles más lindas de la zona. Pasaron por la puerta de la casa pintada de blanco con jardín delantero que pertenecía al solicitado médico al que su madre lo llevaba de chico. Ersatz miró de reojo la casa, apretando la boca para no hablar. Ese médico arrogante había pasado por alto su sordera.

Caminaban por las calles porque las veredas estaban infestadas de matas de hierbas silvestres y arbustos. Aun así, cada tanto tenían que rodear la carrocería de algunos autos volcados.

En Marcos Avellanada doblaron a la derecha. Ahí estaba la pollería con una parada de colectivo antigua, también seguían erguidas más casas de dos pisos con todas las persianas bajas. El taller de colectivos de la línea 9 estaba con la valla metálica derribada. Tenía una pintada de la que sólo quedaba: NA ES EL FUTURO, y arriba unos reflectores con lámparas rotas sobre el cartel de la Tomás Guido.

Cruzaron hacia la fábrica de la empresa de transporte, que ocupaba la mitad de la manzana. En la vereda del negocio que la seguía, un taller mecánico, había tres vehículos antiguos. Un camión repartidor de soda, una camioneta cubierta con una lona correosa y un Citroen con las puertas abiertas.

En la esquina de enfrente seguía estando la casa de fachada rosada donde había un delivery de pizzas, y luego la cortina metálica cerrada del carpintero, que tenía pintada la sigla ZEO en cada letra de un color distinto —amarillo, verde y violeta— y también tenía otra pintada menos colorida que decía XXY en las ventanas. Pasaron por la casa del tucumano, el que le había enseñado a Ersatz que los animales no se maltrataban cuando era chico, algo que recordó Ersatz al grupo, que estiró la mano para detenerlos cuando estuvieron en la vereda de la que era la casa de sus padres.

Silvina estaba más interesada en la altura de la fábrica que aislaba la calle del resto del barrio. Se acercó al portón gigante que daba a un baldío y pateó un tacho de pintura vacío que estaba volcado en la entrada. A los otros dos, Silvina les pareció un fantasma pálido contra el portón negro azabache. Se notaba que la pintura era reciente. Ersatz lo recordaba de color azulado.

Manuel se quedó mirando la construcción, también enfrente de la casa de los padres de Ersatz, que seguía al baldío. Tenía una planta cuadrada y arriba, una pequeña habitación a la que se llegaba por una escalera exterior de metal, también pintada de negro. En la ventana del cuartucho se agitaba, movida por el viento, una lona oscura. Cerca, a la misma altura, sostenidos por dos palos de luz, se abombaba un pasacalle deshilachado, con las hebras flotando de aquí para allá. La felicitación de cumpleaños casi ilegible era para una tal Barby.

Las dos casas vecinas a la de los padres de Ersatz, de una planta, con fachadas de cerámica, no parecían haber sido intervenidas. Una era la de sus vecinos evangelistas, que tenía un fondo con plantas exóticas para esa zona traídas de Paraguay y la otra la de su vecina italiana que también tenía un fondo grande, donde la mujer solía criar gallinas y conejos.

Ersatz resaltó lo de los fondos para que supieran que iban a estar rodeados de bastante vegetación, pero el comentario pasó desapercibido. Las luces del alumbrado público, unos violentos reflectores LED fríos que habían reemplazado hacía unos años a las lámparas amarillentas, se habían encendido. Por un momento, los tres fueron enceguecidos. Manuel comentó que debía haber quedado energía en la central eléctrica. Ersatz, que no se lo explicaba, pero lo agradecía, sólo subió los hombros. Aunque por un momento sólo vieron manchas blancas, enseguida notaron que bajo la nueva luz la pintura negra del portón de la fábrica casi brillaba.

Luego, Ersatz les explicó que la mitad de la manzana se había dividido en esas tres propiedades, aunque cuando había llegado su abuelo italiano al barrio eran un terreno único, extenso, propiedad de un exguardaespaldas del presidente Yrigoyen al que se le había dado por plantar olivos. Ersatz les recordó, sin darle importancia, que los vecinos decían que el exguardaespaldas tenía enterrado un cofre con oro robado que nunca nadie había encontrado.

En las veredas de las casas vecinas en vez de olivos había plátanos. Y varios gingko biloba, un árbol que antes no había sabido reconocer Ersatz, pero que ahora sí porque un médico le había dicho que era beneficioso para el tinnitus.

Mientras él trataba de explicarles lo necesario a sus amigos sin pisar más el pasado en su mente de lo que tenía que pisarlo con sus zapatillas en ese momento, los otros dos pensaban lo que significaría dormir en otoño, con el tiempo tan extremo que tenían, días calurosos y días tan fríos, en la casa alta de los padres de Ersatz. Las persianas francesas de la planta alta eran enormes, de madera, y estaban bajas. Ersatz ya les había explicado que se olvidaran de levantarlas, eran muy pesadas y el mecanismo se había trabado en los años noventa. Las ramas de las suculentas andinas del largo e inaccesible balcón del frente llegaban hasta lo que quedaba del cordón de la vereda.

Por lo demás, la vereda de la casa en la que se quedarían estaba destruida, tenía grietas de la que salían hierbas silvestres en casi todas las baldosas. El tacho de basura estaba derribado y los hierros cubiertos de grasa.

Faltaban los picaportes de la puerta. El número también había desaparecido. Más allá de esos detalles, la casa de dos plantas estaba intacta. Sólo faltaban algunas cerámicas.

Repararon que el olor imperante era a pintura fresca. Nada del aroma característico de un suburbio de Buenos Aires donde se solía cocinar a esa hora de la tarde. Tampoco había ninguna sobra de comida ni en el suelo ni en los demás tachos de basura, que no tenían bolsa. Sólo huesos de animales entre los escombros.

Un perro grande, de pelaje blancuzco con manchas negras apareció y empezó a ladrarles desde la esquina cercana.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. Capítulo 8. Nueva Novela.

Seré Nada. Leyendo el Capítulo 8. Resumen: Ersatz, Silvina y Manuel llegan a la avenida San Martín, en Lanús y aunque el barrio parece deshabitado encuentran una esperanza, un indicio de la supuesta colonia Serenade, en una peluquería. Toman el camino hacia la casa donde Ersatz creció.

8.

Más allá de la primera corchea, lo que conocía de antaño Ersatz estaba clausurado, las puertas tapiadas y los cristales de las ventanas rotos. Las casas de fiestas tenían fachadas pintadas de un tono negro hollín y parecían más velatorios que otra cosa. Un colectivo de la línea 20 estaba recubierto de musgo y óxido en partes iguales. Los árboles quebrados y los troncos con ramas secas caídos sobre techos de comercios. Ersatz recordó que hacía rato que no llovía por lo que se esperaba tiempo inestable.

Se sentaron en la parada del cartel de colectivo que había en la heladería Carlos and Charlie´s para comer los sándwiches que se habían preparado. El enrejado de la persiana estaba aserruchado. Ersatz se acercó a los tachos de helado, que estaban repletos de cucarachas muertas. Tuvo arcadas y sostuvo el vómito. Silvina lo alentó diciéndole que ya estaban cerca.

Los supermercados chinos daban algo de color amarillo o rojo a la avenida, aunque las puertas de chapa deslizantes estaban cerradas con candados. En esa zona había más casas de repuestos de autos por todos lados, con carteles blanqueados por el tiempo. También, más recientes, remiserías cerradas pero que conservaban el cartel de Tomo auto. Negocios de venta de membranas. Edificios con ladrillos a la vista y sin fachadas aún, signo del progreso urbanístico detenido.

Concesionarias con autos abandonados en la vereda. Fábricas con el portal de entrada de vehículos cerrado, y oficinas superiores con vidrios sucios. El verde de algunos árboles jóvenes se mezclaba con el color ocre de los viejos y secos.

La A de la Asociación de Amigos de la calle Coronal D´elía seguía tan herrumbrosa como siempre. El árbol que la acompañaba había perdido todas las hojas y la casa blanca con puerta celeste antigua de la esquina parecía una pulpería abandonada en el medio de la pampa.

En ese lugar había otra única corchea, esta vez era un grafiti sobre las pesadas persianas metálicas cerradas. Un cartel estaba tirado en el piso, doblado, Manuel lo dio vuelta con el pie. Vieron que decía Compostura de Calzado.

Del otro lado de la calle, había un camión largo cruzado en zigzag como una lombriz muerta y calcificada por el sol. Más edificios nuevos abandonados en la primera planta, algunos en los cimientos. Una pancarta de tela rafia blanca, deshilachada, dormía sobre uno de los palos de luz que la sostenía, como si fuera una bandera caída que les daba la bienvenida a Serenade. Pero se llegaba a leer English World: Curso de Inglés. Otra estación de servicio. Fue Silvina la que recordó que estaban cerca de la zona clave.

Ersatz les explicó que en la concesionaria que tenían enfrente, un edificio con algunos autos con chapas oxidadas detrás de rejas, había pasado una noche con su tío abuelo que era guardia de seguridad. A Ersatz le había dado mucho miedo los trofeos de cabezas de animales que estaban colgados adentro. Silvina, mirando su celular, comentó que estaban pisando el signo de la paz que se veía desde lo alto.

Debajo del cartel de chapa con el símbolo del sol que daba la bienvenida al Rotary Club Pompeo, observaron una veterinaria con peceras tan algosas que no pudieron discernir el contenido, otro pasacalle de English World enroscándose sólo en la calle por el viento, fruterías y verdulerías con los cajones de madera todavía apilados en la calle y algunas bolsas de cebollas negras.

Recién en el palo de luz cercano al antiguo puesto de diario, que tenía las revistas con las hojas quemadas por el sol, encontraron dos corcheas consecutivas. Silvina afirmó que faltaba una más. Ersatz contestó que si le habían errado él prefería que se quedaran en su antigua casa para continuar la búsqueda. No se iba a sentir seguro en otras. Cruzaron un estacionamiento en 25 de Mayo.

En Yerbal se enfrentaron con un comercio de muebles de algarrobo. Estacionado en la puerta había un camión de succión de aguas residuales que era el vehículo mejor conservado de los que habían visto; el azul del chasis casi brillaba.

Ersatz se volvió y reconoció a la peluquería París. No tenía rejas. El taburete en el que se había sentado tantas veces en la adolescencia estaba ocupado por un gato de pelaje oscuro y grasoso. No sabía si muerto o vivo. En las persianas bajas de los otros negocios había grafitis con nombres y corazones. Pero ya ningún nombre lograba entenderse.

Ersatz les dijo a Silvina que si ahí no estaba el corazón del asentamiento Serenade no iba a estar cerca de la casa de sus padres. Agregó que se encontraban cerca de la iglesia, y del colegio donde había estudiado.

Manuel corrió hasta la esquina siguiente y negaba con la cabeza desde ahí, ofuscado porque no había ningún ser humano además de ellos.

Ersatz entró a la peluquería, apartando esqueletos de ratas con la punta de sus zapatillas. El gato abrió los ojos, de un color verde esmeralda, dio un salto y escapó. Ersatz se sentó en el taburete donde antiguamente se miraba al espejo en silencio, esperando que el peluquero hiciera su trabajo. Ahora el espejo estaba partido, pero había algo más… Se sobresaltó y llamó a los otros con urgencia.

Fuera, Manuel y Silvina se acercaron corriendo para mirar desde detrás de Ersatz el espejo de la peluquería.

En la pared de color crema reflejada en el espejo, arriba del sillón largo de espera, huían las inclinadas figuras musicales. Las tres corcheas, que primero vieron al revés, estaban pintadas con descuido. ¿Y ahora?

El sol empezaba a caer. Ersatz los convenció de doblar en la esquina. El camino que había visto tomar al gato era el que más rápido los dejaría en su casa.

A lo lejos resaltaba en el cielo la torre espacial de Interama. Ersatz les explicó que la estructura, de color ceniciento, formaba parte de un parque de diversiones abandonado que en los ochenta había tenido las montañas rusas más altas de Latinoamérica.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. 7. Nueva novela.

Leyendo Seré Nada. Resumen Capítulo 7: Ersatz, Silvina y Manuel continúan caminando, entre las ruinas de un gran Buenos Aires aparentemente abandonado, hacia Lanús Oeste, el lugar en zona sur donde indican que puede hallarse Serenade.

7.

Hacía no mucho tiempo, una parte del supermercado Makro había explotado. Detrás de la valla vieron un rectángulo de pastos altos y más allá, en el estacionamiento, entre las chapas caídas del techo del supermercado, observaron cajas de alimentos, cajeros metálicos clavados en el cemento, pedazos de pantallas de televisores y latas doradas que todavía brillaban.

Doblaron en Freire y siguieron hasta cruzar el garaje de los Bomberos Voluntarios de Avellaneda, ya por Bernardino Rivadavia que luego se convirtió en Cabildo. Ahí, como si el cansancio atizara la voluntad del grupo, comenzaron a caminar más rápido. Además, no había seres humanos para detener las miradas.

Las dejaban caer en algunos palos de luz que tenían atados pañuelos rojos, manchados de hollín y agujereados, como si fueran altares de viejos accidentes. Nada de las corcheas, por ahora.

Los tres sabían que las corcheas se usaban en los sistemas de subtítulos cerrados para las personas sordas o con problemas de audición. También eran llamadas leyendas. Las leyendas aún no aparecían. Pero todavía no estaban en la zona señalada en el blog. Faltaba menos, les avisó Ersatz.

Ya ni sentían las mochilas en sus espaldas, algo parecía tomarlos de las entrañas y el andar del grupo, que formaba una V por la calle con Manuel por delante parecía uniforme y coordinado.

Con ritmo sostenido y la mirada cada vez más clavada en lo alto, como si anduvieran en trance, pronto estuvieron en el cruce de las avenidas Quindimil y José de San Martín. Esta última nacía angosta y se ampliaba en la línea del horizonte.

En esa esquina, el cartel del Banco Patagonia lucía tenebroso, los bordes de las letras blancas con el nombre estaban tan cagados por las palomas torcazas que parecían inscripciones de una mano gigante y temblorosa. Había un colectivo 179 volcado, sin ruedas. El semáforo tenía los vidrios de las luces partidos.

El vivero El Hormiguero estaba repleto de rosas enanas, como si alguien lo mantuviera a pesar de los pastos altos y descuidados de la vereda. Enfrente, en lo alto, sobre un camión de chasis amarillo con un contenedor de carga de pollos que emanaba un aroma rancio, observaron, desde una distancia prudente del vehículo, un cartel blanquecino que casi llegaba hasta la mitad de la calle. Tenía dibujado en el medio una corchea de color gris ceniza.

Oyeron el chirrido de unos gorriones proveniente de los rosales enanos y como si eso fuera otra señal, se volvieron y caminaron hacia el matorral del vivero, donde encontraron otra solitaria corchea pintada en la mohosa pared a una altura que superaba a un helecho gigante.

Silvina aseguró que habían encontrado el límite norte de la colonia Serenade. Y les recordó que una corchea significaba uno de los límites pero que el centro de la colonia debía estar marcado con dos, y luego tres seguidas, como si los colonos de Serenade hubieran remarcado la intensidad de la canción de su cercanía con la acumulación de estas figuras musicales. Ersatz pensó que, más allá de los pájaros, el silencio en el que se adentraban no parecía tener partituras.

Continuaron subiendo por la avenida. Las sombras de las casas llegaban hasta la mitad de la calle a esa hora de la tarde. Los cordones de las veredas estaban sepultados entre matorrales. Carnicerías, tapicerías, cada tanto algún chalet californiano fuera de tono entre tantos comercios. A veces debían evitar los cables de las líneas de luz, algunos estaban cortados y los más finos se bamboleaban por el viento.

Esperaban ver más signos, todos los que pudieran y no sólo corcheas.

Por favor; más signos que proyectaran la música que llevaban en las miradas esperanzadas, encendidas por la adrenalina del ejercicio de caminar, el acorde noble y repetido en los pasos, como si fuera una canción olvidada pero rescatada en versión para dormir niños, con esa estructura simple de coincidencias melódicas que casi podían escuchar.

Al principio, la habían escuchado pero los pensamientos de las personas en la ciudad la habían desvirtuado hasta marearlos y agotarlos incluso antes de tiempo. Ahora, la quietud que reinaba hacía que la canción resonara con más brillo y claridad.

Sabían que se estaban acercando a lo que fuera que los había removido de los gastados asientos de sus casas.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. 6. Nueva novela.

Leyendo Seré Nada. Episodio 6. Resumen: En busca de la colonia Serenade, Silvina, Manuel y Ersatz recorren una devastada ciudad de Buenos Aires a pie hasta llegar a la abandonada Provincia de Buenos Aires… Encuentran a un vagabundo que les advierte que están por entrar en el infierno.

6.

Un domingo al amanecer, soportando una neblina rancia que subía desde el río, se encontraron en el obelisco. Tenían unos trece kilómetros de viaje a pie. Caminaron hasta Lima y luego transitaron la calle Salta. En Barracas la ciudad se desdibujaba, las casas abandonadas, los edificios venidos abajo y los abandonados en plena construcción proyectaban una sombra dentada mientras el trío avanzaba a paso firme, con sus mochilas a cuestas y la frente alta. Cruzaron a pocas personas que se dirigían hacia sus trabajos.

Llegaron a la autopista 25 de Mayo cuando el sol se hacía lugar entre los jirones de nubes. Fuera del túnel la luz los cegó, como si recién ahí hubiera empezado el viaje.

Silvina y Ersatz ya estaban cansados y desanimados, en cambio Manuel iba silbando unos pasos adelante. Las ventanas que emergían entre la maleza creciente en el Hospital Rawson tenían los cristales rotos o estaban tapiadas. Había una larga fila de autobuses escolares estacionados de modo oblicuo en los cordones de la calle. Parecían cortarles el paso y tuvieron que deslizarse por el camino que les ofrecía el frente arrimado de los vehículos. Había vidrios rotos, neumáticos quemados y chapas anaranjadas que se habían desprendido de la carrocería. Eran iguales a los que los habían llevado al colegio en sus infancias y sintieron una nostalgia esperanzadora a pesar del lúgubre camino.

La sensación de esperanza se incrementó, a pesar de la dificultad del camino, cuando llegaron al parque Pereyra.

La vegetación había inundado la calle y debieron apartar las malezas para lograr hacerse paso por la antigua avenida Vélez Sarsfield. Cerca del puente, las palomas reinaban en los cables de alumbrado y en los balcones de los edificios. Lo que quedaba del cemento era blanco grisáceo de tantas cagadas de pájaros. Una manada de perros, escuálidos y de pelaje grasoso, aullaba detrás de las oxidadas vallas de una de las fábricas. Un hombre empujaba un carro de supermercado contra la puerta de lo que parecía haber sido una iglesia evangelista. Lo dejaba rebotar y luego lo recibía. Murmuraba, escupía, y cuando los vio acercarse a los tres al puente, dejó que el carro se estrellara esta vez contra la pared con la pintura descascarada de la iglesia, se acercó corriendo hacia ellos y gritó:

La piedra rechazada es la piedra angular.

Y mientras los tres lo dejaban atrás, seguía gritando que lo dejaran entrar a la iglesia porque él era la piedra angular. Cuando los vio encarar al puente gritó:

Al infierno, nomás.

Se detuvieron en seco cuando estuvieron debajo de las armaduras del puente, el mismo que Ersatz había cruzado con el colectivo 37 tantas veces en sus tiempos de estudiante universitario. Descartaron las veredas laterales. Estaban repletas de gatos muertos, pastosos esqueletos de ratas, cucarachas del tamaño de las de Madagascar, lagartijas y geckos amontonados, secos y aplastados. Más arriba, entre las vigas rojizas y oxidadas, volaban varios caranchos hacia los perros moribundos que habían dejado atrás en el comienzo de la calzada del puente. Mientras veían como los humanos se alejaban, los perros mantenían el hocico pegado al suelo.

Notaron que el cemento pegajoso de la calzada por la que avanzaban estaba quebrado en zigzag en el tramo derecho y que, para seguir adelante, debían saltar de un lado al otro del puente. No había otra opción. El hormigón estaba combado y los pilares todavía aguantaban. El piso del tramo izquierdo había colapsado, como si fuera una catarata de pavimento, y los escombros eran relamidos por el agua sucia del riachuelo. Silvina y Ersatz se asomaron a la grieta, de la que sobresalían algunos hierros oxidados, para mirar el agua pútrida que corría abajo. Desde lejos, el vagabundo los señalaba con las manos y gritaba maldiciones bíblicas.

Manuel caminó unos pasos hacia el vagabundo, como si lo fuera a enfrentar, luego giró, corrió y pegó un salto que lo dejó del otro lado del puente. Les dijo a los dos rezagados que hicieran lo mismo, que él los atajaba.

Silvina fue la primera que siguió a Manuel. Se inclinó hacia atrás por el peso de su mochila al hacer pie, pero enseguida se enderezó sola. Ersatz calculó que podía saltar un metro y medio sin problemas. Lo intentó sin tomar distancia y resbaló del otro lado con mierda que parecía de gato por lo que debieron sostenerlo sus dos compañeros para evitar que cayera.

Con el salto, habían dejado atrás la Ciudad y estaban en Avellaneda, Provincia de Buenos Aires. Ersatz les explicó el resto del errático viaje para salir a la avenida San Martín.

El artículo del blog nombraba como probable asentamiento de Serenade a las calles que rodeaban San Martín y 25 de Mayo, aunque debían prestar atención desde José de San Martín y Carlos Tejedor.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.